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Superhéroes y periodistas

Superhéroes y periodistas

Dos de los superhéroes más influyentes del mundo del cómic y el cine trabajan en periódicos: Superman y el Hombre Araña. No es que resulte muy sencillo librar al mundo de villanos como Lex Luthor y el Duende Verde, pero Clark Kent y Peter Parker parecen sufrir más al momento de entregar una nota o vender una fotografía. El superhéroe, en efecto, responde al llamado de la justicia, pero el reportero tiene que atender la llamada -más inoportuna, si se puede- de su jefe de información en el teléfono. Los villanos de cómic son científicos que se han vuelto locos y quieren conquistar el mundo; los de la vida real desean cosas menores -como vivir del presupuesto- pero con la misma demencia. 

Ningún enfrentamiento puede ser más estresante que las juntas editoriales: el Doctor Pulpo es el típico gordo con tentáculos con el que no quisieras coincidir, pero un jefe como Jonah Jameson es mucho peor, porque tarda hasta dos meses en autorizarte las vacaciones. Ser superhéroe es una vocación para quien ha sufrido un trauma como Batman o para tipos susceptibles a la ira, como Hulk, pero el periodista necesita además una paciencia de hierro para cubrir las sesiones del Congreso del Estado.

Es quizás por eso que vemos a los periodistas como héroes que luchan contra muchas cosas: la censura, el viejo sistema, la mala fe entre colegas y la falta de boletos suficientes para las rifas. Así como hay Hombres X, Vengadores, Cuatro Fantásticos y la Liga de la Justicia, los gremios periodísticos se agrupan en: reporteros, fotógrafos, columnistas, presentadores de televisión, caricaturistas, comentaristas de radio y editores. Los grupos informativos se apoyan y se repelen, luchan por lo mismo pero al parecer cobran en nóminas distintas y eso hace toda la diferencia.

Los superhéroes del periodismo se dividen en gráficos y verbales. Por ahora me ocuparé sólo de los segundos, porque en verdad parecen tener superpoderes. Los reporteros, por ejemplo, están en dos o tres lugares al mismo tiempo y son capaces de contar lo que sucedió en un sitio sin haber estado ahí. Saben de medicina, de educación, de economía, de política, de medio ambiente; entienden de meteorología y de inflación, transcriben las palabras de funcionarios que apenas saben hablar, entrevistan al líder de los taxistas y salen ilesos. Los reporteros son personas que viven una vida normal hasta que se ponen el chaleco caqui de “Prensa” y entonces algo en ellos se transforma. Exponen sus vidas durante invasiones de terrenos y protestas campesinas, acompañan los operativos y asisten a inauguraciones de eventos culturales, se mantienen despiertos durante festivales del DIF y todavía llegan a las redacciones a teclear a toda prisa. Sólo por eso se les perdona que escriban “Ministerio Público” sin tilde.  

El jefe de redacción es como el Profesor Xavier, a quien parece que nadie moverá de esa silla pero que es capaz de ver lo que está aconteciendo en todos lados en todo momento. Ha desarrollado facultades mentales tan elevadas como para distinguir una nota auténtica de policía de un boletín de la SSP. Reúne a sus muchachos y les encomienda misiones suicidas como el inicio de la veda de camarón o un sondeo sobre la reforma petrolera. El jefe de redacción sabe que tiene que conducir a su equipo hacia el triunfo del bien, sobre todo cuando está cerca el año electoral y el bien está comprando buena publicidad.

Los columnistas políticos, aunque son héroes, se asemejan más al Acertijo, aquel villano de Batman, porque andan dejando adivinanzas por todos lados: “¿A que no sabe usted, estimado lector, qué funcionario público federal ya está en campaña?”, “¿Los nombres que suenan en el PRI para el 2009? ¡Por supuesto!”, “¿Será que el Partido de la Revolución Democrática pueda sobrevivir a esta desbandada? ¿Estuvieron los delegados en lo correcto en aparecer en aquel evento panista?” El columnista quiere ser un oráculo que en lugar de Delfos despacha desde el café, pero tiene más que ver con Edipo: con la cabeza en tantos lados que nunca distinguiría a su esposa de su madre. Además el columnista tiene un aliado a quien nadie ha visto, pero cuya inexistencia sería peligroso declarar. Se llama “opinión pública” y el editorialista recurre a ella cada que se queda sin argumentos: “estarán de acuerdo conmigo”, “no lo digo yo, lo opina medio mundo”, “es algo que se sabe”.

Los presentadores de noticias y los comentaristas de radio son como Ironman: por fuera máquinas y por dentro seres humanos. Nos hablan a través de aparatos electrodomésticos y opinan gracias a una cosa que parece surgida de un desastre nuclear: el espectro radioeléctrico. Combaten la injusticia desde apretados estudios que dan la sensación de ser más amplios, bajo capas insoportables de maquillaje y con invitados que articulan sus oraciones con la sintaxis de un ruso que conoce por primera vez el castellano. El presentador de medios electrónicos lucha contra el tiempo y los cortes comerciales, que es como pelear contra Lex Luthor y luego cobrar en alguno de sus negocios.  

En el último escalafón están los editores, que son como esos superhéroes creados sólo para hacer bulto y cuyas aventuras a nadie interesan. No existen editores estrella ni redactores que reciban canastas navideñas, pese a que luchan diariamente contra fuerzas desconocidas, como la Comisión Federal de Electricidad y el Word 2007 de Microsoft. Pero eso no importa, son personajes menores y en el mundo de los cómics no existen superhéroes que en su vida cotidiana trabajen armando páginas o corrigiéndole la ortografía a Clark Kent. Es quizás por eso que el Gobierno del Estado no los considera periodistas. Si existiera un superhéroe redactor (que en las madrugadas salve al mundo después de salvar el idioma en las tardes) quizás los editores alcanzaríamos boletos para la rifa del Día de la Libertad de Expresión.

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¿Todos somos piratas?

¿Todos somos piratas?

