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Dime qué eres y te diré qué lamento clamas: 


 Burton
Antiemos           "¡¡¡Tim Burton!!!!"


Cliff
Metaleros        " ¡¡¡ Cliff Burton!!!"

AMLO

Complotistas          "¡¡¡ Halliburton!!!"

Cuando el pasado nos alcance

Cuando el pasado nos alcance

Imagine una postal del malecón. Un atardecer de hace un mes, digamos. Ahora añádale una bandada de gaviotas que usted haya visto en alguna Selecciones de su infancia, de esas que parecían pintadas al pastel. La imaginación con regularidad fracasa cuando intenta imitar al Photoshop y puede hacer que esas aves salgan algo pixeleadas. ¿A usted le perjudica? No, porque el placer de recordar es tan grande que lo justifica todo.
Bueno esa imagen de aves pixeleadas de hace dos décadas sobre el atardecer de hace un mes no sólo le sirve de portada al libro Cuando desplegamos las alas. El Campeche de ayer, de hoy y de siempre, compilación de Esteban Rosado Domínguez patrocinada por el Gobierno del Estado, sino que podría describir su afán de brindarnos un retablo de lo que es la entidad basado en los recuerdos de 67 autores distintos.
Hagan de cuenta que Cuando desplegamos las alas es un paquete turístico. La agencia de viajes nos oferta un viaje al pasado, con distintas paradas, una en la industria del chicle en Escárcega, por ejemplo, y otra en la infancia de María Blum. ¿Fascinante, verdad? Digo, de entrada podía venderse como “Los 67 lugares que hay que visitar cuando recuerdes Campeche, en la voz de 67 personalidades del estado”.
Pero además, es como si cada parada del trenecito turístico fuera explicada por un guía diferente, que a su vez contara la historia de una iglesia partiendo de la boda que ahí celebraron sus papás.
Pero no debemos olvidar una cosa: los viajes turísticos mienten. Como las telenovelas están hechos de clichés que nos satisfacen: al final uno tiene que decir “Fueron tres días de estancia maravillosos”, como dice “Qué bueno que Susana González y Fernando Colunga se casaron”. Lo mismo este libro. Se supone que uno llega a la última página contento, orgulloso y convencido de que “el tesoro escondido de México” somos nosotros y no los pozos en aguas profundas.   
Quien quiera pasear a sus amigos por Campeche y prometa llevarlos a 67 sitios inolvidables, sabe que el resultado será desigual. En efecto, quizás las ruinas de “El Tigre” sean extraordinarias, pero para llegar ahí hay que soportar un trayecto en el que la mayoría se duerme. Lo mismo en este libro. Hay textos muy bien escritos, interesantes, digamos que los mejores están bien informados, pero para alcanzarlos nos vemos obligados a transitar una terracería que balancea el vehículo y nos hace cabecear en demasiadas ocasiones.
Por cierto, ¿cuál fue el criterio de selección de los autores? Leemos a historiadores, a escritores, a profesores, a periodistas, a cronistas municipales y a una decena de funcionarios y ex funcionarios (quizás en el 2009 algunos fluctúen entre estos dos últimos grupos). Claro, abundan los priístas, porque en Campeche el priísmo es un síntoma, ignoro si de ayer, de hoy o de siempre.
Incluso desde la variedad debería ejecutarse una criba que aquí no se ve. Parece que la convocatoria para participar en Cuando desplegamos las alas era escribir “sobre ti, sobre tu familia, ah y si se puede sobre el Campeche que mejor recuerdes”.  No es que la estrategia de retratar una ciudad o un estado hablando de uno mismo sea fallida, es que cuando congregas a tantos políticos, éstos no pueden sino seguir su impulso natural: hablar de sí mismos mientras se supone que hablan de las expectativas que tienen para Campeche.
La excepción confirma lo dicho: algunos meses antes de este libro, el artista Luis Carlos Hurtado había publicado el número 3 de su revista Mondao Corp. ¿El tema? La entrañable relación con su papá Jorge Hurtado Oliver. ¿El resultado? Un conmovedor retrato no sólo de ellos dos sino de la ciudad que compartieron y que sin duda confronta a dos generaciones; ello sin escatimar postales, recuerdos personales, anécdotas de familia. Puede que muchos de los antologados en Cuando desplegamos las alas hayan usado los mismos ingredientes (la memoria, la anécdota, la historia), pero la trascendencia del resultado sólo le compete al arte que alguien tiene y otros simplemente no.
Creo que fue Aldous Huxley quien decía que la cultura se asemejaba a la sala donde cada familia almacena las fotos de sus miembros ilustres. Viéndolo de ese modo, se trata de un buen sitio para regocijarse de un apellido o de un gentilicio. En el caso de este libro, funciona en ambos sentidos. No son pocos autores que hablan de sus antepasados insignes y casi todos mencionan lo maravillosa que esta tierra, tan llena de historia. Y es esta convivencia entre estirpe e historia, la que me hace pensar en otro síntoma: la historia de Campeche parece pertenecer a unas cuantas, a unas pocas familias.
Y así las cosas, Cuando desplegamos las alas nos ofrece un compendio de evocaciones, informes administrativos, ponencias, monografías, fragmentos de autobiografías, un tríptico turístico, un texto que puede leerse como una plataforma política y un puñado de artículos sobre historia, que son a mi parecer, los que sostienen la obra. Como en los discos retro, el libro funcionará para los nostálgicos (“¡Ah qué buenos recuerdos los del barrio!”), pero tengamos en cuenta que la añoranza no basta para valorar la buena música de un acetato.
    
