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Tediósfera

Escritura y financiamiento

Una vez le preguntaron a Samuel Thuz qué condición era la mejor para escribir: la precariedad o la holgura económica. El filósofo respondió que el escenario óptimo para un escritor es “tener ambas manos y no estar ciego”.

Las vacaciones de Mr. Dean

Las vacaciones de Mr. Dean

Tengo un amigo cuya función en la vida es ser escéptico. Es decir, dudar de todo: de Dios, de la política, de las buenas intenciones de la gente, incluso del parte meteorológico. A eso se dedica: a poner en tela de juicio aquellas informaciones que damos por ciertas principalmente porque necesitamos creer en algo.
“¿Sabes lo duro que es ser la pareja de un meteorólogo?”, me dijo mientras veíamos el Canal del Tiempo por televisión.
“¿De qué demonios hablas?”, le pregunté.
“Sí, sólo necesitas echarle un vistazo a la vida privada de esa gente para darte cuenta que no es de confiar. De hecho, estuve saliendo con una chica meteoróloga por tres meses. Era, ya sabes, impredecible, impulsiva y todo era ‘Compréndeme, estoy en medio de un sistema enorme y bajo presión’ ¿Eso qué carajos significaba? No lo sé. La verdad, creo que sólo salía conmigo porque necesitaba apoyo moral para soportar las tensiones en el Centro Estatal de Emergencias. ¿Sabes qué fue lo peor de todo?, que sólo después descubrí que había sido al único al que le había cerrado el puerto a la navegación”.  
“¿Y sólo por eso ningún meteorólogo es de confiar?”
“No seas simplista. Cuando digo algo es que tengo pruebas. ¿No me digas que no te has dado cuenta que todo esto del huracán es un plan de las grandes tiendas comerciales para vender sus productos perecederos? ¡Es tan claro que da miedo, maestro!”
“A ver explícame eso”.
“¿Has visto algún indicio del huracán que no sean lloviznitas? Ve qué tenemos. ¡Una imagen de satélite! Eso es todo. Esa gráfica la pudo hacer cualquier estudiante de primer semestre de diseño gráfico. Pero ve la genialidad del marketing: muestran eso y una bola de funcionarios afligidos y qué tenemos: un tumulto de gente abarrotando los supermercados, ¿no te parece una estrategia brillante?”
“Cálmate. Eso de tu novia meteoróloga te ha puesto todo paranoico”.
“¡No seas crédulo, Eduardo! No me digas que has creído todo eso de la trayectoria del huracán. He vivido con lo mínimo toda mi vida y nunca me ha pasado nada. Nada de compras de pánico, de limpiar mi techo o guardar mis documentos personales en un lugar seguro. Nada de cambiar mis láminas de asbesto o atender los cambios en las banderas. El único cambio de bandera importante para mí va a ser cuando bajen la mexicana y pongan una coreana, ahora que venga la ensambladora”. 
“Caramba, nunca creí que oiría a alguien tan intransigente con el clima. En algún momento, el huracán debe ser de verdad”, le espeté mientras la gráfica de Canal del Tiempo preveía una catástrofe para las próximas 24 horas y el cielo sobre nosotros estaba tan soleado como en los mejores días de verano.
 “Oye”, continué la conversación, “pero hay que pensar en que por lo menos la gente se ha vuelto más precavida”.
“¿A eso llamas previsión? ¿A atestar las tiendas comerciales y pelearse un porrón de agua, como si fuera aquel bebé de la historia del Rey Salomón? ¡Eso es egoísmo, maestro! Que anuncien un huracán es como aterrizar en una isla desierta: sólo sirve para suprimir las reglas más elementales de civilidad”.
“Entonces según tú, Dean no vacacionará en Campeche ni nada de eso. Todo es un invento”. “Por supuesto. Pero además, ¿cómo que Dean?, ¿lo conoces, naciste en la misma cuenca del Atlántico o cómo?”
“Pues así se llama, ¿qué quieres que le haga?”
“Lo cual se me hace una estupidez. ¿A quién se le habrá ocurrido eso de ponerle nombre a los fenómenos naturales?, ¿habrá creído que con un nombre el huracán se portará más amigable, como cuando las mamás les dicen a sus hijos hiperactivos: ‘Gilberto, no vayas a destruir tu ciudad de juguete, que es la Playmobil Centro Histórico?”.
“Creo que nombrar algo es una forma de comprenderlo”.
“No me vengas con tus intentos de filosofía barata. Lo único cierto es que nadie comprende nada. ¿Sabes qué me dijo el vecino ayer?: ‘Esa película  de  Los Simpson ya hasta en los noticieros la anuncian’. ¡Creía que Saffir Simpson era el nombre del abuelo! ¡Vaya problema, todo mundo ha enloquecido!”.
 “Pero todo tiene una explicación. Campeche es una ciudad de inminencias, ya te lo he dicho. No importa tanto lo que suceda como el anuncio de que algo va a suceder”.
“Estoy de acuerdo”, me respondió. “‘Inminente’ es la palabra favorita de los campechanos. Todo es inminente: el huracán, el cambio de partido gobernante, la ensambladora. ¿Y qué si todo sigue igual? Pues todos a sus casas, felices porque no pasó nada, aún así tengamos que almorzar atún en lata y galletas de soda por el resto de nuestras vidas”.
“No seas exagerado. La gente sólo compró provisiones para tres o cuatro días”.
“¿Provisiones? No me refiero  a las compras de pánico; estoy hablando de la ensambladora”.
“Se me olvidaba que es otro de tus traumas, junto con lo de tu novia meteoróloga”.
“Sí, carajo, qué le vamos a hacer. Oye y hablando de provisiones y recuerdos de amores pasados, ¿sabes si el expendio surtió sus bodegas?”
“No sé, será mejor ir a preguntar”.
Salimos del cuarto pero dejamos prendida la televisión, quizás para sentir que podíamos ser ciudadanos previsores y responsables. Afuera, una nube pequeña y negra se había instalado sobre nuestras cabezas, apenas para justificar los peores augurios de la pantalla chica.

