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Tediósfera

El nazi del cuarto de baño

El nazi del cuarto de baño

Tengo la impresión de que el transporte público entraña la esencia del contrato social: la fatalidad de coincidir con gente indeseable. Es decir, en un camión, el único móvil para que las personas se encuentren es el azar y de esa manera la vida establece una de sus más terribles lecciones. Como metáfora de la existencia, el microbús no sólo nos enseña que la velocidad del mundo está fuera de nuestro alcance, sino que nuestros compañeros de viaje son personas a las que uno no quisiera ver tan seguido. Deseo imposible de enunciar en ciudades tan pequeñas como Campeche.

--¿No le sorprende encontrarnos de nuevo?— me dijo aquella tarde un tipo al que yo no había advertido en el asiento de atrás.

--Perdón, ¿quién es usted?—pregunté tembloroso sólo de pensar en un desconocido que anda por ahí memorizando mi cara.

--Rubén --sonrió y me tendió la mano--. Hemos coincidido como siete veces en la misma ruta y siempre lo veo tan callado, tan alejado del mundo que sentí ganas de platicar con usted.

El tipo se sentó a mi lado y no opuse resistencia, posiblemente porque era demasiado tarde para prender el iPod o sacar un libro.

--Hay un calor terrible—me dijo, un poco para cumplir la cuota meteorológica que tienen todas las conversaciones— ¿y sabe qué es lo peor del calor?

--Quiero creer que una veintena de turistas artríticos en bermudas paseando por el Centro Histórico.  

--Cerca, pero no. Lo peor son los insectos. Salen de todos lados, cruzan tu sala y tu baño, trepan tus paredes. Nadie sabe que su casa está llena de bichos, parásitos y sabandijas hasta que toman por asalto la cocina. Y es terrible. Lo peor, se lo aseguro.

El tipo parecía un loco hablando de las voces en su cabeza; cómo ansié tener una cartulina de Rorschach tan sólo para corroborar esa sospecha.

--¿Qué piensa al respecto?—me inquirió.

--Que si yo fuera su hijo lo pensaría dos veces antes de estudiar entomología

Pronunció “ja” una sola vez. Esa cicatería para racionar su propia risa me hizo temblar de nuevo. Hubiera preferido un mohín de enojo.

--Y el peor insecto, ¿sabe cuál es?: la cucaracha –las puntas de sus dedos se unieron, como aquel que desarma una miniatura--. Nunca acabas con ellas, no importa qué hagas, siempre están ahí, saliendo de los rincones, haciendo ese insoportable ruido sobre el periódico viejo, pasando sobre los cepillos de dientes.

Yo ya me estaba sintiendo mal del estómago, pero no le dije nada; tan sólo hice un ademán para que continuara.

--Le confiaré algo. Yo era de la vieja guardia. Veía una cucaracha y un segundo después, ya tenía el zapato a la mano para aplastarla de un solo golpe. Y tenía buena puntería, eh, no se me escapaba ninguna. Pero mi mujer empezó a quejarse de las manchas que quedaban en los azulejos del baño. Me dijo: “Rubén, para eso está el insecticida”. Yo no quería comportarme como una señorita, de aquellas que se defienden de un violador con gas pimienta. Yo soy un hombre, se lo aseguro.

--¿Y cómo le hizo?–pregunté—, es bastante difícil no hacer ruido mientras se andan aplastando insectos por ahí.

--No tuve otra opción más que ceder. Una noche llegué borracho a casa y Andrea estaba a medio dormir. Entré al baño y vi una cucaracha en la pared. Pensé que si trataba de aplastarla acabaría por despertar a mi mujer, porque mis reflejos estaban… usted imaginará. Así que vi el bote de insecticida a un lado y lo utilicé. ¿Y sabe una cosa?: me gustó. No sabe el placer que se experimenta ante la muerte lenta del enemigo. Yo echaba el insecticida y la cucaracha corría por su vida porque pensaba seguramente que la perseguiría. ¡Pobrecita, si supiera que ya estaba condenada! Yo apenas logré apoyarme en el lavabo para ver el espectáculo: cómo el insecto se retorcía e intentaba ocultarse, cómo le fallaban las patitas, cómo finalmente dejaba de moverse.

--Oiga, usted, es un poco sádico eso, ¿no le parece?

--¿Cómo puede tener misericordia con una cucaracha? Son oscuras y asquerosas y provocan ese hormigueo horrible si de casualidad anidan en el pantalón y usted no se ha dado cuenta.

--Sí, disculpe, no puedo ver un insecto sin pensar en Gregorio Samsa. ¿Conoce esa historia? La de un tipo que un día despierta convertido en un insecto.

--Sí, sí, la leí en la preparatoria; salía un judío o algo así –respondió para neutralizar cualquier intento de literatura en esa conversación--. Pero a donde quiero llegar es que un método tan sutil me dio un alivio sorprendente. Era una especie de terapia. Soltaba el gas, cerraba el baño y me sentaba junto al estéreo a esperar, mientras escuchaba algo de música…

--¿Qué ponía usted?, ¿Wagner? –espeté pero el tipo siguió su relato, sin detenerse en mi comentario.

