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Tediósfera

Peligroso Plop

Peligroso Plop

Contar un chiste es un deporte lleno de riesgos. Como en las carreras de autos, una mínima variación en la velocidad o un descuido al tomar la curva, podría convertir el anunciado éxito en una tarde desastrosa. Es casi como la declamación de un poema, una ciencia de la exactitud que si bien depende mucho de la memoria, también recurre a la improvisación para salvar los momentos difíciles.  
La poesía y los chistes tienen otro punto en común: hay gente obsesionada con convertirlos a ambos en un asunto de sobremesa. A menos que seas Polo Polo y  puedas hacer una epopeya del encuentro entre dos homosexuales, el chiste caminará todo el tiempo por la cuerda floja. Se trata de un juguete compacto que puede volar en mil pedazos a la menor provocación, pero también de un síntoma del exceso. Como una señal de alarma, el chiste nos avisa que hemos sobrepasado el tiempo o la cantidad de alcohol razonables.  Siempre que en una fiesta alguien inicia la ronda de chascarrillos significa que todos los temas de conversación han sido ya agotados.
Quienes hemos padecido al menos una veintena de reuniones familiares, sabemos que nada es tan vergonzoso como un chiste mal contado o tan trágico como un “gran final” que olvidamos en el último segundo. Como le sucede a Marlin, el pez payaso de “Buscando a Nemo”, explicar las circunstancias de un chiste acaba por provocar pena ajena. De las personas graciosas que pretendíamos ser terminamos siendo el objeto risible de los asistentes. Finalmente el chiste se vuelve una carta bomba a la que hemos puesto como destinatario nuestro propio domicilio.
Lo más curioso es que precisamente sea en esa práctica tan inestable donde los mexicanos hemos identificado el ejercicio del humor. La palabra “humorismo” nos remite indefectiblemente a un señor de mediana edad que hace bromas sobre esposas infieles o niños precoces. Decenas de malísimos programas de televisión a lo largo de los años han depauperado la palabra “humor” hasta reducir sus variedades a los colores rojo y blanco, como las gambas. Lo peor de los comediantes nacionales es que han habitado esos extremos (el albur y la candidez) sin poblar toda la zona intermedia, llena de claroscuros.
Los chistes son pequeños universos autosuficientes; cuando son buenos, ejemplifican el arte de la condensación. A excepción de Polo Polo, cuya práctica favorita es convertir cualquier historia en una gesta heroica donde todos hablan a insultos, los chistes son abruptos, como los petardos. Esa es su mejor imagen: la del explosivo. Pensemos en el chiste como una granada de la felicidad y en el comediante como alguien que sólo espera el momento de quitar la perilla. De la misma forma que con el amor, siempre le conferimos al chiste la más alta de las expectativas; por eso resulta tan deprimente cuando nadie ríe.  
Habituados a una realidad donde las fiestas acaban rápido por insuficiencia de gente graciosa, los comediantes sólo hacen tv si pueden transformar sus chascarrillos en guión. De profesionales de la risa presentándose en vivo a sketches inconsistentes en los programas de variedades, la tele mexicana ha pensado en el humor como en el plan de contingencia cuando todo lo demás falla. ¿Se cae el rating? Traigan al chaparrito que se viste de mujer. ¿Tenemos minutos valiosos donde no hay nada que hacer? Que el señor ése hable como franelero de estacionamiento.
Poco trasciende en ese humor de emergencia. No sirve para ver la realidad ni tampoco se vale de la realidad para hacer comedia. Crea un mundo aparte poblado de clichés y de historias recicladas, con tontos incorregibles, mujeres infieles y dobles sentidos. Con esos chistes, nos pasa lo mismo que con los videos caseros donde la gente se cae: nos reímos sólo por reflejo.
Decía Augusto Monterroso  que “el humorismo es el realismo llevado hasta sus últimas consecuencias. Excepto mucha literatura humorística, todo lo que hace el hombre es risible o humorístico. En las guerras deja de serlo porque durante éstas el hombre deja de serlo”. Ése es el efecto que producen auténticos programas de humor como “The Office” o “Extras” (realizados casi con ánimo documentalista, sin risas grabadas y llenos de silencios incómodos): una carcajada patética pero irresistible que nos revela lo que de horrible tiene el mundo y el ser humano.
Por eso resulta tan sintomático que en México abunden los cuentachistes y se carezca tanto de humor en la pantalla chica. En el país no hemos aprendido a usar el humor para vernos (aunque quizás un buen intento haya sido aquel “¿Qué nos pasa?” de la década de los ochenta). Concebida la tele como un asunto de evasión, el humor –que inevitablemente lleva a pensar- es escaso porque cuestiona. Es una forma de desarticular la realidad, de analizar los frágiles engranajes de nuestras sociedades. Quizás por eso, lo hemos confinado a la crítica política, donde todos los tiros llegan al blanco y donde la risa puede actuar como venganza contra una especie por la que pagamos tanto y recibimos tan poco.
Los programas de comedia son en realidad programas de chistes y los chistes son una artimaña a la que recurrimos para cumplir un tiempo que se ha vuelto demasiado largo. Admitámoslo, señores de la tv: no somos graciosos y la fiesta debió haberse terminado desde hace mucho.  

