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Tediósfera

Alguien ya no volverá a hacer cosas divertidas

foster

Hallan muerto a David Foster Wallace

 

NUEVA YORK.- Ensayista, cuentista, novelista... David Foster Wallace, uno de los principales representantes de la nueva generación de narradores estadounidenses (la llamada Next Generation), ha fallecido este viernes a los 46 años. Aparentemente se trató de un suicidio.

El irreverente escritor saltó a la fama en 1996 con la publicación de su magna novela ’La broma infinita’ (nada menos que mil páginas). La crítica estadounidense convirtió aquella obra —ambientada en un futuro donde las grandes corporaciones patrocinaban y daban nombre a los años— y, por ende, a su autor en un icono de la posmodernidad.

La novela, que transcurre en un centro de rehabilitación para adicción a las drogas y en una academia de tenis de elite, ganó la aclamación de Time, que la consideró una de las 100 mejores novelas publicadas en inglés desde 1923 por sus "diálogos dolorosamente divertidos y las (...) consideraciones y especulaciones de Wallace sobre la adicción, entretenimiento, arte, vida y, por supuesto, tenis".

Actualmente, el escritor impartía talleres de literatura en el Pomona College, cerca de la su hogar en Claremont, California. Según el departamento de policía de la localidad, la esposa de Wallace los llamó el viernes por la noche, diciendo que al regresar a su casa había encontrado a su esposo ahorcado.

Durante este año, el escritor había cubierto la campaña del candidato republicano a la presidencia de EEUU, John McCain, para la revista Rolling Stone. Las obras cortas de este atípico escritor también se habían publicado en todo tipo de revistas, desde clásicos como ’The New Yorker’ a ’Harper’s Bazaar’ y ’Playboy’.

A nuestro país, habían llegado algunos de estos exquisitos escritos con la publicación de ’La niña del pelo raro’ (una compilación de relatos), ’Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ (definida como ensayos y opiniones) y ’Entrevistas breves con hombres repulsivos’ (también, opiniones).

Foster Wallace utilizaba tanto en estos relatos y ’ensayos’ (en realidad, opiniones a caballo entre la reflexión y la ficción) como en sus novelas la misma prosa inteligente, ácida e innovadora a la que recurría para diseccionar la sociedad posmoderna.

Todos compartían ingeniosas reflexiones sobre la sociedad estadounidense actual (ya fuesen sobre la política, un simple partido de tenis o la televisión) y por ellos desfilaban personajes poseídos por todo tipo de miserias contemporáneas.

 (FUENTE: www.elmundo.es)

 

No se asuste, no es el fin del mundo

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Esta semana estuve explicando a mis amigos la diferencia entre Big Bang, Big Ben, Big Band y Gang Bang. Y es que la puesta en marcha del Gran Colisionador de Hadrones (LHC), ese acelerador gigantesco debajo de la frontera entre Suiza y Francia, puso en boca de todos palabras que creían enterradas desde la preparatoria: protones, electrones, átomos, velocidad de la luz.

Recordemos que mientras estudiábamos en la escuela, la ciencia se limitaba a las maquetas con bolitas de unicel y mondadientes y el universo podría explicarse en un pliego de papel bond cuadriculado. Pero, como sospechábamos, el mundo es más complejo y más escurridizo de lo que aprendimos en el salón de clases.
Todavía hacia finales del siglo XIX la física se encumbraba como el modelo de toda ciencia: lógica, madura y ordenada. Sin embargo, la aparición de cosas muy extrañas -como la radioactividad- hizo que las ideas sobre la materia revolucionaran de tal forma que nadie acabó muy seguro de cómo funcionaba la realidad. Conceptos tan aparentemente sólidos como “tiempo” y “espacio” no lo resultaron tanto. Por lo menos es lo que argumentan los científicos, quienes desde Einstein, nos dicen que al igual que un atardecer cambia según el punto de vista del observador, el tiempo no es el mismo si difiere el marco de referencia. 

Masa que es “energía congelada”, la luz que es a la vez onda y partícula, un Universo que está hecho más de probabilidades que de determinismos; en fin que el mundo parece desquiciado cada vez que descubrimos cosas nuevas de él. La película “¿Y tú qué #$*! sabes?” divulgó –a modo, pues servía igual para promover a una loca que se decía poseída por un espíritu milenario- las paradojas de la realidad, las complicaciones en que nos ha metido la física cuántica desde su aparición (según la RAE se llama así porque “nomás la entienden unos cuantos”). Y es que los atentados de la física cuántica  contra el sentido común, y algunas de sus teorías que no pueden ni siquiera comprobarse (y uno que pensaba que el sustento de la ciencia era la comprobación) han vuelto la actividad científica también un acto de fe, casi como la religión, a cuyos dogmas en un principio ayudó a derribar.

Son esos científicos preocupados por el tejido de la realidad –que hablan de cantidades tan pequeñas que ni siquiera las podemos imaginar- quienes ahora buscan descifrar el código de la materia, el origen del universo. Así como huérfanos tras su árbol genealógico o creyentes tras Dios, los hombres de ciencia quieren llegar al principio de todo de alguna manera y para eso han invertido no sólo 20 años sino 9 mil millones de dólares para construir el Gran Colisionador de Hadrones, cuyo nombre bien pudo haber sido creado por un villano de Austin Powers.



