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Tediósfera

In memoriam Puka

In memoriam Puka

Para Gabriela y Baqueta, en este mundo

 

Es difícil hablar de los perros sin parecer cursi. El poeta mexicano Luis G. Urbina lo intentó ante la muerte de su perro Baudelaire y sus versos fueron agriamente comentados por sus compañeros de La Revista Moderna. ¿Qué decía aquel poema?: “En sus ojos, profundos y febriles, / súbitamente se encendió un relámpago / de amor inmenso. Mi tristeza entonces / quiso asomarse a mis pupilas para / dar un adiós a aquel amor sublime”.

Pero, qué diablos. Las mascotas han merecido más de un artículo: Guillermo Cabrera Infante ha hablado con desparpajo de su gato Ofenbach (llamado así, porque sus maullidos “ofendían a Bach”) y Hugo Hiriart le ha dedicado un texto a su perro Galaor, “flor y espejo de mansedumbre y fidelidad”. Y si es difícil escribir sobre un perro (a menos que seas Charles Schulz), lo es más cuando ese perro ni siquiera es tuyo.

Hasta antes de conocer a la Puka, mis relaciones con los canes habían sido desastrosas. Acababa de cumplir ocho años, cuando un rottweiler llamado Ultramán me atacó por la espalda y me dejó de recuerdo un tatuaje de sangre que parecía una inscripción mesopotámica. El médico observó la herida con el estupor de quien descubre una señal alienígena en un campo de cereales. Permanecí en cama dos semanas con la instrucción explícita de que se me inyectara a diario mientras dormía.

Pasó el tiempo y con él mi niñez, mi adolescencia y mis traumas. Una mañana, la Puka llegó a mi vida y a la de Gabriela con la mirada suplicante de quien se sabe un polizón (el encanto de los cachorros y de los niños es que no podemos prefigurar sus insolencias de la edad adulta, ni sus rostros). Entró a casa sin más trámites que las recomendaciones del veterinario y la semana y media de agria disputa familiar sobre cuál debería ser su nuevo nombre. “Con los hijos es más fácil”, había sentenciado Gabriela, “siempre hay un pariente a quien recurrir. Terminas llamándote como tu abuelo o tu papá. Pero con los perros es distinto. Parecería que toda la familia  expone su integridad en cada sugerencia”. 

“Spooky” fue una elección inexplicable, como todo lo condenado a no respetarse.

Por supuesto que la Puka abandonó la ternura con más rapidez que su nombre. Con los meses, creció para adquirir una personalidad caprichosa, casi neurótica, al tiempo que perdió rugosidades. “Es extraño ver que alguien envejece para perder arrugas”, dijo Gabriela una noche mientras la perra dormía a lo lejos con los párpados abiertos.  No acoté el comentario: en ese momento miraba a la Puka desde el largo sillón rojo, preguntándome en dónde demonios había visto esa extraña postura de descanso.

“¡Dios!”, grité. En mi caso, la fe es una estrategia mnemotécnica.

Por el susto, Gabriela estuvo a punto de aventarme el manual Merck a la cabeza.

“¡Edward Gorey!”, le expliqué. “En uno de sus cuentos vi esa curiosa forma de dormir y no en una vasija inca como originalmente pensaba”. 

La perra se levantó de repente como diciéndome: a mí no me metas en tus aburridas clases de literatura.

Sin embargo, había mucho de cierto en el paralelismo. En “El invitado incierto”, ese extravagante fabulador que era Edward Gorey había descrito el proceso en el que un ser indefinible se volvía parte de una familia. Así que el adjetivo “incierto” del relato lo mismo hacía referencia a la intromisión de la Puka en nuestras vidas como al hecho de que todos los veterinarios o no podían determinar su raza o se horrorizaban ante la cruza antinatura que suponía su origen.

Manías más o manías menos, la Puka y el “Invitado Incierto” compartieron la melancolía de “tumbarse en el suelo fastidiosamente cerca de la puerta del salón”, de ser incuestionablemente intrusos y de transformar una geografía de interiores. Y no dudo que de haber conocido a la Puka, Lord Byron hubiera cambiado su célebre opinión sobre los perros (“tienen todas las virtudes de los hombres y ninguno de sus defectos”), por alguna otra (“tienen todas las extravagancias de los hombres y ninguno de sus pretextos”, por ejemplo).

Con la Puka uno terminaba por entender que los animales no son esencialmente inocentes, como las personas suelen creer. Ladrona de saborines, torturadora de iguanas de plástico, Spooky instauró la tiranía de su personalidad en casa de Gabriela, a tal grado de ser un referente en los pasillos y en las conversaciones. Su mirada negaba de antemano la simpleza. Conocer a la Puka era necesariamente asignarle una forma de ser.

La primera impresión que propiciaba Spooky era la extrañeza. Echada en la parte asoleada del patio, su pata delantera temblaba como sugiriendo sueños imposibles. Sus ronquidos llegaban a confundirse con los de otras personas de la casa y sus rasguños nocturnos a la puerta de Gabriela producían más miedo que seguridad.

