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Tediósfera

Un centro histriónico vivo

Un centro histriónico vivo

“Haz de cuenta que te contratan de actor”. Yo hablaba con un tono neurótico, mientras mi interlocutor leía el menú del restaurante. “Claro, primero te prometen unos cuantos millones de pesos por salir en una película. Llegas al set y ves que la maquillista empieza a depilarte las cejas. Dices: ‘¡Señorita, qué está haciendo!’ y ella te responde: ‘Después de la filmación, va usted a quedar exactamente igual que antes, no se preocupe’. Te pintan el pelo, te quitan dos dientes. Es más hasta te ponen un cuerpo de hule para que termines siendo un tipo más obeso de lo habitual. Cuando te llaman para salir a escena, el director dice: ‘Perfecto, ahora no parece usted quien era sino al Gordo Porcel, tal y como queríamos. ¡Ni siquiera era por ti, era porque te parecías a alguien más!  ¡Eso es lo que le pasó al Centro Histórico!”.  

Arturo alzó la vista por fin. Había sido actor, guionista, reportero cultural, crítico de cine, dos veces becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, pero ahora trabajaba de extra para El Argentino.

“¿Si comprendes mi enojo?”, proseguí aprovechando su atención. “Nos envejecen el centro y desmantelan el parque. Destruyen para construir, claro, con la promesa de dejarlo todo como antes. En fin que gastan millones precisamente para que la ciudad se parezca lo menos posible a Campeche. Y lo que es peor, a mí los inspectores del INAH casi me inmolan con un cuchillo de jade cuando quise reparar mi fachada en San Francisco, y velos ahora tan campantes mientras unos tipos desmontan las luminarias y las rejas del parque principal”.

“Ah, eres un exagerado. Deberías aprovechar la situación como yo. Este fin de semana tiré la marquesina de la casa en Santa Ana. Cuando llegaron los inspectores del Ayuntamiento les dije que era parte del set de la película del señor Sodenbergh. ‘¿Quién?’, le preguntó uno de los tipos a su compañero. ‘El del Argentino’, le explicó el otro, ‘ya sabes, Gutenberg’. ‘Ah’, respondió el primero. Acto seguido me dejaron el paz”.

“¿Pero no te indigna?”

“Naaaa. Al contrario, me agrada”.

 “Pero ha sido duro para muchos de nosotros”, me expliqué. “Todavía el viernes pasado me encontré a un niño custodio, ya sabes, de esos que conocen más historia de Campeche que tú y yo juntos. Estaba llorando por lo que le estaban haciendo a la biblioteca. Me imagino que para él era como descubrir que el caballo del Rey Mago en realidad nunca pastó en su cuarto. Recuerdo que el niño decía: ‘Papá, ¿podrá recuperarse algún día y volver a ser como antes?’ y el señor a su lado, secándole las lágrimas, le contestaba: ‘Hijo, ten fe, por eso rezamos cada mañana”.

“Vaya, qué enternecedor, pero no es para tanto. Para los que tenemos más de 20 años fue como regresar dos sexenios atrás, cuando a nadie se le había ocurrido todavía subsanar la ciudad y promoverla como Patrimonio. Fue como si los dos últimos gobernadores nunca hubieran existido, un auténtico lujo para cualquier entidad”.

“Pero la indignación no termina ahí”, precisé. “Sé de por lo menos tres pintores de fachadas que están retorciéndose de impotencia en estos momentos. Es como si Miguel Ángel estuviera viendo a unos vándalos pintándole bigotes y barba al Adán de la Capilla Sixtina, con la anuencia del Papa”. 

“¿Sabes qué sucede?”, dijo Arturo, con el tono de quien nada le sorprende. “Que no hay una estrella femenina. Si se tratara de Scarlett Johansson y no de Benicio del Toro no dirían lo mismo”.

“Bueno…”

“He hablado con decenas de amigas, que estaban igual de histéricas como tú. Una vez que llegaron los actores con pinta de cubanos todas se guardaron sus comentarios”.

“¡Qué terrible!”

“Además, pienso que hay que promover a Campeche como un buen lugar para filmar”.

“¿Tú lo crees?”

“¡Por supuesto! Verás que pronto nos llenaremos de directores, productores, guionistas y grandes estrellas. Ya tuvimos a Clint Eastwood, ¿lo recuerdas?”

“Un gran tipo. El día lo vi pasar y quise gritarle el nombre de alguno de sus personajes, pero no recordé quién era él, si el Bueno, el Malo o el Feo”.

“Un genio, ¿por qué no habrá filmado aquí las Cartas desde Iwo Jima? Pero, bueno… Y no sé si también ubiques a aquella cinta inolvidable de Carla Barahona, ¿cómo se llamaba? Ah, La Diosa del Mar, donde los protagonistas se entregaban uno al otro recostados en una red de pescar”.

“Claro. Que estrenaron hace un año, pero nunca se distribuyó”.

“¿Ves? Esta ciudad está hecha para las cámaras”.

“¿Entonces tú crees que ése es el futuro?”