Según el equipo que construyó este dispositivo, el LHC producirá que dos haces de protones, viajando a una velocidad cercana a la luz, colisionen entre sí para recrear las condiciones que, suponen ellos, debieron darse al inicio del universo, fracciones de segundo después del Big Bang. Lo que surja de este impacto nadie lo sabe (si alguno lo supiera no habría necesidad de construir nada), pero Tara Shears, física de la Universidad de Liverpool, vaticina que será algo “sorprendente y fantástico”.  (Lo verdaderamente sorprendente y fantástico es que la imagen de la ciencia actual sea la de unos niños que hacen chocar cosas para ver qué sucede).
Resulta curioso que los científicos nos hablen de partículas tan pequeñas que no sólo no las podamos ver sino que, paradójicamente, se necesiten aparatos del tamaño de una ciudad para detectarlas. En los tiempos de Demócrito el átomo era, como su nombre lo indica, lo más pequeño que existe (“lo indivisible”, en griego); en nuestra época el átomo es como una cuenta bancaria en las Islas Caimán: siempre tiene espacio para lo que uno quiera meterle.  

Para la gente ignorante como yo, a quienes las ecuaciones de física le parecen tan incomprensibles como leer una baraja de Tarot, el asunto es a la vez fascinante y de miedo. Versiones fatalistas dicen que el choque de los protones podría producir un agujero negro que se tragara al planeta Tierra con todo y Sarah Palin (y la hija de Sarah Palin). Imagine usted en qué situación podría agarrarlo el fin del mundo: sembrando hortalizas, marchando contra la Alianza Educativa, depilándose las piernas en una clínica o leyendo un libro de Josefina Vázquez Mota. Ahora deprímase.

La verdad es que alguien por error origine un agujero que nos succione a todos parece más una escena de una obra de ficción que una probabilidad real, aunque no deja de tener su encanto, al emparentarse con aquella advertencia de Douglas Adams al inicio de su novela El restaurante del fin del mundo: “Hay una teoría que afirma que si alguien descubriera lo que es exactamente el Universo y el por qué de su existencia, desaparecía al instante y sería sustituido por algo aún más extraño e inexplicable… Hay otra teoría que afirma que eso ya ha ocurrido”. 

Ya metidos en la idea de un grupo multinacional de genios auscultando las ranuras de la materia para conocer el principio de todo, no puedo sino recordar aquel diálogo que Cholo aplicó a la crisis económica, pero que podría emplearse para este caso:

“Oiga, ¿y cómo fue que empezó todo?”

“A nadie le importa saber cómo empezó, nos interesa saber cómo va a terminar. Eso sí nos interesa”.


Quien la ve cuando va heredando plaza

Maestros
                                Para ampliar imagen aquí

En los últimos días, miles de maestros en todo el país se han inconformado con la Alianza por la Educación y en Campeche, particularmente con la asignación de plazas a través de concurso. El líder de la sección IV del SNTE, Mario Tun Santoyo, lo ha explicado de esta manera: “Existe un sentir de los compañeros maestros que habían realizado un proyecto de vida tal, de formar a sus hijos para continuar en la tradición familiar del magisterio”.  Hasta ahora no veo por qué suprimiendo la herencia de plazas, “la tradición familiar del magisterio” podía verse afectada, a menos que esa “tradición” estuviera íntimamente ligada a que sus hijos iban a tener un trabajo seguro dando clases, aunque no quisieran, aunque no tuvieran vocación para ello.

El viernes en televisión, un grupo de docentes dijo que iba a llevar “hasta sus últimas consecuencias” su lucha por conservar la herencia de plazas. Los maestros reclamaban “un derecho laboral”, aunque en realidad se tratara de un abuso sindical. Oyéndolos hablar –peleando como si en realidad estuvieran oponiéndose al desalojo de un terreno invadido-, uno teme que la educación esté en manos de ellos. No es que uno pida caballeros ingleses con monóculo, o mujeres con apariencia de congresistas americanas, pero por lo menos uno quisiera ver a gente que habla de un modo razonable. O individuos para quienes las diferencias puedan dirimirse con más diálogos y menos bloqueos. Woody Allen lo concentró mejor que nadie en una frase: “No escuches a tus profesores, ve mejor cómo actúan”.

La Secud no ha querido ahondar en esto, pero los números arrojados en las pruebas Docentes en Servicio e Ingreso al Servicio Docente son preocupantes. En Campeche, concursaron mil 936 aspirantes y sólo 657 lo acreditaron. Pero lo más curioso es que de 435 docentes EN SERVICIO, 220 reprobaron.  Es decir, estos últimos eran maestros que ya cumplían un trabajo y concursaban por tener otra plaza. Si en ésta salieron reprobados, ¿podríamos estar seguros de la legalidad con la que obtuvieron la primera?  