Su peculiar encierro (una reja la protegía del mundo y sus peligros) no evitó que la Puka hiciera amistades con los canes de Ciudad Concordia. La China, astuta memorista de placas de automóviles en movimiento, visitaba cada noche a la Puka para contarle la última historia de la calle. La información era confiable dado que la China es quizás el ser vivo mejor informado de toda la unidad habitacional, si se exceptúa a aquella señora que aún vende panes dulces a punto de caducar en el tendejón de la esquina. Bajo ese intercambio de ladridos, las casas aledañas adquirieron matices narrativos: el oculista de enfrente quiere matar a su esposa, el octogenario de más adelante exhibe su torso desnudo a lolitas de 59 años. La Puka y la China reinventaron en sus conversaciones la vida que podía adivinarse tras una puerta entreabierta; Gabriela apenas se limitaba a trasvasar al español esas voces pronunciadas a la distancia.

La gente suele olvidar que los perros y los libros les proveen de necesarias cuotas de ficción sin salir de casa. Ante las dosis cada vez más inverosímiles de realidad de los programas televisivos, una mascota que cuestiona se vuelve casi un respiro. ¿Qué pedía la Puka con esa mirada perdida: hijos, como suponían Gabriela y su hermana, o sólo una cadena más holgada, como adivinaba el cartero que le huía? El entorno fue distinto mientras la Puka posibilitó que las fabulaciones estuvieran al alcance de la mano. Frases, caprichos, lugares ocupados por su cuerpo extrañamente voluminoso.  El artista Rexus la capturó a vuelapluma en uno de sus carteles: “Hay nos vidrios”, decía a los paseantes. Esa invitación, que también pudiera leerse como una despedida, se volvió real un viernes 3 de junio de 2005, a las 6:12 de la tarde. Yo me encontraba en mi trabajo corrigiendo las tristes notas del diario, cuando supe la noticia, y me asaltó la imagen que hubiera ilustrado mi propio desconsuelo: Gabriela abrazando a la Puka en un último intento por no dejarla ir. Algo me dijo que ella había sido la única en comprender aquellos versos de Urbina, de saberse derrotada por ese adiós imprevisible. Después de 4 años, sólo ella había podido constatar una mirada que no por familiar dejaba de ser incierta.

  

APÉNDICE: Cinco claves para entender a la Puka

 

1. “Mare más tonto”: su frase más recurrente. Aquellos ojos de reprobación se dirigían a cualquier ridículo o melodrama del que fuera uno parte.

2. Pescado: una de sus pasiones. Este tipo de actitudes alimentó la idea, persistente sobre todo en Gabriela, de que la Puka era en realidad “un gato encerrado en el cuerpo de un perro”. 

3. Baqueta: su reencarnación gatuna. Apareció la madrugada de un 11 de julio, al final de una fiesta, tomada por asalto por periodistas. No ha mostrado intenciones de marcharse.

4. Cultura: ¿Por qué demonios he mencionado a Byron, a Gorey, a Urbina o a Cabrera Infante? Por qué, me pregunto, si seguramente a la Puka le hubieran resultado ofensivas tantas referencias culturales en un texto que intentó hablar sobre ella. Sus ronquidos al primer nombre de escritor que saliera de mi boca eran una clara muestra de que no le interesaban los libros, sólo los periódicos, y eso porque también servían para la higiene del patio.

5. Raza: Un amigo taxonomista aseguró que la Puka era un weirmaran; otro amigo veterinario demostró, en cambio, su familiaridad con los labradores. No obstante, las últimas pesquisas determinaron que se trataba de “una especie de un solo miembro”. Para los expertos, haber sido crecida como perro la volvió uno de ellos.

 

La oncena trágica

La oncena trágica

Los fracasos de la Selección tienen el espíritu de una tragedia griega: ya estaban vaticinados, pero no por eso dejan de ser dolorosos. Es por ello que la derrota ante Argentina nos sigue pareciendo injusta después de dos meses, porque supone un drama que siempre tuvimos previsto: el no pasar a cuartos. Más que ante los adversarios caímos ante la estadística: demasiados números en contra han dado sustancia de fracaso a nuestro balompié.

Aquel sábado 24 de junio, el equipo nacional salió al pasto a retar los pronósticos. Inesperadamente, a los veinte minutos los mexicanos ya habían anotado dos goles, por desgracia, uno en su propia portería, lo cual confirmaba que un equipo como el nuestro ni siquiera necesita de contrincantes para que su catástrofe funcione. Borgetti -cuya lesión en el primer partido había preocupado mucho a los estrategas de cantina- empujó el esférico a las redes defendidas por Osvaldo Sánchez. El tiro fue tan preciso y bien ejecutado que terminó por concedérsele al argentino Hernán Crespo. El empate arrancó en ochenta millones de mexicanos ese arrebato escandaloso que sólo vemos en los octogenarios recién operados: muchas explicaciones intercaladas con muestras de dolor. Y no conformes con ello, la televisión transmitió una sonrisa inalterable de Jared que terminó por enardecernos. Los numerosos insultos de los televidentes frente a sus pantallas dieron cuenta de la facilidad con que los héroes y los villanos intercambian camisetas durante el mismo encuentro.

