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Tediósfera

Los desamores ridículos

Los desamores ridículos

A la par del Día del Amor, debería existir una celebración al desamor, verdadero motor de la música pop, subsidiario de las cervecerías, tutor de jóvenes promesas literarias. No existe tal festejo porque sus destinatarios serían más numerosos, porque los regalos atravesarían demasiadas ciudades y biografías, y porque finalmente todo desamor es incosteable. 
Pero tampoco nos emocionemos tanto. Al hacer un recuento de nuestro pasado nos daremos cuenta que las historias de desamor son una carretera perfecta que pudo haber sido transitada sin complicaciones. Pero nosotros -abogando eso que llaman la condición humana- evitamos esa posibilidad y preferimos tomar la terracería del drama.
Como en toda historia de amor que se respete, la primera chica de mis sueños asistía cada domingo a comulgar. Yo tenía 15 años en ese entonces, era un católico convencido y quería ser músico a como diera lugar, aun si eso significaba tocar para el coro de la iglesia. En cada celebración eucarística, yo veía a mi amor imposible cerca de la pila bautismal y sentía que los santos espiaban mis distracciones con rostro compasivo. San Francisco, cráneo en mano, me decía: “Paz, hermano lobo”.
La conocí en un retiro espiritual y para conquistarla realicé todo lo cristianamente posible. Participé en convivios, hice colectas, salí en pastorelas, recé rosarios. Mi mayor prueba fue correr en una marcha guadalupana, en donde alcancé una resistencia que nunca he vuelto a demostrar. Ella, que viajaba en la camioneta que nos abría paso a los peregrinos, no tenía ojos para mí, sino sólo para aquel tipo que la acompañaba. Ambos mirándose parecían La anunciación de Fray Angélico. 
Yo no le gustaba y no era para menos, mi desafortunado historial amoroso sólo podía explicarse a través del déficit de atributos personales. Al fin de cuentas, no tenía ni corazón de lis ni alma de querube ni lengua celestial, ni otras virtudes, digamos, más corpóreas. Concepción siempre me miró con vergüenza compasiva, como las catequistas observan a los pequeños que les hacen preguntas idiotas. Nunca coincidimos en las filas de la comunión. Ella sabía que me gustaba y quizás por eso, limitó nuestros contactos físicos al momento en que todos nos dábamos la paz.  
Cuando sentí su rechazo a través de los continuos desencuentros, entendí que la palabra “incompatibilidad” era dolorosa no sólo en términos sanguíneos. Llené páginas enteras de lamentaciones, hice llamadas anónimas, encontré mi vida retratada en las canciones de la FM. Todo ese masoquismo predispuso con facilidad una solución sádica: formar un grupo de rock. En el nivel iracundo de mi desesperación, los vecinos se encargarían de las mentadas. Rompí el suficiente número de cuerdas para darme cuenta que había actuado como un idiota. Para el último año de la preparatoria, Concepción todavía soñaba con vivir el romance bíblico de Rut.
Tiempo después entré a la Facultad de Humanidades. La universidad inauguró el otoño de las hojitas parroquiales, en muchos sentidos, principalmente en el sentimental. Cursar literatura en una escuela donde la mayoría de las estudiantes de psicología te imagina acostado, pero sólo en sus divanes, te deja poco menos que indefenso. Demasiadas tentaciones al alcance: freudianas con novios contadores, investigadoras sociales que adoraban viajar a poblados insalubres y aspirantes a sexólogas que terminaron abriendo academias de baile. Yo preveía en cada posibilidad un desastre absoluto. Pensar en una inminente tragedia amorosa me provocaba tantas tensiones como un examen sobre El primero sueño, pero no tenía remedio. La atracción que despertaban en mí las psicólogas parecía la única perversión que no contemplaba el Informe Kinsey.
La Facultad de Humanidades suponía además la inquietante certeza de no saber qué hacer entre tantas mujeres (posiblemente el 80 por ciento del alumnado). Como si la condena fuera pasar cuatro años con las manos atadas y a merced del Paraíso, las psicólogas bajaban a la dirección en grupos tan compactos como sus conversaciones. Yo las veía desde mi salón, a mitad de las escaleras, con el cuaderno en la mano y un libro en la cabeza. Ellas interrumpían mis notas a golpes de realidad, con el murmullo perfecto para entrometerse entre Pedro Páramo y yo. En esa atmósfera de tránsito, en esa invitación continua a dejarlo todo y volverme un sicópata, escribir se convirtió en la única forma de supervivencia.
Para la mayoría de las chicas que estudiaban psicología, los literatos e historiadores que compartíamos con ellas la Facultad éramos una especie de parásitos. Les sorbíamos los presupuestos, ocupábamos ocho salones necesarísimos y nuestros cuerpos estaban más entrenados en las sillas giratorias que en los aparatos del gimnasio. A la inversa, ese desprecio funcionaba en nosotros como una especie de afrodisíaco que nos hacía perder fácilmente la cabeza. La persona que me hizo salir de ese mundo de fantasía –en que podía organizar bacanales completas con un pase de lista- estudiaba el tercer semestre y tenía un novio que estaba forjando su futuro en una universidad regiomontana. Se llamaba Valentina.
Una noche de octubre recibió mis flores. Su reacción inmediata fue también su primer diagnóstico clínico: “Estás loco”. Le ahorré las horas de prácticas académicas diciéndole que entendía su situación, que había actuado como un tonto y que a lo más que aspiraba era a cosechar una sana amistad. Sólo faltaron animales a punto del apareamiento y mis frases de esa noche se hubieran vendido en estampitas de Tú y yo. Ella terminó con ese estúpido discurso que usan las mujeres cuando su interlocutor tiene un abdomen inadmisible. Meses después, pensé que sería bueno recuperar la dignidad por lo menos en regalías. Empecé a escribir ensayos, artículos, ácidos reclamos contra una realidad en la que sólo podía cosechar reveses. Así es como me volví escritor.

