Blogia

Tediósfera

Y retiemble en sus antros la tierra

Y retiemble en sus antros la tierra

23:30 HRS. COVER: 50 PESOS

Te das cuenta que eres un viejo cuando, después de aceptar la invitación a una disco, en lugar de ver a las chicas guapas te pasas contando el número de extintores.  Eso me sucedió el viernes, cuando acudí a un antro con la inocente idea de acompañar a unos amigos y terminé abrazado de una palmera, porque el exceso de calor me había subido los triglicéridos.

La primera impresión que tuve a mi llegada es que había excesiva arena en la entrada. Mientras los jóvenes asistentes alucinaban con ese vivo montaje de una noche de verano en la playa, yo sólo pensaba en la Profepa. Es lo malo de trabajar en un periódico: piensas demasiado en las instituciones. Es más, si fuera el protagonista de un cómic, mis onomatopeyas no serían ¡Plap! ¡Bum! ¡Catapum! sino ¡Pri! ¡Pan! ¡Copriscam!, lo cual no hace sino deprimirme más.

Pago mi cover. La señora me da un brazalete de papel que un tipo fornido coloca en mi muñeca derecha. Al parecer por una especie de código, perdedores como yo no pueden llevar la susodicha pulsera del lado izquierdo, todo en virtud de que los meseros sepan identificar a los tipos que tardan media hora tomando la misma cerveza y a quienes es más provechoso sacar a patadas a la primera oportunidad.

Y sí, a la media hora sabía ya que era un infierno. El DJ había decidido que la mejor forma de entretener al público era poner los primeros 30 segundos de una canción e inmediatamente mezclarla con otro hit. Ese repaso de las listas Billboard por la vía rápida no permitía a gente como yo ni disfrutar ni entender nada. Era como hacer zapping por todos los canales de música del sistema de cable y no quedarse en ningún lado, lo cual me hace entender por qué todos los menores de 22 se sentían tan a gusto con esa vertiginosa antología de éxitos.

Tuve la mala fortuna de ponerme cerca de gente muy popular, de modo que las tres cuartas partes de las manos alzadas que yo respondía no eran para mí, sino para los jóvenes bien vestidos que estaban a mi derecha y cuya presencia no había advertido hasta que gente con la complexión y joyería de un guarura se acercaba a ellos para darles un abrazo.

Reconozco a una decena de ex compañeros de la escuela. El tiempo no ha pasado en vano. Coincido con ellos en el único lugar donde es posible ver con frecuencia a tus amigos que rondan los treinta: un baño público.  El tipo más exitoso de toda mi generación me deja una tarjeta para que vaya a verlo un día de estos a su consultorio. Quizás lo haga esta semana.

 

1:45 HRS. MÚSICA EN VIVO LOS VIERNES

El tiempo pega, ni quién lo dude. Es entonces cuando uno necesita sentir que puede recuperar los años perdidos y no hay mejor máquina del tiempo que un bar donde haya una banda en vivo. La música sigue siendo la misma de tu adolescencia. Si Alex Lora o Soda Stereo cobraran regalías por las ocasiones en que los grupos campechanos han interpretado “Triste canción” o “Música ligera” no se preocuparían por sacar más discos.

Después de la terrible experiencia en el antro con arena busqué otros ruidos para esa noche. Así llegué a un bar con grupo incluido. La música en vivo tiene un gran encanto: es casi imposible no sentirse perforado por un bafle que reproduce los acordes de “Nene, nene, nene, qué vas a hacer cuando seas grande”. Por eso sentimos que nos palpita el corazón cada que alguien recorre palmo a palmo las canciones que programaba Telehit en su primer año. A cierta edad, la música en vivo es una forma de masaje cardiovascular.

Yo toqué un buen tiempo en una banda de bares. Como la televisión nacional, sabes lo que le gusta al público y te esfuerzas apenas en cumplir la fórmula con cierto decoro. No hay por qué arriesgar nada. Es como si los Eagles organizaran un concierto de reencuentro con la firme intención de no tocar “Hotel California”: no vas a lograr nada salvo que una horda de fanáticos te lancen sillas plegables al escenario, así que ¿para qué intentar algo diferente cuando lo conocido reporta tan buenos dividendos? De ahí que cualquier líder de banda de bares ajuste su lista de canciones echando un vistazo a la caja de casetes que guarda en el clóset. Como demostró Moderatto, los covers son para siempre y funcionan incluso en los nuevos públicos. Al final de la noche, si ves a la gente gritando y pidiendo otra ronda al mesero es que has hecho un buen trabajo. 

 

2:50 HRS. BAR Y KARAOKE

No puedo permanecer en un bar karaoke sin pensar en los festivales OTI, con un público que le encanta escarbar melodías a las que no puedo imaginar sin ese ruido de la aguja recorriendo el vinilo. ¿A cuánta gente sacaron de la criogenia para llenar todo este sitio?, me pregunto e ingreso a un antro, cuyo principal atractivo, como la democracia, es la oportunidad de escuchar a los otros. Al principio la idea parece buena, pero sólo en la quinta interpretación, sabes que no lo es tanto y que después de los cuarenta años nadie merece un micrófono. No sé si interpretar canciones de Lupita D’Alessio sea una forma de afrontar el desamor, pero no sirve de mucho si tu idea de diversión tiene que ver con dejar los problemas en tu casa.

