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Tediósfera

Un mundo raro

Mudanzas

Mudanzas

Hoy voy a cambiar
revisar bien las entradas
y sacar mis sentimientos
y resentimientos todos
hacer limpieza al armario
borrar enlaces de antaño
y angustias que hubo en mi mente
para no sufrir por cosas tan pequeñitas*
dejar de ser Blogia...
para ser Wordpress.


TEDIÓSFERA SE MUDA A LA SIGUIENTE DIRECCIÓN

http://tediosfera.wordpress.com

 

*(Como que la página estuviera caída siempre entre 1 y 6 de la tarde)

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Los pecados de la carne

             

En nuestros días, ir con un doctor para saber si nuestro peso es conveniente es como ir al confesionario a preguntar si somos pecadores: sólo vamos a que nos reprendan por nuestras “prácticas inapropiadas” de cada noche.

“¡¿Eso cenas?! ¡Dios, permíteme tomarme un calmante para asimilar ese menú!”, me dijo el doctor Rivera, quien colgaba sobre su pecho un símbolo de Escolapio. 

“¿Es demasiado?”, pregunté.

“Si tu plan de vida es sólo llegar a los 40 años probablemente no”, me explicó el galeno. “Ahora, si has llegado a imaginarte viejo, firmando libros, yo te recomiendo…”.

“¿Qué cosa?”

“Que ya no te lo imagines, porque no va a suceder”.

Tragué saliva. Esencialmente, porque ya tenía hambre otra vez.

“¿Hay algo que yo pueda hacer por la salvación de mi cuerpo, doctor?”, le inquirí, con ese rostro de preocupación que a veces me sale.

“Sí, siempre y cuando seas capaz de aceptar la Buenas Dietas en tu corazón. Debes pedir como Salomón ‘un estómago obediente’ para seguir los mandamientos de la Alimentación Sana”.

“¿No es muy doloroso eso?”

“Sí, esencialmente exige renunciar a ciertos placeres; pero nada que no pueda obtenerse con un poco de templanza”.

Arrepentido por mi vida anterior, acepté los consejos del doctor Rivera, quien me hizo una lista de 10 cosas que debería yo practicar para alcanzar mi peso ideal. Al final de cada recomendación había un consejo moral como “El que ha mirado un platillo exquisito a fin de tener una degustación, ya ha cometido gula” o “A la ensalada César lo que es de la ensalada César”.

Yo me había quedado con muchas dudas; desgraciadamente el doctor tenía ya un número considerable de gente esperando en la antesala y cada minuto en ese consultorio me hacía sentir un poco más culpable. Cuando salí, los otros pacientes alzaron el rostro, como buscando que alguien los reconociera. Tuve la sensación de que la gente ve tan complicado cambiar por dentro que decide mejor cambiar por fuera; y eso les proporciona un increíble sentido de la dignidad.

Llegué a casa con el firme propósito de llevar una alimentación mejor. Apunté sobre una hoja las proporciones en que debería matar el hambre: raciones de pan, cereales y tubérculos; piezas de fruta fresca, verduras y hortalizas; raciones de queso y lácteos. Apuntaba con seguridad, como si escribiera un cuento, quizás porque una lista de alimentos saludables cumple en mi vida la misma función que los relatos de ficción.

Al poco rato, tocaron a mi puerta. Era un tipo de camisa a rayas, con lentes, un maletín en una mano y un paraguas extendido en la otra. Le abrí para preguntarle qué deseaba.

“Amigo, ¿qué tanto conoces la dieta del doctor Russell?”

“Nada, ¿quién es usted?”, dije algo contrariado.

“Lo supuse”, el tipo seguía hablando sin haber reparado en mi pregunta. “¿Sabías que en los tiempos antiguos la gente comía mejor, ingería más cosas naturales y que ahora vivimos la peor de las épocas con una juventud embrutecida por los excesos en grasas y azúcares? Para recuperar nuestros valores alimenticios, el doctor Russell fundó la revista Desayunad, donde propone seguir al pie de la letra las dietas de hace 2 mil años. ¿Has oído hablar de la Torre de Bagel? Es lo que debes comer los martes al mediodía”. 

“Disculpe, yo tengo mi propio régimen”.  

“¡Dietas espurias, seguramente!”, se exaltó el tipo, “No te dejes engañar por los falsos nutriólogos, hermano, que sólo el doctor Russell tiene la alimentación verdadera. Tome, le dejaré algunas revistas”.   

Me dio unas pequeñas publicaciones y me pidió una cooperación. Se la di con tal que desapareciera.