Locura por los clásicos

    

Brian Setzer hizo lo impensable: hacerme escuchar de nuevo “El Danubio azul”. Su último disco Wolfgang’s Big Night Out reúne 12 temas del repertorio más conocido de la música clásica, adaptándola al swing y al rockabilly.
De la Quinta Sinfonía de Beethoven (“Take the 5th”) a “El vuelo del abejorro” de Rimsky Korsakov (“Honey man”), de la “Obertura 1812” de Tchaikovsky (“1812 Overdrive”) al  “Sueño de una noche de verano” de Mendelssohn (“Here comes the broad”), Setzer profana clásicos que da gusto. Los arreglos son impecables y Setzer es definitivamente un virtuoso con sentido del humor (algo no muy común en estas épocas).
En el video, “One more night with you” (basada en “Hall of the mountain king” de Grieg).

          Brian  

Para descargar  Wolfgang’s Big Night Out. Aquí.

Jugo de Luna (sin Soda)

Jugo de Luna (sin Soda)

Para Gabriela y Fernando, fans irredentos 

Gustavo Cerati tiene una gran virtud: hace canciones para citar en el Messenger.  “Poder decir adiós es crecer”, “Tanto le temés que al fin sucede” o en su defecto “Tanto lo deseás que al fin sucede”, “Vamos despacio para encontrarnos / el tiempo es arena en mis manos”. Siempre he dicho que la mitad de su talento como letrista proviene de sus fans. Sus escuchas no sólo viven el entusiasmo de sus canciones sino que con frecuencia lo propagan. El estado natural de Cerati, dicen, es el contagio. 
Pero el líder de lo que fuera Soda Stereo es un artista completo, quizás el único peso pesado que sobrevivió con dignidad al mainstream de los ochenta. Puede lo mismo ganar públicos nuevos que cosechar el saldo de quienes aman canciones como “Prófugos”, “Juego de seducción” o “Toma la ruta”. No teme a los riesgos: saca temas electrónicos, hace discos rockeros, colabora con Miranda! y con frecuencia sale avante. Su historia parece ser la de un veterano que presume sus cicatrices, que ha sobrevivido a los karaokes, a los grupos de covers y a “Te hacen falta vitaminas”.
Más que el clip musical su medio más cómodo en video es el documental. Así lo demuestra el DVD que acompaña a su último disco Ahí vamos. Cerati es un tipo que da la impresión de saberse todas las respuestas antes de iniciar la entrevista. Explicar el éxtasis de tocar en vivo es casi como explicar la poesía o el futbol, una virtud de pocos, y Cerati lo hace con bastante desenvolvimiento. Sus declaraciones acerca de la música intentan rescatar lo que de pasión tiene un arte convertido con los años en mero espectáculo. La lección del ex líder de Soda Stereo es que incluso en los conciertos masivos puede uno encontrar la soledad suficiente para interpretar canciones como “Crimen”.

Uno quisiera envejecer como Cerati, la verdad, convencido de que durar es mejor que arder.