(5:00, PM, en vísperas)

Una de piratas

Una de piratas

Campeche es una buena ciudad para cultivar la sorpresa, la locura o la ciencia ficción. Por lo menos esa impresión tuve después de ver a una mujer con corsé, cadera aumentada debido al miriñaque, peluca postiza y encajes vaporosos que intentaba subir a una suburban.
Debido a la abultada peluca, la acción le estaba resultando más complicada de lo que resulta para la mayoría de las personas.
A lo lejos, decenas de campechanos miraban la operación como si se tratara de María Antonieta subiendo a la carreta que la llevaría a la guillotina. 
“¿Qué sucede?”, me dijo la amiga que me acompañaba, ante mi rostro palidecido por la sorpresa.
“No sé, pero tengo dos teorías”, respondí. “O acabamos de experimentar un salto temporal que nos ha transportado por breves segundos al siglo XVIII o ha sucedido con la moda lo que tanto he temido”.
“¿Qué cosa?”
“Que de los diseñadores, a falta de originalidad, se clavarían cada vez más y más en reciclar ropa del pasado, al grado que terminaríamos usando holanes, abanicos y esas cosas para salir a la calle. ¿Te imaginas? Eso significa que para ir al trabajo tendré que usar casaca, pantalón de rodilla, zapatos de hebilla y sombrero tricornio”. 
“Estás loco. Seguramente es una telenovela. Ve, por ejemplo, ¿ése que camina a lo lejos no es un pirata?”
(Un anciano loco que pasaba por ahí, al oír a mi amiga exclamó: “¡Oh, Dios, ha vuelto a suceder! ¡Les advertí que nunca quitaran la muralla!”. Segundos después desapareció).
“¿Eso, un pirata? Parece más bien un mozo de abordo. Definitivamente, los viejos piratas ya no son lo que eran”.
“¡Claro!”, dijo mi amiga, mientras hacía el ademán de quien recuerda el nombre de algún ex compañero. “¡Cómo lo pude haber olvidado! Es la nueva novela de Carla Estrada. ‘Pasión’, creo que se llama. Fernanda Colunga sale de pirata y Eric del Castillo…”   
“De Davy Jones, lo sé, el hombre con cara de molusco y tenaza de cangrejo”.
“Jajaja. Cómo crees. ¿No te parece genial que vengan a grabar escenas a Campeche?”
“No sé. Tengo mis dudas. Eso de ser el escenario de las novelas sólo cuando quieren hacer historias de hace 200 años no me convence mucho. Es como la ancianita a lo que únicamente hablan cada que la televisora necesita una abuelita para la protagonista”.   
“Eres un amargado. Deberías aplaudir que se retrate así nuestra historia”.
“Me perdonas, pero YO tengo un proyecto para hacer un musical sobre la piratería en Campeche. Así que no me digas nada de historia”.
“¡Peeeerdón! ¿En serio? No te creo”.
“Así como lo oyes. Se llama ‘Lorencillo Superstar’. Creo que será una ópera rock. Ya sabes, una superproducción, con mosquetes, cuchillos, arcabuceros; tengo pensado un coro enorme llamado ‘La armada de Barlovento’. De hecho, ahora estoy haciendo las letras de las canciones. Tengo una estrofa, escúchala y mira bien los pasos de baile: Pata de palo hacia atrás / y el garfio a la derecha / y las caderas girar / arriba en la cubierta / saquear a la ciudad / me hace desvariar-ar-ar-ar-ar”.  
“Estás loco y además no sabes nada de historia. Lorencillo no es el que tenía pata de palo. Ése es otro”.
“¿No? ¿No era Lorencillo el tipo que cantaba: ‘Son quince lo que quieren el cofre del muerto / son quince, ¡viva el ron!’?, ¿al que le entregan el disco negro de la muerte?”
“¿Ya ves? Ése Billy Bones de ‘La Isla del tesoro’; y tampoco tenía una pata de palo. El que sí la tenía era John Silver, el cocinero. ¿Qué clase de obra musical quieres hacer si confundes a todos los piratas de los que has leído?”
“Pero mi idea es buena. Habrá amor, drama, algo de comedia. Al final quemaremos una fragata, en cada función. La historia es única: trata de un pirata que se enamora de una hermosa lugareña…”
“…pero no pueden realizar su amor… ¡Por Dios, Eduardo, es la historia más cursi que alguien podría hacer sobre filibusteros!”
“Pero no te he contado la parte en que un vigilante los descubre besuqueándose en el fuerte de San Carlos, y les dice: ‘Eh, jovencitos, que eso no estará permitido ni dentro de 200 años’”.
“Si quieres saber mi opinión. No le veo ningún futuro a tu obra de piratería. Deberías intentar otra cosa”.
“¿Otra cosa? Ya entregué mi proyecto al Instituto de Cultura. Empezarán a pagarme mi beca en septiembre. ¡No puedo ya cambiar de tema así como así!”
Un aire tenso corrió entre nosotros, como cuando alguien está en medio de una encrucijada. Entonces mi amiga volvió a hacer ese gesto de “Eureka”, que tanto le gustaba practicar.
“¡Ya sé, actualízalo! Coloca a los filibusteros en el mundo actual. Tengo un dato que quizás te pueda servir. ¿Sabes en dónde terminaron los piratas, en el siglo XVIII, cuando fueron desalojados del Golfo?”
“No”.
 “¡En Belice!”
“Caramba”, dije yo, “y no se han quitado de ahí desde entonces. Me parece una idea estupenda, haré una historia sobre piratas contemporáneos, ¿eso es a lo que te refieres, verdad? Hombres que se roban películas de estreno y las copian ilegalmente, colapsando el mercado de DVD’s. De hecho, ya tengo la trama amorosa: será entre un pirata y la acomodadora del cine. Ella lo descubre cuando está grabando un estreno en su cámara digital y se enamoran tiernamente a la luz de una película”.   
“Eduardo, esto no tiene futuro. Dedícate mejor a escribir artículos”.
“Espera”, le dije cada vez más alto mientras se alejaba, “aún no te he dicho la mejor parte de la obra: ¡el papá de la chica trabaja para la AFI!”.
Tuve la impresión de que no le interesaba saberlo.