Después de las anotaciones, el partido avanzó con el mismo espíritu de una reunión de Sociedades de Alumnos: se intentaron decenas de cosas, pero nadie concretó nada. Argentina, obligada a no perder, se vio ineficaz la mayor parte del tiempo reglamentario. Sus jugadores parecían cumplir la condena de los ejércitos romanos ("no trataban solamente de vencer, sino de vencer siempre", según apuntó Marguerite Yourcenar acerca de aquella milicia). El deber histórico de triunfo les estaba saliendo caro a los albicelestes y los mexicanos -en circunstancias exactamente contrarias- estaban aprovechando su enorme capacidad para ensayar proezas una vez que han sido subvalorados por el enemigo. Sin embargo, pese a sus esfuerzos titánicos y la sana compañía del azar, tampoco el equipo nacional reventó por segunda vez las redes sudamericanas.

Una vez consumado el empate, los verdes salieron de la cancha con la excitación de haber cumplido los deberes. Con apenas un par de goles, concluyeron los noventa minutos en que ninguno de los bandos hizo el daño definitivo al oponente, o por lo menos procuró el rasguño que marcara la diferencia. Para los nuestros, era mucho más de lo esperado, sobre todo por quienes habían augurado una feria de goles en contra. Faltaba a esas alturas media hora de tiempo extra, los minutos suficientes para ejecutar la jugada que nos librara de los fatídicos penaltis. Por desgracia, la jugada vino del lado contrario y Maxi Rodríguez confeccionó uno de los más bellos goles del Mundial, para confirmar que, como bien sabían los románticos, la belleza no está peleada con la calamidad.

Conscientes en ese momento de una posible derrota, sabíamos que lo mejor que podía hacer el Tri era dejar los jirones de piel en la hierba. Como el resto de nuestros héroes entrañables (que se envolvieron en una bandera o se dejaron quemar los pies cuando ya todo estaba perdido) queríamos que la Selección conservara al menos la dignidad. Y así lo hizo. Con su desempeño cultivó elogios de los comentaristas, el reconocimiento del adversario, y esa sensación de bienestar nacional que nos impide todavía tomar el primer cuchillo de la cocina y rebanar a alguien.

Al final del encuentro, más de uno se preguntó si valía la pena hacerle pasar tan malos momentos al miocardio para que en última instancia no quedara otra que resignarnos a las fuerzas del Destino. La respuesta a esa pregunta se vuelve comprensible cuando entendemos el futbol como una variante civilizada del masoquismo. La función esencial del Tricolor es inventar maneras novedosas para la taquicardia. Fallando penales o haciendo estupendos partidos en los que no cae ningún gol, los seleccionados primero alimentan la esperanza y luego se desentienden de ella a través del esfuerzo supremo. Sudan tanto, luchan por balones perdidos y sobrellevan los malos arbitrajes con semejante estoicismo, que resulta difícil exigirles además ganar los partidos. A cambio de eso, ofrecen a sus seguidores la certeza de que la Tragedia existe y que su tendencia, como en los conteos rápidos, es irreversible.

Está comprobado que la fidelidad del espectador mexicano tiene más que ver con el sufrimiento que con el espíritu deportivo. Acostumbrado a caminar de rodillas para agradecer los milagros, el hincha nacional sabe que la victoria no se convoca sin raspaduras. Por ello cuando se trata de seguir a "su selección" es capaz de vender sus propiedades y viajar a un país donde ni siquiera sabe pronunciar el nombre de los estadios. Sólo así se explica que 20 mil mexicanos hayan invadido Alemania para acompañar a su equipo y ver sus partidos ¡en las pantallas gigantes!

En un balance general de cuatro encuentros, tuvimos el mismo desempeño que en las elecciones: jugar con lo que había. No es de extrañar que en esas condiciones, el fútbol de México siga siendo un reflejo de nuestro papel en la vida: esforzarnos mucho y acumular reveses.

 

Lecturas para un verano peligroso

Lecturas para un verano peligroso

En estos tiempos en que se piensa que los escritores pueden representar una voz colectiva o que cobran importancia porque firman desplegados en los periódicos, sería bueno recordar lo que alguna vez dijo Octavio Paz: que la voz de un escritor importa porque es la voz de un solitario. No obstante, la soledad no representa de ningún modo desatenderse de un país en vilo, lleno de disyuntivas igual de violentas por cada bando. No corramos el peligro de pensar que leer es evadirse y de que la realidad sólo acontece en los noticieros. La soledad en el tumulto, eso que llamamos literatura, sirve igual para entender un poco nuestra relación con las circunstancias. La poesía no deja de ser actual sólo porque no habla de política o economía. En un acto temerario, como la vida misma, la literatura propone ver al mundo desde la extrañeza, a pesar de las noticias y de la costumbre. Para el poeta, escribir es ser extranjero en su propio idioma, merodear la realidad tal y como se contempla un crimen sin pistas fáciles, para finalmente dejar constancia del asombro. Eso hacen Nadia Villafuerte y JM Garciamagaña en sus narraciones y poemas: convertir la simpleza en desconcierto.  

