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Tediósfera

Pobres almas en desgracia

Pobres almas en desgracia

Esta es la primera vez que asisto con una ensalmadora y he tomado cuatro camiones. Lo que en el DF es un trayecto cotidiano en Campeche es un exceso. Debo reconocer que dos fueron porque nos equivocamos de ruta.

Lucy, una amiga dispuesta a dar consejos que ella misma no aplicaría, me dice que ésta era una buena oportunidad para cambiar mi suerte. En alguna época de su vida lo había probado y para su sorpresa los remedios esotéricos le habían funcionado. Como si se tratara de una dieta, el fracaso de su voluntad la había conducido al camino de los vegetales.

Las señoras que curan los males del siglo XXI viven en cerros donde los camiones prueban su tracción hidráulica. También en casas que exhiben una Virgen luminosa, empotrada en una pared. A la izquierda de la imagen, una puerta de metal permanece todo el día entreabierta. No hay timbres eléctricos y golpear con una moneda puede resultar de mala educación. Uno entra con la confianza de que la dueña de la casa recibe invitados que llegan sin avisar.

Doña Georgina utiliza lo que en un tiempo fue el lavadero de su casa para dar consultas. A primera vista todo parece una buhardilla de objetos que transitan las últimas tres décadas, pero ni siquiera esas diez cajas de electrodomésticos descontinuados están hechos para el recuerdo; son apenas el escenario ideal donde exponer una crisis.  

Rodeada de santos que no logro identificar, de Cristos que no se parecen entre sí, de muchas flores y una veintena de veladoras, doña Georgina brinda consejos a las pobres almas en desgracia. Sus altares dan cuenta de una fe inquebrantable lo mismo en el santoral que en la herbolaria precolombina. No es difícil imaginarla transitar de la Iglesia al invernadero, cada domingo y es ese sincretismo lo fascinante del rito esotérico. Nada de Santas Muertes, nada de budas barrigones, con todo y su fe en las hierbas, este hogar es netamente católico.

Los asientos de espera parecen salidos de una casa en remodelación: sillas de plástico con rastros de pintura y cemento. A mi izquierda, tengo un  atisbo de la vida cotidiana de doña Georgina: su marido, sus hijos, sus nietos; del otro lado del miriñaque un niño juega el FIFA 2007. Observo con detenimiento cada centímetro de este espacio. Si estuviera grabando un documental sobre ensalmos, se oiría a lo lejos la voz del “Perro” Bermúdez.

Lucy y yo hemos estado el último cuarto de hora hablando de películas, mientras llega mi turno. En una esquina, a pocos metros de nosotros, doña Georgina atiende a una señora que ha sobrepasado sin mucho éxito los cuarenta. Ni siquiera me molesto en adivinar su problema: infidelidad. No se necesitan muchos poderes para adivinar en su hogar al típico hombre tratando a toda costa de sobreponerse a la edad, que no llega temprano a casa porque tiene tres trabajos y que se cree guapo a pesar de su bigote de Nietzsche.

-Su marido la engaña, mi mamá trabaja con ella –me susurra Lucy. Sentido común: 1, iluminación esotérica: 0.

La paciente se para con un paquete envuelto en papel periódico, al que palpa nerviosa como si se tratara de droga. De hecho, la transacción se efectúa con la misma discrecionalidad de un dealer y su cliente.

Doña Georgina me invita a pasar, mientras Lucy se queda junto a una señora que lee El Libro Semanal sin quitarse sus lentes negros.   

-¿Lo que te trae aquí es una mujer, verdad?- me dice la ensalmadora, tras prender una vela.

-Sí – respondo, aunque no sea cierto. Para afrontar las fuerzas desconocidas no hay nada mejor que inventarse una biografía.

Los siguientes quince minutos parecen un juego de ¿Adivina quién? Dice que soy casado (falso), que trabajo más horas de las que debería (cierto), que duermo poco y tengo un gato (cierto), que me dedico a algo que tiene que ver con los libros (cierto, aunque después me hizo saber que se refería que yo sacaba fotocopias frente a la Universidad), que tengo un compañero que me ha hecho el mal de ojo (no lo sé), que mi mujer está a punto de dejarme y que el dueño de la papelería está pensando seriamente en despedirme. Después del cuarto de hora, deja su papel de bruja para entrar en su papel de madre:

-Y tus triglicéridos, hijo…

Con el rostro pálido le digo que sí a todo. Me ve con esa compasión que tienen los santos de las iglesias.  