El Informe a nivel de cancha

El Informe a nivel de cancha

Pensemos en el Estado como en una organización deportiva. Tiene un público fiel que se alegra de las victorias y llora las derrotas, se identifica con la camiseta, asiste a las concentraciones, paga su bono para toda la temporada. ¿No suena familiar?, ¿no será por ello que los clubs a veces tienen nombre de ciudades?

Un informe de gobierno es como la rendición de cuentas del equipo. Cuántos goles a favor, cuántos en contra, partidos perdidos y ganados. Motivados por quién sabe qué perversas razones, los asistentes al informe del gobernador quieren corroborar el desempeño de la oncena de sus amores, u oír en boca del entrenador si son ciertos los rumores de los noticieros deportivos. Todo ello, a fin de cuentas, influirá para ver si se conserva o no la camiseta tricolor en el próximo cambio de directiva.

Quienes gobiernan un estado saben que tanto en el futbol como en la política, siempre es mejor jugar de local y sólo en ese caso tener el estadio lleno. La fanaticada responde al desempeño de la oncena estatal con sumo entusiasmo, aunque a veces no oculte los momentos de bostezo. Por otro lado, los primeros palcos siempre exhiben a quienes sí pueden pagarse esos boletos exclusivos y no se conforman con mirar el Informe en las pantallas gigantes. Al fin de cuentas, el deporte es de ellos, los directivos, aunque luego digan “que nos pertenece a todos”.