Por años, la plaza ha sido la palabra mágica de este país. Concentra muchos derechos laborales, pero por ese mismo motivo parece someterse siempre a las más truculentas negociaciones. Una plaza no es un trabajo más: es EL trabajo. La vemos como la mujer inteligente y rica, que además tiene cuerpo de modelo, o en su defecto, el hombre musculoso, manipulable y millonario. Si llegan a nuestras vidas no hay que dejarlos ir o en todo caso hay que echar mano de las más bajas artimañas para obtenerlos y retenerlos hasta donde sea posible. Las plazas en la educación son tan pocas y brindan tanta seguridad que dan la impresión de ser una opción irrebatible. Como ciertos prospectos.

Pero esta historia de amor entre las plazas y el magisterio se ha visto amenazada con los exámenes de oposición. Muchos profesores campechanos, temiendo dejar en el desamparo a sus vástagos, han reclamado restituir la herencia de plazas, como dando a entender que sus hijos no podrían obtenerlas por sí mismos. Uno comprende su miedo: conocedores de cómo funcionan las cosas en este país, saben que ni la capacidad ni el talento sirven cuando se trata de llegar al servicio público. Que la educación y la burocracia en México se han hecho de amiguismos, chantajes y contratos injustificados.

La plaza abarca tantos privilegios que no puede estar al alcance de cualquiera ni ser obtenida por méritos propios. Los Olímpicos y las licitaciones no se cansan de enseñarnos que los mexicanos no estamos acostumbrados a competir. O por lo menos a demostrar de qué estamos hechos en unas condiciones equitativas y claras. Las sospechosas formas en que se asignan los recursos del erario echan por tierra cualquier ánimo de superación: los mejores llegan a pocos lados, a menos que recurran a su árbol genealógico o al anuario escolar. En México, “hacer méritos” es “hacer amigos”. En este país no hay mayor talento que la capacidad de intimar con la gente idónea.

Escudados en la lucha por el trabajo de sus agremiados, los sindicatos han cumplido su función de boicotear cualquier atisbo de competencia. Es la molestia que permea contra los exámenes de oposición. Una vez que un sindicato llegue a perder su capacidad de ofrecer privilegios, ¿servirá de algo?, ¿tendrán sus afiliados algún motivo para seguir pagando cuotas, asistir a soporíferas asambleas y organizar esas elecciones que nadie entiende, salvo cuando un compañero le lanza una silla a otro?  

Por muchos años, la asignación de plazas en la educación ha significado el poder de un solo sindicato: el SNTE, cuya capacidad para poner a vendedoras de Avon a dar clases no ha hecho sino corroborar su influencia. El problema del magisterio es el mismo que el de Telmex (o cualquier otro monopolio): altos precios, mal servicio y demasiadas señoras con cara de experimento fallido fingiendo que escuchan tu queja.

Ahora lo justo sería aplicar el examen a TODOS los maestros para ver quién conserva su plaza y quién no. Pero me imagino, es algo que el SNTE no permitiría: tiene a demasiados afiliados necesitados de un empleo. En un país donde el derecho al trabajo de unos anula el derecho a la educación de otros, no hay matemáticas más elementales que ésta: 123 es mayor que 3. Lo más lamentable es que hablo de artículos constitucionales.

Máscara contra cabellera

    Lucha1

Para Wilberth

A diferencia del box, cuyo sentido de la equidad está representado en el peso, la lucha libre parece existir para las desigualdades. El rudo puede valerse de todo tipo de llaves prohibidas, agredir al público, bajarse por una silla y aventarla a la espalda de su oponente. El técnico tiene apenas el respaldo de esa parte cándida del auditorio que apoya a los buenos por default, aun así hablen como fayuqueros de Tepito o se trate de malos arrepentidos. Al igual que en las telenovelas, el rudo siempre es más divertido, amenaza con la voz de quien acaba de sufrir una operación en la garganta y profiere insultos de película sabatina: “¡Eres un cobarde, Místico, y te voy a hacer pagar!”.

El eterno combate entre el bien y el mal nunca está mejor ejemplificado que con la lucha, donde apenas son necesarios dos hombres descamisados y un réferi para representarlo todo. Salvador Novo decía que la lucha era superior al cine porque nos libraba de aguantar por dos horas una historia alrededor de un enfrentamiento entre el villano y el héroe. Lo esencial, consideraba el escritor, era ver el choque entre dos cuerpos por cualquier motivo. En la lucha, la gente se golpea por oficio y se deja desangrar porque es su trabajo (no hay odio legítimo como no hay amor verdadero en la farándula); se trata de buenos muchachos todos que en algún momento de sus vidas entendieron que su vocación era salpicar de sudor a las primeras filas.

Sin embargo, Novo se apoya en el pancracio de los cuarenta y cincuenta, con nombres como el Gorila Macías o Bobby Bonales, y habla de un tiempo en que la mayoría de los luchadores tenía bigotes como el de Arturo de Córdova.  Cinco décadas más tarde, la lucha ha retomado las historias y la WWE presenta a gladiadores que viven melodramas arriba del ring, ya sea que su esposa los engañó con su representante o quieren vengar la fractura de un amigo.

