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Tediósfera

Una lección de democracia

Una lección de democracia

Para Dinorah 


Año tras año el instituto electoral federal gasta millones de pesos en asegurar la limpieza de comicios que se efectúan cada tres años. A su vez, cada que pueden, los institutos estatales se reasignan millones para garantizar la fiabilidad de las boletas, el papel infalsificable, la tinta endeleble, pero sucede que pese a todos esos candados las cuentas siguen saliendo mal: hay más votos que votantes, las sumas no coinciden, cuatro miembros de la mesa directiva, seis representantes de partido y una calculadora son insuficientes para una operación correcta de aritmética básica. ¿Qué estaba pasando?, me pregunté. ¿Estábamos atribuyendo a la falta de rigor cívico a lo que en realidad era falta de rigor matemático?
Como si el objetivo fuera constatar esa hipótesis, 12 meses después de la elección más reñida de este país, los exámenes demostraron que los mexicanos no sólo teníamos problemas con las cuentas públicas sino con todo tipo de cuentas. Un alto déficit de habilidades matemáticas y comprensión de la lectura daban la pauta de lo que le sucedía a nuestra democracia: no sabíamos contar pero tampoco entender las instrucciones de un acta electoral.
Para averiguar un poco lo que sucedía me fui al origen de nuestra educación: a quienes las encabezaban. Y para ello tuve una ocasión inmejorable: la delegación D1-30 del Magisterio celebró este martes unos comicios estatales tan absolutamente importantes que era necesario suspender las clases por lo menos un par de días. Pero qué le vamos a hacer: estos señores han sido los pilares de esta país por décadas y saben mejor que nadie los costos de un sindicalismo de vanguardia. Era la primera regla de un buen sistema político: la democracia construye “puentes”.
En “Crímenes y pecados”, Woody Allen afirma que no debemos aprender de los maestros, sino observar cómo son. Yo diría que la clave está en observar cómo votan. De principio, los comicios del martes servían para elegir a quienes iban a elegir por los maestros en el VI Congreso Extraordinario.  Con el grado máximo de representatividad (elegir a quien elegirá a su vez a otro elector), los educadores estaban dando otra lección de política. 
El asunto es sencillo: se elige un representante por cada 100 profesores y uno más por cada “fracción de 40” (la cita es textual). Esto significa que por los primeros 100 de una delegación se elige a uno, pero cuando se llega a 140 se tiene derecho a elegir a dos. Esto no quiere decir que al llegar a 180 se elija a un tercero sino hasta sobrepasar los 240. En fin, matemáticas avanzadas.
Aunque fueron citados a las 8 de la mañana, los comicios comenzaron 30 minutos después.  Como si todavía estuvieran en el salón de clases, el primer acto fue el pase de lista, a fin de verificar el quorum legal. Entonces empezaron los primeros problemas aritméticos. La asistencia total era de 219 trabajadores y el responsable de tomar el pase de lista (un enviado del SNTE nacional, a quien llamaremos “el facilitador”) llegó hasta el último de los registrados, con el fin de dar validez al proceso. ¿No hubiera sido más rápido declarar el quórum una vez que el registrado 111 hubiera gritado “Presente”? No se hizo así, supongo, porque la auténtica democracia –sobre todo la magisterial- descree de cualquier lógica que no esté en los estatutos.
Después de comprobar la evidente mayoría, el facilitador explicó que había que decidir la forma en como serían votados sus representantes: si de manera individual o por planilla. Se trataba de algo simple y básico, PERO asimismo había que decidir si esa elección se haría de manera directa (alzando la mano) o a través del voto secreto. Es decir, elegirían la forma en que elegirían la manera de elegir.
Una voz generalizada –un murmullo que alcanzó el estatus de griterío- optó por la primera alternativa. Los alaridos de las maestras de educación especial le dieron al sistema una confiabilidad de la que nunca ha gozado ni el PREP: “¡Con la mano, ya, que tenemos prisa!”
El siguiente punto en la orden del día fue decidir si se obviaban seis puntos de esa misma orden del día. “Se trata de una sesión extraordinaria”, explicó el representante del SNTE nacional, a fin de que los compañeros entendieran que no era necesario rendir todos esos informes financieros que mencionaba el papel.
Una señora apeló a sus derechos sindicales.
“Yo opino que si la orden del día dice que hay que rendir el informe se tiene que rendir”. “Pero es una sesión extraordinaria”, le explicó el facilitador. “Para eso están las reuniones ordinarias” Y esa incompatibilidad de conceptos originó un debate de media hora.
“Bueno, que hable la asamblea”, decretó el representante del SNTE. Sin embargo y pese a los acalorados argumentos a favor y en contra por parte de los presentes, en ningún momento el punto se llevó a votación.
Finalmente el facilitador dijo:
“En vista que las sesiones extraordinarias son precisamente extraordinarias porque no hay orden del día, me permito seguir con la asamblea”.
Siete maestros –llamados con insistencia “representantes de las planillas”- hicieron propuestas para integrar la mesa directiva. Más de cuatro coincidieron en los nombres. “¿Les parece, compañeros, si unimos las mismas propuestas en un solo grupo para no votar por las mismas personas una y otra vez?”
En las democracias avanzadas el sentido común también se pone a consideración de las mayorías. Todos dijeron que sí.
Una vez conformada la mesa directiva (un secretario y dos escrutadores), se prosiguió a elegir a los candidatos. Es decir, se supone que hasta ese momento ni siquiera se sabía por quiénes se podía votar.
“Los siete representantes” (nadie dijo a ellos quién los eligió) propusieron nuevamente nombres: finalmente quedaron integradas dos planillas (de dos integrantes cada una). El siguiente paso era nombrar a cada planilla. No se trataba de un proceso tan simple como en la primaria donde los equipos de futbol podían llamarse “las Águilas” o “Valversiper”; en una asamblea sindical todo era susceptible de malinterpretarse.
“¿Y si sólo le ponemos Planilla 1 y Planilla 2?”, dijo alguien. La moción fue aceptada con una algarabía unánime.
El facilitador dejó en claro uno de los puntos básicos de todo referéndum:
“Entre los representantes y la mesa directiva hemos acordado que si escriben el nombre de la planilla tanto con letras como con números se dará por válido el voto”.
Hubo aplausos. A continuación el coordinador mostró la urna: un bote transparente que debió haber albergado de origen a una centena de Chupa Chups.
“Pasaremos nuevamente lista para que venga cada uno a emitir su voto”.
Todos esperaron su nombre. La mayoría gozosa pensaba en qué hacer con el resto del día inhábil.  

