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Tediósfera

Mundo de juguete

Mundo de juguete

Uno no va al Paseo de Reyes solamente a comprar un juguete, sino a ser tratado como uno de ellos. Tras una noche en que abundan las palpaciones, los apretujamientos y la sensación de pertenecer a un lote defectuoso, recorremos la calle 53 como los soldados de plástico transitan las guerras infantiles: tan sólo para salir cada vez más maltrechos.
Poco más de 700 puesteros se extienden en ambas banquetas ofertando novedades. Entre peluches, videojuegos, películas, chocolates, carros a control remoto, bicicletas, mascotas y una multitud inimaginable de héroes de caricaturas, el comprador siente que en realidad ha ingresado a un juego infantil: demasiados monstruos, demasiados humanos extravagantes y demasiada violencia sin justificar.
“¿Quién es ese hombre que tanto grita?”, cuestiono. A lo lejos, unos policías discuten con un tipo, mientras le decomisan su mercancía.
“Es un vendedor yucateco”, me explica un puestero. Lo entiendo. En este día y este lugar, un mercader foráneo provoca la misma indignación que un muñeco con plomo.  Nadie se ha dado cuenta lo que simbolizan originalmente los Reyes Magos de Oriente: la intrusión en nuestras casas de extranjeros con obsequios.
“¿Algo para su hija?”, me dice un comerciante mostrándome una muñeca a la que es fácil diagnosticar problemas en la glándula del crecimiento. Quiero aclararle que mi acompañante no es mi hija sino mi hermanita Estephanía, con la que tengo apenas 13 años de diferencia, pero en vez de eso, tomo la muñeca que me ofrece y la observo con detenimiento.
El cuerpo que tengo entre mis manos parece un caso clínico. Le pregunto al hombre si se trata de la tan anunciada “Barbie Botox”, una nueva línea que busca demostrar que las muñecas pueden tener vidas tan decadentes como las estrellas que las inspiraron. En sus modelos más recientes, las Barbies envejecen, pierden la custodia de sus hijos, tienen parejas que toman pastillas “Power Ken” y manejan Cadillacs rosados que acumulan multas junto con el kilometraje.  
Me especifica que NO es una Barbie sino una Bratz. Tengo la sensación de que una Bratz es lo que queda de una Barbie después de vivir la biografía de Britney Spears. 
“Los juguetes cambian con los tiempos. ¿Me vas a decir que te estancaste en el Cubo de Rubik?”, me comenta mi hermanita, breve y ácida como cualquier chica de su generación.“¿Algún personaje de He-man?”, inquiero para redimirme, pero el vendedor sólo alcanza a soltar una carcajada.
“Ay, amigo, éste el Paseo de los Reyes, no el Museo del Juguete de Japón”, me responde. Tomo a mi hermanita de la mano y la saco de ese puesto.
Pregunto a otros vendedores por los GI Joe, por el Osito de Tallak, por los muñecos de Los Tigres del Mar y los Moto-ratones de Marte.
“¿Los Moto-ratones no son la banda esa de delincuentes que atraparon el año pasado, ya sabes, los que robaban trepados en una Dinamo, una Italika y una Suzuki?”, me pregunta extrañada mi hermanita.
Sólo hasta ese momento comprendo la enorme distancia gerenacional que significan 13 años.
Seguimos nuestro camino, pero ahora me modero en mis peticiones a los comerciantes: pregunto por las autopistas Scalextric, el Fabuloso Fred y el Hombre de Malvavisco de los Cazafantasmas.
Nadie me da razón de esos juguetes.
Cuando empiezo a hablar de los Walkie Talkies o el Atari 2600, Estephanía me cuestiona: “¿Te has dado cuenta de que hay un montón de tipos como tú, que se pasan la vida recolectando los juguetes que nunca tuvieron de niños?”
“Es verdad”, pienso y recuerdo precisamente a mi ortodoncista, capaz de gastar la ganancia de todo un mes en un casco de Stormtrooper.  
“Quizás sea la forma ideal de vengarnos de una niñez en la que no tuvimos muchas cosas”, aventuro.
“Eduardo”, me recrimina mi hermana, “eres un señor. Nada justifica que cada seis de enero hurgues en la caja de juguetes de tu sobrino para robarle un Pokémon”.
No sé qué responderle. Pienso decirle que hago eso para evitar una crisis demográfica en el cuarto del pequeño Eduardo Alberto, pero no digo nada. Miro a todos lados para encontrar un puesto que acabe ese tema de conversación.
“¿Qué venden allá?”, pregunto señalando una mesa atendida por un hombre rapado y rudo, con el cuerpo tan fornido como el de un Max Steel.
“Son tatuajes temporales”, me explica Estephanía.
“¡Qué!”, reclamo ofendido, “¿a qué juegan los niños ahora?, ¿a la penintenciaría, a los maras salvatruchas?”
“¿No me digas que nunca te pusiste un tatuaje de niño?”
“Mamá nunca me lo permitió, porque en la tele decían que tenían droga. Desde entonces paso la vida haciéndome dibujos en el muslo con una pluma”.
Too much information”, me dice mi hermanita, tapándose los oídos.
Caminamos haciéndonos espacio entre la gente. Cada que mi brazo roza inevitablemente el cuerpo sudoroso de algún hombre obeso que parece villano de Action Man me vienen dos preguntas a la mente: Estamos ya a día seis, ¿no se supone que nadie tiene dinero?, ¿qué hace esta multitud avanzando por esta angosta calle?
Estephanía secunda a mi duda, casi por casualidad: “No sé qué placer encuentra la gente en venir a ver muñecas que no puede pagar”. 
“Yo sí lo comprendo”, le respondo; “es como ir a la disco”.
Ella ríe, pero en el fondo sé que piensa: eres un caso patético.
Vemos otros tres puestos más. Las nuevas diversiones están encabezadas por muñecas que bailan el perreo, por efigies plásticas de los RBD, por juegos de mesa donde uno avanza si contesta preguntas sobre televisión.
“Hasbro debería hacerle caso a tu amigo Fernando”, me comenta Estephanía, “debería sacar un juego tipo Maratón, que tenga un atajo como el que tomó Roberto Madrazo en Berlín”.
“Ya existe”, le digo, “se llama Elecciones 2009. El chiste es no quedarse callado bajo ninguna circunstancia. Tiene casillas de castigo como Escándalo Periodístico o Encuesta Desfavorable, donde el jugador termina por perder tantos turnos como quiera el contrincante”.  Pasa un policía y me lanza una mirada de extrema desconfianza.
Seguimos nuestro camino. En el trayecto me encuentro a diez compañeros de generación: todos tienen por lo menos un niño en brazos. Descubro otro placer del Paseo de Reyes: es como ojear un anuario, con la única diferencia de que aquí todos los retratos envejecen. 
 