Pero así es el futbol y la política. Y si algo enseñó esta temporada es que en la recta final de cada partido todos tus jugadores quieren patear de delanteros. El entrenador les dijo en este informe que no se pelearan el balón entre ellos y que mejor hicieran “labor de conjunto”. No se sabe si todos los jugadores harán caso de la instrucción; sobre todo aquellos que quieren jugar más allá de la Sub-35.

-¿Qué va a suceder con los cachirules?- le preguntaron más tarde a Beatriz Paredes, presidenta de la principal proveedora de futbolistas al equipo, en referencia al rumor de que uno de los suyos había falsificado su acta de nacimiento para aspirar a la gubernatura en el 2009.

-No es tiempo de dar opiniones- dijo al borde de la cólera. Fue un momento ríspido al margen del encuentro.

El informe de este martes había levantado mucha expectación entre los fanáticos y los analistas. La semana pasada fracturaron a un defensa carmelita. Aunque fue un duro golpe a la espinilla, hasta donde se sabe el jugador se encuentra en recuperación. Esa sorpresiva violencia del equipo rival dejó a todos los aficionados con agrio un sabor de boca respecto a lo que diría el director técnico. En respuesta, el estratega advirtió que reforzará la línea defensiva, aplicando algo que llama el “catenaccio policiaco”, a fin de que ningún otro disparo del contrincante llegue siquiera a tocar el palo de la portería.  

Este último informe fue un recuento más o menos previsible, pero especial, pues el equipo cumplió 150 años. En consecuencia se recordaron a las grandes estrellas del pasado, como Tomás Aznar, Juan Carbó y uno de los más mencionados, Pablo García, extraordinario carrilero, quien también fuera primer capitán de la escuadra.  

El director técnico dijo que somos un club en franco ascenso. Yo no sé qué opinar al respecto: ésta era su fiesta y tenía que sembrar la esperanza en los aficionados. El entrenador pronosticó que pronto saldremos de la tercera división y jugaremos al tú por tú con los grandes de la Liga: el Monterrey, el Guadalajara, el equipo capitalino y otros. Y dio en el clavo porque ése ha sido uno de los grandes sueños de la afición: dejar las cascaritas y los torneos de pueblo.

Un espeluznante recuento histórico haría pensar que Campeche siempre jugó en condiciones desventajosas. Si no era el síndrome del Jamaicón eran los malditos penales, pero en el clásico peninsular siempre llevábamos las de perder.  La gente ya se estaba acostumbrando a ver al conjunto como un equipo que nunca subiría sus bonos, aún así cambiara su directiva cada seis años. Y a escondidas, disfrazados, muchos aficionados iban a los partidos del club Yucatán.

Pero ahora el entrenador se mostró muy confiado. No es de extrañarse, cada director técnico dice que va a sacar al equipo del sótano de la tabla, pero siempre la oncena termina llenándose de sus familiares, que no son nada eficaces al momento de salir a la cancha.

Sin embargo, esta vez, el DT tenía un as bajo la manga. Cuando todo mundo esperaba interpelarlo por la lesión sufrida en Carmen, Hurtado habló de una nueva contratación. No debería ser tampoco sorpresivo, porque cuando el anterior DT trajo a aquella dupla ofensiva conocida como “los maquiladores”, parecía que las cosas irían mejor, pero no fue así. El año pasado la llegada de un medio de contención español, Grupo Mall, levantó la opinión a favor, pero finalmente terminó teniendo algunos altercados con los miembros de aquella porra antiquísima conocida como “los alarifes”.

Esta vez, pese a todo, parecía que las cosas iban en grande. La nota la dio la estrella del futbol asiático, Bering Corporation, quien vendrá a jugar a Campeche por 2 mil millones de dólares, una cifra inédita en nuestro balompié y cuya firma apenas se había estampado este sábado, 3 días antes del Informe. ¡Vaya suerte del entrenador!

Por la cantidad de dinero, cualquiera diría que la llegada del delantero Bering resolverá los problemas del equipo y lo harán ascender como la espuma. Pero ya se sabe lo que las estrellas del deporte provocan luego en el conjunto: roces, maledicencias de los jugadores locales, quienes siempre exigirán “privilegiar a las fuerzas básicas”, y la sensación promovida por algunos analistas de que esos tacos de peso completo dañarán la virginidad de nuestros pastos.

Y es que el anuncio no dejó de lado la sonrisa del entrenador, quien sabía que sus detractores se verían obligados a sonreír también, aunque nerviosamente. A partir de ese anuncio, el resto del informe fue un cúmulo de gracias: a Dios, a la familia, a la afición. Ésa fue la despedida.   