      Asamblea

Mujeres (en su Día)

Mujeres (en su Día)

Para Flor 

La próxima exigencia que deben hacer las mujeres es para que no se les llame “féminas”. Al tiempo que aplaudían sus logros, los periódicos hablaban de las mujeres como si acabaran de ser detenidas en una redada: “La celebración reunió a cerca de 500 féminas”.
El sábado fue Día Internacional de la Mujer y como cada festejo oficial (del aniversario de la Emancipación a la expropiación petrolera) fue la oportunidad idónea para volver a los lugares comunes: no por ello falsos, no por ello totalmente verdaderos. 

En Campeche, el instituto encargado de velar por las mujeres organizó un convivio (el año pasado develó una estatua de 3 toneladas). Esta vez la discreción fue la norma y la invitación llegó en color lila y con una traducción libre del Génesis: “Quiso Dios formar la obra más grande de la Creación y pensando en la ternura que da el amor dio vida a la mujer, como la más bella y radiante flor”. 
Pero no hay de qué extrañarse, se trata al fin de al cabo de una dependencia que entre otras cosas:

Instituto

Hizo de su edificio un spa (Rodrigo Solís dixit).


Mujer
Creó el Mujermóvil, algo que no se sabe a ciencia cierta si servirá para la versión girlie de los Transformers o el regreso políticamente correcto de Lola “la trailera”.

 

Telequinesis
Enseñó telequinesis a las mujeres como parte de sus talleres de autoempleo.


botarga
Y para combatir los estereotipos, usó botargas que concentran su idea de la mujer.


FLor
…como la “más bella y radiante flor”.



Pero no nos alarmemos. No todo fue festejo oficial; también salieron las espontáneas. Una semana antes (el 29 de febrero), un grupo de mujeres pidió mayor equidad frotando sus cuerpos contra los escudos plásticos de unos antimotines. ¿Qué significado tenía eso? No estoy muy seguro.

 Mujeres

La rebelión de las máquinas

La rebelión de las máquinas

En el futuro descrito en la novela Ubik de Phillip K. Dick, los electrodomésticos son máquinas inteligentes, a las cuales es necesario pagar para que realicen las funciones más básicas (abrir la puerta, soltar el agua de la regadera); y no conformes con ello, se dan en lujo de humillar al propietario cuando éste es un perdedor que no tiene siquiera una moneda que echarles.
Es lo que podríamos llamar la “rebelión de las máquinas”, algo que comúnmente asociamos a un grupo de robots persiguiendo humanos y que vislumbramos todavía en algunas décadas más. Pero, ¿no vivimos ya en ese mundo descrito por Dick? Probablemente y para comprobarlo, a continuación nombraré una serie de dispositivos tecnológicos a los que uno no debe enfrentarse a menos que sea absolutamente necesario.  

                   Vader


1. El iPod. Es incontrolable desde el nombre. ¿Por qué tiene que albergar una letra mayúscula en medio? Lo ignoro, pero escribirlo de otra manera cuenta casi como una falta ortográfica. No sé si se han dado cuenta, pero el reproductor de Apple posee un software autoritario que te dice qué música escuchar y actúa con un sadismo nada humano: pone canciones incómodas y su método aleatorio escoge siempre la melodía más dolorosa cuando acabas de terminar una relación. ¿Programarlo, domarlo para que haga lo que uno quiera? Imposible: el manual del usuario es tan inútil como un contrato de seguros y nadie de tus amigos aceptaría que tampoco sabe cómo manejarlo y por eso todo el tiempo dicen que escuchan Scatman John por pura nostalgia. 

                          Mouses
2. El mouse. Hay quienes por desidia, no hemos cambiado el mouse “de bolita” de nuestros trabajos. Los ratones de ese tipo son una especie difícil de domesticar. Tareas tan simples como leer un documento, lo hacen ver a uno como un enfermo de Tourette tratando de dominar los arrebatos de su mano derecha. Con un mouse de bolita uno termina por ganarse la fama de temperamental en la oficina.

