Blogia

Tediósfera

Invitación al Quijote

Invitación al Quijote

El Quijote es uno de esos libros que todos merecemos leer y que todos tenemos terror de que nos obliguen a leer. Los Clásicos, como Dios, inspiran temor y respeto (quizás más lo primero que lo segundo). Tanto incienso, tanto elogio acumulado como polvo con los años, tiende a veces a sembrar dudas sobre la vitalidad de una obra. Cierto, al leer un Clásico hay que tomar en cuenta el peso de la época, las palabras tan distintas, el contexto de los personajes, el cúmulo de comentadores que nos hablan desde sus propios libros y que intentan explicarnos lo que nosotros no vemos al primer encuentro. Pero un libro trascendente, y no hay duda que el Quijote lo es, nos habla también desde nuestro propio tiempo. Nos dice cosas completamente legibles para cualquier época y cualquier idioma. Es siempre nuestro contemporáneo.

Lo mismo para el cuerpo que para la lectura, el grosor nos angustia. Los libros obesos, a menos que sean de Macroeconomía o Contabilidad, parecen inútiles por definición. Si incluso al Lazarillo de Tormes lo vemos con desconfianza, qué decir de las ochocientas o mil páginas del Quijote. Vaya flojera. Y todavía con esas letras tan pequeñas y tan pegadas las unas a las otras. No temamos confesar que cada que vemos letras pequeñas pensamos en los Testigos de Jehová haciéndonos leer la Biblia a las puertas de nuestras casas un domingo en la mañana. Y sí, después de la asociación mental, empezamos a bostezar. 

Pero el Quijote es más que un libro reverenciado hasta el cansancio por nuestros profesores, que dicho sea de paso, tampoco lo han leído. Es un libro divertido. Y es un libro que contiene escenas maravillosamente escatológicas que harían parecer una monja a Tom Green o a los hermanos Wayans. Porque Cervantes tuvo la genialidad necesaria (como también la tuvo Rebelais) para que los gases intestinales o los vómitos fueran materia literaria, incluso para una época, como la actual, en la que la mayoría de la gente cree que lo literario es sólo lo que “dignifica” (y para quienes lo escatológico es propiedad privada del cine basura). Olvidan estos señores que los seres humanos tenemos cuerpo y que nuestro cuerpo comúnmente nos somete a sus propias exigencias. Y eso no lo ignoró Cervantes ni Quevedo (ni tampoco lo ignoró Montaigne, capaz de decir que “cagan los reyes, los filósofos y también las damas”). Por eso el Quijote contiene lo más sublime y lo más terreno del hombre, las contradicciones entre lo que se quiere ser y se es. Entretenido y aburrido, como la vida; solemne y ridículo. Es un libro cruel y también lleno de nobleza, uno de esos textos donde uno no puede ser ya el mismo después del punto final.

Los libros que cambian vidas no hablan de juventudes en éxtasis ni desentrañan el misterio de quién se ha llevado nuestro queso. No brindan recetas para ser exitosos ni son instructivos para la familia, ese electrodoméstico cuyo funcionamiento no acabamos nunca de entender. Los grandes libros tan sólo nos dicen algo al oído y nos hacen volver a la realidad irremediablemente contagiados por sus palabras, convencidos acaso de que leer no es evadirse, de que sin ficción la vida sería una terrible mentira. Se regresa de los Clásicos como se regresa de hacer el amor: agotados, tal vez, pero con una amplia sonrisa.

¿Es bueno hablar de Cervantes en estos días, un año después del éxtasis que supuso la celebración casi unánime por los cuatrocientos años de su imprescindible novela?  Puede ser, pero no del todo. Más importante me parece contribuir al contagio de otra lectura inservible para el semestre, de un texto que ni siquiera te mejorará el vocabulario (a menos que empieces a decir yantar en lugar de comer). Esta invitación se propone apenas favorecer a ese inexplicable proceso en que un título (un lomo grueso en el anaquel) se vuelve un libro.

Es mucho pedir, quizás, enfrentarse de principio a fin (y sin parar) al mayor monumento a la imaginación que se haya escrito en nuestra lengua; pero, como dice J. M. García Magaña, para comenzar sólo se necesita una cosa: comenzar.

  

Los puntos sobre La I

Los puntos sobre La I

Imagine la siguiente escena: El microbús en el que usted se encuentra va a atravesar un cruce sumamente complicado. Por cuidar su extrema izquierda, el conductor del colectivo no advierte que del lado contrario un camión de cervezas acaba de ignorar la luz roja. Apenas a tiempo para reaccionar, el chofer maniobra para que la desgracia no acontezca. El camión de cervezas pasa de largo, sin que el responsable demuestre una mínima preocupación. Entre el estupor de los pasajeros, el ayudante le dice al conductor: “Mare, varón, íbamos a salir en La I. ¿Te imaginas? Diría algo así como EL ALCOHOL LOS MATÓ Y ESO QUE NO ESTABAN EBRIOS”. Usted suelta una risa nerviosa. El microbús se integra a su ruta acostumbrada. Disolución.

Más que cualquier otro medio escrito, La I ha trazado un camino certero para identificarse con las desgracias que ocurren a la vuelta de la esquina. De los pleitos entre amasios a la comunicación con los fantasmas, el periódico que “llena” y “entiende” ha explotado mejor que nadie eso que Jorge Ibargüengoitia llamó la Ley del horror aceptable: “El interés de una noticia está en razón directa al cuadrado del horror que contiene e inversa de la distancia a la que ocurren los hechos”. En otras palabras: la fotografía de la tragedia causa mayor impresión si podemos llegar al escenario a pie.