La vida de los otros

La vida de los otros

Puedo entender que en un primer momento el Messenger haya servido para comunicarnos en horas laborales, para mantener conversaciones que no serían posibles en la realidad y también para dar sentido a nuestros impulsos adúlteros. Pero como toda tecnología para la vida, el Messenger perdió su sentido original y ahora es la biografía dosificada de un puñado de conocidos.
A través de sus canciones, sus frases, sus nombres y sus imágenes, cada uno de nuestros contactos dice algo de sí mismo, incluso más de lo que nos importa. “Qué horror estar a dieta”, “Estoy en terapia”, “La última mudanza debe ser la más ligera”, “Vivo en el límite”. ¿Es necesario saber todo esto? No, pero tampoco queremos renunciar a este confesionario público, donde es posible seguir día a día los detalles que animan la biografía de los otros. Quizás todas esas personas que tenemos en el Messenger sean como los extras de una película épica (en este caso, nuestra propia vida) que sólo sirven para inyectarle credibilidad a una mala trama.
No dudo que en el Messenger estén nuestro jefe, la esposa, los amigos más queridos, pero, ¿hemos caído en cuenta de que tenemos también a una veintena de personas con las que no hemos cruzado palabra nunca y de cuya presencia, sin embargo, no podemos prescindir?  Eso es lo auténticamente inexplicable: que nunca borremos a nadie  y cada minuto repasemos esa lista de nombres, con la obsesión de un corredor de bolsa que atiende el subibaja de los índices financieros. ¿Por qué nos interesa el truene de “niñabonita62” o los mensajes en francés de “soy_lo_prohibido1”? No lo sabemos pero son como una telenovela que seguimos capítulo a capítulo.
Quizás esta actitud obedezca a que en el fondo todos somos unos vouyeristas y agotada nuestra vida queremos auscultar la de alguien más, no importa si la historia está suministrada a cuentagotas. Pero también hay un pacto callado en el Messenger para compartir la privacidad o en todo caso la apariencia de que uno también tiene problemas, sentimientos o por lo menos pareja.
Sin duda alguna, hay días en que conectarse al Messenger es como despertar con resaca de una fiesta: ¿Quién diablos es este tipo, por qué lo tengo en mi lista de contactos, de dónde lo conozco?, nos preguntamos. Y sin embargo, no bastan los motivos. Cuesta trabajo eliminarlos, como si fuéramos mafiosos con escrúpulos a punto de saldar una traición.  Hay gente que siempre se pone “Ausente”, hay quienes advierten que están trabajando en todo momento. ¿Para qué demonios se conectan entonces? Pensémoslo un poco: ¡para informarnos de que no pueden atendernos! Es una forma –burocrática, por un lado; celestial, por el otro- de rendir cuentas a un público cautivo, incluso para decirle: no tengo tiempo para ti.
El mensajero instantáneo resume dos vidas: la nuestra y la de nuestros contactos. Como si se tratara de los créditos finales de una película o el índice onomástico de un libro, el Messenger despliega nuestra biografía trazada por los otros, al tiempo que nos devuelve un retrato deprimente de lo que somos: personas en crisis y necesitadas de compañía. Sólo hagámonos una sencilla pregunta: ¿Soportamos más a nuestros amigos por Messenger que en el mundo real? Si la respuesta es afirmativa, estamos rodeados de gente que también necesita un terapeuta.
Pero qué le vamos a hacer, así son nuestros contactos del Messenger: ponen las fotos menos afortunadas de sus hijos, escuchan insistentemente música romántica, les da por echarse porras a sí mismos y han reducido sus vocabularios a las meras consonantes: NPX. TQM. TAJP. Además de ello, buscan páginas y programas para ver quién los eliminó, quién no quiere hablarles y por qué. Obsesivos, bilingües, melómanos, nuestros conocidos han hecho del chat no sólo una red social, sino un parámetro de la camaradería.
Además, el mensajero instantáneo es lo más cercano a un reality show, en tanto nos presenta la cotidianidad monitoreada a todas horas. No conformes con manifestar su dolor en tiempo real, los compañeros de Messenger nos hacen partícipes hasta de sus actividades más insulsas: “Estoy en el baño, deja tu mensaje”, “Salí a comer”, “Apurado estudiando para el examen”. Es como si las personas necesitaran experimentar una doble vida -en la realidad y en la Internet- y sintieran la obligación de compartir su agenda diaria con sus lectores.  
Pero la red está llena de contradicciones. Los dispositivos creados para comunicarnos han terminado por provocar toda una serie de equívocos. La simplicidad en las conversaciones por Messenger no sólo ha enloquecido el diccionario sino ha suprimido las reglas de puntuación. Alguien escribe “Ya se enteraron de la reunión” y el otro no sabe si es pregunta o afirmación. Ante este problema, los usuarios del chat han sustituido las palabras por las imágenes: los llamados “emoticons”, animaciones creadas para salir a todas horas y complicar las cosas que se pueden complicar entre dos hablantes.
Si Dios hubiera conocido los “emoticons” no hubiera necesitado el episodio de la Torre de Babel. He mantenido pláticas con personas que me quieren contar una historia y en sus ventanas sólo salen dibujos que nunca logro entender. Finalmente me siento como si fuéramos dos neandertales jugando “Caras y gestos” en las cuevas de Altamira. En eso acabó todo: en los tiempos de la supercarretera de la información, hemos vuelto a comunicarnos como en la edad de piedra. 