Cada que quiero saber qué hay de nuevo en el séptimo arte voy al mercado “Pedro Sáinz de Baranda”. Los vendedores piratas no sólo tienen los últimos estrenos, sino incluso las películas que alguna vez oímos en las nominaciones al Oscar (aunque con algunas faltas ortográficas). Los piratas mantuvieron por más días No es lugar para débiles por ejemplo, poseen la española Rec y ya exhiben copias de La escafandra y la mariposa (esa maravilla francesa que de seguro nunca llegará a las marquesinas de nuestras únicas salas comerciales). Pero hay más: los piratas venden cintas subtituladas, mientras el cine me obliga a consumir pésimos doblajes.

Los piratas me despliegan un catálogo variado (de Tres lancheros muy picudos a 4 meses, 3 semanas, 2 días) y el cine mantiene en seis salas apenas cinco películas (y dos de ellas repetidas) y en las videos ni siquiera tienen Garganta profunda (los piratas sí, por fortuna). En fin que no se trata de una competencia desleal, porque en realidad las salas comerciales de cine ni los videoclubes tienen tantos materiales con qué competir.
 

¿Que es algo ilegal? Ni quien lo dude, las fotos de la AFI invadiendo mercados a fin de decomisar discos me hacen pensar en soldados norteamericanos llevando libertad a los pueblos oprimidos. Según la Asociación Protectora de Cine y Música México (APCM) la piratería causa pérdidas millonarias a sus compañías, aunque no me queda muy en clara la manera de calcular esos números. ¿Es a través de la caída en ventas, de las estimaciones en ganancias del comercio informal, o de lo que las compañías de entretenimiento habían soñado ganar y no ganaron (acá podría haber una clave)?

     

Lo que sí es un hecho es que sus estrategias para combatir la piratería son tan malas que –al contrario de lo que originalmente pretenden- dan ganas de consumir la primera película pirata que garantice en su portadilla “Este disco no contiene el anuncio de  ‘¿Qué le estás enseñando a tus hijos?’”. En lugar de abogar a la moralidad de las personas (No está bien comprar un examen; es incorrecto ver DVD’s piratas), las compañías deberían ofrecer mejores productos a sus consumidores. En la sospecha de que en el fondo son los propios consumidores quienes las llevan a la ruina (son gente sin consideración que baja música por Internet, comparte series y subtítulos, consigue libros por un tercio del precio), las compañías no gastan ni un centavo más en seducirlos. Una vez que las compañías de entretenimiento renuncian a luchar desde el libre mercado, claman la aplicación irrestricta de la ley.

Lo peor del caso es que la lucha antipiratería ha alcanzado extremos de paranoia. La guerra ya no sólo se limita contra quienes copian, compran y distribuyen películas o discos llevándose una ganancia de por medio, sino que ahora se dirige contra quienes sin fines de lucro ponen películas y series a disposición del público por Internet o quienes a través de redes P2P comparten música, cine y televisión. Es decir: los propios consumidores. Da la impresión que las compañías consideran “pirata” todo aquello que les produzca pérdidas (la copia, la exhibición pública o el Youtube) sin darse cuenta de los niveles de promoción que eso conlleva. Mientras gritan “¡Al ladrón, al ladrón!”, las compañías escamotean sus propios delitos: discos malísimos en los que sólo vale la pena una canción y películas por las que nadie daría más de 25 pesos.

Pero eso no es todo. Protegidas por la legalidad, las compañías también se dan el lujo de lanzar productos sin el mínimo respeto hacia quienes los compran. Hace meses, adquirí la segunda temporada de The Office, una de las mejores series de la televisión. Sólo hasta que puse el DVD en el reproductor descubrí que no tenía otras opciones más que el doblaje al español. La Universal, quien había sacado las dos primeras temporadas al mercado, no había querido pagar a un traductor que escribiera los diálogos al castellano y a un programador que sincronizara los subtítulos con la voz. Sin embargo, los capítulos y los subtítulos podían conseguirse gratuitamente en Internet, gracias a la generosidad de fans que traducían esos episodios y los convertían en archivos a fin de que cualquiera pudiera ver The Office en su idioma original (un placer inmejorable, dicho sea de paso). Es decir, los supuestos piratas (aquellos que intercambian música y otras formas de entretenimiento a través de la red) estaban ofreciendo un producto mucho mejor que las propias compañías legales.

¿Qué hace contra ello la Amprofon, esa asociación de música y videogramas en México que busca proteger según ella el derecho intelectual? Entre otras cosas, elabora argumentos como el siguiente: “Un arte que está siendo plagiado, duplicado y falsificado libremente, corre el riesgo de desaparecer”. Mentira, decir que de la supremacía de la industria depende la supervivencia del arte no sólo es el marketing más barato sino una auténtica manipulación de la verdad.  

¿Qué otra cosa hace la Amprofon para frenar las descargas por Internet? Difunde un artículo donde la cantante Myriam denuncia que su disco “Simplemente amigos” fue subido a la red antes del lanzamiento. Sobra decir que en el texto en cuestión, Myriam no se cansa de vilipendiar a todos aquellos que se aprovechan del trabajo de otros. ¿Y de qué iba su disco, por cierto? Ah, sí, era una compilación de los antiguos éxitos de Ana Gabriel.

Por último, ¿es verdad este argumento de la Amprofon contra la descarga gratuita por la red?: “Autores, compositores e intérpretes están en grave crisis, pues no cobran regalías por culpa de la piratería”. Por lo menos eso es lo que piensan cantantes y grupos como Reyli, Víctor García, Reik, Pambo, Nikki Clan, Kalimba, María José y auténticos genios como Imanol, quienes han emprendido una campaña para exhortar a los fans a denunciar sitios que comparten música o video por Internet.

     

Imanol

 
      

Danna Paola

 

  

¿Qué les dice a esos intérpretes alguien como Manu Chao? “Dejen de quejarse y pónganse a trabajar; si quieren dinero, salgan a la calle a dar conciertos” ¿Y qué opina de la piratería alguien como Joaquín Sabina, cuyos logros se deben más al talento y mucho menos a la industria, al contrario de los arriba mencionados? “Pero cómo voy yo a hablar mal de los piratas, si el barco pirata del pobre que vende mis discos piratas es una mierda comparado con el transatlántico de la multinacional que edita mis discos legales, ésos sí que me roban”. 

