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La serie que alguien debería regalarme

La serie que alguien debería regalarme

Tengo hartos a todos mis conocidos cada que les hablo de Coupling, la comedia inglesa producida por la BBC y escrita por Steven Moffat. Tres hombres y tres mujeres tensando en cada capítulo las relaciones que pueden existir en un grupo de amigos. Me entusiasma descubrir que Hernán Casciari la reseña para su blog Espoiler. He aquí el vínculo:   
http://blogs.elpais.com/espoiler/2007/12/coupling-una-bu.html   

Para un buen ejemplo de lo que es la serie estos minutos impagables donde los personajes conversan sobre pornografía (con especial dedicatoria para Rodrigo Solís y Wilberth Herrera):  

http://www.stage6.com/user/hernancasciari/video/1966419/ 

Nuevos premios de periodismo

Nuevos premios de periodismo

Cada que llega fin de año me entra una enorme amargura: ninguna dependencia me manda canasta navideña. Eso me hace pensar siempre en las desavenencias del oficio periodístico, que entre otras cosas, en nada garantiza: a) ser conocido, b) ser cooptado, c) granjearse el respeto de nadie. Alguno me dirá que para eso están los mimos gubernamentales, los reconocimientos a la Libertad de Expresión otorgados en un día que bien podría llamarse de la Libertad de Celebración, si tomamos en cuenta todos los festejos que se organizan al respecto. Es como si de repente, la clase política despertara una mañana con la absoluta convicción de que el periodista es el indagador de la verdad por antonomasia y no le alcanzara la felicidad más que para armar una comilona.
Pero el periodismo es mucho más que sus géneros tradicionales (nota informativa, entrevista, editorial, columna, crónica, etcétera). El periodismo está lleno de héroes anónimos, casualidades provechosas, tiranías laborales y discordias gratuitas. Es innegable que también está hecho de rostros reconocibles -el presentador de televisión, el reportero que inquiere, el articulista cuya foto encabeza una columna-, pero hay otro sector olvidado que no aparece tan fácilmente. En el extremo, un grupo de profesionales padecen la actividad periodística desde la sombra. De la fuente secreta al corrector de estilo, la noticia también se nutre de la discreción. Hay nombres cuya celebridad se reduce a su presencia en una nómina.
Para ellos, para reconocer la labor de cientos de trabajadores del medio que nunca son invitados a las posadas de los periodistas y menos aún al desayuno de la Libertad de Expresión, propongo nuevas categorías al Premio Estatal de Periodismo, para que el comité en cuestión las tome en cuenta desde ahora:

 a) Premio “Luis no se acentúa”. Será otorgado a la mejor corrección de estilo. El corrector es un tipo que a veces rescribe la noticia y en cirugías mayores, mejora la columna editorial. Enclaustrado entre diccionarios de sinónimos y conjugación, el corrector es un garante de legibilidad. El género de la corrección necesita siempre de la prisa del reportero y en menor medida de sus descuidos a la hora de nombrar a un funcionario. Para participar, el interesado deberá enviar la nota escrita por el reportero y la nota publicada por el periódico, a fin de hacer destacables las diferencias.

 b) Premio “Garganta profunda”. El nombre, sugerencia de Juan Villoro, busca honrar a todos los informantes que destapan las cloacas del poder desde sus humildes puestos burocráticos. Trabajadores indignados por el comportamiento déspota de sus jefes, la fuente anónima filtra las conversaciones secretas, los números que no cuadran o las labores de intimidación. El rencoroso destapa aquel viaje a Europa cargado al erario o la irregular licitación a un pariente. Todo seleccionado usará un seudónimo, a fin de conservar oculta su identidad. Los autoatentados (en que el delator y el delatado sean la misma persona) quedan estrictamente prohibidos.

 c) Premio Kapuscinski. Para rendir un merecido homenaje a uno de los grandes del oficio, se ha creado este premio, cuyo monto será para el reportero que, sin salir de Campeche, sea tratado como si fuera corresponsal en África: sin transporte, en la pobreza, bajo amenaza y que tenga el tesón suficiente para llevar la nota en estas condiciones de precariedad.

 d) Premio de Ficción Editorial. Será para el editor que por rellenar el espacio de una nota corta, que tenía que ser larga, citó y parafraseó la misma declaración, hizo descripciones innecesarias y usó fórmulas de boletín, etcétera. El “milagro de la multiplicación de los caracteres” debe ser recompensado, sin lugar a dudas. Los interesados enviarán, como en el caso de la corrección de estilo, la nota original y la publicada.

 e) Premio al Proveedor de portadas del año. Se dará al mejor villano, político déspota, espía, advenedizo, extranjero o colonizador; en fin a todo aquel personaje que proporcione primeras páginas en días en que no hay nada que informar. Será el hombre público al que se le dediquen extensos reportajes sobre cómo está ayudando a sus amigos desde una dependencia federal o cómo es capaz de tener dos actas de nacimiento con fechas distintas. Verdaderos mártires a cargo del erario, los villanos de portada son noticia cualquier día: se aprovechan de sus influencias, dan declaraciones desafortunadas y son propensos a la caricatura, incluso para los malos cartonistas.

 f) Premio J. J. Jameson. En honor a aquel jefe de Peter Parker siempre al borde de escupir bilis, el premio Jameson reconocerá la labor de los jefes de información, editores y dueños de periódicos que arriesguen su salud en cada junta editorial. Célebres sobre todo por su buen tacto a la hora de hablar con sus empleados, los jefes desarrollan úlceras con el nombre de cada uno de sus subordinados. Por eso, el riesgo que dice tener el periodismo no sólo se limita a la violencia externa, sino incluye dosis irremisibles del temor clínico a dejar la vida mientras se discute el error en un encabezado.   

