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Tediósfera

¿Tienes 31 minutos?

¿Tienes 31 minutos?

 

1. En una escena memorable, 31 minutos busca ser un programa educativo: Aquí.

2. ¿Qué pasa cada vez que te dicen: "Estás más gordo"? Aquí.

3. Conversaciones con Dios. Aquí.

4. ¿Crees que Daft Punk es cool? Espérate a escuchar a los Computadores de Paine. Aquí.

5. El pintor más rápido del mundo visita 31 minutos. Aquí.

6. Encuesta de Mico el micrófono: ¿Y a usted cómo le dicen? Aquí.

7. Don Quijote y los molinos de viento. Aquí.

 

 

A mí que me expliquen con títeres

A mí que me expliquen con títeres

Para Gabriela, por el extraordinario título


Lo mejor de 31 minutos es que produce el efecto de una película porno a la inversa: lo vemos a escondidas, precisamente porque no es para adultos. Constituido por títeres que dan las noticias (literalmente, no es ninguna metáfora), el programa chileno se ha erigido en sus tres temporadas como una de las apuestas más inteligentes de la televisión actual. Y no sólo en el rubro infantil, hago la aclaración.
La emisión fue concebida por los periodistas Pedro Peirano y Álvaro Díaz,  quienes adaptaron su conocimiento del medio para crear un noticiero que fuera atractivo para los pequeños, pero que no resultara un simple catálogo de consejos para crecer. Nada de enseñar los números, nada de dar catecismo para ser buenos. Los mismos creadores lo explican: “Nuestros personajes son más bien moralmente relativos, no son perfectos, (pero) tienen su pequeño oficio, o sea, (…) no son un modelo para los niños”.
Así nació 31 minutos, un ejercicio de subversión continua, un programa que se ha vuelto de culto para los adultos, quienes disfrutan el ingenio de sus canciones, las peripecias de sus personajes y sus sorprendentes acercamientos a la realidad.
Lo mejor de 31 minutos es que está hecho, de verdad, con tres pesos (chilenos, aclaro). Sus títeres parecen salidos de cualquier cajón de sastre o de la repisa de peluches de quien fue adolescente en los ochenta. Tulio Triviño, Juan Carlos Bodoque, Policarpo Avedaño, Mico el micrófono y el superhéroe Calcetín con rombos man, entre otros personajes, tienen más que ver con un bazar de ropa usada que con un set de televisión. Sin embargo, su encanto proviene, como sucede con el ser humano, de haber cobrado vida a partir de un material tan precario.
Lo que menos quiere ser 31 minutos es un programa educativo, lo que no significa que deje de educar. Es decir, su pedagogía proviene de compartir una visión crítica sobre el mundo, una poco complaciente postura acerca de la realidad. No por nada es un programa que incluso critica a la televisión. En el video “Doggy Style” unos perros cantan el itinerario de lo que hacen mientras su amo no está. Entre las muchas libertades que se toman dentro de la casa está el ver “la basura que dan en la televisión”.
¿Cómo evita 31 minutos la ñoñez? Con un humor que resulta incluso disfrutable para los adultos. Los productores de otros programas infantiles cometen el pecado frecuente de creer que sus emisiones sólo serán vistas por niños, o peor aún, que nunca hay que mencionar nada que no sea entendible para los infantes.  Peirano y Díaz saben que eso es mentira, que los niños saben muchísimas más cosas de las que quisieran sus padres. Al fin de al cabo ambos habitan un mismo mundo y alternan su propia biografía con la historia que le llega desde la escuela y los noticieros. Los periodistas chilenos lo explican de esta manera:
“Estamos seguros de que no es necesario que los niños comprendan todo del programa, porque a veces usamos palabras que no son aún muy conocidas por ellos, pero al ponerlas en su mundo estamos abriéndolos un poco más”. Esa declaración está sin duda emparentada con aquella memorable frase del filósofo Ludwig Wittgestein (“Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje”), pero también con la idea (debida a Michael Ende) de que “cuando algo es inteligente lo es para personas de cualquier edad”.
31 minutos trata problemas actuales. En uno de sus mejores capítulos el artista extranjero Jacobo Fotonolovsky llega a la ciudad para fotografiar a cientos de títeres desnudos. El reportaje, una abierta y divertida alusión a Spencer Tunick, recoge incluso las “protestas de grupos de amargados que no tenían nada que hacer”, quienes con pancartas en mano gritan: “¡Inmoral, inmoral!” La escena del desnudamiento colectivo de guiñoles es una de las cosas más divertidas que pueden verse en televisión.
Quizás el eje más representativo de esta serie sean las canciones. Presentadas a manera de top (donde los artistas suben y bajan en el rankin), la banda sonora de 31 minutos no sólo es un despliegue de deliciosas melodías sino de las temáticas más diversas. Desde “Yo nunca me he sacado un siete” (cuya inolvidable estrofa reza: “El psicólogo dijo: dislexia, el cura: semilla del mal, los padres que soy mala junta y el rector sólo me quiere echar”) hasta “Equilibrio espiritual” (donde un quemante Freddy Turbina cuenta cómo le quitó las rueditas chicas a su bicicleta).  
En este rubro tengo que apuntar a mis favoritos: “Me cortaron mal el pelo” (“ni con partidura en medio, esto no tiene remedio”), “Ring raja” (sobre la adrenalina que desata tocar un timbre y salir corriendo), “Ríe” (¿en qué otra tonada de motivación se puede escuchar la frase: “Porque en esta vida siempre vas a fracasar, jajaja”?) y “Tangananica, tangananá” (nadie sabe qué diablos significa pero es uno de los himnos del programa).
¿Esto es lo que ven ya los niños? ¡Qué bueno! 31 minutos es más crítico que muchos noticieros con gente de carne y hueso (por ejemplo, su parodia de los teletones, “el mangueratón”, es una caricatura puntual del altruismo vuelto espectáculo). Y para quien no me crea que los niños están viendo cosas más inteligentes que sus hermanos mayores o sus papás, van unos versos de la canción “Yo opino”, interpretada por “Joe Pino y sus Maniacodepresivos”:

 “Yo Opino que si opino un pensamiento / Que me venga a la cabeza / Hago crítica social”.
“Yo Opino que el Gobierno está en lo cierto / Y también equivocado / Dependiendo de qué lado”.
“Yo Opino porque leo bien los diarios / Y los leo diario a diario / Para seguir opinando”.

 Vaya, es tan cierto que no deja de dar risa.
31 minutos es transmitido por Canal Once, de lunes a viernes, a las 2:30 de la tarde.  

El año en que la política se quedó sin palabras

El año en que la política se quedó sin palabras

La huelga de guionistas en Estados Unidos, que ya va por su tercer mes, cobró este domingo una víctima más: la ceremonia de los Globos de Oro. ¿Por qué?
Entre otras cosas, porque los simpáticos y naturales anfitriones de ésta y otras premiaciones se quedaron sin nada que decir entre galardón y galardón: no había quien les escribiera las bromas.
Sólo hasta este momento en que empiezan a suspenderse las grandes galas, en que las series norteamericanas están llegando al límite de su reserva de capítulos pregrabados y en que la amenaza de más reality shows se cierne sobre nuestras cabezas, volvemos la vista hacia la importancia de los escritores, esos señores que desde la sombra hacen posible la televisión y el cine.
“Pero eso es en Estados Unidos”, me dirá alguien y no le faltará razón. “En un país como el nuestro donde se puede hacer televisión sin el mínimo de literatura, por no decir el mínimo de inteligencia, los escritores nunca serán capaces de desestabilizar a los grandes medios”.  
Pero imaginemos este caso: que no sean los guionistas de Hollywood sino los escritores de esa otra ficción que es la política local, quienes se pusieran en huelga. Entonces, el colapso sobrevendría de un modo distinto.
Pensemos en la siguiente noticia:


Huelga de guionistas afecta entrega de premio


 San Francisco de Campeche, Campeche (EFE).- Uno de los eventos más importantes en el estado -la entrega de la medalla Justo Sierra- ha sido suspendido, debido a la huelga que desde hace nueve semanas mantienen los guionistas políticos en la entidad. Debido al paro del Sindicato de Escritores, los oradores de tan importante ceremonia se quedaron sin discursos y el evento se limitó a una desangelada rueda de prensa donde se anunció al ganador.
La huelga de guionistas ha empezado a cobrar estragos en la poderosa industria de la política campechana. La administración estatal ha decidido cancelar sus ceremonias cívicas por falta de palabras oficiales y ha anunciado el despido de decenas de edecanes y del servicio de banquetes. Los partidos por su parte han dejado de enviar comunicados para fijar posturas y han desistido de los boletines. En conjunto se calculan pérdidas semanales de un millón de mails.
Al ser el 2008, un año de posicionamiento político de cara al año electoral, esta huelga podría convertirse en una auténtica catástrofe para los aspirantes a un cargo público. De acuerdo a estimados de los propios medios, debido a la crisis de guiones han dejado de publicarse al menos 14 artículos diarios destinados a ensalzar o criticar a un político. Y lo peor: el público ya empieza a aburrirse.
“Los lectores saben que sin la mala leche, los medios ya no son lo mismo”, declaró Mariana Orlachea, experta en periódicos y medios electrónicos.
Las campañas de descalificación entre posibles candidatos han quedado suspendidas por tiempo indefinido. Ningún columnista ha salido en defensa o detracción de nadie, lo que le ha quitado sabor a la lucha por los puestos de elección popular. Incluso, las conocidas figuras públicas que firmaban penetrantes columnas han dejado de hacerlo, ante la ausencia de gente que se las redacte.
Quizás uno de los sectores que más daños ha reportado por la huelga sea el Poder Legislativo. Recordemos que en la última sesión del 2007 (el 20 de diciembre, un mes después de que estallara el paro), ningún diputado pidió la palabra en Asuntos Generales, aún cuando meses atrás ese mismo espacio había sido utilizado para avivar encendidas polémicas respecto a temas urgentes como la seguridad y el derrame de petróleo. 
“¿Hoy no va a hablar nadie?”, preguntó en aquella ocasión Laura Baqueiro, presidenta de la Mesa Directiva. “¿Nadie va a tratar nada?, ¿nada sobre el gasolinazo, diputado Cutz Can?, ¿nada sobre Pemex, diputado Cruz Coronel?”
“Es que el diputado Cruz Coronel no tiene quien le escriba”, dicen que gritó alguien dentro del recinto. Las risas del público inundaron la sala como si se tratara de una Sitcom.
La situación ha llegado a tal grado que la LIX Legislatura está pensando seriamente suspender su segunda temporada, al haberse agotado los guiones para sus sesiones. En su defecto los diputados analizan la posibilidad de reproducir viejos debates en tribuna a fin de seguir cobrando sus sueldos.
Recordemos que la última huelga de este tipo se dio en 1857 (crisis que no concluyó sino hasta 1863), cuando Pablo García, Pedro Baranda, Tomás Aznar, Juan García Poblaciones, entre otros guionistas campechanos, resolvieron separarse del sindicato yucateco, por su nula influencia en las decisiones del gremio.
 
Hasta ahora no se perfila solución alguna a este conflicto laboral que atañe a escritores, partidos y el Gobierno. Cabe destacar que el paro surgió después del fracaso en las negociaciones entre los guionistas y la alianza de políticos. Al parecer, a los líderes locales les pareció excesivo el porcentaje de ganancias que exigían los escritores por redactarles sus discursos o adularlos en sus columnas: el 0.2%.

