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Tediósfera

Los dealers de la oficina

Los dealers de la oficina

Hay tres formas de ver a nuestros compañeros de trabajo: a) como nuestros aliados b) como nuestros enemigos, c) como nuestro mercado.  Los más inteligentes eligen esta última opción. ¿Por qué siempre hay empleados vendiendo en las oficinas o en las escuelas, entregados a la batalla de la libre competencia: lencería, zapatos, bolsos, ropa casual, perfumes?, ¿es quizás una forma del capitalismo global al que ni siquiera hay que ir a buscar sino que llega a nuestros escritorios?
Conozco gente que ha ojeado más páginas de catálogos Cyzone que de la Ley Federal del Trabajo y el resultado ha sido más productivo. Un comercio subterráneo late en cada oficina gubernamental, transacciones por miles de pesos se dan los días de quincena. Llega gente extraña que habla como murmurando, salen empleados, transitan sobres color manila. Se alimenta la irremediable adicción a los catálogos.
Un caso sintomático es el de mi amiga Sonia, quien a primera vista podía considerarse una chica normal: eficiente, divertida, con buena ortografía. Su único problema siempre fueron las compras. Comenzó su catalogodependencia a los 14 años, cuando encargó un perfume en forma de bota para su novio a una maestra de la secundaria. Desde entonces no ha dejado de comprar cosas; en las ocasiones más precarias, unos aretes y en las más prósperas, varios pares de zapatos. No sabe cómo parar. Quiso internarse en un centro de atención a compradores compulsivos, pero una de las enfermeras vendía platería en sus ratos libres, lo que le provocó una deuda de casi 3 mil pesos. La terapia fue un fracaso: Sonia terminó huyendo una noche hacia León, donde –le dijeron-- podía conseguir botines a bajo costo.
Varias oficinas han intentado establecer campañas para que sus empleadas no gasten sus quincenas tan rápido y no sientan su salario reducido al llegar a sus casas. “Vive sin compras” ha sido la cruzada más persistente, pero de un momento a otro se desmoronó, cuando su principal promotora, Sofía Álvarez Carreño, fue sorprendida transportando 100 lapiceros Gusanito en el maletero de su automóvil. Nunca pudo demostrar que eran para consumo personal. Acusada de distribución subterránea, el escándalo se hizo mayor cuando le fueron incautados más de 500 collares Swaroski en su domicilio. Desde la cárcel, Álvarez Carreño dijo que todo ese material estaba destinado a las esposas de los altos funcionarios, a quienes delataría en breve. Sin embargo, nunca dio nombres.
Algunos expertos han afirmado que el problema de las compras en oficinas nunca va a terminarse hasta que se identifiquen a las vendedoras al menudeo, mejor conocidas como “dealers”. Mujeres talentosas, nadie puede hablar con ellas sin terminar por lo menos con un perfume a plazos en el portafolio. Poseen una habilidad única para engancharte: al principio parece que están hablando de un memorando extraviado, pero en el fondo están diciendo que sólo deberías usar esa camisa para las celebraciones retro.
Ni vistiendo todos Armani las cosas estarían mejor. Las “dealers” siempre tienen algo que ofrecerte. ¿Ya no te satisface la tela natural? Ellas te ofrecen tejido sintético. ¿Dices que quieres alejarte de “las piedras” por un rato? Ellas te recomiendan primero volver a los básicos y finalmente te venden un maquech. Las tentaciones inundan cada escritorio de la oficina y ofertan su paraíso intangible. Porque los catálogos se han vuelto un acto de fe, comprar es creer en que podemos vernos tan bien como los modelos de las fotografías. 
Alguna vez pensé que con un poco de fuerza de voluntad las cosas se arreglarían. Adquirí algunos libros de autoayuda (como “Mamá, compro Avon” y “El diablo viste de Andrea”) para regalar a unas compañeras. Desafortunadamente mi labor social se vio abruptamente interrumpida, cuando una supervisora de área me arrinconó a la hora de la comida:
--Eduardo, no te metas en problemas. Olvida tus libros de estúpida superación personal en la biblioteca y deja las cosas como están. Todos acá estamos metidos en el negocio. O cooperas o cuellos.
Eso significaba que me obligaría a comprar una de esas gargantillas de mal gusto que ella vendía. Decidí colaborar.
--Ah, y una cosa más. El Gobierno quiere implementar la revisión de mochilas para asegurar que nadie trae catálogos ni bolsas con mercancía. Tienes que apoyar en las marchas en contra.
Las doce soguillas que llevaba en la mano me hicieron aceptar, aunque no con mucha convicción.
Cuando me dirigía a mi escritorio, un compañero me miró con conmiseración.
--Lo siento por ti—dijo--. Una vez que estás dentro es difícil escapar. Entras en un círculo vicioso. Comprarle a la secretaria te crea una obligación con la chica de Recursos Humanos que tiene un negocio de perfumes, ¿y qué decir de la encargada de la limpieza, que todos los días te ofrece Cklass? Lo triste es descubrir que hasta la esposa del delegado vende Mary Kay. Por temor a las represalias le comprarás a todo mundo, y cuando te des cuenta tu quincena se evaporará como si nunca hubieras trabajado. ¿Sabes que pasará con tus hijos, tu esposa y tus amigos?
--No.
--Empezarán a sufrir los daños colaterales de tu vicio: nunca tendrás dinero para ellos y se volverán lo que comúnmente se conoce como “compradores pasivos”. Un espeluznante temor se apoderó de mí.
--¿Hay alguna manera de salir de esto?
--No—dijo murmurando--. Pero hay una forma de que las cosas no sean tan dolorosas: únete a ellos.
Desde entonces estoy metido en el negocio hasta el cuello. Vendo, distribuyo, trato de recuperar un poco lo perdido. No fue por voluntad, señores del jurado, las circunstancias me orillaron. Es lo único que tengo que decir en mi legítima defensa.  

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