Una serie de eventos desafortunados

Una serie de eventos desafortunados

Para Adriana Marchán 

“Cada que un auto pasa un bache, silbo una canción de Il Divo”, le digo a mi amigo, el escritor Edgar Alan Pech, precisamente cuando intentamos transitar sobre la accidentada calle Benjamín Romero, mejor conocida como la “Rue Morgue”.
“No puedo creer”, continúo, “que algunos todavía padezcamos el gasto de ese concierto, ya sea porque no podemos tener calles decentes, no nos han pagado nuestra beca o tenemos un primo hotelero que nos sonríe desde la ventana de su casa como si estuviera pasando la mejor de las Navidades”.
“¿Eso es para ti haber sufrido por Il Divo? No sabes lo que estás diciendo”, me dice.
“¿A qué te refieres?”
Edgar estaciona el auto y me mira. Sus ojos parecen dos tizones encendidos.
“Yo sí sé de alguien que lo perdió todo por culpa de ese concierto. Se trata de una historia terrible cuya autenticidad dudaría de no ser porque conozco al protagonista". 
Guarda un segundo de silencio antes de decir: 
"Es amigo mío”. 
“Cuenta, por favor”.
 “Trabajaba en la Universidad. Se trata, como todos mis conocidos, de un hombre respetable y probo, exigente con sus alumnos, quienes bajaban sumisamente la mirada cada que se referían a él. Respetado por sus iguales en el sindicato académico, su campaña para llegar a la dirección de la facultad estaba viento en popa, pese al juego sucio de sus enemigos políticos. Todo parecía ir sobre ruedas, hasta no ser por ese maldito viernes en que salió a cumplir una encomienda”.
“¿Qué sucedió?”
 “Casi nada. Le fue confiado con urgencia la búsqueda de unos papeles a la casa de un importante funcionario. Era la una o dos de la tarde, nadie recuerda con exactitud. El director le había dicho: ‘No me fío de nadie más’ y era verdad. Mi amigo fue a toda prisa y una vez obtenidos los documentos descubrió que su auto no arrancaba. Incapaz de perder la calma ante esa minucia, decidió tomar un taxi. Caminó una cuadra para llegar a la avenida, pero extrañamente no pasaron autos rojos durante la espera. Sin perder la serenidad, optó por caminar una cuadra más, cuando el destino le dio su última bofetada: un carro con los vidrios polarizados pasó cerca de él y el reflejo del sol le hizo volver la vista hacia su lado  izquierdo. Entonces descubrió a la entrada de un restaurante lo que iba  a ser su absoluta perdición”. 
“¿Qué cosa?”
“¡Al Il Divo, en persona! A estas alturas es preciso decirte que bajo esa imagen de caballero serio y respetable, mi amigo ocultaba a un fanático del cuarteto inglés.  Y cuando te digo fanático, uso la palabra con toda propiedad. Pósters, discos y dvd’s formaban una colección personal que mi amigo prudentemente escondía en el clóset de su cuarto. Cuando supo que venían a Campeche hizo todo lo posible por disimular su emoción, pero ¡ahora los tenía enfrente, apenas rodeados de un grupo de seguidoras!”.
“¿Y qué hizo tu amigo?”
“Qué no hizo, debieras decir. Perdió la mesura que le caracterizaba, la compostura propia de su profesión y, más lamentablemente, la camisa que llevaba en esos momentos. Corrió como quien se acerca a una ambulancia en busca de ayuda urgente: gritando como un histérico. Los papeles volaron en el trayecto, pues ocupó sus manos en la más importante tarea de buscarse un rotulador en el bolsillo del pantalón. Cuando llegó junto al grupo de chicas que rodeaban a Il Divo, las quitó como el familiar que aparta a los curiosos alrededor de un accidente. Su agitación era notable, apenas alcanzó a limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano. Saltó tres o cuatro veces, como si fuera una porrista aprendiéndose una rutina para el Tazón de la Naranja. Y lo más denigrante es que cuando llegó junto a David, le pidió que por favor le firmara su hombro desnudo”.
“¿Y tu amigo te contó ese horror con todo lujo de detalles?”, le inquirí.
“Qué va. Padece un bloqueo, no recuerda nada de lo que sucedió. Es como si hubiera entrado en un trance de embriaguez y todavía estuviera padeciendo la resaca”.
“¿Y cómo sabes tanto?”
“Porque la auténtica tragedia fue que la televisión estaba transmitiendo en esos momentos el itinerario de Il Divo en la ciudad. En tiempo real, sin cortes comerciales. El camarógrafo captó toda la agitación de mi amigo y su rostro llegando al éxtasis, en close up. Eran unas imágenes inolvidables hay que reconocerlo y por lo menos una decena de sus alumnos, grabó la repetición nocturna del programa”.
“¿Tuvo muchas repercusiones?”
“¿Estás de broma? ¡Por supuesto! Cuando te encuentras en una contienda por la dirección de una facultad no te puedes dar el lujo de dar pasos en falso. No sólo no cumplió la importante misión a la que fue comisionado sino que perdió la documentación en su loca carrera por darle un abrazo a los tenores. En las horas subsecuentes contribuyó con otro poco al desastre. No conforme con lo que había ya sucedido hizo todo lo posible por hundirse cada vez más. Ya descubierta su pasión por la ópera pop, mi amigo durmió en la calle esa noche como un indigente junto a quienes hacían guardia, a fin de tener a Il Divo lo más cerca posible. Y sí, los vio desde la tercera fila, pero su futuro en la Universidad ya había sido decidido en una reunión urgente convocada para ese sábado en la mañana”.
“No lo puedo creer”.
“Desde el domingo mi amigo ha recibido llamadas de todo mundo, y aunque él dice que no entiende lo que está pasando, su euforia por Il Divo ha sido uno de los videos más vistos en YouTube. Su jefe no puede mencionar su nombre sin bajar la cabeza como si se trata de alguien que acabara de morir. Ha perdido todo el respeto por parte de sus alumnos, quienes se ríen a sus espaldas y le dejan mensajes humillantes en su correo de voz. Hasta los intendentes dicen: ‘No me gustaría estar en su lugar’. Fue despedido de la Universidad; sus padres, avergonzados de él, lo echaron de casa. La desgracia, como podrás haberte dado cuenta, ha creado ya un nicho en su vida”.   
“Creo… que la próxima vez lo pensaré mejor antes de perder la compostura”, dije tragando saliva.
“Cierto. Uno nunca sabe cuando una cámara lo estará grabando”.
Y apenas concluidas estas palabras, Edgar arrancó de nuevo el automóvil con la promesa de no hablar de este triste asunto nunca más.