El bar karaoke ha potenciado la necesidad de compartir no nuestros talentos sino lo que no podemos decir más que cantando, y uno de sus requisitos es que nadie pueda hacerlo con dignidad. Ha de ser por eso que nos protegemos en la noche para que esto sea posible.

Mientras que en otros estados he visto espacios para que los cantantes amateurs se luzcan sobre un escenario iluminado, en Campeche se canta desde las propias mesas, al abrigo de los amigos.  El mejor efecto es escuchar una voz lastimosa que no sabes de dónde proviene, por más que busques en los rincones del bar. Alguien que entona a José José en la oscuridad representa mejor que nada la idea del anonimato.

Una de las escenas más inverosímiles de mi vida supuso perder una negociación editorial por saltar a cantar “Sorullo y Capullo” en un bar de Guanajuato. Desde entonces sé que los karaokes no sólo sirven para ir a llorar la tragedia y canjearla por la vergüenza, sino para engendrar ambas al dos por uno.

 

Política y galletas integrales

Política y galletas integrales

Las compañías de cereales dicen ver por la salud de usted, y por eso hacen campañas de salud, ponen estadísticas sobre alimentación en sus cajas y comerciales donde salen chicas guapas mirándose el abdomen en un espejo.  La acción es inobjetable. ¿A quién se le ocurriría criticar a una empresa que les dice a los mexicanos que se alimenten mejor… comiendo sus productos? Sólo a los gordos derrotados.

Los partidos son lo mismo: su preocupación no es el bien público sino la obtención del bien público a través de sus representantes. Sin embargo, ¿cuántos criticaríamos que hagan leyes en los Congresos, construyan obras y atraigan inversiones desde sus gobiernos? Sólo a los anarquistas derrotados.

Sin embargo, creer que los partidos son el único modo de tener una vida democrática es como pensar que los cereales son suficientes para tener una vida nutritiva. Son una opción fácil: aunque tienen diversas presentaciones, todos pueden encontrarse en el mismo estante. Además, no existen muchos problemas para saber de ellos: algunos llevan un tucán en la caja, unos más vienen en empaques azules y los más tradicionales hicieron su fama gracias a los comerciales de un tigre (si se llamaba Toño o Azcárraga, ahora no recuerdo bien).

Lo más seguro es que en el fondo todos tengan un contenido energético similar, pero las empresas nutricionales (como los partidos) van a tratar de convencernos de que son cosas absolutamente diferentes, aun así compartan los conservadores de siempre… quiero decir a los conservadores de siempre.

La pregunta es ¿podemos evitarlos? Por supuesto que no, pero podemos no creerles del todo. Pongamos un ejemplo: el PRD propone una consulta sobre la reforma energética y Kellog’s saca al mercado una campaña sobre las bondades de la linaza. Vistas de lejos parecen las ideas más sanas para fortalecer no sólo la democracia sino la salud misma, ambas necesitadas de medidas urgentes, que no involucren a los medicamentos similares. Estudiosos de todas las corrientes destacarán las virtudes de la participación ciudadana, lo mismo que de los aceites de la linaza en la prevención de enfermedades degenerativas. No es en la teoría donde falla la propuesta, sino en su manejo malicioso: relacionar el plebiscito y la linaza con sus promotores, a fin de aumentar la aceptación tanto de sus candidatos, como de sus galletas. Unos quieren usufructuar la democracia, del mismo modo que otros  lo quieren hacer con la buena alimentación.

Del lado empresarial, ése es el mismo espíritu que anima a programas privados como “¿Cuánto quieres perder?” o cruzadas como el Teletón: unen la buena causa con la propaganda. Sus motivos son incuestionables, salen muchos beneficiados, pero en el juego de media cancha, hay una ganancia jugosa para los impulsores. A las empresas les sucede lo mismo que al Gobierno (o viceversa): es prácticamente imposible hacer buenas acciones sin salir en la foto portando un logotipo.

Nadie en su sano juicio pediría que se supriman las cruzadas por la buena salud ni los programas sociales, sólo porque les sirven de publicidad a unos cuantos. Lo que se necesitan son mejores consumidores y mejores electores. Gente cada vez mejor informada, a quien los comerciales le produzcan la misma desconfianza que los trípticos de los partidos, votantes que criben la información valiosa de la palabrería. No obstante, eso es lo que no les conviene a los partidos, que prefieren proteger a los votantes de las descalificaciones a través de la supresión de las campañas negativas. Como si aún fuéramos menores de edad, nos dan menos elementos para elegir, con el pretexto de no exponernos demasiado a la violencia electoral, que es como prohibirle a un niño que no vea las luchas, por miedo a que confunda la realidad con la ficción.   

Después del 2 de julio, se conformó una alimentación más o menos balanceada en la democracia mexicana, pero los políticos no han entendido todavía lo que eso significa. Todos los partidos todavía pugnan por hacernos creer que venden las mejores galletas, la fibra que más nutre  y que si los consumimos en porciones suficientes para asegurar sus plurinominales, garantizamos con ello una larga vida a nuestra soberanía. Pero no es verdad. Los partidos son expertos en diagnosticar males al país, pero son incapaces de entender una radiografía de sus propios problemas. Los partidos siempre acusarán la excesiva corrupción que engorda a instituciones como Pemex, pero nunca serán capaces de someterse ellos mismos a una dieta.