-Toma – me dice y me da unos cilindros de papel periódico. No es necesario que me explique qué contienen. El paquete de ruda y albahaca en manos de una ensalmadora es como esperar el naproxeno del dentista. Doña Georgina me habla de vapores, infusiones y baños; me habla de azúcar de caña y azúcar de fruta, flores de San Juan, zorrillo y ortiga verde. No logro retener tantas recetas. Finalmente es como ir a una visita guiada al jardín botánico: mi memoria se desentiende después del primer helecho.

Mientras oigo sus instrucciones me pregunto por qué seguimos recurriendo a estos remedios. Una vez que renunciamos a las soluciones razonables, ¿sólo quedan las velas, las plantas y las piedras? Ya que aceptamos que la felicidad no se encuentra en la ciencia o la religión, ¿es necesario hacer que nuestra casa huela a incendio forestal?  Cada que escucho las medidas inverosímiles a las que recurre la gente para sobrellevar sus problemas, pienso que aún tenemos fe en las soluciones repentinas. Ésa es la última esperanza que se pierde: la de que las cosas se resuelvan por sí solas.

Sólo al minuto me doy cuenta que doña Georgina ha dejado de hablar. Entonces caigo en cuenta que falta consumar el último ritual para que el remedio funcione. Meto las hierbas en una bolsa y saco un billete de a cien. La anciana me sonríe como si reconociera en mí a un nieto extraviado.

 

 

El fin de la inocencia

El fin de la inocencia

Día del trabajo en Campeche, foto cortesía de JP Berman

¿Alguien se ha preguntado por qué al Día del Niño sigue el Día del Trabajo? Sí, ya sé, los asuetos no tienen más lógica que estar lo suficientemente juntos para propiciar un puente, pero siempre me ha intrigado la cercanía de estas dos celebraciones, como si en el fondo nos dijeran que el paso de la infancia a la madurez sucede de un día para otro y sin síntomas. 

Con la curiosidad propia de un niño, pero aplicando la pericia de una empleada municipal que te endosa un catálogo Cyzone, rastreé diversas opiniones en torno a la inocencia perdida y nuestro debut como adultos no en horario estelar sino en horario laboral. Pero ¿a quiénes entrevistar?

Por fortuna, no fui tan lejos. Recorrí la concentración del primero de mayo para encontrar a un público que con morbo esculcaba los rostros de quienes marchaban obligados por sus sindicatos. Trabajadores viendo a otros trabajadores, como un niño ve a otro niño que ha pasado al frente de la fiesta a hacer el ridículo. 

He aquí las opiniones:

 


“Que los Días del Niño y del Trabajo estén uno detrás de otro te proporciona la misma experiencia de tu novia regresando del ginecólogo con cara de preocupación: te acuestas siendo un chiquillo; despiertas al otro día en el contingente de filarmónicos”.
   

“¿Oíste la noticia de Willie Tanner, el carismático papá de la familia que recibe a Alf? Un señor tan respetable terminó saliendo en unas fotos pornos con vagabundos. Ves eso y recuerdas un poco lo mucho que ese programa significó en tu vida y mueres de vergüenza. Ése es el auténtico fin de la inocencia”. 

“Resulta significativo que el 30 de abril sea el último día para hacer tu declaración anual: cuando tus preocupaciones dejan de ser la oscuridad y las vacunas y empiezan a ser Hacienda y sus citatorios puedes dar por concluida tu infancia”.

“Nadie deja de ser niño por completo, qué va. Observa a los maridos del nuevo milenio, después de no aparecerse en sus casas por dos días regresan un lunes con los ojos rojos, pero no por el alcohol, sino porque estuvieron jugando Silent Hill en casa de uno de sus amigotes todo el fin de semana”.
 


“La noticia sobre la supuesta demolición de los cines, te puede servir de ejemplo. Un niño te pregunta: ‘Papá, ¿alcanzaremos a ver Ironman 2?’; un adolescente se pregunta: ‘¿Alcanzaré todavía un faje con Shirley?’, un adulto le pregunta a otros adultos: ‘Ahora resulta que los cines están en terrenos del Gobierno, ¿pagarán renta o serán un regalo para los inversionistas?’”
 