        Cajero

3. El cajero automático. Tiene razón Jerry Seinfeld cuando dice que sacar dinero del cajero nos hace ver como simios en una prueba de laboratorio. Condicionados al sonido de billetes acomodándose, hemos adaptado nuestras cenas y comidas fuera de casa a la cercanía de un cajero. Gracias a esas máquinas adineradas –que no conformes con tener más capital que nosotros, aparte nos piden donativos-- hemos perdido la fascinación del efectivo. Para la sociedad actual, tener más de 10 billetes en la cartera nos hace ver como despachadores de la gasolinera.


                        Maquina

4. La máquina de galletas y fritangas. No importa qué hagas en tu vida, no importa que seas cerillo de supermercado y que con regularidad cargues un arsenal de monedas en el bolsillo; siempre llegará el día en que sólo tengas el dinero exacto para unas galletas Canelitas y el paquete se quede atorado a medio camino entre el vidrio y tu mano. Sólo entonces sabrás que no ha sido un buen día para salir de casa.


                  Puerta

5. La puerta automática. El peor golpe para la autoestima de una persona es que la puerta del súper no se abra. El que ni siquiera los sensores sepan de la existencia de uno podría situarnos en la antesala del suicidio. Acostumbrados los humanos a luchar por sobresalir en la vida, la opinión contundente de una máquina llega a ser mortal, sobre todo si se tiene un historial de ex compañeras de la preparatoria que ni siquiera te recuerdan.


             DVD

6. Los reproductores de películas. En la década de los ochenta no había videograbadora que no atrapara la cinta de una porno vista en la clandestinidad y con los padres tocando la puerta del cuarto. En la época actual, la tecnología digital no ha resultado tan provechosa para librarnos de los momentos más horribles: escenas que se congelan, comerciales y advertencias legales que no pueden adelantarse, originales que marcan “Disco erróneo” son los estigmas del formato DVD. Todavía en los tiempos del VHS, los métodos de reparación estaban a nuestro alcance: todos los problemas se centraban en que las cabezas estaban sucias. Ante eso, uno sacaba el videocassette, abría la pestaña del aparato y soplaba en su interior; o más elegantemente, tomaba un cassette antiguo, ponía alcohol en la cinta y lo hacía reproducir. En el mundo digital,  nada puede ser explicado de manera tan simple y cualquier reparación depende de un técnico abusivo.



             Auto

7. El automóvil. No se equivoca quien afirma que comprar un carro es casi como parir un hijo. Por ello, que alguno de los dos se enferme produce tantos desvelos en las personas. Lo peor de los carros es que sus organismos son casi tan misteriosos como los del cuerpo humano para un médico medieval. El mecánico observa largamente la maquinaria como si fuera un forense en un capítulo de CSI. El “extraño ruido” siempre obedece a una pieza de la que nunca hemos oído hablar y que no puede conseguirse por lo menos en un mes. Cada que el mecánico pide una semana más para tener al carro “en observación” nos sentimos como quien está a punto de perder una patria potestad.


                         Reloj

8. El reloj checador. Siempre ha verificado nuestra huella digital, a pesar de los restos de sudor en su ojo lector. Pero sucede que una mañana el mensaje es el mismo: “Intente de nuevo por favor”. A la decimoctava ocasión, es oportuno aceptar que por fin las compañías han encontrado una forma sutil de despedirnos.