Para bajar Ahí vamos. Aquí
Password: escaparatesonico.blogspot.com  

Letra y música

Letra y música

Los bibliómanos tenemos una desventaja sobre los melómanos: no podemos hacer compilaciones. O por lo menos, no podemos antologar placeres y regalarlos en paquetes prácticos, como los discos compactos. Una veintena de cuentos supone una carpeta de fotocopias que no cualquiera está dispuesto a subsidiar. Además, la música ha podido reproducir la fidelidad de una grabación a través de la tecnología: escuchamos discos quemados que suenan como los originales, pero hacer la copia exacta de un libro necesita de un arte que sólo los piratas han podido dominar.
La principal prerrogativa que tiene la música es que puede compartirse. Las bocinas de 3 mil watts para la casa o el automóvil establecen de inicio una manera de aportar nuestra voz al concierto de los espacios privados que se vuelven públicos. En ese “lugar con parlantes” que pidiera Cerati, la demografía también duele en los oídos y no sólo en los moretones después de bajar del metro. En las calles, los camiones, las cantinas, incluso la oficina, la música se ha convertido en el analgésico esencial para soportar la vida. A nadie extrañe que en este mundo regrabable, también recurramos al iPod para encontrar la soledad.                    
Con los libros las cosas son un poco más complicadas. Como los bibliómanos somos seres más primitivos (o más sofisticados, según se vea) aún no superamos el sistema de trueques. Intercambiamos materiales originales con la preocupación puesta en la humedad de un cuarto ajeno. Nadie sabe cuánto tardará el amigo en leer el libro que le recomienda o si ese ejemplar volverá a su estante inicial (es mucho más fácil grabarle un CD y darlo por perdido). Tanto como emprender su escritura, compartir un libro necesita altas dosis de fe.
Nada de compilar autores y regalarlos a los amigos, nada de leer mientras se conduce, nada de llenar estadios para sumergirse en una lectura. Los libros son una apuesta impráctica para el mundo de hoy y sin embargo todavía existimos quienes nos empeñamos en soñarlos, en leerlos, en hacerlos (en ese orden). La música vive al parecer su plenitud: incuestionable, omnipresente, asegurada su perdurabilidad (nadie ha profetizado “el fin de la música” aunque sí el “fin del libro”) se ha impuesto como una forma dictatorial del arte en nuestras vidas. Yo a veces por despecho, sólo por llevarle la contraria al mundo, leo en silencio o trabajo sin audífonos.

        Lectura
Quizás he sido injusto, he hablado de “libros” y no de “literatura”, que es como decir “discos” en lugar de “música”, pero incluso con esas precisiones, me parece que los libros siguen siendo el medio más eficaz de consumir la palabra escrita. Es cierto que en nuestro país sólo los bestsellers llegan a todos los aparadores y la Internet se ha vuelto indispensable para abatir las mezquindades del mercado editorial, pero principalmente por ese panorama, los libros son uno de esos placeres insanos que nadie sabe porqué sigue manteniendo. Ocupan tanto espacio en nuestros cuartos, son tan frágiles a la lluvia o al fuego, que sólo por eso –por recordarnos que hay goces estorbosos- no podemos librarnos de su presencia.  
La música en cambio, parece superar con rapidez todos los inconvenientes: ha pasado de las orquestas en vivo al vinilo, del cassete al CD, del archivo en la computadora al iPod. Sólo detrás la pornografía, a ninguna otra cosa ha beneficiado tanto el Internet como a la música. Y es quizás esa disponibilidad absoluta de las canciones la que ha provocado también una añoranza por los álbumes completos, por retornar a las dificultades de hallar un disco. Aún cuando todas las melodías del mundo pueden bajarse de la red, aún revisamos el área de CD’s del supermercado, los puestos de música pirata, en busca de carátulas de Pink Floyd, Queen o Los Ramones.
Discos
Como instantáneas perdurables, las canciones no sólo transmiten el placer sino que con frecuencia hacen comunicable el dolor. En las letras tristes, sí, pero también en aquello que hace de la música una guía perdurable de emociones: su cercanía con la vida. Más allá de sus palabras, la música duele también en sus discos perdidos, en los conciertos cancelados, en un cover mal hecho (una canción también te traiciona cuando se va a otra boca). No gratuitamente la música es la parte más tenaz de la memoria. Recordar supone siempre el peligro de un sufrimiento escondido, de una escena amarga a la que llegamos por asociación. Con la música, la magdalena de Proust se vuelve democrática.   
He ahí su encanto: la música nos tiene a su merced porque es íntima y multitudinaria, porque es débil a las tentaciones del mercado y tiende a redimirse en discos raros. Crea generaciones al tiempo que ordena nuestra propia vida. Su mejor imagen es la de la compilación hecha en casa, porque en su secuencia de canciones (en su orden, en su selección) entraña una autobiografía y una Historia Universal.
Reconozco que pertenecí a la generación que siempre tuvo un cassette disponible en su estéreo. Pendiente de la programación de la FM, oprimir el botón de “grabar” a tiempo necesitaba una destreza de la que pocos podían presumir. Yo no, por fortuna. Nunca pude identificar una canción desde el principio y mis grabaciones caseras dan cuenta de melodías cortadas o interrumpidas por la voz que anunciaba el nombre de la estación. Son antologías defectuosas, en lo que tienen de azar y de torpeza, pero sin duda alguna me resultan entrañables. Sobre todo en sus errores, mis cassettes me recuerdan cómo era la vida en el siglo pasado. 
Ahora todo es tan aséptico y los discos grabados suenan tan bien que uno se vuelve nostálgico, que es una forma de decir que uno se vuelve más viejo. Si tuviera 50 años sin duda extrañaría el ruido de la aguja sobre el vinilo, pero a los 28 no puedo sino añorar las dificultades que tuve para obtener música, que son las mismas que sigo teniendo ahora para obtener literatura. Quizás por eso es que, frente a la computadora, mientras bajo a Brian Setzer del Emule, escribo este artículo en que música y libros se mezclan sin muchos argumentos de por medio. Pero qué importa: vivimos tiempos de DJ’s donde Blondie cohabita con Camilo Sesto, donde es posible hacer una canción sobre “el temblor” con música de Soda Stereo y Chico Che. A contrarreloj y como en nuestras mejores compilaciones, hago este texto más con el estómago que con la cabeza.
Brian