“Este jueves tuve que ir a trabajar. Media oficina estaba alrededor de la tele. No es que vieran alguna noticia impactante, un reporte de último minuto o el final de una telenovela. Es más, ni siquiera era un partido de futbol, como acostumbran. Se trataba del maratón de Caballeros del Zodiaco. Los hubieras visto: el técnico en computadoras, la chica de publicidad, hasta el calvo de Recursos Humanos, todos impactados por el destino de Seiya. No sé, fue algo raro. En una esquina la contadora lloraba por la muerte de Shaka de Virgo”. 

“No sé por qué se sigue celebrando el Día del Niño. ¿Qué niños? El 30 fui al centro en camión y de pronto me encontré rodeado de menores; te juro que no podría decir que eran niños aunque acabaran de salir de una de esas fiestas que les organizan las primarias. Estuve tenso todo el camino. Si el futuro estaba en manos de estos jovencitos, lo mejor que podía pasarle al mundo era el calentamiento global. Casi al llegar a la parada de Correos, uno de los impúberes me amagó con un cuchillo hecho con un globo”.  

 “Lo malo de iniciarte en una empresa como trabajador es que vives una segunda infancia y adolescencia, pero comprimidas: al principio la empresa te consiente como un padre, a los seis meses ajustan el reloj y empiezan a descontarte las mesadas”.

“Cada etapa de la vida supone desear alguna otra. De niño quieres ser tu hermano mayor, de adolescente lo más que ansías es llegar a adulto, de adulto trabajas para jubilarte, a los 45 añoras el ímpetu del adolescente y ya de senecto sólo buscas la tranquilidad del niño. A veces creo que el chiste de la vida es no estar nunca donde uno quisiera”. 

“Decía el poeta Rilke que la única patria verdadera era la infancia. Por eso cuando mi mamá me pregunta que cuándo empiezo a trabajar, le respondo: la patria no se vende, la patria se defiende”.

“Mi hermanita está todavía en la primaria y el martes la vi lavar su ropa, plancharla, bolear sus zapatos, en fin, dejar todo listo para su fiesta de la escuela. ¿Qué tanto te arreglas?, le dije. Por Carlos, me dijo, no me importa que tenga novia.  ¡Oye!, me asusté, ¡tienes nueve años! Ay, Luci, me dijo, lo sé, pero es que yo cuando quiero comer chocolate como chocolate”.

“Ayer tuve una pesadilla terrible. Me dejaba mi mujer, el DIF me quitaba a la niña, Hacienda se quedaba con mi casa, me diagnosticaban un tumor, el carro se descomponía a mitad de la calle y empezaba a sentirse un sismo. ¿Y sabes qué era lo que me estuvo preocupando todo ese tiempo? Que ya iban a dar las cuatro y me iban a descontar en el trabajo por llegar tarde”.

 

 

El libro infantil que aún no he escrito

El libro infantil que aún no he escrito

Quienes me conocen saben que uno de mis mayores sueños es escribir una novela para niños y que siempre he fracasado en el intento. Narrar para un público infantil exige virtudes que no poseo, lo que no me quita que llene cuadernos de bosquejos de lo que podría ser una buena historia.
Desde hace algunos años he pensado en un libro que lleve el sugerente título Marranacho y que cuente las peripecias de un cerdo con ese nombre. Descendiente de los no menos célebres Aquiles y Máximo Serdán, Marranacho emprende una aventura hacia Bahía de Cochinos, por algún motivo que nunca tuve claro.

Marranacho


Ya se imaginarán que con un argumento tan idiota no he pasado de la primera página y a lo más que he llegado es a conformar una mediana galería de personajes:



                  Nietzsche

 

                          Federico Marranietzsche

Pensador, autor del libro Cómo se filosofa a pezuñazos. Ha legado dos célebres frases: “El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el cerdo”; “¿Vais al cochino encebado? ¡No olvidéis el látigo!”, ambas provenientes de Ahumado, demasiado ahumado.

 

 
                           Freud

                                      Sigmund Fud

Psiquiatra, cabeza principal del “círculo de Viena”, que dio origen a las famosas salchichas, de las que después renegó por sus implicaciones fálicas. Su principal contribución fue el descubrimiento de la “cisti-psicosis”.



                  Marx

 

                             Puercarlos Marx

Filósofo. Se dice que conservaba en su refrigerador un bacon al que llamaba “Francis”. Es autor del grito bélico que llevara el ejército porcino en la famosa “Guerra del Cerdo”: “¡Cerdos capitalistas!” Marx afirmó que la sociedad actual se movía “en las láminas heladas de la báscula egoísta”.