La generosidad de los extraños

La generosidad de los extraños

Sé que todavía hay mucha gente que considera la Internet un medio de perversión, decadencia y donde nada es lo que parece. Posiblemente tengan razón, porque ¿en qué otro sitio encontramos tanta mentira, en qué otro lugar puede reproducirse tanto el impudor, quién puede competir con la red de redes en la propagación de calumnias, horrores y enconos? ¡Un momento! ¡En el mundo real!
Mejor veámoslo de este modo: la Internet ha reproducido apenas las grandes virtudes y también los grandes defectos de esta pobre humanidad. Sirve lo mismo para la codicia que para la generosidad. Mueve millones de dólares y siempre está en la mira de los hombres poderosos que buscan a toda costa aprovechar sus bondades para ganar más dinero. Sin embargo, del lado contrario, sirve igual para darles un puntapié a esos mismos multimillonarios en su loca carrera por encabezar la lista de Forbes. ¿Cómo? No sólo a través del software libre sino de los archivos compartidos y otras formas de consumo que no causan más gastos que una red rápida y el tiempo disponible.
El siglo pasado estaba marcado por todo aquello que no podíamos tener: ni buen cine ni buena televisión ni buena música ni buenos cómics. La educación sentimental de la provincia se sustentaba en lo que había en la tienda de discos, lo que se permitía programar la radio o la televisora, y las revistas que llegaban a los estanquillos. Dependíamos de demasiada gente que velaba por intereses más propios del negocio que del gusto: qué CD vendía más, qué serie de televisión tenía rating, qué publicaciones podían agotarse en poco tiempo. Las empresas del entretenimiento ejercían sus propios monopolios, pues podían fijar precios a los discos, los libros, las revistas, según sus criterios y no existía competencia, salvo la piratería, que estaba siendo combatida inútilmente a través de operativos policíacos y advertencias ñoñas. (Las letras chiquitas que dicen “La piratería se castiga con cárcel” son tan ineficaces como las contraindicaciones de los medicamentos).
Sí, se nos decía, la piratería es un negocio que beneficia al crimen organizado. Finalmente es comprar un disco con un proveedor que no aporta regalías ni al artista ni al productor. Están matando a la música, nos regañaban, y a la industria fílmica, también. El argumento era: la piratería representa pérdidas millonarias a las empresas legalmente constituidas, que pagan impuestos y el dinero por un CD va a manos de no sabemos quién.
Con la Internet, esos argumentos se caen a pedazos: no les estás pagando a nadie (ni a la empresa ni a los piratas). ¿Que dejas de comprar discos porque mejor bajas las canciones del LimeWire? ¡Por supuesto que no! Sigues comprando los discos que te gustan. Lo único que ha hecho la red es evidenciar la cantidad de artistas plásticos de los que no vale la pena escuchar más que una canción. 
¿La TV te agobia con su programación infestada de chismes sobre actores secundarios, malas telenovelas, series de entretenimiento que no entretienen? ¿Es lo único que existe sin salir del paquete básico del cable? ¡No! Ahora ya puedes conseguir series de forma gratuita, películas de arte de cuya existencia no saben los videoclubs o que igualmente transmiten censuradas (y peor que eso, dobladas) en la televisión.
La Internet ha cambiado la forma en que asumimos los riesgos. Leemos reseñas, páginas de comentarios que nos llevan a su vez a otras páginas. Leemos. Ahora más que nunca estamos obligados a leer. Tampoco es que Internet no tenga sus bemoles, sus inconvenientes, sus puntos en contra. Pero es indudable que está cambiando la forma en que consumimos el cine, la televisión, la literatura y la música.
Así como la Internet ha potenciado nuestras peores mañas también ha servido como escaparate de una de nuestras más grandes virtudes: la generosidad. Gente, que sin cobrar un solo centavo, fragmenta series en archivos manejables, los sube a la red y los deposita en direcciones que cualquiera puede bajar y volver a pegar. Personas de diversas latitudes que se toman el tiempo necesario para traducir las series americanas o inglesas (estupendas dicho sea de paso) o los ánimes japoneses y subir a la Internet los subtítulos para acceder a ese universo vedado para quienes no somos políglotas. Nadie les paga, no trabajan para compañía alguna (bueno, a lo mejor sí, pero hacen esta actividad fuera de todo lucro). Es más, ni siquiera usan sus nombres propios, sino apenas un seudónimo que los identifique.
De aportación en aportación, la comunidad de personas que comparte música, cine, televisión y literatura por Internet va creciendo con la misma vertiginosidad con que el mundo produce música, cine, televisión y literatura. Gracias  a la generosidad de los desconocidos es posible conseguir discos que no llegan a las tiendas (dejemos a un lado lo comercial, pensemos en jazz, bandas sonoras, rock sudamericano, música orquestal contemporánea, los Klazz Brothers tocando la Sinfonía 40 Mozart a ritmo de mambo); también es posible leer las grandes obras del cómic, algunas ni siquiera disponibles en México (el premiado Maus de Art Spiegelman o Watchmen de Alan Moore, considerada una de las mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX) a través de un programa utilísimo (el CDisplay) que reproduce la forma en que leemos historietas. Del mismo modo es posible conseguir películas que en provincia estarán sólo dos días en cartelera o que de plano no van a llegar (documentales, cintas europeas y asiáticas, filmes mexicanos de culto), además de la mejor televisión que no es precisamente la más difundida (auténticas maravillas como The Office, Coupling o Curb your enthusiasm), con la ventaja de que no habrá cortes comerciales ni estaremos sujetos a la programación de un canal.
¿Es ilegal? No lo sé, posiblemente lo sea. Pero para muchos ha sido la única forma de acceder a lo que de arte todavía tiene la industria del entretenimiento. Además pensemos esto: las empresas comúnmente apelan a las leyes del libre mercado para justificar que violan las otras leyes; sin embargo, sucede que a veces las leyes del mercado se les vuelven en contra. Entonces piden aplicar la ley a secas.


Ahora vamos a lo verdaderamente importante:



Para bajar a los Klazz Brothers & Cuba Percussion tocando la Sinfonía 40 Mozart a ritmo de mambo en Classics meets Cuba: Aquí y Acá.



Para bajar Watchmen: Aquí y Acá.


Para bajar Maus de Art Spiegelman: Aquí.



Para capítulos de Coupling: Aquí.


 

 

Para capítulos de The office:  Aquí.

 

 

Para capítulos de Curb your enthusiasm: Aquí.