“¡Aaaaah! ¡Por suerte el mundo queda tan, tan lejos!”, dice Susanita, aquel personaje de Mafalda, ante páginas que hablan de pobreza y guerra. La objetividad de los periódicos “serios” ha producido también el efecto de lejanía. Los dramas impactantes (los de cientos de damnificados) conmueven a sus lectores sólo en la medida en que éstos agradecen que no hayan sucedido “tan cerca” como para dañar sus antenas de aire. A diferencia de ellos, La I y otros periódicos populares circunscriben a sus lectores a una geografía donde el vecino roba soguillas a las ancianitas y tiene un rastro clandestino en el traspatio.

Los diarios de seriedad objetiva buscan incidir en dos mundos: el de la gente común y el de la política. No obstante, el teatro de la política se mueve con hilos tan delgados que el ciudadano común apenas alcanza a maldecirlos. Pareciera que para los periódicos serios, los seres habituales sólo son importantes si hablan de las promesas incumplidas de sus gobernantes; como si el contexto siempre corroborara la opinión política del director general. Pero en La I la presencia mínima de “actores políticos” es ejemplar. Lo cual significa que la vida continúa de pie sin el microcosmos de los funcionarios y sus palabras y que es posible sustituir las opiniones vacías de los políticos por las opiniones vacías de cualquiera. Si la insistencia con que los periódicos serios usan los sinónimos “dijo”, “agregó”, “afirmó”, “puntualizó” y “aseguró” es el remanente de una tradición que ha girado en torno a las declaraciones de quienes han patrocinado dichos medios, en La I, como en las encuestas, lo que dice la gente común y corriente vale en tanto el cúmulo de opiniones no sólo corrobora los lugares comunes sino que da la apariencia de realidad. 

Pensemos que ningún otro medio ha vendido con tanto éxito el murmullo de la ciudad a precio de escándalo al mismo tiempo que ha protagonizado su propia polémica. Su nota acerca de dos supuestas trabajadoras sexuales en el mercado público y la consecuente denuncia por difamación los volvió un referente. (Un amigo me comentó que corrían rumores acerca del sistema de contratación en La I: “Te sientan frente a cinco señoras y te piden que identifiques cuáles son prostitutas y cuáles no. Si respondes que todas, te contratan”).

Comentarios de este tipo acerca del fenómeno de La I me han hecho escribir este artículo. Me ha impulsado también la fantasía de otros medios que evitan a toda costa ser como La I, pero que quisieran experimentar ese crecimiento casi instantáneo de consumidores. Porque, sin lugar a dudas, la estructura del rotativo no sólo ha evidenciado en pocos meses la pirámide de necesidades de miles de lectores sino que ha condensado en sus páginas las secciones más leídas de los otros diarios: Policía, Deportes y Espectáculos, con una forma de hablar de las tragedias que podría definirse como “softgore”. Un estilo suavizado de ver la sangre. Un Alarma! sin advertencias de edad, con láminas escolares y recetas de cocina.

Quizás el elemento más identificable de La I sean sus titulares, cumpliendo una regla que se aplica a cualquier diario. Encabezar una noticia es manipular la realidad punto de hacerla redituable. Ya sea bajo el disfraz de la objetividad o del sensacionalismo, el titular es el atractivo a distancia de un periódico, y en diarios como La I, las fórmulas suelen ser variadas, a saber:

1. Humor + Horror + Exigencias de la Unesco

PATRIMONIO Y MORTAJA DEL CIELO BAJAN: Se puede usar cuando el techo de una casa colonial se le caiga encima a alguien. Se aderezará la información con los documentos del INAH que impidieron modificaciones en la vivienda.

2. Indignación + Narcotráfico + Cultura cinematográfica

UNA VIDA DE PELÍCULA (PERO DE LOS HERMANOS ALMADA): Se utilizará ante las confesiones de un policía corrupto que acaba de caer en manos de la ley.

3. Problemas viales + Dinero del Erario + Espectáculo de Carnaval

Y VAYA QUE SE LLEVÓ UN PEDAZO DE CAMPECHE: Este encabezado se referirá  a los problemas de no haber terminado una obra pública, por pagarle al artista contratado para cantar en el Carnaval.

4. Amor animal + Horror + Nombre de extinto Talk show

HASTA EN LAS MEJORES ZOOFILIAS: Se usará cuando una mascota, en apariencia amorosa, ataque inexplicablemente a su dueño cuando éste anuncie en su casa los preparativos para su boda.

5. Tecnología para todos + Compañías trasnacionales + Palabras del uso común

MAITROSOFT: Cuando las empresas de computación hagan programas tan sencillos que puedan ser utilizados incluso por quienes no saben sacar dinero del cajero.

  

Dadas las cosas, a nadie debería extrañar que un día de éstos se formule un nuevo axioma de celebridad: “En un futuro no muy lejano todos podremos salir en La I por lo menos una vez”. 

Ría Mística

Ría Mística

Por muchos años en Campeche, la Ría fue la hendidura de la cual quejarse, aunque ya no doliera. La fisura de la vergüenza, una imagen del interior, como si esta ciudad expusiera en sus desechos la vida que corría por sus venas.

Yo tengo otras imágenes de ella: la primera, la del lugar amoroso. No es difícil explicarlo: del otro lado de la avenida vivía una compañera de la prepa que me gustaba; por algunos meses pensé en la Ría como en el escenario de nuestros encuentros (los puentes tienen ese halo romántico, de filme neoyorquino, aunque sepamos que abajo habitan seres inclasificables). Tampoco es difícil suponer el desenlace: la telenovela de mi adolescencia se quedó sin protagonistas cuando la chica y yo acabamos siendo amigos, en la triste frontera donde no hay emociones para el tacto. Por semanas, miré el desagüe con nostalgia; busqué el silencio para experimentar los primeros masoquismos de la memoria y su pregunta incontestable: qué sucedió. Sin embargo, es bien sabido que los cruces sin semáforos son la válvula de escape de los automovilistas y los cláxones me devolvieron a una realidad donde no cabía el ensimismamiento. Para cientos de conductores, el puente de la Ría sólo proporcionaba motivos para pensar en la maternidad ajena en horas pico.   