--…Unos 15 minutos más tarde regresaba al baño para contemplar mi obra. Al final de la jornada podía ver los cadáveres apilados de las cucarachas y sentir que había cumplido con mi deber.

Tosí. La plática ya estaba tomando una vertiente insoportable.

--Lo único que me frustra es que no se acaben todas las malditas cucarachas de una buena vez. ¡Qué protección divina tienen para volver siempre, caramba!

Quise aminorar la tensión aventurando una hipótesis.

--No sé. Piense que las cucarachas al morir van al Cielo de las Cucarachas, donde todo es basura y hay cajas con restos de pizza por todos lados. Pero ¡ojo!, como todo el mundo ha matado millones y millones de cucarachas a lo largo de los siglos, el Paraíso está sobrepoblado. ¿Qué hacen entonces los administradores del Cielo de las Cucarachas?: endurecer su política migratoria: repatrían a todas las cucarachas a sus lugares de origen. De modo que no es que haya muchas cucarachas en la actualidad sino que son las mismas reviviendo una y otra vez.

Esta vez Rubén pronunció dos “jas”; me sentí alguien tan gracioso como Jerry Seinfeld.

--Es usted un joven bastante ingenioso. A Andrea le encantará conocerlo. Quizás pueda usted verme en acción, eliminando los insectos del baño o los ratones de la cocina.

Quise desistir de la invitación, sobre todo porque ya estaba hablando de matar seres más evolucionados.

--No aceptaré un “no” por respuesta --dijo.

Aunque el “plaguicidio” no ha sido catalogado --aún-- como una psicopatía, el tipo provocaba en mí una voz interior que decía: “huye”. Quise bajarme en la esquina siguiente, donde un grupo de muchachos esperaba el transporte, pero recordé que el tipo aquel sabía algo terrible de mí: cuál era mi parada cotidiana. En consecuencia permanecí en el asiento, apenas asumiendo esa posición de nerviosismo que tanto me critica el ortopedista.

--Y pensar que he conocido a gente tan cobarde y rastrera como una cucaracha –me confió Rubén al oído, cuando el minibús se detuvo.

Entonces no dudé y bajé a toda prisa del camión, aprovechando el tumulto. Me da vergüenza aceptar que parecía un roedor que reacciona tal y como desea el laboratorista.

El país de las injurias

El país de las injurias

Pensemos en dos deportes peligrosos: hacer caricaturas de Mahoma y darle a la Bandera nacional funciones sanitarias. De una ya se sabe: millones de musulmanes iracundos y no pocos integristas lanzando amenazas de muerte a periódicos y otros medios. Su razón: apoyados en El Corán, reprueban cualquier representación del profeta. De la otra ya se supo: un amparo negado por la Suprema Corte y la reciente petición de algunos extremistas, perdón, de la PGR de dar prisión o multa (y de preferencia ambos castigos) al escritor campechano Sergio Witz, por haber difundido el poema “La patria entre la mierda”. Su razón: apoyados en el Código Penal Federal, la Procuraduría argumenta que los “patrios pendones” sólo pueden ser empapados por “olas de sangre” y por ningún otro fluido más.

Transcribo a continuación la noticia que da cuenta de este insólito suceso:

 

A prisión por injurias 
Campeche, Campeche (AP).- Pocos días de libertad le quedan al delincuente literario Sergio Hernán Witz Rodríguez y/o Sergio Hernán Huitz Rodríguez (a) “el Poeta”, de 46 años de edad y de profesión maestro universitario, por injurias contra la Bandera mexicana, casada, de profesión símbolo patrio, quien no especificó su edad, pero a la que se adivinaron múltiples cirugías.

Los hechos se registraron el pasado viernes, alrededor de las seis de la tarde, en Campeche. El sujeto fue detenido por elementos de la Procuraduría General de la República, quienes en un recorrido de vigilancia fueron abordados por Abel Santacruz Menchaca, de profesión lector de revistas de poco tiraje, que mientras señalaba a una persona del género masculino, lo acusó de faltarle el respeto a la Bandera mexicana e imputarle “funciones poco decorosas”, entre ellas las de papel higiénico. “Cosas horribles que no puedo ni repetir”, añadió el denunciante, hecho un energúmeno.

Los agentes arrestaron a Witz, quien se defendió arguyendo su derecho a la expresión. “¿Quién apela a la libertad de expresión en estos días?”, dijo uno de los policías. “Ésa fue prueba suficiente para determinar que el sujeto estaba en completo estado de ebriedad”.

En consecuencia se abrió la averiguación previa 7361/II/2002, sustentándose en el artículo 191 del Código. La policía decomisó el arma, un texto de 21 líneas afilado y enmohecido, pero nada hizo con el cuerpo de la víctima, quien hasta ese momento sólo ondeaba, algo indignada y de perfil. Ninguno de los presentes cuestionó el hedor que podía percibirse en el lugar de los hechos.

 

Witz
El delincuente. Arriba dice: "Se reciben visitas las 24 horas"

¿En verdad se trata de un texto tan agraviante como para despertar todo este escándalo?, ¿se merece Sergio Witz todo el peso de la ley por el escrito en cuestión? Leámoslo de nuevo y descubramos que desde el punto de vista estrictamente literario, nos encontramos – qué duda cabe- ante un mal poema:

 

ARTÍCULO 191

 

Al que ultraje

el escudo de la República

o el Pabellón Nacional,

ya sea de palabra

o de obra, se le aplicará

de seis meses a cuatro años

de prisión

o multa de cincuenta

a tres mil pesos

o ambas sanciones,

a juicio de juez.