Nadie sale divo de aquí

Nadie sale divo de aquí

Campeche tuvo una semana para saber todo sobre Il Divo, el cuarteto cuya más exacta imagen es la de parecer un logro de la ONU: un suizo, un español, un estadounidense y un francés hermanados por la música. Todo comenzó con un rumor, pero después de su anuncio oficial, la ciudad vivió sólo para el concierto. Los campechanos fungieron como agencias de viajes sin sueldo a la tarea de buscar hoteles para sus amigos, pero también se oyeron voces que cuestionaron si era necesario gastar tanto por cuatro metrosexuales que engrosaban la voz. No obstante toda crítica fue apaciguada con las dos únicas palabras que calman los motines en este estado: “promoción turística”. Por fin, después de muchas especulaciones, expectativas y un maquillaje a marchas forzadas del centro de la ciudad, el grupo se presentó este sábado ante un público que los periódicos estimaron entre las 10 mil y las 45 mil personas, lo cual me hace pensar que, como bien señalan los exámenes de la OCDE, en Campeche tenemos serios problemas con las matemáticas.

 ESTÁN LLOVIENDO HOMBRES
La fila frente a los detectores de metal parece interminable. Como si fuésemos migrantes a punto de entrar al país de Il Divo, un grupo de hombres nerviosos nos agolpamos unos contra otros a fin de agilizar ese tránsito que desespera pues el concierto tiene ya una hora de haber comenzado. Finalmente, todos queremos meter la cara en alguna parte para no evidenciar que vinimos a ver a cuatro hombres guapos que cantan mejor que nosotros en el karaoke. Pero es imposible, Campeche es una ciudad pequeña, tanto que a cada minuto aparecen conocidos que nos dicen como Julio César: “¿Tú también, bruto?”
A la hora en que cruzo la puerta metálica se oye un grito histérico a lo lejos. “Es que uno de los divos acaba de decir ‘Campeche’”, me explica el policía mientras verifica que yo no traiga ningún objeto punzante entre mis pantalones. Mientras me dirijo hacia el parque, veo a decenas de personas rumbo a la salida, caminando tan rápido como si huyeran de un boteo. “¿Ya terminó?”, le pregunto a un señor con una niña en brazos. “Para nada, es que no es lo que esperábamos. ¿Sabías que cantan ópera?”, me comenta como si me advirtiera de una oferta fraudulenta.  “¿En serio?”, digo, fingiendo sorpresa, para solidarizarme un poco con su decepción. Apretando el paso, me integro al monstruo de 10 mil cabezas.
“¡Carlos, te amo; David, I love you; Sebastian, je t'aime; Urs, ich liebe Dich! ¡Tú, el italiano de la guitarra: Ti amo!”, grita una adolescente que seguramente invirtió 15 minutos en Internet buscando palabras cariñosas en el traductor. Me alejo lo más que puedo de la chica, mientras ella hace ademanes, porque dicen que el baterista del Il Divo sabe lenguaje sordomudo y además usa binoculares mientras toca.
Alzo la vista. Gente en los techos de los portales también contribuye a la euforia con gritos y pancartas, mientras abajo, en el restaurante, finísimos amantes de la buena música escuchan al grupo, con sus piernas cruzadas y oscilando sus copas de vino.

 REACCIONES DESENCADENADAS
No hay nada más catártico como ver a un funcionario público o a tu maestra de la preparatoria gritando como si le estuvieran extrayendo una muela sin anestesia. Con la mano en el pecho y los ojos cerrados, decenas de burócratas y docentes han seguido cada una de las interpretaciones de Il Divo, con el ánimo de quien está solo, en el baño de su casa y tiene el estéreo a todo volumen. La imagen concentra sin duda esa idea de “cautivar” que han utilizado muchos periódicos para referirse al concierto.
El grupo ha interpretado ya más de 15 canciones, algunas tan aburridas que han ahuyentado a muchos asistentes. En la recta final, cuando unos acordes en Re empiezan a escucharse, una señora lanza un suspiro tan conmocionado que me hace volver la cabeza. “¡Dios mío: el Ave María!”, me dice como si ella fuera la niña Lucía y estuviera a punto de contemplar el milagro de Fátima. Por desgracia, el prolongado “A” con que inicia la aparente pieza de Schubert, es en realidad una “Oh” mal pronunciada, a la cual siguen las palabras “my love, my darling”. El rostro de frustración de la señora no podía ser más evidente: se trata de “Melodía desencadenada”, la canción principal de la película “Ghost”.
La pieza provoca registros más previsibles en los demás asistentes. Bajo las gradas, una pareja se reconcilia y junto a mí un tipo comenta a otro después de unos segundos: “Ala, chavo, ésa canción es la neta; la bailé con la Verónica cuando salí de la primaria”.