Pensé en otras historias. En el día memorable en que el microbús se detuvo ante un tumulto de curiosos. El motivo llevaba la rúbrica de una cinta de terror: un cocodrilo andaba suelto en la Ría. Pensé en Alligator y en otras fantasías cinematográficas que trataban de animales recorriendo nuestras alcantarillas. En los tiempos en que asistía a la escuela marista, encontré con frecuencia a personas lanzando anzuelos en esas aguas. Siempre tuve interés en saber qué especies se criarían en tal hábitat.

A la Ría también llegaron los desechos de palabras. La recorrí muchos meses con la atención puesta en los mensajes sobre el concreto. El ayuntamiento le apostó a la blancura, pero los jóvenes vándalos creyeron más en la libertad ganada a gritos de aerosol. Como en la prosa de Bukowski, la obscenidad deliberada se encontró con la literatura: “Puto miedo”, dice un letrero escondido en la multitud de nombres y firmas, con los trazos indecisos de quien está al borde de algo. Yo aventuro dos o tres hipótesis. Me quedo con la que más habla de mí.  

El cruce con la calle catorce, me recuerda, por otro lado, los ensayos del grupo de rock; la casa de la esquina donde podíamos escuchar las conversaciones de los taxistas porque el amplificador de guitarra captaba las ondas de radio. La ventana del cuarto de ensayo, esa dosis de realidad que yo tomaba entre canción y canción, tenía al desagüe como única  fotografía, el póster panorámico que no acababa de irse. Desde el segundo piso, las aceras daban impresiones de absoluta simplicidad: cuatro líneas de cemento recorridas a diario por seres indefensos (quizás por eso los superhéroes ven la ciudad desde las azoteas: porque, desde arriba, todos damos la impresión de necesitar ayuda). Yo tocaba como si aportara el soundtrack de la película, como si la música fuera el único suceso importante en la cada vez más aplastante rutina de los otros.

Hoy contemplo alambrados, máquinas, trabajadores. Las vértebras gigantes de una futura tubería. En este tramo interrumpido, con lodo en los zapatos o la mirada puesta en un árbol caído, Gabriela y yo hemos sentenciado: “Campeche es la maqueta de una ciudad que aún no se construye”. La frase es inexacta, odiosa y apasionada. Terminada la adolescencia, uno extraña hasta las marcas del acné y eso me sucede también con el desagüe en cuestión. Apenas si puedo pensar que es feo, mal oliente e innecesario (tres virtudes, vaya coincidencia, de quienes no somos metrosexuales), pero reconozco por igual que su progreso desfigura mi paisaje cotidiano. Lo siento: en la lenta ciudad donde vivo, la nostalgia de cada generación se atiene a cualquier cosa que esté a punto de desaparecer.  

Una vez cubierta la Ría, tendrá nombre de avenida, lo cual no deja de ser triste para quienes hemos usado la palabra “Ría” como referencia todos estos años. De manera oficial la avenida llevaba ya un nombre, ciertamente injusto, porque en México, la geografía urbana obtiene por decreto sus nomenclaturas (la cotidianidad es más práctica: usa cualquier cantidad de trampas para sortear la falta de ubicación). Para mí la Francisco I. Madero será siempre la Ría, la ruta del camión que he transitado por años. Su historia será también el compendio de postales desde el transporte urbano: el diario deambular de los estudiantes de secundaria, la sucesión de comercios que nunca alcancé a recordar cuando los necesitaba. El autobús nos familiariza con una ciudad que excluyen las guías turísticas (a medio camino entre el tedio y la fealdad) mientras hace vibrar nuestro rostro apoyado en la ventana. Concibo este artículo, con la mirada repartida entre el mundo de afuera y el de adentro. Cerca de mí, letras temblorosas hablan de un Romel al que nunca conoceré a pesar de su nombre escrito en todos los respaldos, el conductor sube el volumen de su reproductor de casetes, la chica del último asiento me comparte sus audífonos y la sinfonía del hombre común parece componerse de ejecuciones que nada tienen que ver unas con otras.

Pido parada. El tope del parque (“Francisco I. Madero”, otra vez) ha sido hasta ahora mi aliado cuando se trata de que un autobús se detenga. Caigo sobre un charco. El busto irreconocible del héroe (viví engañado toda mi infancia pensando que se trataba de un músico) contempla mi ridículo desde lo alto. El lugar es oscuro, con juegos infantiles en el abandono (un columpio en la penumbra es eficaz sólo si aparece en Poltergeist). Cerca, niños practican futbol en un campo improvisado. Las bancas transmiten las vibraciones del asfalto; sobre ellas, parejas buscan sacudimientos interiores. He caminado cientos de veces la misma trayectoria de regreso y hasta ahora el escenario me hace imaginar una ciudad donde sólo lo feo es entrañable. Llego a la puerta de mi domicilio. Antes de meter la llave por la cerradura, me convenzo de que es necesario escribir un réquiem. Los zapatos enlodados sobre el tapete son la última señal de un paisaje que se ha ido conmigo a casa.

In memoriam 'Pajarito'

In memoriam 'Pajarito'

Dicen que ha sido el incidente más sorpresivo en toda la historia de los espectáculos salvajes, desde que un cristiano saltó a las gradas del Coliseo romano allá por el siglo III: “Pajarito” causó terror en la Plaza México al volar un domingo 29 de enero de 2006 sobre las barreras de la sombra y caer en el primer tendido repleto de aficionados a la fiesta brava.  Que el segundo toro de la tarde se robe los titulares que debieron ser para Pablo Hermoso de Mendoza es de subrayarse, en tanto sólo el Diario de Navarra (de donde es el rejoneador) destacó sobre todos los hechos la “sublime” actuación del jinete estellés.