     

Si la piratería va a servir como una especie de selección natural que hundirá a la gente sin talento a través –paradójicamente- de su éxito, bienvenida.

“Tiene 10 años aquí y todavía no sé a qué se dedica”

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LOS DE ABAJO

¿Qué hacemos con las personas ineficientes? La primera respuesta es: correrlos. Pero no, no es posible. La clave es el sindicato. Que alguien sea ineficiente no quiere decir que no le sirva al gremio, aunque sea un perfecto dolor de cabeza para el usuario. El ineficiente es una prueba de poder del sindicalismo en México: entre más gente inútil coloque la agrupación su influencia es mayor y, por ende, sus decisiones más arbitrarias. Una idea que se ha cristalizado a través del “contrato colectivo de trabajo”: la obligación de aceptar congregaciones en vez de individuos. El punto central del contrato colectivo son los ineficientes, porque no obtendrían trabajo por sí solos. Ellos son la razón de ser de este “triunfo del sindicalismo”. ¿Y los otros? Callan, porque en el fondo no quisieran descubrir que son también unos inútiles.

Un ejemplo práctico y acorde a los tiempos: Pemex produce la cuarta parte de lo que produce Exxonmobil, pero, ojo, con el doble del personal. Cada trabajador de Pemex produce utilidades por 379 mil dólares; cada empleado de Exxon, 1.62 millones. ¿Qué Exxon es una compañía privada? Entonces comparémosla con Pedevesa (la estatal venezolana), cuyos trabajadores aportan por persona, 1.1 millones en utilidades. Y eso no es todo, según una nota de El Universal cerca de la mitad de los empleados que trabajan en “flotas dadas de baja” no pueden ser despedidos. ¿Sabe usted por qué? Quizás lo intuye: por el contrato colectivo de trabajo.

El Magisterio es otro ejemplo notable. Una vez obtenido un puesto a través del SNTE hay posibilidades casi nulas de quedarse sin empleo. Cada que un sindicalizado se mete en problemas es puesto “a disposición”, que no es otra cosa que seguirle pagando para no hacer nada, sino apenas para esperar a que su conflicto sea resuelto. Eso que es un limbo para el Magisterio en realidad es un paraíso para la gente común y corriente. Pero no vayamos a los casos de excepción: asista un día a la Secretaría de Educación de su estado (la Secud, en Campeche), ¿puede determinar a simple vista cuál es la función que desempeñan las primeras diez personas que vea alrededor de un escritorio? ¿No? Es posible que ni el encargado de nómina lo sepa. 

                      Peter1

 

LOS DE ARRIBA

Hace unos treinta años Laurence Peter determinó un principio (“el Principio de Peter”, por supuesto) donde desentrañaba el porqué el mundo no parece funcionar como es debido. Según Peter, la gente eficiente iba ascendiendo puesto a puesto hasta llegar a su nivel de ineficiencia. Una vez ahí no cumplía bien su función (no estaba hecho para ella), pero tampoco podía ser degradado a un escalafón inferior. Todos perdíamos en los ascensos: el usuario, la institución, el trabajador (que terminaba o siendo un hombre frustrado por no cumplir su vocación o un cínico que sabía que no estaba haciendo bien las cosas, pero le valía). Por ejemplo: un maestro que era buen maestro de repente era promovido para ser administrativo. ¿Cuál era la lógica de tal movimiento?, ¿por qué alguien que daba buenas clases podría servir para dirigir una facultad? No sé, el caso es que resultaba un completo inútil en el trabajo de escritorio, de tal modo que con “el ascenso” perdíamos por un lado a un buen profesor y ganábamos por otro a un mal administrativo. Eso, para Laurence Peter, significaba que el maestro de este ejemplo había llegado a “su nivel de incompetencia”.

El humorista Scott Adams ha actualizado dicho principio al siglo XXI y lo ha llamado “el Principio de Dilbert”. Para Adams, los trabajadores más ineficientes son trasladados sistemáticamente ahí donde pueden hacer menos daño: la dirección de la empresa. Una pieza lascada es menos dañina en la parte más alta del Jenga.  De tal modo que a nadie extrañe ser liderado por un individuo que nada sabe acerca del trabajo que sus subordinados desempeñan.

Para Adams el éxito de un director de empresa se sustenta en la simulación de la calidad, en encontrar gente lo suficientemente imbécil como para comprar lo que fuimos a ofrecerle y en la dosis exacta de humillación a los empleados. También enumera las mentiras más comunes de la dirección: “Los empleados son nuestro bien más valioso”, “Yo sigo una política de puertas abiertas”, “Nos estamos reorganizando para servir mejor a nuestros clientes”, “La capacitación es una de nuestras principales prioridades” y “Su opinión es muy importante para nosotros”.

Para Adams un producto o un servicio es la resultante de jefes que quieren sobreexplotar a sus empleados y trabajadores que quieren dar lo menos posible por el mismo salario. En ese panorama, eso que llamamos calidad es una utopía.

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LOS DE EN MEDIO

¿Sabe usted si es competente o prefiere no comprobarlo, como si el ignorarlo garantizara que los otros no se darán cuenta? ¿Le preocupa que el mundo se vuelva cada vez más competitivo y que sus compañeros de oficina estudien una maestría además de tener dos empleos y cuidar a sus hijos? ¿Le intriga que el peor estudiante de su generación haya recibido la semana pasada un máster en Liderazgo Empresarial por el Tec de Monterrey? ¿No sabe por qué sus compañeros se ríen cada que menciona la frase “reparto de utilidades”? ¿Le molesta que aquello que usted empezó haciendo como un favor se le haya vuelto con el tiempo en una obligación? ¿Cree que debería pedir un aumento pero que la única razón válida que ha encontrado es que “la canasta básica está por los cielos”? ¿Su computadora le falla todo el tiempo pero en el momento en que llega el técnico en informática de repente se vuelve tan lista como HAL 9000? ¿Siente que el cubículo de su jefe tiene el clima a 10 grados Celsius a fin de que usted tiemble cada vez que él habla? ¿Que lo amenacen con quitarle el messenger le causa el mismo terror que si hablaran de amputarle la lengua? ¿Es usted un incompetente y no tiene el valor de aceptarlo? Si tuvo más de cuatro respuestas afirmativas, sume un punto más por esa última.