Mundo de juguete

Mundo de juguete

Uno no va al Paseo de Reyes solamente a comprar un juguete, sino a ser tratado como uno de ellos. Tras una noche en que abundan las palpaciones, los apretujamientos y la sensación de pertenecer a un lote defectuoso, recorremos la calle 53 como los soldados de plástico transitan las guerras infantiles: tan sólo para salir cada vez más maltrechos.
Poco más de 700 puesteros se extienden en ambas banquetas ofertando novedades. Entre peluches, videojuegos, películas, chocolates, carros a control remoto, bicicletas, mascotas y una multitud inimaginable de héroes de caricaturas, el comprador siente que en realidad ha ingresado a un juego infantil: demasiados monstruos, demasiados humanos extravagantes y demasiada violencia sin justificar.
“¿Quién es ese hombre que tanto grita?”, cuestiono. A lo lejos, unos policías discuten con un tipo, mientras le decomisan su mercancía.
“Es un vendedor yucateco”, me explica un puestero. Lo entiendo. En este día y este lugar, un mercader foráneo provoca la misma indignación que un muñeco con plomo.  Nadie se ha dado cuenta lo que simbolizan originalmente los Reyes Magos de Oriente: la intrusión en nuestras casas de extranjeros con obsequios.
“¿Algo para su hija?”, me dice un comerciante mostrándome una muñeca a la que es fácil diagnosticar problemas en la glándula del crecimiento. Quiero aclararle que mi acompañante no es mi hija sino mi hermanita Estephanía, con la que tengo apenas 13 años de diferencia, pero en vez de eso, tomo la muñeca que me ofrece y la observo con detenimiento.
El cuerpo que tengo entre mis manos parece un caso clínico. Le pregunto al hombre si se trata de la tan anunciada “Barbie Botox”, una nueva línea que busca demostrar que las muñecas pueden tener vidas tan decadentes como las estrellas que las inspiraron. En sus modelos más recientes, las Barbies envejecen, pierden la custodia de sus hijos, tienen parejas que toman pastillas “Power Ken” y manejan Cadillacs rosados que acumulan multas junto con el kilometraje.  
Me especifica que NO es una Barbie sino una Bratz. Tengo la sensación de que una Bratz es lo que queda de una Barbie después de vivir la biografía de Britney Spears. 
“Los juguetes cambian con los tiempos. ¿Me vas a decir que te estancaste en el Cubo de Rubik?”, me comenta mi hermanita, breve y ácida como cualquier chica de su generación.“¿Algún personaje de He-man?”, inquiero para redimirme, pero el vendedor sólo alcanza a soltar una carcajada.
“Ay, amigo, éste el Paseo de los Reyes, no el Museo del Juguete de Japón”, me responde. Tomo a mi hermanita de la mano y la saco de ese puesto.
Pregunto a otros vendedores por los GI Joe, por el Osito de Tallak, por los muñecos de Los Tigres del Mar y los Moto-ratones de Marte.
“¿Los Moto-ratones no son la banda esa de delincuentes que atraparon el año pasado, ya sabes, los que robaban trepados en una Dinamo, una Italika y una Suzuki?”, me pregunta extrañada mi hermanita.
Sólo hasta ese momento comprendo la enorme distancia gerenacional que significan 13 años.
Seguimos nuestro camino, pero ahora me modero en mis peticiones a los comerciantes: pregunto por las autopistas Scalextric, el Fabuloso Fred y el Hombre de Malvavisco de los Cazafantasmas.
Nadie me da razón de esos juguetes.
Cuando empiezo a hablar de los Walkie Talkies o el Atari 2600, Estephanía me cuestiona: “¿Te has dado cuenta de que hay un montón de tipos como tú, que se pasan la vida recolectando los juguetes que nunca tuvieron de niños?”
“Es verdad”, pienso y recuerdo precisamente a mi ortodoncista, capaz de gastar la ganancia de todo un mes en un casco de Stormtrooper.  
“Quizás sea la forma ideal de vengarnos de una niñez en la que no tuvimos muchas cosas”, aventuro.
“Eduardo”, me recrimina mi hermana, “eres un señor. Nada justifica que cada seis de enero hurgues en la caja de juguetes de tu sobrino para robarle un Pokémon”.
No sé qué responderle. Pienso decirle que hago eso para evitar una crisis demográfica en el cuarto del pequeño Eduardo Alberto, pero no digo nada. Miro a todos lados para encontrar un puesto que acabe ese tema de conversación.
“¿Qué venden allá?”, pregunto señalando una mesa atendida por un hombre rapado y rudo, con el cuerpo tan fornido como el de un Max Steel.
“Son tatuajes temporales”, me explica Estephanía.
“¡Qué!”, reclamo ofendido, “¿a qué juegan los niños ahora?, ¿a la penintenciaría, a los maras salvatruchas?”
“¿No me digas que nunca te pusiste un tatuaje de niño?”
“Mamá nunca me lo permitió, porque en la tele decían que tenían droga. Desde entonces paso la vida haciéndome dibujos en el muslo con una pluma”.
Too much information”, me dice mi hermanita, tapándose los oídos.
Caminamos haciéndonos espacio entre la gente. Cada que mi brazo roza inevitablemente el cuerpo sudoroso de algún hombre obeso que parece villano de Action Man me vienen dos preguntas a la mente: Estamos ya a día seis, ¿no se supone que nadie tiene dinero?, ¿qué hace esta multitud avanzando por esta angosta calle?
Estephanía secunda a mi duda, casi por casualidad: “No sé qué placer encuentra la gente en venir a ver muñecas que no puede pagar”. 
“Yo sí lo comprendo”, le respondo; “es como ir a la disco”.
Ella ríe, pero en el fondo sé que piensa: eres un caso patético.
Vemos otros tres puestos más. Las nuevas diversiones están encabezadas por muñecas que bailan el perreo, por efigies plásticas de los RBD, por juegos de mesa donde uno avanza si contesta preguntas sobre televisión.
“Hasbro debería hacerle caso a tu amigo Fernando”, me comenta Estephanía, “debería sacar un juego tipo Maratón, que tenga un atajo como el que tomó Roberto Madrazo en Berlín”.
“Ya existe”, le digo, “se llama Elecciones 2009. El chiste es no quedarse callado bajo ninguna circunstancia. Tiene casillas de castigo como Escándalo Periodístico o Encuesta Desfavorable, donde el jugador termina por perder tantos turnos como quiera el contrincante”.  Pasa un policía y me lanza una mirada de extrema desconfianza.
Seguimos nuestro camino. En el trayecto me encuentro a diez compañeros de generación: todos tienen por lo menos un niño en brazos. Descubro otro placer del Paseo de Reyes: es como ojear un anuario, con la única diferencia de que aquí todos los retratos envejecen. 
 