Mientras tanto, en las afueras del estadio, “la Monumental”, una porra conformada por fanáticos (la mayoría acarreada, ya se sabe, por la directiva), se preparaba para aplaudir la salida del entrenador, con mantas de una gratitud excesiva: “Lo apoyamos en todas sus decisiones”, “Gracias por esos tres goles por la educación”. Bajo las lonas, con la música de fiesta, los aficionados celebraban su propio martes futbolero.

(Este 7 de agosto rindió su informe el gobernador de Campeche)

 

 

Los dealers de la oficina

Los dealers de la oficina

Hay tres formas de ver a nuestros compañeros de trabajo: a) como nuestros aliados b) como nuestros enemigos, c) como nuestro mercado.  Los más inteligentes eligen esta última opción. ¿Por qué siempre hay empleados vendiendo en las oficinas o en las escuelas, entregados a la batalla de la libre competencia: lencería, zapatos, bolsos, ropa casual, perfumes?, ¿es quizás una forma del capitalismo global al que ni siquiera hay que ir a buscar sino que llega a nuestros escritorios?
Conozco gente que ha ojeado más páginas de catálogos Cyzone que de la Ley Federal del Trabajo y el resultado ha sido más productivo. Un comercio subterráneo late en cada oficina gubernamental, transacciones por miles de pesos se dan los días de quincena. Llega gente extraña que habla como murmurando, salen empleados, transitan sobres color manila. Se alimenta la irremediable adicción a los catálogos.
Un caso sintomático es el de mi amiga Sonia, quien a primera vista podía considerarse una chica normal: eficiente, divertida, con buena ortografía. Su único problema siempre fueron las compras. Comenzó su catalogodependencia a los 14 años, cuando encargó un perfume en forma de bota para su novio a una maestra de la secundaria. Desde entonces no ha dejado de comprar cosas; en las ocasiones más precarias, unos aretes y en las más prósperas, varios pares de zapatos. No sabe cómo parar. Quiso internarse en un centro de atención a compradores compulsivos, pero una de las enfermeras vendía platería en sus ratos libres, lo que le provocó una deuda de casi 3 mil pesos. La terapia fue un fracaso: Sonia terminó huyendo una noche hacia León, donde –le dijeron-- podía conseguir botines a bajo costo.
Varias oficinas han intentado establecer campañas para que sus empleadas no gasten sus quincenas tan rápido y no sientan su salario reducido al llegar a sus casas. “Vive sin compras” ha sido la cruzada más persistente, pero de un momento a otro se desmoronó, cuando su principal promotora, Sofía Álvarez Carreño, fue sorprendida transportando 100 lapiceros Gusanito en el maletero de su automóvil. Nunca pudo demostrar que eran para consumo personal. Acusada de distribución subterránea, el escándalo se hizo mayor cuando le fueron incautados más de 500 collares Swaroski en su domicilio. Desde la cárcel, Álvarez Carreño dijo que todo ese material estaba destinado a las esposas de los altos funcionarios, a quienes delataría en breve. Sin embargo, nunca dio nombres.
Algunos expertos han afirmado que el problema de las compras en oficinas nunca va a terminarse hasta que se identifiquen a las vendedoras al menudeo, mejor conocidas como “dealers”. Mujeres talentosas, nadie puede hablar con ellas sin terminar por lo menos con un perfume a plazos en el portafolio. Poseen una habilidad única para engancharte: al principio parece que están hablando de un memorando extraviado, pero en el fondo están diciendo que sólo deberías usar esa camisa para las celebraciones retro.
Ni vistiendo todos Armani las cosas estarían mejor. Las “dealers” siempre tienen algo que ofrecerte. ¿Ya no te satisface la tela natural? Ellas te ofrecen tejido sintético. ¿Dices que quieres alejarte de “las piedras” por un rato? Ellas te recomiendan primero volver a los básicos y finalmente te venden un maquech. Las tentaciones inundan cada escritorio de la oficina y ofertan su paraíso intangible. Porque los catálogos se han vuelto un acto de fe, comprar es creer en que podemos vernos tan bien como los modelos de las fotografías. 
Alguna vez pensé que con un poco de fuerza de voluntad las cosas se arreglarían. Adquirí algunos libros de autoayuda (como “Mamá, compro Avon” y “El diablo viste de Andrea”) para regalar a unas compañeras. Desafortunadamente mi labor social se vio abruptamente interrumpida, cuando una supervisora de área me arrinconó a la hora de la comida:
--Eduardo, no te metas en problemas. Olvida tus libros de estúpida superación personal en la biblioteca y deja las cosas como están. Todos acá estamos metidos en el negocio. O cooperas o cuellos.
Eso significaba que me obligaría a comprar una de esas gargantillas de mal gusto que ella vendía. Decidí colaborar.
--Ah, y una cosa más. El Gobierno quiere implementar la revisión de mochilas para asegurar que nadie trae catálogos ni bolsas con mercancía. Tienes que apoyar en las marchas en contra.
Las doce soguillas que llevaba en la mano me hicieron aceptar, aunque no con mucha convicción.
Cuando me dirigía a mi escritorio, un compañero me miró con conmiseración.
--Lo siento por ti—dijo--. Una vez que estás dentro es difícil escapar. Entras en un círculo vicioso. Comprarle a la secretaria te crea una obligación con la chica de Recursos Humanos que tiene un negocio de perfumes, ¿y qué decir de la encargada de la limpieza, que todos los días te ofrece Cklass? Lo triste es descubrir que hasta la esposa del delegado vende Mary Kay. Por temor a las represalias le comprarás a todo mundo, y cuando te des cuenta tu quincena se evaporará como si nunca hubieras trabajado. ¿Sabes que pasará con tus hijos, tu esposa y tus amigos?
--No.
--Empezarán a sufrir los daños colaterales de tu vicio: nunca tendrás dinero para ellos y se volverán lo que comúnmente se conoce como “compradores pasivos”. Un espeluznante temor se apoderó de mí.
--¿Hay alguna manera de salir de esto?
--No—dijo murmurando--. Pero hay una forma de que las cosas no sean tan dolorosas: únete a ellos.
Desde entonces estoy metido en el negocio hasta el cuello. Vendo, distribuyo, trato de recuperar un poco lo perdido. No fue por voluntad, señores del jurado, las circunstancias me orillaron. Es lo único que tengo que decir en mi legítima defensa.  