Este post está certificado por el ISO 910 2000

No distraiga al operador

No distraiga al operador

Este sábado tuve una revelación: ninguna nueva Ley de Transporte va a servir en Campeche mientras los choferes de la ruta Directo-Plan Chac-Issste-Universidad piensen que la luz roja es para avanzar y la verde para detenerse. En cuatro ocasiones, el autobús ha recorrido apenas unos centímetros hacia el paso peatonal precisamente porque no puede cruzarlo. Es una estrategia inútil, pero los conductores experimentan una felicidad idiota con hacer ese movimiento cada que el semáforo marca rojo. Es la historia de cada día en la parada frente al mercado principal "Pedro Sáinz de Baranda" de esta ciudad. Minutos interminables de espera del pasajero, quien termina por aceptar la manera en que los camiones se zarandean pero no avanzan, un poco como nuestros políticos debatiendo el petróleo.

Son las cuatro y cuarto de la tarde, el calor es insoportable, y de mi parte no puedo pensar otra cosa que no sea el reloj checador del trabajo. Abro los ojos y la única imagen que obtengo es la de un conductor que se echa aire con una franela.

-En un ratito más nos vamos – dice, pero esa sonrisa lo delata. De inmediato hace bufar su unidad como si montara un toro a punto de saltar al ruedo.
El chofer de Directo-Plan Chac-Issste-Universidad es uno de esos burócratas del transporte: amodorrados, sudorosos, obesos y que hacen perdidizas las monedas pequeñas. De esos que saben que la resignación es el estado natural del pasajero.

Me planto a esperar un poco más. Los cláxones de los otros camiones me recuerdan que la orfandad está vedada para quien conduce.

-Cinco minutos nomás, cinco –asegura, pero con tranquilidad toma uno de esos periódicos con accidentes en la portada y lo abre sobre el volante. Mientras lee, su ayudante grita la ruta, colgado en la puerta, desgarrándose la garganta inútilmente, sobre todo porque en ese lugar no se estaciona ningún otro camión que no sea Directo-Plan Chac. Como en toda burocracia, el chalán desquita un sueldo con un oficio que no le sirve a nadie.

(Mientras las oficinistas adoran leer los romances maltrechos de las celebridades, los conductores de camión prefieren los parabrisas destrozados. El chofer pasa cada página de su periódico y adivino el deleite que le producen las tragedias ajenas. Las historias de amor terminan con “Y fueron felices para siempre”; las de los choferes con “para el deslinde de responsabilidades”. Las señoras que pueblan las dependencias recrean cortejos épicos que no podrán vivir; los conductores las colisiones que no desearían).

El sopor es la condición natural de estos sábados. Algunos vivimos en el tránsito continuo, cumpliendo un horario laboral en momentos en que las personas decentes están echadas en sus casas viendo la televisión. Para quienes no tenemos otra opción que trabajar los fines de semana, los trayectos en transporte público son un infierno. Ver tantas luces verdes desaprovechadas es como ver a la Selección fallar penales. Un triste destino nacional.  

-Así son los choferes, qué le vamos a hacer- dice una señora a la que no quisieron devolverle el pasaje. Durante años, he oído estrategias para mejorar el servicio de transporte colectivo, pero resulta tan ilusorio como querer reformar al sindicato de maestros. No puede someterse todo a la mera voluntad de los implicados ni a sus cursos de buenos modales. Los concesionarios podrán firmar cien compromisos, pero mientras no haya otras opciones de transporte barato, sabrán (como lo intuye el marido abusivo) que volveremos a ellos una y otra vez.

Por otro lado, ¿sirve quejarse? Los camiones están diseñados para no ser identificados (incluso hasta los señores que los manejan se parecen demasiado entre sí), para que nadie pueda señalarlos con exactitud cuando presente una denuncia. Es lo que sucede, por ejemplo, con esta unidad, aún detenida tras los cinco minutos prometidos por el conductor. Puedo describir sus stickers de Pokemones que nadie recuerda, la afición por el Cruz Azul del dueño (los señores que no pueden vestir a sus hijos de sus equipos favoritos compran calcomanías de niños disfrazados con el Photoshop); puedo hablar del diagnóstico que hacen sus letreros del periodismo y la educación mexicanos (“Censores trabajando” y “Todos los niños pagan”) y de las siluetas de mujeres que coronan el reproductor de discos compactos (ahora apagado, no sé si por desgracia). Puedo incluso indagar en la fe del concesionario a través de sus calcomanías religiosas (según Santo Tomás, Dios es “el primer motor” y no dudo que sea sólo Dios quien pueda mover este camión). En fin que revisando sus escondrijos es posible determinar las historias que rodean a este microbús, todas ellas totalmente inútiles al momento de poner una demanda contra el servicio.

Cuatro camiones de Directo nos han rebasado, hartos ya de la espera. Los envidio. Nuestro chofer los ve pasar sin preocuparse demasiado: confía en que su persistencia le proporcione dos o tres incautos más que se suban al camión, creyendo que ya está a punto de partir.

Cuando he leído otro capítulo más del libro que traje para el camino, siento la sacudida que significa pasar el paso peatonal. El viento (no importa si caliente, no importa si polvoso) me golpea la cara y respiro de tranquilidad, como quien ha pasado ya la noticia favorable de un diagnóstico médico. El camionero avanza a toda prisa –atravesando semáforos en amarillo, sin detenerse a recoger gente que le pide parada en las esquinas- supongo que para compensar el tiempo perdido en el mercado. A dos cuadras de llegar a mi destino me pregunta: “¿A dónde vas, chavo? Es que yo hasta aquí me quedo”.

Sólo hasta entonces me doy cuenta que me he quedado solo en el microbús. Sin esperanzas siquiera de que me devuelva mi pasaje, desciendo al camellón, incrédulo de tanto cinismo. Con sus logos borrados y un número incompleto (cero cuarenta y algo), del microbús sólo alcanzo a ver las placas: “200-423-B”.