Y es que inevitablemente, el oficio de los topes y el lance de cuerdas ha sufrido todo tipo de transformaciones. ¿Por qué Atlantis ahora es rudo si durante toda mi infancia fue el luchador técnico por excelencia?, ¿su cambio de bando no habrá significado el fin de la inocencia para ambos, él y yo? Cuando algo se transforma en la lucha libre es señal de que el mundo está cambiando. Los luchadores de antes tenían profesiones respetables (el Santo era un científico respetable, cuyos tubos de ensayo siempre echaban humo), mientras que los gladiadores de ahora son strippers en activo. ¿Puede ser Intocable un héroe de una nueva generación que salva a la humanidad en el tiempo que le queda libre entre despedidas de solteras? No es del todo inverosímil, sobre todo cuando nuestra sociedad ha pasado de las preocupaciones éticas a las atléticas: en la década de la metrosexualidad el único territorio que importa proteger es el abdomen.

(Dos síntomas de la edad: que ya todos los luchadores se llaman “el hijo de alguien” o que como en las películas de Halloween hemos perdido la numeración del último Villano).


     Lucha 2

Pese a todo, la lucha libre puede erigirse como la épica ideal de este país. Imposibilitada la televisión nacional para una industria de superhéroes, la transmisión dominical desde la arena resume todo lo que es necesario saber sobre las grandes batallas y el amor: luchan dos, gana uno, al final alguien termina perdiendo el pelo.

Sin más armas que la “doble Nelson” o la “huracarrana”, los  héroes mexicanos han dirimido su tragedia semanal en tres actos sin escatimar los rasguños propios de la profesión. Hay vuelos, patadas voladoras y el entarimado suena como un ejército de matarifes azotando reses muertas. Por otro lado, el público enardecido tiene la oportunidad cada siete días de ir a gritarle sus verdades al villano (una mentada de madre es una de esas verdades que no necesitan demostración) y eso es algo que no existiría si los héroes sólo sirvieran al cine, la televisión o la historieta.

Mucho se ha dicho sobre las propiedades sanadoras de la lucha libre. Alivian la vejez (la de los abarroteros sobre todo), reconfortan el morbo por el pleito ajeno, pero sobre todo nos devuelven al espectáculo elemental de ver a dos fornidos con más horas en el centro de abasto que en el gimnasio dándose palmadas en el pecho que suenan a cachetadas de señoras. Debo confesar que la primera profesión en la que pensé de niño fue la de luchador profesional. Era como ser policía, pero sin que me faltaran al respeto, era al fin de cuentas un combate contra el mal, aunque sin burocracia. 


              Cartel

De entre las muchas lecciones de la lucha libre, está la de ser un buen energizante para la cultura (uno de las presentaciones más concurridas de la FIL fue una función de lucha libre). Su capacidad para invadir espacios artísticos -como el cine, la literatura o los museos (así lo certifica la pelea de los Infernales en el Tate Modern)- ha demostrado su vitalidad a través de las décadas.

Finalmente gladiadores y escritores tienen algo en común: la lucha de clases. Están las superestrellas, que despiertan la histeria de quienes nada saben del deporte y aparecen con frecuencia en la televisión y las revistas. Están los héroes de culto, que han vivido años de patear gente y entusiasman sólo a los eruditos más recalcitrantes (cuyo mayor orgullo es haber estado ahí cuando Cien Caras perdió la máscara). Luego vienen los dioses menores, dueños de una buena técnica, pero por los que no pagarías más de 60 pesos. En el fondo se encuentran los de a pie, que sirven para llenar los carteles o las antologías, quienes a pesar de sus cicatrices nunca van a poder salir de las arenas de provincia.

(A mí me toca luchar dos veces por semana y después de cada actuación pierdo un poco más de pelo).


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Máscara contra máscara.

 

Es que no le tuvieron paciencia

Don ramon

TENÍA QUE SER EL CHAVO DEL OCHO

Según un estudio en Ecuador, El Chavo del Ocho es el programa más violento en horario familiar de ese país, superando a series como Walker, Texas Ranger (con Chuck Norris), Los Soprano y Dragon Ball. El estudio fue realizado por la organización Participación Ciudadana, con el auspicio del Instituto Nacional de la Niñez y la Familia (Innfa) y contempló 110 programas de televisión y series animadas transmitidas entre las 07:00 y las 21:00 horas.