Antes de terminar me permito detenerme en el subtítulo. El Campeche ¿de hoy? Lo siento, pero no alcanzo a ver los textos que hablen del presente, que detallen lo actual con el mismo placer con el que se recuerda el pasado o se vislumbra el porvenir. Ese “de hoy” (escondido tramposamente entre el “de ayer” y el “y de siempre”) me hace pensar que en Campeche el presente sólo es un puente entre la gloria que fuimos y la gloria que seremos. Pero, ¿y entonces qué estamos viviendo? La respuesta del libro podría ser “la consecuencia de nuestro pasado, la antesala de nuestro futuro” (perfecto slogan, se los regalo), perogrullada que nadie puede desmentir, pero que al mismo tiempo revela un mal que Norma Arteaga ha descrito como “el síndrome del ayer a perpetuidad”: este pasado que quiero para mi futuro.
En fin que para otra "cápsula del tiempo", ya era suficiente el monumento que costó 13 millones

      monumento

Las cuentas claras

Las cuentas claras

Extraña que un país que invierte tanto en educación tenga resultados tan magros a la hora de ponerla en práctica. Los exámenes vienen y van y sólo confirman nuestras peores pesadillas: no sabemos ni pensar ni escribir ni calcular.  Es más ni siquiera son necesarias pruebas del OCDE: una revisión de correos reenviados, pláticas por messenger y cuentas que nunca cuadran en los restaurantes son suficientes.
Todavía el sábado el mesero había gritado ante todo el restaurante:
“Y acuérdense para la próxima que se deja 10 por ciento de propina”.
Su mirada era la de un dealer al que no se le acaba de anunciar nuestro ingreso a Oceánica.
“¡Eso no puede ser!”, exclamó Wilberth, poseedor de conocimientos utilísimos, como todas las estadísticas de Charles Barkley en la NBA.
Con la discreción posible para el caso, nos sentamos de nuevo en la mesa.
“Pero si yo dejé como 20 pesos de más”, nos hizo saber Orlando. 
Extendimos una servilleta, alguien sacó un bolígrafo e hicimos cuentas por un cuarto de hora. “En efecto, falta dinero”, dictaminó Luis Antonio.
“¿Pero cómo?”
Nos dimos un tiempo necesario para procesar cada uno los números de su propio consumo.
“Mmm. ¿A cómo me dijiste que eran los tacos?”, me preguntó José Luis, una mente económica tan brillante, que en la primera media hora estuvo aconsejándonos sobre qué arancel era más barato en caso de volvernos importadores.  
“No sé qué pediste si de harina o de maíz”, le respondí.
“Ah, ¿eran dos tipos de tortilla?”, dijo sorprendido. Respiré profundo, ni siquiera quise saber qué criterios usaba para tasar sus mercancías.
“¡No puedo creer que el guacamole cueste esto!”, se indignó Sonia, ex novia de todos los ahí presentes, mientras observaba el menú. Parecía estar revisando las pólizas de un seguro médico.
“Un momento”, dije, “¿alguien tuvo la molestia de ver los precios de la carta antes de ordenar?”
“¿No es de mal gusto eso?”, me inquirió Andrea, quien con frecuencia me ayuda con mis declaraciones en ceros para Hacienda. “La mayoría de mis compañeros de contaduría tapan los nombres de la carta y ordenan según lo que cueste cada plato. Es algo muy penoso. Casi todos terminan comiendo crema de elote”.