“Definitivamente. Tenemos un enorme potencial en la industria y debemos promovernos en los grandes estudios. No queda de otra. Señores inversionistas, ¿quieren hacer una cinta sobre Nueva York? Tenemos la Estatua de la Libertad en Palizada. ¿Que la película se desarrolla la mitad en Manhattan y otra la mitad en Australia? Asunto arreglado: transportamos una parte del equipo a la iglesia de Lomas, reproducción casi idéntica del Teatro de la Ópera de Sidney”.

“Debo confesar que suena convincente”.

“Y lo es, mi estimado Eduardo. Y todavía falta lo mejor: el regreso de Pasión, la telenovela de Carla Estrada”.

“¡Bendita ciudad hospitalaria!”, exclamé, “¡que hoy alberga a soldados, revolucionarios y civiles y mañana a piratas, doncellas y ricos gobernantes que cobran impuestos excesivos!”.

“Todo sea por el cine y la televisión”.

“No me refería al cine y la televisión”, precisé. “Hablaba en términos generales”.

“Es verdad”, dijo él, mientras sumía de nuevo la mirada en el menú del restaurante.

Sólo para mayores de 18 años (de residencia)

Sólo para mayores de 18 años (de residencia)

La ciudad de Campeche es una de las cosas más hermosas de este mundo, sobre todo cuando hay decenas de obreros haciendo que parezca Cuba. Entonces no se asemeja ni a Cuba ni a Campeche sino al set de “Resident Evil 3”.
Cualquiera diría que entre la locación de “El Argentino”, la Cápsula del Tiempo y las baches por lluvias no habría nada más que afectara la paz de los campechanos. ¡Error! Vaya que sí lo hubo; el atentado se dio esta semana y se dio a nivel literario.  Se llamó revista Tierra Adentro, número 148. Si no la conoce, si nunca ha oído hablar de ella, usted es parte del 99.99 por ciento de la población que no la va a tener.
El lunes fui a comprar una de esas revistas porque ahí aparece un artículo mío dedicado a Los Simpson. Cuando llegué a la librería y pregunté por la publicación, la encargada me respondió en voz baja:
“Pero no lo digas tan fuerte”.
“¿Por qué?”, pregunté. En el fondo me sentí como en la adolescencia, adquiriendo mi primera Playboy.
“Porque sale un texto llamado ‘Claves para nunca visitar Campeche’”, me dijo la vendedora mientras sacaba del anaquel la mencionada revista, que había sido escondida detrás de unas publicaciones de desnudos artísticos.
“¿Y qué tal?”, proseguí. Por supuesto que conocía el texto de Rodrigo Solís que hablaba sobre Campeche, pero quería saber por qué tanto misterio para comprar un ejemplar.
“Pues el texto, normal… pero parece que mucha gente se enojó. Les pareció un insulto. Hubo hasta un reclamo gubernamental a Tierra Adentro y toda la cosa. Creo que hasta quieren linchar al autor”.
“¿Cómo, tanto así?”
“Sí, de hecho, hace rato vino el tal Rodrigo, mirando para todos lados, con la barba crecida y lentes negros. Ah, y una playera del Teletón, dizque para que los francotiradores titubearan antes de disparar”.
“Tremendo”, comenté conmocionado. “Pero hasta donde sé, Tierra Adentro no la lee nadie, ¿cómo se pudo haber dispersado el escándalo tan rápido?”.
“Ja”, rió como si me hablara de una obviedad, “con lo del escándalo, se ha vendido como nunca. Muchos jóvenes vienen, entran rápido, miran los libros por encima, ojean unas cuantas revistas del anaquel, están un rato por el área infantil y cuando sienten que nadie los mira nos preguntan por la Tierra Adentro. ‘El número sobre Campeche’, nos especifican engrosando la voz”.
“Sí, lo entiendo, no vaya a ser que se lleven la revista anterior, donde sale José Emilio Pacheco”.
“Jaja, de hecho eso sucedió. Llegó un tipo que estaba tan nervioso que agarró el primer Tierra Adentro del anaquel sin darse cuenta que era otro número”. “¿Cómo sabes que no quería leer sobre José Emilio Pacheco?”
“Nadie que lea a José Emilio Pacheco tiene tantas manchas de sudor sobre la camisa”.
“Ah, ya. Pero no entiendo”, quise reflexionar, “¿cuál es el motivo de indignación?”