 

 

 

¿No creen ustedes que “a juicio de juez” es una expresión cacofónica?, pero más grave que eso ¿funciona con efectividad el verso libre?, ¿no sería mejor acudir de nuevo a las rimas que todo lo perdonan, sobre todo si se trata de canciones patrias?

 

Al que ultraje en México al Pabellón

en palabra, obra u omisión

recibirá hasta cuatro años de prisión

o por lo menos una multa de sanción

 

Con una ley tan clara sorprende que la PGR analizara cinco diccionarios para concluir que el poema SÍ constituye un ultraje a la Bandera nacional. Según El Universal, tres de los volúmenes consultados fueron el de la Lengua Española, el de la Real Academia Española y el Pequeño Larousse Ilustrado. De los otros dos no se sabe, pero se sospecha que fueron el Diccionario de Charlie Brown y el de Christopher Domínguez Michael (aunque este último despertara discrepancias entre los mismos peritos, que se declararon “poco pacianos”).

Hubiera dado lo que sea por presenciar las discusiones entre expertos de la PGR sobre el delito que encierra un texto literario. 


Barthes

“Comandante Greimas, en este seudopoema podemos apreciar tres aspectos de la semiótica sobre la unidad sustancial de su objeto (es decir la bandera) y el texto que se representa exteriormente por medio de un signo ya sea literario o proctológico”. 

Greimas

“No estoy tan seguro, mi estimado agente Barthes, tengo la impresión de que el escrito en cuestión es la manifestación de un signo connotativo complejo, un sistema de producción de sentido (el texto) cuya sustancia de la expresión proviene de una planta tratadora de aguas negras”.

Barthes

“Comandante, disculpe mi atrevimiento, pero tengo mis dudas, sobre todo en el enunciado ‘Me seco el orín’. ¿Se referirá Witz a la ausencia de un Ser Supremo o a la angustia del hombre contemporáneo?”

Greimas
“No lo sé. Ha sido el verso que más me ha costado descifrar. Estuve toda la noche tratando de hablar con el fiscal Eco al respecto, pero estaba demasiado ocupado leyendo novelas policíacas. Mejor demos otra revisada al Manual del buen decir para despejar nuestras dudas”.


Barthes

“Así será, comandante”.


Finalmente y a manera de colofón para este insólito proceso judicial, transcribo el desplegado que hiciera la revista Letrinas Libres al respecto:

Nos avergüenza que se usen los nombres de desechos corporales para hablar de la Bandera. Los desechos y los fluidos son sagrados y sólo merecen ser mencionados en los albures, en las consultas médicas, en las paredes de los baños públicos o en las pláticas entre adolescentes. Reprobamos cualquier otra utilización de esas palabras en otros sitios, supuestamente literarios, como la poesía, la música o los programas infantiles, y pedimos todo el peso de la ley para el escritor Sergio Witz, por denigrar las funciones de nuestro hermoso cuerpo en su lamentable texto "La P… entre la mierda".

Así sea.

Sólo la Revolución se televisará

Sólo la Revolución se televisará

Después de iniciar un procedimiento sancionatorio, la Comisión Nacional de Comunicaciones de Venezuela ha prohibido (veladamente, a través de una “recomendación”) la transmisión de Los Simpson por la cadena Televen de ese país. Extraña, en primera instancia, que un Gobierno como el de Hugo Chávez -tan abiertamente opositor al imperalismo yanqui- repruebe un programa que ha retratado a Estados Unidos sin escatimar sarcasmos, pero más inquieta saber los motivos de esa salida: según el órgano oficial, la familia amarilla “no es apta para niños” y “contiene mensajes que atentan contra la formación integral de los adolescentes”.

Lo peor del caso: ¡es verdad! Si pensamos en los niños como en bolivarianos en formación a los que sólo es sano ver Aló, Presidente, sí, Los Simpson no es apto para ellos. También es lógico cuando sabemos lo mucho que le preocupan los infantes a Chávez (una observación de su hija de ocho años sobre el caballo del escudo venezolano que avanza hacia la derecha, hizo que la Asamblea Nacional cambiara la posición del equino hacia -adivinen dónde- la izquierda). ¿Qué va a hacer Televen para llenar el vacío que dejará la creación de Matt Groening? Programar Guardianes de la bahía, al que la censura venezolana ni siquiera increpará, porque los bikinis de Pamela Anderson son rojos.  

“¡Tanto escándalo por una simple caricatura!”, dirá alguien. Pero no debemos irnos tan aprisa. Según la revista Time, Los Simpson es la mejor serie de televisión del siglo XX y Bart uno de los iconos culturales de la última centuria, junto a Picasso, los Beatles y algunos otros.  Para no ir más lejos, el historiador y profesor de la Universidad de Francfort, Henry Keasor, consideró a la serie como “parte de la literatura universal”, lo mismo el escritor Alan Moore, quien ha dicho que aparecer en el programa “es el título honorario moderno más importante de nuestra época; de hecho es mejor que si te hicieran Papa” (lo dice alguien que no sólo cambió la manera de hacer cómics en el mundo sino que apareció en Los Simpson junto a los no menos trascendentales Art Maus Spiegelman y Daniel Ghostworld Clowes).