Retratando a la familia Simpson

Retratando a la familia Simpson

Este mes un cúmulo de publicaciones ha presentado a un hombre amarillo en sus portadas: Homero Simpson, un auténtico símbolo del individuo contemporáneo, prejuicioso, con altos índices de colesterol, desinteresado por sus hijos, mal esposo y pese a todo, el personaje más carismático de finales del siglo XX y principios del XXI.  
No es el hombre del año, pero su fiel retrato de lo que somos le ha asegurado un lugar en el inconsciente colectivo. Homero Simpson es todo menos un modelo a seguir; no es el  Popeye que sirve para enseñar a los niños el valor nutritivo de las espinacas. Nada en él podría servir para una campaña de buenos hábitos: su barriga enorme y honesta es todo lo contrario a un promocional de la Secretaría de Salud.
Pero va a estar ahí: llenándolo todo. Sobre todo cuando mañana se estrene la esperada película de la familia más célebre del planeta. Autores tan respetables como Juan Villoro han escrito recientemente sobre los Simpson, quizás porque la cinta será el corte de caja de 18 años de programa; los 400 capítulos que cruzan dos siglos y retratan la historia reciente como ninguna otra. 
¿Qué hay detrás de esta familia, cuyo debut escandalizó a los padres incapaces de concebir que un dibujo animado se rascara el trasero o eructara en televisión? En la actualidad abundan los autores que intentan desentrañar el misterio de porqué Los Simpson son ya parte de nuestra cultura y un referente ineludible para muchas vidas privadas y públicas. Pese a sus explicaciones, creo que tenemos misterio para rato.
Octavio Paz (sí, el premio Nobel mexicano al que es posible todavía ver en las monedas de 20 pesos) dijo alguna vez que Los Simpson eran esenciales porque “nos resumían”. No le faltaba razón al poeta. Springfield es el mundo: está el fanático religioso y el millonario sin corazón, los ancianos recalcitrantes, la niña genio y el muchacho problema, el director obsesionado con el orden y el comerciante abusivo; pero no son sólo eso, la serie ha tenido la capacidad de mostrarnos el lado humano de esos arquetipos. No son meras figuras de animación: con el tiempo han llegado a parecerse a gente que conocemos.
Pero hay otro rasgo fundamental: la serie ha representado desde sus inicios una crítica a uno de los conceptos más reverenciados por la sociedad: la familia. Antes, en la TV, las familias eran siempre felices: el papá era comprensivo, la madre era una simpática consejera, los muchachos a veces peleaban pero finalmente aprendían una lección de vida. ¿Quién podía concebir que la serie estelar de fin de siglo presentaría a una familia tan impresentable como la de Bart, Lisa, Maggie, Homero y Marge?
Los Simpson o el elogio a la familia disfuncional. Desde su aparición, han constituido el golpe de realidad que necesitaban las animaciones: los problemas de la vida cotidiana y de la salud, el trabajo diario y la escuela, incluso la posibilidad de corroborar que los personajes de TV ven también insulsos programas de TV. Un extraño, pero satisfactorio, fin de la inocencia televisiva. Al fin de cuentas, esta gente amarilla –como nuestros familiares-- son horribles pero indispensables.
¿Es posible volver a la televisión anterior a Los Simpson? Probablemente no y he ahí su genio. Diluida su influencia en los programas que vendrían después, la importancia de la familia amarilla no se ha ponderado con suficiente claridad. Ellos crearon los dibujos animados inteligentes y sin restricciones de edad, al tiempo que crearon a un público exigente, a quien ya no es factible complacer con una simple sucesión de chistes.   
¿Qué nos viene a la mente en México cuando pensamos en un “programa familiar”? Con regularidad una serie ñoña, que reúne dos requisitos: a) la entienden los niños y b) ha recibido la aprobación de los padres, quienes también son incapaces de disfrutarla. El problema de la TV familiar es que es cándida: sus chistes, con tal de ser inofensivos, no son nada graciosos. Confunde términos: cree que es infantil sólo lo que educa. 
Con Los Simpson las cosas son bastante diferentes. Pueden verla niños y adultos y para ambos habrá una diversión desternillante. No es una serie complaciente: exige y mucho, pues recurre con regularidad a referentes históricos, musicales y literarios. Es un triunfo del entretenimiento inteligente: sin Los Simpson serían inconcebibles joyas cinematográficas del tamaño de Toy Story o Buscando a Nemo. Animaciones que plantearon complejas narraciones y personajes entrañables, precisamente porque no eran inocentes. Los Simpson descubrieron para el espectador lo que ya sabía el lector de Tolstoi: que sólo las familias infelices son interesantes.
Del programa podemos una cosa más: cada capítulo es una pequeña lección de cómo escribir. La destreza de sus guionistas proviene de concentrar el mundo en 22 minutos. 400 capítulos por 22 minutos dan poco más de 146 horas efectivas de programa a lo largo de dos décadas.  Es el tiempo que duraría por ejemplo leer la Biblia, El Quijote, Guerra y Paz y Moby Dick. Y no es sacrílego pensar que el valor de todas estas obras es infinitamente superior al tiempo que consumen. Quizás por eso es más provechoso suministrarlas “en pequeñas porciones”; otorgándoles el privilegio de la relectura. ¿Qué sobrevendrá ahora que Los Simpson lleguen en un formato inédito de dos horas y sin cortes comerciales? No hay que imaginarlo, ya lo sabremos mañana.