Corro inútilmente pues un descuento por impuntualidad me espera. Eso le falta a los diputados que debaten la Ley de Transporte: trabajar los sábados (no regalando balones, no dando declaraciones en el aeropuerto, que no para eso les pago) y llegar siempre tarde por culpa de un camión.

Ver tele adelgaza

Ver tele adelgaza

Los programas de chismes han servido para confirmarnos que las celebridades pueden ser tan estúpidas como cualquier persona: que lo mismo conducen borrachos, entran y salen de clínicas de rehabilitación, pierden a sus hijos, se arrastran en el fango por un flash. Eso es lo verdaderamente interesante de ellas; no sus actuaciones, no sus pésimos discos.
Queremos ver ricos sufriendo, famosos que han perdido hasta la camisa, actrices que tienen hijos de senadores. Queremos ver a gente en la montaña rusa de la vida, llorando por el vértigo, tanto en los descensos como en las subidas.   

Los reality shows acortan el camino. En lugar de esperar a que las celebridades accedan al punto más bajo de la humillación, encontramos a gente común y corriente exponiendo su último resquicio de integridad por salir en la tele. A cada rato uno encuentra individuos dispuestos a abrir su intimidad y a mostrarse vulnerables, a fin de acaparar las miradas. Cada semana emprenden la batalla por permanecer en pantalla. Las pruebas son duras, están obligados a interesar al público sin tener talento y peor que ello, sin fingir que lo tienen. Finalmente emergen victoriosos en su minuto de fama, incluso cuando los expulsan. No importa quedarse a mitad del camino; en la televisión, el único fracaso es no haber empezado.

El último de los inventos de la fe catódica llega como uno de esos platos saludables: caros, que no saben a nada y que sólo consumimos por el simple placer de decir que hicimos algo bueno. Se llama ¿Cuánto quieres perder? Lo transmiten cada domingo y está producido por Televisa.

En el programa dos equipos de gordos compiten por ver quién baja más de peso, acción por demás plausible como algunas otras emisiones debidas a la misma televisora: los adolescentes que luchan por conformar una banda, los famosos que bailan por una noble causa, las valientes empresas que hacen todo tipo de donaciones para llegar al sueño de los deducibles. En fin, que el camino del rating está pavimentado por las buenas intenciones.

Es innegable que este país tiene graves problemas con el sobrepeso. Los números abruman tanto como nuestra última visita a la báscula. Pero ¿Cuánto quieres perder? no explota el superávit de carbohidratos sino el déficit de autoestima. Al contrario de lo que hace con sus telenovelas, ahora a Televisa no le interesan los cuerpos, sino las historias.  

En el pasado la televisión aprovechaba la idea de gordos simpáticos y ahora lo hace con la idea de gordos inconformes. No me extraña. Nada como la superación personal para lograr una buena audiencia. “Estamos buscando a 14 personas para cambiarles sus vidas”, decía la convocatoria lanzada para este reality. ¿Eso qué significa?, ¿que alguien será mejor persona si desplaza menos agua en la alberca, que la felicidad es un lugar donde se usa una cinta métrica y no dos?  

Lo fascinante de los castings es que evidencian las tramoyas del espectáculo. Puedo entender la selección en un programa de canto (la voz), puedo comprender cómo se conforma un encierro de famosos (con estrellas medianas que no pierden nada humillándose y a cambio pueden ganar mucho), ¿cuáles fueron los parámetros para escoger a estos obesos?, ¿eligieron a los más gordos, a quienes tuvieran historias más tristes, a quienes demostraran más aptitudes para triunfar?  ¡No! Como en los supermercados, los productores optaron por la variedad, que no es otra cosa que ofrecer el mismo alimento chatarra con diferente empaque: el tipo de gordo con el que puedas identificarte.

Si analizamos las motivaciones de cada concursante podríamos tener un panorama amplio de por qué la gente quiere bajar de peso en este país: porque mi esposa es delgada (Ignacio), para lucir un bikini (Ana Luisa), para pedirle matrimonio a mi pareja (Iván), para enamorar a una compañera de la universidad (José Antonio), para que mi hijo se sienta orgulloso de mí (Elvira), para encontrar un mejor trabajo (Liliana), para no morir (Lizbeth), porque fui abandonada por mi esposo (Teresa), para casarme de blanco (Anabel). Sólo faltó: para ganar una gubernatura (Ivonne), para conservar mi empleo de Miss Universo (Alicia).

Unos quieren ser inspiración y otros buscan ser inspirados. Como los equipos de futbol nacionales, estos nuevos héroes contemporáneos luchan contra la estadística (ser el segundo país de obesos en el mundo). Pero algo falla, las condiciones pecan de inverosimilitud. Si los participantes no tuvieran nutriólogos, sicólogos, un spa, una ambulancia a cualquier hora, doctores, un premio jugoso y además el esfuerzo tuviera que emprenderse con dos trabajos, una familia que mantener y el salario mínimo, entonces uno estaría tentado de hablar aunque sea de arrojo. En ¿Cuánto quieres perder? las circunstancias son demasiado ventajosas, porque su principal intención es reducir las contrariedades del sobrepeso a la mera voluntad (“Si quiero, puedo”) como hacen con la economía los cursos de emprendedores.

Sin embargo, el trasfondo central de éste y otros “programas de realidad” es la idea común de que la tele nos puede ayudar. ¿Cuánto quieres perder? no se diferencia de otras emisiones -como 12 corazones- que se sustentan en esa fe: vivimos en crisis permanente y creemos que un rating de 20 millones de espectadores puede ser un buen respaldo emocional. ¿Qué hay de malo en eso? Que alguien que piense que aparecer en televisión es una buena medida contra sus preocupaciones es alguien que tiene más problemas en la cabeza que en la tiroides. Lo más terrible de todo es que ¿Cuánto quieres perder? explota la misma premisa del Teletón: el humanitarismo deja tantas ganancias a los anunciantes, como satisfacciones en los espectadores. En este panorama en donde todos ganan, las críticas parecen sospechosamente molestas.

     

Vean este video, así sin sonido y con mala calidad, se parece a esos videos antiguos de fenómenos.