Cuando regresé a la cocina ya tenía un dilema de fe: ¿a quién creerle?, ¿al doctor Rivera o a la revista Desayunad? Prendí la tele para relajarme un poco, pero en su programación todo eran métodos para bajar de peso: hombres trajeados hablando del auténtico régimen, a gritos. Así crecieron mis dudas nutritivas: ¿existe una sola Dieta?, ¿por qué todo mundo asegura poseerla? Libros, folletos, programas de radio y de televisión, todo se ha vuelto trucos para bajar de peso; los dietistas pasan la mitad de su tiempo desacreditando a las otras creencias, y exaltando las virtudes de sus propios regímenes, cada vez más estrictos. ¿Qué hay detrás de esa veneración por el sacrificio?, ¿es quizás el dolor una variedad evidente del esfuerzo, “si me duele es que está funcionando”, como decía Cindy Crawford?

Pero las creencias hacen felices a las personas, pensé, se sienten bien confiando en que su alimentación es la adecuada, viven con plenitud, crían hijos felices a quienes les dicen qué comer y qué no. ¿Qué ha pasado con nosotros? Lo que antes era el sentido de la moderación ahora se ha vuelto una mezcla de estadística y química orgánica (40% de carbohidratos, 30% de proteínas y 30% de grasas no saturadas), claro, todo cubierto por la miel de la redención: no “tú puedes hacerlo”, sino “tú tienes que hacerlo”.

Tanta frustración me hizo llamar a mi psicóloga personal, quien me dijo que tratara de sentirme menos oprimido.

“¿Qué debo hacer, doctora, como afrontar esta crisis?”

“No intentes nada. El problema de las personas es que quieren ser algo distinto a lo que son. Tú sé quien eres”, me dijo ella. “Sólo reconcíliate con tu gordo interior. Sal del clóset, Eduardo. Eres un gordo de clóset”. 

Se suponía que eso me reanimaría, pero yo ya estaba más deprimido que al principio. Colgué inmediatamente el teléfono, tiré las revistas y folletos a la basura e hice eso que siempre hago cada que estoy triste:

 

        

Todos tenemos un lado hardcore

           

A fin de no mancillar este espacio con imágenes ofensivas para mis lectores, he decidido canalizar mis escritos sobre porno al blog A tranquear el zorro, escrito a diez manos junto a Wil, el Chino, Tino y Killer. Para que sepan de qué va el asunto, transcribo algunas partes de mis colaboraciones, que pueden consultarse siguiendo este link:

 

 

JENNA JAMESON, ESCRITORA DE SUPERACIÓN PERSONAL

De la primera a la última palabra, Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno se muestra como lo que es: una vida novelada, un manual de autoayuda sobre cuestiones eróticas y una guía para los negocios; en pocas palabras una película porno de 20 horas a la que es difícil adelantar las escenas con gente vestida.
...Mientras alaba el maravilloso tacto femenino y despotrica contra los varones, Jenna Jameson oferta a fin de cuentas uno más de sus productos: un libro donde hay imágenes y sexo explícito, hay anécdota y anatomía, pero lo más importante: hay copyright. Porque después de todo qué importa otra historia más de vida en el abismo si la autobiografía no está avalada por la marca registrada, del mismo modo que las vaginas de plástico valen por la chica que las anuncia.

 

 

CON MIS PROFUNDAS CONDOLENCIAS

Acaba de morir Garganta Profunda. Aquí le rendimos un homenaje.

 

       sasha

SASHA GREY’S ANATOMY

¿Qué más se le puede pedir a una chica que el ser lectora de Tolstoi, Hunter S. Thompson y Sartre, que le guste la música de Shostakovich, Tool, Pink Floyd, Bach, Black Sabbath y Miles Davis, o el cine de Godard, P. T. Anderson o Antonioni? Se llama Sasha Grey, gana montones de dinero y parece perfecta para una plática sobre Bertolucci.

 


¡¡¡PRÍVATE!!!

¿Qué tienen de especiales los especiales CUMSHOT 1 y 2 de la revista Private? Bueno, cómo explicarlo: ¿Recuerdan aquella fotografía de Edgerton que se volvió célebre por la velocidad de obturación de la cámara? Hagan de cuenta que lo mismo pero en porno.

 

DISEÑO (PORNO)GRÁFICO PARA DUMMIES

El otro trabajo de los diseñadores de carátulas para películas porno es el de hacer folletos de ofertas para el súper. Aglutinan todo, nada se aprecia salvo un montón de chicas abriendo la boca o escenas de la película recortadas en Paint. Poco originales, quienes dan forma a la carátula de una película para adultos parecen estar a la saga de quienes les ponen nombre. Un extraño descuido para una industria que se fundamenta principalmente en los privilegios de la vista.