 

                Rastro

 

                             Fidel Rastro

Comandante supremo de las fuerzas porcinas. Fue capaz de liderar una revolución sin ensuciarse las pezuñas y luego hacer jamón a todos sus críticos.

 

Nota: dispensen la falta de Photoshop.

No hay permanencia voluntaria

No hay permanencia voluntaria

Los cines en Campeche son como los maridos infieles: se oyen cosas terribles de ellos hasta que se van. La noticia de que la construcción de The Home Depot dejará a la ciudad sin sus únicas salas por año y medio ha despertado una crisis precisamente entre quienes nunca iban al cine.

Por años, vi a mis amigos revisar los periódicos tan sólo para decepcionarse de que tal o cual película se había retrasado una semana más; los vi regresar de las últimas funciones, como si acabaran de perderlo todo en una pelea que sabían de antemano arreglada; presencié sus quejas sobre los tonos celulares, sobre el exceso de niños durante los filmes sobre superhéroes. También presencié sus abandonos. Se habían vuelto cinéfilos que ya no iban al cine, pero ante la noticia, fueron los primeros que reaccionaron como si les acabaran de anunciar una veda de sexo de ocho meses.

No me extraña que la mayor crisis por la ausencia de cines provenga no del hecho, sino sólo de la posibilidad de que ya no estén. Nada tan placentero como sufrir lo inminente antes de tiempo. ¿Cuántas películas de “La Roca” nos perderemos?, ¿qué haremos en esas tardes en que la mejor opción era una tonta parodia americana?, ¿moriremos de un exceso de tiempo libre?, ¿no habrá más remedio, como supuso un amigo,  que volvernos todos drogadictos por falta de distracciones?  

“Ya no voy a tener donde ir a platicar”, dijo una amiga. Y era verdad. Con el cine hollywoodense los mexicanos nos volvimos, más que espectadores, cronistas cinematográficos. Juan Villoro ha observado que el público nacional es incapaz de ver un perro en la pantalla sin decir: “Mira, un perro”. Como los comentaristas de futbol, nos habíamos convertido en expertos para describir lo evidente y no habíamos tenido el mínimo pudor de compartirlo en un radio de diez butacas. Duele admitir que hubo cintas tan malas que sólo fueron soportables gracias a la señora de al lado que de repente empezó a hablar de su marido al que cada vez quería menos. En la pantalla, el beso se prolongaba un segundo más y abajo –en el amor a ras de suelo- las cosas eran harto más complicadas. Con justicia pudimos decir que a veces fue divertido ver una cinta con tantas notas biográficas al pie.   

Lo más paradójico es que la audiencia campechana no va a sufrir la ausencia de cine sino sólo de la experiencia cinematográfica. Es decir, del ritual de consumir ficción. Y es que el cine es la última distracción con tantos protocolos. Nada tan fácil como abrir un libro o localizar un DVD en el estante; incluso bajar una película de Internet consume horas que no tenemos que padecer frente a la pantalla. El cine es una experiencia social. Hay que vestirse para la ocasión, avanzar en filas, guardar hasta donde sea posible la urbanidad y las buenas maneras; supone encontrarse con gente que no conocemos y también con amigos que hace mucho tiempo no veíamos. Como imagen del mundo, representa lo mejor y lo peor que tiene la incursión de las multitudes en el entretenimiento: uno se siente menos solo, sí, pero hay demasiados tipos empeñados en reírse al primer atisbo de un chiste. 

Bien ha escrito Guillermo Sheridan: “Cuando uno va al cine lo hace impulsado por la nostalgia de las primeras veces que fue, y esa nostalgia suele estar más presente que la inmediatez del espectáculo”. Razón no le falta. El público común sabe menos una historia del cine que de las salas de cines. Después de oír a tus papás, queda la impresión de que asimilaron más los lugares que las películas: hablan del Renacimiento, el Colón, el Jardín, el Lumiére, el Estelar, los Alhambra, con bastante precisión aunque con regularidad confundan Rey de reyes con Quo Vadis?. Finalmente, su mayor síntoma es opinar sobre las salas como si se tratara de amigas metidas a la actuación: “Comenzó bien, era entretenida, lástima que acabó haciendo porno”.