Los medios reconstruyeron el suceso con precisión numérica. Gracias a ellos, pudimos saber que en los 60 años de vida de la Plaza México es la primera vez en que un toro de 503 kilos de peso libra una altura de 2.26 metros y una distancia de 2.22 metros para lesionar a 7 personas en 120 segundos y luego morir entre las sillas 97 y 98. (Informaciones de El Universal, La Jornada y La Prensa). Por otro lado, las cámaras de televisión mostraron escenas más elocuentes que cualquier cifra: hombres corrieron despavoridos sin soltar sus vasos de cervezas, un anciano se tiró al callejón sólo para fracturarse la cadera, una mujer hizo un giro que en otra circunstancia hubiera parecido sugestivo. La pronta muerte del animal marcó el final de la noticia, mientras en la plaza, el pánico duró los suficientes minutos para recordarnos que la parte “brava” de la fiesta estaba en las graderías. Con silbidos el público exigió continuar con la corrida acaso para dejar en claro que la sangre que en verdad les interesaba no provenía del cuerpo de otros espectadores. 

Más allá de las historias paralelas de salvación y condena (la embajadora de España en México regaló su boleto a una mujer que más tarde resultó ser la persona más lesionada del percance), el vuelo de “Pajarito” proveyó la inmejorable oportunidad de un titular. Del “¡Ay, Buey!” al “Terror en la México”, los diarios quisieron dar cuenta de un suceso por demás único: “‘Pajarito’ les mete susto a aficionados”, “Azotó la res”, “Toro hace honor a su nombre”. Un periódico incluso confundió al empresario Andrés García (que también salió lastimado) con el célebre actor y encabezó su noticia: “Matan dos pájaros de un solo tiro”.  

Pocos seres vivos -fuera del ámbito político- han podido gozar de una cobertura periodística tan completa que se extienda incluso hasta su última morada. El vuelo póstumo del toro fue notificado desde las páginas de los diarios AM y El Universal: las carnes a un frigorífico de Atizapán, la piel a una tenería de León, Guanajuato y la cabeza a un puesto de tacos de ubicación incierta. Los hermanos Francisco y Sergio Hernández, propietarios de la ganadería de donde provino “Pajarito”, acabaron lamentándose de no haber pedido la cabeza del astado. “Es una equivocación imperdonable, fueron momentos de mucha incertidumbre y ni mi hermano ni yo pensamos en ese momento en la cabeza”, afirmó el ganadero, con ese tono de quien quiere recuperar aún el Código de Dresde.

Como si en algo intuyeran que “infancia es destino”, los criadores rastrearon el pasado del toro para entender sus motivaciones, pero nada hallaron. “Nunca tuvimos problemas con él”, declaró uno de ellos, “no acostumbraba a saltarse las cercas ni nada de eso”. Ese tipo de mansedumbre podría colocarlo en la categoría de los terroristas discretos, como el Unabomber; sin embargo, al final de sus explicaciones, los hermanos Hernández dejaron entrever cierto rasgo de conmiseración: “‘Pajarito’ demostró su nobleza en el tendido, donde incluso buscaba la salida sin tirar cornadas”.

Gabriela Aguilar, editora de una sección deportiva, esgrimió un alegato a favor de esa hipótesis: “‘Pajarito’ el toro es inocente”, apuntó en su pase fotográfico a la página 4. Su opinión confirmó en cierto modo que nuestro país es propenso a simpatizar con animales que están demasiado cerca de la civilización, ya sea el Oso Panda o la orca Keiko. Desde otras páginas, Marielena Hoyo secundó esa conjetura al destacar en un artículo “los cojones de un toro que enfrentó su destino como le dio la gana”. Siempre próxima la escena de un gorila que cae el Empire State, buscamos un significado a la muerte del burel. “No fue el estoque lo que mató a la bestia”, diría el epílogo de esta película, “fue el ansia de libertad”.

Nada es real excepto la música

Nada es real excepto la música

Para Gabriela, por supuesto  

1.

Eric descubrió que había llegado a su completa madurez cuando no pudo recordar a qué sonaba Transmetal. Aquella mañana vio el cartel de la banda en un aparador y las rojas letras puntiagudas sobre el fondo negro lo devolvieron a una época donde todas las mujeres eran irreales, las matemáticas imposibles y existía un programa llamado Headbangers.  ¿Qué notas le hacían mover su larga cabellera de ese entonces?, se preguntó mientras iba rumbo a su trabajo. Podía mencionar decenas de bandas, cientos de títulos de canciones, pero la música se le había esfumado en alguna parte de su nostalgia; de pronto, como si se encontrara ante un diagnóstico de Alzheimer, tuvo que reconocer que la vida se le estaba haciendo solo de palabras. “No sé qué me pasa”, fue su último dictamen antes de extrañar aquella vieja caja de casetes que había tirado su mamá. “Tengo más posibilidades de recordar a Ace of Base, que la música que en realidad me gustaba”.

  

2.

 “Es suficiente que un grupo de rock se vuelva famoso para que deje de gustarme”, había sentenciado Juan Manuel antes de que el álbum “Versus” de su ex grupo favorito, Pearl Jam, vendiera un millón de copias en una semana. En su momento de mayor felicidad, a principios de la década de los noventa, JM despreció a sus convencionales vecinos que escuchaban artistas prefabricados y más de las veces sintió que la auténtica tristeza no estaba al alcance de las masas. “La música verdadera es como el aire puro, así de vital; por desgracia a la mayoría de la gente sólo le interesa el aire acondicionado”, afirmó en una metáfora tan afortunada que llegó a mencionarla decenas de veces durante las reuniones. El tiempo pasó y casi sin darse cuenta, JM llegó a los treinta y dos años, con un hijo pequeño, un empleo mal pagado y una mujer incapaz de escuchar una canción de Luis Miguel sin ponerse surrealista. “La gente necesita aire para vivir, no importa si lo que respira proviene del DF”, fue su explicación -durante el almuerzo- a una pregunta que nadie le había formulado.