 NO ME ABANDONES ASÍ
Se supone que han acabado ya su repertorio, pero ante los gritos enloquecidos de sus fans, Il Divo retorna para cantar “My Way”. “Es lo mejor que tienen”, dice un señor de edad mientras trata de seguir la canción que no sabe si está en inglés o en español. Minutos después, cuando el cuarteto amenaza de nuevo con dirigirse a los vestidores, todos nos hemos dado cuenta de la farsa; aún falta su éxito principal, la única canción que podía ser coreada unánimemente: “Regresa a mí”. El inicio de esos acordes en guitarra y esa voz de extranjero que está aprendiendo español no pueden sino provocar más chillidos de histeria. “¡Canten como hombres!”, grita un tipo parado en una silla, mientras su novia graba por celular el concierto, pero sólo las partes que proyectan las pantallas gigantes.
En su video de “Regresa a mí”, Urs, David, Sebastian y Carlos son provincianos que sueñan con triunfar en el bel canto: dejan familias, ciudades e incluso empleos tan prometedores como la metalurgia a fin de realizar sus sueños. La realidad nos hace ver que esas manos de histriones acomodados no han sido dañadas siquiera por una hoja de solicitud para empleo. Pero qué importa, las chicas lloran con la canción como si Il Divo encarnara a cualquiera que lucha por cumplir sus ilusiones.  
“Sois cojonudos”, dice Carlos, al final, quien ha producido gritos en mi espalda cada que arquea la ceja.
El éxtasis colectivo alcanza para una pieza más: “Somewhere”, que el cuarteto interpreta sentado al borde del escenario. El público y el artista saben que ahora pronto sobrevendrá la separación, y se despiden jugando a los besos y a los gestos. La catedral intimida lo suficiente como para que nadie aviente su ropa interior y los cantantes tengan que conformarse con firmar chamarras deportivas.

Después del acorde final, el público pide una más, pero ya es inútil. Los juegos pirotécnicos funcionan como los créditos de una película: confirman que lo único que sigue es la accidentada salida de las vallas y la búsqueda inmediata de un lugar donde cenar.     

¡A otro niño con ese cuento!

¡A otro niño con ese cuento!

Para Gabriela
 

La recientemente concluida Feria Internacional del Libro de Guadalajara rindió, entre otras celebraciones, un homenaje a La peor señora del mundo de Francisco Hinojosa, el libro infantil mexicano más leído. Y no era para menos. El cuento en cuestión, una galería de atrocidades perpetradas por una mujer que tiene asolados a su familia y a su comunidad, pasó numerosas dificultades antes de convertirse en un clásico indiscutible. Al principio, los padres lo miraron con desconfianza, lo mismo los editores, quienes estimaron en su primer tiraje 2 mil ejemplares. Quince años después, cada una de sus reimpresiones supone al menos 10 mil ejemplares.
El triunfo del libro de Francisco Hinojosa cuestiona por principio la enorme brecha que suele existir entre los gustos de los padres y de los hijos. Los niños quieren monstruos y los padres, moralejas. La historia de La peor señora del mundo, cuyo tema principal es la relatividad del bien y el mal, no podía ser fácilmente digerible por ningún adulto que busque una enseñanza en cada cuento. Y es que al parecer, generaciones enteras que han llegado a la procreación no  han podido librarse de las versiones endulzadas de cuentos como la Caperucita o la Sirenita, cuyas historias originales son profundamente explícitas o mejor que eso: crueles.
Sólo volviendo a ser niños podemos entender por qué les encantan esas historias que a los padres sacan ronchas. ¿Cuántos padres podrían comprarle a sus hijos un libro llamado Cuentos en verso para niños perversos del siempre sorprendente Roald Dahl? ¿Cuántos permitirían la lectura de Cuánto cuenta un elefante de Helme Heine, relato que en apariencia enseña matemáticas valiéndose de los balones de caca de un paquidermo, pero cuyo auténtico fondo es la comprensión y aceptación de la muerte?  
Pensemos en un tema, digamos el amor. Yo sé que muchos adultos lagrimaron con Titanic o aún podrían pensar que el amor es aquello que late entre los dos protagonistas de la telenovela Pasión, ambos guapos y de pelo largo. Pero ¿así lo ven los niños? En 2002, el Fondo de Cultura Económica y la UNAM crearon un sitio en internet para que los niños y los autores de cuentos infantiles colaboraran en la creación de una historia. Uno de los productos de dicho experimento fue Carmela toda la vida, una historia de amor como ninguna otra, escrita entre pequeños de toda Latinoamérica y el escritor colombiano Triunfo Arciniegas.  ¿Hay criadas que se enamoran de ricos, piratas que aman a elegantes damas, adolescentes que protagonizan romances mientras luchan contra la anorexia? ¡No! Hay una enana calva llamada Carmela que busca novio a como dé lugar, así sea un marinero, un ciclista o un sapo. Pasan los meses y por fin se casa con el único ser capaz de amarla: el dueño de un circo. No obstante la felicidad de Carmela se ve interrumpida porque el león se come a su marido y ahí comienza a vivir una serie de peripecias que por supuesto no les voy a relatar.
¿Es una historia de fenómenos (en el relato todos parecen serlo) apto para nuestros hijos? Bueno, de principio, fue escrito por niños lo que le da un valor incalculable, y finalmente Carmela toda la vida viene a demostrar que los pequeños tienen mejores gustos literarios que sus padres: no recurren a los lugares comunes y afrontan temas como la fealdad, el desamor o la búsqueda –siempre destinada al fracaso- de la felicidad.
Los grandes autores infantiles han sido aquellos que han respetado la inteligencia de los niños y no los han visto como potenciales ciudadanos a los que hay que educar.  Como si la realidad se tratara de un cuarto de juegos al que fuera necesario cubrir de hulespuma, los padres han buscado proteger a sus hijos del mundo. Nada de sufrimiento, ninguna apología del capricho, nada de historias que festejen los malos hábitos. Pero los niños no quieren eso.
Hace más de una década la Corporación Psicológica norteamericana emitió un índice de temas que consideraban dañinos para ser tratados en un cuento infantil. Entre estos temas se encontraban el sexo, la muerte, la violencia, la política controvertida, la guerra, el derramamiento de sangre, la religión, los temas feministas o machistas, las piscinas, las vacaciones costosas, las armas nucleares, la evolución, la cerveza y la hechicería. Obviamente que cuando este comunicado fue distribuido, pocos se imaginaban que precisamente un aprendiz de brujo llamado Harry Potter protagonizaría la saga de libros más vendida de fines del siglo XX y principios del XXI.
Lo que encierra este tipo de prohibiciones es evitar que los niños entren a un mundo en crisis. Pero como bien saben los lectores de literatura, sin conflicto no hay historia. Juan Villoro ha afirmado que todo cuento infantil es un “juguete filosófico”, porque los niños vuelven una y otra vez a las preguntas básicas de la vida (¿quiénes somos, por qué estamos aquí, de dónde venimos?). Creer que los infantes no construyen dudas a ese nivel es no conocerlos. Así pues, en un escenario donde los padres buscan cuentos “con valores”, historias edificantes y consecuentemente aburridas, a nadie debe extrañar que aún pensemos que los niños no leen o no les interesan los libros.   