En el 2000

En el 2000

De Huxley a Terry Gilliam el futuro parece un lugar donde es fácil cultivar el pesimismo. Gobiernos autoritarios, laberintos burocráticos, drogas para ser felices, diseño de bebés. En fin ese tipo de cosas que nadie hubiera querido que pasaran, hasta que uno se dio cuenta que comenzaron ayer.

Ni siquiera el mundo hipertecnologizado de Los Supersónicos era tan amable como parecía. Sí, había automóviles que se convertían en maletas y robots que nos servían el desayuno, pero uno tenía que programar sus propios sueños y los jefes eran unos calvos mezquinos que nos regañaban desde una pantalla gigante.

México es un país en el que los políticos gustan de hablar del futuro y para la inmensa mayoría de los mexicanos ese futuro se reduce a la próxima quincena, para los menos el siguiente trienio. Las visiones del porvenir no existen salvo en los programas sociales, las alianzas para la educación, las columnas de opinión en año preelectoral y en los partidos de la selección nacional. Pensamos en el mañana para mitigar el vértigo que nos produce un presente demasiado desolador.

George Orwell apuntó un año para su mundo futuro (“1984”), Ray Bradbury una temperatura (“451 Fahrenheit”) y el director Richard Fleischer un alimento (“Soylent green”).  Y aunque Kubrick había provisto un número emblemático (2001), para el resto de los mortales, la meta tendría que ser más redonda, digamos un año antes. Durante mucho tiempo soñamos con llegar al año 2000. Algo tenía que pasar en el 2000, decíamos, una catástrofe natural, una revolución sangrienta, la caída del PRI, lo que fuera. Entrar al nuevo milenio era como llegar a los 30, la edad perfecta para empezar de nuevo. Y es que pensando en ese México del año 2000, que parecía tan lejano, a principios de los ochenta se filmó una comedia que ha resultado con los años profética y con ello, quiero decir cada vez más divertida. Hay cintas que es preferible no volver a ver para no frustrar nuestro recuerdo de ellas. Con México 2000 me pasa exactamente lo contrario: cada que la veo, la disfruto un poco más.   

Estrenada en 1983 y protagonizada por Chucho Salinas y Héctor Lechuga, quienes hacían la mayor parte de los personajes, México 2000 retrata los sueños de modernidad que se gestaban en el país hace un cuarto de siglo, en los primeros años de la Madrid, a quien no se le escatiman referencias (en la República del futuro, “si usted le pide un préstamo al banco, el banco le paga a usted los intereses por poner a trabajar el dinero estéril”, dice uno de los personajes, aplicando lo que ellos llaman la “teoría de la Madrid”).

Absurda, sarcástica, continuamente crítica, la película dirigida por Rogelio A. González es un recorrido por un mundo perfecto en el que los problemas de los mexicanos se han extinguido a fuerza de voluntad y el país se ha vuelto un ejemplo para el mundo, que no duda en copiar nuestras costumbres (ver a holandeses celebrando las posadas es una de esas imágenes inolvidables del cine nacional). Con un presupuesto mínimo (los autos del futuro son apenas carritos de golf), la cinta brilla en sus diálogos mordaces, en su mala producción, en sus referencias a los sueños que el país tenía hace 25 años y a lo deprimente que resulta pensar que poco han cambiado desde entonces.

Para Lechuga y Salinas, éstas son las cosas que habrían de suceder en el 2000:       

1. El partido de los campesinos gana las elecciones. Los tzotziles hablan alemán, inglés y francés, además de comunicarse por un tipo de celular (que en ese tiempo no existía) con sus clientes extranjeros, que no dejan de pedirles granos. La Secretaría de Agricultura funda la Universidad del Campo para “asegurar la autosuficiencia alimentaria de los mexicanos”.

2. Uno de los personajes está viendo en la tele una película de ciencia ficción que se llama “Nosotros los pobres”. “Oye Papá”, cuestiona, “lo que no entiendo es qué es ser pobre”. “No lo entenderías”, le responden.

3. La hija de Chucho Salinas está exenta en sus exámenes porque “es muy estudiosa”. “Como todos”, responde la muchacha, “lo que pasa es que los estudiantes no tenemos otra cosa que hacer más que estudiar”. “Lo mismo de siempre”, dice a su vez Héctor Lechuga. En otra escena, cuando los habitantes de este México nuevo llevan a sus hijos a la escuela, puede apreciarse un letrero que dice: “Domingo próximo, clases como siempre, a petición de maestros y alumnos”.

4. El DF cuenta apenas con 2 millones de pobladores, las avenidas nunca tienen tránsito, los policías pasan meses sin poner una infracción. Además se levantan cosechas en muchas zonas de la capital: trigo en la colonia Algarín, jamaica y sandía en la Hacienda de San Jerónimo, tamarindos en Tlascoaque.

“Mucha de la fruta que ustedes están comiendo viene del DF”, dice Chucho Salinas.

“¿Te acuerdas esa avenida donde estaba el Reloj Chino?”, le pregunta después a Héctor Lechuga.

“Bucareli”, recuerda el otro, “y ¿ahí qué cultivan?”

“Papas… en toda la avenida”.
4. Héctor Lechuga tiene en brazos a su nieto y recrimina a su hija que vea en él a un futuro futbolista y no algo más prometedor: “Este niño va a ser Presidente de la República”, dice orgulloso el abuelo.

“No puede”, responde la mamá, “su padre es suizo”.