“Hasta donde sé, creo que el autor nació en Yucatán”.
Comprendí todo de un solo golpe. En este Campeche nuestro, el talón de Aquiles de cualquiera comienza y termina en un Registro Civil. Puedes firmar cien papeles para desviar fondos, pero el único documento que te va a hundir es tu acta de nacimiento.
 “Pero ese rencor peninsular es absurdo”, me expliqué. “Para ponerlo en términos literarios: es como que celebremos los 150 años de la tragedia de Romeo y Julieta y pensemos que la única manera de sentirnos más Capuletos que nunca es acribillando a nuevos Montescos. ¿Qué demuesta eso? Que no hemos aprendido nada de la Historia”.
“Mmm, sí, lo entiendo, aunque, por otro lado no sé… ¿Ya leíste bien el artículo? A lo mejor afecte la imagen que tiene Campeche en materia turística”.
“¿Qué?, ¿un artículo de una revista cultural va impedir que los turistas lleguen al estado? ¡Por favor! Lo más al Este que puede llegar Tierra Adentro es Cancún; la Sectur tiene entre Frankfurt y Berlín para escoger”.
“Eso”.
“Incluso podríamos hacer un curioso ejercicio estadístico: medir cuántos turistas querían venir a Campeche y cuántos desistieron de hacerlo después del artículo de Rodrigo. No obstante, tendríamos que ponderar nuestros cálculos. Como la revista sólo está editada en español sólo atenderíamos turistas hispanohablantes. Pero ¡ojo! la revista únicamente se distribuye en México, así que sólo consideraríamos a los turistas que estén ya dentro del territorio nacional al momento de planear sus viajes. No conformes con ello, el universo poblacional tendría que reducirse a todos los posibles excursionistas que saben de la existencia de las librerías Educal y que estuvieran en una de sus sucursales al momento de pensar en un buen destino para sus vacaciones. ¿Sueles pensar en tus vacaciones dentro de una librería?”.
“Si trabajas en una, sí”.
“Bueno, entonces comenzaríamos contabilizando a los empleados de Educal”.
“Oye, pero ¿no te parece que el contenido es algo explícito? Muestra las partes menos pudorosas de la ciudad: los programas de televisión, los carros veloces del Malecón, Regina, la del arca. Digo regularmente es el tipo de cosas que uno comenta con sus amigas en las despedidas de solteras, pero no es lo que aparecería en una revista de literatura. No, por Dios. Aunque lo de las maravillas es muy gracioso. De hecho, son pocos los campechanos que no piensan que el Palacio Legislativo parece en verdad una sandwichera y que su tapicería interior salió del ropero de Willy Wonka”.
“¿Y?”
“Pues no es lo mismo que te lo diga un campechano. Mi papá comenta cosas más horribles de la ciudad, pero él nació aquí y ha vivido aquí toda su vida. ¿Qué le puedes rebatir? Incluso si lo hubieras escrito tú, no sé, sería diferente”.
“¿Aunque fuera el mismo texto con todos sus puntos y comas?”
“No podría decirte si causaría tanto enojo, pero sin duda sería diferente”.
“Vaya, qué interesante. Sabes, el problema es que si eres campechano y cuestionas te dicen: ‘¿Hasta cuándo dejaremos los campechanos de apostarle a que las cosas no se hagan? ¡Dios mío!, ¿cuándo dejaremos de ser así?’ Pero, ¡cuidado y no seas campechano y critiques!, porque entonces te dicen: “¡Miserable advenedizo, te abrimos la casa y así nos pagas!’”
La vendedora comenzó a reírse.
“¿Y sabes cuál es la moraleja de esta historia?
Movió la cabeza para contestar que no.
“Ésa precisamente. Que no importa si eres o no eres de Campeche, el chiste es quedarse callado”.
“¿Por fin sí te llevas la revista?”, preguntó como para recordar que aún estaba en horas de trabajo. “Te recuerdo que es de las últimas”.
“Claro, pero ando en mi etapa ecológica, mejor no me des bolsa”.
 “Honestamente, yo te recomendaría que no salieras con ella tan a la vista”.
Ni siquiera esperó mi respuesta. Envolvió la publicación en papel estraza y luego en una bolsa de nylon oscuro. Salí con el ánimo de quien acaba de adquirir algo que tendrá que disfrutar a escondidas.  