La política y el consumo están en manos de la gente, condenada qué remedio a escoger de lo que haya en el estante. Además de eso, hay que reconocer igual que ni los ciudadanos ni consumidores son las personas más conscientes del mundo y la mayoría de las veces decidimos movidos por la fe (creemos en los números que dan “nuestros” expertos en petróleo, creemos que una porción de Special K tiene efectivamente mil 100 kilocalorías). Y si ése será el panorama, a nadie extrañe que sigamos gordos, que sigamos políticamente estancados.

Los ladrones somos gente honrada

Los ladrones somos gente honrada

DESLINDE DE RESPONSABILIDADES

Los seres humanos apelamos a las circunstancias cuando queremos librarnos un poco de las responsabilidades. “Es que soy huérfano”, “No choqué, me chocaron”, “Estaba borracho la primera vez que la besé”. No son meros pretextos. Ves a las personas y no puedes negar que hay algo de verdad en sus palabras, incluso cuando encuentras a un tipo metido en tu carro que, a las dos de la mañana, te dice: “No lo tomes como algo personal, es que he tenido una semana muy difícil”.

Algo sucede con el mundo que nadie quiere aceptar su ración de responsabilidad. “Lo estaba diciendo de broma”, se justificó una compañera de la carrera cuando una delegación de la escuela se desvió a Palenque a petición suya y nos asaltaron en el camino. “Yo creí que de verdad se les había descompuesto el carro”, pretextó el chofer por haberle dado parada a un par de sujetos que parecían extras de “El fiscal de hierro III”.

Los mexicanos nos hemos vuelto expertos en dar explicaciones que nos eximan de culpa alguna. Si no fue el pasto de la cancha fue la desaceleración de Estados Unidos o el cambio climático o la Halliburton. Como afirman los autores del Manual del perfecto idiota latinoamericano: “Nos da placer morboso creernos víctimas de algún despojo”.

Nada como un choque para constatar el fenómeno. Ves a los implicados y te das cuenta de que las evidencias no cuentan tanto como la convicción con la que los conductores niegan todo. Eso me pasó con un amigo, a quien un taxista quiso ganarle paso la otra noche.

“Compa”, le dijo el ruletero, mientras calculaba en pesos el daño en el guardabarros, “la ley es muy clara, el de la izquierda tiene la preferencia”.

De inmediato llamó por radio a otros seis taxistas como si la verdad proviniera de quién convocara a más gente y sólo hasta que llegó el perito en tránsito las cosas pudieron ponerse sobre la mesa:

“Estaba usted tomando una calle en sentido contrario”, dijo el oficial. Aún así el ruletero le pidió un reglamento de vialidad que especificara por qué eso era una falta.

 

NO SE ACEPTAN DEVOLUCIONES

Por siglos hemos considerado el encontrarse objetos valiosos como signo de buena suerte. Un billete de 200 pesos no tiene más dueño que alguien con estupenda graduación, capaz de distinguir la cara de Sor Juana de cualquier hoja seca en el parque.  Pero eso es comprensible, el dinero en realidad es de nadie, hoy está en nuestras manos, mañana en las del vendedor de piratería. No sucede lo mismo con los celulares, por ejemplo, cuya capacidad para concentrar datos esenciales a través de fotos, canciones, videos y números telefónicos los ha convertido en una especie de cédula de identidad. Son nuestra credencial a modo. Lo indignante de los móviles no devueltos proviene precisamente de que tienen todo para que la gente los regrese, pero raramente eso sucede.

Esta semana hice un conteo informal de cuántos de mis conocidos habían perdido su celular sin recuperarlo y cuántos tenían un celular de dudosa procedencia. La cantidad era abrumadora.

“No me mires así, no soy ningún delincuente”, me replicó un amigo, “además le regalé el celular a mi hermana para sus quinceaños”.

“¿Y qué hiciste con esas fotos en lencería que tenía?”, comentó alguien.

“¿Artistas, modelos o algo así?”, pregunté inocentemente.

“Nop”, dijo mi amigo, “fotos de la auténtica dueña del celular. Por supuesto que las borré, no iba a dejar que mi hermana viera todo eso”.

Alguien carraspeó mientras decía: “Ajá”.

“Bueno, ya”, respondió mi amigo y nos mostró todo el porno amateur que había copiado a su propio teléfono.

¿Cuál es el motor que impulsa a la gente a quedarse con aquello que no es suyo? Creo que nuestra anuencia o la de las circunstancias. Si somos capaces de extraviar las cosas o confiar en tipos como ellos, nos merecemos esos saldos en contra. Además, la gran mayoría de las personas no se siente un ladrón por no devolver las cosas. Hay amnesia, mala suerte, una mudanza, todo, menos mala voluntad. Ayer, coincidí en la fila del cajero con un ex compañero a quien le había prestado seis libros de Borges, hace muchos años para su tesis. 

“Qué tal, cómo te pinta la vida”, me dijo.