“Mi vida, ya reformaron el 82”, dice Lechuga. (Lo más increíble de todo es que eso ¡sucedió en la realidad! y fue la reforma que hizo posible que Vicente Fox ganara las elecciones… en el 2000)

5. En el futuro, el Presidente viaja en transporte urbano y le cede su lugar a otros ciudadanos, porque “en un camión todos somos iguales”. En lugar de usar la radio, alumnos de conservatorio que hacen su servicio social tocan música clásica para los pasajeros. “¿Quieren algo de Brahms o de Sibelius?”, pregunta el chofer. Todos prefieren a Sibelius, a excepción del primer mandatario, a quien no le queda de otra que respetar una decisión democrática. “Sibelius, Sibelius Pérez, torero, torerazo”, entona el jefe de Estado. “Ah, señor Presidente, cómo será usted cabrófilo”, dice el chofer, “ése es otro Sibelius”.  
6. Los estadunidenses cruzan de espaldas mojadas el Río Bravo y terminan trabajando en puestos de tacos ambulantes (eso sí, servidos con la higiene de un cirujano: en este México futurista los taqueros usan guantes de látex y tapabocas).
7. La Selección mexicana le gana siempre a Brasil. Chucho Salinas, al saber la noticia, sentencia: “Siempre les ganamos, funcionó el sistema Trelles Heroles”.
8. Los informes de Gobierno duran un minuto, a fin de que nadie pierda el tiempo que puede aprovechar trabajando (otra profecía cumplida en el último informe de Vicente Fox).
9. Los ancianos no quieren jubilarse y prefieren seguir laborando. En el 2000, sólo existen dos asuetos: el 16 de septiembre y el Día del Compadre.
10. La Orquesta Sinfónica Nacional hace giras continuas, pero no a Londres o a Berlín sino a “Escárcega, Campeche y Chinconcuac”. 


Para descargar la película, clickea aquí.



Para Fernando. Este post se valió de información de los blogs de Beto y Josué Barrera

 

Y para los que no recuerden esta cinta:  

   

El campo mexicano en el año 2000.



     

La primera infracción en mucho tiempo.

Una temporada en el infierno

Una temporada en el infierno

Cada año, los organismos de salud emiten recomendaciones sanitarias que en el fondo dicen: la primavera es más peligrosa de lo que usted cree. Hoy en la mañana el jamón tenía esa coloración de la lengua de un enfermo. No desayunaste.

El calor es una especie de insomnio a todas horas: no te sientes ubicado en ningún lado. Al mediodía vas al baño y una fila de hormigas traspasa el blanco muro como una cuarteadura inesperada. En el interior de esas paredes ha de vivirse un infierno parecido. Y ni hablar de las auténticas cuarteaduras, que siempre albergan insectos capaces de poner en jaque a un entomólogo. En la última semana has visto las cucarachas más raras, más blancas y que hacen ruidos que esperarías de cualquier invertebrado menos de una cucaracha. Oyes crepitar los periódicos con tus editoriales. Eso te quita el hambre.

Lo más temible de la primavera es que tu barrio parece instalación de Spencer Tunick. A veces no quisieras que tus vecinos –los más veteranos- tuvieran ventanales tan grandes, tan transparentes. A  veces no quisieras haber leído El retrato de Dorian Grey para no pensar que son ellos quienes envejecen por otros. Pero ahí están –algo impúdicos, algo perdidos-, rascándose la espalda o quitándose la playera mientras tú, con todo el dolor de tu corazón, cierras la cortina como una forma de conservar el decoro o, mejor dicho, la cordura.

Te bañas como en los pueblos, con una cubeta, porque la regadera podría perforarte la piel con sus disparos de agua hirviente. Se agota la ropa para estas temperaturas. Ninguna tela es apropiada para un ambiente que amenaza con cocerte, el uniforme de tu trabajo fue confeccionado para un periódico de Ontario, pero no para uno de Campeche. Asumes que no queda de otra que llegar a la oficina con los brazos pegajosos como los de un maratonista.

Nunca entiendes más el término “Calentamiento global” que cuando tomas la ruta de camión que conduce al trabajo. Sólo en un minibús donde el sol llega a todos los asientos adquieres auténtica conciencia ambiental. Hasta esta primavera pensabas que esas ondas de calor que deforman el paisaje sólo se veían en las películas fronterizas. Pero no, el sudor te recorre la frente, llega al rabillo del ojo y no te deja ver. Los 42 grados son una temperatura que elimina cualquier distractor. El chofer cambia de estación y lo primero que oyes es un parte meteorológico: se descartan lluvias, por supuesto. Puedes imaginar al locutor hablando del clima como algo que les sucede sólo a los escuchas; en su cabina con aire acondicionado el infierno son los otros. La única alternativa que queda para salir de esta espiral de la muerte es la música, pero todas las canciones te remiten a bateristas jadeantes, a guitarristas que corren de un lado a otro del escenario, impregnando de humedad a las primeras filas. Apagas el iPod, a fin de apoyarte en la ventana y formular una buena frase para tu próxima columna, pero todo es inútil. Las cuatro de la tarde es mala hora para tener temas importantes: cada que el camión se detiene a esperar pasaje sólo es posible pensar en el termómetro.

Tomas otro trago de agua. Desde que el aire se volvió calcinante no puedes vivir sin botellas de plástico, sin pañuelos desechables. El viaje al trabajo se ha convertido en una expedición que requiere cada vez más artículos de supervivencia: pastillas para el dolor de cabeza, una playera extra en la mochila, un bote de bloqueador solar. Mañana tomarás una gorra, el jueves tu cartilla de seguridad social.

Al camión siempre sube gente dispuesta a iniciar conversaciones innecesarias:

-Mucho calor, eh.

Las personas son tan obvias que si compartieran una tortura lenta y terrible, no faltaría quien dijera: “Mucho dolor, ¿verdad?”.

-Si no tiene que ir a Escárcega no vaya, ahí están peor.

Asientes con la cabeza. El clima es un tema con que uno difícilmente discreparía, por eso es el primero que surge entre dos desconocidos.  
 

¿Alguien necesita experiencias cercanas a la muerte? Que transpire. Algo se seca dentro de ti. Como las frutas que olvidas en la mesa de la cocina, temes algún día amanecer con demasiadas moscas alrededor. Ves por la ventanilla a los pobres hombres obligados a caminar algunas calles abajo, a los miserables a quienes no se les ocurrió otra manera de inyectarle vida al cuerpo que no fuera tomarse unas cervezas de más y que ahora alcanzan tambaleantes el poste de la esquina, como si fuera un último reducto para protegerse del mundo. Exhalas mientras recuerdas las películas de George A. Romero.

Bajas del camión para padecer los 100 metros que van de la parada de autobús al reloj checador de tu oficina. Los recorridos a pie son los peores. La gente te mira desde sus automóviles, como si la portezuela fuera el límite que separa al Cielo del Averno. Ellos sonríen, cantan mientras conducen, a veces hasta te reconocen de reojo pero no te saludan. Los peatones se han vuelto una especie desacreditada, a fuerza de parecer atletas que se dirigen últimos a la meta por una inercia que disfrazan de dignidad. 