  

3.

Adrián tocaba la batería como una forma de experiencia religiosa, por lo menos desde que descubrió el placer de robar imágenes sacras. Cada tarde, tras practicar aquel redoble que parecía provenir de la Carta a los Tesalonicenses, rezaba por reunir en ese cuarto de ensayo a los doce apóstoles alrededor de un bombo que siempre tuvo la medida conveniente para transportar santos. Nadie descubrió sus cleptomanías hasta que a sus vecinos se les hizo sospechoso ese Simón Pedro bendiciendo perpetuamente el balcón. Cuando la policía entró al cuarto, el baterista acababa de ejecutar su canción favorita: “Los dioses ocultos”. “La religión es el opio de los músicos”, sentenció el abogado que lo acompañó a la patrulla, antes de comparar a Adrián con Nelson Ned.

  

4. 

“¿Cuántas cosas no hace la gente por culpa de la música?”, cuestionó Alonso durante el decomiso. La lista era larga, pero el agente de la AFI no quiso escucharla completa, aún así incluyera actividades que él mismo hacía, como silbar, grabar videos de la tele, comprar piratería, usar audífonos durante las conferencias, tamborilear mientras llegaba el mesero, comprar piratería, bajar música de Internet, hacer compilados, cantar en un inglés inexistente, comprar piratería, asistir a los bares karaoke, aprender “Don’t Cry” en la guitarra, emborracharse, sufrir por lo menos un desamor al año.

  

5. 

Pastor pensaba que los roqueros ahora necesitaban más diccionarios especializados que los entomólogos. Por eso, fechó su primera humillación musical cuando no supo distinguir el sadocore del epic gothic metal, durante una reunión que supuso un diccionario más: el de herbolaria. La música, que para él era una vibración en el intestino, ahora necesitaba de erudición y de vocabularios, algo tan propio de personas que él odiaba como los jazzistas, capaces de formar palabras como “semicorchea” en los juegos de Scrabble. Por un momento dudó de si no se trataba de puro y vil resentimiento contra un mundo hecho de definiciones y descubrió que en su diccionario íntimo para entender el mundo, la música servía para precisar la realidad. El arrebato de aquel momento, por ejemplo, sólo podía tararearse con aquel primer disco de Metallica (no de Pantera, no de Sepultura), cuya traducción nunca supo del todo. 

   

6.  

Desde el inicio de la fiesta, Lety había tenido una sola pregunta en la cabeza: “¿Cuántas pastillas son necesarias para que la música electrónica me resulte soportable?” Educada en la arcaica idea de que toda canción necesita de melodía, ritmo y armonía (aparentemente en el mismo compás), la joven sicóloga no alcanzaba a comprender la frenética fascinación de sus amigos por las celebraciones “rave”. “La música electrónica es como una mancha de Rorschach”, le explicó a punto de caerse, uno de sus más impetuosos profesores de la facultad. “Significa lo que tú necesites. ¿Ya? Ponle atención a esta pieza, ahora escucha cómo vienen galopando los bárbaros”. Entonces Leticia pensó en los raves como en unas enormes pruebas de personalidad y se sintió aliviada. Casi útil.

 

Instrucciones para sobrevivir al peluquero

Instrucciones para sobrevivir al peluquero

1. Recurra a la divinidad. Mis dudas teológicas no cuestionan las utopías del cuerpo más allá de la imposibilidad de tener bíceps fornidos, sin embargo la última vez que mencioné a Dios me encontraba observando la brillantez de mi cráneo en el espejo de la peluquería. Y recordé aquella frase de Woody Allen: “Si existe Dios, entonces, ¿por qué existe la pobreza y la calvicie?”

2. Escuche a los amigos. Todavía cuarenta y ocho horas antes, durante una fiesta, un amigo había elogiado mi cabellera al compararla con la del guitarrista de The Mars Volta. No está de más añadir que mi amigo es uno de esos tipos que basan sus opiniones en el entendido de que la cantidad de cabello es proporcional a la personalidad (“Un Einstein peinado es como un Quijote con sobrepeso”, decía). Yo no estaba tan seguro: con frecuencia padecía picazones que únicamente podían explicarse con algún nombre en latín y un hábitat propicio en mi cabeza. Mi amigo usó una frase suplicante cuando le hablé de la necesidad de un corte: “Tú que tienes el don del pelo...”. Sólo cuando cayó borracho sobre la barra entendí hasta el último punto suspensivo: un árido círculo coronaba su cabello.

3. Decídase y salga de casa. A pesar de la escena, pudo más mi imagen del lunes en la mañana. En la vida real como en las películas de George A. Romero, uno regresa del sueño como si regresara de la muerte: maloliente y despeinado. Asistí a la peluquería con la determinación de quien se quita una responsabilidad de encima. “¿Corto, verdad?”, preguntó el peluquero y tendió la tela como si cubriera un cadáver. Era una frase de cortesía pero al mismo tiempo una prefiguración de la desgracia. Las tragedias casi siempre cumplen el protocolo de la anticipación. Asentí sin pensar que de algún modo me condenaba.