El largo adiós (sin Cableguía)

El largo adiós (sin Cableguía)

Nadie te pone más peros para romper una relación que tu proveedor de cable local.
“Quiero cancelar mi servicio de Internet”, digo enérgico y decidido. “Lo he pensado mucho. Esto no está funcionando”.
La señorita encargada de “Atención a clientes” deja su captura de datos a un lado. Tose antes de mirarme a los ojos.
“Me permite una identificación”, dice.
Se la doy. Después de leer mi nombre, su rostro toma una expresión de sorpresa. “¿Una ruptura? ¿Eso qué significa, Eduardo Huchín, qué me estás tratando de decir?”
“Que ya no podemos seguir así. Me siento engañado y defraudado. Cuando iniciamos tú sabías mejor que sólo podía pagar el paquete de 26 canales, pero luego accedí a tus seductoras propuestas y acepté la oferta de los 89 canales, más el servicio de Internet. ¿Con qué cara me vienes a anunciar un nuevo aumento?”
“Está fuera de mis manos. Lo sabes mejor que nadie”, me responde recuperando la seriedad del principio.
“Bueno, en ese caso, quiero cambiar las condiciones de nuestra relación. No quiero el Internet. He buscado un mejor proveedor”.
“Pero, Eduardo, ¿por qué me dices eso?”. Sin dejar de verme, saca del cajón el contrato que había yo firmado al principio de nuestra enlace. “¿Nada signfican para ti… mmm, a ver… ocho meses de relación?”
“Te digo que he encontrado a alguien mejor”.
“Mira. Las cosas no pueden acabar así como así. Te propongo algo: baja tu paquete básico al mínimo de 26 canales y dejamos la Internet, ¿te parece? De eso se trata salvar una relación, de que cada quien renuncie a algo. Tú cedes un tanto y yo otro poco”.
“Veo que no estás entendiendo”, digo. “No quiero el Internet, además de todos modos voy a cambiarme al servicio mínimo”.
“Okey”. Su voz adquiere un tono cariñoso. “¿Qué fue? Te escucho. ¿Acaso se trató de la señal que desapareció el domingo de los Óscares? ¿Eso te enojó? Déjame explicarte, no fue culpa de nadie. El canal de pronto interrumpió la premiación por unos minutos, fue un problema de TNT, te lo juro. ¡No tienes que llegar a esto, Eduardo, por favor!”.
“No, no es eso”. Empiezo a trastabillar y me preocupa. Mostrar debilidad ante una empresa es la antesala al fracaso. “La verdad es que…” Tomo el valor suficiente para darle un buen motivo. “Ya no me satisface tu velocidad de 128 kbs en Internet”.
“Vaya”. Ahora habla enojada, como si hubiera ofendido su dignidad personal. “Eres de los que quieren ir… más rápido.  Claro, cuando me necesitaste, ahí estuve, dándote la conexión, el apoyo técnico en tus momentos difíciles. Si se iba la red, ¿a quién más recurrías? Siempre me tuviste al otro lado del teléfono para calmarte cuando los canales se bloqueaban, pero ahora que ya no puedo darte más, pues… me desechas. ¡Qué poca lealtad tienes!”
“¿Tú, hablando de lealtad?”. Ahora soy yo quien respondo con irritación. “¿Sabes lo que obtengo con mi lealtad? Acumular cablepuntos para que después me des una cantimplora con el logo de la empresa. Eso es todo”.
“Bueno, ¿entonces qué es lo que quieres de mí?, ¿que cambie mi programación y te dé más Kbs de Internet por el mismo precio?, ¿eso es o algo más? ¿Acaso que te permita una televisión adicional sin cobrarte? ¡Escúchame bien, yo pertenezco a una empresa respetable! Hay reglas que acatar, ¿eh? Sería incapaz de darte un solo canal más sin firmar un papel de por medio”
“En realidad quiero lo justo”, le explico. Para ese momento, quienes hacían cola para pagar sus mensualidades nos miraban con un dejo de vergüenza. “Hagamos cuentas”.
“Aahh. Ahora resulta que las relaciones pueden explicarse con las matemáticas”.
“Escucha”, digo mientras tacho números en el reverso de una de sus propagandas. “Son 26 canales que me das. Menos tres de tele abierta, son 23. De ahí, debemos de quitar los 5 canales de la televisión campechana, son 18. Menos uno de guía de programación, 17. Menos el Canal del Congreso, 16. Menos el canal Enlace, que es religioso, 15. Eso es todo el entretenimiento que recibo de ti: ¡15 canales! ¿Qué tienes que decirme al respecto?”
“¡Claro, eres de los que nada le satisface no importa cuánto des! Además tus cuentas están mal, porque por ejemplo esos canales campechanos no podrían verse sin el cable, así que no tienes por qué descontarlos”.
“¿Me quieres tomar el pelo? ¡Me estás hablando de cinco canales locales! Ya tengo demasiado manteniendo a cinco partidos en el Congreso del Estado”. “Bueno, piensa entonces en tu familia. Piensa en tu mamá, por ejemplo”.
“Mi mamá puede ver las telenovelas en la TV abierta”.
“¿Sin el canal diferido de Televisa? ¡Por favor!, ¿me tomas por una chiquilla o qué?, ¿crees que tu mamá sería capaz de perderse la repetición de Fuego en la sangre a las 11 de la noche? Estoy segura que haces todo esto a sus espaldas”.
Esa declaración me desestabiliza, porque es verdad.
“¿Y si así fuera qué?”, reviro. “Finalmente soy yo el que corro con el gasto”.
“Valiente hijo”.
“Okey, okey”. Intento ser conciliador. “No eres tú, soy yo, ¿bien? Soy un malagradecido, un mal hombre y un cliente irresponsable. No soy el tipo de persona que tú te mereces. Hagamos algo por el bien de ambos. Déjame ir”.
En la sala de espera, una decena de personas empieza ya a impacientarse. Ella las mira. Finalmente se da por vencida.
“Si eso es lo que quieres”.
 De inmediato captura unos datos en la computadora, imprime un recibo de cancelación y me lo da.
“Bueno, eso es todo. Estamos para servirle. El siguiente”.