La Muerte grabará como solista

La Muerte grabará como solista

Los seres humanos no alcanzamos a entender la muerte simple. El deceso porque sí. Exigimos explicaciones, paraísos, rituales. Necesitamos culpables, blancos para nuestros disparos: el Destino, los doctores, el Gobierno. Nadie puede morirse sin dejar circunstancias que ameriten la sospecha. Incluso, ante la ausencia de responsables tiende a decirse “sólo Dios sabe por qué hace las cosas”.
La muerte siempre da motivos para pensar. Dice Manolito (aquel cicatero amigo de Mafalda) que a él le interesa la vida “no los extremos de la vida”. El problema es que la demás gente sí está obsesionada con esos extremos. Nacer y morir son los dos acontecimientos que no sólo reúnen a nuestros parientes -personas que difícilmente coincidirían bajo un mismo techo- sino que sirven para resumir una vida. Son como las escrituras de un predio: marcan nuestro radio legal de acción. Por eso cuando los historiadores dudan del año de fallecimiento de algún personaje –y recurren al signo de interrogación (1932-¿1978?)-, en el fondo temen que aún siga vivo.
A todo mundo le aterra la idea de morir, y quizás sea ese miedo a desaparecer de la faz de la Tierra lo que sostenga la necesidad de consumir decesos ajenos a través del cine. Es con la ficción, como la gente experimenta el horror de un asesinato detallado sin exponer su integridad física o moral. Y es el género del terror -que lo mismo explota zombis que niños poseídos- el encargado de recordarnos que la muerte existe y que sólo se da en las circunstancias más inverosímiles.
De todas las formas de defunción, el cine ha popularizado las posibilidades más remotas (monstruos, asesinos seriales, un pacto con el rey de las tinieblas). De ese modo, el celuloide nos plantea un universo reconfortante donde es el Diablo y no la estupidez humana el mayor peligro sobre la Tierra. Y se trata de una condición tan alejada de la realidad que hasta nos produce alivio.
Con sus villanos entrañables, el cine de terror explota la necesidad, muy humana, de una muerte barroca, complicada, siempre extraordinaria. Freddy se mete en los sueños y Chucky necesita un cuerpo donde alojar esa alma de criminal que no le cabe en el plástico. Los asesinos múltiples esconden a moralistas obsesivos (como en Halloween); Jack Frost es el producto de un baño radioactivo y los Payasos Asesinos, de una mala tarde en la boletería del circo. Esos hombres terribles con dedos de navaja y máscara de hockey han hecho de la muerte un carvanal, donde dejar salir nuestros impulsos.
En los filmes de terror nadie muere absurdamente como sí sucede en la realidad (Esquilo, por ejemplo, sucumbió cuando le cayó una tortuga del cielo. ¡Una tortuga!). En las películas de miedo, hay una maquinaria malévola para justificar que cualquier extra perezca. Es la presencia siempre consciente de la muerte lo que nos aterra, no importa si como en las historias de Stephen King, se tenga que recurrir a los cementerios navajos, los niños autistas con poderes o los extraterrestres.
Pero no son necesarios los monstruos cuando existe la predestinación. Una interesante versión acerca de una muerte segura pero enredada es la cinta Destino Final, donde nadie se salva, pero la tragedia siempre viene envuelta en un empaque complicado de abrir. Nada tan terrorífico como esperar el encuentro inevitable con la fatalidad. Destino Final explora la paranoia de todo intento de salvación.
De duendes malditos a enfermos terminales que proponen juegos macabros, el cine de terror, como los Papas, parece ser afecto a los números romanos. Lepechaun II, Saw IV, Scream III. La muerte a la larga sobrevive y necesita de sagas que atraviesen generaciones pues nunca se da abasto con la palabra “Fin” ni los créditos del filme. La gran enseñanza del género es que siempre habrá formas de morir mientras haya sangre de utilería y suficientes muchachas que salgan corriendo con la ropa hecha jirones.
A primera instancia parece que el cine de horror ha quitado toda dignidad al acto de expirar. Es verdad que resulta bastante vergonzoso desaparecer sin “últimas palabras” y sólo profiriendo gritos como si fuésemos adolescentes en un juego mecánico, pero aceptemoslo: es más vergonzoso que alguien muera diciendo “Qué gran artista perece conmigo”, como Nerón, poco antes que un loco le rebane el cuello.
Finalmente, no puedo concluir este artículo sobre el cine de terror sin referirme a una película que paradójicamente no es de terror: Bill y Ted. En esta cinta los protagonistas no sólo vencen al personaje de la Muerte sino que logran que toque con ellos en un concierto de rock. Mientras la música se escucha, recortes de periódico dan cuenta del futuro éxito de la banda. La más célebre noticia de esa galería reza: “La Muerte grabará como solista”. No olvido esa línea porque me recuerda que aún cuando la Muerte interpreta la música de fondo en nuestras sociedades (trabajamos, nos reproducimos, creamos para no morir del todo), el cine de terror, la literatura del miedo, nos reencuentran con esa muerte solista, virtuosa ejecutante de un estribillo que algún día nos sonará conocido.

Los Simpson en Tierra Adentro

Una versión ampliada de mi artículo "Los Simpson: todo lo que hay que leer" fue publicada en el número de octubre-noviembre de la revista Tierra Adentro, donde también aparecen textos de Rodrigo Solís, Héctor Villarreal y Nadia Villafuerte. Las peripecias anteriores a la presentación pueden consultarse en el blog de Rodrigo Solís.

 

Becas flacas (el retorno)

Becas flacas (el retorno)