1. Barcos en Houston de Nadia Villafuerte 

La gente en la frontera mexicana no se pregunta demasiadas veces en serio si el dilema es ser o no ser, como presumen los shakesperianos. Su disyuntiva auténtica es irse o quedarse. En los cuentos de Nadia Villafuerte (Chiapas, 1978), las mujeres están en perpetua huida y los hombres siempre están ahí para utilizarlas mientras son utilizados. Todos fantasmas de sus propias ciudades y con cada nueva ciudad siendo apenas un retén en el camino. Al final hay un destino poco claro: si se llama Juárez o Estados Unidos poco importa; lo esencial es sentir que no fondea uno ni reúne demasiados pretextos para quedarse. Conviene no acumular muchas deudas, piensan los personajes de Nadia, conviene también desechar uno a uno los recuerdos.

Barcos en Houston es un conjunto de bitácoras tristes. Como si los personajes limítrofes de Nadia Villafuerte bosquejaran su historia poco antes de olvidarla, ofreciendo una última prueba de existencia, como aquellas credenciales falsas de sus inmigrantes. A través de quince cuentos desmedidamente reales, la autora demuestra su destreza narrativa, pero sobre todo describe con acierto la honda impresión que dejan las ciudades fronterizas en sus habitantes. Sus escenarios son autobuses y tráileres, conciertos que se añoran o pueblos aburridísimos, prostíbulos y bares. Sus protagonistas, chicas bailarinas y clientes que se han vuelto de repente biógrafos de sus desgracias. Putas en tránsito, inmigrantes de socorridos sueños. Gente instintiva para quien la inmovilidad es su otro arte de la fuga.

“Frontera de sal”, por ejemplo, cuenta el periplo de un fotógrafo checo en Paredón, un pueblo del Sur de México, que inicia en su necesidad de retratar una realidad que parece exhibirse sin resquicios, abúlica, siempre la misma, y concluye en su aceptación del fracaso para retratar ese y cualquier otro entorno. En el momento más revelador (no fortuitamente “revelar” es una palabra del argot de los cuartos oscuros) el fotógrafo contempla el coito de aquella mujer que le dio alojamiento en su propia casa y cuya sexualidad lo ha dejado aturdido.  Es el mismo sabor de voyeur desencantado que tiene el lector al terminar el libro: algo faltó, algo se quedó en el tintero o en el negativo.

“Pornógrafa en tren” como se ha definido la autora, sus cuentos demuestran que la única ley en los pueblos sin ley es la ley de la atracción de los cuerpos. Los poblados de la frontera parecen producir un sexo que ni resulta pornográfico ni resulta repulsivo ni resulta nada. El sexo es algo que ocurre, como los accidentes. Sin embargo, para los personajes de Nadia, el sexo funciona para un propósito más sublime que el amor: la escapatoria. Por ello transitan a lo largo de senos, nalgas y piernas como si cruzaran poblaciones. El cuerpo de los otros es apenas una ciudad para pasar la noche.   

Barcos en Houston es un libro melancólico. Un libro que examina una extraña nostalgia, rara en tanto sus protagonistas parecen haber nacido incluso en el exilio. Es quizás esa nostalgia de lo que fueron y, más significativo aún, de lo que han pretendido ser y no han logrado lo que define el color de sus historias. O tal vez sea esa tristeza de lo que unos llaman “lo perdido” y otros “lo probable”. Porque entre el país que uno deja y al que uno va, nadie se libra de aquel deprimente y extenso territorio de paso.   

(Nadia Villafuerte. Barcos en Houston, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2005, 146 pp. )  