“Nada, sobreviviendo como todos”.

Salió del cajero sin despegar siquiera la vista de su saldo de débito: “Ah, estos banqueros son unos verdaderos forajidos”, dijo. A paso veloz se marchó por la acera sin despedirse.

 

EL NEGOCIO DE TU VIDA

La última regla empresarial es “si un producto no hace daño entonces es benéfico”. Con esa premisa, un tipo me explicaba en el café cómo obtener ganancias por 20 mil pesos mensuales haciendo empresarias a otras personas, a través de un producto de mangostán que no sabía si servía para algo, pero que por lo menos no había reportado muerto alguno en los dos años de haberse empezado a distribuir.

“Entre más gente metas al negocio, más ganas. Lo verdaderamente importante no es el producto sino la red de empresarios que vamos a conformar”, me decía.

“¿Pero qué es esto, una medicina, una vitamina, un complemento alimenticio?”, le pregunté.

“Eso. Un complemento”.

Ahora a cualquier cosa salida de una pulpa podía llamársele “complemento”.

Se trataba, por supuesto, de una estafa, pero el joven emprendedor delante de mí era incapaz de verla. Había desviado la premisa esencial del comercio (alguien compra lo que otro vende) y la había convertido en un juguete monstruoso (“Con este sistema consumes y te pagamos sólo por recomendarnos. Y si esa gente a la que nos recomendaste prosigue la cadena, ganamos todos. No es nada ilegal, te lo aseguro, pero si no aceptas júrame que no reconocerías mi cara en un retrato hablado, ¿estamos?”).

Ofrecer un comestible de dudosa salubridad, para mí era lo reprochable; rechazar un sistema tan ventajoso para hacerse de dinero era para él lo incomprensible.

Dejé ir, según el promotor, la oportunidad más grande de mi vida.

“Por gente como tú, este país no avanza”, dijo.

“Eso”, pensé.

Golpeó la taza de café con la cuchara y me miró. Tenía el semblante cansado de quien ya compró tres cajas de mangostán y ahora no sabe qué diablos hacer con ellas.

Lo hicieron de nuevo

Acaba de ser estrenada en los cines mexicanos Le Scaphandre et le Papillon, el filme de Julian Schnabel, que ya hemos comentado en este espacio. No voy a destacar las virtudes de esta película sino la estupidez de quienes la titularon al español como:

 


 

El llanto de la mariposa

(Diría Rodrigo Solís: ¿¿¿¿¿Por quéeeeeeeeeeeeeee???)

Les aguanté Sin lugar para los débiles (en lugar de No es país para viejos), también soporté Expiación, deseo y pecado (por simplemente Expiación), ambas basadas en sendos libros que ya existían con sus nombres apropiados en español antes de las películas, pero hoy han llegado al extremo sobre todo porque ¡existe ya una película llamada El llanto de la mariposa!

 

 

Se trata de la alemana Der schrei des Schmetterlings, cuya traducción es efectivamente “el llanto de la mariposa” y data de 1999.

(En realidad, este tipo de dislates no me debe ni enojar sobre todo sabiendo que se trata de gente que tituló la cinta Scoop de Woody Allen como Amor y muerte y que años atrás había titulado La última noche de Boris Grushenko a una película del mismo Allen, llamada ¿adivinen cómo?: Love and Death).

 

Simpatía por los débiles

Simpatía por los débiles

Para Rodrigo, Wil, Flor, Emilio,
Fernando y demás amigos fanáticos

Lo mejor que tiene el futbol es su capacidad para retratar la vida. Eso y las aficionadas suecas. Eso y la capacidad para reencontrarte con tu país en un estadio lejos de casa y descubrir que después de todo “Cielito Lindo” no era una canción tan mala.

La presente Eurocopa de naciones nos ha enseñado entre otras cosas que los jugadores que pasan más tiempo en el spa que en los entrenamientos tienden a desaparecer en el campo de juego. La derrota no de Portugal sino de Cristiano Ronaldo redimió a cientos de miles de gordos televidentes a quienes les incomodaba ver a sus esposas celebrando las victorias lusas como si la patria de Pessoa les hubiera dado más felicidades que un hombre guapo seguido a detalle por el camarógrafo.

Los partidos internacionales tienen un especial sabor en México. En los mundiales, ocultamos la pasión por la corrección política: le vamos a la Selección Nacional aún cuando empiece a alinear a cuatro naturalizados y esté dirigida por un serbio. Llorar y sufrir junto a la oncena mexicana es una forma de apostarle al país a pesar de los números adversos y la historia. Es nuestra metáfora de la vida que nos ha tocado. En los torneos europeos tenemos otras preferencias. Es la oportunidad de irle a un equipo sin sentirse obligado por el acta de nacimiento.

Uno de los grandes momentos de mi infancia viene del mundial de Italia 90. Camerún derrota al campeón Argentina  uno a cero, una buena parte del partido jugando con diez hombres y al final con nueve.  Fue una de esas lecciones de heroísmo que uno obtiene mientras devora frituras. En ese momento, las familias mexicanas supieron a quién irle en un torneo donde la Selección nacional no asistió.  