El acto del mimo

El acto del mimo

Siempre he tenido miedo a los mimos. Deberían ser un asunto de risa, pero hay personas, como yo, a quienes nos causan terror. Cómo explicarlo: digamos que me parece muy deprimente que alguien tenga que pintarse la cara, vestir pantalones anchos y exagerar sus movimientos para ofrecer un espectáculo. Aunque pensándolo un poco, es algo que solía hacer en mi adolescencia, cuando tocaba en una banda de death metal. 
Quizás por ello, la muerte de Marcel Marceau me cause un conflicto emocional. Por un lado reconozco en él a un gran artista del siglo pasado, creador de rutinas clásicas de la pantomima, pero por otro, la noticia se enlaza terriblemente con mi experiencia del martes en la tarde.
Algo tienen mis ex compañeros de preparatoria que, una vez alcanzada la madurez, parecen vivir para sus hijos, trabajar para sus hijos y contactarnos en el Messenger sólo para hablarnos de sus hijos, pero al mismo tiempo son incapaces de ofrecer una fiesta infantil en el que no haya por lo menos una mujer que termine llorando por una crisis nerviosa.
Todo parecía estar en orden ese martes. El recorrido por el local me hizo reconocer a todos esos tipos detestables de mi adolescencia que no se cansaban de jugarse bromas pesadas entre ellos y que milagrosamente se habían convertido en gente responsable después de tomar un retiro de Jornadas. Se casaron rápido, obtuvieron trabajo pronto y ahora no se cansaban de invitarme a conocer sus viviendas, como si en ellas hubiera algo más que  recámaras y baños.
Cuando uno ya se siente aburrido en un evento al que estuvo obligado a asistir, sólo se preocupa de que lo vea quien lo invitó. En este caso, Manuel –una de las mentes más brillantes de mi grupo, pero que había encontrado en la procreación el placer que no le daban las Olimpiadas de Matemáticas- había salido a buscar unos regalos, por lo que sólo estaba esperando su pronta reaparición para marcharme.
Lamentablemente, antes de su llegada, sin anuncios de por medio ni fanfarrias, entró a escena el payaso Caguamito, un señor de mediana edad, de ropa rota y deslavada, que parecía haber sido maquillado por un drag queen pero con síndrome de Tourette.
“¿Eso es un payaso?”, le pregunté a Salomón, quien había terminado casándose con Ana, aquella chica amable del salón, capaz de organizar kermeses cada mes.
 “Pues un ex compañero no es”, me respondió mientras acariciaba cariñosamente la pierna de su mujer.
El payaso indicó con señas que haría una rutina de pantomima.
“¿Cómo puede alguien contratar a un tipo que se hace llamar Caguamito?”, proseguí en voz baja, mientras una música de los años 50 inundaba el salón. “¿Qué tenía Manuel en su cabeza?”
“Ah, ya conoces a Maney. Práctico, impaciente, ahorrativo. Seguramente ese payaso fue el primero que se ofreció a trabajar por una botella de blanco”, me murmuró Salomón, entre risas.
“¡Pero es horrible!”, espeté. “Es una de esas personas que sabes que necesitan medicación todo el tiempo. Velo. Un hombre normal no camina de esa manera”.
“Estás paranoico. Está haciendo como si caminara en la luna”.
“Espérate. ¿En qué momento pasamos a la luna?”, nos interrumpió su mujer, que se había acercado a compartir la plática. “Yo había entendido que representaría un safari en África”.
Me toqué la frente en señal de preocupación.
“Déjame adivinar”, volvió a decir mi amigo mientras entrecerraba los ojos, como si el gesto lo hiciera ver más claro. “Ya. Un cebú, sin duda alguna. Está representando un cebú”.
“Caramba, Salomón, un cebú no pone sus patas delanteras como tiranosaurio Rex. ¿Qué demonios es, una suricata?”, dijo Ana.  
“¿Con alas?”, precisó.
“No sé. No estoy segura de que ese movimiento de manos signifique un ave”.
“Ana”, le corrigió el marido, “representar un pájaro con las manos es un ademán universal. Es como pedir la cuenta en el restaurante. No da lugar a dudas”.
“Pues…”, empezó a decir ella para justificarse, pero no encontró las palabras.
El mimo pegó los dedos de la mano e hizo la mímica de que estaba cortando algo.
“Mmm”, conjeturó la mujer, “eso podría tratarse de un filete miñón, una ballena jorobada o un pastel de boda”.
“Amor”, le reprendió Salomón, “si acabas de venir del Carmen, dime cuántos cubiertos usaron para destazar a la ballena. ¿Quinientos, seiscientos cincuenta? Me parece particularmente difícil que cortar esas tres cosas tenga algún parecido”.
“No sé”, se explicó ella. “Este tipo es malísimo, no entiendo nada de lo que quiere decir”.
“Yo diría que es como si estuviera representando a cinco chinos en una bicicleta de circo”, aventuró mi amigo mientras se tocaba la barbilla.
“Nadie mueve más los brazos que las piernas mientras monta una bicicleta”, le precisó su mujer con tono vengativo.  “Es… no sé… como si estuviera empacando un muslo de cordero y ahora lo rodeara con cinta de embalar”.
“¡Estás loca o qué!”, se alteró Salomón, al punto de que alzó la voz. Inmediatamente recuperó la compostura. “¡Alguien que empaqueta carne se palpa con tanta insistencia la vena del brazo!”
El asunto ya me estaba desesperando y yo sólo lanzaba miradas patéticas a la puerta, a la espera de que Manuel se apareciera de un momento a otro.
“¿La vena del brazo?”, respondió Ana, “¿cuántas cosas pueden representar eso? Mejor voy por Alfonsito”.
Salomón bufó como un toro enojado. Ese hombre transformado por la vida había desaparecido. Murmuró dos o tres cosas horribles sobre la monogamia mientras sacudía una y otra vez los pantalones, como si tratara de sacarse un insecto. Yo tomé una lata de refresco y me alejé sin despegar mis labios del popote.