El futbol nos une

El futbol nos une

1. PONED LA OTRA ESPINILLA

Que el campechano Wilbert Palomo Carrillo haya aparecido el mismo día en todos los sitios de deportes en la red (incluyendo ESPN y Fox Sports), las páginas de interés general y la primera plana del Reforma es de celebrarse. El sacerdote y defensa del equipo Agustiniano se convirtió en el primer expulsado por entradas violentas en toda la historia del Cleris Cup, el torneo de futbol de curas y seminaristas organizado por el Vaticano.  
No me resulta extraño. Los aficionados al balompié saben que se respira más fe en un estadio que en una escuela de teología. Esa reunión de multitudes donde aparecen tan pocas costumbres cristianas no está peleada con la súbida necesidad de que Dios exista cada que uno de los nuestros cobra un tiro de esquina. No fortuitamente, los partidos suceden en domingo, el día en que Dios recibe más solicitudes y cuando hay más posibilidad de que se traspapelen las plegarias. Por otro lado, siempre me ha fascinado la pasión que despierta jugar el futbol al grado de hacernos olvidar no sólo los hábitos sino la cordura, por no decir la posición en la cancha.    
“No tuve la intención de chocar al portero, pero estábamos a punto de empatar”, declaró después de su expulsión Palomo Carrillo. Recordemos que el sacerdote campechano jugaba de defensa y fauleó al guardameta del equipo contrario.
Educado en ligas estatales donde todos dominan el gancho al hígado pero pocos el tiro con el empeine, Wilbert Palomo es el claro ejemplo del hombre a quien le importa más la camiseta que la salvación. Y esto es entendible. El puntapié a la espinilla es apenas una forma extrema de quebrar las reglas en un deporte, donde lo que nunca sobra es la cortesía. De jalar la camiseta a endilgar apodos, el balompié se nutre de pequeñas faltas que le dan su estatus de “juego del hombre”. En el futbol las buenas maneras están apenas determinadas por el silbatazo del árbitro.