Cada que David vence a Goliat algo se compone en el mundo. Una simpatía profunda albergan los equipos que van abajo en las apuestas, como si sus victorias alcanzaran para todos. Cuando el supuesto débil vence al favorito podemos pensar que a veces el azar suele jugar de local en la guerra, el amor y las copas de futbol. La enseñanza que dan estas gestas contra la estadística es que si nada ha sido escrito todavía, vale la pena disputar cada partido.

Esta copa tuvo dos agradables sorpresas: Turquía venció a Croacia y Rusia a la espectacular Holanda, a quien muchos ya veían campeona de Europa. Holanda parece jugar un estilo de ensueño, pero la magia no siempre perfora la red en el momento necesario. Como ha escrito Juan Villoro recordando la historia de la Naranja Mecánica: “Se diría que la gran Holanda de 1974 y 1978 no llegó al triunfo mundialista precisamente porque lo tenía todo para ganar, y una secreta ley de las compensaciones exige que los campeones tengan raspaduras”.

El placer de las jugadas bien ejecutadas termina finalmente eclipsado por el cúmulo de emociones que despiertan las victorias épicas. Si 300 espartanos contienen a un enorme ejército persa eso es Historia (o una película, usted decida); si los persas logran la victoria de una manera fácil, eso es un dato más en los libros. En el lado del futbol, que ganara Holanda hubiera sido cumplir los pronósticos; cuando Rusia metió su tercer gol estaba devolviendo a la fanaticada el amor por las proezas.

Ignoro por qué los equipos en desventaja nos despiertan tantas alegrías. Esos turcos de los que no confiarías si te estuvieran ofreciendo una tarjeta de crédito obraron tres milagros consecutivos, como diciendo “los vientos del estadio juegan a nuestro favor”. Primero dejaron al anfitrión Suiza fuera de la copa; después dieron la vuelta al marcador contra la República Checa en los últimos cinco minutos del partido y finalmente echaron de la copa a Croacia, en una fase de penales que vino a demostrar que México no es el único país cuyos  jugadores confunden el tiro a la portería con el despeje de media cancha.  

No hay heroicidad más celebrada que remontar el marcador adverso. Turquía lo hizo en sus tres victorias, quizás por eso ha despertado el furor en tantos televidentes. Son un equipo que necesita verse en problemas para sacar la casta, para hacer aflorar el futbol. Su lección es la de la oncena a contracorriente: son capaces de llegar a semifinales en una copa disputadísima después de estar en el lugar 21 del ranking de la FIFA.  Para darnos una idea de lo que eso significa, México ocupa el lugar 17.

Desde una patria, como la nuestra, cuya Selección sólo se luce con países que no sabíamos que jugaban al futbol, las victorias de equipos como Turquía llegan incluso a pertenecernos. Y eso no sólo porque sus jugadores se parecen a todos tus amigos yucatecos sino porque en cada triunfo recuperan la terquedad que suele animar a los héroes. Porque quienes no tenemos ni técnica ni talento con un balón, necesitamos de historias hechas a base de puro arrojo y azar.  Es un poco la filosofía detrás del “Sí se puede” de la porra mexicana.

Mañana los turcos se verán las caras con una potente Alemania, el país que ha sabido como nadie convertir la tragedia en marcadores favorables (no por nada es la misma tierra de Wagner y Beckenbauer). Baste recordar lo dicho por Gary Lineker: “El futbol es un juego sencillo en que 22 jugadores disputan un balón y al final siempre gana Alemania”. Turquía reporta nueve bajas y posiblemente alinee a su tercer portero como jugador en la cancha. Más que nunca tiene las probabilidades en contra, pero también más que nunca cuenta con nuestras simpatías a favor. Mañana sabremos de qué estuvieron hechas esas ilusiones.   

 
Actualización del 25 de junio, a las 4:51: Turquía rompió su patrón (metió el primer gol) y fue vencida -irónicamente- en los últimos minutos. El marcador final fue 3-2. De todos modos cumplió uno de los mandamientos de la épica: caer con dignidad.

Voy a cortarte el Internet, papá

Voy a cortarte el Internet, papá

Padres e hijos: al final los papeles terminan por invertirse. Durante nuestros primeros años de vida, nuestros padres se habían deleitado viéndonos aprender a caminar, a hablar y a leer; veinte años después somos nosotros los que los vemos educarse en el correo electrónico, las salas de chat y los programas para compartir música.

-Oye, hija, ¿cómo le hago para “copiar” este documento? –era el tipo de pregunta que escuchaba mi amiga cuando su papá regresaba de sus clases vespertinas de cómputo.

-¿A dónde lo quieres copiar?-le decía ella pacientemente, con ese estoicismo que cultivó cuidando a los niños medicados de sus primas.

-¿Pues a dónde más? A una hoja.

Mi amiga se quedó en silencio un momento, mientras asimilaba una respuesta que no se esperaba.

-Ay, pa, lo que tú quieres es “imprimir” -le aclaró sin ocultar una sonrisa.

-Por eso “copiar” a la hoja –decía él y daba por terminada de la discusión.

Pero eso no es todo. El otro día, por una de esas casualidades que uno no se explica, el papá de mi amiga me añadió a sus contactos del Messenger.