Discretamente abandoné la fiesta. No crucé palabra con nadie más. Cuando volví la cara para darle un último vistazo a la celebración, descubrí a Manuel del otro extremo preguntándome con ademanes por qué me iba. Le dije adiós con la mano y me señalé la muñeca con el índice. Supuse que sí me había entendido. 

La conspiración del sobrepeso

La conspiración del sobrepeso

Es estimulante que la gente hable de ti con los mismos términos que utiliza para referirse a Luis Miguel… pero en su reciente aparición en Las Vegas: “Pasado de peso, con el rostro surcado por las arrugas y un peinado nada favorecedor. Ése es mi primera impresión, Eduardo”, me dice esta mañana Patricia, amiga de la carrera, modelo ocasional, lectora de Joyce (aunque sólo de sus cartas).
Doy la media vuelta para marcharme, pero ella me detiene con la mano: “Oye, no te sientas mal”, en verdad parece preocupada por mi reacción, “lo mismo habría dicho de… Britney Spears en los MTV”.
Entonces lanza la carcajada y se marcha. Maldita, lo hizo otra vez.

Mientras se aleja pienso que muchas personas tienen motivos auténticos para volverse adictos a Internet y olvidarse del mundo real: salir de los primeros 25 años de nuestra existencia es como entrar a la secuela de una mala película: vuelven los mismos personajes, sucede lo que ya tenías previsto, pero duele más haber pagado por el boleto. Me pregunto quién habrá hecho el casting de nuestra vida, tan minuciosamente planeado para que todos tus amigos regresen en algún momento innecesario y te digan: “Pero qué mal te ves”.  Nuestra biografía es al fin de al cabo una novela escrita a cuatro manos entre el destino y nosotros mismos, es decir, entre un sádico y un masoquista.  
Una tristeza inmensa me embarga. Quiero olvidarme de ese primer mal encuentro y me dirijo a un restaurante naturista, adonde asisto cada que me siento parte de las estadísticas de sobrepeso en México. Pido un bísquet relleno de queso, una de esas peculiares formas de autocompasión que tiene el menú.
“Hola, hola, hola. Miren a quién tenemos aquí”.
No lo había visto en una de las mesas, si no habría huido. En verdad, nada mejor para levantarme la autoestima que Juan Hernández. Me explico: se trata de uno de esos amigos que no aparecen en tu vida sino esporádicamente y sólo para levantar las ventas de Prozac del farmacéutico de la Avenida.
“Siempre que te encuentro, te veo comiendo”, añade.
La verdad eso no es nada extraño, pienso, a los viejos conocidos sólo podemos reencontrarlos a punto de la indigestión o del colapso por alcoholismo. “Veo que te trata muy bien la vida de periodista. Eso de estar sentado ocho horas al día escribiendo tus columnas te asegura una musculatura de lujo”, dice.
Me mantengo callado. Se trata de uno de esos momentos incómodos a los que no se puede hacer otra cosa más que engullir algún  comestible que tengas a la mano.
“Sabes, la otra noche recordé nuestros días de prepa.  En ese tiempo vivía a la vuelta de tu casa y cada semana llegabas al punto de llanto para decirme lo gordo que te sentías y que por ese motivo no te acercabas a las compañeras del salón. ¿Te acuerdas?”
“Sí”, digo tímidamente. Juan Hernández es como una Fiscalía para Delitos del Pasado: escudriña tus años mozos y te usa como testigo para condenarte.
“Pues te tengo una maravillosa noticia. Busqué algunas fotos viejas donde estabas con tu grupo de rock. Te has de acordar: en ese tiempo usabas unas camisas largas y negras y pelo de futbolista de los setenta. ¿Sabes qué descubrí mientras veía esas fotos? ¡Que en realidad no estabas gordo! ¡Sufriste innecesariamente durante tres años, maldito dramático!”
Sonreí.
“Pero  bueno… ahora sí que tienes todos los motivos para sentirte un hombre obeso”.
Hice un gesto de que tenía razón y guardé silencio. Todavía la semana pasada en un viaje en lancha, el guía había tenido problemas para colocarme en algún lado de la embarcación a fin de que ésta no se fuera a pique.
“¿Por qué mejor no se baja?”, había sugerido un niño.   La madre carraspeó para disimular el comentario.  
Pero la saga de mi depresión no había comenzado ahí. Dos días atrás, el médico familiar había tenido esa misma mirada condenatoria que tuvo el sacerdote de mi primera confesión cuando hablé de las aplicaciones del canal Cinemax en mi infancia.
“Sabe usted, un estudio reciente asegura que la obesidad suele ser contagiosa. Si sus amigos engordan, existen las probabilidades de que usted lo haga en un 57 por ciento y si se trata de su mejor amigo, las posibilidades son del 171 por ciento”, me explicó de manera severa, como si grabara un documental para la BBC.
“¿Eso qué significa, doctor?, ¿qué debo dejar de frecuentar a mis amigos”.
“Sí, eso. En realidad no se merecen que usted los engorde”.
Así se enlazaban todos los sucesos. O Juan Hernández, el niño, el médico y mi amiga Patricia se habían puesto de acuerdo para torturarme a través de una conjura o a fin de cuentas todos tenían razón.
“Bueno, maestro, fue un gusto verte”, se despidió Juan Hernández, luego de ver a una chica atractiva que salía del restaurante, “todavía tengo mucho que hacer. Supongo que tú no tanto. Seguramente te sentarás frente a la computadora a escribir todo esto que te he estado diciendo, ¿verdad? Pero, bueno, cada quien hace lo que puede para fingir que trabaja”.
Caminó hacia la calle como un sicario que acaba de cumplir con su deber.
Después de su partida no aguanté ni un minuto más. Me quité la servilleta y me dirigí también a la salida. Detrás de mí se quedaba medio bísquet sin probar en el plato.
“¡Oiga amigo, cree que el mundo está para tirar la comida!”, gritó una mujer que llegó para desocupar mi mesa, pero no tuve ánimos para responderle.  