2. FUTBOL A NIVEL DE SOBREMESA

Admiro a mis amigos y su memoria entrenada en por lo menos 6 mundiales. Escucharlos hablar es como asistir a una clase de historia patria, llena de derrotas y sobre todo de múltiples interpretaciones. Rodrigo, Fernando, Wilbert, Miguel, Emilio, Uri y Héctor son capaces de reconstruir el México-Bulgaria del 94 con los cuadritos de verdura de la botana. Oírlos relatar la manera de cómo ha perdido la Selección es entender un poco la tragedia que acompaña a un país siempre a merced de la eventualidad.
Una plática sobre futbol siempre estará en la línea fronteriza entre la fascinación y el aburrimiento. Conocer demasiado es entablar de facto un debate al borde de la enemistad, pero ignorarlo todo es padecer cuatro horas de palabrería sin sentido.  Por eso los fanáticos del fut conviven tan a gusto sin mujeres de por medio: sienten que no es necesario fingir otros intereses.
Yo, que estoy en el punto intermedio, escucho esas pláticas como quien se adentra en las páginas de un libro de caballerías, o mejor aún, en la narración de un pleito carcelario. ¿De qué otra manera puede uno conocer nombres tan inverosímiles como el “Coreano” Rivera o el “Picas” Becerril, el “Capitán Furia” Tena o el “Tubo” Gómez? En un futuro apocalíptico, cuando se pierda toda la historia del deporte mexicano, el futbol podría sobrevivir sólo por el registro de sus alineaciones.
Otra de las prácticas favoritas de mis amigos es recuperar biografías de jugadores en el olvido. Alguien dice un nombre, como quien recuerda a uno de sus ex compañeros de la preparatoria y los otros van aportando datos que ayuden a reconstruir una trayectoria marcada por el constante cambio de camisetas.
“¿Qué habrá sido del ‘Capi’ Ramírez Perales?”, menciona Rodrigo, por ejemplo.
De la esquina, mientras rompe un mondadientes, Emilio interviene:
“¿Se retiró con Veracruz, no?”. 
“También estuvo en Irapuato, Atlante y Pumas”, precisa Fernando.
“Pero nada como aquella Selección mexicana del 94”, digo yo, porque es el único recuerdo que tengo de alguien apellidado Ramírez Perales.
De ahí, Miguel menciona aquel emotivo gol de Marcelino Bernal contra Italia y la plática tiene suficiente cancha para avanzar una hora más.


3. GOL POR LA (MALA) NUTRICIÓN

Como la mayor parte del mundo, hemos conocido el balompié desde las pantallas. Haber vivido todo tipo de victorias pírricas y derrotas épicas frente a un televisor, nos ha cambiado la percepción de lo que sucede en una cancha. El futbol es algo que aconteció, que sólo es posible entender en forma de recuerdo o de resumen deportivo. En esa educación sentimental, hemos aprendido a recuperar la agitación incluso en las emisiones diferidas, o a suspender la conversación del tiempo real si acontece un gol de anoche en la pantalla del restaurante.  
“Vaya tiro al ángulo”, se sorprende alguno de nosotros.
De pronto cuando la plática ya está en tiempo de compensación, no falta quien mencione:
“Esos programas sobre futbol se han vuelto cada vez más una retahíla de anuncios comerciales”.
 “Es verdad. Es el colmo”, dice alguien, “¿qué se han creído esos mercadólogos?”
Para atenuar el coraje pide al mesero una Sol.

Todos tenemos un lado oscuro

Todos tenemos un lado oscuro

Algunos DJ’s le hacen a la Historia (como José Mariano Leyva); algunas cantantes de bandas escriben ensayos literarios (como Elisa Corona); yo, originalmente guitarrista de grupos de rock, terminé en esto de la escritura. Pero no soy el único. Dentro de Cenizas de Ángela, todos tenemos una doble vida: Emilio (guitarra y voz) trabaja en la siempre provechosa Comisión Federal de Electricidad; Miguel (bajo y voz) da clases de Semiótica y Retórica de la Imagen. Finalmente Erick (batería) después de ser explotado por un licenciado, ahora conduce un programa de TV. Para escuchar algunas de nuestras canciones, entra aquí.

(Nota: Sé que esas letras en el logo parecen de RBD, pero qué le vamos a hacer: son producto de una historia que prefiero no contar)

Ibargüengoitia

Ibargüengoitia

De no haber muerto en un accidente aéreo, Jorge Ibargüengoitia cumpliría este 22 de enero, 80 años. Si existió un autor que me hizo cambiar no fue algún adalid de la superación personal; fue Ibargüengoitia, o para ser más precisos, la mirada (irónica, implacable, en el fondo amarga) del autor de Dos crímenes o Los pasos de López             
Conocí la obra de Ibargüengoitia en mi primer año de carrera, con demasiadas decepciones amorosas para tan pocas páginas de autobiografía y sin nada que decir frente una hoja en blanco (literalmente, en aquella época yo escribía a máquina). La Facultad de Humanidades era en ese entonces un tropel de tentaciones a la vista (el 80 por ciento eran mujeres) y las clases se avocaban a cosas tan aburridas, como las diferencias entre Hume y Locke, que un amigo confundía con Jorge Luke.
Hasta los 19 años comprendí que la literatura también podría ser una venganza contra la vida (contra los amores pasados, contra la supremacía de lo fortuito). Como bien afirmara George Neveux, descubrí en el humor a la “única forma autorizada del crimen pasional”. La ley de Herodes se me abrió en esos momentos como un “fragmento de vida” más que como una obra de ficción. El protagonista se llamaba Jorge, como el autor del libro y relataba sus desavenencias como una especie de exorcismo. De las frustraciones sentimentales a las crisis económicas, las narraciones de La ley de Herodes dan la apariencia de un ajuste de cuentas con la realidad. Desde entonces lo he entendido de esa manera: rodeados de circunstancias sobre las que no tenemos control, los escritores terminamos recurriendo a la literatura para equilibrar los números rojos. 
                                                                    