Hay vacantes

Hay vacantes

 Hay palabras que provocan que el corazón se acelere. En la adolescencia es “sexo”; en la madurez es “amor”, en la edad adulta es “plaza federal”. La telenovela de la vida real no debería concluir con una boda sino con la obtención de un puesto inamovible en el Gobierno. “¿Acepta este trabajo con todas las prestaciones de ley?”, preguntaría el señor de Recursos Humanos, abnegado y juicioso como un sacerdote. “Acepto”, respondería el protagonista, con la sonrisa de quien sabe que con un trabajo seguro, el sexo y el amor son necesidades menores.
Cada que digo que no cotizo Infonavit, las personas me ven como si perdiera mi tiempo con una mujer que no me dará hijos. Hay una clara reverencia a la seguridad que otorgan las plazas laborales, pero sobre todo a las negociaciones fuera de la ley que nos permiten llegar a obtenerlas. Criticamos abiertamente el nepotismo, pero más nos duele que sus frutos no lleguen con sólo alzar la mano.
 “Yo ayudando a un montón de gente y ninguno de mis familiares se me ha acercado a pedirme trabajo”, me dijo durante una reunión la tía Esperanza, influyente y dañina desde cualquiera de sus cargos.
Se suponía que aquella fiesta celebraba los cuatro años del hijo de mi primo Octavio, pero, sintomáticamente, los adultos superaban a los niños en una proporción de 6 a 2. Hasta antes de la aparición de mi tía, lo peor había sido el par de perros salvajes que habían anunciado mi llegada a aquella casa.
“Déjate caer el jueves por la oficina”, añadió mi tía, complacida de su propia generosidad, “seguramente habrá algo para ti”.
Quise decirle que yo ya tenía trabajo, pero mi tía es de esas personas que piensan que una ocupación puede llamarse “empleo” sólo si está subvencionada por el Estado.
“¿Y de qué podría trabajar?”, le pregunté, a sabiendas de que conocía mi vocación literaria. Esperanza es de esas burócratas que leen diariamente las páginas editoriales de los periódicos en busca de su propio nombre.  
“De intendente, por supuesto. Después irás subiendo. Como tu primo Víctor que comenzó en el área de limpieza en el Seguro y velo ahora”.
“El primo Víctor, después de 8 años, sigue siendo intendente”, le precisé.
“Gana el triple que tú”, dijo y con eso me calló la boca.  
Entonces recordé que el Seguro Social concentra los dos polos del Más Allá: un Paraíso cuando cobras, un Infierno cuando consultas.  
“El Gobierno nos va a dar más lana este año”, me explicó, mientras buscaba en su bolso el celular que en ese momento empezaba a sonar. “Abriremos 4 ó 5 plazas. Una vez que estés adentro podrás decirle a tu mamá que Esperanza…”.
“…es esa cosa con plumas”. No concluyó la frase de esa manera, pero inmediatamente pensé en aquellos versos de Emily Dickinson.
“Aguanta un minuto, me hablan de México”, me dijo después de ver la pantalla de su teléfono móvil.
Quise ser cortés y esperar. Pasó un lapso que parecía razonable y mi tía no dejó de hablar. Al borde de la desesperación, me di cuenta que los burócratas viven un tiempo distinto al de los relojes y los calendarios: un minuto no tiene 60 segundos; “venga en una semana” no significa regresar en 7 días.
“Un asunto de trabajo”, se excusó cuando terminó su conversación y yo me pregunté en cuántos asuntos laborales se puede usar con tanta frecuencia la expresión “cómo crees, nena”.
“Te decía que me lleves tus papeles. Vamos a abrir un nuevo centro para niños hiperactivos, pero la convocatoria se va a lanzar hasta enero. Cuando eso suceda probablemente todos los puestos ya estén ocupados”.
Me horroricé por dentro con su declaración. Por un lado revelaba las oscuras formas en que se consigue empleo en este país, y por otro tenía todos los visos de una deuda que después no sabría cómo saldar. Es lo que sucede, por ejemplo, con los préstamos familiares: detrás de la sonrisa generosa de tu papá brilla el gesto complacido del agiotista.
No pude más y le dije: “Oiga, tía, la verdad es que yo ya tengo trabajo”.
 