Parece que las compañías tienen en muy baja estima a los compradores y no les faltará razón. Comprar porno es un ejercicio de la brevedad; en la adolescencia, debe consumir el tiempo suficiente para que un familiar no aparezca en el mismo puesto de revistas, o en el más penoso de los casos, experimentar una erección. Y el mercado no ha obligado a los fabricantes a mejorar sus presentaciones: en el mundo de los consumidores de porno los exquisitos son los menos. Ya pocos revisan con cuidado las carátulas en el videoclub para adultos y menos aún revisan la sinopsis mientras piensan: “¿Ánimo de qué tengo hoy?"

SOBRE ADVERTENCIA NO HAY ENGAÑO: El sitio contiene imágenes explícitas.

Stop the evolution

    mosh

Como Metallica, toda la música debería volver a los orígenes. A las cavernas, al tum tum básico y a la imagen de los hombres de pelo largo que balancean sus cabezas mientras se empujan unos a otros. Volver a un tiempo en que nada era comercial –Puta, hasta Mozart hacía música por encargo-, al sonido auténtico que provenía de chocar unos huesos contra cualquier otra cosa. A un momento en que los músicos tenían un solo nombre –como los integrantes de Venom- y no se llamaban Johann Gambolputty von Ausfern Schplenden Schlitter Crasscrenbon Fried Digger Dingle Dangle Dongle Dungle Burstein von Knacker Thrasher Applebanger Horowitz Ticolensic Grander Knotty Spelltinkle Grandlich Grumblemeyer Spelterwasser Kurstlich Himbleeisen Bahnwagen Gutenabend Bitte Ein Nurnburger Bratwustle Gernspurten Mitz Weimache Luber Hundsfut Gumberaber Shonendanker Kalbsfleisch Mittler Aucher von Hautkopft, de Ulm.

Hay que retornar a la música como supervivencia. Volver a los gruñidos (las letras son esa cosa vergonzante que sólo ha subsistido para que los fresas tengan karaokes). Volver al estilo directo –ya saben, pum pas, la siguiente rola-. Habría que extirpar los instrumentos redundantes (una Sinfónica es como un supermercado lleno de sonidos innecesarios). Recobrar el éxtasis del principio, a ese latido que a veces tienen los estadios, el ruido de la tribu (y borrar la estúpida conciencia de saberte solo apenas prendes tu iPod).

La música nunca debió haber dejado de ser instinto. Las partituras, como las tornamesas, han hecho que cualquier pendejo se sienta músico.  Para qué las corcheas cuando hay  oído. Para qué Charlie Parker cuando está Lemmy, el de Motorhead, inyectando adrenalina a nuestras vidas. Hay que vivir como si nunca hubiera habido Stravinsky o Pink Floyd. Como si no hubiera pop ni blues ni góspel ni son. Imagina que no existen los Beatles. La mejor música es la que sólo puede describirse en términos de un pleito carcelario.

Lo demás, de verdad, podemos ignorarlo.

Fantasías en el aparador


ve

LOS EMPEÑOS DE UNA CASA

Que La Casita del Amor no tenga lugar para la pornografía es un orgullo de los dueños, Macaria y Francisco, quienes abdicaron de uno de los productos de venta y renta más segura por la comodidad de sus clientas.

“A las mujeres no les gusta sentirse comparadas con otra mujer”, me explican. Para la pareja que fundó la Casita hace 6 años un 14 de febrero, el porno es un tinglado engañoso que pone a las mujeres de verdad en desventaja.

“La gente cree que lo que sucede en una película porno es la realidad. No saben de las anestesias locales para el sexo anal y sobre todo, no saben que todo está editado”.

En un mundo sin cortes de edición, como el que nos ha tocado vivir, hay que buscar la excitación en otro lado. Macaria y Francisco ponen esas otras cosas sobre la mesa (literalmente): los juguetes sexuales y los disfraces.

La Casita del Amor ha dirigido su catálogo en las compradoras, algo inusitado en una entidad, cuya apertura sexual casi siempre se ha dado de la mano de los productos “para caballeros”. Como espectador este giro me parece una idea extraordinaria. A seis años de su primera venta, La Casita ha demostrado que las mujeres son buenas compradoras de productos sexuales, principalmente porque son buenas compradoras de todo.

“El 70% de nuestros compradores son mujeres, el 20% parejas y apenas el 10% hombres solos”, me explica Francisco en un cálculo aproximado. Eso constata lo que la mayoría sospechábamos: los hombres son cicateros para cualquier otra cosa que no sea un juego de Xbox.

