Blogia

Tediósfera

Pide al presupuesto que vuelva

Pide al presupuesto que vuelva

A la gente le gusta recordar cosas; por eso existen los anuarios, los resúmenes informativos de fin de año, los álbumes de fotografías, la videoteca personal. Un informe de gobierno es como un diario revisitado: brinda la oportunidad de reencontrarnos con aquello que fuimos. Como memoria a largo plazo parece hablarnos de alguien que no somos nosotros. “¡¿Eso hicimos?!”, nos preguntamos y al momento respondemos evangélicamente: “No puedo corroborarlo pero estoy obligado a creerlo porque está escrito”.  

 “Recordar es volver a vivir” dice la frase. En el caso del informe sería: “Recordar un gasto es volver a gastar”. Todo tipo de espectaculares y pendones abruman la ciudad cada que se acerca un 7 de agosto. En las propagandas, se resalta la cifra invertida en algún rubro (becas, apoyo al campo, obra pública, etcétera) junto a una foto ilustrativa del logro gubernamental. Me pregunto: ¿puede el ciudadano de Campeche entender la magnitud de una cifra? Caramba, no contó bien los votos en el 2006 y México tiene el penúltimo lugar en matemáticas, ¿cuál es el sentido? 

Está comprobado que todas las personas tienen un límite de entendimiento aritmético: su salario. Después de esa cantidad anual las cifras se vuelven incomprensibles. ¿Hablar de tantos millones invertidos tendrá sentido cuando la mayoría de los mexicanos no adquirió conciencia de lo que es tener mucho dinero hasta que vio los billetes confiscados a Zhenli Ye Gon? Una cantidad en millones es como una mujer guapa: ni siquiera nos esforzamos en entenderla, solamente la deseamos.

Los diputados, en cambio, sí parecen comprender lo que es el dinero. No habría por qué extrañarse: ellos aprobaron el presupuesto. Siempre he admirado a quienes pueden prever un gasto, ¿cómo le hacen?, ¿cuántas reglas aritméticas aplican? Han de ser muchas, porque en el informe, los diputados siempre muestran esa cara de satisfacción en que parecen decir para sus adentros: “Caramba, soy un genio, todo cuadró, ¿por qué nunca me llamaron para las Olimpiadas de Matemáticas?”.

Quiero creer que el sentido del informe es que los ciudadanos sepan en qué se gastó un dinero que finalmente es suyo. Pero tengo la impresión de que la gente aplica un criterio más estricto al erario que a su propio patrimonio. Si vemos una obra en marcha, en seguida pensamos: “Están inflando el gasto”; vemos un edificio abandonado y decimos: “un elefante blanco”.  Los mexicanos suponemos (la mayoría de las veces con razón) un ejercicio irregular del dinero, quizás porque en el fondo hacemos lo mismo a pequeña escala. Más de una vez he oído decir: “Por supuesto que los funcionarios toman el dinero, yo lo haría”. La honestidad de mucha gente se sustenta en la falta de oportunidad para corromperse.

Pero este tipo de criterios ya ni siquiera extraña. El ciudadano quiere que se aplique bien el dinero público y es incapaz de gastar razonablemente su propio salario. Aunque no sucede con todos. Si algunos muestran indiferencia a unos millones que, saben, nunca pasaron por sus manos; otros exigen con aguerrida singularidad cuentas claras en público y en privado. “Gasto tanto en cosas inservibles que necesito saber que algo de mi dinero está bien utilizado”, me dijo la otra vez un amigo periodista.

¿Ha llevado usted alguna vez una contabilidad privada? No la de algún comercio particular sino la de sus propios gastos personales. Es deprimente. Es como adentrarse en uno mismo y encontrar sólo cosas horribles. Gano poco, gasto demasiado, yo mismo intento engañarme cada que compro a crédito. No hay mucho de qué sentirse orgulloso a menos que te apellides Slim. Vivimos al límite de nuestros ingresos y siempre nos las arreglamos para hacer fiestas fastuosas o endeudarnos con gente de dudosa reputación que nos ofrece cosas inútiles. Ese sabor me dejan los informes.

El informe es uno de esos actos vetustos, que aún arrastra la democracia, sustentado en la sana rendición de cuentas; lo cual no está mal si es posible erradicar el protocolo. Debería ser una revisión monetaria, pero todos lo ven como un diagnóstico político: cuál es el estado de salud de la administración bajo el mandato de un partido. Quizás a través de esa confusión se ha ido tejiendo la tradición política alrededor del informe. El gobernador sería como un médico hablando con los familiares que pagaron un tratamiento: “Véanlo, totalmente sano… Y ese cuerpo de levantador de pesas sólo les costó 500 millones, ¿eh?”. La oposición sería, en cambio, como aquel pariente que siempre desconfía: “Oiga, contador, que yo diga doctor, ¿y esa mancha roja qué es?, ¿no me diga que un disparo?”

Inmiscuidos todos en la contienda de alguna elección por venir, el informe va adquiriendo distintas tonalidades. Es celebración partidista y un acto protocolario, es una oportunidad para llamar -otra vez- a la unidad y un compendio de cifras y logros. ¿Cuántos de los ciudadanos le prestamos atención? Difícil de calcular, pero resulta sintomático que sea necesario enlazar a las televisoras para alcanzar un rating de por lo menos cinco veces por zapeo.

La felicidad a dosis diarias

La felicidad a dosis diarias

El pasado viernes, cuatro individuos de lo peor celebramos un año de vida del blog “Pildorita de la felicidad”: Rodrigo Solís, Wilberth Herrera, JM y un servidor. De principio habría que agradecer a toda la gente que nos fue a ver y aguantó más de hora y media a cuatro tipos que no hacían otra cosa más que hablar (si fuéramos metrosexuales, cantantes de ópera pop y saqueáramos al erario a través de un concierto y no a través de una beca, las cosas hubieran sido distintas y no habría nada que agradecer) y también al Instituto de Cultura que estuvo a unas horas de cancelarnos el evento, porque no se habían mandado invitaciones a personalidades de la política y la literatura, que por otro lado, de seguro no iban a ir.

“Pildorita de la felicidad” es un blog (esto es, para los no entendidos, una página de internet: www.pildoritadelafelicidad.blogspot.com) que abriga colaboraciones de los cuatro individuos arriba mencionados. Creada por Rodrigo Solís, muestra caricaturas, artículos, videos comentados y se ha vuelto un espacio para que los lectores comenten sus impresiones, nos ataquen, digan que somos feos, nos amenacen y con frecuencia, acoten los textos publicados. Sin quererlo, el blog se volvió un espacio de debate, donde los desconocidos entre sí daban opiniones y no había posibilidad de censurar a nadie.

La historia de este blog tiene que ver con una historia de acoso textual. En un principio, esto es hace un par de años, Rodrigo Solís tomaba las direcciones de las cadenas de internet (ya saben, esos avisos de que Hotmail cerraba, las oraciones de los ángeles o las agobiantes presentaciones power point que te envían los amigos que no tienen nada que decirte) y las integraba a una base de datos. De ahí, escogía cada semana un artículo suyo para enviarlo a esas direcciones. Cientos, miles de personas, recibían correos de un desconocido. La mayoría los borraba, pero eran tan insistentes (y con ese nombre tan llamativo, “Pildorita de la felicidad”) que alguno picó el cebo de la curiosidad. Semana a semana, muchos empezaron a hacerse adictos.

De los correos, se pasó a la página de Internet, que ofrecía más posibilidades que la simple letra escrita. Era un blog personal, actualizado con una frecuencia inaudita para el mundo de la literatura: casi una colaboración diaria. Con el paso de los meses, el blog se fue volviendo un éxito entre los cibernautas. Hablaba de Campeche, de la televisión, del Youtube, diseccionaba películas rarísimas, se burlaba de la vida; en fin que ofrecía todo eso que uno quiere a mitad de sus horas laborales, metido en una computadora, a fin de aliviar el exceso de oficios y contabilidades aburridísimas.

Un buen día, Rodrigo Solís nos invitó a colaborar en su blog. Así sin restricciones. De esa manera yo subí artículos, JM tiras cómicas y Wilberth Herrera comenzó subiendo notas y acotando videos del Youtube (esa interminable enciclopedia del genio y la estupidez humanos). Se comentaban noticias, se criticaba la realidad. El blog fue volviendo, otra vez casi sin proponérselo, un punto de encuentro de puntos de vista, con frecuencia coincidentes, pero nunca el mismo.

La presentación del viernes fue un recorrido por el espíritu del blog. Intentamos de algún modo reproducir lo que de fascinante ofrece internet a quien escribe: la interacción entre imágenes y comentarios. Como bien ha señalado Hernán Casciari, los nuevos lectores necesitan otros alicientes. Siempre escondiéndose de la presencia del jefe, el lector actual requiere textos dinámicos, pero que al mismo tiempo no sean vacíos. Lecturas para las horas laborales, algo de oxígeno para tanto encierro.  Pero sin estupidez, por favor, que para eso están los televisores en las salas de espera.

Uno de los atractivos de la presentación es que sus invitados supieron del evento a través de Internet. No hubo tarjetas en los escritorios de los funcionarios, ni siquiera una inserción en los periódicos. Quienes asistieron atendieron a un correo electrónico o al aviso incluido en el mismo blog y no fueron pocos los que se disculparon por no poder ir, ya que nos leían de alguna parte de Latinoamérica. ¡Y aún así hubo gente que viajó para vernos! El que llegó a la sala “Hernán Loría”, fue un público en su mayoría de Internet, los lectores de la página, que igualmente dejaban con frecuencia comentarios. Ellos no nos conocían en persona ni nosotros a ellos. Fue una cita a ciegas con un alto riesgo de decepción para ambas partes. No hubo desencanto, en realidad fue como reconocer a un puñado de compañeros de generación.

El que nadie intentara asesinarnos en esa hora y media en que estuvimos a merced de los asistentes nos da un buen diagnóstico de la noche. Creo que parte de la sospechosa calma en que se desarrolló todo fue la presencia de una piñata de Don Perro, protagonista de la tira cómica estrella de Pildorita y el rey indiscutible del blog (hubo más gente fotografiándose con él que con nosotros). Les dimos a los lectores lo que ellos querían -a Don Perro- y ellos nos lo perdonaron todo.

La inusual asistencia a un evento cultural que tenía todo en contra (fue en la Casa de la Cultura; afuera, una centena de padres de familia y niños clausuraban con bailables y gritos los cursos de verano; coincidió con el tercer juego de Piratas y el concierto de Motel) evidenció los alcances de un medio (como el blog) para congregar lectores, por no decir lecturas. Es pues un aniversario que, a diferencia de los que celebran las personas con sus velas en el pastel, se debe más a la terquedad que a la inercia.  Pildorita, pues, quedó no como una revista virtual o como una bitácora personal que fue invadida un día por otros tres tipos. Quizás se ha convertido en eso que anima toda literatura: la posibilidad de conversar con desconocidos que de repente se han vuelto familiares.  El blog es una tertulia imposible de seguir por otros medios. Felicidades mejor a los lectores por aguantar la dosis diaria que les recetamos.

 

Anaquel 3

Anaquel 3

Da la impresión de que el ensayo se entromete en todo: habla lo mismo de poesía, que de narrativa, critica al teatro y a las artes plásticas, se vale de recursos del cuento y del poema en prosa, se sirve del diario y de la columna del periódico, inunda las revistas y los suplementos culturales, le ha echado el ojo al blog, pero sin dejar su territorio ocupado en los estantes de las librerías. Pone pausa a la actualidad y rebobina la historia. En fin que parece tener demasiadas ventajas sobre los otros géneros literarios. Por eso, apelando a la “equidad  de géneros”, escribí 11 pequeñas narraciones sobre ensayistas y la revista Luna Zeta en su número 26 ha tenido a bien publicarlas. Vayan ahora mismo por sus ejemplares. El texto se llama “El ensayista que no quería citar y otras historias”.

Villanos en pantalla

                Jokers

Los villanos son más entrañables. Si alguien marcó la idea de maldad en mi infancia fue una señora con un parche en el ojo, capaz de matar a diestra y siniestra, enfundada en ese tipo de vestidos que usaban mis vecinas para ir a misa. Se llamaba Catalina Creel y era la cabeza de una familia con demasiados rasgos en común con otras familias mexicanas, en especial de las que serían nuestras novias.
Pero los malos de las telenovelas la ven muy fácil. Tienen a su merced a una horda de chicas que aunque guapas son bastante torpes a la hora de descubrir quién les está arruinando la vida. Sacrificadas, tontas  y generalmente de malos gustos –se van con el primer fornido que se les atraviesa- las heroínas televisivas nunca están a la altura de los dementes que los productores les ponen enfrente. Por eso el bien apenas triunfa en el tiempo de compensación -diez minutos antes de la boda-, por eso mi madre duda de cualquier chica que se asome por la casa y se parezca a Cynthia Klitbo.

Cynthia

En las sagas de superhéroes el asunto es más obvio. Cada entrega se diferencia de la anterior por el villano que presenta. Si eso significa que el mal es variado y el bien es siempre el mismo, no lo sé, pero qué aburrido sería contemplar la vida cotidiana de Peter Parker, sin otro aliciente que pasar el año en la universidad y abrazar cada tarde a la tía May. O Batman combatiendo ladrones de poca monta, detenidos por protagonizar una riña callejera o robar cobre de las plantas de agua potable. El superhéroe surge porque el mal es volátil y difícil de capturar.    

Los villanos de cómic son al igual que quienes los persiguen, gente afecta a los disfraces. El Mal y el Bien no pueden ser reducidos a simples conceptos: tienen que estar encarnados por tipos que usan capas o se pintan la cara. Hombres y mujeres que recorren los tejados o han sido tocados por la gracia de la radioactividad. El Bien y el Mal tienen que ser perfectamente identificables a la hora de comprar muñecos para un regalo.  

Los villanos responden siempre a una época. Encarnan en sus obsesiones los miedos del mundo y concentran todo aquello que la mayoría de la gente practica pero de forma más discreta: la avaricia, la ira, el sadismo, etcétera. En la tele mexicana de los ochenta, los villanos eran por un lado familiares y por el otro, ardidos. Se trataba  más que nada de señoras que buscaban impedir la boda del joven heredero con la sirvienta, o millonarios no correspondidos. El amor hacía demente a unas cuantas personas y ellos asesinaban, metían en la cárcel a una decena de inocentes, provocaban la discordia entre un par de enamorados, y el móvil de todo eso era el despecho.

Con el paso de los años, los malos mexicanos se fueron volviendo más sociales. Salieron del círculo familiar y ahora eran capataces de haciendas, dueños de fábricas donde explotaban a niños, alcaldes déspotas de municipios perdidos.   La perversidad que impedía una boda entre dos jóvenes que se querían era la misma que adulteraba licores en una destiladora de Jalisco. Las telenovelas se fueron nutriendo de los noticiarios que los proseguían. Los villanos, en unas y otros, parecían más bien socios.

Rocha

Pero la televisión nacional siempre ha pecado de maniqueísta. Sus villanos están exentos de matices y sus héroes desprovistos de sentido común. Lo único que los une a la realidad es que a todos les gustan que sus parejas hayan modelado para el Maxim y el Men’s Health. Por lo demás, son bastante inverosímiles.

En los cómics y en las películas basadas en ellos, el asunto es otro. Para un mexicano es bastante improbable que el mal tienda al disfraz estrafalario. Pero en un país, como EU, que ha criado criminales que se disfrazaban de payasos o se comían sus víctimas, lo estrafalario ya es requisito de pertenencia. Si incluso la gente decente raya en lo grotesco (ver Youtube), ¿qué esperar de quienes representan la locura en sus más altos niveles? 

El más reciente ejemplo de un villano memorable acaba de regalarle 150 millones a una compañía apenas en un fin de semana (parece que ya duplicó esa cantidad fácilmente a estas alturas). No, no se trata de un contratista de Pemex. Es el nuevo Guasón (o The Joker) interpretado por Heath Ledger, que ha seducido a millones de espectadores en la sexta entrega de Batman (El caballero de la noche) y la segunda a cargo del director Christopher Nolan. El impacto de su actuación ha sido tal, que muchos ya lo ven como ganador de un Oscar aún después de muerto.

Heath

Convertido, gracias a una sobredosis, ya en un mito, Ledger ha logrado un punto de comparación nada menos que con Jack Nicholson, quien diera vida al mismo villano en aquella primera cinta de 1989 sobre el hombre murciélago.  Resulta estéril a estas alturas decir quién lo hizo mejor, pero el mero hecho de someter ambas interpretaciones a un juicio público se ha vuelto en realidad una pregunta generacional. Quien defiende a ultranza a Jack Nicholson revela de principio su edad.

Ledger nos regaló un loco a la altura de un mundo que parece haber abandonado en algún momento la cordura. El Guasón para el siglo XXI está menos obsesionado en hacer bromas que en cuestionar en cada palabra, en cada acto, nuestro concepto del orden como bien común. Es la aparición de un criminal sin reglas, pero sobre todo de un tipo poseedor de una maldad insobornable, lo que desquicia a Batman y lo que mantiene al espectador al filo de la butaca. Está más que claro que para EU el mal no podía ser otro que el terrorismo. Pero el Guasón no es un simple psicópata; incluso tiene su propia definición: “soy un agente del caos”. Un sicópata es un producto de la locura social latente, un agente del caos quiere hacer salir eso que de psicópata tiene la gente común y corriente.

El Guasón  de El caballero de la noche es alguien capaz de poner en dilemas morales a todo mundo. Su fascinación es su miedo. Y lo acepto, es tan buen villano que no tuve molestia alguna en contribuir con 45 pesos a su récord de taquilla.                  

Extras: como la vida misma

Extras: como la vida misma

Ricky Gervais es un gordito británico que ha sido músico de pop, representante del grupo Suede y comediante de bares. No obstante, alcanzó una apabullante celebridad después de escribir, producir, dirigir y actuar la serie The office, auténtica revolución catódica  que se ocupó con rapidez un sitio entre las obras cumbres de la comedia por televisión, en ese monte Olimpo a donde --se dice-- ningún inglés había accedido desde los Monty Python.

La serie (creada junto a Stephen Merchant) fue emitida por la BBC entre los años 2001 y 2003 y consta de 12 capítulos y dos especiales navideños. Concebida como un falso documental sobre una pequeña empresa de papel, The Office prescinde de las risas grabadas y de ese perfecto rompecabezas argumental donde todas las historias se conectan hasta la irrealidad (y cuyo máximo exponente es Seinfeld). La vida es más simple, más amarga, pero también es propensa al ridículo. The Office retrata el infierno confortable del trabajo, la imposibilidad de proyectar ante los demás una sana imagen de nosotros mismos.

Después del éxito de su pequeña obra maestra (hay quien la considera la mejor serie de todos los tiempos, al grado de dar origen a una versión estadounidense mucho más exitosa que la original), el dúo Gervais-Merchant concibió Extras, la historia de un actor del montón, Andy Milleman, que hace hasta lo impensable por conseguir una línea en cualquiera de las películas donde participa. Ver la primera temporada nos hace descubrir que no estamos ante una comedia: Extras es un trago amargo que no podemos pasar sino a carcajadas.  

Milleman (interpretado por el mismo Gervais) es eso que podemos definir un perdedor. Sin pareja ni futuro, amigo de otra extra que no hace sino echar las cosas a perder cada que abre la boca, representa fielmente esa imagen de aquello que no desearíamos ser, pero que ineludiblemente terminamos siendo: alguien del montón. Su humor ácido e incorrecto es una forma de supervivencia ante un mundo que es horrible en la realidad y en la ficción (no olvidemos que trabaja a fin de cuentas en esa “fábrica de sueños” que es el cine).

Dentro de una industria cuya principal función es engañar al auditorio, el set de filmación pareciera simbolizar una especie de limbo en donde nada es absolutamente real ni ficticio. En cada capítulo de la serie, participa un actor reconocido (estrella mayor o venida a menos, como Kate Winslet, Samuel Jackson o Les Dennis) representándose a sí mismo, o mejor dicho, exagerando la peor parte de su personalidad. Engreídos, superficiales, prejuiciosos, los héroes del celuloide también son seres horribles a los que es mejor no conocer de cerca, a riesgo de vivir el peor de los desencantos.   

Del lado de la gente común la cosa no mejora. Si el mismo protagonista es un tipo indeseable, pero con quien es posible identificarse, no puede esperarse mucho del resto de los personajes. Darren, el representante de Andy, es desesperantemente inútil y menosprecia en todo momento la capacidad de su representado. Torpe e ineficiente, resulta incapaz no sólo de buscarle un papel a Andy sino incluso de recordar por qué demonios lo citó a las seis en su oficina.

Maggie es la mejor amiga del protagonista;  su vida en los platós fácilmente se reduce a querer encontrar una pareja dentro de la industria, así sea el escenógrafo o el tipo de Recursos Humanos. Todas sus relaciones se echan a perder por una particularidad que termina siendo catastrófica: el chico que le gusta tiene un pie más corto, uno de los actores es guapo pero negro, el de los decorados le dice obscenidades por teléfono. No es que ninguna de estas cosas le disguste, pero en el fondo el detalle se vuelve enorme e incómodo y por alguna otra razón, termina por ser definitivo.

Humor triste es el de Ricky Gervais; gracioso, sin duda alguna, pero al que no puede separarse de su tamiz de incomodidad. “Algunas escenas transitan la línea entre lo terriblemente divertido y lo insoportablemente vergonzoso”, ha escrito Daniel González y no le falta razón. No es exactamente “pena ajena” lo que experimentamos al ver las irremediables maneras que tenemos los seres humanos para equivocarnos y luego tratar de remediarlo, pero es algo muy cercano.  

¿Qué hay, pues, detrás de esta serie que no es una mera sucesión de chistes, que no trata de inculcar lecciones de vida? Precisamente eso: que se parece demasiado a la realidad sin caer en la tentación de abandonar su carácter de fábula. Es decir, las series tradicionales y las telenovelas muestran la vida como debiera ser: la pareja llega al altar después de muchas dificultades, los protagonistas aprenden algo nuevo después de un capítulo lleno de equívocos graciosos, se resuelve un misterio, un villano recibe su merecido. En Extras nadie aprende nada, seguimos cometiendo los mismos errores una y otra vez, decimos  cosas que era mejor mantener calladas, hacemos comentarios desafortunados, nos cuestionamos cosas estúpidas (Maggie llama por teléfono a Andy tan sólo para preguntarle: “¿Qué preferirías: un brazo biónico o una pierna biónica?”). En fin que Extras resume el apotegma del Gordo Tony de Los Simpsons, quien después de ver un sangriento episodio de Tom y Daly declara: “Es gracioso porque es real”.

Así, el humor de Gervais y Merchant transita del delirio a la amargura como una película cambia los ángulos de su toma. Después de cada capítulo uno no puede afirmar categóricamente que ha pasado un rato divertido, pero tampoco puede decir lo contrario. Finalmente, Extras es como la consabida pregunta “¿Eres feliz?”, a la que habría que responder: “Sí, pero no todos los días”. 

  

Un fragmento del episodio con Samuel Jackson.


A petición de P, he eliminado el extraordinario monólogo de Andy Milleman dentro de un reality show. Esto en el capítulo de navidad de Extras.

 

¿Qué hacemos con los precandidatos?

¿Qué hacemos con los precandidatos?

En estos momentos hay en Campeche por lo menos una veintena de señores que parecen ya estar en precampaña. Si no es que son acusados por otros partidos de usar su cargo público para hacerse publicidad, es que salen apadrinando a cuanto egresado sin dinero se deje. Si el político cumple la siguiente fórmula (Mayor generosidad + Mayor elocuencia + Mejor ropa + Sospechoso adelgazamiento + Menor tiempo en el trabajo) es indudable que se anda promoviendo.

Todo mundo sabe que el proselitismo se ha vuelto algo muy caro, sobre todo porque los partidos aún no se han sentado a regularlo. Finalmente se trata de un cortejo cuyo principio y fin son difíciles de determinar y aunque hablemos de reglas claras para ese noviazgo que son las campañas y ese matrimonio que es el servicio público, el coqueteo con que inicia todo sigue siendo un tanto difuso y no menos engañoso.

Pero ajustémonos a lo importante: el dinero. El centro de cualquier acusación política es que un funcionario use parte del erario público para fines proselitistas. No que aparezca demasiadas veces delante de los reflectores, ni que regale despensas a ancianos adorables, mientras les besa la frente o que termine cargando niños que le llaman “tío”. Es la procedencia de esa generosidad, de ese repentino amor por sus semejantes, la que nos inquieta; es su preocupación por ser caritativos en horas laborales lo que se vuelve sospechoso.

¿Qué hacer con los precandidatos? Entre que hacen su trabajo y se sirven de él, la política se va volviendo un juego donde el chiste es no aparecer difuminado, como Santiago Creel en Noticieros Televisa. Hay que estar siempre en boca de todos, ser un nombre popular, cumplir aunque sea el papel del “malo por conocido” en la boleta electoral, entrometerse en cualquier conflicto, opinar sobre todos los temas, reunir a una centena de cuarentones y publicitar que ellos “por iniciativa propia” nos piden contender por una candidatura.  Estar simplemente ahí, ésa es la consigna. Como jubilados del IMSS, aparecernos cada mes para demostrar que aún seguimos vivos.    

Uno se pregunta si eso no nos sale muy caro a los contribuyentes. Si los precandidatos quieren estar en los medios, en lugar de restringirles el acceso lo mejor sería abrirles el espacio, pero no sólo a los programas noticiosos sino a toda la programación. ¿Qué quiero decir con esto? Que sería provechoso reunir a todos los precandidatos, encerrarlos en una casa y hacerlos interactuar por semanas enteras en una reality show que se llamaría The Big Finger.

Tomemos esta idea en serio. La propuesta disminuiría los gastos de una precampaña al mínimo posible y ofrecería asimismo la mayor transparencia para comicios internos. Para abaratar costos, se eliminarían los procesos preliminares de selección; es decir, que a este reality entraría cualquier persona en condiciones de aspirar a un puesto de elección popular. Nada de castings, nada de candidatos de unidad o golpes bajos para decir que tal o cual sujeto en realidad nació en España, pero tiene cuatro años viviendo en el estado. Igualmente, como todos tendrán el mismo tiempo de exposición en pantalla la equidad está garantizada. Sólo quedarán excluidos aquellos partidos que en realidad nunca hayan tenido a nadie a quien postular y en cada votación sólo se dediquen a parasitar a otros partidos.

La mecánica del reality es muy sencilla. Cada instituto político tendrá destinado, en lugar de una cantidad del presupuesto, cierto número de días para efectuar su propio Big Finger. Tomaremos los porcentajes de votación del 2006 para determinar el tiempo que merece cada partido en televisión.  

La casa donde recluiremos a todos los precandidatos estará equipada con 40 cámaras y 50 micrófonos (cortesía del Cisen), a fin de seguir de cerca a cada aspirante. A través de dinámicas y nominaciones, los políticos se irán eliminando uno a uno y serán las votaciones telefónicas de los afiliados al partido (o las mesas de consulta del FAP) las que determinen al candidato, pues será el último que permanezca en la casa del Big Finger. Como no hay presupuesto para pagar la transmisión de 24 horas de programa en algún sistema satelital, se usará el canal del Congreso y los tiempos oficiales en televisión abierta pero sólo para los días de expulsión.

El Big Finger tiene la ventaja de mostrar a los electores el desenvolvimiento de cada precandidato en un ambiente absolutamente político: cómo se comporta ante un complot para expulsarlo, cómo trabaja en equipo con personas a las que desearía ver desterradas en alguna selva guatemalteca, qué métodos aplica para dejar a los demás fuera de la competencia, de qué manera habla en la vida real y sin los discursos escritos por sus ex compañeros de licenciatura, cómo cocina (me pregunto si el electorado confiaría en alguien a quien se le salara la arrachera) y si en verdad fue pobre alguna vez como dice su currículum. Es en el tedio cotidiano donde todos los políticos se muestran tal cual son, no en los trípticos, no en los mítines, no en las entrevistas.

¿Que durante todos esos días de encierro los precandidatos abandonarán sus labores en curules, regidurías, delegaciones, etcétera? Qué importa. De todos modos no hacían mucho ahí y como sucede con los hijos, quizás no hagan nada por tres semanas pero por lo menos sabremos dónde estuvieron todo ese tiempo.

Donde se fragmenta el doblaje

Donde se fragmenta el doblaje

Una razón de peso para no comprar piratería hace 3 ó 4 años es que los estrenos venían con doblajes españoles, así que no era extraño encontrar a Bruce Willis diciendo cosas como: “¡Eh, tío, que sois un gilipollas!” Ahora los papeles se han invertido y son los piratas quienes ofertan filmes subtitulados mientras el cine comercial me obliga a ver películas dobladas nada menos que con las voces de Arath de la Torre o el “Tata”. 

Si algo podía presumir México, respecto a países como España, era haber acostumbrado a su público a un cine donde oír la voz original de un actor tenía sentido. Por lo tanto, se trataba de espectadores que sabían la diferencia entre recitar y transmitir. Si uno ha estado en un grupo de teatro o ha querido mentirle a la esposa respecto a donde estuvo la noche pasada, sabe que la pronunciación lo es todo. La excusa perfecta fracasa si titubeamos entre el “Así sucedió” y el “Te amo”. Las cosas, por desgracia, se han emparejado. Ahora la mayoría de las cintas vienen dobladas en nuestro país y sin derecho a elegir, lo cual no deja de ser un retroceso en materia de entretenimiento.

Hernán Casciari, ese defensor ejemplar del derecho al subtítulo y a quien debo haber escrito este texto, ha hecho la comparación definitiva a través de la música: “Es como ir a un concierto de Bruce Springteen y que aparezca Constantino Romero en medio del escenario”. En un contexto más cercano, ir al cine y ver una cinta doblada es como haber ido al concierto de reencuentro de The Police y haber escuchado por las bocinas a Yuridia cantando: “Todo amanecer / todo anochecer / siempre te amaré”.

Es la pereza lo que ha llevado al auge del doblaje, pero es también la ignorancia de un empresariado que cree que una sala semivacía obedece más que nada a un público incapaz de leer un par de líneas mientras dos actores dialogan. Atenidos a ese dogma, los dueños de las salas buscan públicos cada vez más holgazanes y les dan cintas con audio español. Si la gente no abarrota las salas, dicen, hay que culpar entonces a la piratería, a las cintas de arte, a los subtítulos, pero shhh no mencionemos nada de los precios abusivos, los vasos con más hielos que refresco, el exceso de malas historias para el verano.

La televisión mexicana tiene una amplia tradición en el doblaje, en primera instancia, porque no fue concebida como una experiencia en sí misma sino apenas como una forma de entretenimiento mientras se hace otra cosa: se plancha, se costura, se cena o se “cuida” a los niños y la pantalla estará ahí contándonos una historia que seguimos por partes, cuando hay oportunidad de despegar la vista de la novia o la tarea. La televisión abierta ha sido el ruido de fondo de nuestras actividades en la casa, o la bocanada contra el aburrimiento en las salas de espera. Es algo que puede dejarse porque la vida tiene cosas más importantes.

El cine no. Pagamos por una historia, por un director, por un actor o por lo menos por una decena de rubias que salen en bikini. Nos aislamos del mundo, a menos que un celular suene. El cine es una experiencia en sí mismo. Por ese motivo es una herejía escucharlo doblado: es una traición a los motivos que nos han llevado ahí, a la oscuridad de una sala.

El doblaje es un acto de censura. En la televisión, por ejemplo, oír tantas veces la expresión “¡Demonios!” es pensar que un sicario habla más como novicio que como matón. Los asesinos no maldicen así. Los terroristas no dicen “¡Oh, ese maldito!”. El motivo es simple: los insultos son más ofensivos en voz alta. Cuando vienen escritos son parte de una trama; dichos a viva voz, nadie sabe por qué, sólo provocan la risa del espectador mexicano.

Pero no nos extrañe. Para quienes ven al cine como negocio, cualquier película de éxito puede ser tratada como si fuera porno  o de acción: “Doblémosla”, justifican, “que el diálogo es apenas algo que sucede entre un disparo y otro”.

Uno puede entender que el cine de animación se distribuya en español. Al fin de al cabo se trata de seres creados por un dibujante y que cobran vida gracias a una computadora  –un ejército de hormigas, un par de peces, un panda rojo-, pero no sucede lo mismo con las personas. La interpretación de un personaje entraña horas de ensayo, entonaciones diversas, el caló de su clase social. Una actuación supone más que lagrimar en el momento necesario o resbalarse para producir una carcajada (para eso están los videos de Youtube). Se hace drama y comedia en la forma de abordar una conversación. Volver verosímil una frase que provino del papel: eso es esencialmente actuar.

¿Que el doblaje es cómodo? Por supuesto, si no, no sería tan pobre. En su afán por dar todo digerido, las compañías de doblaje no tienen empacho en alterar los guiones con referencias mexicanas, acortar las frases a fin de que se sincronicen con los gestos del actor y hacer que todo Hollywood suene a una treintena de voces, sin mayores matices que el grito o el susurro. Dejar el cine en manos del doblaje es como leer a Shakespeare traducido por un software: nunca sabremos por qué es tan grande, por qué definió la literatura, por qué es necesario. Toda película pierde en el doblaje y tratar a los espectadores como a niños que apenas saben leer, nos demerita como público. Y demerita a los niños, mucho más inteligentes de lo que suponen los dueños de las salas de cine.

 

Marketing político para el 2009

Marketing político para el 2009

Scott Adams es un caricaturista norteamericano, creador de la tira cómica Dilbert, sobre las desgracias de un ingeniero en informática en una empresa de software siempre al borde de los despidos. Adams ha sacado al mercado algunos libros (El principio de Dilbert, Manual Top Secret de gestión empresarial de Dogbert) que destacan por su humor ácido sobre la realidad laboral, pero sobre todo porque son productos de agudas observaciones sobre el mundo, las relaciones interpersonales y la ineptitud. En uno de sus títulos –El futuro de Dilbert-, el dibujante estadounidense ha acuñado un concepto que, aun proveniente del mundo empresarial, es más que nunca aplicable a la telaraña política que nos espera  gracias a un año electoral a la vuelta de la esquina: el “confusopolio”.

Los “confusopolios” vendrían, según Adams, a sustituir a los monopolios. De principio, sabemos que las empresas como los sindicatos, ansían a ser únicos y a tener al consumidor en sus manos con el fin de tener mayores libertades para cometer abusos y dar menor calidad a precios altísimos. Para lograr eso, crean barreras que impiden a otros competidores acceder a esos mercados (como sucede con Microsoft que vuelve incompatible su plataforma Windows con ciertos programas, como si se tratara de una transfusión sanguínea y no de la instalación de un software).

Sin embargo, los monopolios no son para siempre. Como sucede en la política, la hegemonía está destinada al fracaso: uno, porque mucha gente se da cuenta que no se necesitan demasiadas habilidades para entrar al negocio sino apenas gente cándida a la cual engañar y dos, porque hasta los consumidores más lerdos se hartan de recibir lo mismo con un costo más alto cada vez. Ante la proliferación de opciones, es donde entra el concepto de “confusopolio”.

  Dilbert

Scott Adams define al confusopolio como “el grupo de empresas con productos similares que confunden al cliente adrede en lugar de competir entre sí a base de precios”.

Lo mismo sucede en el panorama político: los que antes eran priístas se afilian al PAN o defienden encarnizadamente el petróleo desde el Frente Amplio Progresista. Surgen nuevos partidos, unos se asocian con otros en ciertos estados, pero pelean a muerte desde el Congreso de la Unión. Los partidos sin candidatos acuden a candidatos externos, que son priístas que no alcanzaron la nominación. Unos renuncian a su militancia de 20 años y otros les abren los brazos si son capaces de garantizar el 2 por ciento de la votación total.

¿El resultado? Que los productos de cada partido se parecen demasiado unos a otros. Uno no sabe distinguir a los candidatos porque incluso sus propuestas se circunscriben a una sola palabra: el “desarrollo” de Campeche.  Para qué complicarnos, el progreso incluye casi siempre los mismos ingredientes y eso apenas cambia con nombre del fabricante. Sucede lo mismo cuando tres empresas quieren producir galletas: usan harina, azúcar y conservadores. La diferencia es apenas una ilusión del marketing.

En tanto los partidos ofertan candidatos imposibles de distinguir entre sí, ¿de qué forma abordarán los priístas, panistas, perredistas, convergentes y petistas la elección y promoción de su candidato? Como se trata de un ejercicio de predicción, ejerceré mis habilidades futuristas para prever lo que sucederá en el 2009. Veamos algunos ejemplos: 


 
 

a) Las diferencias físicas. Se acabaron las épocas en que todos los aspirantes parecían salidos de un cuento de Las mil y una noches. A partir de ahora, las campañas del futuro estarán definidas por la variedad de los empaques. Si el partido en el Gobierno postula a un flaco de pelo chino, la oposición se verá obligada a postular a un gordo calvo. Descartadas esas dos opciones, el tercer candidato se dejará crecer la barba o se hará rastas. Algún partido será más listo y postulará a una mujer con arracada en la nariz para hacer la diferencia. El último partido se las verá negras y quizás por eso recurra a un chaparrito de bigotes, lentes, overol y un garfio. Pero para evitarnos complicaciones, conviene postular a nuestro candidato antes que todo mundo lo haga.  


             
 

b) La buena suerte. Muchos han usado esta habilidad política para llegar a la tribuna legislativa, las alcaldías o los departamentos de Comunicación Social, de modo que ¿por qué pensar que puede ser diferente este año? Estar siempre en el momento adecuado en que el hombre de las grandes decisiones del partido apunta con su dedo hacia el próximo afortunado es una de las destrezas mayores del servicio público y posiblemente la mayor virtud para cualquiera que aspire a ser candidato en el 2009.


  Amway
 

c) El sistema Amway. Ahora que el IFE ha recortado las publicidades a los tiempos oficiales, hay menos oportunidades de recurrir al marketing para promover a nuestro candidato. Pero existe el siempre efectivo sistema de las pirámides comerciales: productos que a nadie benefician pero que crean redes de consumidores que a su vez se vuelven vendedores en algún momento y ni siquiera saben por qué. De ahí que el año que viene serán los propios electores los que promuevan entre sus conocidos a determinado candidato y reciban beneficios por agregar a más promotores a la pirámide. Un método que, sospecho, ya se venía haciendo pero que ahora será más importante que nunca. Así como los promotores hablan maravillas de un complemento alimenticio que lo previno del cáncer, nuestros nuevos vendedores políticos narrarán las ocasiones en que el candidato le regaló una silla de ruedas a su abuelo o donó sangre para la operación de su sobrino. 


     Boletas
 

d) Impulso al abstencionismo. Que el número de votantes represente digamos el 20% del padrón electoral beneficia a los partidos, quienes ahora tendrán que esforzarse menos por convencer a la gente de apoyarlos. En unas dos décadas, cuando sean necesarios apenas mil votos para conservar el registro, los partidos vivirán su edad de oro. Para promover el abstencionismo, los partidos se descalificarán entre sí, se acusarán de desvíos de recursos, promesas incumplidas y uso indebido de los programas sociales. Se trata de una estrategia para la cual no será necesario investigar mucho, porque probablemente cualquier acusación que se haga al aire resultará cierta.  Una vez difundida la idea de que los políticos son todos unos ladrones, la gente ni siquiera tendrá la molestia de levantarse de la cama el primer domingo de julio y los únicos desafortunados serán los funcionarios de casilla. 

 
        Congreso

e) Marketing “telaraña”. El concepto no es mío sino del propio Adams, pero creo que puede servir. A nivel comercial, la técnica “telaraña” “implica dificultar al extremo la anulación  o devolución del producto hasta tal punto que resultará más fácil quedárselo sin más”. Al fin de al cabo son los partidos los que hacen las leyes electorales y ¿quién garantiza que no usen esa prerrogativa para eternizarse en sus respectivos gobiernos? En pocos años, los legisladores aprobarán reformas donde el valor de las votaciones populares sea cada vez menor y se pueda ocupar una curul por dos décadas sin que nadie se dé cuenta. En unos años, será ley que cualquier puesto público sea asignado por un grupo de ancianos y no haya posibilidad de revocar a nadie salvo si todo el distrito electoral está dispuesto a bailar en una fila de conga.