4. Observe el entorno. El tipo encendió la máquina. Desde mi última endodoncia los zumbidos de los aparatos me dan pánico, así que dirigí mi atención a las fotografías de la pared. Dios, todas las modelos parecían salidas de alguna escena de Flash Dance. Las “estéticas” se han empeñado en mantener viva la década que definió el mal gusto desde el cabello a los mallones. El porqué incluso en este nuevo siglo, siguen promoviendo esas imágenes de peinados irrealizables es algo que nunca entenderé, aunque adivino un mensaje subliminal de incompetencia: obligar al cliente a ordenar lo que haya. La tour por los catálogos de cortes deja a cualquiera sin ganas de pedir algo fuera de lo “normal”. El “corto, como siempre” define los límites de una inseguridad que creemos erróneamente nuestra.

5. Resígnese a lo peor. Mis reflexiones se vieron interrumpidas por el “¡chingue!” de una voz que no tardé en reconocer. Cerré los ojos. Cuando un peluquero insulta a tus espaldas o acaba de recordar su último recibo de cable o ha empezado a formular una propuesta que no quieres escuchar. Abrí de nuevo los párpados para contemplar el área devastada. Ante la pregunta del peluquero no me quedó otra que ser honesto: “Si fuera franciscano, estaría agradecido”. “Si quieres lo cubrimos con el pelo de arriba”, me dijo el tipo. Tuve que escoger el corte completo; no soy partidario de los peluquines de emergencia. Trece minutos después, tenía el look de un cantante de hip hop, si excluimos el color, la joyería y las groupies.

Salí del local sin desembolsar un centavo y con el deseo adolescente de pasar inadvertido. “El tiempo te deja experiencia y se lleva tu pelo”, decía un pariente. Y la frase cobró sentido en esos momentos de angustia. Subí al transporte y llegué al último rincón, enfebrecido por el estupor. Mi cabeza tenía una redondez que no me cansaba de corroborar con mi mano a cada instante. Parecía un perverso acto de autocomplacencia, aunque sólo sirviera para constatar la desdicha. Una mujer a mi lado se cambió de asiento a la sexta caricia.  

6. Vea las reacciones de sus familiares. La recepción en casa estuvo definida por los altibajos. Mamá me vio como si acabara yo de salir de Extreme Make Over y mi hermana menor, en cambio, habló de mi parecido con Lex Luthor. Se suponía que era un elogio, pero mientras ella pensaba en la teleserie Smallville, yo pensaba en Gene Hackman. Nunca como en ese momento odié tanto la brecha generacional.

7. Desahóguese con alguien de su confianza. Llamé a Gabriela, espectadora asidua de todos mis dramas, y le conté el incidente. Ella dijo que no importaba, que era algo que bien pudo sucederle a cualquiera; pero era fácil argumentar eso cuando acababa de hacerse un degrafilado. Le expliqué mis razones: “En términos estrictamente televisivos, para mí fue más vergonzoso ver a Carmelo Reyes sin pelo que, en su momento, a Cien caras sin máscara. Y se suponía que eran el mismo individuo”.

“No te entiendo”.

“Mira. Una cabeza rapada es la ‘letra escarlata’ del loser y el look por excelencia del villano. Los ‘sin pelo’ son una especie con ejemplares siempre asociados al lado oscuro de la pantalla de TV, como Pedro Torres o Frankestain, aquel enemigo de Santo”.

“No exageres, lo más que te dirán es que de seguro le apostaste a uno de esos equipos que nunca ganan”.

Dios, ¿por qué el cabello es la común moneda de cambio en las apuestas? Cuando eres adolescente cualquier extravagancia se te perdona porque se supone que eres capaz de hacer lo que sea por llamar la atención. Diez años después, las cosas evolucionan y todo tiene que explicarse en términos de humillación pública. 

“¿Lo ves?”, dije. “Sobre los rapados crecen siempre sospechas relacionadas con tratamientos médicos o fanatismos vergonzantes”.

“Cómprate una gorra y deja ya de preocuparte”.   

8. Supérelo. Le hice caso a Gabriela. No obstante, el proceso de reconciliación conmigo mismo podría haber tardado días en el diván o decenas de  horas en el messenger sin la intervención de aquel buen hombre de vibrante pelo. Una noche, después de asistir a la conferencia de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, me reencontré con mi imagen en el espejo del baño. Sus palabras habían sobrevolado el pantano de mi desánimo y habían tocado la región de las decisiones fundamentales. Tuve que reconocer que los errores de los peluqueros no son el final de algo sino el inicio de un nuevo crecimiento. La pulcritud en éxtasis, me decía a la cara. Tener iniciativa, ésa era la consigna; transformar la desgracia en bendición. Puse “I’m too sexy” en el estéreo, tomé la máquina de afeitar e hice la primera de mis iniciales exactamente arriba de la oreja.

No se culpe a nadie

No se culpe a nadie

Debería existir en los calendarios un “Aniversario de la Evolución”, para que las personas recordáramos que no podemos comportarnos como simios cada que se nos pegue en gana. Nuestra condición de seres supremos de la Creación parece concedernos derecho a cometer actos de absoluta estupidez y, además, ridículamente. No el balde, Johnny Knoxville utilizó la ridiculez estúpida para hacer de su programa Jackass un éxito televisivo, hasta el grado de ser desafiado en imbecilidad por la gente de Dirty Sánchez o de Viva La Bam. Sobra agregar que una competencia entre personas así sólo derivaría en saber quién tiene genitales más resistentes.

Dice el siempre acertado aforismo de Lichtenberg: “Errar es humano también en la medida en que los animales no se equivocan o se equivocan poco y entre ellos sólo los más inteligentes”. No conformes con eso, los seres humanos hemos desarrollado la capacidad de equivocarnos sin aprender y de hacer una historia de nuestras propias actuaciones idiotas. ¿En cuánto puede valuarse la estupidez de las personas? Según la popular frase de Einstein (“Sólo conozco dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y de la primera no estoy muy seguro.”), en mucho; sobre todo porque los hombres ya demostramos, con creces, que el Sappiens que corona el nombre de nuestra especie se reduce simplemente a un bello e inservible  latinismo.