Los cines –los edificios que albergaban la pantalla y las butacas- han concentrado por años los horrores que el cine -el séptimo arte- redimió. A lo largo de nuestra vida, hablamos de salas que ya no existen, pero que ejemplicaron en su precariedad (el suelo pegajoso, el nido de murciélagos, el tuberculoso del asiento de atrás) nuestras ansias auténticas de ver una película, cualquiera que ésta haya sido. El Día de la Independencia, Tornado, Armageddon y otros desastres simulados tuvieron el encanto de suceder en las primeras páginas de nuestras vidas. Algo tienen esas historias que son puro buen recuerdo. Como los amores adolescentes, preferimos evitarlas años después para no advertir nuestros malos gustos. 

Con el tiempo llega una edad en que las únicas proyecciones a las que puede uno acceder son las de su nostalgia. La memoria cinematográfica de mi papá, por ejemplo, provino de su habilidad para entrar al cine Renacimiento sin pagar. Ahora, en una plática de sobremesa, puede citar películas, hablar de actores, recordar palmo a palmo la carrera entre Mesala y Judá Ben-Hur y todo tendrá un solo escenario: el viejo cine frente a los portales. Y lo entiendo, pasar junto a unas salas abandonadas nos despierta la misma desesperanza de nuestra habitación en ruinas. “Sucedieron tantas cosas ahí”, decimos, como para aceptar que la ficción era un poco más real cuando éramos niños.

       FIN

Grandes ofertas, grandes esperanzas

Grandes ofertas, grandes esperanzas


Los cinemas Hollywood, únicos cines comerciales de la ciudad de Campeche, serán demolidos para construir la tienda The Hope Depot, establecimiento especializado, como su nombre lo indica, en la compra, venta y avalúo de esperanzas. Emily Dickens, dueño del consorcio inglés que se ha extendido en los países de Latinoamérica, al abrigo sobre todo de los gobiernos populistas, anunció una inversión de 200 millones de pesos para el estado, monto que de principio alimentó ya la ilusión de constructores, alarifes, funcionarios de fomento comercial y del propio gobernador.

“Ve usted, todavía no hemos ni puesto la tienda y ya tenemos clientela inminente”, comentó Dickens, quien empezó su carrera trabajando en un almacén de antigüedades antes de alcanzar la lista de Forbes.

The Hope Depot se ha especializado en proveer esperanzas a un público que se hace más amplio conforme se acerca el fin de año. Según su página web, las variedades de esperanza más solicitadas son la de vida, de un mejor trabajo, de un país habitable, de una prueba de embarazo negativa, de una candidatura a cualquier puesto, de una fusión exitosa y de una madurez sin marcas en los muslos.  Asimismo aceptan que la única esperanza que no tienen disponible es la de tener otros cines a corto plazo, aunque para compensar esa carencia harán algunas piadosas donaciones de sus productos a los albergues de niños y a los hogares de ancianos.

Visitar The Hope Depot es una experiencia maravillosa, dice su dueño, los clientes salen sonrientes de la tienda, a pesar de las miradas de unos cuantos transeúntes que no pueden evitar preguntar: “¿Y esa cosa con plumas qué es?”

 Para ver nota, clickea aquí.

Los 12 pasos

Los 12 pasos

Paso 1

Admitimos que éramos impotentes ante una remesa de ofertas de libros y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.

 

Paso 2

Llegamos al convencimiento de que un Poder Superior  (digamos, el catálogo Anagrama) podría devolvernos el sano juicio.

 

Paso 3

Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de un autor, como nosotros lo concebimos.

 

Paso 4

Sin miedo hicimos un minucioso inventario moral de los libros que siempre quisimos haber escrito.

 

Paso 5

Admitimos ante nuestro librero, ante nosotros mismos y ante otros compradores, la naturaleza exacta de nuestros defectos.

 

Paso 6

Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que el precio único nos liberase de todos estos defectos de carácter.

 

Paso 7

Humildemente le pedimos al vendedor que nos liberase de nuestros defectos (impidiéndonos la entrada a su librería).

 

Paso 8

Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido (diciéndoles que no pasaban de Harry Potter) y estuvimos dispuestos a devolver los libros que habíamos pedido prestados desde hace 5 ó 6 años.

 

Paso 9

Reparamos directamente a cuántos nos fue posible el daño causado, excepto cuando se trataba de ediciones inconseguibles.