“Escribe esto”, había dicho mi amiga Ana, “he descubierto la estrategia del Gobierno para tener uno de los índices de desempleo más bajos en el país”.
“Suéltala de una vez”, le sugerí. Ana es una de esas chicas por las que vale la pena salir de la fila del cajero para ir a tomar un café, sobre todo por sus incontables historias sobre cómo sobrevivir en esta ciudad.
“Primero ofertan becas de licenciatura y maestría”. Sus manos se movían nerviosamente como si tuviera que explicarme todo a través del lenguaje de señas. “El Gobierno te hace creer que cualquiera que sea buen estudiante puede acceder a un financiamiento y recibe tu solicitud con la única condición que lleves tu carta de aceptación. ¿Qué pasa? Uno hace sus trámites para estudiar en Mérida, cada fin de semana, pide prestado a sus familiares, se endeuda con los amigos y empieza a tomar sus clases. Pasado el primer semestre de tu maestría, la fundación de becas no te ha pagado y cada vez que hablas te pone mil pretextos”.
“Sí”, dije, enterado de la experiencia de decenas de amigos, “preguntar por tu cheque en la fundación ‘Pablo García’ es como preguntarle al ejército iraní por un rehén norteamericano. ‘No va a ser liberado en mucho tiempo, amigo’, te responden”. 
“¡Exacto! O te dicen: ‘Ya existe el cheque pero no está firmado’. ¿Eso qué significa?”
“Un cheque del Gobierno es como un cuadro de Van Gogh: se han pintados centenas, pero sólo valen los que tienen firma”.
“Bueno, pero volviendo al tema. Sucede que ya estás estudiando, la fundación no te paga y uno tiene que ver de dónde demonios consigue 3 mil pesos al mes. ¿Qué hace?”
“Vende su riñón”.
“¡No! Ni vendiendo tus órganos te pagas una maestría en este país. ¡Lo que haces es buscar trabajo como loco, aceptando la primera vacante que encuentres! Trabajas para estudiar y no al revés. A ningún becario le queda de otra. Por eso te decía que así se bajan los índices de desocupación: se otorgan becas pero no se pagan y eso obliga a las personas a conseguirse un empleo. ¿No me negarás que es una gran estrategia?”.
“Caramba, no lo puedo creer, pero parece lógico. ¿Cuánto tiempo han tenido sin pagarte?”
“Como seis meses”.
“¡Seis meses! Eso es una barbaridad, ¿cómo le haces para estudiar en esas condiciones?”
“Mira, al año ya no es tan difícil, terminas acostumbrándote a una vida austera”.
“Pero viajar a Mérida cada fin de semana te ha de salir un ojo de la cara”.
“Tienes una fijación con extirpar partes del cuerpo, ¿ya te han dicho?”
“Sí, una vez… pero mejor explícame cómo le haces para costearte los viajes”.
“Me hice novia del repartidor del Diario de Yucatán y él me trae y me lleva clandestinamente cada fin de semana. No sabes qué horror viajar en una camioneta, sin frenos, en la madrugada, rodeada de papel recién impreso o peor aún, junto a periódicos humedecidos que van de vuelta. Por pasar la noche ni me preocupo, duermo en la escuela, en una cama inflable; de alimentación, lo mismo, vivo sometida a la dieta del huevo”. 
“Oye, pero es horrible que padezcas todo esto”.
“Déjate de eso, lo verdaderamente terrible es el trabajo que tengo que  hacer entre semana aquí en Campeche. Entro a las dos de la tarde a un despacho contable, con un mundo de sueño por la digestión. El contador me carga de trabajo porque sabe que no puedo renunciar. Mis dos vecinos de escritorio se pasan toda la tarde bajando porno de Internet, mientras yo soy la que se mata haciendo las declaraciones fiscales. ¡Arrrrgh, qué coraje! Creo que ni los diseñadores gráficos de Playboy ven tantas mujeres desnudas en una pantalla durante sus horas laborales, aún cuando ése SÍ es su trabajo”.
“Me tienes sorprendido. ¿Por qué tienes que sufrir todo esto?, ¿dónde está el dinero de tu beca?”
“Nadie sabe, hablo por teléfono cada semana a la fundación y me contestan primero que lo van a checar. Mientras esperas te ponen la música de la película ‘El golpe’, ¿será algún tipo de mensaje subliminal? Pasan alrededor de tres minutos y finalmente escuchas una voz que te pide hablar el próximo viernes y  así hasta el infinito”.
“Me pregunto en dónde se habrá gastado el Gobierno esos fondos”
“No lo sé, pero me imagino que algo tendrá que ver aquella dichosa Cápsula del Tiempo”
“¿Cápsula del Tiempo?, ¿de qué hablas?”
“Es un monumento por el 150 aniversario de la emancipación”.
“Dios, ¿cómo puede algo llamarse la Cápsula del Tiempo?, ¿quién lo propuso?, ¿Marty McFly?”
“No creo que su nombre sea parte de la Coordinación de Sitios y Monumentos Históricos, pero lo voy a investigar”.

“Sólo que sea así y hayan planeado convertir al ‘Guapo’ en una máquina para viajar al pasado. ¿Te imaginas? Sería parte del tour por el centro histórico, para que los turistas comprueben con sus propios ojos que nada ha cambiado en esta ciudad y que Campeche sigue teniendo la misma vida nocturna que en el siglo XIX”.

“Hasta donde sé es una especie de glorieta conmemorativa. Lo más triste es que la susodicha Cápsula del Tiempo va a costar una millonada. Dicen que hubiera sido más barato hacer una reproducción del Monte Rushmore a la salida a Mérida con las cabezas de Pablo García, Juan Carbó, Tomás Aznar y Pedro Baranda”.
“Terrible. Entonces tú crees que ahí se fue tu beca”.
“Pues yo digo, ¿a dónde más?”
“La mera verdad, te admiro”.
“¡Arggggggh, pero qué tarde es! No me había dado cuenta. Todavía tengo que ir al trabajo y hablarle a mi novio para decirle lo mucho que lo quiero”.
Entrecomilló la última frase con los dedos.   
“Eres toda una mártir de la educación superior. Tu nombre debe ser grabado en un obelisco en honor a todas las víctimas de los monumentos innecesarios. Estarías junto a cientos de pescadores, agricultores, ganaderos y automovilistas”.  
“Sí, la verdad. Hace falta recordar por siempre esta tragedia”.

 Entonces se marchó rápidamente sin dejar su parte de la cuenta.  