“¿Y qué?”, me respondió como si fuera una jefa de departamento proponiéndome el adulterio. “Lo normal es que tengas dos o tres, como yo o tu tío. ¿Qué, no puedes?”
Dije que sí, que claro, pero en el fondo comprendí que cuando ya no se tienen problemas de dinero, el trabajo sirve como un buen sustituto del matrimonio.
“Si no tuviera comprometida la plaza de maestra con mi nuera, ten por seguro que te la heredo. Pero no te preocupes, lo del otro puesto, dalo por hecho”.
Fue como estar frente a una pitonisa: veía mi futuro tan claro que me daba miedo.
“Si veo que no vas el jueves, hablo con tu mamá para que me lleve tus papeles”, dijo mientras se comunicaba con señas con su marido, que estaba al otro lado de la ventana.
Eso fue lo peor. En esos momentos, sólo quería arrojarme al par de pitbulls que tenía mi primo en su patio y que anunciaban la llegada de otro invitado.
Quise huir aprovechando que alguien se disponía a abrir la puerta, pero mi tía me detuvo del brazo.
“Ahora que recuerdo, tú eres escritor, ¿verdad?”, dijo en tono quedito, como si compartiera un secreto, “Mira, Octavio tiene algunas cosas escritas por ahí. Son algunos ‘pensamientos’; pero no ha buscado quién se las publique, me preguntaba si tú…”.
No había llegado el jueves y ya había empezado a cobrarse el favor.
“Sabe tía, en verdad no necesito otro trabajo. Ya sé que es una plaza y que todo el mundo daría la vida por una, pero ahora no. Por lo menos no a cambio de leer a mi primo”.
Ella captó de inmediato el sarcasmo.
“Cuando tengas hijos lo comprenderás”, me dijo indignada y se marchó.
“Sí”, pensé, mientras hablaba a mi casa para advertirle a mi hermanita que escondiera todos mis papeles curriculares, “cuando a los adultos se les acaban los argumentos, recurren siempre a la misma frase”.  

¿Sueñan los cajeros electrónicos con prestaciones laborales?

¿Sueñan los cajeros electrónicos con prestaciones laborales?

El viernes pasado coincidí a las puertas de Telmex con Felipe K., un entrañable amigo al que le había perdido la pista desde la licenciatura. Excéntrico, nervioso, devoto de las computadoras, se había hecho famoso en la facultad porque siempre quiso escribir libros de ciencia ficción, pero nunca tuvo un argumento creíble. Ejerciendo un género a caballo entre la literatura y la tecnología, supe que ahora trabajaba en un periódico, pero en un área intermedia entre la edición y el mantenimiento de las rotativas.
“La fila es muy larga, ¿por qué será?”, le pregunté mientras él oprimía un botón de su reloj digital, tan grande y grueso como una medalla olímpica.
“Por si no te habías dado cuenta, ya no hay empleadas que te atiendan, todo se paga en cajeros automáticos de cobro. Por eso la fila es tan larga y tardada, lo cual me parece otra idea maravillosa del señor Slim. Antes uno podía quejarse de la lentitud de las empleadas, ahora anda despotricando todo el tiempo contra los otros clientes”.
“Eso veo”, respondí, “creo que hay gente que nunca ha podido distinguir el anverso del reverso en un billete”.
“Así es”.
Segundos después fui yo quien miré su reloj y le pregunté por qué la gerencia de Telmex había tomado esa determinación.
“Era lógico”, me explicó, “alguien importante se habrá dado cuenta que lo único que hacían las empleadas de caja era pasar el recibo sobre el lector de códigos de barras, recibir el dinero y dar el vuelto. Nada que no pudiera hacer el usuario mismo. Y piensa un poco: ¿por qué mejor no sustituirlas por cajeros automáticos?, ¿cuál es la diferencia finalmente entre una cajera de Telmex y una máquina?
“¿Esos chalecos azules?”
“Además, hay que reconocer algo: los nuevos cajeros son menos problemáticos que los empleados de verdad, no cuchichean, trabajan horas extras y no pierden hora y media en el desayuno”.  
“Eso pinta desolador. Al parecer todo se está automatizando: los bancos, las dependencias, incluso hasta las escuelas. En unas décadas más, los androides van a lanzar sus candidaturas a puestos de elección popular, y como las urnas van a ser electrónicas, por supuesto ganarán los comicios; los periódicos despedirán a todos sus analistas políticos y tendremos que leer las columnas de informática para ver qué sucede en el país”.
“Y la película ‘Fraude 2126’ se llamará ahora ‘Tron’… Pero piensa un poco como empresario. Aparentemente las máquinas son más prácticas. No crean sindicatos para exigir mejores voltajes o conexiones de tres clavijas. Tampoco se plantan a las afueras de las compañías, bloqueando avenidas u organizando un paro nacional, donde no pudieras pagar luz ni teléfono y los despachadores automáticos de galletas y refrescos se negaran a soltar los Polvorones”.
“Pinta muy bien para cualquier industrial”, comenté mientras verificaba la lentitud con la que avanzaba la fila, “ni siquiera necesitarías sicólogos en la empresa, tan sólo un experto en software. Aunque vislumbro un problema: necesitaríamos máquinas cada vez más inteligentes. ¿Recuerdas la compu de aquella película ‘2001, odisea del espacio’? Hizo de todo para que no la despidieran, incluso eliminar a uno de los tripulantes. Con máquinas así, no faltará mucho para que las computadoras sean tan conflictivas como los seres humanos”.  