Estephanía y yo salimos por fin. Damos un profundo respiro como quien sale vivo de un estadio al final de un Clásico de Fútbol. Enfilamos la marcha hacia el paradero de minibuses. Como cientos de campechanos, no compramos absolutamente nada.

Claves para entender el cambio de año

Claves para entender el cambio de año


Balances. Las personas están obsesionadas con saber si vivieron un buen año. Tras ver al 2007 como una transacción de dudoso provecho, recurren a la memoria para convencerse de que no dejarse morir ha sido al fin de al cabo un negocio rentable. Si se comparan las ganancias con las pérdidas, siempre se tendrán números rojos, pero la fiesta de fin de año da la oportunidad de hacer perdedizos algunos malos momentos, de inflar la nómina de personas agradables, de acrecentar el porcentaje de Interacción con los Viejos Amigos (IVA) y finalmente lograr que las cuentas cuadren a favor.

Propósitos (1). El día 31, uno se siente con la obligación de trazar objetivos a corto y a mediano plazo. Nada garantiza que se vayan a cumplir y no importa; los propósitos son como las tarjetas de Visión y Misión de las gerencias empresariales, las palabras de amor o la hoja de justificación en los proyectos de tesis: un género de ficción cuya musa mayor es la Prisa.

Propósitos (2). Dice un poema: “Cada que me propongo cambiar/ cambio de opinión”.

Bajar de peso. Nadie está conforme con su cuerpo. Menos en diciembre. Es como si los espejos se pusiera de acuerdo y proyectaran a fin de año la peor imagen de nosotros mismos: agotados, cachetones, con demasiada ropa de nuestra talla que nos queda chica. Es en ahí, frente al espejo, cuando uno se propone las grandes conquistas: el trabajo bien remunerado, la chica de sus sueños, el peso ideal.  Cuando no logramos ninguna de estas tres cosas, dejamos el mal empleo en la oficina y la novia celosa en casa; pero no podemos abandonar el cuerpo en ninguna parte. Es como llevar el memorando de nuestros fracasos siempre a cuestas.

Felicitaciones por correo. La industria de fin de año no es la de los vinos sino la de los buenos deseos. El correo se nos satura de personas que hemos conocido apenas una vez y que nos desea el mejor de los años. Y lo más triste de todo es que de no ser por ellos -esos héroes de las bendiciones masivas- nuestra bandeja de entrada sería un lugar lúgubre y desierto, casi como nuestra vida.  

Festejos. Una tradición muy mexicana señala que de acuerdo a lo que hagamos durante las primeras doce horas del año, podemos intuir cómo viviremos el 2008. Según mis observaciones la mayoría de las personas vivirá en el alcohol de enero a mayo, cortejará a una chica fea en junio, estará abrazada a un árbol en julio, romperá una botella y estará a punto de liarse a golpes en agosto, de septiembre a noviembre bailará con una señora que apenas conoce y pasará todo diciembre tratando de volver a casa. 

 Reuniones. ¿Con quiénes festejar el inicio del 2008? En el deseo de estar en las fiestas de todos se termina por no estar realmente con nadie. El asunto se complica más cuando se tiene pareja, pues habrá que dividir el tiempo (esas 10 horas que nunca darán para nada) entre las familias y los amigos de ambos. Los camaradas son especialmente cuidadosos en recordarte que no estuviste con ellos en la primera fiesta del año.