PD:
Y a propósito de los Óscares: Diablo Cody haciendo lo que mejor sabe hacer:

                          

Ganar premios.

Crisis de identidad

Crisis de identidad

1. Pocas cosas tan molestas como ser confundidos con otras personas.
“Oye, ¿Tú eres Maney, verdad?”, me aborda una chica, de rastas, tenis Converse y abundantes pins en la mochila.
“No, y nunca lo permitiría”, respondo. Maney es uno de esos nombres inadmisibles, peor que un apelativo o una errata del Registro Civil.
“Sí, sí eres. ¿No te acuerdas de mí? Nos conocimos en la fiesta de la Vaca, estuvimos jugando Play Station toda la noche”.
Por supuesto conocía a un tipo apodado la Vaca, todo mundo conoce a uno. El mío se llamaba Sergio Arturo, pero le decíamos Alpuro.
“En serio que no”, insisto.
“Mala onda, Maney, mala onda”, me dice la chica y se retira. Quedo sumamente contrariado. Camino a prisa para tomar el camión. Un grupo de señores, de esos que siempre están frente a los microbuses estacionados, me grita:
“Miren, pero si es Torpavo. ¡Torpavo, ven para acá!”.
Como no les hago caso, sueltan un insulto a una sola voz. Desde la ventanilla, observo sus ademanes obscenos.
¿Somos realmente únicos, tenemos clones que cometen fechorías en nuestro nombre, vivimos universos paralelos que un día cualquiera se cruzan? Cualquiera de las respuestas me da escalofrío.

 2. Cada que voy a un encuentro de escritores, se me acercan señores de edad madura a felicitarme, incluso antes de que yo haya leído una sola línea.
“Nunca me pierdo su columna en el Reforma”, me dicen con regularidad.
Les tengo que aclarar que ése no soy yo, que a quien leen es a Eduardo Huchim y que, a diferencia del ex consejero electoral del IEDF, mi apellido termina con “n”.
“Ya decía yo que se veía usted muy conservado”, me responden y se van, no sin antes obsequiarme una sonrisa de compasión.
Soy un masoquista por naturaleza, lo reconozco; aún así nunca he querido contar la cantidad de público que abandona mis lecturas cuando se entera de que no soy el editorialista de Reforma.

 3. Mi correo de Hotmail es “jehuchin”, cuyo sentido se explica por las iniciales de mis dos nombres: José Eduardo. Sin embargo, cada vez son más las personas que creen que ese “je” antes de mi apellido significa otra cosa. Y son con regularidad gente con la que no tengo nada que ver y que me envía oraciones de los ángeles, advertencias de que podríamos morir al contestar un celular que está aún cargándose o con enlaces que dicen: Muy divertido, chekenlo!!!!!!. El problema de los correos masivos es que te empieza a contactar gente que nunca has conocido, que no conocerás y que, con frecuencia, no estás interesado en conocer. Son ellos quienes toman mi correo de alguna cadena y para identificarme me bautizan, utilizando apenas el sentido común. Para ellos, no sé por qué, soy “Jesús Huchín”.

 4. Por años, tus conocidos y amigos te cuentan historias de un clon tuyo, de alguien muy parecido a ti que estuvieron a punto de saludar. Te llegan noticias de que te vieron en un bar karaoke entonando “Reina de corazones” o que eres un engreído por no saludarlos en el supermercado.
“En serio, está igualito a ti”, te dicen. El convencimiento es pleno, lo ves en sus ojos y la evidencia se acumula, con cada comentario. La duda es: ¿por qué en una ciudad tan pequeña como Campeche nunca te lo has topado?, ¿pueden acaso tú y él tener intereses tan disímbolos como para no coincidir en algún lugar, ni siquiera una calle del centro histórico, donde te puedes encontrar a todo mundo, principalmente a tus ex parejas?
En un momento dado crees que todo se debe a las reglas físicas que sostienen al mundo tal como lo conocemos y que siguiendo la lógica de Volver al futuro, un encuentro entre tú y tu doble podría crear una paradoja en el espacio-tiempo. Pero en realidad es que no seríamos capaces de reconocernos, como cuando escuchamos una grabación casera y decimos “¿Ésa es mi voz?” Quizás nos hemos topado con nuestro clon decenas de veces y ninguno de los dos se ha dado cuenta, o es que nada es más deprimente que vernos desde afuera y preferimos hacernos al tonto.

 5. Los viajes son escenarios perfectos para corroborar que nuestro nombre transita biografías sin autorización ni aduanas. Hace un año coincidí con una mujer en la fila del aeropuerto quien me confió que en el 2001 había conocido a un Eduardo Huchín Sosa en Cancún.
“¿José Eduardo, igual que yo?”, le dije mientras señalaba mi credencial que había sacado junto al pase de abordar.
“Sí, sí. Seguramente era un nombre inventado, qué más da. Dirás que soy una romántica pero nunca olvidé cómo se llamaba. Ya sabes, ese tipo de cosas que sólo suceden en el Springbreak”.
“¿Qué te hace suponer que no era yo?”, dije.
“No usaba lentes, era más delgado, llevaba dos arracadas en cada oreja… ¿Quiere que pase a los detalles?”.
“¿Cómo sabes que no me quité las arracadas, me dio miopía súbita, engordé y me volví un nerd precisamente por no haberte retenido junto a mí?”
Miró su pase y respondió: “Creo que hoy quiero ser la última de la fila. Por cierto, en realidad no me llamo Mariana”.