Maravilla campechana # 7: El arca de Regina

Maravilla campechana # 7: El arca de Regina

En 1982, María Regina, una pitonisa que sufría ataques de epilepsia, pronosticó un diluvio para agosto de ese año. ¿Qué hacer ante tal amenaza? Lo evidente para cualquiera: construir un arca.  Edificada en uno de los cerros más altos de la colonia Bellavista, el arca de Regina se volvió un lugar mítico, no sólo por la peculiaridad del personaje (quien vendía lotes de salvación a buen precio) sino por la cantidad de fieles que reunió. La ingeniería del arca (con mástiles de concreto) hace pensar en auténtico acto suicida, a quien pretendiera protegerse del diluvio; pero la fe pudo más. Cuando el problema se hizo insostenible, el Gobierno mandó encarcelar a Regina, pero extraños vínculos familiares hacía imposible mantenerla en prisión, de tal modo que fue exiliada a Oaxaca. Extrañamente, muchos de sus seguidores (quienes practicaron la agitación social mientras ella estuvo encerrada) se volvieron funcionarios públicos. Es decir, pasaron del arca a las arcas, sin escalas intermedias.

Las ruinas de esa empresa pueden aún observarse a quien se interne en la colonia.

Un trabajo así quiero (pero con Messenger)

Un trabajo así quiero (pero con Messenger)

Si no fuera por Internet, las oficinas serían lugares aún más deprimentes. Ves decenas de personas inmiscuidas en sus propias computadoras y te preguntas: “¿por qué entonces se tardan tanto en darme un documento?”, pero al mismo tiempo no dejas de decir: “¿Tendrán algún tipo de vida fuera del ordenador?”

Recuerdo que una vez, una oficinista, al ver un anuncio en el periódico, dijo: “¡Ah, cómo extraño vivir!” y la frase me hizo pensar en la sociedad paralela que todos hemos formado en el mundo virtual, donde lo mismo caben tus amigos que tus familiares, tus compañeros de trabajo o tus acosadores sexuales.