Llegas al trabajo. Abres la puerta de vidrio y te recibe un golpe de 18 grados Celsius.  Tiemblas como un niño recién rescatado: de pura y honesta felicidad.

 

 

¡Por mi madre, blogueros!

¡Por mi madre, blogueros!

Monumento a las madres de seis dedos en Palizada, Campeche

Mi mamá tiene una gran virtud: sabe distinguir al culpable de la película desde el primer vistazo. Pero también tiene un gran defecto: no tiene empacho en hacérnoslo saber a quienes estamos a su lado. Todo misterio, todo atisbo de suspenso, se derrumba en la escena más trivial, digamos la de dos tipos desayunando. Ver una película con mi mamá es como tratarle de contar un cuento policíaco al padre Brown. La tentativa está destinada al fracaso.

Así son nuestras madres. La línea que separa lo que amamos de ellas de lo que nos saca de quicio puede ser sumamente delgada. Así han de pensar ellas: que aquello que les causaba gracia de cuando éramos niños es lo más odioso ahora que tenemos treinta años.

Hoy es Día de las Madres, una de las celebraciones más estresantes del año, porque nadie sabe a ciencia cierta qué regalar. Todo electrodoméstico parece remitir la idea de esclavitud, toda tarjeta es convencional, todo vestido tiene el riesgo de quedar enorme, las flores ni pensarlo -son el último recurso-, una foto familiar es tan complicada. Y cada año que pasa es más difícil. A los cinco, las huellas de unas manos sobre la cartulina son suficientes, a los seis una canción bien aprendida la hace llorar (un niño medio pronunciando “Tú eres la tristeza de mis ojos” pone fácilmente a lagrimar a todo un auditorio). ¿Qué hacer a los 23 años, a los 34, cuando hemos perdido toda inocencia, los kilos han ganado la batalla y somos incapaces de darle a nuestras madres siquiera un nieto que haga las gracias por nosotros?

El amor maternal ha poblado al mundo, es verdad, pero también es culpable de que existan canciones como “Señora, señora” o frases tan vergonzosas como la que Manuel Acuña le escribe a su amada Rosario: “Y en medio de nosotros, mi madre como un Dios”.  Desde Edipo Rey sabemos que la relación madre-hijo puede dilapidar a una relación de pareja o viceversa. Baste saber que el otrora rey de Tebas terminó sin ojos y desterrado; lo cual puede leerse como una metáfora del matrimonio o de las consecuencias de pensar en la madre y la esposa como la misma persona. Con los siglos sobrevive la idea, pero cambian los protagonistas: para la época actual, nada como el rompimiento y la reconciliación de Cristian y Verónica Castro para representar el drama familiar que prosigue a una boda. “¿Ves? Una mujer que separa a una madre y a su hijo no puede ser sino una perra”, oí que le dijo una señora a otra en el puesto de revistas. “Una así me hace falta”, respondió entre dientes la vendedora.
El imaginario mexicano ha desarrollado la idea de la maternidad apegada a la resignación, la lucha y con frecuencia, el perdón. Los Tigres del Norte hablan de hijos que son “malos, pobres y perdidos” y que dejan a sus madres por mujeres que más tarde los traicionarán. Después del solo de acordeón, dichos vástagos vuelven a brazos de sus progenitoras porque “sólo ella los comprende”. La música vernácula ha sido eficaz para pretextar a hijos borrachos que demuestran su amor a destiempo y peor que eso, a deshoras. Las vecinas que reclaman cada que pones el estéreo a todo volumen son las mismas que exigen los decibeles de un concierto de Metallica cuando su prole les lleva serenata. 

¿Y qué dicen las mujeres al respecto? Denise de Kalafe habla de las madres como si encabezaran una tribu: “guerrera invencible”, “luchadora incansable”, “que peleaste con uñas y dientes, valiente en su casa y en cualquier lugar”. Aquellas que lagriman con “Señora, señora” aman el prototipo de la mujer que lidia con el mundo a fin de sacar adelante a su familia. Loable imagen, sin duda alguna, pero no del todo favorable para los demás, pues como bien han demostrado las dirigentes sindicales, las líderes de colonias y el sector femenino de los partidos políticos, combatir por los hijos no excluye joderse al resto del mundo.

Y es que la relación de las hijas con las madres lleva a otras reflexiones. En las telenovelas mexicanas dos mujeres se odian a muerte hasta que descubren una semana antes del desenlace que son madre e hija. Al contrario de Edipo Rey, el melodrama mexicano deja un buen sabor de boca a sus millones de televidentes: el sólo vínculo -y las miles de lágrimas derramadas por dos actrices que se piden perdón- sirve para redimir los 364 capítulos anteriores, lo cual también puede servir como metáfora del 10 de mayo, uno de los pocos días en que dos mujeres experimentan la felicidad del parentesco.

“Nada tan hermoso como la madre propia; nada tan terrible como la madre ajena”, dice un amigo, a quien siempre le tocar viajar en el avión junto a mujeres jóvenes que no sueltan a sus bebés. Y es que hay momentos en que imposible no pensar que las madres se exceden en sus funciones: en el cine universitario (donde no puedes entender el acento de Daniel Day Lewis, porque un párvulo llora detrás de ti), en la salida del colegio (con el tráfico detenido desde hace media hora), en la entrega de calificaciones (mientras una señora cuestiona un raspón en el codo de su hija), en el recado telefónico incompleto (“Te llamó tu amiga la del nombre raro, Romira… no, Artemisa… tampoco”), frente a la pira de cómics incinerados (la saga de Spiderman que nunca más conseguirás), delante del médico o el sacerdote (“Y no toma las pastillas que le recetó”, “Y tiene ya un mes sin ir a misa”), en los tiempos muertos de la maestría (demasiados detalles anatómicos para narrar un parto), entregando tu currículo en todos lados (con la consecuente llamada de tres sitios distintos de presentarte a trabajar al día siguiente).  

Así es. Finalmente mi madre tiene otra gran virtud y otro gran defecto: siempre se las ingenia para leerme.