 6. Desde octubre del 2006 recibo puntualmente los reportes mensuales de la Comisión para Riesgos Sanitarios del Estado de Campeche (Copriscam, por sus siglas). Por un error, intuyo que a razón de mi correo “jehuchin” de Hotmail, alguien cree que soy José Enrique Huchín Uc, coordinador general del Sistema Estatal Sanitario (el desconfiado y desocupado lector puede consultar este directorio). No es que me moleste recibir cronogramas y comunicados de la Cofepris, sino que a pesar de haber enviado un correo para aclarar la situación, los informes me siguen llegando, incluso de quien se supone que soy yo.

 7. Sucede que un día te cansas de ser quien eres y hay momentos cómodos para librarte de esa responsabilidad.
“Buenos días, con el señor Eduardo Huchín Sosa. Estamos promocionando una tarjeta de crédito del banco Santander”, dice un hombre correctísimo al otro lado de la línea.
“Salió de viaje. Soy su chofer”, digo y acepto el “Usted, disculpe”.

¡Luz, más luz!

¡Luz, más luz!

 “¿Tiene usted luz, vecino?”, pregunta doña Judith, la agiotista de enfrente, como si compartir la tragedia fuera una forma válida de hacerla soportable.
“No”, respondo, intranquilo, pensando en el artículo que aún no he podido escribir.
“Ya decía yo”, vuelve a responder la vecina, echando una mirada al interior de mi sala, “ustedes no son de los que dejan abiertas las puertas de su casa”.
Yo trato de aclarar la situación, porque a primera vista parecería que somos unos residentes extremadamente desconfiados, pero en realidad nos cuidamos de don Gema, el repartidor de agua, capaz de allanar cualquier cocina con tal de prender su cigarro en una estufa.
“Sí, es que ya no aguantamos el calor”, le digo con toda sinceridad.
Los apagones cumplen una función social: unen a los vecinos. Más emparentados con la colonia de insectos, el calor nos saca de nuestros escondrijos. La falta de electricidad ha provocado una reunión repentina; todos nos miramos, como si costara trabajo reconocer que hemos vivido juntos por lo menos la última década. Y sí, bajo el sol del mediodía, todos parecen extraños o recién llegados.
Güicho, un DJ ermitaño cuya cara casi no conocemos, pero cuyos gustos musicales son ineludibles, sale a saludarme. Parece un vampiro acabado de resucitar.
“Oigan, ¿a ustedes la luz se les fue igual?”, me dice.
Tardo en ordenar la sintaxis de su pregunta.  
“No tenemos electricidad”, le digo. Se trata de una frase hecha para días como éste, en que no hay mucho qué contar, pero en donde habrá que responder las dudas de todo mundo.
“Me lleva… Hoy iba a hacer unas mezclas de ‘Baby, te quiero’ y ‘Ahí viene la Coloreteada’ para la boda de un amigo”.
“Muy bien”, le comento y en el fondo de mi corazón agradezco la falta de electricidad.
“¿Ya llamaron a la CFE?”, pregunta con prudencia Demián, el de los seis perros.
“No”, dice Soledad la manicurista, “de seguro alguno de los vecinos ya habló”.
“Yo no”, me deslindo.
“Ni yo”, agrega Patricia, la doctora, que cada mañana me deja en la puerta publicidad de su clínica de liposucción.
“Ni me miren. Yo no tengo crédito en el celular”, comenta María José, quien aprovecha la oportunidad para quejarse otra vez de su teléfono móvil.
La plática está llegando a extremos de obra de Samuel Beckett, de modo que abandono el grupo vecinal y me propongo dar un paseo por la cuadra. Cada tres ventanas hay un señor de edad esperando hablar con el primer transeúnte que cruce frente a su casa.
“Hey, amigo, ¿nada con la luz?”
“Nada”, digo angustiado pensando en que debería estar escribiendo un artículo. “¿Será que tarden mucho los de la Comisión?”
Me sentí parte de un territorio oprimido en espera de un convoy del ejército aliado.
“Ay, papito”, me dice el señor, “están acá a la vuelta cambiando un poste. Si es por eso no tenemos electricidad”.
Mis odios acumulados en tantas filas frente a un CFEmático tendrían que haberse manifestado en ese instante, pero nada sucede.
Sigo mi camino. En un taller mecánico alguien escucha a Vicente Fernández. El feliz melómano utiliza la batería de un automóvil para alimentar su estéreo de dos bocinas. En su rostro se refleja el claro gesto de quien ha conquistado el Everest. Por fin ha vencido un duelo de equipos de sonido, pero esta vez sólo por falta de adversarios.
Estoy en esa disyuntiva de regresar a casa o seguir caminando. El calor se vuelve cada vez más insoportable: en Campeche, la temperatura es la medida de cuánto podemos soportar un corte de luz.  
(“Un ventilador inmóvil es como un corazón detenido”, me dijo una vez un poeta, cuando nos sorprendió un apagón en medio de la presentación de su libro).
Me arriesgo a llegar a la esquina. Quiero saber cómo le va a hacer el cantinero para afrontar una posible migración de parroquianos. ¿Pueden sobrevivir los borrachos a la falta de tecladista?, ¿serían –me pregunto yo- capaces de resistir la plática llana y clara con sus compañeros de mesa, sin goles televisivos que los entusiasmen, sin noticias que les den motivos de discusión, bueno ya en ese mismo camino, sin rockola que les otorgue sentido a su embriaguez? Me asomo a la taberna a fin de descifrar la duda. El dueño ha abierto la puerta que conecta a la cantina con la sala de su casa y parece estar dándole instrucciones a un grupo de hombres. Segundos después entiendo el carácter urgente de sus gritos. Tres tipos fornidos colocan un piano frente a las bocinas, ahora silenciosas e inofensivas como dos animales dormidos. A fin de no perder clientela, el dueño ha obligado al tecladista a improvisar versiones “unplugged” de sus temas.
Honestamente no quiero corroborar cómo cualquier cumbia podría sonar a ragtime, así que huyo antes de que salga la primera Smith & Wesson. Unos metros más adelante, la Comisión repara el poste problemático. Desde lo alto los técnicos aplican la paciencia de las operaciones a corazón abierto. No les puedo reclamar nada, salvo la costumbre de dejarse abierta la camisa, para mostrar un pecho alhajado. Sin embargo, me quedo unos minutos contemplando en silencio la proeza. Total, la caminata ha ido demasiado lejos -al origen mismo del problema- pero tampoco sirve de mucho.
“¡Ya quedó, varón!”, gritan desde el cielo, que es una frase que bien pudo haber dicho Dios cuando hizo la luz.
Una vez contemplado el milagro, vuelvo a casa.  En el camino, observo las ventanas. Los electrodomésticos hacen despertar la cuadra como a un cuerpo tras la reanimación cardio pulmonar.