2. ¿Dónde vas, Poeta? de JM. Garciamagaña  

JM Garciamagaña (Campeche, 1983) parece confirmar con ¿Dónde vas, Poeta? que su arte encuentra siempre formas poco ceremoniales de presentación: a veces cómic, a veces mural, a veces hojita parroquial. Por ello, esta obra que obtuvo el primer premio Guillermo García Guzmán ha redescubierto en sus lectores que la poesía también nos toma por asalto, como un cartel, una canción en el autobús o el cuadernillo de ofertas del supermercado. Propaganda poética, ejercicio de divulgación, las ocho páginas que integran esta obra  dan cuenta de la última poesía que se escribe en este Estado (en este caso, la de Garciamagaña y Flor de Anda, mención honorífica). Aunque siempre ha manifestado que los premios sólo sirven por lo que de papel tienen (el dinero o la edición), esta vez JM ha desestimado la función social de su primer hijo. Para el poeta, su plaqueta mínima no podría utilizarse para secar líquidos derramados, protegerse de la lluvia o forjar un cigarro con cáñamo de la India. Pero, al mismo tiempo, JM (nombre que suena tan megalómano como aquel villano de la serie Dallas, JB) ha olvidado que sus hojas sirvan quizás para devolverle a la poesía una de sus características esenciales: la metamorfosis de lo cotidiano.  El arte busca transformar los objetos, incluso los más simples, incluso en son de broma (como aquel inodoro en el museo, de Marcel Duchamp). En la misma línea, ¿Dónde vas, Poeta? ha transformado un cuadernillo color crema en un objeto literario. Tenga cuidado, revise los documentos al borde del basurero, las hojas a donde iba apuntar aquel número telefónico, puede estar usted ante una obra literaria. Vea con detenimiento aquel par de cuartillas engrapadas que usa de separador, observe un poco más las letras y en esa foto de autor descubra la febril mirada de quien ha recibido una veintena de flashes antes de llegar a la postura definitiva. Vea esa imagen del centro de la ciudad; no, no era un tríptico de la Secretaría de Turismo, sino un texto de poesía. ¿Lo puede creer? Deténgase otro poco en lo que dicen las frases, pero no albergue demasiadas esperanzas; en la literatura nada está garantizado, pero el riesgo siempre vale la pena. Si siente que lo han decepcionado, todavía tiene la opción de olvidar esas hojas impresas en la próxima iglesia; quizás (como en aquella caricatura de la rana cantante) algún incauto dé con ellas.  Cortázar registró en algún cuento el diario deambular de los periódicos: las metamorfosis que lo hacen ser primero un objeto de lectura y finalmente un papel para envolver flores. En ese mismo sentido, JM Garciamagaña revalida con ¿Dónde vas, Poeta? la fortuna y la condena de la poesía: su libre tránsito.  

(JM. Garciamagaña. ¿Dónde vas, Poeta? Ediciones Table Dance, Campeche, 2006, 8 pp.)

Prosa Nostra

Prosa Nostra

En junio del 2001, Héctor (El profeta) Malaveone tuvo una reunión secreta con Eduardo (El poeta) Huchini y Mauricio (El atleta) Cantunelli  en el barrio humanista de Facultown, centro de apuestas que usaba una biblioteca como tapadera. Juntos, estos tres hampones planearon crear una famiglia, bajo la apariencia de revista, llamada originalmente “Diálogos Post mortem”, pero que debido a las suspicacias que podía despertar esta última palabra se cambió por la más comprensible en tanto menos comprometedora: “Posmodernos”. La intención de estos tres delincuentes era extender sus tentáculos de ilegalidad cultural, en una sociedad dominada en años anteriores por otros mafiosi, como los Talleresi y Les campés, agrupaciones con quienes tuvieron ligeros enfrentamientos que gracias a Dios no terminaron en un baño de tinta.

Los Posmoderni cometieron su primer atraco al infiltrarse en las instituciones educativas y de gobierno con supuestos fines pedagógicos. Estafaron, en ese entonces, 200 pliegos de cartulina opalina y 4 mil hojas doble carta al Instituto de la Juventud y dos toners de tinta a la Universidad. El regocijo fue mayúsculo cuando presentaron su publicación en las instalaciones de la misma casa de estudios a la que defraudaron. De ahí en adelante, sus crímenes contra la ortodoxia se fueron incrementando número tras número: los cadáveres de la religión, el sexo, los siete pecados capitales, los medios de comunicación, la contracultura, el arte y la ficción están en las morgues de las bibliotecas para quien quiera constatar los móviles asesinos que han alentado a esta mafia.

Sobra decir que la famiglia creció. La llegada de (El mohicano) Garci Maganucci y de Edén (El matemático) Romeri dieron un impulso inmejorable al crimen organizado en la ciudad. En ese tiempo se forjó la leyenda urbana de que los Posmoderni eran un grupo cerrado que imponía denigrantes ritos de iniciación a sus miembros, como embriagarse y cantar “Rica y apretadita” en versión unplugged. Acusados al principio de misóginos, el ingreso de Sicilia Madeleyne, Gabriela Aguilare, Dinorah Pintozzi y Karen Marquezechi dieron un nuevo respiro a la organización. De esa invasión femenina data la presencia actual de Norma (La lipoculturista) Arteagui y de Flor de Andanioni.

A lo largo de cuatro años organizaron encuentros, presentaciones, ventas de libros, establecieron contactos con algunos cárteles del país como Alterarte, el Subterráneo, Sigma y Andanzas. Durante ese tiempo, mentes morbosas se volvieron adictos a sus criminales publicaciones y a través de correos electrónicos pedían más y más números.  La policía estaba desconcertada y por más que agentes -encubiertos como jueces de concurso- les negaron la beca “Edmundo Valadés” en tres ocasiones (lo que hubiera significado la muerte para otros grupos), los Posmoderni seguían con vida, celebrando reuniones secretas, posadas paganas y actos culturales de dudosa procedencia, como cierto ciclo de cine violento.