Los adultos encuestados para este estudio consideraron que doña Florinda daba demasiadas cachetadas a Don Ramón y que eso tarde o temprano iba a repercutir en la forma en que sus hijos tratarían a sus vecinos (sobre todo a los que eran desempleados o pobres). Uno no puede estar más de acuerdo con ellos: Chespirito es el diablo. Porque lo más peligroso del Chavo, según veo, no es que su violencia haya sido reiterativa (sucedía en cada capítulo y casi por los mismos motivos) sino que diera risa.
Para los encuestados –y esto es lo revelador- “era preferible una violencia que se demostrara como real, que una  manejada como ficción”. Es decir: optaban por que sus hijos vieran los auténticos efectos de la violencia (como aquellos comerciales de “El que le pega a una nos pega a todas”), a capítulos donde los golpes de Doña Florinda más que indignación provocaran carcajadas.
No sé por qué, 37 años después, sale a la luz esto, si siempre hemos sabido que El Chavo era un catálogo de malos ejemplos: demasiados niños en la vagancia, padres irresponsables que se escondían del casero, hijos manipuladores y familias absolutamente disfuncionales (nunca aparece ningún matrimonio completo). Sus valores eran la desidia (Don Ramón), la intolerancia (Doña Florinda), la arrogancia (Kiko) o la incompetencia (Jaimito el Cartero), ya no digamos la torpeza (El Chavo). En fin, que con tantos buenos modelos uno ya no se extraña por qué Chespirito era el cómico preferido de los capos latinoamericanos o por qué su éxito ha alcanzado para tres décadas: porque sus personajes se parecen a muchos de nuestros conocidos. 

     
     

 
QUÉ BRUTOS, PÓNGALES CERO

El juicio Ecuador vs El Chavo revela una de las mayores preocupaciones de los padres respecto a la televisión -que fomente la violencia-, pero más aún muestra que los estudios suelen calificar de violenta a casi cualquier cosa. Ya Gerard Jones, en su libro Matando monstruos había desarticulado los sesgos metodológicos que inclinaban los estudios de violencia y televisión hacia una respuesta previsible. Si son las organizaciones familiares quienes patrocinan esos estudios, ¿por qué no respaldar lo que siempre han creído: que la televisión violenta genera un comportamiento violento?

Pero resulta que todo lo que hemos visto en nuestra vida tiene alguna dosis de violencia, que en lugar de indignarnos, nos hace reír. Si un amigo se resbala a su lado, ¿lo primero que hace es prestarle auxilio o reírse? Ya sabemos, que carcajearnos hasta lagrimar. ¿Eso lo convierte en un sádico? Para nada. No es lo mismo ser acuchillado que caerse del columpio, en particular porque sabemos distinguir la herida del raspón, la violencia que realmente hace daño de la que no.

¿Por qué no pensar que los niños saben igual hacer esta distinción? Esencialmente porque la violencia televisiva sólo sucede en la ficción, nos da risa y para nada nos angustia. La civilidad, aunque necesaria, es bastante aburrida: nunca triunfaría un programa donde Silvestre y Piolín dirimieran sus diferencias debatiendo sobre la cadena alimenticia. Tomamos cierta violencia a broma porque sabemos que el Coyote se repondrá después de romperse los huesos en el fondo del desfiladero o que el gato Tom estará de nuevo sano y saludable en el siguiente capítulo luego de servir de camino para una aplanadora. Es por eso que la violencia ha acompañado al entretenimiento en todas nuestras épocas: llámese las caricaturas, las luchas, los videos de gente que se cae o los talk shows sobre maridos infieles que son descubiertos por sus esposas. 

     

 

TIENE USTED MUCHA BARRIGA, SEÑOR CRUELDAD

Las bromas de El Chavo, quien lo duda, son a veces tan inocentes como los chistes que traen las revistas cristianas. Sin embargo, en momentos de lucidez, Chespirito también hizo que su humor abordara la realidad con más crueldad que compasión. Y son precisamente esos atisbos de incorrección, lo más entrañable del programa.

Escena emblemática: Don Ramón no tiene dinero y está a la puerta de su casa llorando su desgracia. El Chavo acaba de recibir 10 pesos para barrer el patio de la vecindad, por lo que se encuentra escoba en mano y listo para iniciar su tarea. Sin embargo, al ver a Don Ramón tan triste, el Chavo decide, en un acto de humildad, darle su dinero. El papá de la Chilindrina le devuelve una mirada de agradecimiento. Dos segundos después, el Chavo le da la escoba y le dice: “Pero que quede bien limpiecito”.

Los mejores gags de El Chavo nos muestran lo peor de nosotros mismos. Por eso su violencia, más que irritante es divertida. 

 

BUENO, PERO NO SE ENOJEN

Un dato interesante. Para el 43% de los adultos encuestados en Ecuador, el Estado debe ser el protagonista de una prohibición de la programación violenta (es quien debe ponerle un alto al Chavo). Y en orden descendente, también deberían hacerlo los medios de comunicación, la familia y el sistema educativo. En fin, ya que el Estado no puede hacer nada para contener la violencia en la vida real, los padres consideran indispensable que por lo menos sea exitoso acabando con la violencia en la ficción.

Ahora una duda. Que haya demasiada violencia del mundo, ¿es un problema de la ficción o es un problema de la realidad? Entonces, ¿en dónde es más pertinente que se hagan los arreglos?

(Alguien debe estar pensando: Eso, eso, eso). 

     

Para quienes dudaban de El Chavo como un buen programa educativo.

