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Retratando a la familia Simpson

Retratando a la familia Simpson

Este mes un cúmulo de publicaciones ha presentado a un hombre amarillo en sus portadas: Homero Simpson, un auténtico símbolo del individuo contemporáneo, prejuicioso, con altos índices de colesterol, desinteresado por sus hijos, mal esposo y pese a todo, el personaje más carismático de finales del siglo XX y principios del XXI.  
No es el hombre del año, pero su fiel retrato de lo que somos le ha asegurado un lugar en el inconsciente colectivo. Homero Simpson es todo menos un modelo a seguir; no es el  Popeye que sirve para enseñar a los niños el valor nutritivo de las espinacas. Nada en él podría servir para una campaña de buenos hábitos: su barriga enorme y honesta es todo lo contrario a un promocional de la Secretaría de Salud.
Pero va a estar ahí: llenándolo todo. Sobre todo cuando mañana se estrene la esperada película de la familia más célebre del planeta. Autores tan respetables como Juan Villoro han escrito recientemente sobre los Simpson, quizás porque la cinta será el corte de caja de 18 años de programa; los 400 capítulos que cruzan dos siglos y retratan la historia reciente como ninguna otra. 
¿Qué hay detrás de esta familia, cuyo debut escandalizó a los padres incapaces de concebir que un dibujo animado se rascara el trasero o eructara en televisión? En la actualidad abundan los autores que intentan desentrañar el misterio de porqué Los Simpson son ya parte de nuestra cultura y un referente ineludible para muchas vidas privadas y públicas. Pese a sus explicaciones, creo que tenemos misterio para rato.
Octavio Paz (sí, el premio Nobel mexicano al que es posible todavía ver en las monedas de 20 pesos) dijo alguna vez que Los Simpson eran esenciales porque “nos resumían”. No le faltaba razón al poeta. Springfield es el mundo: está el fanático religioso y el millonario sin corazón, los ancianos recalcitrantes, la niña genio y el muchacho problema, el director obsesionado con el orden y el comerciante abusivo; pero no son sólo eso, la serie ha tenido la capacidad de mostrarnos el lado humano de esos arquetipos. No son meras figuras de animación: con el tiempo han llegado a parecerse a gente que conocemos.
Pero hay otro rasgo fundamental: la serie ha representado desde sus inicios una crítica a uno de los conceptos más reverenciados por la sociedad: la familia. Antes, en la TV, las familias eran siempre felices: el papá era comprensivo, la madre era una simpática consejera, los muchachos a veces peleaban pero finalmente aprendían una lección de vida. ¿Quién podía concebir que la serie estelar de fin de siglo presentaría a una familia tan impresentable como la de Bart, Lisa, Maggie, Homero y Marge?
Los Simpson o el elogio a la familia disfuncional. Desde su aparición, han constituido el golpe de realidad que necesitaban las animaciones: los problemas de la vida cotidiana y de la salud, el trabajo diario y la escuela, incluso la posibilidad de corroborar que los personajes de TV ven también insulsos programas de TV. Un extraño, pero satisfactorio, fin de la inocencia televisiva. Al fin de cuentas, esta gente amarilla –como nuestros familiares-- son horribles pero indispensables.
¿Es posible volver a la televisión anterior a Los Simpson? Probablemente no y he ahí su genio. Diluida su influencia en los programas que vendrían después, la importancia de la familia amarilla no se ha ponderado con suficiente claridad. Ellos crearon los dibujos animados inteligentes y sin restricciones de edad, al tiempo que crearon a un público exigente, a quien ya no es factible complacer con una simple sucesión de chistes.   
¿Qué nos viene a la mente en México cuando pensamos en un “programa familiar”? Con regularidad una serie ñoña, que reúne dos requisitos: a) la entienden los niños y b) ha recibido la aprobación de los padres, quienes también son incapaces de disfrutarla. El problema de la TV familiar es que es cándida: sus chistes, con tal de ser inofensivos, no son nada graciosos. Confunde términos: cree que es infantil sólo lo que educa. 
Con Los Simpson las cosas son bastante diferentes. Pueden verla niños y adultos y para ambos habrá una diversión desternillante. No es una serie complaciente: exige y mucho, pues recurre con regularidad a referentes históricos, musicales y literarios. Es un triunfo del entretenimiento inteligente: sin Los Simpson serían inconcebibles joyas cinematográficas del tamaño de Toy Story o Buscando a Nemo. Animaciones que plantearon complejas narraciones y personajes entrañables, precisamente porque no eran inocentes. Los Simpson descubrieron para el espectador lo que ya sabía el lector de Tolstoi: que sólo las familias infelices son interesantes.
Del programa podemos una cosa más: cada capítulo es una pequeña lección de cómo escribir. La destreza de sus guionistas proviene de concentrar el mundo en 22 minutos. 400 capítulos por 22 minutos dan poco más de 146 horas efectivas de programa a lo largo de dos décadas.  Es el tiempo que duraría por ejemplo leer la Biblia, El Quijote, Guerra y Paz y Moby Dick. Y no es sacrílego pensar que el valor de todas estas obras es infinitamente superior al tiempo que consumen. Quizás por eso es más provechoso suministrarlas “en pequeñas porciones”; otorgándoles el privilegio de la relectura. ¿Qué sobrevendrá ahora que Los Simpson lleguen en un formato inédito de dos horas y sin cortes comerciales? No hay que imaginarlo, ya lo sabremos mañana.

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