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Tediósfera

La vida: material para oficina

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Que The Office es una de las mejores series de la historia ni quien lo niegue. Sus capítulos suelen caminar en una cuerda floja brillantemente tendida entre lo cotidiano y lo excepcional. Como ejecución perfecta de la ficción, la obra creada por Ricky Gervais y Stephen Merchant concibe la tragedia de las mayorías: no hay muertes, no hay heroísmo, apenas hay vergüenza ajena, acaso una situación embarazosa. A lo más que llega una catástrofe civilizada es a un memorando roto del coraje.

La televisión ha esculcado el espacio privado desde sus primeros éxitos. Las familias han sido uno de los temas preferidos por su unidad de espacio: no importa cuántas historias nos sucedan en la calle, los sitios vacacionales o los bares, siempre volvemos al hogar. De ahí que sea rentable pensar en programas de seis temporadas, donde los personajes no cambien sino que simplemente se den el lujo de crecer un poco. 
 

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Aunque otros seriales abordaron el escenario laboral para hacer sus capítulos (hasta en México hubo un engendro llamado Mi secretaria), Gervais y Merchant llevaron esa premisa hasta sus últimas consecuencias. Aprovechando lo mismo recursos del documental que del reality show, exploraron la jornada laboral de una distribuidora de papel (ni siquiera un emporio, apenas una sucursal en Inglaterra), pero que en su entramado encierra la relación que existe en cualquier oficina. 

El trabajo es un espacio donde los seres humanos confluyen sin otros motivos más que la necesidad. Los personajes para este universo, por ende, son seres grises, comunes, altamente identificables en la nómina que firmamos cada quincena. Basar sus historias en las relaciones (aparentemente asépticas, pero turbias en lo profundo) de una oficina, dio a los realizadores de la serie una veta inagotable. Cumpliendo la regla estilística de Ernest Hemingway, The Office ha puesto frente al televidente icebergs cuya mejor parte permanece siempre bajo el agua.

Para cumplir con las etiquetas tenemos que decir que se trata de una comedia, pero es mucho más que eso. Sin risas de fondo, con un manejo extraordinario de los silencios, las pláticas banales, pero sobre todo sustentados en un elenco que a falta de superestrellas representa inmejorablemente a los hombres sin atributos del último siglo, los argumentos de The Office se centran, en apariencia, en los conflictos de oficina, pero en el fondo rastrean las implicaciones de la convivencia humana.

El capítulo de presentación muestra al jefe David Brent tratando de lidiar con el anuncio de probables despidos en la compañía. Brent (interpretado de manera insuperable por el propio Gervais) representa a ese tipo de individuos que evitarías de no ser porque están a la cabeza del organigrama. Misógino, racista, vulgar, ególatra, busca a todas horas demostrar que es un jefe “buena onda”, alguien en sintonía con sus trabajadores, a quienes considera la prioridad de toda empresa. (Una de sus frases favoritas: “¿Cuál es la verdadera riqueza de una compañía? Su personal”). Tratando en todo momento de no perder la simpatía de sus subordinados, Brent vuelve una epopeya un asunto tan simple como elegir quien se va. Alguien preocupado porque su imagen de líder comprensivo nunca se borre, evade sus responsabilidades para con la compañía, porque es incapaz de enfrentar el más mínimo recorte de personal. David Brent es como esos presidentes populistas que no puede tomar medidas que afecten sus porcentajes de aceptación en la próxima encuesta.

En The Office todo parece ser tan increíblemente cotidiano que uno acaba por identificar esa oficina son su propia oficina. Se trata de compañeros sin muchas virtudes pero de sumo entrañables, dado que su patetismo nos toca. Gente solitaria, que desearía trabajar en otro lado, pero no puede. Ese soportar al jefe porque no les queda de otra los define. Uno de ellos (Tim) quiere superarse, la recepcionista (Dawn) pinta en sus ratos libres, pero no, siguen ahí, viviendo el tedioso infierno de despachar encargos de papel por el teléfono.


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The Office tiene dos versiones: la original inglesa (de la BBC) y la adaptación norteamericana (que compró NBC). Ambas están producidas por la dupla Gervais y Merchant, aunque los guiones de la versión americana corren a cuenta de otros escritores (algunos incluso, parte del casting de actores secundarios). Verlas con el fin de compararlas es otro ejercicio inútil: Ricky Gervais es único y el humor de su serie es más incorrecto, más lento, bucea el fastidio hasta dejar un sabor amargo cuando uno sale a la superficie. En los capítulos americanos hay más velocidad, el jefe (interpretado con bastante desenvoltura por Steve Carrell) llega pese a todo a crear empatía con el espectador. La The Office americana apostó además por dar mayor peso a los personajes secundarios (el contador, la recepcionista, el tipo de Recursos Humanos, etcétera), dada su intención de hacer más de dos temporadas (que es lo que duró la inglesa). Huelga decir que salió avante, con un producto que es probablemente la mejor comedia en la TV actual estadounidense. 

Los personajes de televisión consuman el mismo ritual de nuestros compañeros de la oficina: nos los encontramos cada día o semana a determinada hora para cumplir cada uno con su trabajo. Pero The Office ha ido un poco más allá: explotando los mejores recursos de la televisión, ha dicho más de la realidad que los shows sobre personas reales. En su teatro del tedio, ha dispuesto de los elementos necesarios para terminar viendo a nuestras propias oficinas y vidas como ficción. Más que nunca, ahora podremos pasar situaciones que merecerían la frase: “Esto bien podría ser una serie”.

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                              Para bajar la serie, clikea aquí.

 
Ahora un capítulo de la versión americana. Es la única que he encontrado subtitulada para ver en línea.


www.Tu.tv

     
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Para más capítulos de The Office (versión estadounidense) completos y subtitulados, clikea acá.

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1 comentario

rodrigo solís -

Obras maestras. Literatura pura llevada a la TV.
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