-Hola, doctor –le saludé, como el hombre educado que soy.

-Hola, Eduardo- me respondió, pero en lugar del saludo salió una “H” y el ícono de una ola del mar.

Pensé en decirle que una conversación del MSN con tantos dibujitos le iba a quitar mucha seriedad a una profesión como la suya, pero pude inferir que el papá de mi amiga no sabía cómo eliminar las animaciones.

-Sólo entré unos minutos – me escribió o por lo menos eso entendí por la imagen de un sol y la letra “O” y el dibujo de una aguja que recorría la carátula de un reloj.

-No se preocupe, doctor, lo dejo trabajar –le dije.

-Gracias, voy a terminar de escoger unas…- me explicó, pero apenas salió aquel ícono bochornoso ya ni siquiera tuve el ánimo para averiguar qué cosas andaba buscando don Oliverio en Internet.

Eran las 9 de la mañana de un sábado y mi amiga me llamó desesperada para que la acompañara a buscar su lap top. Ya con seis años encima, la pobre máquina no respondía ni a las funciones más básicas, como reproducir películas o clonar discos de música. Ella había llevado su computadora con un técnico hacía un mes, pero la ausencia de una pieza había retrasado la reparación una semana más.  

-¡Pero es sólo el teclado! – le había dicho su papá esa mañana-. Anda, ve inmediatamente con ese bandido y te traes la computadora de una vez, ya verás como la arreglo yo con dos alambres y una batería de carro.

Su papá había reparado con cierto éxito el televisor y el aire acondicionado. Eso, según él, le daba la competencia suficiente para desentrañar un reactor nuclear.

Recogimos la lap top y se la entregamos a su papá, como si se tratara de una ofrenda maya.

-Es la pila, estoy seguro –dijo con la seguridad con la que un médico diagnostica una sífilis con sólo verle la cara de perdedor a su paciente-. Son unas pilas como las del control remoto y se le ponen, a ver, creo que por acá.

Mi amiga no decía nada mientras yo veía con terror el tratamiento que vendría. Ha sido la única vez que he sentido compasión por una máquina, específicamente por alguna que contenga el Windows Vista.

Cinco días después, mi amiga me explicó su serenidad de aquella mañana:

-Papá y yo habíamos hecho un trato. Él se quedaba con la lap y me ayudaba a pagar una computadora nueva. ¿Provechoso, no?

-Al parecer don Oliverio es bueno para la cibernética, pero tiene problemas con los negocios.

-¿Con la cibernética nada más? Vaya, cómo decirlo, mi papá es un hombre del Renacimiento: opina de pedagogía cuando mi hermano le trae a su hija; de medicina cuando me oye toser; de albañilería cuando alguien sugiere reparar la fachada; de floricultura cuando mamá encarga dos macetas para el patio. Últimamente habla como un constitucionalista cada que sale Calderón en la tele.

-Bueno, qué quieres que te diga. Algo de enciclopedistas tienen los papás, principalmente los que hicieron de todo en tiempos de penuria.

-Sí, lo sé, pero ¿es necesario que me regañe cada que le cocino pollo con chícharos? “Hija”, me dice, “¿esos chícharos no deberían estar más achatados?”. ¡Papá!”, le digo, “¡son chícharos, no el planeta Tierra! Lo peor es que nunca ha preparado siquiera un huevo revuelto, pero ¡cómo le gusta hablar dos horas sobre la cantidad exacta del orégano!

-Vaya ¿y pudo reparar la computadora, por fin?

-Sí, la llevó con el hijo de no sé quién, pero ahora ya no se despega de ella. Con eso de que descubrió cómo bajar música.

-El Internet es el paraíso de los señores porque ahí consiguen canciones que no obtendrían de otro modo.  

-Sí, caramba. Papá ya llenó dos gigas con Palito Ortega. Yo no sé si Palito Ortega haya cantado lo suficiente en su vida para llenar dos gigas de memoria, pero en la computadora de mi papá eso es posible.  

-¿Y qué dice tu mamá al respecto?

-Al borde de la histeria, ya te imaginarás. Ayer vino a quejarse a mi cuarto: “Ese tu padre”, me dijo, “está viendo Grandes Ligas en la tele, oyendo el juego de los Piratas en la radio y aparte escribiendo en la computadora. ¡Cada vez se parece más a sus hijos!”

-¡Qué duro! –comenté.

-¿Sabes una cosa? Lo peor es que es verdad.

¿Y para cuándo el posgrado y los hijos?

         graduacion

¿Y LOS HIJOS?

El único ser vivo que he adoptado como hijo es una gata que me clavó su uña en el pecho cuando quise cargarla. Desde entonces veo con cierto recelo la paternidad, lo que no me quita que cada quincena llore como si tuviera que mantener una prole de ocho niños.

“No basta con traerlos al mundo”, dice la canción y a veces tengo la impresión de que para tener un hijo se necesita una voluntad de hierro como la que ha tenido mi papá para aguantar a gente como yo.

Y es que llega uno a cierta edad en que todo mundo ve con desconfianza que no te hayas reproducido.

-¿Y ya fuiste con el médico? –me dicen los amigos, como si en realidad me hubieran descubierto una erupción vergonzosa en el pecho.