 

Paso 10

Continuamos haciendo nuestro inventario de autores favoritos y cuando nos equivocábamos (cuando dijimos “José Luis Borgues”) lo admitíamos inmediatamente.

 

Paso 11

Buscamos a través de la televisión y la charla de café mejorar nuestro contacto con el mundo.

 

Paso 12

Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a otros librólicos y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.

 

Estos pasos originalmente aparecieron como una respuesta al post de KurtC, Librólicos anónimos.

Vive sin libros

Vive sin libros

¿Puede a estas alturas alguien creer que leer es bueno? Supone cambios drásticos en el humor, tiempo desperdiciado sin trabajar, experiencia de desdoblamiento, latidos del corazón elevados, insomnio, gastos superfluos, menos espacio en la casa. En fin que se trata de un vicio al que es difícil de mantener y que produce maridos que llegan a casa borrachos de Moby Dick o Vargas Llosa y se vuelven entes insoportables, dicen sus pobres esposas, e individuos violentos capaces de hablar del capitán Ahab por hora y media mientras la mujer les dice, en el rincón y hecha un mar de lágrimas: “¡Ismael, por favor, ya no más!”

pareja

Con tristeza puede verse a jóvenes evadir la realidad mientras leen un libro tras otro y luego caminar por las aceras a altas velocidades, embriagados de Cortázar y vomitando conejos en las esquinas. ¡Pobres muchachos los nuestros, terrible época en que les ha tocado vivir donde se publica un libro cada medio minuto y donde es posible bajar novelas por internet, invento del demonio que ha puesto ésa y otras depravaciones al alcance de cualquiera!

Lamentable cáncer la literatura. Preparatorianos talentosos, futuros ingenieros en sistemas, posibles administradores de empresas, que un día descubren el espejismo de los libros y deciden estudiar Letras o volverse poetas. Con los años, los observo mendigando en las redacciones de los periódicos: “Me da una errata que corregir, por el amor de Dios”.

De los libros no se salvan ni siquiera los ricos. Bibliotecas enormes en casas sirven de escenario para que bibliómanos cuarentones lleven a sus invitados a probar ediciones reposadas (“¡Ah, un Nabokov de 1955!”, “Qué delicia, esta primera edición de Cien años de soledad!”), como si el sabor fuera diferente sólo por la fecha de publicación. ¡Ilusos! Han creado una cultura de la esquisitez (“Un Borges siempre combinará mejor con un Bioy, nunca se te ocurra leerlo al alimón con Roberto Artl, porque caramba no es de gente decente”), sin darse cuenta que sólo lo hacen por la embriaguez, por experimentar ese vértigo de las palabras agolpándose unas tras otras, por los personajes entrañables, por las frases perfectas. 

      libropower

He visto a la mejores mentes de mi generación desechas por los libros inútiles, por una poesía que no sirve para nada, malgastadas en ensayos que no dan puntos para el currículo. Y es que el problema, hemos de reconocerlo, no es el consumo en sí sino la inmoderación. Los médicos siempre han recomendado una bibliografía saludable para la vida: un poco de queso robado y búhos que no ululan, el manual del IETU o Soy mujer, soy invencible y ¡estoy exhausta! Pero los viciosos no saben contenerse, no saben seguir regímenes. Una mañana despiertan con antojo de Pérez Reverte, a la mañana siguiente han dejado todo por los guiones de Woody Allen. Saltan de un género a otro, cruzan siglos enteros y países en apenas una semana, sin detenerse en la pírámide alimenticia que nos recomienda: abténgase de la ciencia ficción, eleve su contenido de columnas políticas. Los viciosos nunca cuentan el número de páginas que consumen para decir: “Ya basta, ha sido suficiente”. Después de atragantarse 6 aventuras de Wooster y Jeeves, sienten culpa y la única forma de quitarse ese sentimiento, ¡vaya condena!, es seguir leyendo. 

biblioteca

La literatura deja marcas, qué duda cabe. Abdómenes prominentes, traseros planos, una vista gastada por las páginas. ¿Qué le estamos haciendo a nuestro cuerpo?, y peor áun, ¿por qué dañamos nuestra mente con esa información innecesaria? Millones de personas han demostrado que se puede vivir sin Pessoa o sin Octavio Paz, que se es feliz sin una página siquiera del Quijote. Pero los consumidores de libros son seres derrotados, distraídos, perdidos. La literatura crea individuos incapaces de saber dónde están las llaves del carro, pero prestos a citar a Umberto Eco, cada que un acompañante dice por casualidad la palabra “monasterio”.