(En la imagen: construcción de la llamada Cápsula del tiempo en Campeche, Campeche)

Manos Curativas

Manos Curativas

El sistema para el Desarrollo Integral de la Medicina Alternativa A. C. (DIMA) ha anunciado del 27 al 29 de octubre su evento más importante del año: “Manos Curativas”, la mayor convención de sanadores, homeópatas, quiroprácticos y cultivadores de flores de Bach de la zona Sur. Por tres días los más reconocidos síquicos, acupunturistas y promotores del vegetarianismo, entre otros profesionistas de la salud, visitarán el estado y ofrecerán a todo el público curaciones a precios accesibles como una forma de labor social.
Lorena Michán, coordinadora del área de eventos especiales de la asociación, informó que esta convención complementa programas permanentes del organismo como Videntes a Bajo Costo o Parapsicólogos en Tu Comunidad, que buscan poner al alcance de las mayorías los extraordinarios beneficios de la medicina no convencional. Además de preparar el camino de algunos de sus miembros para los comicios del 2009.
Michán, quien anteriormente trabajaba en el área de Comunicación Sensorial del DIMA, pero cuyos boletines telepáticos nunca llegaban a los reporteros, explicó también que el evento contará con dos talleres de “gran trascendencia” (en el más amplio de los sentidos): Levitación, a cargo del maestro Arigo, y Manualidades con Cucharas Dobladas, que impartirá el reconocido síquico Uri Vélez.
Asimismo, el sanador coreano Takeshi Chon Park hará una demostración de sus maravillosos poderes, capaces de curar padecimientos intratables para la ciencia como la calvicie o la soledad de la mediana edad (se dice que ambos están relacionados, pero no se han encontrado aún pruebas contundentes). Chon Park tiene además la sorprendente habilidad de hablar “en lenguas”. A pregunta expresa de cómo era posible distinguir “esas lenguas” del coreano, idioma natal del sanador, la también parapsicóloga Michán respondió: “Es algo que simplemente se sabe”.    
“Manos Curativas” también contempla el llamado “Bazar Arte-sanar”, donde se ofertarán todo tipo de productos para la salud, elaborados por pequeños talleres en el interior de la Península, desde pastillas de arsénico hasta cartílago de tiburón. Las pastillas de arsénico no son para la depresión severa, explica la parapsicóloga, sino que “en pequeñas dosis logran aliviar padecimientos corpóreos como el cansancio crónico, la artritis o la flaccidez por levadura, propia de los abdómenes mexicanos”.  
La llegada de cirujanos extranjeros (en este caso filipinos) es una de sucesos más promocionados de este evento. Cinco expertos en “operaciones sin bisturí” darán masajes vigorosos en las carnes de todo tipo de pacientes (entre más gordos mejor, detalla la propaganda). El objetivo, al parecer, es extirpar materia extraña del interior de cada cuerpo, componentes que según los médicos alteran el metabolismo y provocan enfermedades tales como la hipertensión y la infertilidad. Curiosamente, el grupo médico filipino pidió como requisito para venir al país, un abastecimiento de por lo menos 80 kilos de carne de res al día, una solicitud que causó extrañeza en los organizadores dado que los cinco especialistas se asumieron desde un principio como vegetarianos. Otro hecho destacable es que cuando les preguntaron en la aduana cuál era su instrumental médico, los filipinos sólo mostraron dos botellas de agua y tres vasijas de aceite.
“Pero no todo es medicina, en ‘Manos Curativas’”, explica Lorena Michán; “también hay espacio para la superación extrasensorial”. Además de la presentación del libro “Ánimo, ánima” escrito a cuatro manos entre Carlos Trejo y Carlos Cuauhtémoc Sánchez, el Área de Atención Ontológica del DIMA ha preparado una conferencia magistral con Osztja Mej, la húngara que una mañana descubrió que podía hablar con los muertos, caso en el que se basó M. Night Shyamalan para escribir su película “El Sexto Sentido”.
Y es que la historia de Osztja es una de las más conmovedoras que puedan escucharse, ya que la ahora maestra de la Paranormal Superior de México experimentó en su niñez dosis terribles de humillación por parte de sus compañeros de la primaria. Osztja superó todos esas burlas con templanza una vez que aceptó su don y fue durante su graduación cuando supo de labios del fundador de la centenaria escuela que tendría que encontrar su misión en la vida (“en ésta y en la otra”, según le especificó el otrora docente). Años después Osztja supo que había venido al mundo no a trabajar en las revistas de nota roja como le había sugerido un amigo (“Tú sí tendrás las versiones de todos los implicados”, le había dicho) sino para guiar a las almas a su última morada. Emigró entonces a nuestro país –específicamente a la Frontera Norte- donde tuvo contacto con nahuales, quienes la ayudaron a desarrollar su extraordinaria capacidad de comunicación. “Eres una especie de ‘pollero’ de las almas”, le había dicho su Maestro Juan Santos, “ayudas a la gente a encontrar una vida mejor al otro lado”. 
Con esos antecedentes y esa hermosa historia de éxito, Osztja Mej viene a Campeche para compartir su experiencia como síquica y también para entrevistarse con la Asociación de Madres de Familia, quienes han descubierto en ellas mismas extrañas capacidades de premonición, en especial respecto a los novios de sus hijas.
De esta manera, la primera convención “Manos Curativas” que se realiza en el estado augura un lleno total, dado el interés público por la salud y por el compromiso de la DIMA de evitar esperas largas en las consultas, prepotencia médica y desabasto en medicinas. Y es que hasta ahora las autoridades del IMSS y del Issste no han podido mejorar esa oferta.