Pero qué va, el humor siempre dará molestias. Recordemos que George Bush (el padre del Míster Dánger) también condenó a la familia amarilla por la imagen negativa que proyectaban. ¿Por fin, los Bush y Chávez coincidieron en algo? Sí, como los emos y los punks, ambos tienen más semejanzas de las que públicamente aceptarían. 

Chávez sabe mejor que nadie el poder de los medios. Desde su fallido golpe contra Carlos Andrés Pérez en 1992, supo que el rating lo es todo. En la pretensión de que los demás insurrectos depusieran las armas, el Gobierno de Andrés Pérez puso al líder rebelde a dar un mensaje a sus compañeros, mensaje que se convirtió en una alocución política. “Lamentablemente, por ahora”, dijo Chávez en aquella ocasión, “los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la capital (...) Ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”. Ese “por ahora” no fue sólo la frase más recordada del mensaje, sino todo un vaticinio. Por ello, el movimiento golpista que en la práctica fue un desastre, logró su auténtica victoria a nivel mediático, pues colocó en el mapa al entonces desconocido rebelde.

“Chávez siempre es una emoción”, ha apuntado el periodista y narrador venezolano Alberto Barrera Tyszka. “Enamora o irrita, pero jamás aburre, es un producto que no conoce la indiferencia”. Y es que ahí está la clave para entender la expulsión de Los Simpson de la televisión: el presidente quiere ser el único comediante que critique a los EU. No es, en todo caso, un acto de censura sino una exageración monopólica.

Chávez es un histrión, una cruza de showman y orador revolucionario. Alguien a quien es fácil imaginar preguntando a su público “¿Quieren otro monologue?”. Hace chistes, reta a otros mandatarios, se burla de quienes sirven al Imperio, declara la guerra por un pleito que no es suyo (“Señor ministro de defensa”, dijo cuando el bombardeo sobre Ecuador, “mándeme diez batallones a la frontera con Colombia”). Eso está bien, pero ¿por qué no admite la competencia? Eso le haría mejorar sus rutinas, disminuir sus tiempos. No lo va a hacer porque finalmente Chávez es un socialista y como tal, ama el control estatal sobre el entretenimiento y disfraza la megalomanía de amor patrio. 

En la Cumbre de Santo Domingo, después de las acusaciones mutuas entre Álvaro Uribe y Rafael Correa, el comandante no podía marcharse sin decir algo. ¿De qué manera robarse el espectáculo, después de semejante pleito entre mandatarios? Musicalmente: cantando “Quisqueya, la tierra de mis amores”, mientras las risas de los asistentes le hacían suponer que había hecho lo correcto.

Tengo la impresión de que Chávez reparte dinero, educación y todas esas bondades de las que hablan sus simpatizantes, también para que lo oigan. Es el cómico que paga para mantener su audiencia.  Comúnmente animoso, socarrón cuando se trata de hablar de los demás, pero incapaz de soportar el ridículo propio (como la foto de Reuters donde parece tener orejas de Mickey Mouse), Chávez ejecuta el sarcasmo para impacientar a sus oponentes. Su discurso es la farsa de la desesperación.

Pero pongamos las cosas sobre la mesa, antes de que algún chavista me descalifique por detenerme en frivolidades. Desde México sólo puedo hablar de presidente venezolano como ídolo pop, como un símbolo cuya música seduce a unos y irrita a otros. Personalmente, sus presentaciones me parecen peor que una recitación de poesía hecha por vogones (aquellos seres de La guía del autoestopista galáctico): un suplicio que carece de cronómetro. Al mismo tiempo, prefiero estar lejos de sus fans porque son como los fans de Maná: cuando les dices “No me gusta lo que tocan”, te responden: “¿Y qué otro grupo ha hecho tanto por las selvas?”.

Para Rodrigo y Wilberth, por cierto

Postdata del 18 de abril: Según los periódicos, el programa ya retornó a la televisión venezolana, ahora en horario nocturno. No obstante, el Gobierno de ese país aún sostiene que en Los Simpsons "se aprecian elementos con imágenes y lenguaje inapropiados, que pueden influir en el comportamiento y la formación de los niños, niñas y adolescentes". Y ¿saben qué? Siempre lo supimos.


Y a propósito de Los Simpson, perdón, de Chávez...

 

 

 

 

 

 

 

 

Sábado de Ceniza

Sábado de Ceniza

Quienes conocen a Cenizas de Ángela saben que sólo tocamos en eventos altruistas -como las ferias universitarias del libro- y que siempre exigimos que nos abra un ballet folklórico o ya de perdido, una academia de danzas polinesias.
Esta vez el DIF Municipal nos ha pedido encarecidamente participar en su evento “De fiesta en mi barrio”. Almas generosas como somos, no nos pudimos negar. Ahí estaremos este sábado 12 de abril, a partir de las 7 de la noche (a esa hora iniciará la danza, nosotros comenzaremos a tocar como a las 7:30).  ¡Vayan, es una buena causa (el departamento de violencia intrafamiliar dará consultas gratis a emos, punks y zapatistas)! La cita es en el parque “4 de Octubre”, cerca de los departamentos de la Novia del Mar.
Si no sabes qué carajo vas a escuchar entra al siguiente sitio.