Cuidemos a nuestros adolescentes. Videos clandestinos en Youtube han dado cuenta de alumnos grabados mientras leían Un mundo feliz. Ha sido un escándalo mayúsculo, sobre todo cuando uno de los estudiantes, sin dejar de reírse como un tonto, habló de la euforia que le provocaba Ibargüengoitia. Ha sido uno de los casos más bochornosos que me ha tocado presenciar. El director del plantel tuvo que salir a desmentirlo todo, a fin de que ningún padre de familia creyera que ahí -en un instituto tecnológico- se estaba propiciando el consumo de novelas.

Pero el asunto no puede acabar ahí, en una mera anécdota. Se sabe de jóvenes que llevan a la escuela libros QUE NO pertenecen a ninguna asignatura y que a escondidas ojean durante los recreos, mientras sus compañeros –sin duda, los más sanos y quienes a fin de cuentas sacarán adelante a este país- practican el deporte o flirtean con las chicas. La Asociación Estatal de Padres de Familia ha pedido a las autoridades aplicar la “Operación Mochila” a fin de decomisar cualquier libro que no haya sido pedido por los profesores. Y se trata de algo que es urgente extender a otros colegios, para cumplir uno de los objetivos centrales de este Gobierno: trabajar para que la literatura no llegue a tus hijos. 

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Por otra parte, estudios han demostrado que autores que consideramos inofensivos como Stephen King o J. K. Rowling sirven de puerta de entrada a otros novelistas mucho más fuertes y adictivos. Que si como padres descubrimos Harry Potter en el cuarto de los chicos y lo dejamos pasar por alto, somos responsables de que en un futuro, el muchacho termine en las garras paranoicas de Phillip Dick o viajando en las ciudades invisibles de Italo Calvino. No permitamos eso, por favor, señores, vigilemos lo que entra en nuestras casas y que, les aseguro, aunque para sus hijos sea “mero entretenimiento” es algo mucho más peligroso que eso.

Finalmente debemos exigir a nuestras autoridades combatir el tráfico de libros, la compraventa de segunda mano, los préstamos, los robos de las bibliotecas, las adaptaciones cinematográficas, las reseñas elogiosas en los periódicos, incluso hasta los blogs y promover en cambio las presentaciones de poemarios locales, los talleres literarios, las premiaciones de Juegos Florales, las tesis, los simposios y todas esas prácticas que ¡gracias a Dios! nos han ayudado a mantener a raya la adicción de nuestras juventudes a la literatura.

¡Por un México libre de libros!

 
 

Para los incorregibles comentadores de este blog: Rodrigo, Pepe, Daryl, KurtC, Soel, Giggles, Wil y las dos Lauras

El viajero sedentario

El viajero sedentario

No soy afecto a las películas compasivas: aquellas que muestran a hombres postrados en sus camas en el límite de la vida y la muerte. Los vemos sobresalir con ayuda de la fe, anteponerse a sus problemas y triunfar. Resultado: acabamos un mar de lágrimas, convencidos de no desperdiciar la próxima oportunidad para echar una moneda más en el cochinito del Teletón. ¿Qué ha pasado? Que hemos hecho de quienes padecen alguna enfermedad o discapacidad los héroes contemporáneos, hasta el grado de pensar en ellos como gente buena por naturaleza. De la discriminación hemos transitado a la excepción, que no deja de ser otra forma de discriminación.

Esta semana vi La escafandra y la mariposa, la película francesa dirigida por Julian Schnabel y nominada a cuatro Óscares, que narra la historia verdadera de Jean Dominique Bauby, quien fuera redactor jefe de la revista Elle. Después de un ataque cerebral y unas semanas en coma, el protagonista despierta atrapado en su propio cuerpo, debido a un extraño padecimiento -el “locked-in syndrome”- que sólo le permite mover su ojo y su párpado izquierdos.

La cinta aborda en su mayor parte el punto de vista de Jean Dominique y de lo que alcanza a ver con ese único ojo móvil. ¿Cómo puede contarse la historia de un hombre paralizado, incapaz por principio de comunicarse, pero cuyos pensamientos se van agolpando uno tras otro sin cesar? No les voy a decir cómo, pero el director lo logra. Y lo logra sin ceder lugar a la lástima, pero sí al humor y a un conmovedor humanismo.