 “Los premios Darwin” son galardones hechos a la medida de nuestra imbecilidad. Provenientes de un popular sitio en Internet (www.darwinawards.com, que recopila muertes sin más sentido que el de librar a nuestra especie de ciertos ejemplares de inteligencia dudosa), tienen el mérito de recodarnos que la tragedia auténtica del hombre no radica en sus circunstancias sino en esos comunes lapsos en que las personas parecen no experimentar sinapsis. Son cinco los requisitos para contender a dicho premio (según palabras de Wendy Northcutt, autora del libro Los premios Darwin, publicado en castellano por RBA): “el candidato ha de autoeliminarse del patrimonio genético; el candidato tiene que hacer gala de una desconcertante incapacidad de comportarse con buen juicio; el candidato tiene que ser el causante de su propia muerte; el candidato ha de ser capaz de mostrar buen juicio (entiendo que se refiere a no ser un enfermo mental), y, por último, el caso tiene que estar comprobado.”  

Si Michael Moore ha demostrado que los norteamericanos son bípedos tan inconscientes que no merecen tener armas en su casa, el libro de Northcutt añade evidencias al respecto: en 1992, Ken Bargey de Carolina del Norte, quiso contestar el auricular cuando fue despertado por el sonido del teléfono, pero en lugar de eso tomó una Smith&Wesson .38 Especial que tenía cerca de su cama, que se descargó cuando se la acercó al oído. El mismo Moore en su ya indispensable documental Bowling for Columbine relata lo sucedido con un aficionado a las armas que quiso fotografiar a su perro disfrazado de cazador (con todo y rifle), y que fue asesinado de manera accidental por el animal (me refiero al perro, que por cierto no fue enjuiciado).

De esta manera “Los premios Darwin” nos invitan a un recorrido tragicómico que incluye, entre otros, a seis egipcios que mueren ahogados al intentar salvar a una gallina (que sí sobrevivió), a un terrorista que abre su propia carta bomba devuelta por franqueo insuficiente, a un hombre que intentó ganarle el paso a un tren pero que no contaba que del lado contrario otro imbécil había tenido la misma idea (provocando un aparatoso choque), a la maniática coleccionista de cosas que muere atrapada cuando sus preciados objetos le caen encima, a un herrero ruso que había usado una bala para tanque como yunque durante diez años hasta que se dio cuenta de que era una mala idea cuando ésta le explotó, a los ladrones de una antigua tumba china que mueren a causa de los gases tóxicos que había en dicha tumba, al ladrón primerizo que intentó robar una tienda... de armas (precisamente), al individuo que quiso jugar a las caricaturas y le adaptó a su automóvil un cohete de combustible sólido (como el que usaba el Coyote para perseguir al Correcaminos) sólo para morir estrellado en un precipicio, al hombre que murió aplastado por una máquina de refrescos de cola a la que pretendía sacar un refresco gratis pese a que tenía en los bolsillos $25 dólares en billetes y $3 en monedas y al decepcionado amoroso que sube a una torre de alta tensión (alejado a cierta distancia de los cables) para beberse una cervezas y que por la flojera de bajar, orina desde esa altura y muere electrocutado porque, como muchos saben, al agua salada es buena conductora de electricidad.

Dos de los casos recopilados me parecieron bastante representativos de la estupidez humana y a continuación los transcribo:

1. Un campesino polaco, Krystof Azninski, podría calificarse como el hombre más “macho” de Europa al decapitarse él solo. Azninski, de 30 años, había estado bebiendo con amigos cuando alguien sugirió que se desnudaran y jugaran algunos “juegos de hombres”. Comenzaron por golpearse uno a otro en la cabeza con carámbanos, pero luego un hombre tomó una sierra de cadena y se cortó la punta del pie. No queriendo quedarse atrás, Azninski tomó la sierra y gritó “¡Miren esto, entonces!”, giró la sierra eléctrica hacia su propia cabeza y se la cortó. “Es raro,” dijo un compañero, “porque cuando era joven, le gustaba ponerse la ropa interior de su hermana. Pero murió como un hombre.” (Agencia Reuters, Londres, 1996) (No es “Jackass”, lo sé; pero sin duda merecería serlo).

2. En Francia, Jacques LeFevrier quiso asegurarse de su muerte cuando intentó el suicido. Fue a la cima de un acantilado y se ató un nudo alrededor del cuello con una soga. Amarró la otra extremidad de la soga a una roca grande. Bebió veneno y se incendió la ropa. Hasta trató de dispararse al último momento. Saltó al precipicio y se disparó al mismo tiempo. La bala no lo tocó pero al pasar cortó la soga sobre él. Libre de la amenaza de ahorcarse, cayó al mar. El repentino zambullido en el agua extinguió las llamas y le hizo vomitar el veneno. Un pescador caritativo lo sacó del agua y lo llevó a un hospital, donde murió… de hipotermia. (1989)  (El caso me recuerda una de las escenas clásicas de suicidio en Delicatessen de Jean Pierre Jeunet.)

 ¿No son éstos, signos de la decadencia humana; dirían los Testigos de Jehová, “de la cercanía del fin de los tiempos”?  

Cultura que se ve

Cultura que se ve

No hace mucho, alguien intentaba convencerme de que mi futuro estaba en la televisión.  Puede ser, pero no me imagino frente a la cámara, actuando sobre una pantalla azul y fingiendo naturalidad. Quizás mi presencia sea más creíble como el tipo que coordina los segmentos o el camarógrafo que comparte chistes privados con el conductor. ¿Qué más podría hacer yo? La crítica política poco me interesa y aunque mi apetito de comedia se nutre con los noticiarios, tampoco quiero ser la voz del reportero que repite “lo que es un hecho” cada diez segundos.