El desfile del amor

El desfile del amor

Este domingo, un rayo cayó cerca de Presidentes de México y produjo un apagón en la unidad habitacional. Mi hermana, que vive ahí, aplicó su plan de contingencia para desastres naturales y se trasladó en 11 minutos hasta mi casa en San Francisco para ver el final de “Destilando amor”.

La telenovela cumplió con su público, pero más cumplió con Televisa, pues alcanzó 42 puntos de rating en un desenlace que duró más de dos horas y que fue su segundo final más visto en los últimos años, sólo por debajo de “La fea más bella”, transmitido algunos meses atrás también en domingo.
Casi simultáneamente, en otro canal, América Ferrara ganaba el Emmy a la mejor actriz de comedia, por su interpretación en “Ugly Betty”, la versión norteamericana de “Betty la fea”, producida por Salma Hayek y transmitida por ABC.
¿Qué conecta a estos dos sucesos? Básicamente, el padre: Fernando Gaitán, un libretista  colombiano que entre otras cosas escribió “Café con aroma de mujer” (la historia en la que se basó “Destilando amor”) y “Yo soy Betty la fea”, quizás el más espectacular suceso en la telenovela mundial, pues países como Alemania, Holanda, Israel o Rusia han hecho sus propias versiones del melodrama, mientras que casi un centenar de naciones la han programado en su edición original.
Es este mismo autor colombiano quien ha aportado las claves de por qué las telenovelas son tan exitosas en nuestros países: “Tienen un gran poder de identificación. Cambian por su contexto, pero no por sus historias. La telenovela es el mayor género de penetración. Ha llegado a sitios en Latinoamérica y muchas partes del mundo donde no ha llegado la literatura”.
Buenas razones las de Gaitán, porque si algo es cierto es que las telenovelas mantienen a un auditorio cautivo, incapaz de hacer otra cosa mientras el capítulo se transmite. El horario estelar de la televisión abre un mundo en cada casa donde está prohibido tener asuntos urgentes. Una llamada a las ocho y media de la noche el pasado domingo nos hubiera granjeado enemigos de manera innecesaria.
¿Tiene algo que decirnos la telenovela ahora que festeja sus primeros 50 años? Al parecer mucho, no importa si, como en la política, introduzca cambios sólo para que todo siga igual. La gente aún cree en la telenovela como cree en el amor, o para ser más específicos, cree en la telenovela porque aún cree en el amor.
Pero la telenovela, en especial la mexicana, es una misma historia contada cientos de veces: el periplo de dos apuestos enamorados que luchan por concretar su amor. Por ese motivo, pueden identificarse ciertos patrones:
a) Las mismas historias. En esencia hay pocos argumentos: la chica que asciende socialmente, la pareja de posiciones opuestas que se enamora, el villano lleno de poder que vive en la absoluta impunidad hasta el penúltimo capítulo en que es capturado, muere o se vuelve loco. Para Fernando Gaitán son seis las historias que sustentan al melodrama en la pantalla chica: “La Cenicienta”, “Romeo y Julieta”, “El príncipe y el mendigo”, “Cumbres Borrascosas”, “Crimen y castigo” y “Madame Bovary”. Vaya y uno pensaba que la televisión no transmitía cultura.