Anatomía de Sasha Grey

Anatomía de Sasha Grey

Me gustan las entrevistas a las chicas de portada de las publicaciones sociales. ¿Qué quiero encontrar en ellas, salvo la sucesión de respuestas convencionales: mi familia lo es todo, soy divertida, espontánea y amigable, lo verdaderamente importante es la belleza interior? Quizás voy tras la excepción. Y hasta ahora, todas han cumplido el ritual de la obviedad.
Pero transito sin remedio de un extremo a otro. Reconozco que, en contraparte, leer entrevistas hechas a actrices porno podría parecer una pérdida de tiempo. Se supone que sólo son una extensión de su personaje: insaciables incluso sin cámaras de por medio. Pero de repente, entre la biografía sórdida que deberían representar (se lee el libro de Jenna Jameson tan sólo para aplaudirle su tesón ante las adversidades de la vida), uno puede hallar notables excepciones.
No es sólo que Asia Carrera pertenezca a la organización Mensa, por su elevado coeficiente intelectual. Ni que Katja Kassin haya estudiado Ciencias Políticas, Literatura y Filología Alemanas  (además de hablar seis idiomas).
¿Qué se puede decir de una chica estadounidense de 19 años con estas preferencias musicales, cinematográficas y literarias?:
 

MÚSICA: Joy Division, New Order, Smashing Pumpkins (es amiga además de Billy Corgan y aparece fotografiada en el disco Zeitgeist), Bauhaus, The Cure, Depeche Mode, Duran Duran, Mayhem, Venom, Behemoth, Vader, Tape Recorder, Outkast, Samhain, Stones, Beatles, DJ Quick Skinny Puppy, This Mortal Coil, NIN, Misfits, Black Flag, Danzig, Tool, Hendrix, Elton John, Bowie, Bob Dylan, The Roots, Tori Amos, Block Party, She Wants Revenge, Radiohead, Orbit, Air, Aphex Twin, Bjork, Beck, Cat Power Interpol, The Doors, The Clash, The Police, Led Zeppelin, Black Sabbath, Miles Davis, John Coltrane, Mingus, Pink Floyd, Iron Maiden, Shostakovich (¡wow!) y Bach, entre otros. 

CINE: Godard, Antonioni, Von Triers, Herzog, Películas norteamericanas de los setenta, Portero de noche, Gaspar Noe, Catherine Breillat, Richard Linklater, David Lynch, Gus van Sant, Steven Soderbergh, David Gordon Green, P. T. Anderson,  Harmony Korine, Hiroshi Teshigahara, Monte Hellman, Bernardo Bertolucci, Agnès Varda, Terrence Malick, Louis Malle y William Klein.

LIBROS: Guerra y Paz, Hunter S. Thompson, Anais Nin, Historia de O, Jean-Paul Sartre, William Burroughs, Ernesto Guevara, Helmut Newton, Terry Richardson, Richard Kern, Natacha Merritt, Uta Barth, Mark Rothko, Andy Warhol, Peter Saville, Mark Borthwick, Donald Judd y Robert Rauschenberg.

Se llama Sasha Grey y despierta las más bajas pasiones (incluso aparece pintada en un cuadro de Zak Smith para la galería Saatchi). La llaman la sucesora de Jenna Jameson (lo que significa que estará forrada de dinero en los próximos años), aunque sin duda posee mejores gustos. 

Sasha
 
PD: ¿Y si sólo fuese una estrategia publicitaria? No importa, no será la primera vez que nos timen.