El hombre que nadaba demasiado

Michael Phelps

Un estadunidense con una espalda tan ancha como una mantarraya se ha convertido en el nuevo héroe del mundo. Michael Phelps ganó las ocho medallas de oro que se le tenían pronosticadas para estos Juegos, y con ello fue nombrado el mejor deportista olímpico de todos los tiempos. ¿Y qué hace este nuevo superhombre para tener al mundo y a los medios besándole los pies? Sólo nadar. ¿Que lo hace rápido? Ni quien lo dude, pero ¿es suficiente eso para monopolizar la atención en los Juegos de Pekín, no digamos tener sobre sí todas las miradas del mundo?  
Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional, fascinado por los millones de dólares que ha significado el muchacho de Baltimore, lo ha explicado de esta manera: “Los Juegos Olímpicos se nutren de superhéroes. Está Jesse Owens, Paavo Nurmi, Carl Lewis y ahora Phelps. Y eso es lo que necesitamos”.
Ya sabemos que ahora para hacer historia no es necesario encabezar una revolución o tirarse del Castillo de Chapultepec envuelto en una bandera, basta únicamente con nadar muy rápido (o durante muchas horas, en caso de que seas senador campechano); también funciona correr como alma que lleva el diablo. En estos tiempos, el heroísmo sólo puede alcanzarse con cronómetro en mano.
Hay que reconocer que ahora queremos hombres rompiendo marcas, no importa si es de hacer buches por más tiempo o comer la mayor cantidad de chiles serranos. Amamos las cantidades, porque los números son un buen parámetro para comparar. ¿Cómo saber qué tan bueno ha sido un profesor? Por el número de alumnos aprobados. ¿Cómo examinar un informe de gobierno? Con cifras, millones invertidos, kilómetros pavimentados. Así calificamos a los hombres que triunfan, así a las grandes canciones (por si no se habían dado cuenta Forbes, Billboard o Sport Illustrated hablan siempre… de números).
Este universo de cifras, donde todo diagnóstico pasa siempre por la calculadora, es un lugar propicio para que nombres como los de Phelps (o Carlos Slim, en otro caso) se vuelvan conocidos. Se trata de héroes que viven para el ranking.
En una realidad de números, queremos marcas rotas y el nadador nacido en Baltimore no hizo más que darnos uno de esos récords que tardarán algunos años más en alcanzarse: ocho medallas de oro en una sola Olimpiada. Eso quiere decir que si Michael Phelps fuera mexicano (que se llamara, digamos, Maikol Pérez) su sola presencia hubiera significado un triunfo para toda la delegación, que podría presumir de haber regresado de Pekín con la mejor cosecha de preseas doradas de su historia.
Pero volvamos al punto de los nuevos héroes. ¿Por qué han sido especiales estas Olimpiadas? Porque nos ha tocado ver el nacimiento de una leyenda. Aunque sea una leyenda con ventaja porque, ¿en cuántas disciplinas se pueden obtener tantas medallas haciendo una sola cosa? ¿O es que acaso en el tenis hay categorías tales como “Pasto sin red”, “Arcilla bajo la lluvia”, “Cemento estilo matamosca”, “Dobles con red de barco atunero”? ¿A cuántas medallas podía aspirar Rafael Nadal, por ejemplo? No es casualidad que el referente inmediato del héroe a quien Phelps venció (Mark Spitz) haya sido también un nadador.
Pero bueno, lo que viene para el joven Phelps después de pulverizar algunos récords y aparecer en todas las portadas de los periódicos importantes del mundo es aprovechar la corriente de fama que le ha dejado Pekín y las ofertas de los genios de marketing que de seguro han estado marcando su número desde hace dos semanas.  A partir de ahora veremos si el hombre que nadaba demasiado da de qué hablar en los cuatro años que separan a esta Olimpiada de la siguiente, o si su nombre quedará olvidado hasta que aparezca un nuevo superhombre, capaz de acabar con los records del estadounidense y provocar que un espectador de la nueva generación comente: “Dice la tele que igualaron a Michael Phelps, ¿pero quién diablos es ese tal Phelps?”.

La vida: material para oficina

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Que The Office es una de las mejores series de la historia ni quien lo niegue. Sus capítulos suelen caminar en una cuerda floja brillantemente tendida entre lo cotidiano y lo excepcional. Como ejecución perfecta de la ficción, la obra creada por Ricky Gervais y Stephen Merchant concibe la tragedia de las mayorías: no hay muertes, no hay heroísmo, apenas hay vergüenza ajena, acaso una situación embarazosa. A lo más que llega una catástrofe civilizada es a un memorando roto del coraje.

La televisión ha esculcado el espacio privado desde sus primeros éxitos. Las familias han sido uno de los temas preferidos por su unidad de espacio: no importa cuántas historias nos sucedan en la calle, los sitios vacacionales o los bares, siempre volvemos al hogar. De ahí que sea rentable pensar en programas de seis temporadas, donde los personajes no cambien sino que simplemente se den el lujo de crecer un poco. 
 

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Aunque otros seriales abordaron el escenario laboral para hacer sus capítulos (hasta en México hubo un engendro llamado Mi secretaria), Gervais y Merchant llevaron esa premisa hasta sus últimas consecuencias. Aprovechando lo mismo recursos del documental que del reality show, exploraron la jornada laboral de una distribuidora de papel (ni siquiera un emporio, apenas una sucursal en Inglaterra), pero que en su entramado encierra la relación que existe en cualquier oficina. 

El trabajo es un espacio donde los seres humanos confluyen sin otros motivos más que la necesidad. Los personajes para este universo, por ende, son seres grises, comunes, altamente identificables en la nómina que firmamos cada quincena. Basar sus historias en las relaciones (aparentemente asépticas, pero turbias en lo profundo) de una oficina, dio a los realizadores de la serie una veta inagotable. Cumpliendo la regla estilística de Ernest Hemingway, The Office ha puesto frente al televidente icebergs cuya mejor parte permanece siempre bajo el agua.

Para cumplir con las etiquetas tenemos que decir que se trata de una comedia, pero es mucho más que eso. Sin risas de fondo, con un manejo extraordinario de los silencios, las pláticas banales, pero sobre todo sustentados en un elenco que a falta de superestrellas representa inmejorablemente a los hombres sin atributos del último siglo, los argumentos de The Office se centran, en apariencia, en los conflictos de oficina, pero en el fondo rastrean las implicaciones de la convivencia humana.

El capítulo de presentación muestra al jefe David Brent tratando de lidiar con el anuncio de probables despidos en la compañía. Brent (interpretado de manera insuperable por el propio Gervais) representa a ese tipo de individuos que evitarías de no ser porque están a la cabeza del organigrama. Misógino, racista, vulgar, ególatra, busca a todas horas demostrar que es un jefe “buena onda”, alguien en sintonía con sus trabajadores, a quienes considera la prioridad de toda empresa. (Una de sus frases favoritas: “¿Cuál es la verdadera riqueza de una compañía? Su personal”). Tratando en todo momento de no perder la simpatía de sus subordinados, Brent vuelve una epopeya un asunto tan simple como elegir quien se va. Alguien preocupado porque su imagen de líder comprensivo nunca se borre, evade sus responsabilidades para con la compañía, porque es incapaz de enfrentar el más mínimo recorte de personal. David Brent es como esos presidentes populistas que no puede tomar medidas que afecten sus porcentajes de aceptación en la próxima encuesta.

En The Office todo parece ser tan increíblemente cotidiano que uno acaba por identificar esa oficina son su propia oficina. Se trata de compañeros sin muchas virtudes pero de sumo entrañables, dado que su patetismo nos toca. Gente solitaria, que desearía trabajar en otro lado, pero no puede. Ese soportar al jefe porque no les queda de otra los define. Uno de ellos (Tim) quiere superarse, la recepcionista (Dawn) pinta en sus ratos libres, pero no, siguen ahí, viviendo el tedioso infierno de despachar encargos de papel por el teléfono.


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The Office tiene dos versiones: la original inglesa (de la BBC) y la adaptación norteamericana (que compró NBC). Ambas están producidas por la dupla Gervais y Merchant, aunque los guiones de la versión americana corren a cuenta de otros escritores (algunos incluso, parte del casting de actores secundarios). Verlas con el fin de compararlas es otro ejercicio inútil: Ricky Gervais es único y el humor de su serie es más incorrecto, más lento, bucea el fastidio hasta dejar un sabor amargo cuando uno sale a la superficie. En los capítulos americanos hay más velocidad, el jefe (interpretado con bastante desenvoltura por Steve Carrell) llega pese a todo a crear empatía con el espectador. La The Office americana apostó además por dar mayor peso a los personajes secundarios (el contador, la recepcionista, el tipo de Recursos Humanos, etcétera), dada su intención de hacer más de dos temporadas (que es lo que duró la inglesa). Huelga decir que salió avante, con un producto que es probablemente la mejor comedia en la TV actual estadounidense. 

Los personajes de televisión consuman el mismo ritual de nuestros compañeros de la oficina: nos los encontramos cada día o semana a determinada hora para cumplir cada uno con su trabajo. Pero The Office ha ido un poco más allá: explotando los mejores recursos de la televisión, ha dicho más de la realidad que los shows sobre personas reales. En su teatro del tedio, ha dispuesto de los elementos necesarios para terminar viendo a nuestras propias oficinas y vidas como ficción. Más que nunca, ahora podremos pasar situaciones que merecerían la frase: “Esto bien podría ser una serie”.

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                              Para bajar la serie, clikea aquí.

 
Ahora un capítulo de la versión americana. Es la única que he encontrado subtitulada para ver en línea.


www.Tu.tv

     
www.Tu.tv 

     
www.Tu.tv

Para más capítulos de The Office (versión estadounidense) completos y subtitulados, clikea acá.

Más alto, más rápido, más fuerte

Más alto, más rápido, más fuerte

Decir que vemos los Juegos Olímpicos para emocionarnos del espíritu competitivo es como decir que vemos una porno para desentrañar el misterio del erotismo. No: en realidad nos entusiasman los cuerpos extranjeros haciendo proezas que sólo los norteamericanos, los alemanes y con frecuencia los asiáticos pueden hacer. En la medida que nos muestran a alguien que no somos nosotros, las Olimpiadas se vuelven atractivas, lo mismo que el cine triple X.