Uno de sus productos más exitosos son los disfraces. No me extraña. Un disfraz sensual cumple un doble atractivo irresistible para las mujeres: es un producto sexual sin dejar de ser ropa. Gracias a marcas como Leg Avenue es posible representar el papel de hada, enfermera, militar, monja o pirata, con diseños que incluso podrían servir para una fiesta de carnaval. 

Pregunto cómo les va con la lencería. Me dicen que muy bien, incluso con la de hombres. No puedo evitar el gesto de malestar, para mí nada es más desagradable que una tanga masculina.

“Se venden, no mucho, pero se venden”, me dice Macaria; “las chicas le compran tangas a sus maridos o novios”.

“¿Qué mujer le compra eso a su pareja?”, me extraño. Una tanga de hombre es incluso desagradable sin hombre adentro. Es una de esas ropas, como los pantalones cholos, que nunca debieron existir.

 

       dildo

TOY STORY

Francisco me muestra el estante de los juguetes. Los dildos y los vibradores muestran todo eso que el hombre no puede ser o hacer. Si todos esos penes de plástico –con dos o tres cabezas- fueran de verdad seríamos una horda de fenómenos de circo.

“¿Qué es esto?, ¿el pene del hombre invisible?”, le pregunto y él me explica que los falos de plástico transparente les parecen muy estéticos a ciertas mujeres.

Veo tamaños que sólo una fábrica –no la naturaleza- puede producir. Cada uno de esos penes puede matar a alguien literalmente.

“El pene de los hombres no está hecho para el placer sino para la reproducción. Lo que hacen estos juguetes es provocar todo el placer que un ser humano no puede”, considera Francisco.

Una sexóloga me explicó hace algún tiempo que por eso los vibradores pueden llegar a ser altamente adictivos. Como en aquella frase de Sex & the City, una mujer con un juguete sexual bien podría decirles a sus amigas: “Yo por lo menos sí sé de quien provendrá mi próximo orgasmo”.

Rodeado de un ejército de penes que sobrepasan los 22 centímetros uno no puede sino sentirse intimidado. Francisco me dice que ellos venden sus productos con todas las explicaciones de por medio para que no existan decepciones posteriores. A diferencia de lo que sucede cuando las mujeres conocen a un hombre y se casan con él sin estar al tanto de la más recalcitrante de sus mañas, las compradoras de la Casita salen de la tienda con todo lo que es necesario saber sobre su vibrador.

“Un día una chica regresó a los 20 minutos de comprar un vibrador. Estaba molesta porque creía que le habíamos vendido un producto defectuoso. Cuando revisé el artículo vi que en su desesperación había puesto las pilas al revés. Desde entonces todos los productos se venden con las pilas puestas y con todas las explicaciones pertinentes”.

De ahí, Macaria cuenta algunas otras historias de gente sin nombre que ha ido a su local. Señores y señoras que parecen recién salidos de la misa, parejas que fácilmente te detendrían en la calle y te regañarían por andarte besando con tu novia. Un 30% de sus clientes son mujeres casadas, y de esas, por lo menos unas cinco han malinterpretado las cosas y han ofrecido pagar por sexo.

“Entonces les decimos que no, que ese no es el giro de este negocio”, me cuenta Francisco.

A propósito del tema, pregunto si ha habido algún cliente que le haya hecho alguna propuesta indecorosa a alguna de las dos mujeres que atienden la Casita del Amor.

“Sí, pero ninguno ha sido hombre”.

Sospecho que las mujeres se desinhiben más fácilmente porque no tienen nada qué perder, salvo un “usted disculpe, no se puede”.

 

real

 

EL CLIENTE SIEMPRE TIENE SUS RAZONES

De historia en historia, pienso en la Casita como en una suerte de confesionario, donde la gente común y corriente va a exponer en una compra alguno de sus íntimos secretos.

“La otra vez llegó un señor de un municipio. Ya sabes, gente muy humilde. Entonces estuvo viendo una y otra vez los productos. Tocaba los empaques, veía los precios, checaba el catálogo. En un determinado momento, salió a la calle, se aseguró que no venía nadie y me dijo: Quiero todo de aquí para allá. Para darme a entender que hablaba en serio sacó de su portafolio una bolsa de nylon con un fajo de billetes como los de un despachador de gasolinera. Qué te puedo decir, me hizo el día”.

“La otra vez, una pareja entró para pedirnos todo lo que tuviéramos de Jenna Jameson, la actriz porno, porque el marido era fanático de Jenna y su mujer quería hacerle un buen regalo. Ellos fueron quienes nos explicaron el mundo de productos que existían alrededor de la actriz y nosotros se los conseguimos”.