Paseo

Lo que menos quiere la película es despertar piedad. Finalmente nos habla de un tipo que se ha acostado con infinidad de mujeres, que tiene una esposa hermosísima y una amante, y que no conforme con ello, está atendido por chicas que parecen caídas todas del cielo. Es ególatra y frívolo, pero también trata de entender su dolorosa circunstancia sin preguntarse “¿por qué a mí?” Lo más alejado de un modelo de virtud, Jean Dominique se parece mucho a nosotros. En ese sentido la cinta gana: el cuerpo del protagonista se vuelve una metáfora de nuestras propias prisiones.

La voz en off que recorre la película (y que representa la mente de Jean Dominique) no puede ser escuchada por quienes lo rodean y va conformando un guión que sólo él y el espectador conocen. De esa manera se retrata la mayor de las soledades, pero también la única forma de honestidad posible (¿cuántas veces hemos recorrido los días sólo con el pensamiento y cuántas veces hemos dicho eso que pensamos?). Asimismo la cámara reproduce la mirada de Bauby para intentar capturar su realidad: aquella que va de los pechos de la terapeuta a las piernas de la esposa, de la cortina que deja pasar la brisa a su propia y deprimente imagen en un cristal, de la libertad del mar -cuando es llevado de paseo- a los corredores claustrofóbicos del hospital. Palabras e imágenes forman un universo personal. Recuerdos y metáforas. La imaginación y la memoria, como dice el propio Jean Dominique. Pero él nunca se muestra diferente o “especial”, es como nosotros, porque sabe que no hay mayor sufrimiento que un enfermero apagando el televisor durante un tiro libre, precisamente porque no puede escucharnos gritarle “¡No lo hagas!”, es el tipo que ríe de los chistes que alguien hace a costa suya, mientras una de sus cuidadoras se indigna y él dice para sí: “Ay, muchacha, no tienes sentido del humor”. También nosotros somos lo que miramos, lo que pensamos, aunque los demás no se den cuenta. También construimos el mundo con los otros, por los otros y a pesar de ellos.

telefono

Una escena memorable: el padre de Bauby le habla por teléfono y le dice: Yo estoy como tú, en un tercer piso, a los ochentaytantos años, incapaz de bajar las escaleras. Encerrado en un cuarto, como tú en tu cuerpo. Esas palabras nos traspasan porque igual se refieren a nosotros: prisioneros de alguna circunstancia –un trabajo, las enfermedades, una ciudad, nuestra propia biografía- intentamos sobrevivir al mundo sin pensar en el encierro. Dominique da la pauta: la libertad también significa imaginación y memoria.

A estas alturas del artículo tendría que decir que La escafandra y la mariposa está basada en un libro, ¿escrito quizás por alguien conmovido por la historia de un hombre paralizado? ¡No! Escrito por el mismo protagonista, quien puede aportar como nadie los alcances de la prisión interior, el viaje sedentario que ha decidido emprender.

ortofonista

Para escribir su libro, Jean Dominique Bauby se vio obligado a dictar letra por letra, después que una ortofonista deletrara el alfabeto y él parpadeara para señalar el signo deseado. Hemos de reconocer que no es un método propicio para autores flojos, como yo, pero demuestra hasta qué punto nada está vedado para nadie. El libro de Bauby termina por ser un itinerario de la inmovilidad, una errancia cuyo único mapa es la imaginación (como leer, dicho sea de paso).

La escafandra y la mariposa, como la buena cinta que es, contiene muchas lecturas. Está la del hombre que lucha contra la circunstancia más adversa (la interpretación más fácil y la que menos me gusta). También podemos entenderla como la necesaria solidaridad de los otros para vivir en el mundo. Habla del amor, del sexo, de la vida fácil y de lo que queda de esa vida cuando somos apenas un fardo con signos vitales (¿Hay algo más? Tiene que haberlo, nos dice Schnabel, además del dolor y la autocompasión). Pero la idea que más me atrae es la de que todos somos un poco como Dominique: seres imperfectos, injustos, vanidosos y superficiales, pero que de igual forma intentamos a toda costa salir de la escafandra. No para ser mejores, que sería el argumento ideal de los libros de superación, sino porque sabemos que algo anima a nuestros cuerpos y necesitamos encontrar exactamente qué es.

Para P... por su amor a las mariposas, por supuesto

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