La programación se satura de temas, imágenes y reportajes. Pareciera que ya todo está dicho en la TV local, que es otra forma de expresar que todo está por decirse. ¿Dónde encajaría yo? ¿Al lado del conductor de pantaloncillos cortos en el programa infantil, en el sillón púrpura junto a las chicas atractivas, en la mesa redonda que discute acerca del carnaval? No sé. Si me preguntaran, diría que me gustaría intentar la TV cultural, sobre todo para erradicar la idea de que hacer TV cultural significa entrevistar alfareros mientras se visitan municipios  al interior del estado.

“No importa cuántos canales extra ofrezcamos incluir en el Paquete Básico; siempre serán o educativos o religiosos”, dicen las letras pequeñas en el contrato de cable. Ante tal panorama no habrá más camino que el conformismo; en parte, porque una televisión cultural que privilegia los fines sobre los medios ha propiciado la idea de una cultura que no llega a verse como recreación. Lo paradójico del caso es que la TV es esencialmente entretenimiento y todo lo transforma en entretenimiento (las tragedias, la salud, las relaciones humanas, etcétera). Entonces, bajo ese esquema, la televisión educativa siempre será aburrida a los ojos del espectador promedio, que verá en ella una “pretensión que no se cumple”, un esparcimiento que no llega. Quizás la imputación más grave referida a los programas didácticos sea la caducidad de sus formatos: la mesa de discusión, el profesor que enseña fenómenos químicos sobre la mesa (muy cerca, se encuentra el pecado de realizar sus producciones con micrófonos ambientales). Decía un amigo la otra noche: “En la TV cultural todos los días son días de sábado, como aquellas tardes en que sólo hay partidos de segunda división”. Y en verdad,  ¿a cuántos les interesa ver en Canal 22 la representación de La flauta mágica con actores a los que le salen fantasmas?  “A muy pocos”, diría mi amigo y no le faltaría razón.

La nueva generación está increíblemente consciente de que la cultura no sirve para nada y que, en cambio, la educación lo es todo. En vista de esa disociación, los jóvenes limitan sus espacios didácticos a todo aquello que pueda redituarles líneas al currículo: el posgrado, el congreso, el seminario de actualización. La TV no entra tan fácilmente en ese fólder y sólo es útil si nutre ciertas conversaciones (la insistencia con la que hay que mencionar al Discovery Channel y sus divulgaciones científicas en las pláticas de sobremesa, por ejemplo). Fuera de eso, se trata de un vicio al que es preferible no contaminar con cultura.

¿Qué hacer con la TV? ¿Cómo llegarle a un público cuya idea de “libertad de elección” sólo puede ilustrarse a través del zapping? Los más recientes programas lucen una admirable falta de contenido, pero a razón de su estructura, su publicidad y la insistencia con que se les menciona en otros programas, tienen éxito. ¿Y qué hacer con la cultura? ¿Cómo dar a entender al auditorio que la intimidad vendida por la TV como novedad, ha sido tratada (igual de controlada, igual de aparentemente real) desde hace siglos por la literatura?

Me gustaría compartir un puñado de ideas para la pantalla chica; conciliar mi natural apetito de televisión con mis desnaturalizados propósitos culturales. Ignoro en qué medida profano ambos universos y, a pesar de que me redime el hecho de que los periódicos dediquen la misma plana a los espectáculos y a la cultura, quizás escribo a la espera de una indulgencia. Vayan pues mis seis propuestas:

 

Los diez casi vendidos: Una cámara escondida muestra la manera en que diez libros son manoseados, ojeados, movidos de sus estantes de una librería, pero nunca comprados. Una mezcla entre videoescándalo, reality show y ranking sugerido por JM. García Magaña.

 

Wilde on: Una compañía inglesa de histriones en traje de baño escenifican La importancia de llamarse Ernesto en Playa Tortugas, Cancún.

 

Enchúlame la página: Un grupo de correctores de estilo se encargan de subsanar los errores ortográficos y de redacción en una tesis universitaria. Especialistas en notas al pie, junto a peritos en el uso de nombres largos, dan coherencia a un proyecto de titulación. Al final, entregan un texto irreconocible incluso para el autor, que se sentirá merecedor de por lo menos una mención honorífica.  

 

Con saber: Un erudito personaje en overol, junto a tres bibliotecarias ataviadas con trajes regionales, responde a tus dudas mientras baila a ritmo de cumbia. Cada que el conductor llega a una respuesta correcta, un virtuoso ejecuta una versión tropical de las Variaciones Goldberg en un teclado Casio.

 

Un lugar… sin trámites: Un ex funcionario estatal habla con los televidentes sobre las diversas maneras de evitar los papeleos gubernamentales al final de la carrera. Caminos seguros para obtener la cédula sin que te digan que tu Licenciatura en Literatura no tiene registro en la Dirección General de Profesiones. Nombres a los cuales acudir, documentos que en verdad importan. Los minutarios nunca serán tan placenteros como después de esta emisión.

 

La hora del marxista superior. Decenas de revolucionarios recluidos en la antigua casa de León Troski debaten sobre los conceptos de “Plusvalía” y “Lucha de clases”. Cada domingo, Adolfo Sánchez Vázquez y Martha Harnecker comparten sus impresiones al respecto: “Carlos, siento que le falta sustrato a tu interpretación; sin duda, lo podrás hacer mejor la próxima semana”, “Me parece que tu protagonismo atenta contra la dictadura del proletariado…”, etcétera. Se expulsa al primero que se sienta tentado a comprar un Armani.