“Creo que con las muñecas inflables era más fácil”, comento. “Sólo dejas una a medio inflar y ya tienes la cara de Jenna Jameson”.

Como última historia, Macaria y Francisco me relatan el caso de un señor cuya liquidación (casi 70 mil pesos) la iba a invertir en comprar una real doll, una de esas muñecas de silicona de tamaño real y con rasgos sorprendentemente parecidos a las de una persona, y no sólo eso sino a la que es posible armar en cara y cuerpo a gusto del cliente.

“Estuvimos a punto de conseguirla, yo iba a viajar a Estados Unidos, pero tuve un problema con la visa”, me dice Francisco con la desilusión con la que un inversionista habla de una fusión inacabada.

Finalmente les pregunto si su condición de pareja con hijos les ha ayudado a las ventas.

“Por supuesto”, me dice Francisco. “No vendemos nada que no hayamos usado, para ver si es tan bueno como dice la caja”.

Doy por terminada la plática. Dejo el local como si dejara la cama (la comparación no está exenta de simbolismos): reuniendo fuerzas para descender al mundo real.

Publicado en la revista Rhema.

 

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Cinco empleos con futuro

    consultor

1. Consultor.
Las empresas, como los matrimonios, saben que tienen problemas (sólo es cuestión de unir a dos o más personas para crear un conflicto) y nada mejor que ofertarles soluciones que les eviten el trámite tortuoso de conversar. Es como si el consultor le dijera a los dueños: Usted no tiene tiempo de ver por las contrariedades de su empresa, déjemelo a mí, ahórrese el despreciable trabajo de hablar con la gente a quien le paga precisamente para que hablar con ella.  La consultoría está de moda porque nadie sabe a ciencia cierta para qué sirve pero suena a una medida razonable.  Es el tipo de empleo que terminaron haciendo los sicólogos que acabaron una maestría pero no saben cómo devolver su beca, los poetas que no han ganado nunca ni un premio pero que escriben sin faltas ortográficas o el simple despedido que desea vengarse.  

La consultoría es un trabajo que despierta respeto porque está asociado a la idea de un recorte del personal. Cada que un extraño con apariencia de extranjero y con maletín entra a una oficina, los empleados tienden a toser de más, a  consumir menos chatarra frente a sus computadoras o a teclear con más discreción sus conversaciones por Messenger. El consultor tiene incluso un mejor trabajo que el jefe, porque experimenta el poder del despido en distintas empresas y no sólo en una. 

La función del consultor es aconsejar soluciones, pero no ejecutarlas. De modo que cualquier fracaso puede adjudicarse a una plantilla laboral ineficiente.

    jurado

 

2. Jurado de concurso. A pesar de tener un amplio mercado que satisfacer, la Universidad aún no ha fundado una facultad para el caso. Hoy día en que abundan los concursos –en las más diversas ramas artísticas, como la poesía, la declamación, la oratoria, el ensayo político, el modelaje o el baile folclórico- ningún trabajo sería tan solicitado como el de jurado, cuya mayor aptitud exige eso que hacemos todos los días: burlarnos de los demás.  Nada tan estimulante como opinar sobre las voces de una veintena de jubilados en el Cancionissste o como leer los escritos –llenos de “kes” y “la neta”- de jóvenes que un día se levantaron con la intención de dedicarle una carta a sus papás. Y que nos paguen por ello no deja de ser casi un milagro.

Volvamos los ojos a la TV. Los programas actuales de televisión han dejado de ser protagonizados por los concursantes –quienes apenas entonan, no tienen gracia alguna para bailar y son acompañados por artistas en decadencia que tampoco saben hacer alguna de esas dos cosas- y ahora es el jurado quien atrae los reflectores.

Lo bueno de ser juez es que uno no tiene uno por qué demostrar la pasión con la que recita, lo bien que dramatiza, lo profundo que escribe o si es capaz siquiera de dar el paso “cruzadito” de los salseros. La característica esencial del jurado es criticar a personas con mayores habilidades que él, aunque con mucha menor dignidad.

         periodista

3. Periodista cooptable. Se trata de una de las profesiones más estimadas por la clase política, quien no ha escatimado esfuerzos en invertir cada vez más recursos en ella bajo rubros de difícil fiscalización como el de “Servicios prestados”. Algunos lo confunden con el trabajo del publicista, pero el del periodista cooptable es un oficio con más respeto, tradición y que abarca medios diversos como la radio, la televisión, la prensa o el simple cotilleo en los cafés. ¿Cómo identificarlo? El periodista cooptable saca su foto a la cabeza de sus columnas y habla en televisión con la seguridad de quien lee todas las mañanas cinco periódicos nacionales, 10 locales  y entiende una gráfica de barras apenas la ve. Es el hombre que un día ataca a un funcionario por meter a sus tres hijos en la nómina de una delegación y un mes después destaca las virtudes del susodicho como “valores de familia”.