Estephanía y yo salimos por fin. Damos un profundo respiro como quien sale vivo de un estadio al final de un Clásico de Fútbol. Enfilamos la marcha hacia el paradero de minibuses. Como cientos de campechanos, no compramos absolutamente nada.

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5 comentarios

Rodrigo Solís -

Una gloria de escrito, Eduardo. Justo este sábado platicaba con Lalo lo viejos que somos. Aunque te diré, la disco todavía es mucho peor que el Paseo de Reyes, en la disco además de ser uno de los círculos de Dante, tienes que pagar cover. Es decir, pagas por ver, como el poker, y para colmo uno siempre termina perdiendo, traducción: viendo bailar a la chica que te gusta con un metrosexual.

Karenina -

En ciudad del Carmen hacen algo parecido. De hecho mi novio y y fuimos y me estuvo platicando de la famosa calle 53 y estuvimos recordando nuestra niñez...

Jajaja... me dio risa lo de la barbie botox... saludos.

wilberth herrera -

Muy bueno eduardo. No hay que olvidar que esta tradición campechana, de cerrar la calle 53, (que está a un costado de mi casa)es la razón existencial de los comerciantes: apropiarse de las calles para manifestarse como ellos saben, vendiendo piratería. Un saludo

KurtC. -

Muy bueno, me ataqué de la risa con el tatuaje con droga, porque recuerdo que prohibían y advertían de esas calcomanías de los caballeros del zodiaco.

Luz Sepúlveda -

Muy bueno, como siempre. Ésa y otras dudas me acechan: ¿por qué Liverpool está atascado de gente? Y todos comprando... ¿Qué la crisis nada más la sentimos los de nuestra generación?
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