Viejos conocidos. Siempre vuelven en diciembre y enero. Se desaparecen por años (estudian maestrías pero nunca se titulan, se casan, se mudan de ciudad dos o tres veces, tienen hijos) y luego regresan a pedirte cuentas de tu vida: ¿qué has hecho?, ¿dónde trabajas?, ¿cuándo vas a casarte? Son implacables: proponen nuevas reuniones con la generación, nunca olvidan un apodo ni tampoco los momentos más vergonzosos de tu vida universitaria. A mitad de enero regresan a sus propias biografías cotidianas en algún lugar del país. Durante 11 meses no sabemos nada de ellos (pese a que nos piden nuestro correo electrónico y nos prometen añadirnos al messenger). En diciembre están otra vez de vuelta con el mismo arsenal de mala leche. Ya no sabemos qué más hacen, quizás sólo viven para regresar. 
                                                                                                             

Reparaciones. Parece saludable hacer reparaciones en nuestras casas en enero; desafortunadamente nunca le atinamos a las prioridades. Pintamos primero la fachada, aunque sea la cocina la que esté a punto del derrumbe; ponemos alfombras, pero no reparamos el techo. Cuando las goteras empiezan a ser abundantes por el frente frío, nos justificamos: “Puse la tapicería precisamente para que absorbiera el agua que cae”. 

Depresiones. En diciembre acontece lo que los economistas afectivos llaman el “aguinaldo emocional”: el cobro (en una sola exhibición) de todas nuestras tristezas no gastadas a lo largo del año. Cada quincena recibimos una dosis de abatimiento que es necesario derrochar, pero siempre hay un porcentaje que se va acumulando en nuestras cuentas personales. Ese saldo en contra sale a flote en diciembre, quizás un poco antes. A veces es tan grande que una sola botella no alcanza para acabar con él.    

Recetas para el fin de año

Recetas para el fin de año

Algo, sin duda, conecta el final de un año con el principio del siguiente: la comida. La última semana de diciembre es muy abundante, la segunda semana de enero es sumamente escasa. Los últimos días del año todo está en oferta en los supermercados, dos semanas después nada está al alcance de nuestros bolsillos. Estamos acostumbrados a los grandes convites de Navidad y a padecer la primera quincena del año entrante como si fuera la justa penitencia por cada uno de nuestros excesos. ¿Qué preparar para la temporada a punto de concluir? Mis amigos chefs (ocupación que desempeñan en sus momentos de ocio, laboralmente son “chiefs”: padres de familia, gobernantes, jefes de oficina o magistrados) nos recomiendan cinco platillos esenciales para no olvidar el año que termina.   

  Para la Nochebuena: Cena en familia

Ingredientes:
1.3 kilogramos en petardos
6 piromaniacos menores de 12 años
7 familiares políticos (conservados en licor)
8 cartones de caguamas
12 señoras

Modo de preparación: Revuelva a las señoras con los borrachos, haga correr de un lado a otro a los niños. La proporción ha de ser exacta para dar la idea de que ha reunido en un mismo lugar a un geriátrico y una guardería. No olvide un poco de música de “El Pulpo de los teclados” o el Tropirrollo del grupo “I”. Impregne las cortinas de pólvora reventando palomitas cerca de la ventana. Dore las felicitaciones; que uno de sus cuñados saque la guitarra e interprete “Tiburón, tiburón” (él afirma con absoluta fe que la compuso y que se la robaron). Sirva mucho alcohol a los invitados. Machaque esos seis chistes sobre gangosos que tanto le funcionan. Aderece la reunión con la llegada de un vecino que se llame “Don Gema” o “Don Gemita”, dependiendo de la hora. Deje marinar a todos los involucrados hasta las 6 de la mañana.

   Para el trabajo: Pavo fingido

Ingredientes:
Un anuncio de pavo
Mucho trabajo extra
Dos boletos para el circo de la Anaconda
Una jugosa rifa en la oficina de enfrente

Modo de preparación: Deje correr el rumor de que no habrá fiesta en la oficina, porque cada uno de los empleados disfrutará –en el menor de los casos- de un pavo de 10 kilos, entre otras cortesías. Con el sabor que promete esa carne, añada trabajos especiales para fin de año (digamos que un cierre contable). Espolvoree las palabras, como por ejemplo: “Tenemos algo especial para ustedes por todo ese esfuerzo”. Finalmente y mientras los trabajadores de otros departamentos se llevan a sus casas refrigeradores y televisores de plasma de regalo, producto de apetitosas rifas de fin de año, descubra el platillo para sus subordinados: unos boletos para un circo que ni siquiera está ya en la ciudad.