“Eso no es nada”, interrumpió Pedro, su novio, a quien había conocido en un seminario sobre la miscelánea fiscal del 2002. “Yo vi a tu maestro de Derecho Mercantil buscando camisas en la tienda y a cada rato le decía a su mujer: ‘Ésta tampoco me viene’”
“¿Y qué con eso?”
“Nada. Que revisaba los precios no las tallas”.   
Andrea encogió los hombros, como cuando se habla de un familiar en la quiebra.
“Bueno”, retomé el centro del problema, “el caso es que la propina no es suficiente y hay dos opciones: acompletarla, aún si eso significa empezar a desconfiar de nosotros mismos porque alguien no dio su parte como era debido, o huir vergonzosamente y no volver a pisar Videotaco hasta la próxima semana santa”.
“Eh, no es para tanto”, murmuró Luis Antonio, “el empleo es muy volátil en Campeche. Ya sabes, tu electricista a la semana siguiente es el tipo que te pone ejercicios en el gimnasio. Tú despreocúpate, que el mesero quizás no pase de la quincena”.
“Pero eso es peor. Ahora ya no voy a saber en dónde va a estar el día de mañana”.
“Tienes razón, pero ahora ya me quedé sin ideas”.
“¿Y si ponemos una queja?” Esta vez los ojos de Wilberth parecían contener la llamarada de un platillo exótico. “Vamos con la gerente, decimos que nos atendieron mal y que todavía tuvimos la decencia de dejarles algo de propina”.
“¿Serías capaz?”
“¿Que si no? Ningún tipo con pañoleta en la cabeza me despierta respeto ni consideración algunos”.
“Espera un momento”, le reprendió Luis Antonio, “¿ya viste la plaquita que tiene el mesero sobre su uniforme? Es decir, ¿ya te fijaste cómo se llama?”
“¡No!”, dijo Wil, mostrando la indignación del que no se detiene en conocer quién le sirve su comida. De cierto modo, era como intimar con las secretarias de la escuela. Para WIl cuando un mesero se vuelve tu amigo es que en realidad no tienes a nadie que cene contigo.
“Para tu información se llama Tony Sabido. ¿Quieres una referencia más carcelaria que ésa? Por su nombre, juraría que tiene por lo menos un tatuaje de la Santa Muerte en la espalda. Ponle una queja y mañana tendrás a un grupo de Zetas forzando la cerradura de tu casa y no precisamente con una ganzúa”.
“Bueno y ¿ahora?”
José Luis tronó los dedos.
“Ya, decimos en voz alta que estudiamos en los maristas”.
Todos nos miramos con la expresión de que era la cosa más estúpida que habíamos oído en una noche en que no habrían sobrado cosas estúpidas por decir.
“¿Qué?”, intervine, “¿eso te va a hacer inmune?”
“No, pero así es más creíble que no sepamos sacar el diez por ciento”.
“O que seamos unos codos”, añadió Orlando.
“O mejor que eso, que no nos dé pena ser unos cínicos”, cerró Luis Antonio. “Puede que funcione, es una salida digna”
“Un momento, un momento”, dije, “¿cuál es tu concepto de dignidad?”
“Cualquier cosa que te ayude a no pasar vergüenzas”.
Así lo hicimos, con absoluta naturalidad porque en efecto habíamos estudiado todos en la escuela marista. Hablando de un ficticio reencuentro de generación, salimos del restaurante y cruzamos la avenida del malecón hasta el área del estacionamiento. Según nuestro plan, habíamos sobrevolado la humillación, por lo menos de manera aparente. Cuando descubrimos que nadie había llevado carro, con la esperanza de que otro le diera un aventón, caímos en cuenta de que finalmente nuestro pretexto decía la verdad. Y era auténtico en sus tres vertientes.