LibroAdemás de sus cuentos y sus magníficas novelas, Ibargüengoitia examinó la realidad cotidiana desde el periodismo.  Escribió para las páginas del Excelsior entre 1968 y 1976 y dejó constancia en sus columnas del horror de vivir en este país. Más allá de la punzante ironía, Ibargüengoitia ejerció el sentido común. Opinaba de las política, las costumbres mexicanas, la historia y sus héroes, el cine, la educación, el consumo, los libros, entre otros temas, porque todos estaban unificados por ese tono de quien busca cómplices más que partidarios. 
Nunca se asumió como humorista porque pensaba que la idea de un señor que se la pasa inventando chistes es poco menos que patética. Su escritura, en sus propias palabras, obedecía a “una manera peculiar y ligeramente oblicua de percibir las cosas”, lo cual no era ni virtud ni defecto.
 “[La risa es] una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia impotente”, dice en uno de sus artículos y en otro afirma: “Como el daltonismo, [el humor] es algo que afecta permanentemente la visión del individuo, no son unas gafas que uno se quita y pone a voluntad”.
Por las páginas de Ibargüengoitia se retrata a un México que parece no tener remedio. Al tiempo víctimas que herederos de las peores costumbres de nuestros gobernantes, los mexicanos nos hemos vuelto el padecimiento diario de otros mexicanos. De la burocracia a los días festivos, de las luchas intelectuales a las contradicciones de la Revolución Institucionalizada, el cronista no hizo otra cosa que detallar ese infierno (que son los otros) a través de más de 600 artículos.
A treinta años de esas colaboraciones periodísticas, los textos de Ibargüengoitia siguen siendo disfrutables. ¿Necesitan contextos? En algunos casos. ¿Son ilegibles sin ellos? De ninguna manera. Su talento estribó precisamente en hacer literatura de una materia tan efímera como la vida a ras de suelo. Productos de una penetrante observación del comportamiento humano, sus artículos se reeditan con frecuencia (y son leídos por quienes ni habíamos nacido cuando fueron publicados) porque superan el mero comentario circunstancial. Ibargüengoitia no parasitó del contexto para escribir sus colaboraciones (vicio de tantos editorialistas de periódicos) sino que convirtió el artículo de opinión, la crónica cotidiana, la crítica política, en parte de su obra literaria. Por ello aplicó en el periodismo la regla de oro de quien quiera dedicarse a la escritura: no aburrir.
Excéptico incluso ante el poder que representaba la prensa, Ibargüengoitia ejerció su labor crítica mostrando el absurdo de las ideas convencionales, tanto en la esfera pública como en la privada. Aborrecía aquello que oliera a patrioterismo y por ello no sólo escribió novelas que desacralizaban la Independencia y la Revolución, sino que revisó el papel de los héroes y los festejos en nuestra formación como mexicanos. Además, mostró el ridículo que sustenta el discurso oficial respecto a lo que somos. En el terreno privado pormenorizó a través de su entorno, las actitudes que nos vuelven un verdadero martirio como sociedad.
De él no puedo olvidar algunas observaciones:
“A nuestra Revolución le pasa lo mismo que a todas las mujeres de sesenta años. Ha adquirido una respetabilidad que nunca hubiera pretendido tener en su juventud”.
“No hay fiesta más triste que la Navidad. Tanta lucha uno hace para estar alegre que siempre queda insatisfecho con la felicidad resultante. Además, se acuerda uno de sus seres queridos y quiere uno que estén los que se fueron y que se vayan todos los que están”.
Y mi favorita: “La magia del psicólogo está en que él descubre lo que nadie ve y llega a conclusiones que nadie entiende”.
Dado que el mismo Ibargüengoitia no concebía la idea de un grupo de estudiantes manoseando sus escritos, en el último semestre le rendí el mejor homenaje a su literatura: renuncié a mi tesis sobre Las muertas.