Un prologando silencio durante el 2005 hizo parecer que los Posmoderni habían sido víctimas de una abducción, o peor que eso que habían salido de Campeche para estudiar diversas maestrías. Versiones diversas circulaban en los departamentos de la policía del estado, que ya festejaba el desmembramiento de la famiglia.  Por un lado, se decía que algunos de sus integrantes aún sostenían reuniones en el traspatio del café Le Portas, pero las evidencias mostraron que un día se fugaron sin pagar sus capuchinos y no volvieron. Del mohicano Maganucci se afirmó que había cambiado de identidad a través de una cirugía estética y que ahora personificaba a un estudiante de literatura que recomendaba no leer el Quijote a sus compañeros. Los rumores no llevaron nada, el grupo criminal siguió preocupando a todos en el departamento, como si el misterio se refiriera a los mayas abandonando sus ciudades.

Exhaustivas investigaciones dieron con la verdad: después de que cuatro hombres vestidos de negro lo amenazaron de que si no se iba del estado José Landa llegaría de improvisto a todas sus fiestas, Héctor Malaveone tomó un autobús con destino incierto, no sin antes dejar al resto de la hermandad una lista con los nombres de las futuras víctimas: se trataba de algunos artistas gráficos y animadores multimedia. En el cumplimiento de esa tarea, se había consumido casi un año, tiempo donde sólo fue evidente una exposición perversa: el Carneaval. Además, sucedió lo previsto: ante la repentina desaparición del capo, los Posmoderni libraron una guerra intestina que terminó con llegada de Tino (El Nazareno) Romeri a la cabeza de la organización, quien a través de reuniones extraordinarias planeó retomar los propósitos. Por otro lado, se especula que Héctor Malaveone se encuentra actualmente en Morelia, Michoacán, en donde -se sabe- un individuo vendió una Diálogos Postmodernos en quince pesos a Noam Chomsky.

Con una nueva estructura, la mafia posmoderna planeó su noveno intento de la Gran Estafa. Del crimen cometido contra Robin Suárez, José Estrella y otros jóvenes artistas, sólo quedaron dos evidencias: un conjunto de fotografías y un disco multimedia. Objetos suficientes para sustentar esta acusación ante ustedes, señores del jurado. He revisado con meticulosidad el cadáver en turno, llamado tan inocentemente Clásicos, y puedo presentar las pruebas que incriminan a los posmodernos en este nuevo atentado contra el pudor.

Primero que nada el estilo inconfundible de sus matones más recurrentes: Cantún, Malavé, Huchín, Manzanilla y Garciamagaña (no siempre se puede tener a tantos melómanos y megalómanos en la misma publicación). No obstante, de la paternidad innegable de esas heridas, los Posmoderni quisieron ocultar su marca de fábrica a través del diseño pop de José Manuel Hernández, quien al poner a Marilyn en la portada confió en que las personas creyeran que no que se trataba de una revista cultural sino de la última Posmopolitan.

Sabemos qué esperar de estos hampones: crítica amena y desenfadada, Malavé destaza a Marx con la intención casi vudú de revivirlo. Lo mismo Huchín que profana a Montaigne y Cantún y Manzanilla quienes atentan contra el mismo concepto de clásico, ya sea en ciencia, cultura, música y cotidianidad. Contundentes balazos a los lugares comunes del pensamiento.

Disperso el concepto entre otras artes no sólo literarias, Rodrigo Solís dispara contra Star Wars y el fenómeno que la han colocado en un altar del culto y el marketing, mientras que Omar May se ocupa de la salud más de las veces desfalleciente del cine mexicano. Jorge Hernández lleva la idea hasta el futbol y toma de pretexto el encuentro de Pelé y Maradona para trazar el alcance estético del balompié. Según puede reconstruirse del examen forense, el cuerpo de Clásicos aún se movía cuando Fernando Cab asestó ese golpe narrativo sobre las pláticas eróticas a través del Chat. No conformes con ello, JP Berman esgrimió la cuchillada que significaba hablar de MTV, el canal responsable de la memoria visual y auditiva de las nuevas y no tan nuevas generaciones. Clásicos quiso levantarse para huir pero fue atajado por el puño anarquista de Dan Moreno, quien estableció para este número vasos comunicantes entre la música y el cine, a través de ejemplos muy concretos de filmes y canciones. Como si se tratara de una película de Tarantino, la masacre tuvo como soundtrack las notas de Alejandro Mora sobre la interpretación y el lenguaje musical. Finalmente la mujer: la femme fatale Flor de Anda dio el beso de la muerte en la mejilla de Clásicos, con un recuento de féminas peligrosas a través de la historia y la ficción.

El cuerpo estaba tendido en un charco de tinta cuando llegaron los narradores. Como ejemplares ejecutantes en el oficio de mentir, los cuentistas posmodernos urdieron falsas declaraciones, historias planeadas para desconcertar a la policía, quien creyó cada una de las versiones sin percatarse qué tanto se contradecían. Los cuentistas fingieron ser testigos para ocultar a los auténticos responsables: ocho relatos (cada uno afinado en su estilo) dan cuenta de esa complicidad.