El pueblo lo pide

El pueblo lo pide

Foto cortesía de Flor de Anda.

Pensar adelgaza

Pensar adelgaza

No se equivocaba Pascal: se escriben textos largos por falta de tiempo para reducirlos. En esta entrevista, el máximo promotor de la Lipocultura, Marcus Cunningham, nos acerca a su ya célebre sistema de adelgazamiento.

 Una cosa ha preocupado al doctor Marcus Cunningham, de la Universidad de Michigan, desde sus inicios: el grosor de los libros. En una cultura, como la norteamericana, donde las narraciones menores de 300 páginas son novelas truncas, Cunningham ha encabezado una nueva ofensiva contra el peso material y a favor del peso específico de la literatura que él ha destacado en autores de América Latina como Augusto Monterroso o César Aira.

Después de haber criticado el método Pilatos (obras que fueron desarrolladas según los dictados de la masa) y la escritura macroética (narraciones dependientes de la repercusión social), el doctor Cunningham lanzó la Lipocultura como un sistema que comprende operaciones para disminuir la palabrería vacua y sin posibilidades de trascender. Sentado sobre un sillón ligeramente oloroso (“Le perteneció a Bukowski”, asegura), el polémico especialista nos habla de sus técnicas literarias desde su casa de descanso en Oregon, en el noroeste de EU.

  ¿De dónde surge la Lipocultura?
En 1920, mi padre estuvo en un servicio diplomático en Bogotá, pese a sus dificultades para hablar español. Cierta noche coincidió en una cena con José Juan Tablada, compatriota tuyo, quien entusiasmado le contó sobre un poema que acababa de escribir en una servilleta. El poeta comenzó su recitación diciendo: “Li-Po es cultura”, línea que finalmente suprimió en la versión publicada. Debido a la gran cantidad de vino que había ingerido, mi padre creyó que Tablada le confiaba un método para redactar haikús, dado que por ese entonces, el poeta investigaba la capacidad de los orientales para reducir la poesía a unas cuantas líneas. La confusión duró el tiempo suficiente para que la palabra “Lipoescultura” ocupara las mejores páginas del diario del viejo Cunningham y buena parte de mi niñez. Años después, una vez que obtuve mi diploma en Oxford, mi padre me encargó que diera coherencia a sus anotaciones. Pero como el término “Lipoescultura” ya estaba registrado, los abogados me recomendaron optar por el concepto más significativo de “Lipocultura”.

 Comenzó usted, si no me equivoco, con un Centro de Modelado Cultural.
Sí, al principio reuní a un grupo de chicos en un café para hablar de escritores, libros y problemas de la actualidad. Leíamos los textos que llevaba cada uno de ellos y yo usaba un sistema que en ese entonces denominé de “hilos rusos”: medíamos sus creaciones con lecturas de Chéjov o Dostoyevski a ver si los chicos podían superarlos.

 ¿No era un poco duro eso?
 “Si no duele es que no está funcionando”. Creo que la frase es de Masoch.

 No, es de Cindy Crawford. Señor Cunningham, ¿en qué consiste exactamente la Lipocultura? 
Podemos compararla con el trabajo del escultor que de un cubo de granito va cincelando la figura a través de la sustracción: quitando lo innecesario. Eso es la Lipocultura: quitar para dar forma. Y ya se sabe que la esencia del arte es formal.

 Me pareció haber visto sus diagramas de corrección sobre algunos manuscritos. Parecen estrategias de un coach de baloncesto.
Sé a lo que te refieres. A veces hay que hacer señalamientos muy específicos con flechas, tachones y círculos; hay jóvenes que no entienden tus sugerencias hasta que escribes “Esto es una mierda” al margen.   

Recuerdo que Bushnell recomendó recientemente no escribir más de 50 páginas diarias. ¿Cree usted que se trate de un régimen excesivo que termine por mermar la salud de la literatura? 
El problema con las limitaciones es que nos vuelve contadores y no de historias precisamente. ¿Y si a la cuartilla 48 surge el Shakespeare que todos llevamos dentro?, ¿qué hacer en estos casos?, ¿dejarnos llevar por el placer o por la aparente autocrítica? Yo creo que Bushnell terminará por crear un ejército de anoréxicos creativos, que reflexionarán dos horas antes de teclear su siguiente frase.

 Da la impresión de que su método reductor es muy cercano al de Bushnell.
No, porque no es lo mismo lo que escribes que lo que publicas. El problema no está en la escritura sino en lo que termina en los estantes. Lo que la Lipocultura propone es un trabajo a posteriori de la creación literaria. No te prohíbe redactar, sino que trabaja con el texto antes de que llegue a los lectores.  