-No- les respondo.

Uno de ellos me devuelve una mirada de “conozco unos doctores en Tijuana que quizás podrían ayudarte…”.
-Ya casi tienes 30 años –continúa alguno-, no es que te tengas que seguir comportándote como un adolescente. Ya pasó la prepa y la carrera, tienes que pensar en “sentar cabeza”.
Eso significa: “te queremos ver viviendo la misma miserable vida que nosotros”.
-Un momento. Yo estoy bien...
-No intentes justificarte. Ve las cosas que haces…. Sólo hablas de caricaturas, cómics y series de televisión… ¡Tienes un grupo de rock, por Dios! Déjale eso a los muchachos de 20, a quienes la única escasez que les preocupa es la de gel para el cabello.
-Hey, que Keith Richards tiene la misma edad de tu papá.
-Pero es famoso, tiene dinero y posiblemente más hijos que los que pudo procrear toda nuestra generación junta. 
-Es verdad – digo y mejor cambio de tema.

 

¿Y EL TÍTULO?

La mayoría de las veces, experimento escozores cuando la gente me comparte su idea de superación. Escalafón a escalafón: estudiar, titularse, una maestría, un doctorado en España, regresar al estado pensando que nadie nos merece. Y en un plano paralelo: tener novia, el primer empleo, casarse, un hijo, un empleo más, el siguiente hijo, volverse compadre de uno de tus compañeros de trabajo, colaborar en la campaña de un amigo de tu amigo, finalmente trabajar en Comunicación Social.

-¿Todavía estás viviendo acá? –me dicen los que fueron mis maestros en la preparatoria- Yo te imaginaba por lo menos en la UNAM.

Bajo la mirada como cuando Pedro Infante reconoce a su hijo en “Un rincón cerca del cielo”.

-Pero es que tengo ya la edad de un “porro” –les respondo.

-Mucho mejor –me dicen burlones-, es la carrera con más futuro que hay en la Universidad Nacional.

Ríen y se van. Sólo entonces comprendo por qué siguen dando clases en tres prepas distintas.

De la superación infinita nadie se salva. Siempre hay un escalafón más arriba, siempre hay algo que deberías hacer y todavía no has intentado. A mis amigos con maestría, los atosigan preguntándoles cuándo terminarán la tesis; a quienes ya hicieron la tesis, les dicen: “¿Y ya pagaste la titulación?” A los que ya tienen un papiro del Tec de Monterrey en sus paredes no faltará quien les comente: “Hay unos doctorados extraordinarios en España”. Pero eso no es todo, estudia en Europa y lo más seguro es que tarde o temprano recibas un mail remitido por una fundación que siente haber invertido más en ti que todo el sector hotelero en el estado: “Bueno, señor, ¿usted cuándo piensa volver a regresarle a Campeche todo lo que le ha dado?”

 

LA UNIVERSIDAD DE LA VIDA

Mantener un noviazgo por más de cuatro años es como haber terminado la carrera y ejercer sin cédula. La gente te ve de manera sospechosa, por no decir que te tacha de ser un irresponsable. Cada que hay oportunidad alguien te pregunta: “Bueno, ¿y es que no piensas casarte?” que es como si en el fondo te dijeran: “¿No vas a desperdiciar cinco años de estudio para luego no titularte, verdad?”. Dejemos algo en claro: la gente no quiere hablar de semestres escolares, como tampoco quiere hablar de años en una relación, es más, no les interesa si fuiste o no feliz en ese tiempo; en realidad, sólo quiere que la invites a tu examen profesional o a tu boda.

-Ay, hija, es que tener tantos años de novios y no llegar al altar es como haber estudiado seis años en un secretariado- oí que le aconsejaba una señora a su muchacha en el supermercado.

Algo parecido sucede con cientos de alumnos que cursaron carreras que odiaban porque eran “profesiones con futuro”.

-Ay, hijo, la Universidad es como el matrimonio: ya que estás titulado, ejerce por lo menos un año, para que la gente no diga que no lo intentaste. 

Pero para esta sociedad ser casado y titulado no basta. Los papeles –ya lo sabíamos- no garantizan la paz de nadie.

-¿No crees que a tu vida de licenciado le falta algo así como una maestría para estar completa? Si tienes problemas laborales, una maestría siempre servirá para que no te corran –me sugirió un amigo. Así es como mucha gente se embarca en los posgrados, aunque luego no busque ni cómo mantenerlos.

Pasan los años, se obtiene un máster y se procrean hijos, se cambia de carro y se llega a la dirección de una empresa. Uno parece el hombre más feliz del mundo, con familia, amigos, reputación y un reparto de utilidades respetable. Pero algo sucede y no se está satisfecho. Ganar bien ya no tiene ese sabor de pecado, como cuando uno sustraía papelería del trabajo porque sentía que le pagaban una miseria. Entonces se empieza a ser infiel a la profesión y se inician pequeñas aventuras laborales: vender platería, zapatos, plásticos, perfumes, bolsas y maquillaje para señoras. Así va la vida, hasta que el jefe nos descubre un labial en el portafolio y enardecido nos pide la renuncia. Entonces nos inventamos otra cosa.

Libros, libros y más libros

Libros, libros y más libros

1.