Casi por dar terminado el caso, el forense me señaló el tatuaje invertido que el cuerpo llevaba en la espalda: la imagen de un espantapájaros cargando a una mujer ave, con la leyenda Kilereison. La pista que faltaba. Tomé nota de la historia gráfica a lo largo de la piel de la víctima.  El forense dijo que conocía al tatuador, pero que ignoraba si aún podía encontrársele bajo el sol pintando murales para la Pascua Juvenil del complejo habitacional Fidel Velásquez, zona de artistas callejeros.

De tal modo, señores del jurado, que estas son mis pruebas. Ignoro si suficientes para condenar a los Posmoderni de este nuevo crimen contra la cultura y de paso, en beneficio de la memoria.  Porque si bien los clásicos son obras que sobreviven a su circunstancia histórica, las colaboraciones en esta ocasión no se han librado tampoco de su propio contexto y por ello hacen tal vez demasiadas referencias a sucesos que datan de cuando pensábamos que el número iba a salir a la calle. Espero que eso tampoco se perdone este descuido de edición y en cambio contribuya a la pena capital supuesta para estos casos: la compra inmediata para cuando el número nueve salga a la calle. No le dejen sobrevivir, paguen los diez pesos que supone el rescate, sométanlo a una agridulce lectura y verifiquen en cada línea la incapacidad de los Posmoderni para la decencia y el aburrimiento, también para el olvido. He dicho. Así sea. Hasta aquí. 

 

Clásicos para qué

Clásicos para qué

El incienso que rodea a un clásico a veces se confunde con el olor a naftalina. Por eso, no es de extrañar que la excesiva reverencia universitaria constituya más un cerco que una invitación a la lectura. ¿Qué te viene a la mente cuando hablas de un Clásico de la Literatura?: a) un lomo grueso de la biblioteca, b) un fragmento en el libro de texto de la primaria, c) un título enlistado en la enciclopedia, d) la versión adaptada que sólo leemos en historietas, e) las obras encogidas que vende Gómez y Gómez cada Feria del Libro, f) otra línea para la lista de propósitos, g) una edición económica que ni siquiera paga derechos de autor y que parece concebida para causar el menor gasto por un libro obligatorio, h) ninguna de las anteriores, leí La Ilíada después de ver Troya y me gustó más la película que Homero.

¿Son acaso esos ejemplos formas de vida o métodos de respiración artificial? La vida de un clásico, como cualquier otro libro, depende en esencia de las conversaciones, el diálogo que garantiza la vitalidad de una obra. La conversación es la parte activa de leer, el costo social para no morir de solipsismo. Por otro lado, un terreno de lecturas en común augura una buena conversación, aunque muchos piensen que lo que augura una buena conversación sea un territorio de afirmaciones compartidas. ¿Qué relega al clásico de las conversaciones? La aparente dificultad para entrar en la plática, el miedo a opinar equivocadamente, el temor a no concordar con los expertos, a no admitir el buen número de opiniones acumuladas por quienes sí saben leer (no como nosotros, que ni siquiera compramos ediciones críticas).

Opinar sobre un clásico es hacernos responsables de afirmaciones que no estamos seguros de que sean tan acertadas y profundas; es decir, tan eruditas. Un clásico no puede limitarse al placer, como lo haríamos por ejemplo con una novela de entretenimiento, la “lectura inocente” tan agriamente criticada por los expertos. Al igual que en los libros sagrados, hay una difundida creencia de que un clásico empieza a serlo cuando deja de tener lectores y comienza a tener exegetas. De tal modo que una definición aproximada del clásico podría decir: “Llámese así al libro que podemos leer a pesar de las tesis universitarias”.

Quizás nunca llegue el tiempo en que los clásicos sólo sobrevivan por las citas (auténticas o no) y por lo que sea posible saber de ellos sin necesidad de leerlos. Pero es importante pensar en esa posibilidad para entender que, a diferencia de otros libros, sabemos de los clásicos muchas cosas, antes de abrir alguna de sus páginas: los molinos de viento, Ulises y el cíclope, los Capuleto y los Montesco. La multitud de parodias televisivas, cómics, relatos orales con los que crecimos nos dieron cuenta de historias que después descubrimos nuevamente en forma de libro o representación teatral y que parecieran formar parte de un territorio colectivo que nos ayuda a entendernos. Como si se trataran de puntos de referencia que se repiten con los siglos a través de autores que no se cansan de volver a ellos una y otra vez.

Pensemos un momento en los clásicos también como en tipos viejos y obesos que gozan de buena fama, pero que da flojera conocer. Nos dicen tantas cosas, nos asedian con tantas digresiones que no queríamos oír; parecen incomprensibles en cuanto nos los imaginamos como ancianos con Alzheimer a los que tenemos que cuidar; pero no pasa lo mismo cuando los vemos como nuestros contemporáneos. He ahí la diferencia.