¿Qué ventajas tiene sobre otros sistemas, digamos, por ejemplo, la Dieta de la Luna?
 Eso de sentarse a contemplar nuestro blanco satélite hasta que nos llegue la inspiración ha producido más cursilería que literatura. Es una estupidez, no lo intenten. Mi sistema está semióticamente probado. Nueve de cada diez textos redactados con Lipocultura han llegado a ser temas de tesis. Ningún otro método mejora a tal grado el desempeño textual de las personas. 

 En términos generales, ¿no está viviendo la literatura contemporánea una obsesión por el grosor quizás alentada por el mercado?
En parte. Los norteamericanos aman las novelas porque ellos mismos le imponen el ritmo a su lectura. Un cuento te exige no separarte de él hasta el punto final; la novela, no. Un poema necesita que sólo existas para su lectura; la novela que tengas unos minutos libres en la fila del banco. Por eso los norteamericanos veneran el grosor; por la amplitud que permiten sus historias; sus lecturas son la música de fondo de otras actividades: viajar, asolearse, prepararse para la siesta. No te voy a mentir, en la actualidad me preocupa que gente como Stephen King lidere el mercado. Dios, a mí me causan más terror las cientos de páginas que escribe que sus historias. El sólo espesor de It me dejó sin dormir una semana.

Pienso un poco en Robert Musil y en sus cientos de páginas innegablemente desiguales, y en lo característico que significa eso de su literatura. ¿No está usted contribuyendo finalmente a la cultura light: el material digerido para el público lector?
 Si me quieres comparar con lo que hace la Reader’s Digest, podría golpearte con el Manual Merck que guardo para estos casos. Me niego a pensar en esos términos. Mira el caso de T. S. Eliot, ¿qué sería de Wasted Land si Ezra Pound, un precursor de la Lipocultura, no le hubiera sugerido suprimir decenas de versos innecesarios? Los editores talentosos han hecho esto todo el tiempo, lo único que hago es popularizar el método.

¿Está usted hablando del autor de Cantos, un libro de 824 páginas?
 Sí, hay gente que trabaja mejor con los cuerpos ajenos que con los propios. Mi mujer puede darle mejores razones al respecto.

¿Es crítica literaria?
No, es dietista.  

Volviendo al tema, ¿qué pasa con Dostoyevski y Tolstoi o más evidentemente con Joyce?, ¿no será que los escritores actuales tienen modelos a esa escala?
Sí, todos quieren escribir el libro y no se preocupan por hacer literatura. Los jóvenes se deslumbran con Guerra y Paz y olvidan que el mejor Tolstoi se encuentra en La muerte de Iván Ilich, un relato que no consume ni una hora. Tengo la impresión de que los muchachos de hoy no se han dado cuenta que hay mentes que pueden soportar esas dosis y que no es cuestión de reproducir la experiencia sólo para “ver qué sucede”.

¿Su sistema no provoca a la larga que los autores desechen todas sus páginas después de haberlas escrito?
Una cosa te puedo asegurar: toda esa bulimia literaria que padecen nuestros jóvenes no se debe a métodos como la Lipocultura. La escritura de obra debe estar bajo estricta supervisión estética. Eso es indispensable. Por ello, todos nuestros clientes firman una cláusula que nos libra de responsabilidades ante valiosos manuscritos destruidos durante ataques de depresión o delirium tremens.

Pasando a los casos particulares, ¿cuál ha sido el ejemplo más exitoso de su sistema?
No debería decirlo pero un día llegó el editor Gordon Lish a mi laboratorio de Alabama, con unas cuartillas mecanografiadas por un tal Raymond Carver. Me dijo: “¿Qué puedo hacer con el chico? Sus cuentos son buenos, pero late demasiada emoción en ellos”. Le dije que suprimiera las explicaciones y dejara sólo lo necesario. “Eso es algo muy peligroso, Marcus”, me dijo. “La gente quiere motivos”. Estuvimos en una discusión acalorada, pero pudimos eliminar casi la mitad de las palabras originales, gracias a la Lipocultura, que en esos momentos estaba en un periodo de prueba. Cuando acabamos, Lish estaba eufórico. “¿Sabes una cosa?”, me dijo, “Esto no puede quedar en el olvido, añadiré la palabra ‘dijo’ en varios momentos de la historia, como una forma de recordar tu muletilla”. “Yo no tengo muletillas”, dije, pero su propio entusiasmo le impidió escucharme. Así salió el estilo Carver. Lo lamento por sus imitadores. 

Y  en el extremo contrario, ¿recuerda algún escritor cuya grafomanía no haya podido curar?
 Norman Mailer ha sido mi único fracaso en todos estos años. Una madrugada del verano de 1991, vino a mi casa con su Fantasma de Harlot: un mamotreto de mil 300 páginas sobre la maldita CIA. Carajo, Norman, le digo, qué demonios te pasa. Y él: Marcus, ayúdame, ha vuelto a suceder. Lo senté en el sillón que alguna vez fue de Fitzgerald y le dije: Relájate y háblame un poco sobre tu infancia.  No acababa yo de acomodarme en mi tumbona cuando Mailer me contó que siendo apenas un chico de nueve años redactó 250 páginas de un historia que tituló Invasion from Mars. Entonces mientras hablaba, todo fue claro para mí: estaba frente a un caso perdido.