Los libros constituyen el último escalafón de los gastos familiares. En la zona C del salario mínimo, las quincenas se acaban antes de satisfacer siquiera las urgencias, así que los libros –esos gastos excesivos- son apenas un lujo o algo que presta la SEP en los años de escuela. Visto de esa forma, una feria del libro es casi como una venta de cosas que no necesitamos. (Eso se aplica salvo en algunos casos extremos: Héctor Malavé y yo estuvimos cinco días comiendo las tortas ahogadas más baratas de Jalisco con tal de comprar ejemplares de Horkheimer, Saki o Nabokov en las librerías de Guadalajara).

Este año, la feria universitaria de Campeche fue recluida primero por los organizadores y después por el clima. El Cine-Teatro Renacimiento es un lugar extraordinario: tiene baños, está techado, es amplio y con un escenario donde los escritores pueden subirse a leer lo que se les pegue en gana. No obstante, está alejado del tránsito y parece siempre cerrado (el poeta Sergio Witz sugería poner unas edecanes Telcel afuera para invitar al transeúnte a pasar). Pese a los esfuerzos por ubicarlo a través de mamparas, hay que tener mucha voluntad para llegar al Renacimiento. En años anteriores, el ex templo de San José era un buen escenario por estar en el centro de la ciudad y porque demostraba que un libro es algo que nos sale al paso y nos obliga a detenernos.

A quienes nos gusta leer añoramos algunas ferias de hace una década, donde había todo lo que queríamos menos el dinero para adquirirlo. En ese entonces apenas podíamos acceder a Borges en cinco pesos y a Carballido en 15. En esas carpas situadas en la Plaza de la República, también nos rodeaba una multitud de nombres que no sabíamos que existían (Cormack McCarthy, Kurt Vonnegut, P. G. Wodehouse) y que cinco años después descubrimos quiénes eran y lloramos no haber comprado sus libros a precio de regalo. Bueno, quizás las cosas no eran tan buenas como las describo, pero la nostalgia de lo perdido nos hace pensar que se trataba de mejores épocas.

 

2.

Una de las cosas que uno agradece cuando recorre una feria del libro son los saldos, libros que no se vendieron en su tiempo y que ahora regresan a la tercera parte de su precio. Escoger un libro no supone menos misterios que encontrarse con una mujer: hay un detalle, un nombre, un título, una insistencia (hay portadas que nos miran desde el estante tantas veces que uno termina irremediablemente por caer). Para escoger un libro, uno recurre a ciertas estrategias. Hay tan poco dinero y tantas opciones que no queda de otra. Una es por el nombre de un autor (alguien dijo que Pirandello era un genio y eso mismo opinó otra persona de Ray Bradbury); está la adaptación cinematográfica (quien llegue a No es país para viejos de McCarthy, porque le gustó Sin lugar para los débiles, se hizo un gran favor). A veces nos gusta nada más la portada (Platonic Sex que exhibe la espalda desnuda de una mujer oriental podría ser un buen comienzo, aunque el libro nunca describa las escenas escabrosas que promete); por el tema (aquella crónica del 68, ese ejemplar sobre cómics de los setenta). Ah, y la que nunca me falla: porque la autora es guapa (así llegué a Candace Bushnell, antes de saber que había escrito Sex & the City).

 

3.

 

Cada que paseo de nuevo por un stand pienso en la economía. Es decir, pienso en las pérdidas de quienes nos ofertan lo “mejor” de su casa editorial.  Me preocupan los vendedores de enciclopedias que tratan de convencerme que ese libro gigante sobre cortes de pelo era lo que estaba buscando en la vida. Me preocupa el comerciante de juegos pedagógicos que no me ve pinta de padre de familia ni estudiante normalista. Me angustia el stand de publicaciones universitarias con tantos libros que no me interesa comprar. O ese cubículo del Inegi que a estas alturas no sé si vende algo o sólo es un escaparate para ver a un empleado con uniforme del Inegi teclear en su computadora a todas horas. Quizás falta el espíritu mercantil, seducir al comprador como si uno estuviera ofreciéndole en realidad un afrodisíaco. Una vez en un mercado ambulante en el DF, buscaba algo de comer entre puestos de naranjas y de tacos barrocos. Tenía tanta prisa que no había visto una mesa con libros que había cerca, pero el vendedor de ese puesto me llamó (en realidad me identificó como identifica a un pervertido el comerciante de películas XXX) y me puso en la mano la Historia universal de la destrucción de libros como si se tratara él de un narcomenudista y yo fuera, qué remedio, un adicto. El señor, un bigotudo curtido por el sol, me contó entonces una anécdota: hace unos 200 años Napoleón había dicho que era necesario destruir la mayoría de los libros porque sólo cada siglo nace un autor verdaderamente importante. “Los ministros de Napoleón le respondieron que no podía pensar eso, que en los libros estaba contenida la memoria de la humanidad y Napoleón respondió: Sí, pero es una memoria infame”.

Acto seguido: le compré el libro. Nunca he podido corroborar si el vendedor me mintió, pero la fascinación del momento valía cualquier engaño.

 

4.

José Gaos decía que “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”, por eso no me aflige comprar tantos libros que no sé si leeré.