Un evangelio de última hora

Un evangelio de última hora

La corrección de notas del periódico supone cierta disposición al milagro. La errata sucede siempre para los ávidos de encontrarlas, pero necesita también de la misma suerte que advierte el fotógrafo ante un suceso inesperado. Desgraciadamente, la decencia del editor lleva a desechar horrores, a mejorar redacciones, a eliminar frases. Siempre he querido encontrar errores de dedo en la Biblia, pero a lo más que he llegado es encontrarlos en las notas religiosas de los medios impresos.
Esta semana los reporteros cubrieron los días santos. Pienso que si hubieran vivido en los auténticos tiempos de Jesús, los corresponsales quizás habrían titulado sus notas: “Llama Cristo a no creer en falsos mesías” (el de Política), “Primer suicidio de Semana Santa: se cuelga apóstol” (el de Policía), “Se cotiza delación de salvadores en 30 monedas” (la de Economía), “Panes ácimos, vino y cordero ofrece Jesús en recepción de última cena” (la de Sociales).  Por fortuna, nuestros periodistas sólo pudieron cubrir las representaciones de la Pasión y las homilías de cada misa. Hubo quien llamó al obispo Ramón CASTO Castro, en lugar de Castro Castro, con lo que convirtió a una autoridad católica en un pugilista de medio pelo: Ramón “El casto” Castro. No obstante y sin mucho problema, hallé dos pasajes memorables que podrían servir para dar una nueva luz sobre los Evangelios.

 El presbítero recordó a los fieles varios pasajes bíblicos, como el de Juan el Bautista, quien pese a su grandeza reconoció la gloria del Mesías cuando dijo: “El que viene detrás de mí es mayor que yo y no soy digno de desatarle sus agujetas”

 (¿Eso qué significa, que la palabra Converse viene en realidad de “converso”?)

 Castro Castro pidió a los católicos que se alegren y entren en comunión con el Señor, para regocijarse de que la promesa ha sido cumplida y de que las pruebas hayan sido dadas para creer y no perderse. “Cristo vive”, confirmó el obispo.

 (De buena fuente, según la Diócesis)

Dos evangelios apócrifos: Monty Python y Rice-Weber

Dos evangelios apócrifos: Monty Python y Rice-Weber

1.
La Vida de Brian es una de las más alucinantes películas sobre tema bíblico que he visto y lo mejor de todo: no la repiten cada semana santa. Recrea los tiempos de Jesús con una afilada ironía (la escena del apedreamiento es una de mis favoritas), al tiempo que critica el fanatismo que acompaña a la necesidad de creer.

Brian, confundido con el mesías, tiene que enfrentar la crucifixión. Ya en el monte, cuando todo está perdido y nada ha salido bien, uno de sus compañeros de cruz le dice: “Alégrate, Brian. Ya sabes lo que dicen. Algunas de las cosas de la vida son malas… Cuando tu vida esté en ruinas, no te quejes y ponte a silbar”.
Entonces entonan “Always look at the bright side of life”, ese himno optimista llevado al extremo. Es la misma canción que los Monty Python cantaran durante los funerales de Graham Chapman (Brian). Si muero, por favor que alguien por lo menos me la silbe.  


"Mira el lado bueno de la vida"


2.

Obsesionado desde joven con el personaje de Judas Iscariote, Tim Rice le propuso a Andrew Lloyd Weber retomar ese tema para realizar una ópera rock que satisficiera las pasiones de ambos: la de Weber por el teatro, la de Rice por el rock. Jesucristo Superestrella es el evangelio según Judas y el único musical que puedo escuchar una y otra vez. Además muy ad hoc, porque Weber acaba de cumplir 60 años este sábado 22.


"¿Por qué elegir una época tan remota en una tierra tan extraña?"





"Te importa el cómo y el cuándo, pero no al por qué"

Los lectores salvajes

Los lectores salvajes

Ciudad de México (La Gaceta del Fondo).- Hartos de ser desplazados de los mejores espacios de las librerías, los bibliómanos atacaron este sábado con ediciones de pasta dura a los compradores de bestséllers en la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, gresca que tuvo como saldo una treintera de detenidos.
La reunión originalmente programada para compartir el último libro de Guadalupe Loaeza, fue interrumpida ante el arribo de seis lectores de Bolaño, a quienes se les intentó sacar de inmediato del lugar. Los bestselleros corrieron a golpear a los recién llegados con ediciones gigantes de Manual de la Gente Bien, lo que desembocó en una nueva muestra de intolerancia.
P
asadas las cinco de la tarde, se dio un nuevo enfrentamiento, cuando los lectores de editoriales pequeñas (conocidos como “indies”) llegaron con refuerzos al sitio. Durante la riña se escuchó algo que parecía ser una detonación, pero en realidad era un estante de publicaciones universitarias que se había venido abajo.
Una valla de trabajadores de la librería separaba ambos bandos, preguntando a unos y a otros: “¿Qué libro anda buscando señor?, ¿en qué lo puedo ayudar?”
Sólo la aparición de un grupo de otakus, quienes reclamaban la inclusión del manga como forma de literatura, trocó los ánimos agresivos por unas risas desternillantes de ambos clanes.
Un erudito de la UNAM, que había usado el Nuevo Corpus de Margit Frenk para agredir a un integrante de la otra tribu, declaró: “Los odio, no pasan de Isabel Allende o J. K. Rowling. Se roban nuestro estilo. Ve a ese tipo de ahí, igual tiene coderas en su saco”. Según los “bibletos” los besteselleros habían copiado algunas costumbres de los bibliómanos como leer en el metro o usar lentes de pasta y fueron esas imitaciones las que provocaron su ira.
“Por lo general los hombres de libros son gente pacífica, ¿cómo alimentaron su coraje en tan poco tiempo?”, se les cuestionó.
“A dosis dobles de Fadanelli la última semana”, dijo el académico.
“Mata a un bestsellero y te regalamos la más reciente de Pitol”, decía la propaganda difundida por Internet, pero también por medios más tradicionales como post its dentro de las ediciones de Anagrama disponibles en las librerías.
Algunos organismos como el Instituto Mexicano del Libro han reprobado las agresiones contra bestselleros. A través de un documento han exhortado a los compradores eruditos a no alimentar este clima de odio e intolerancia. “Lo único que están logrando es que se cierren los espacios para más lectores”, consideraron. El comunicado -con el título de “Diles que no los maten”- ha empezado a circular ya por Internet.