“Y no habrá formas de regañarlas. ¿Qué esperanza le queda a un patrón si no puede humillar a su empleado?”.
“Vislumbro otro problema: el reloj checador. Podría hacer trampa, finalmente se trata de una máquina también. Si se deja sobornar por las otras máquinas y los empleados humanos, esto sería un desastre. ¿Y qué me dices del mantenimento? Podría no existir Seguro Social pero las máquinas tienen que ser revisadas por los técnicos cada mes. Eso elevaría los costos, porque a un empleado sí le puedes dar largas con su afiliación al Seguro, pero no a un cajero automático, que cuando dice no funcionar, ni siquiera se da el lujo de prender”.
“Pero podría crearse un instituto tipo IMSS, sostenido por el Estado. Aunque eso conllevaría a largas colas y expedientes perdidos. Además, nunca habría las piezas solicitadas y tendríamos que esperar doce horas para un simple cambio de cables”.
“¿Te imaginas la nota periodística de una negligencia? ‘Programadores del Seguro se equivocan de nuevo e instalan un software de Xbox a los CFEmáticos de la ciudad. La Comisión Estatal de Arbitraje Técnico investiga, pero mientras tanto, nunca se había visto a tantos adolescentes en las oficinas de la Comisión Federal de Electricidad”.
 “Sí, en el futuro, las máquinas van a empezar a ocupar los titulares: ‘Computadora de Enciclomedia exigía dinero a niños para pasar exámenes. Padres inconformes piden su cese y desconexión. El sindicato propone su traspaso al área administrativa’”. 
“‘Asaltan banco. Sospechan complicidad del sistema de seguridad, porque las alarmas nunca sonaron y las cámaras empezaron inexplicablemente a transmitir infomerciales sobre la impotencia sexual en lugar de imágenes del interior de la sucursal’”.
Alzamos la vista, adelante, un jubilado luchaba por meter a la máquina un viejo billete remendado.
“Todo hace pensar que ni tecnologizándolo todo vaya a cambiar algo en este país”.
“Creo que no”.

Su fantasía laboral hecha realidad

Su fantasía laboral hecha realidad



Antonio Valdés tiene 47 años y es dueño de “Fantasías Laborales”, la única compañía en su tipo en este país. A fin de conocer sus servicios, hicimos la entrevista en sus oficinas, en el segundo piso de un edificio con amplios ventanales, donde ha asentado su imperio, aprovechando al máximo la insatisfacción en el trabajo.

 -¿Por qué los empleados experimentan fantasías laborales?
 Es conocido que después de cierto número de años, las relaciones en el trabajo empiezan a deteriorarse. Es difícil después de una década cumplir con la misma pasión de un principio.  Empiezan las rutinas, sientes que el trabajo empieza a inmiscuirse en tus asuntos personales. Entonces, es cuando muchos optan por buscarse pequeñas aventuras laborales nocturnas, digamos un puesto de velador en un fraccionamiento. También en esta etapa empiezan a fantasear sobre la posibilidad de renunciar.  

-Pero hasta donde sé no se trata de opciones que gocen del visto bueno de la sociedad. Cada que alguien habla de renunciar a su trabajo, su mujer le dice: “¡No, Alfonso, piensa en los niños!”
Así es. Y también cuando uno se consigue un trabajo extra, nos llegan con la cantaleta de: “¿Y qué tiempo le piensas dedicar a tus hijos?” Yo sé que las instituciones del Estado, como la Secretaría del Trabajo, siempre le van a apostar a la reconciliación de las partes, pero hay que reconocer que cuando una relación laboral está muerta no hay nada más que hacer.

 -¿Cree que esto se deba a la premura con que la gente comienza a trabajar? Estudios afirman que en la actualidad los mexicanos empiezan su vida laboral en edades cada vez más inferiores.
Sí, por supuesto. Antes nadie movía un dedo hasta que no hubiera un papel de por medio. Ahora todas son relaciones rápidas, trabajos de un mes o dos, donde no hay oportunidad de profundizar en las prestaciones. Eso sin contar los cientos de empleados que llevan más de un lustro al servicio de una empresa y nunca han formalizado su situación. Es cuando uno agradece que hayan campañas gubernamentales como la de Contratos Colectivos y Afiliaciones Extemporáneas.