Los intelectuales sólo quieren divertirse

Los intelectuales sólo quieren divertirse

Dice Héctor Malavé que el carnaval es “la acción social más ilusoria de la perversión humana”. Yo diría que es de la “diversión” humana, en tanto pensamos casi automáticamente que ver pasar gente disfrazada o bailando en una comparsa vale como forma de entretenimiento. ¿Qué tiene el carnaval que monopoliza las conversaciones de la radio, los paneles en los programas, las repeticiones a deshoras en la televisión? En busca de respuestas me inmiscuí en reuniones absolutamente incompatibles entre sí, con gente ilustrada y generalmente con estudios de posgrado. Las discusiones radiales y televisivas sobre el carnaval me habían parecido siempre monótonas, con largas peroratas sobre las coreografías, los diseñadores o el comité organizador. Quise rastrear otro punto de vista, pero encontré que la comunidad letrada hablaba exactamente sobre las mismas cosas.   

AL CARNAVAL NI TODO EL CLAMOR NI TODO EL DINERO

Los burócratas intelectuales quisieron primero ser poetas o narradores. Se casaron y procrearon hijos a destiempo para pretextar ese trabajo del que siempre hablan mal, pero que los mantiene. De repente, en ciertas reuniones de cantina, hablan con ánimo de boletín. Cuando me encontré con dos burócratas intelectuales en la palapa de un bar familiar, los interrumpí a mitad de una discusión sobre la pérdida de tradiciones. Aproveché la oportunidad para preguntarles si era válido celebrar el carnaval sólo como una fecha obligada en el calendario, como la navidad, la semana santa o el mes de la campechanidad.
“Vences la pasividad, te escapas dos días del trabajo, ¿cuál es el problema?”, dijo uno de los presentes.  
“El problema quizás es que no te gastas 12.5 millones de pesos en ninguna otra celebración patrocinada por el Ayuntamiento”, dijo el otro.
El empleado que había dado la respuesta, mascó la tostada con la fuerza de quien sabe que la ruta del dinero está llena de buenas explicaciones. Entendí por sus palabras que el problema es que el carnaval ha tomado el tamiz de obra social. Y como todo lo que toca el Gobierno, termina por someterse a las desavenencias de la discusión pública.
“¿El que se financie del erario ha influido en que todo mundo quiera opinar ahora sobre el carnaval?”, dije.
“Ah, la gente pide y critica casi sin pensar y ni siquiera sabe lo que quiere”, explicó el primer hablante. “Un día quiere un mercado ejidal, una cancha en su unidad habitacional, un carnaval de nivel. A la mañana siguiente quiere exactamente lo contrario: más franquicias, que derrumben la cancha y construyan un estacionamiento, que no traigamos a Don Omar y mejor lo destinemos todo a reparar baches”.
Ese carácter de caos instaurado es algo de lo que hace fascinante al carnaval, pensé. Por un lado, se trata de la fiesta por excelencia de los excesos, pero por otro, las decisiones del comité organizador admiten una revisión tan rígida como la de una compraventa de acciones.
“Ya que sabe que se trata de su dinero, la gente no se traga cualquier cosa”, siguió el primer poeta funcionario. “Hace algunos años, traías al último actor que se había vuelto cantante, al recién salido del festival Valores Bacardí o al grupo de rock que podía tocar sin enchufar sus instrumentos. Ahora no. Los campechanos se han vuelto exigentes. El público quiere sólo lo que está sonando en la radio”.
“Tengo la impresión”, intervine, “de que después que anuncian la cartelera del carnaval, las estaciones de radio se empeñan en poner a todas horas música de los artistas que vendrán. ¿No es una especie de fraude para aparentar eso que dices?”
El funcionario jugueteó unos segundos la verdura con un mondadientes, antes de despedirme de la discusión con un “No”.


DEL DISFRAZ Y OTROS DEMONIOS

No supe si era un reencuentro generacional, pero la sala estaba repleta de chicas de las que estuve enamorado por lo menos una vez. Es la consecuencia natural de haber estudiado en una facultad donde el 80 por ciento del alumnado eran psicólogas.
 “Lo mejor del carnaval son los disfraces”, argumentó uno de mis ex compañeros de licenciatura. “Te vistes de mestiza o sacerdote, cumples un rol que no te pertenece”. 
La paradoja del mundo contemporáneo, me dije mentalmente, es que alguien tenga que disfrazarse para sentirse un poco más libre.
“Es como desencadenar a los demonios”, se involucró una amiga, cuya tesis sobre la necesidad de usar ropa de látex durante el noviazgo le mereció una mención honorífica.
Le pregunté qué disfraces le habían hecho sentir tal liberación.
“A los tres últimos bailes de caridad que he asistido, he ido de vaquera, de princesa y de china poblana”.
“¿Vestirte de china poblana te hace sentirte más libre?”, pregunté francamente sorprendido.
“Es una forma de ser lo que la sociedad no te permite”, dijo como si eso fuera una respuesta. “Bueno no sé”, le espetó una ex compañera que acababa de unirse a la plática, “ver a mi jefe en una foto disfrazado de Condonmán lo hizo ciertamente más humano, pero también hizo que le perdiera todo el respeto que le tenía”.
“¿El carnaval nos acerca entonces al prójimo?”, inquirí.
“Sí, de hecho nos acerca más de lo que quisiéramos, por ejemplo con la gente odiosa con la que estudiaste en la carrera y que te ves obligado a saludar a cada rato durante el Sábado de Bando”.
Pensé entonces que quizás el carnaval tuviera que ver con borrar barreras sociales: el dinero, la clase, la filiación política.
“Hasta crees”, me respondió la chica, “si así fuera nadie sería rey y todo mundo sería comparsa”.
La monarquía del carnaval, reflexioné. ¿Estaría ahí el centro de su fascinación? 


UNO SOÑABA QUE ERA REY

El coffee break del Congreso de Historiadores era un buen lugar para rastrear el enigma de los reinados efímeros del carnaval. Al fin de cuentas, estos señores de pelo canoso y anillos de tres universidades distintas en sus dedos, habían examinado la desmesura del poder a través del tiempo.
“El carnaval revive cada año las monarquías, pero en condiciones de austeridad”, dijo quien quizás sea el más prestigiado miembro del Colegio de Historia. “Se coronan a reyes de cualquier gremio: el rey de los motorrepartidores de tortilla y de las modistas sindicalizadas. Cada barrio, cada esquina, cada escuela particular que opera al margen de Secud o compañía de seguridad sin permiso puede elegir su rey y su reina”.
Pregunté si la expresión “Elegir un rey” no era una especie de contradicción, ¿dónde habían quedado la imposición y el derecho de sangre?
“Tienes razón”, reflexionó mi interlocutor. “Hace unos trescientos años era impensable, pero igualmente era impensable que los castillos se volvieran museos o que algunos súbditos se ganaran la vida escarbando en la intimidad real. En nuestros tiempos no contemplamos la contradicción: algo tan insólito como que la muchedumbre francesa en lugar de pedir la cabeza de Luis XVI, pidiera a gritos otro baile”.
“Pero el carnaval logra de entrada lo insólito”, insistí, “vuelve la realeza democrática”.   
“Sí. Lo más curioso del carnaval es que teóricamente cualquier puede llegar al trono, cada año hay un derrocamiento y cada año una nueva coronación. En época de carnaval, los golpes de estado no vienen en guerrillas acuarteladas sino en filas de conga”.
“¿Por qué los carnavales necesitan un rey?”, dije. Expresar esa duda me tomó incluso a mí por sorpresa. “Es decir, ¿quién diablos instituyó el régimen monárquico para las celebraciones carnestolendas?”
“No lo sé. Quizás los motivos son tan remotos que ya nadie los cuestiona. En Campeche sólo la tradición es inapelable, así que es tradicional lo que está fuera de discusión”.
El ilustre pensador tomó una última galleta antes de cambiar mi compañía por la de una edecán.

LA IZQUIERDA LAS PREFIERE RUBIAS

“Incluso el carnaval ha sido privatizado por los ricos”.
Aquel camarada había salido de guerrillero cubano el año pasado, pero pocos lo reconocieron y más de uno creyó que se trataba del equipo de seguridad de Susana González.
 “Ve esos niños”. La tele transmitía un concurso de comparsas infantiles. “Tienen colgadas más joyas que un rapero de MTV”.
Apenas alcancé a sonreír.
“¿Sabes algo?”, dijo el camarada, quien estaba a punto de lanzar otra de sus peroratas sobre la lucha de clases en las fiestas carnestolendas.
“¿Qué?”, quise saber.
La televisión transmitía en ese momento el recuento de carnavales pasados, con una pasarela de reinas de escuelas particulares.
 “Una niña fresa es la única cosa buena que ha traído el capitalismo”.