En esta edición, los Olímpicos tuvieron el encanto de desarrollarse en un país del que sabíamos muy pocas cosas, salvo que fabricaban lo mismo sombrillas y electrodomésticos que guitarras de Paracho y que la procreación se les daba con la misma eficacia que la manufactura. Fuera de eso –de los estragos que su economía y su demografía producían sobre las nuestras-, la China actual era un misterio.

“Lo último del cine chino que vi fue ‘Mulan’”, dijo el sábado un amigo, mientras mirábamos las competencias de natación en la TV.

Yo quería contar que sabía tan poco de China, que sólo tres días antes de la inauguración olímpica supe que Beijing era en realidad Pekín, y todo porque los idiotas de las televisoras habían difundido el nombre en chino como si se tratara de otra ciudad. No dije nada porque en ese preciso instante entró otro amigo diciendo: “Compré unas botanas acordes al evento” y nos mostró un paquete gigante de cacahuates japoneses. Entonces me di cuenta que nosotros veíamos Asia de la misma manera que el resto del mundo veía Latinoamérica: como un bloque cultural donde todos los vecinos se parecían demasiado entre sí.

Que los chinos estuvieran colapsando el mercado mundial podía tomarse como el pretexto perfecto para que su ciudad capital concentrara a atletas de todas las nacionalidades peleando –como los países que representaban- el oro. Como metáfora del mundo, las Olimpiadas habían exhibido la hipocresía de la sociabilidad: nos abrazamos y felicitamos, pero sólo después de habernos destrozado sobre la cancha.

 Lo peor de las Olimpiadas es que permiten corroborar la regla que rige al capitalismo: que Estados Unidos y China arrasan con las tablas y cualquier entrometido –digamos un africano de esos que corren mucho y son incapaces de manchar siquiera de sudor sus camisetas- es percibido como un héroe, precisamente porque representa el desagravio del tercer mundo. ¿Y nuestro país? Como sucede con sus estimaciones económicas, México fue con más esperanzas que competitividad y se ha conformado con que sus deportistas rompan récords nacionales, aún así no les alcance para pasar de las primeras eliminatorias.

Los Olímpicos son una buena parábola de lo que sucede con la economía: da la impresión de que las condiciones son equitativas para la contienda, pero no se trata sino de un espejismo, en tanto hay más cosas detrás de un medallista que el mero coraje y amor a la bandera, al igual que la sola calidad no explica un producto de ganancias millonarias. Unos países se apoyan en los subsidios, otros en la tradición, unos más en la raza y aunque todos reprueben el uso de sustancias, nadie se ha atrevido a negar lo mucho que han servido tanto al deporte como al mercado.  (¿O acaso soy el único que piensa que tanto récord pulverizado tiene explicaciones químicas, a menos que todas las superpotencias enviaran replicantes en lugar de atletas?)

En un divertido artículo, José Israel Carranza cifra la pregunta exacta que define mi fascinación por las justas olímpicas: “¿En qué momento de su vida un niño decide que será lanzador de martillo?” La jabalina, el disco, la bala son ese tipo de vocaciones para las cuales hay que tener muchos problemas o haber nacido en regiones sin televisión y sin mayor esperanza en la vida que manejar máquinas simples. Son esos deportes sin glamour los que mejor concretan la imagen básica de las Olimpiadas. Son ejercicios clásicos, llenos de tipos gruesísimos, que parecen trabajar en aserraderos para ganarse la vida. Es, en fin, lo más alejado a las competencias redituables, como el futbol o el baloncesto, que abrigan lo mismo a metrosexuales salidos de comerciales de desodorantes, que a hombres con más tatuajes en la piel que grafitis en un baño. Me agradan esas competencias que  son difíciles de considerar un espectáculo, porque en este mundo moderno, casi nada puede no serlo.

En cambio, lo que menos me gusta de las Olimpiadas es el nacionalismo a ultranza: las ceremonias de premiación, donde el ganador del oro entona su himno nacional con la mirada perdida en algún recuerdo familiar. Como los escritores, no representan nada, son meros individuos, provenientes de países donde la mayor parte de la gente no es como ellos. Los Olímpicos premian la excepción: esa es su naturaleza. ¿Qué importa entonces que se trate de un ugandés, de un italiano o un brasileño?

Al tiempo que celebra el triunfo, el nacionalismo sirve para justificar la derrota. Se vuelve una idea tenaz como la de que los clavadistas mexicanos merecen mejores calificaciones o que los jueces están obsesionados con la flotación de nuestros marchistas. El nacionalismo es una voz como la de Julio César Chávez que en lugar de provenir de la televisión, proviene de la conciencia y dice: “Hey, ¡no le están contando los puntos al mexicano!”.

Una actividad física inherente a las Olimpiadas es el zapeo. Ningún otro ejercicio une al mundo tanto como el recorrer cada 30 segundos los canales de cable y contemplar un set de tenis, e inmediatamente después un inning del beisbol. Las competencias olímpicas son como las notas de guerra: no soportamos más de cinco minutos por enfrentamiento. En fin que los Olímpicos volverán a darnos más clases de geografía que de historia y nos hablarán de un mundo donde los únicos hechos lamentables entre países son las caídas vergonzosas de la barra fija.