Uno de los beneficios del periodismo cooptable es que rara vez se ha visto amenazado por la competencia o los nuevos medios. Eso puede deberse ya sea a que los precandidatos gozan de un presupuesto ilimitado producto de una reforma electoral que nadie ha advertido, o a la facilidad con la que pueden subsidiarse revistas políticas en este país.

 
    iso9000
 
4. Certificador de calidad. Lo mismo en el mundo empresarial que en el educativo no importa tanto la calidad como el aval de la calidad. Eso ha provocado que los certificados de calidad parezcan en realidad matrículas de coche: ISO-9000, ISO9200, etcétera. No importa si usted utiliza las primeras letras de su CURP para nombrar a un nuevo certificado de calidad, el chiste es valerse de cualquier estratagema con el fin de azuzar a los altos mandos de la industria o las universidades a que suelten algo de dinero.  Los certificadores son en realidad capacitadores empresariales que un día descubrieron que podían ganar más observando los defectos de un corporativo en lugar de tratar de prevenirlos. A diferencia de los consultores, los certificadores rara vez despiertan miradas de antipatía. En realidad, son como los conductores de Travel & Adventure que invitas a tu ciudad para que hablen bien de ella en sus programas de viajes y a los que llevas a las zonas más bonitas y no  los dejas ver los cinturones de miseria. Por eso, resulta más rentable certificar la calidad de una empresa o carrera, que invertir en su calidad.


    wallstreet 

5. Socio capitalista.
Nadie como Scott Adams para explicar esta profesión: “El mejor trabajo que se me puede ocurrir es el de socio capitalista. No sólo causa una gran impresión en las fiestas, sino que se espera que fracase en un 90 por ciento de las ocasiones. (…) Para los que desconocen la ocupación del inversor capitalista, su función consiste en tomar el dinero de los ricos y dárselo a pequeñas empresas que pronto entran en bancarrota. De vez en cuando, una de esas pequeñas empresas se convierte en una mole gigantesca y los socios capitalistas se enriquecen y compran vehículos todoterreno sin motivo alguno. He omitido detalles como comer, beber y reírse de los imbéciles detrás de sus espaldas, pero creo que usted comprende por dónde van los tiros”.

No se asuste, no es el fin del mundo

marvin

Esta semana estuve explicando a mis amigos la diferencia entre Big Bang, Big Ben, Big Band y Gang Bang. Y es que la puesta en marcha del Gran Colisionador de Hadrones (LHC), ese acelerador gigantesco debajo de la frontera entre Suiza y Francia, puso en boca de todos palabras que creían enterradas desde la preparatoria: protones, electrones, átomos, velocidad de la luz.

Recordemos que mientras estudiábamos en la escuela, la ciencia se limitaba a las maquetas con bolitas de unicel y mondadientes y el universo podría explicarse en un pliego de papel bond cuadriculado. Pero, como sospechábamos, el mundo es más complejo y más escurridizo de lo que aprendimos en el salón de clases.
Todavía hacia finales del siglo XIX la física se encumbraba como el modelo de toda ciencia: lógica, madura y ordenada. Sin embargo, la aparición de cosas muy extrañas -como la radioactividad- hizo que las ideas sobre la materia revolucionaran de tal forma que nadie acabó muy seguro de cómo funcionaba la realidad. Conceptos tan aparentemente sólidos como “tiempo” y “espacio” no lo resultaron tanto. Por lo menos es lo que argumentan los científicos, quienes desde Einstein, nos dicen que al igual que un atardecer cambia según el punto de vista del observador, el tiempo no es el mismo si difiere el marco de referencia. 

Masa que es “energía congelada”, la luz que es a la vez onda y partícula, un Universo que está hecho más de probabilidades que de determinismos; en fin que el mundo parece desquiciado cada vez que descubrimos cosas nuevas de él. La película “¿Y tú qué #$*! sabes?” divulgó –a modo, pues servía igual para promover a una loca que se decía poseída por un espíritu milenario- las paradojas de la realidad, las complicaciones en que nos ha metido la física cuántica desde su aparición (según la RAE se llama así porque “nomás la entienden unos cuantos”). Y es que los atentados de la física cuántica  contra el sentido común, y algunas de sus teorías que no pueden ni siquiera comprobarse (y uno que pensaba que el sustento de la ciencia era la comprobación) han vuelto la actividad científica también un acto de fe, casi como la religión, a cuyos dogmas en un principio ayudó a derribar.