  Para el camino: Bache a la Divo

Ingredientes:
Cuatro metrosexuales que canten ópera
Un presupuesto limitado
Cien calles a la Gruyere
Dueños de hoteles en almíbar

Modo de preparación: Mezcle capital privado y público y deje al horno. Cuando la importancia del turismo se vea lo suficientemente inflada, divídala en tan pocas porciones que el merengue sólo les tocará a sus invitados especiales. Mantenga frescos a cuatro hombres presentables y revuélvalos con una promoción espectacular para repartir en un banquete. La ración da para entre 10 mil o 45 mil personas, según sus necesidades. Después de ese platillo, deje para el postre la centena de calles Gruyere para todo el año y una cuenta por 7 millones (más el 15% para el mesero).

  Para las Triples Bodas de Oro: Pastel del 150 aniversario 

Ingredientes:
Un comité organizador de los festejos del 150 aniversario de la emancipación política de Campeche
Un monumento de azúcar compacta en forma de montaña rusa
Una esfera de concreto
Cortes de agua diarios

Modo de preparación: Eche la casa por la ventana, no importa que no tenga ni para pagar la educación de los adolescentes de la familia. Contrate a los más caros pasteleros de la ciudad (aunque sólo sepan hacer diseños de figuras geométricas). Para hacer más espectacular el festejo construya una base para el pastel del tamaño de una glorieta. Que los reposteros hagan las mezclas pertinentes, aún así dejen sin agua y sin luz a toda la colonia. Para evitar los enojos usted escribirá con merengue sobre su pastel: “Cumpliendo compromisos”. A los seis meses, el pastel seguirá sin tener forma, pero le habrá metido tanto dinero al producto que no quedará otra que decir: “Salió tal y como lo habíamos planeado”.

  Para la bilis: Justicia Ciega (corte a la Suprème)

Ingredientes:
6 ministros caducos
Dos botellas “bellísimas” de coñac
Seis cucharadas de azúcar “Kuri”
Un cordero del hato de Olga Sánchez

Modo de preparación: Deje reposar por meses un voluminoso expediente con pruebas.  Revuelva afirmaciones, reste gravedad a una detención con un poco de terminología jurídica al gusto. Distinga entre una violación “grave” a las garantías y una violación “gravísima” (diferencia importante según el conocido chef Mariano Azuela, pero sólo perceptible para básculas muy precisas). Cuando la opinión pública esté al punto de la ebullición, corte en cachitos el 97 constitucional, déjelo al sol hasta que fermente y tíreselo a los perros.

De cómo el vecino se robó la Navidad

De cómo el vecino se robó la Navidad

La Navidad llega cada año a mi colonia con bajones de corriente. “Es el Adviento que está forrando su casa con luces”, explica mi hermana, quien para entonces experimenta la extraña responsabilidad de desempolvar el árbol. Me explico: el vecino de la esquina pone tanto empeño para recordarnos la época decembrina que en la calle donde vivo todos le llamamos “el Adviento”.
Sobra decir que el nacimiento de mi vecino –a quien también apodamos “Sadicolás”- es tamaño real y ocupa toda la cochera. La pregunta es ¿dónde diablos mete durante 11 meses esas imágenes de porcelana, cuyo volumen total sería el equivalente a una familia de granjeros menonitas, formados en una fila del supermercado? Misterio. Cada que paso por su establo judío minuciosamente construido, siento que alguien bufa, pero siempre me ha dado miedo comprobar qué es.
El Adviento es un decorador nato. Bueno en realidad es un acumulador de afiches navideños de las últimas tres décadas. Según mis cálculos su afición proviene de principios de los ochenta y tiene su máximo esplendor en los noventa con las promociones decembrinas de los refrescos embotellados. Si la casa del Adviento fuese un antiguo imperio, diríamos que ahora vive en un periodo clásico de decadencia, caracterizado por la abundancia de vestigios y la escasez de habitantes.
¿Qué decir de su personalidad? Mucho. Es un hombre que cree fielmente en la hermandad vecinal, una pretensión un poco más complicada que la paz en Medio Oriente, si tomamos en cuenta lo difícil que resulta conciliar al viejo nudista de la esquina con “los maestros del perreo” que viven al lado. En ese contexto, el Adviento está convencido de ser el mediador por excelencia, un demócrata natural, incapaz de resolver una fuga de agua si no es por consenso.
Cuando llega la época decembrina, el vecino inicia una peregrinación de casa en casa para explicar el significado espiritual de esta importante fecha. Habla de los niños de la calle y de los ancianos del asilo, con tanta pasión que uno podría conmoverse, de no saber que para el Adviento es inmoral dar dinero a los cerillos del súper. Además es un supervisor de hogares. Cuando entra a una sala ajena, el propietario puede leer en esa mirada que recorre cada rincón, las siguientes recriminaciones: “¿Eso es un árbol?” “Vaya, hace tiempo que no veía heno artificial de 1989” “¿Cascada de luces con un foco fundido? Interesante concepto” “¡Por favor!, ¿cómo puede usted preferir los discos de Ray Coniff a los auténticos villancicos mexicanos?”
La otra vez el Adviento quiso organizar un intercambio de regalos con toda la cuadra, con la única condición de nos escribiéramos cartas de amigo secreto.  No quise hacerle ver que hace mucho que nos habíamos graduado de la preparatoria y mejor le pregunté qué relación tenía eso con la Navidad.
“Está en la Biblia”, me dijo con la seguridad de quien ve los programas de la madre Angélica por EWTN todos los días. “Farés era amigo secreto de Serón, Serón de Aram, Aram de Anirabad”.
“Es verdad”, respondí, “Me olvidaba que en tiempos del censo romano, las personas se saludaban unas a otras diciendo: Hola, cómo estás, espero que bien”.
El vecino me lanzó esa mirada que  bien pudo haber puesto Dios antes de dejar caer la primera gota del Diluvio:
“Se ve que eres de los que nunca participaban en las preposadas de su escuela”.
Y era verdad. Mis años de estudiante me enseñaron que sólo hay una cosa peor que una posada: una preposada. Los más originales siempre organizaron una entrega de premios con nombres de películas; a los menos sólo les alcanzó la imaginación para un intercambio de regalos. No importaba la variante, lo rutinario era caer en una espiral de aburrimiento: cuando la fiesta se realizaba en una casa particular, terminaba  con el juego de la botella; cuando se hacía en una discoteca, había suficiente pista para bailar break dance.
Pero el vecino además es un melómano empedernido. Su colección abarca cualquier disco compacto navideño que ponga en oferta alguna cadena comercial. Su álbum preferido, al parecer, es una compilación donde Pandora interpreta “Los peces en el río” y en donde decenas de artistas, de esos que alguna vez tuvieron fans, entonaban “Ven a cantar que ya esta aquí la Navidad”. Honestamente, una vez descartada la idea de que hay algún valor musical en esas canciones, el disco sólo sirve para recordar a qué sonaba la voz de Oscar Athie.
El Grinch creyó erróneamente que llevándose los regalos podría robarse la Navidad. Era más fácil ser un fanático de la Nochebuena como el Adviento para provocar en los demás la absoluta abulia por el fin de año. Desde que lo conozco, la Navidad me parece  un juego mecánico: una vez que estás arriba sólo queda cerrar los ojos y esperar a que pase el tiempo estipulado para el mareo.   

Indispensable

Indispensable

Gianni Rodari no sólo es un teórico notable y transparente de la creación de historias (su Gramática de la fantasía es todo un clásico), sino un ejemplar practicante de un humor que le apuesta a lo inesperado, rayando en lo surrealista. Celebro este año haberlo descubierto en una feria del libro, por puro instinto. Sus Cuentos escritos a máquina (Alfaguara Infantil) son un tour de force por las historias más increíbles, divertidas y tremendamente críticas que pueda leer niño alguno. Aparecidos originalmente en el periódico Paese Sera, los cuentos de Rodari muestran una prosa rapidísima, concisa y que nunca decae. Algunos de sus relatos más notables: “El cocodrilo sabio” (un lagarto que busca concursar en Doble o nada), “La muerte de Julio César” (los alumnos de una escuela viajan en el tiempo para corroborar cuántas puñaladas recibió el César en su muerte), “Piano Bill y el misterio de los espantapájaros” (un western, donde el forajido no tiene mayor arma que interpretar a Bach en un piano) y “La guerra de los poetas, con muchas rimas en ó” (una joya, para qué les arruino con algún detalle).