 

A la salud de los que esperan

A la salud de los que esperan

No conviene hacer otros planes cuando la frase “Ir al Seguro Social” encabeza tu agenda para un lunes. Ni siquiera hay que subestimar los meros trámites; en el IMSS un papeleo equivale a un drama médico: primero viene el diagnóstico (Usted no está dado de alta), luego la negación (¡Es imposible, debe haber un error!), la canalización (Error o no, tiene que ir a la subdelegación), el primer obstáculo burocrático (Tome su turno y siéntese), la angustia (¡Señor, no me sigas torturando con esta espera!), la tragedia ajena (Si usted supiera, a mí me mandaron desde la clínica de Santa Lucía), la luz de esperanza  (Cliente 608, pase a la ventanilla 4), el síntoma que no encaja (Amigo, siempre sí aparece en el sistema, me extraña que no tenga la cartilla de salud) y finalmente el milagro (¡Son las 2 de la tarde, apenas perdí medio día!).

EL INFIERNO ES UNA SALA DE ESPERA
 “¿Es una lotería o qué?”, le pregunto a una mujer, que ocupa al menos dos espacios del asiento, pero ella no tiene ganas de responderme y no insisto.
La asignación de turnos en el IMSS es uno de los grandes misterios de su nuevo sistema burocrático. Los números suelen ser útiles porque representan un orden (al 125 le sigue el 126 y después el 127), pero en el Seguro Social uno no puede sentirse tan confiado. La pantalla ha mostrado una secuencia inexplicable (del 207 ha pasado al 7721 y de ahí al 410) y me pregunto si el famoso “algoritmo” de La Jornada no habrá acabado en estas computadoras.
En el centro del edificio hay un mueble de madera y concreto en forma de asterisco. Tomo asiento, en compañía de señoras con niños que no paran de llorar, hombres con manchas en la piel, ancianos que me hablan como si yo fuera su urólogo. En fin, me digo, hay demasiada gente que debería estar en un consultorio y no tramitando su vigencia. Me receto otra dosis doble de estoicismo. La mujer a mi lado estornuda un par de veces y yo le digo “salud”. La cortesía le resulta suficiente para considerarme algo así como su confidente o su especialista. Habla los siguientes quince minutos sobre una comezón que no la deja vivir; un señor a mi izquierda le dice que si ya probó con los antihistamínicos. Alguien frente a mí detalla una receta a base de hierbas y pastillas similares. Un día frente al departamento de pensiones equivale a cursar un semestre en la Facultad de Medicina.  
Ancianos se paran una y otra vez y la intranquilidad puede verse en la manera en cómo tiemblan. Recuerdo en ese instante porqué no quiero llegar a viejo: los años se me van a volver un trámite administrativo. El joven se desvive por encontrar el amor verdadero, el sexagenario por hallar al tipo que recibe las firmas de supervivencia.
Miro el reloj y caigo en cuenta que han pasado apenas 40 minutos. Un país se define igual por la manera en que sus ciudadanos afrontan la espera: varios dormitan, otros sólo miran a las demás personas como para sentir el alivio de que todos estemos jodidos. Intento volver a las notas de mi cuaderno, pero es inútil, el sopor es contagioso. Los edificios oficiales están construidos para que uno desista de leer al cuarto de hora.

EL INFIERNO ES UN REENCUENTRO GENERACIONAL
“Hola, Eduardo”, me reconoce alguien. Alzo la vista: se trata de un amigo de la carrera.
Los diálogos que suponen los reencuentros son previsibles: casi todos comienzan con la expresión “¿Y todavía sigues…?”.  Demasiadas veces he dicho que sí, eso me hace pensar que soy un tipo con pocas sorpresas para mis biógrafos. Y es  que el Seguro Social es un mal lugar para las conversaciones; existe el peligro de que todas se vuelvan un intercambio de calamidades.
“No me he podido titular”, me cuenta mi ex compañero. “No he tenido tiempo. Y menos ahora que ya tengo otro hijo, ¿tú ya te casaste?”
Niego con la cabeza. Me toca el hombro como si estuviera a punto de darme un consejo sobre la vida de pareja:
“Y a propósito, ¿ya has visto lo de tu Afore?”, murmura. “Yo te puedo ofrecer una. Creo que es necesario que empieces a ver por tu futuro”.
Personalmente, me parece inmoral que un amigo utilice mi futuro para solventar su presente, pero no sé cómo decírselo. Antes de que mencione palabra alguna, el sonido local me salva de dar una respuesta vergonzosa. Le muestro mi turno y me alejo de él a toda prisa.
Llego a la ventanilla cuatro con un fajo de papeles que intento ordenar.  Pierdo cinco minutos explicando al empleado qué tipo de trámite he venido a hacer. Cuando entiende que se trata de una asignación de Unidad Médica Familiar, me pide mi dirección, apunta unos datos, toma un documento con tres copias al carbón y lo introduce en el rodillo de una Olivetti de los setenta. Mientras lo observo teclear me doy cuenta que la compostura de máquinas de escribir nunca será un oficio en extinción mientras exista el Seguro Social.  

EL INFIERNO ES UN DIAGNÓSTICO DE SOBREPESO
Salgo de la subdelegación para dirigirme a la clínica. Camino unos cuantos metros y subo unas escaleras. El escenario es predecible: decenas de gente esperando. Así como el servicio médico privado se sustenta en el pretexto (Lo siento, pero su seguro no cubre las lesiones por libros del siglo XIX caídos sobre usted), el servicio público se paga en términos de tiempo desperdiciado.
Tomo asiento y de nuevo trato de no mirar el reloj cada minuto. Casi a punto de morir de un ataque de aburrición, la doctora dice mi nombre. Entro al consultorio y lo primero que hace es pesarme en una báscula y medir mi cintura. Ya sé lo que me va a decir: ir al médico es como ir a tu primera confesión; el rostro de reprobación es el mismo no importa si viene del cura o del nutriólogo. La doctora me pone tres vacunas. Con los brazos cruzados para sostener los algodones, parezco modelo en topless.  
Finalmente recibo mi cartilla de salud con una cruz en el cuadro que dice “obesidad”. Eso es lo bueno del Seguro Social: a cierta edad ya sabes lo que preparado tiene para ti.

La infancia recuperada

La infancia recuperada

Pocos placeres como releer los libros de nuestra infancia, sí, pero pocos placeres tan malsanos como leer libros infantiles que nada tiene que ver con nuestra propia niñez.
La literatura de mi infancia era descafeinada. Al final del cuento yo preguntaba a mi mamá “¿Por qué sacaron a la Caperucita de la panza del lobo?” Mamá sorteaba el final lógico de la historia: que alguien que confunde a su abuela con un ser peludo merece mucho más que un simple baño de jugos gástricos.  Yo, como el chiquillo promedio que era, quería un poco más de sangre y menos enseñanzas del tipo “¿Ya viste lo que sucede cuando no obedeces a tus padres?” La moraleja fue contraproducente: en cada almuerzo yo pensaba que me comía a un pollo que se había portado mal. Después del malentendido, mis padres evitaron hablar de cadenas alimenticias que involucraran al héroe de alguna fábula.
Ahora las cosas que descubro son mejores. Leo historias para niños que son crueles y divertidas y no me ruboriza pensar que lo divertido puede ser cruel. Ayer, 2 de abril, se celebró el Día del Libro Infantil y Juvenil. Quizás pasó inadvertido para la mayoría pues no es el tipo de celebraciones que levante mucho bullicio. Los Días del Libro son festejos discretos como el acto mismo de leer. Aun cuando se hace en lugares públicos, una lectura no deja de ser íntima, de ser egoísta, de tener un poco de ese ensimismamiento propio de los viajes. Y los libros infantiles son un placer todavía más perverso, como ya he dicho, pues no dan puntos para el currículo ni sirven para las clases de la universidad, ni tampoco son buenos para impresionar a nadie (ni siquiera a esa chica que quiere ser educadora y que cree que Beatrix Potter salió de la saga de J. K. Rowling). 
Libros tan inútiles como los infantiles nos devuelven la pasión primigenia de la literatura: buscar aquello que no nos aburra. Escoger por intuición, por voluntad o por capricho. Elegir por culpa de cualquier detalle, por el título, por las ilustraciones, por lo que sea. Abandonar la lectura al primer cabeceo, retomarla sin obligaciones cualquier día, no hacer resúmenes, no leer biografías de nadie.
En fin que para celebrar este día (con retraso, pero no demasiado, como mi descubrimiento de Roald Dahl) pienso en algunos títulos excelentes para reencontrarse no sólo con la infancia sino principalmente con la literatura:

          

                              Recta
1. La recta y el punto de Norton Juster. ¿Una historia de amor? Mejor que eso: un romance matemático. La sensata recta se enamora de un punto que a su vez se siente atraído por un garabato (que es “más espontáneo” que su rival). ¿Qué hará la línea recta para conquistar al punto sin traicionarse a sí misma y de paso sin traicionar los principios de Euclides?  Si quieren ver la estupenda versión dirigida por Chuck Jones, chequen aquí y acá.  

                                      Sarta
2. Una sarta de mentiras de Geraldine McCaughrean. Un hombre entra a trabajar a una tienda de antigüedades en quiebra, a cambio de un lugar donde dormir. Para atraer a los clientes, les cuenta las historias que existen detrás de cada objeto a la venta. ¿Cómo se cuarteó ese reloj, qué asesinato se cometió en ese escritorio, a quiénes enfrentó realmente esa guerra de  soldados de plomo? De eso trata este libro. Una parábola maravillosa sobre la necesidad de ficción en nuestras vidas. 

                                          Rodari 
3. Cuentos escritos a máquina de Gianni Rodari. Una prosa rapidísima, crítica y que nos pone en riesgo de atragantarnos por la risa. Un lagarto que quiere concursar en un programa de televisión, unos alumnos que en clase de Historia viajan al pasado para verificar cuántas puñaladas recibió el César, una guerra de poetas con demasiadas rimas en “o”, marcianos que quieren llevarse de souvenir la Torre de Pisa, un anciano que a falta de atención en su casa decide irse a vivir con los gatos callejeros. De verdad, una obra de arte.

                                             Carmela 
4. Carmela toda la vida de Triunfo Arciniegas. Una enana calva transita de un fracaso amoroso a otro. Lo mismo se enamora de un marinero que de un astronauta (al que deja porque el cielo era demasiado infinito para saber dónde estaba cuando no estaba con ella). Incluso un sapo intenta cortejarla pero, ya saben, las cosas a veces no funcionan. Finalmente acaba con el dueño de un circo, a quien en la cúspide de su felicidad se come el león. No crean que les he contado mucho, éste es apenas el inicio de esta inusual historia de amor.

                                    Globo

5. El globo de Isol. Una lectura de un minuto pero que es mucho más. Isol ha potenciado la capacidad de los relatos brevísimos de decirnos algo y de impulsarnos a releerlos una y otra vez. De Cosas que pasan a Tener un patito es útil (editado en forma de acordeón) Isol no deja de jugar con niños que son caprichosos, entrometidos, maniáticos y con sonrisas que exhiben más dientes de los habituales.  En el cuento en cuestión, una pequeña ve cómo su histérica mamá se convierte de repente en un globo hermoso, rojo y lo mejor de todo, silencioso. ¿Cómo afronta su día una niña que ahora tiene un globo en lugar de una mamá?

                                     ChicoOstra 
6. La melancólica muerte de Chico Ostra de Tim Burton. ¿Es esto para niños?, preguntará cualquiera que ojee este libro. Esa quizás fue la misma duda que tuviera un espectador promedio en 1993, el año en que se estrenó El extraño mundo de Jack, escrita por el mismo Burton. 15 años después, la película es un referente en la cultura contemporánea y un clásico infantil. En el mismo tono, este libro es un catálogo, a la vez enternecedor y escalofriante, de niños auténticamente marginales: el Chico Mancha, el Chico Tóxico, la Chica Vudú o el Chico Momia.  

                                 Matilda 
7. Matilda de Roald Dahl. Una refrescante bofetada a todos aquellos que reverencian a la familia como una especie animal a la que hay que preservar. No sólo son divertidísimas las formas en que Matilda se venga de su papá –un estafador y autoritario vendedor de autos- sino que al final uno termina cuestionándose: ¿y si la familia también aprisionara?, ¿y si el DIF estuviera equivocado? 

                                        Amadis 
8. Amadís de anís, Amadís de codorniz de Francisco Hinojosa. El canibalismo llevado a la escuela primaria tiene un alucinante resultado. El glotón Amadís descubre una mañana que es comestible. Un banquete de imaginación y buen humor por parte del autor mexicano más leído por los niños de este país.

                                            Elefante 
9. Cuánto cuenta un elefante de Helme Heine. Háblenles a los infantes de matemáticas y quizás reciban unos mohines de asco. Háblenles a los adultos de caca de elefante y posiblemente tengan la misma reacción. Junten la aritmética y las boñigas para hablar de la vida y la muerte y obtengan uno de los cuentos más extrañamente poéticos que puedan leerse. 

                                  Burdick
10. Los misterios del señor Burdick de Chris Van Allsburg. Cada uno de los 14 cuentos de este libro tiene el siguiente contenido neto: una ilustración, un título y un epígrafe. ¿Suficiente para contar una historia? Vaya que sí. Es prácticamente imposible ver cada página sin crear una narración. Van Allsburg ha inventado el artefacto más entretenido para ser escritores y no pagarle a un tutor que lance nuestros poemas al bote de basura.
 

Ecce Emo

Ayer se manifestó un grupo de emos en el Palacio de Gobierno en Campeche. El personal de seguridad fue el primer sorprendido al ver que el plantón esta vez no era naranja ni amarillo sino negro y rosa. La petición se centraba en mayores espacios para transitar en sus patinetas y menos intimidación por parte de los policías. Uno de los emos concluyó su intervención frente a la tele diciendo: "¿De qué sirve tener derechos humanos si no los vamos a usar?"

Emos

En Campeche, ya se sabe, la pureza es imposible. De tal modo que hay empresarios-delegados federales-Caballeros de Colón o contratistas de Pemex-"galanes del gabinete" según la revista Quién-secretarios de Gobernación e incluso maestros-diputados locales-periodistas. Del lado de las tribus disfrutamos del mismo eclecticismo: con ustedes, los emos-skatos-zapatistas.

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Sin lugar para los peatones

Sin lugar para los peatones

En 40 años más las personas ya no van a querer salir de sus carros. Una semblanza típica del futuro será: “Fue concebido en un asiento trasero, pasó una buena parte de su vida al volante, murió en un accidente automovilístico”. En pocas palabras: más que protagonizar una biografía, la transitaremos.
Para toda una generación, una salida de fin de semana, supone dar vueltas en el malecón y experimentar el vértigo de una curva a 100 km / h. Ya es bastante sintomático que decenas de jóvenes atiborren los estacionamientos de las discotecas, en lugar de entrar en ellas. Una costumbre que por supuesto está sustentada por la lógica: el alcohol llega con prontitud (apenas hay que ir a la cajuela por hielos), la chica es menos renuente, el DJ eres tú.
Y es que con los meses el parque vehicular se hace cada vez más grande. Las familias con cinco carros dan orgullo, pero las de cinco hijos, dan lástima, aun cuando supongan gastos y preocupaciones similares. “Nadie se ve obligado a comprar un carro por una noche de juerga”, me dice un amigo mientras observa las mensualidades de un Córdoba.
He visto en pocos años cómo las viejas construcciones del Centro Histórico, al igual que algunas de las más representativas plazas públicas, se han convertido en estacionamientos. El que los edificios que antes albergaban personas ahora acojan automóviles debe significar algo. Los vehículos han ensanchado nuestro volumen a ocupar en el mundo, al tiempo que nos han reencontrado con nuestra naturaleza nómada. ¿Qué puede suceder entonces? Que la ciudad se descomponga, según Jorge Ibargüengoitia, pues “no fue proyectada para que cada habitante  ocupe ocho metros cuadrados”.
Todo esto me hace pensar que quizás los automóviles ya empezaron no sólo a darle valor a las personas sino a valer tanto como ellas. Y lo peor, que en este contraste entre los vehículos y los cuerpos, somos los peatones quienes salimos perdiendo. Por supuesto que todos prefieren asegurar sus autos a asegurar sus piernas. Señoras que son maltratadas por sus maridos pueden armarte un escándalo si de repente te apoyas sobre el cofre de sus coches. “Ciudado y lo abolles”, te dicen. ¿Cuál es la lógica de esta actitud?: los vehículos son más caros, tienen mejor clima y nos causan menos vergüenzas que algunos seres humanos, como por ejemplo, nuestros tíos. No obstante, también revelan lo peor de nosotros mismos: el egoísmo, el desprecio por el prójimo y el total desacato de la ley. A un accidente vial siempre prosiguen las falsas acusaciones y la violencia verbal, y nunca aparece el valor necesario para decir “Sí, fui yo”. Cuando dos cuerpos chocan lo más que se llega a escuchar es “Ora, idiota”. No existen peritos para determinar quién tuvo la culpa si dos transeúntes tropiezan.

Volcadura

Cada día leo sobre percances viales en todos lados y compruebo la falta de urbanidad a la que nos ha llevado el automóvil. Qué importa parar la circulación de una avenida, el chiste es nunca aceptar la responsabilidad hasta que llegue la aseguradora. He presenciado choques tan evidentes que sorprende el convencimiento con el que el culpable pide la reparación de los daños. Los carros, me convenzo, no sólo se han llevado nuestro civismo sino nuestro absoluto sentido de la realidad.
En el plano gubernamental, las cosas van en la misma dirección. Por supuesto que cuando se habla de obras viales se está hablando de vehículos. Ningún presidente municipal anuncia la ampliación de camellones y dice: “Asumiré los costos políticos”. Y es comprensible. El conductor paga más contribuciones, pero también se convierte en el votante más histérico. Un embotellamiento a las doce del día lo vuelve un tipo sensible y si alguien le promete aligerar la carga vehicular, es capaz hasta de pensar en tachar su nombre en una boleta.
Los peatones, por otro lado o somos más moderados o ya nos resignamos del todo. No pensamos en los políticos a la hora de deambular por las calles. En su lugar, maldecimos a los camiones o a los papás que se estacionan frente a las escuelas particulares; en fin, que tenemos otros blancos para nuestra ira. Que alguien prometa avenidas más anchas apenas nos preocupa. Ya desde hace mucho que aprendimos a cruzarlas como inmigrantes mexicanos en Texas.  

CFE choque

El que muchos sigamos sin tener automóvil no obedece exclusivamente a que no lo queramos. Los abusivos servicios públicos (del microbús al radiotaxi) nos han hecho pensar que los coches particulares son necesarios. Ya que pagamos 4.50 pesos por los viajes en transporte urbano ni siquiera podemos determinar qué es un servicio de 4.50, pues los choferes nos tratan como si en realidad ellos nos pagaran por subirnos. Sin embargo, esta perspectiva del coche como un artículo imprescindible fascina a nuestros padres. Cuando tu mamá desiste de que le des un nieto empieza a preguntarte cuándo piensas comprarte un automóvil, porque los carros son una prueba de madurez, como la cotización para la vivienda o el acta matrimonial. 

Como el peatón empedernido que soy, me preocupa cómo el mundo está cambiando a favor del auto particular y cómo los servicios empeoran para hacernos soñar con un carro propio. Sin embargo, lo que más me inquieta es la manera en que los coches reproducen la vida que hemos llevado sobre la banqueta tantos años: 
 “Ponte el cinturón si no la alarma va a seguir sonando”, me dijo una vez una amiga que me llevaba de aventón a mi casa.
“Ahora resulta que tu automóvil me va a dar lecciones de urbanidad”.
“Y de moral. También suena si intentas tocarme”.
Pedí que me bajara en la siguiente esquina.  

Autoservicio

Todas las imágenes provienen de accidentes sucedidos en Campeche.