Son esos científicos preocupados por el tejido de la realidad –que hablan de cantidades tan pequeñas que ni siquiera las podemos imaginar- quienes ahora buscan descifrar el código de la materia, el origen del universo. Así como huérfanos tras su árbol genealógico o creyentes tras Dios, los hombres de ciencia quieren llegar al principio de todo de alguna manera y para eso han invertido no sólo 20 años sino 9 mil millones de dólares para construir el Gran Colisionador de Hadrones, cuyo nombre bien pudo haber sido creado por un villano de Austin Powers.



Según el equipo que construyó este dispositivo, el LHC producirá que dos haces de protones, viajando a una velocidad cercana a la luz, colisionen entre sí para recrear las condiciones que, suponen ellos, debieron darse al inicio del universo, fracciones de segundo después del Big Bang. Lo que surja de este impacto nadie lo sabe (si alguno lo supiera no habría necesidad de construir nada), pero Tara Shears, física de la Universidad de Liverpool, vaticina que será algo “sorprendente y fantástico”.  (Lo verdaderamente sorprendente y fantástico es que la imagen de la ciencia actual sea la de unos niños que hacen chocar cosas para ver qué sucede).
Resulta curioso que los científicos nos hablen de partículas tan pequeñas que no sólo no las podamos ver sino que, paradójicamente, se necesiten aparatos del tamaño de una ciudad para detectarlas. En los tiempos de Demócrito el átomo era, como su nombre lo indica, lo más pequeño que existe (“lo indivisible”, en griego); en nuestra época el átomo es como una cuenta bancaria en las Islas Caimán: siempre tiene espacio para lo que uno quiera meterle.  

Para la gente ignorante como yo, a quienes las ecuaciones de física le parecen tan incomprensibles como leer una baraja de Tarot, el asunto es a la vez fascinante y de miedo. Versiones fatalistas dicen que el choque de los protones podría producir un agujero negro que se tragara al planeta Tierra con todo y Sarah Palin (y la hija de Sarah Palin). Imagine usted en qué situación podría agarrarlo el fin del mundo: sembrando hortalizas, marchando contra la Alianza Educativa, depilándose las piernas en una clínica o leyendo un libro de Josefina Vázquez Mota. Ahora deprímase.

La verdad es que alguien por error origine un agujero que nos succione a todos parece más una escena de una obra de ficción que una probabilidad real, aunque no deja de tener su encanto, al emparentarse con aquella advertencia de Douglas Adams al inicio de su novela El restaurante del fin del mundo: “Hay una teoría que afirma que si alguien descubriera lo que es exactamente el Universo y el por qué de su existencia, desaparecía al instante y sería sustituido por algo aún más extraño e inexplicable… Hay otra teoría que afirma que eso ya ha ocurrido”. 

Ya metidos en la idea de un grupo multinacional de genios auscultando las ranuras de la materia para conocer el principio de todo, no puedo sino recordar aquel diálogo que Cholo aplicó a la crisis económica, pero que podría emplearse para este caso:

“Oiga, ¿y cómo fue que empezó todo?”

“A nadie le importa saber cómo empezó, nos interesa saber cómo va a terminar. Eso sí nos interesa”.


Máscara contra cabellera

    Lucha1

Para Wilberth

A diferencia del box, cuyo sentido de la equidad está representado en el peso, la lucha libre parece existir para las desigualdades. El rudo puede valerse de todo tipo de llaves prohibidas, agredir al público, bajarse por una silla y aventarla a la espalda de su oponente. El técnico tiene apenas el respaldo de esa parte cándida del auditorio que apoya a los buenos por default, aun así hablen como fayuqueros de Tepito o se trate de malos arrepentidos. Al igual que en las telenovelas, el rudo siempre es más divertido, amenaza con la voz de quien acaba de sufrir una operación en la garganta y profiere insultos de película sabatina: “¡Eres un cobarde, Místico, y te voy a hacer pagar!”.

El eterno combate entre el bien y el mal nunca está mejor ejemplificado que con la lucha, donde apenas son necesarios dos hombres descamisados y un réferi para representarlo todo. Salvador Novo decía que la lucha era superior al cine porque nos libraba de aguantar por dos horas una historia alrededor de un enfrentamiento entre el villano y el héroe. Lo esencial, consideraba el escritor, era ver el choque entre dos cuerpos por cualquier motivo. En la lucha, la gente se golpea por oficio y se deja desangrar porque es su trabajo (no hay odio legítimo como no hay amor verdadero en la farándula); se trata de buenos muchachos todos que en algún momento de sus vidas entendieron que su vocación era salpicar de sudor a las primeras filas.