En la búsqueda de la normalidad en el encierro, diría Lichtenberg, “el hombre necesita la compañía hasta de una computadora encendida”, los minutos de sociabilidad posible entre dos documentos de Word. Y si para sobreponerse a la soledad bastan unas cuantas coincidencias –como que todos tus conocidos tengan el mismo horario de trabajo--, el mensajero instantáneo ha servido también para subsanar los inconvenientes de las pláticas reales, donde hay que preocuparse por el lugar de la cita, la vestimenta y las ocupaciones diarias. 

La cuenta de correo es con frecuencia un páramo donde no crecen las sorpresas. Más allá de los mensajes reenviados sobre inexistentes niños con cáncer, los amigos parecen experimentar vértigo a la hora de escribir un mail. ¿Por qué todos se desinhiben tanto en las conversaciones por Messenger? Es decir, ¿la gente está perdiendo práctica a la hora de verse cuerpo a cuerpo?, ¿les molesta tanta cercanía?, ¿se sienten protegidos por esa imagen de balón o sienten que muestran algo de sí mismos diciendo qué música escuchan?

Todo ello me intriga, pero creo poder aventurar una respuesta: quizás el Messenger da más posibilidades de evasión al tiempo que nos permite mostrar de nosotros mismos sólo aquello que queremos. Es decir, en la vida real, coincidir con un conocido indeseable en el restaurante, nos obligaría a un minuto de plática, aún así sea por cortesía --¿cómo estás?, ¿dónde estás trabajando?--; en el Messenger, uno puede fingir que se encuentra “Al teléfono” o “No disponible”, de modo que puede dejar mensajes sin responder todo el tiempo. Por otro lado, el empleado promedio no puede hacer mucho por su rostro golpeado por la cotidianidad o su complexión de burócrata de mediano sueldo, ¿qué hace? Pone su mejor foto en el Messenger, acompañada de alguna frase de Paulo Coelho ¡¿Por qué?! ¿Acaso supone que eso lo hará ver más sensible, amigable, atractivo? No sé, pero que el Messenger da la ilusión de suplir las deficiencias de la realidad es casi innegable.
La otra vez conocí a una chica que ponía la foto de un bebé distinto cada día. ¿Trabajaba para un departamento para niños extraviados? ¡No: vendía zapatos por catálogo!, de modo que su fascinación por los niños era una jactancia extra, algo que invitaba a huir a la menor oportunidad. Hay gente, por ejemplo, que pone imágenes de sus mascotas, perros y gatos que quizás pretendan ganarse la simpatía que no tiene el dueño. El caso más extraño que he conocido es el de un tipo que ponía a un gallo al que amaba. “Rosique” era el nombre del plumífero, cuyo mayor mérito era haber tenido más relaciones sentimentales que su propietario.

Ésa es la fascinación del mensajero instantáneo: seguir diciendo algo de nosotros, incluso desde el encierro. Ningún otro programa ha podido engranar con mayor eficacia las horas hábiles, las de receso y las visitas al psicólogo. Por ello, los diálogos por Internet suelen relacionarse tanto con la demora en la captura de un documento como con una extraña necesidad de tener noticias del mundo.

Más consciente de su libertad, el empleado contemporáneo ha hecho del Messenger un derecho laboral. Trabaja más a gusto y siente que le quita algo a la empresa, como cuando carga su teléfono celular en la oficina. Ha creado, además, una forma de suplir los inconvenientes del mundo real; el peor de todos: no tener control sobre lo que proyecta de sí mismo. El mensajero instantáneo es un extraño círculo de terapia, donde es posible hablarnos y es posible ignorarnos. Ha establecido, sin lugar a dudas, una inédita forma de cumplir con el trabajo.
 


FRASES MEMORABLES
Para los no iniciados, el nick es el nombre que uno utiliza en el Messenger: puede ser real o inventado, puede tratarse de una frase o un mensaje rodeado de pequeños iconos. El subnick es el enunciado que uno escribe bajo su nombre --desde “Vendo Fiesta, en perfecto estado” hasta “Escribo por comida; informes aquí”-- que además de sus aplicaciones comerciales, concentra reflexiones de quienes los escriben. De estas últimas, he aquí las más interesantes:
1. “A veces cuando le cuento a Dios mis problemas, tengo la sensación de que Él está chateando con otra persona”.   

2. "No importa que nadie conteste, tener a diez amigos conectados es sentirse un poco acompañado”.  

3. “Si no fuera por el Messenger, me vería obligado a hablar con mis compañeros de trabajo”.

4. “Dímelo de frente… al monitor”.   

5. “Ausente: es decir hablando con alguien que no eres tú”.

6. “Suelo despertar gordo, pero hoy exageré”.

7. “Debo ser anoréxico, porque cada vez que me veo al espejo veo la imagen de un gordo”.

8. “Siempre no me voy del periódico. Aléjense, buitres, de mis fuentes”.