 Beatles

Hesse

Monsi

Semejanzas irreconciliables

Semejanzas irreconciliables

A juzgar por la imagen, nadie ha escrito

todavía un Curso básico de Photoshop para Antiemos  



ORIGINAL Y TRES COPIAS
Las últimas semanas llevar un fleco sobre la frente representó el mismo peligro que un pasaporte a nombre de Salman Rushdie en Irán. Hace 15 días, los emos (una tribu urbana caracterizada por la depresión) sufrieron el ataque de otros grupos -metaleros, skatos y punks- quienes habían respondido a un llamado para golpearlos, en la plaza de Armas en Querétaro.
La convocatoria –que fue difundida por internet- logró reunir a cerca de mil personas. Ese viernes 7, llevar ropa negra y fucsia pudo haber sido como usar un kipá en la Alemania nazi. Los imágenes daban cuenta de agresiones que parecían haber sucedido en una elección perredista: por fuera los golpeadores y los golpeados se veían exactamente igual; por dentro, unos les reclamaban a los otros “falta de ideología”.
“Ellos se apropian de la vestimenta e ideas de punks, metaleros y góticos”, se justificó uno de los agresores de emos, el pasado sábado 15, cuando el enfrentamiento se dio en la glorieta de Insurgentes,  en la ciudad de México. Otro de los presentes –un miembro de la porra Revel de los Pumas- consideró que estaba bien la golpiza porque los emos se “robaban la cultura de otros” y por “vestirse como mujeres”.  Queda claro que para quien una botella lanzada al campo puede significar una discrepancia contra la decisión de un árbitro, existen pocas expresiones que no incluyan la contusión de alguien más.
El enfrentamiento ya se ha vuelto tema nacional, como si el pleito entre dos grupos de jóvenes con demasiado spray en el pelo fuera la más exacta definición de lo que sucede en las cabezas adolescentes del país. Ya hay quien culpa a medios, como la internet y los canales de música, de producir esas demostraciones de intolerancia y hay también quien describe el hecho como una prueba más de la “decadencia del mundo y la cercanía del fin de los tiempos” (eso me lo dijo un señor que, sombrilla en mano, tocó a mi puerta este domingo en la mañana).

¿Cuántos han dicho frente al periódico: “Ésta es una de las cosas más imbéciles que he tenido que leer”? Y es tonto porque ni siquiera logramos ver los contrastes entre agresores y agredidos. De las ropas negras al piercing, distinguir  a skatos, darketos, góticos y emos nos parece tan difícil como explicar las diferencias entre moral y ética a un grupo de secundaria. Tengo la impresión de que el auténtico móvil de punks y darketos es: no te pego porque seas diferente a mí, sino porque te pareces demasiado a mí. Utilizando el mismo silogismo de las compañías de discos, el agresor de emo piensa: odio que la gente no aprecie lo que me hace superior a la copia, por eso mejor desaparezco a la copia.