Sin embargo, Novo se apoya en el pancracio de los cuarenta y cincuenta, con nombres como el Gorila Macías o Bobby Bonales, y habla de un tiempo en que la mayoría de los luchadores tenía bigotes como el de Arturo de Córdova.  Cinco décadas más tarde, la lucha ha retomado las historias y la WWE presenta a gladiadores que viven melodramas arriba del ring, ya sea que su esposa los engañó con su representante o quieren vengar la fractura de un amigo.

Y es que inevitablemente, el oficio de los topes y el lance de cuerdas ha sufrido todo tipo de transformaciones. ¿Por qué Atlantis ahora es rudo si durante toda mi infancia fue el luchador técnico por excelencia?, ¿su cambio de bando no habrá significado el fin de la inocencia para ambos, él y yo? Cuando algo se transforma en la lucha libre es señal de que el mundo está cambiando. Los luchadores de antes tenían profesiones respetables (el Santo era un científico respetable, cuyos tubos de ensayo siempre echaban humo), mientras que los gladiadores de ahora son strippers en activo. ¿Puede ser Intocable un héroe de una nueva generación que salva a la humanidad en el tiempo que le queda libre entre despedidas de solteras? No es del todo inverosímil, sobre todo cuando nuestra sociedad ha pasado de las preocupaciones éticas a las atléticas: en la década de la metrosexualidad el único territorio que importa proteger es el abdomen.

(Dos síntomas de la edad: que ya todos los luchadores se llaman “el hijo de alguien” o que como en las películas de Halloween hemos perdido la numeración del último Villano).


     Lucha 2

Pese a todo, la lucha libre puede erigirse como la épica ideal de este país. Imposibilitada la televisión nacional para una industria de superhéroes, la transmisión dominical desde la arena resume todo lo que es necesario saber sobre las grandes batallas y el amor: luchan dos, gana uno, al final alguien termina perdiendo el pelo.

Sin más armas que la “doble Nelson” o la “huracarrana”, los  héroes mexicanos han dirimido su tragedia semanal en tres actos sin escatimar los rasguños propios de la profesión. Hay vuelos, patadas voladoras y el entarimado suena como un ejército de matarifes azotando reses muertas. Por otro lado, el público enardecido tiene la oportunidad cada siete días de ir a gritarle sus verdades al villano (una mentada de madre es una de esas verdades que no necesitan demostración) y eso es algo que no existiría si los héroes sólo sirvieran al cine, la televisión o la historieta.

Mucho se ha dicho sobre las propiedades sanadoras de la lucha libre. Alivian la vejez (la de los abarroteros sobre todo), reconfortan el morbo por el pleito ajeno, pero sobre todo nos devuelven al espectáculo elemental de ver a dos fornidos con más horas en el centro de abasto que en el gimnasio dándose palmadas en el pecho que suenan a cachetadas de señoras. Debo confesar que la primera profesión en la que pensé de niño fue la de luchador profesional. Era como ser policía, pero sin que me faltaran al respeto, era al fin de cuentas un combate contra el mal, aunque sin burocracia. 


              Cartel

De entre las muchas lecciones de la lucha libre, está la de ser un buen energizante para la cultura (uno de las presentaciones más concurridas de la FIL fue una función de lucha libre). Su capacidad para invadir espacios artísticos -como el cine, la literatura o los museos (así lo certifica la pelea de los Infernales en el Tate Modern)- ha demostrado su vitalidad a través de las décadas.

Finalmente gladiadores y escritores tienen algo en común: la lucha de clases. Están las superestrellas, que despiertan la histeria de quienes nada saben del deporte y aparecen con frecuencia en la televisión y las revistas. Están los héroes de culto, que han vivido años de patear gente y entusiasman sólo a los eruditos más recalcitrantes (cuyo mayor orgullo es haber estado ahí cuando Cien Caras perdió la máscara). Luego vienen los dioses menores, dueños de una buena técnica, pero por los que no pagarías más de 60 pesos. En el fondo se encuentran los de a pie, que sirven para llenar los carteles o las antologías, quienes a pesar de sus cicatrices nunca van a poder salir de las arenas de provincia.

(A mí me toca luchar dos veces por semana y después de cada actuación pierdo un poco más de pelo).


cald

Máscara contra máscara.

 

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