  -Según leí en su impresionante currículum, primero se desempeñó usted como Consejero Laboral antes de poner esta compañía, ¿no es así?
Sí. Pero ahí nació esta idea. Todos los días recibía a personas al borde la histeria. Gente en crisis que estaba a un pelo de asesinar a la secretaria de su departamento o en el menor de los casos, abandonarlo todo y dedicarse a poner coreografías en las escuelas de paga.  Yo era partidario de los viejos métodos: invitaba, por ejemplo, a una cliente a sentarse en el diván y ella me hablaba de sus problemas, me decía que ya no soportaban la indiferencia de sus superiores y que sospechaba que su trabajo en realidad lo hacía el intendente, porque cada vez había menos papeleo que sellar. “¿Es que ya no me sienten capaz?”, se preguntaba. Yo era como los otros consejeros, le decía que lo pensara bien, que renunciar no era la opción y que se diera otra oportunidad. “Es que, compréndame…”, me respondía ella entre sollozos, “¡al principio parecía un trabajo tan perfecto!”

 -¿Cuándo abandonó la Consejería Laboral?
En el fondo siempre supe que eso de las “segundas oportunidades” era una mentira. No hay vuelta de hoja cuando las cosas sobrepasan el límite de lo soportable, cuando los abusos son excesivos y un día cualquiera te llega una circular sobre un aparato que a partir del lunes identificará tus huellas digitales a fin de que nadie cheque tarjeta por ti.

 -Entonces concebió usted esta compañía, me imagino.
En efecto. Los empleados viven al borde de armar una revolución y eso no le conviene a nadie. Con el tiempo descubrí que lo que en realidad necesitaban era una válvula de escape, una forma de recuperar la confianza perdida en sí mismos. Me di cuenta que habíamos estado tanto tiempo evitando que los empleados renunciaran que no nos habíamos dado cuenta que ahí estaba la solución. Renunciar es una catarsis y una demostración de poder.

 -Eso me hace pensar que usted cree que la esencia de las relaciones laborales es quién tiene el poder.
Por supuesto. Desde Moisés hemos vivido en un sistema patronal, donde los jefes han sido los mandamaces. Sólo hasta el movimiento laborista en el siglo XIX y la quema de mil tirantes mineros en Francia las cosas empezaron a cambiar. Eran los tiempos del “Peace and Work”, pero aún faltaba mucho por hacer. Recordarás que los empleados no tenían derecho a votar en las decisiones de su empresa hasta 1943.  Teniendo en cuenta esas bases históricas supuse que renunciar era lo mismo que ser despedido, pero la diferencia estribaba en quién ejercía el poder. Al renunciar el empleado era quien llevaba las riendas, al ser despedido, el patrón cumplía la parte dominante. Fue cuando me dije ¿por qué no brindamos la oportunidad a todos los que quieran renunciar de hacerlo, pero sin perder su empleo? Parece una locura, lo sé, pero escucha: construí un set en este edificio a fin de reproducir todo tipo de oficinas. Contraté unos excelentes actores y un mejor maquillista. Lo que hacemos es reconstruir tu área de trabajo, con todo y personal. El cliente llega, entra al cubículo del jefe y tiene la oportunidad de decirle todo lo que siempre se guardó. Todo está permitido: gritos, insultos, humillaciones. Y por supuesto, la parte climática: “¡Hasta cree que me hace falta su cochino trabajo!”. La esencia de la fantasía es el fingimiento, nuestros actores representan extraordinariamente sus papeles: se asombran al principio y después piden de rodillas al empleado que no los deje. Después de una hora, un azotón en la puerta y algunas malas palabras las cosas serán distintas. Puede que al otro día, cuando el cliente regrese a su auténtico empleo, el ambiente no haya cambiado, pero el trabajador sí. Podrá soportar otros cinco años más en el mismo cargo y quizás hasta en condiciones más degradantes, se lo aseguro.

 -Parece algo muy oneroso para el trabajador promedio.
No crea. Tenemos planes de pago a diez quincenas y paquetes accesibles.

 -¿De qué tipo de paquetes promocionales estamos hablando?
La presencia de otra persona en el mismo cubículo, digamos el contador, sube el precio pero entonces convendría mejor adquirir el Paquete a Tres que incluye a cualquier otro superior que usted decida. El paquete Jefe-Contador-Subjefe da permiso de utilizar un juguete, digamos, un reloj checador que usted quisiera aventarle a alguno de ellos. Además, créame que no es sólo un asunto de dinero; la gente hace cualquier cosa por recuperar su dignidad y tenga por seguro que ayudar a alguien a recuperar el autoestima supone siempre un fuerte desembolso. Si no, pregúntele a cualquier sicólogo o bailarina nudista.

 -Extraordinario. Sé que se trata de un asunto mucho más perverso, pero ¿se ha topado con trabajadores que pidan ser despedidos en lugar de renunciar?
En “Fantasías Laborales” no juzgamos a nadie. Y déjeme decirle una cosa: es mucho más común de lo que usted cree. Me he topado con decenas de sindicalizados que han realizado un trabajo terrible a fin de que los despidan, pero nadie les dice nada y al contrario hasta los nombran sustitutos de algún superior cuando éste se ausenta por enfermedad.  A ellos también los atendemos y les preparamos su despido con todo tipo de vejaciones.

 -Para terminar, déjeme hacerle una pregunta más íntima. ¿Le ha tocado despedir a alguien de su propia compañía?
Sí, muchas veces. De hecho usamos el mismo cubículo para las actuaciones. A veces el empleado cree que es una broma y sigue viniendo a trabajar, pero ya no le pagamos. Creo que eso también ha constribuido a que esta empresa haya crecido como la espuma.