¿Qué diferencia, al fin de al cabo, hay entre un dark y un gótico?, ¿si tomas a un trashmetalero y a un blackmetalero podrías distinguirlos sin apelar al contenido de sus discman? Pero vayamos más a fondo: ¿por qué odian los rupestres ser confundidos con los trovadores urbanos?, ¿por qué a un narrador le ofende que le digas “poeta”?, ¿por qué especificas “periodista” cada que alguien te dice “reportero”?
Esas no son preguntas difíciles de responder, pues a los ojos del común de las personas unos se parecen a otros. Y por tanto, no resulta extraño que en un país acostumbrado en hacer del individualismo un pecado, las acciones en grupo se hayan vuelto el verdadero signo de autenticidad. Ser parte de un clan pequeño ha sido la media áurea: podremos seguir siendo egoístas, sólo que ahora acompañados.

 LA ERA DE LAS ETIQUETAS
 Ya ha pasado la época en que la música podía clasificarse según el ecualizador de tu estéreo: clásica, pop, rock y salsa. La música como las profesiones pasaron del oficio a la especialización con variadas consecuencias. Del mismo modo que con el tiempo ya no bastó con ser literato sino licenciado en literatura con especialidad en el teatro del Siglo de Oro español, la palabra “rock” dejó de ser suficiente para definir un gusto. Fue entonces cuando las guitarras distorsionadas dieron para todo: del “ciberpunk sadometal” al “happy punk”, del “psychodelic-funk-neogrunge” al “hardcore-dark-symphonic-trash”. Los géneros se volvieron impronunciables, con demasiadas consonantes y escasas vocales, al tiempo que constituyeron un último bastión para sentirse parte de una familia. Con el tiempo, una burla en contra de una banda de rock con fieles seguidores resultó ser tan riesgoso como caricaturizar a Mahoma. Como el mercado se volvió inmenso y todo parecía haberse ya grabado, combinamos las sustancias ya existentes para ver qué sucedía. La tabla periódica de la música admitió las más aventuradas alquimias hasta lograr que todos los estilos del rock parecieran haber salido de un estante de “medicamentos genéricos intercambiables” (una buena definición, por cierto, para describir la función de la música en demasiadas vidas).
Los géneros, como las religiones, se volvieron propensos a un intercambio natural de sus peculiaridades. Y fue cuando resurgieron los fundamentalismos: ser punk, emo, rockabilly y serlo a ultranza.
Entonces, dentro de esa variedad de quienes se parecían bastante, la pelea vino de quién usó el maquillaje primero, de que si los emos tenían derecho a vestirse como personajes de El extraño mundo de Jack sin conocer a Tim Burton, de si su música “proponía algo nuevo”. Pero la discusión es en sí absurda y haberla tomado como bandera de una persecusión lo es mucho más. Es como si alguien auscultara tu régimen alimenticio, tu videoteca y tu estante de libros, para decirte que comer verduras no te hace un auténtico vegetariano, ni ver tantas teen movies un cinéfilo ni tener tantos bestséllers un lector experimentado. Y que sólo por eso mereces tener la costilla rota.

 LOS SALDOS DE OPINIÓN
Lo más interesante de esto ha sido revisar los foros de discusión. La agresión a emos se ha convertido en una interpretación más de para corroborar lo que pensamos de la realidad. Por ejemplo, una lectora de la Jornada decía que era el mismo gobierno quien se  encargaba de promover y generar esta violencia para que los jóvenes no tuvieran en el futuro inmediato “la más mínima intención de unirse y luchar y manifestarse contra las políticas nefastas del gobierno calderonista”. Vaya y uno que creía que los spots de Pemex eran la estrategia más idiota de la actual administración.

Cartón expropiado

Cartón expropiado

Tengo este cartón arriba de mi computadora. Leo el año de la dedicatoria -2005- y caigo en cuenta que he estado los últimos cuatro años acompañado de una editorial sobre la industria petrolera cada vez que me siento a escribir. La ejecución de esta caricatura proviene de alguien a quien admiro y con frecuencia envidio: ya sea en la poesía, la narrativa o el cómic, JM García Magaña es un tipo de variadas y afortunadas tintas. Hoy que es 18 de marzo, Día de la Expropiación, y por vivir en un estado que cada año pide recursos “más justos” por la extracción de sus hidrocarburos  no se me ha ocurrido otra cosa que postearlo (finalmente los políticos son como ese familiar tuyo que le regatea al valuador de la casa de empeño en lugar de ponerse a trabajar).  No sé qué significa, no sé si habla de todas esas cosas que les ha calentado la cabeza a los columnistas las últimas semanas. Es un cartón que me gusta y solo eso.

Para ampliar la imagen acá.

Y una cosa más: llegar al Gobierno es algo que le hace mal a todos, del político al publicista: