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Tediósfera

La vida de los otros

La vida de los otros

Puedo entender que en un primer momento el Messenger haya servido para comunicarnos en horas laborales, para mantener conversaciones que no serían posibles en la realidad y también para dar sentido a nuestros impulsos adúlteros. Pero como toda tecnología para la vida, el Messenger perdió su sentido original y ahora es la biografía dosificada de un puñado de conocidos.
A través de sus canciones, sus frases, sus nombres y sus imágenes, cada uno de nuestros contactos dice algo de sí mismo, incluso más de lo que nos importa. “Qué horror estar a dieta”, “Estoy en terapia”, “La última mudanza debe ser la más ligera”, “Vivo en el límite”. ¿Es necesario saber todo esto? No, pero tampoco queremos renunciar a este confesionario público, donde es posible seguir día a día los detalles que animan la biografía de los otros. Quizás todas esas personas que tenemos en el Messenger sean como los extras de una película épica (en este caso, nuestra propia vida) que sólo sirven para inyectarle credibilidad a una mala trama.
No dudo que en el Messenger estén nuestro jefe, la esposa, los amigos más queridos, pero, ¿hemos caído en cuenta de que tenemos también a una veintena de personas con las que no hemos cruzado palabra nunca y de cuya presencia, sin embargo, no podemos prescindir?  Eso es lo auténticamente inexplicable: que nunca borremos a nadie  y cada minuto repasemos esa lista de nombres, con la obsesión de un corredor de bolsa que atiende el subibaja de los índices financieros. ¿Por qué nos interesa el truene de “niñabonita62” o los mensajes en francés de “soy_lo_prohibido1”? No lo sabemos pero son como una telenovela que seguimos capítulo a capítulo.
Quizás esta actitud obedezca a que en el fondo todos somos unos vouyeristas y agotada nuestra vida queremos auscultar la de alguien más, no importa si la historia está suministrada a cuentagotas. Pero también hay un pacto callado en el Messenger para compartir la privacidad o en todo caso la apariencia de que uno también tiene problemas, sentimientos o por lo menos pareja.
Sin duda alguna, hay días en que conectarse al Messenger es como despertar con resaca de una fiesta: ¿Quién diablos es este tipo, por qué lo tengo en mi lista de contactos, de dónde lo conozco?, nos preguntamos. Y sin embargo, no bastan los motivos. Cuesta trabajo eliminarlos, como si fuéramos mafiosos con escrúpulos a punto de saldar una traición.  Hay gente que siempre se pone “Ausente”, hay quienes advierten que están trabajando en todo momento. ¿Para qué demonios se conectan entonces? Pensémoslo un poco: ¡para informarnos de que no pueden atendernos! Es una forma –burocrática, por un lado; celestial, por el otro- de rendir cuentas a un público cautivo, incluso para decirle: no tengo tiempo para ti.
El mensajero instantáneo resume dos vidas: la nuestra y la de nuestros contactos. Como si se tratara de los créditos finales de una película o el índice onomástico de un libro, el Messenger despliega nuestra biografía trazada por los otros, al tiempo que nos devuelve un retrato deprimente de lo que somos: personas en crisis y necesitadas de compañía. Sólo hagámonos una sencilla pregunta: ¿Soportamos más a nuestros amigos por Messenger que en el mundo real? Si la respuesta es afirmativa, estamos rodeados de gente que también necesita un terapeuta.
Pero qué le vamos a hacer, así son nuestros contactos del Messenger: ponen las fotos menos afortunadas de sus hijos, escuchan insistentemente música romántica, les da por echarse porras a sí mismos y han reducido sus vocabularios a las meras consonantes: NPX. TQM. TAJP. Además de ello, buscan páginas y programas para ver quién los eliminó, quién no quiere hablarles y por qué. Obsesivos, bilingües, melómanos, nuestros conocidos han hecho del chat no sólo una red social, sino un parámetro de la camaradería.
Además, el mensajero instantáneo es lo más cercano a un reality show, en tanto nos presenta la cotidianidad monitoreada a todas horas. No conformes con manifestar su dolor en tiempo real, los compañeros de Messenger nos hacen partícipes hasta de sus actividades más insulsas: “Estoy en el baño, deja tu mensaje”, “Salí a comer”, “Apurado estudiando para el examen”. Es como si las personas necesitaran experimentar una doble vida -en la realidad y en la Internet- y sintieran la obligación de compartir su agenda diaria con sus lectores.  
Pero la red está llena de contradicciones. Los dispositivos creados para comunicarnos han terminado por provocar toda una serie de equívocos. La simplicidad en las conversaciones por Messenger no sólo ha enloquecido el diccionario sino ha suprimido las reglas de puntuación. Alguien escribe “Ya se enteraron de la reunión” y el otro no sabe si es pregunta o afirmación. Ante este problema, los usuarios del chat han sustituido las palabras por las imágenes: los llamados “emoticons”, animaciones creadas para salir a todas horas y complicar las cosas que se pueden complicar entre dos hablantes.
Si Dios hubiera conocido los “emoticons” no hubiera necesitado el episodio de la Torre de Babel. He mantenido pláticas con personas que me quieren contar una historia y en sus ventanas sólo salen dibujos que nunca logro entender. Finalmente me siento como si fuéramos dos neandertales jugando “Caras y gestos” en las cuevas de Altamira. En eso acabó todo: en los tiempos de la supercarretera de la información, hemos vuelto a comunicarnos como en la edad de piedra. 

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