b) Sobredosis de sufrimiento. La mayor facultad de una actriz que aspire al protagónico es saber hablar mientras llora. A las heroínas de telenovela las persigue la tragedia todo el tiempo; son buenas, abnegadas y al parecer carecen del más mínimo sentido común. Incapaces de ver que alguien les está haciendo daño, hacen tantas obras de caridad como una asociación de beneficencia.  Aparte tienen cuerpo de modelos y son cortejadas todo el tiempo por tipos fornidos con profesiones respetables (ninguna chica se enamora del ganador de unos Juegos Florales, por ejemplo, aunque sí de algunos choferes). Fernando Gaitán asegura que si un melodrama consta de 200 capítulos eso significa que hay 200 noticias para la protagonista: dos buenas (cuando conoce al galán y cuando se casa con él) y 198 malas.
c) Paternidad no reconocida. Lo auténticamente extraño en un melodrama es que alguien sea el hijo verdadero del tipo al que siempre llamó “papá”. Todos los personajes tienen parentescos ocultos y nadie sabe cómo nacen los niños en las telenovelas porque siempre aparecen criados por otra persona. La paternidad es el máximo secreto y siempre se descubre 30 segundos antes de que llegue la barra de anuncios comerciales.
d) Los personajes hablan solos. Tengo la sensación de que la gente no se anda contando a sí misma cosas que ya sabe. Es decir, en ningún momento me pararía a mitad de la calle para decirme: “Escribo para un periódico”, como si recuperara la memoria después de un accidente en auto. Sin embargo, eso hacen los personajes de telenovela. Se dicen a sí mismos lo que piensan y peor aún, a veces hasta recapitulan la historia de otras personas. En casos más discretos, no por ello menos falsos, hablan con una imagen de la Virgen a la que le relatan los últimos diez capítulos del melodrama.
e) Villanos absolutamente despreciables. Más que amar, la gente quiere canalizar su odio hacia alguien. Por ello el señor que representa el papel antagónico no puede limitarse a abusar de las mujeres, ser un obstáculo para la felicidad de la protagonista o planear las desgracias ajenas con la minuciosidad de un relojero. Además de los malos momentos que hace pasar a todo mundo siempre tiene algún pendiente con la ley: es traficante de tequila adulterado, distribuye piratería, ha matado a decenas de extras, tiene dos actas de nacimiento, es rico, no paga impuestos, etcétera.
f) El mundo como debería ser. Cada que una telenovela quiere recetarse una dosis de realismo introduce el personaje de una bulímica que lucha contra su enfermedad o el de una mujer que sufre el maltrato de su marido. Pero eso no está sacado de la realidad sino de los boletines del DIF. La realidad es más compleja, más injusta y con frecuencia queremos no pensar en ella y por eso acudimos a la televisión.  A eso se debe que cuando la telenovela quiere ser realista, sólo extrae las raciones melodramáticas de la vida misma.
Finalmente uno se pregunta: ¿cómo puede tener tanto éxito un producto que ya sabes de qué trata? Es lo mismo que sucede con el porno: ya conoces de qué va y aún así te emociona llegar al desenlace. Ambos representan el placer de lo seguro. Quizás la respuesta la haya tenido el gato Garfield cuando dijo: el mundo no quiere amor, quiere estabilidad.

Invitación

Invitación

“Cuaderno para el ciudadano en apuros” de Claudia Canales, Claudia Burr y Ana Piñó (editado por Calentamiento Global AE) será presentado este viernes 21 de septiembre a las 20:00 Horas, a través de:

http://www.radio.webcampeche.com

Gabriela y yo leeremos el texto. Ojalá y puedan escucharlo.

La noche del Grito

La noche del Grito

Cada 15 de septiembre, recupero la sensación de que los mexicanos no sabemos demostrar los sentimientos a bajo volumen. Educados en la idea de que la vida es un trago amargo que sólo se asimila gritando ayayay a mitad de una canción, hemos construido una fiesta nacional llamada sintomáticamente “el Grito”. Alrededor de ella, hemos aglutinado todo aquello que nos distingue de las otras naciones; en especial nuestra capacidad para dejar basura fuera de los botes, subir a gente sobre los hombros a fin de que el de atrás no vea nada o hermanarnos con los desconocidos a través de una bandera gigante.
Este sábado 15, mientras el mariachi interpretaba otra de sus canciones, un tipo alcoholizado a mi lado quiso decir, a mi parecer, “También de dolor se canta”, pero terminó gritando: “También de dolor se sufre”. Ese equívoco, que quizás provino de algún punto sórdido de su biografía, pudo haber diagnosticado a miles de compatriotas. Orgulloso, desempleado, revanchista y con un vocho modificado para bocinas de disco móvil, el mexicano septembrino ha hecho de sus derrotas un motivo de presunción y ha dado a su amargura decenas de aplicaciones que nada tienen que ver con la pena.
Y es que nuestra historia parece un compendio de fracasos, protagonizados por tipos a los que no les quedó otra más que hundirse con dignidad. El recuento proviene desde Cuauhtémoc y llega hasta Hidalgo, los Niños Héroes y la Selección Mexicana. Como bien han demostrado el fútbol y la guerra -o para poner un ejemplo más concreto: Juan Escutia y la Tota Carvajal-, desde entonces es posible alimentar el orgullo nacional sólo con proezas inútiles.
Para conciliar lo mejor y lo peor que tenemos, hemos inventado el mes patrio; la posibilidad de celebrar con voladores lo que no podemos ser en la vida diaria. Porque pensémoslo un poco, ¿a cuántas personas les gusta llevar siempre banderas tricolores en sus automóviles, cuántas mujeres usan trenzas para ir cada tarde a sus trabajos, cuántos jóvenes en verdad se saben la letra de “La que se fue”? Esa impostura de representar durante septiembre lo que no podemos ser en los otros meses del año recibe el nombre de “mexicanidad”.
Este ánimo nacionalista reunió el pasado sábado a miles de familias que llegaron a la Plaza de la República a pasar la medianoche más mexicana de todas. La aglomeración vino a demostrar ese crecimiento poblacional del que sólo tenemos noticia en carnaval y en las filas de las preinscripciones y también confirmó una tradición persistente entre los ciudadanos: el desvelo como prioridad nacional. 
A las 11, el gobernador comenzó un rosario de personajes históricos y la multitud respondió “¡Viva!”, principalmente para sentir que participaba de algún modo. Vivan los héroes que nos dieron Patria, Viva Hidalgo, Viva Morelos, Viva Josefa Ortiz de Domínguez, Viva Pablo García, Viva México, Viva Campeche. “Es como ir a las luchas”, decía un amigo, “tienes que gritarle algo a alguien, aunque no sepas de quién demonios se trata”.
Mientras la multitud recordaba a muertos tan venerables, pensé un poco: ¿sirven para otra cosa los héroes, además de modelos para los pequeños, imágenes para los billetes y como nómina innegable para vitorear en las celebraciones patrias? ¿Cuántas cosas sabemos de ellos?, y más importante aún, ¿cuántas cosas nos interesa conocer de ellos salvo que Zaragoza llevaba unos lentes ovalados y el cura Hidalgo tenía el mismo pelo de Carlos Bianchi? El héroe nacional es un aprendizaje moral hecho de ilustraciones, que como el catecismo o los libros de cómics, hemos asimilado para tener un pasado en común, algún ejemplo que transmitir a nuestros hijos. En ese sentido, sólo los bustos y las glorietas, los billetes y las fiestas patrias, pero principalmente las educadoras que nos disfrazan de ellos cuando somos niños, los salvan del olvido. Pero no pasan de ser un gesto, una estampita de papelería. Como bien ha anotado Jorge Ibargüengoitia, detrás de la levita de Juárez y la pañoleta de Morelos, los héroes son todos unos desconocidos. Casi como nuestros vecinos.
Después de recordar la insurgencia que hizo tan célebre al padre Hidalgo, la noche del Grito continúa con el acto de indulto y los juegos pirotécnicos. Finalmente llega a su punto culminante con la actuación del artista invitado. En esta ocasión, Pedro Fernández hizo de las delicias de los presentes, convencidos todos hasta la laringitis de que no existe noche mexicana sin mariachi de por medio.
No importa si se trata de una celebración patria o de una fiesta karaoke, la gente quiere sentir a través de la música ranchera. Como otras cosas que igual tienen que ver con la Patria, la música vernácula es un furor para el que no existen las afinaciones. La canción ranchera está hecha, como la telenovela, para revivir alguna pasión básica del ser humano: nos dejaron por otro, alguien se murió, está a punto de morir o no se muere por más que queramos. Es un género que celebra todo lo reprobable -la infidelidad, el alcoholismo, el machismo, la autocompasión- y que sin embargo, resulta idóneo para recordar que el sufrimiento siempre nos viene a deshoras.
Después de un repertorio en el que el público pudo sentirse un poco más mexicano, la plaza se fue despoblando. Todos tenían algo más que hacer: la feria, el malecón, la búsqueda desesperada de un taxi. Como en grandes festejos, la huida fue absolutamente incivil y nadie recogió nada.    

¡Yo soy admirador de la blancura!

¡Yo soy admirador de la blancura!

Con el tiempo he corroborado que el público y los poetas no deberían tratarse tan a menudo. Llega cierto punto en que ninguno de los dos sabe a ciencia cierta la función del otro en la sociedad; y ciertamente, al verlos juntos, llega uno a pensar que eliminándolos a ambos, este mundo sería un poco mejor.
La poesía es un asunto privado, que concierne al libro y al lector, un momento luminoso, fuera de foco y que no tiene por qué aparecer en las secciones de cultura de los periódicos.
Pero algo sucede que los Ayuntamientos piensan que es buena idea organizar certámenes de poesía. Evidentemente, ya no vivimos en el Medievo donde era posible cantarle al amor cortés y ahora sólo nos queda hacer poemas sobre el musgo, la lluvia y el salitre; pero el problema es que la gente aún no se ha enterado. Para un buen porcentaje de los mexicanos, la poesía se dirime entre dos polos: Manuel Acuña y las letras de Caifanes. 
Del lado contrario, las cosas no van mejor. Los poetas creen que hacer literatura inteligible es ceder ante ese público que nada sabe de arte; por eso se pierden en la abstracción. Cada que voy a una premiación de Juegos Florales, la gente no sabe si aplaudir o no al final de un poema. Quizás crea que, como en los conciertos de jazz o de música clásica, antes de leer sus textos, el poeta afina primero las palabras. Tristemente, el auditorio termina por comprobar que entre afinación y ejecución hay poca diferencia.
El pasado viernes se entregó en Campeche el Premio Nacional de Poesía de San Román. El evento, como todo lo que tiene que ver con la tradición en estas tierras, reunió a muchos señores de edad y a un buen número de fotógrafos y el poeta premiado apareció y desapareció como un espectro. La atmósfera sobre el tablado hacía suponer en un homenaje que lo mismo podía ser a Sherezade que a Cachirulo, y al final cantaron unas señoras que me hicieron reingresar la palabra “vinilo” a mi vocabulario.   
Un punto de la ceremonia fue totalmente revelador para mí: la aparición de cuatro marinos auténticos en el escenario. Siempre creí que se trataba de familiares de la reina a los que no era doloroso disfrazarse de capitanes; no obstante, según el presentador, esos hombres pertenecían verdaderamente a la Zona Naval de Campeche. Entonces, bajo esas condiciones, pude imaginarme la futura comparecencia del secretario de Marina:
“¿Qué estaban ustedes haciendo mientras toneladas de pseudoefedrina entraban al país desde China?”.
“Señor diputado, puedo informarle  estuvimos custodiado a más de 187 reinas de Juegos Florales en toda la República y ninguna resultó herida durante su coronación”.
Una labor meritoria, sin duda alguna.
Me pregunto de dónde habrá salido todo este asunto de los Juegos Florales y sus reinas. Entiendo que durante ciertas premiaciones modestas, como el Nobel o el Príncipe de Asturias, la realeza se presente para aprovechar los reflectores; y es comprensible pues Suecia y España aún mantienen a sus monarcas, pero ¿el San Román, el certamen de la Universidad? Eso me aturde.
No obstante, habrá que aceptar que de no ser por la reina, una tercera parte del auditorio ni siquiera se hubiera presentado a la ceremonia. Sólo es cuestión de echarle un vistazo a las presentaciones de libros ganadores de los Juegos Florales, para darse cuenta de que los poetas no tienen mucho poder de convocatoria. ¿A cuántas personas atrae escuchar a un señor del que nunca han sabido nada, aún así sea buen escritor? A muy pocos, según se ha visto.
Y eso es porque la gente no tiene una idea muy clara de para qué sirve un poeta en este mundo. Para muchos es alguien acusado por blasfemar contra los símbolos patrios; para otros es un tipo al que inexplicablemente le pueden llegar a pagar 100 mil pesos sin sudar una sola gota.
“Mientras nosotros acá trabajando”, escuché decir esa noche a un periodista que apuntaba el monto del premio en su libretita.
Habría que hacer un estudio de la percepción que tienen las personas acerca de quienes se dedican a la literatura. Hace dos semanas fui a un encuentro de escritores en Chiapas y la última imagen que había tenido el mesero del hotel de un poeta era la de alguien que le aventaba dos vasos y una copa al esternón.
“¿Qué le pasaría al muchacho?”, se preguntaba de verdad preocupado.
No supe qué responderle. La primera imagen que yo tuve de un poeta provino de una cinta de Pedro Infante. Frente a un auditorio repleto, con una reina sentada al centro del escenario, un señor de bigote intentaba declamar su poema, pero era interrumpido por las constantes risas del público. Una y otra vez, el declamador repetía el verso: “¡Yo soy admirador de la blancura, sí, de la blancura…!” mientras todo el acto se venía abajo, de una manera por demás bochornosa.
Pero todas esas percepciones poco tienen que ver con la literatura. Si quisiéramos ver a un escritor en acción sería la cosa más aburrida del mundo: un tipo sentado frente a su computadora, tecleando incansablemente, mientras chatea con seis mujeres a las que no conoce y con un montón de libros abiertos en los cuales busca un motivo de inspiración. Y es que leer y escribir poesía son actividades esencialmente personales, privadas, casi marginales. Se escribe a escondidas de nuestros padres, maestros o supervisores de área, robándole tiempo al trabajo, al estudio, a las obligaciones familiares. Incluso cuando se vive de escribir, se escribe poesía en secreto. Es un acto cuya principal virtud es el clandestinaje y del cual los libros son apenas una prueba incriminatoria.
Nadie piense, sin embargo, que con ese panorama, no hay esperanza para los reflectores, para la vida pública, para las páginas en los diarios. Para sobrevivir al anonimato -y su versión más recurrente: la penuria- siempre existirán Juegos Florales.