Poco nos han enseñado los maestros de literatura sobre las aplicaciones inmediatas de leer un libro. Las fascinaciones del momento. La educación nos ha presentado a la literatura como si sólo actuara a futuro: para darnos cultura, para pulirnos el estilo, y no como el texto con el que podemos compartir muchas cosas, inclusive las que pueden al principio parecer banales. Descubrir, por ejemplo, que Aristófanes usaba todas esas malas palabras que ni siquiera podíamos decir en la misma escuela donde nos marcaron leerlo. (Augusto Monterroso confiesa que su amor por los clásicos comenzó cuando descubrió lo malhablados que llegaban a ser los griegos). 

¿Por qué una sociedad tan inculta como la española del siglo XVII volvió en best seller al Quijote, libro que no puede ser tan gozosamente consumido en pleno siglo XXI,  por una sociedad, eso sí, consciente a todas luces de su valor? Porque en la actualidad Cervantes está circunscrito dentro del ámbito educativo y cultural, para el que hay horarios y lugares establecidos y no del entretenimiento, donde siempre hay cosas mejores que ver a cualquier hora: una película, un partido de fútbol o Desesperate Housewives.

Y sin embargo, hay que apuntar que las necesidades inmediatas no son las mismas a lo largo de la vida. (Inmediatas en el sentido de “próximas” no sólo de “instantáneas”). Las experiencias recopiladas por Michele Petit en Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, nos hablan de la insatisfacción como motor de búsqueda de libros. Quien comenzó leyendo a Stephen King se hartó en algún momento de que le contaran la misma historia (el cementerio navajo se hizo inverosímil a la tercera vez) y se propuso encontrar una nueva voz en el estante. Tarde o temprano caemos en un clásico que nos parece increíblemente cercano, porque satisface algo que necesitábamos en el momento en que lo necesitábamos (“como si yo me hubiera perdido y de pronto alguien viniera a darme noticias de mí mismo”, dice Breton). En la rara coincidencia entre lo escrito hace siglos y lo sentido hace apenas una semana, nacen casos perdurables de familiaridad. Un clásico también es un viejo cómplice con suficiente autoridad para redimir nuestros vicios intelectuales. Montaigne me habló de para qué servía escribir ensayos, cuando yo sentía culpa acerca de la poca academicidad de mis textos. ¿Qué me dijo este autor del siglo XVI respecto a leer libros?: “En los libros sólo busco entretenimiento agradable”, “Las dificultades con que al leer tropiezo, las dejo a un lado”, “Cuando un libro me aburre cojo otro, y sólo me consagro a la lectura cuando el fastidio de no hacer nada empieza a dominarme”. Esto, expresado por alguien que tenía más de mil volúmenes en su biblioteca y cuyos conocimientos de la cultura griega y latina eran enciclopédicos, obedece más a una ética del conocimiento que a un acto de deshonestidad.

Uno establece relaciones con los clásicos mucho antes de que aquel título en la enciclopedia se vuelva de repente un libro. No sólo los citamos sin haberlos leído (ver supra) sino los plagiamos sin saber siquiera de su existencia. Todo ya fue dicho por un clásico (o por una canción de José José, como bien afirma Fernando Manzanilla) y sin embargo, un clásico no es la última palabra, acaso la palabra enlace entre dos momentos vitales.

Pero, si los hitos literarios han llegado al lugar que ocupan por méritos propios, ¿por qué hay gente empeñada en exigirnos su lectura?, ¿no llegaremos a ellos tarde o temprano de la misma manera que llegamos a otras situaciones de la vida, como el sexo, la decepción, e incluso el trabajo?

Como sucede con el sexo, no pasa nada si uno nunca lee un clásico, pero siempre es mejor haberlo conocido por lo menos una vez que no haberlo hecho nunca, según dan cuenta sus numerosos entusiastas. Y siempre es mejor descubrir que constatar, leer sin anteojos ajenos; de ser posible sin trajes de etiqueta ni buenas maneras. Porque al igual que la vida, los clásicos adolecen de exceso de manuales, guías para no tropezarnos en la reunión, para visitar un museo, ver todo y no tocar nada.

Veneración y  trasgresión suponen el acto de leer un clásico y cualquier otro libro. En el territorio individual hasta leer mal es creativo; hasta equivocarnos de palabras y volver sobre la línea, saltarnos páginas y desconfiar de los traductores. Leer “profesionalmente” es ese intento por seguir leyendo, revisar lo que en primera instancia nos ha merecido un calificativo emocional: conmovedor, terrorífico, divertido, etcétera, todos esos vocablos que no podemos usar en las tesis ni en las reseñas. Es buscar el truco detrás de aquello que nos atrajo porque en un principio parecía milagro. Hacer inacabable lo limitado.

Quizás debamos pensar en los libros con aquella frase aplicada a los hombres: después de un buen número de años, también buscan oídos vírgenes.