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Tediósfera

Dios juega al Scrabble

Dios juega al Scrabble

Para Gabriela, otra vez 

En 1938, un joven científico argentino no sólo obtiene un honorable doctorado en física sino que la Sociedad para el Progreso le otorga una beca para hacer trabajos sobre radiaciones  atómicas en laboratorio Juliot-Curie de París. Un año más tarde, ante el estallido de la segunda guerra mundial, su beca es transferida al Massachussets Institute of Technology (MIT), donde publica una investigación sobre rayos cósmicos. Para 1940, vuelve a la Argentina y enseña Teoría Cuántica y Relatividad en la Universidad de la Plata, donde tiene alumnos de la talla de Balzeiro o Mario Bunge. Modificando levemente algunas fechas, instituciones y ciudadanías, éste bien pudiera ser el recuento de logros de un estudiante apoyado por el CONACYT, pero lamentablemente su historia posterior no transita hacia cada vez más prestigiosos postgrados internacionales. En 1943, entran en conflicto su interés científico y su pasión artística. ¿Omití —quizás por error— que este investigador con futuro también pintaba y escribía? Pido disculpas por el descuido: se trata después de todo de actividades que no interesan en la hoja curricular, pero que resultan indispensables para entender por qué Ernesto Sabato, a los 32 años (la edad en que un hombre ya ha trazado su proyecto de vida), decide abandonar la ciencia para dedicarse simplemente a escribir. La decisión no pasa inadvertida para los colegas: el premio Nóbel de Medicina, Bernardo Houssay le retira el saludo (al parecer, le había resultado incomprensible cómo alguien podía cambiar el fértil terreno de la investigación por el camino inseguro del arte); el doctor Gaviola comenta: “Sabato abandona la ciencia por el charlatanismo” y Guido Beck, discípulo de Einstein, se lamenta en una carta: “En su caso, perdemos en usted un físico muy capaz en el cual tuvimos muchas esperanzas”.  Así las cosas, el incipiente escritor publica su primer libro de ensayos en 1945 y en 1948, su novela El túnel. Ante lo que consideraba mero “empecinamiento”, el doctor Gaviola le dice que sólo lo perdonará si logra escribir algún día una obra como La Montaña Mágica de Thomas Mann.

Años después, es el propio Thomas Mann quien se dice “impresionado” por la primera novela de Sabato. He de confesar que no me gustan las leyendas de éxito y coraje, pero sí El túnel y algunos hechos biográficos de su autor, porque la historia que acabo de relatar marcó mi vida en una adolescencia que también osciló entre la física y la literatura. En un país donde los apasionados de las matemáticas son una especie a preservar en cautiverios internacionales, yo amaba los números. Para alguien de la clase media baja, cursar la preparatoria y conservar el amor por las ciencias exactas apuntaba hacia un futuro políticamente correcto (un caso puede calificarse como políticamente correcto si aparece en los anuarios de una fundación). Sin embargo, también tenía diecisiete años y escribía poemas, comprensible hobby para una edad explicada hasta el hartazgo en los libros de Sexualidad, aunque no del todo pasajero, porque en mi caso, escribir fue necesariamente entender. Y para desgracia de mis padres, entender fue decisivo al momento de pedir la solicitud de inscripción para una carrera.  Abandoné a mi modo la ciencia por la literatura, aunque el término ofrezca una imprecisa idea de la infidelidad.

He conjeturado que a lo mejor lo que me gustaba de la física era la armonía de la exactitud, digamos, la música de la realidad. Como físico, hubiera sido igualmente un melómano en busca explicaciones como ahora lo soy de palabras. “Las leyes físicas deben poseer belleza matemática”, dice el premio Nóbel, Paul Dirac y luego explica: “La belleza matemática es tan indefinible como la belleza artística, pero es obvia cuando se la encuentra”.

Los hallazgos científicos algo tienen de inspiración artística. Como los mitos antiguos, la manzana de Newton dice mucho en su mentira. Desde hace milenios los frutos caen de los árboles, pero sólo hasta el siglo XVII nace alguien que puede leer el suceso de otra manera. En poesía, eso se llama “escribir una metáfora”. La aparente poca relación entre dos o más elementos produce un efecto estético: “El sueño es un depósito de objetos extraviados”, dice Gómez de la Serna. La poesía establece una correspondencia novedosa (sueño, depósito, objetos extraviados) pero al mismo tiempo descubre y hace ver algo que siempre ha estado ahí. De igual forma y según Hans Christian von Bayer, “una teoría científica es bella en la medida en que los fenómenos explicados por ella no estén relacionados o no parezcan estarlo”. 

Escribir y hacer hipótesis tienen en común nuestra sospecha del mundo. La ciencia y el arte poseen un mismo impulso de inconformidad con lo existente. ¿Por qué hay hombres que dedicaron años al estudio de un organismo unicelular? ¿Será la misma convicción que llevó al longevo Walt Whitman a escribir y rescribir un solo libro en toda su carrera?

Quizás tanto el científico como el artista necesitan un universo de  verdades provisionales para vivir, un grupo de palabras que no existen y que por ello se empeñan en buscar. No siempre confirmativas, la hipótesis y la escritura algo comparten con el desengaño.

Nunca he renunciado a las preguntas ni a la fascinación de la ciencia. Aquel triste muchacho de diecisiete años juega aún con números y descubre la poesía de las últimas conjeturas de la física. El mundo no es tan seguro como pensábamos y es precisamente ese inconveniente su principal  atractivo. “Dios no juega a los dados”, sentenció Albert Einstein para desacreditar la mecánica cuántica y su colección de fenómenos incompatibles con el sentido común. Pero el mundo también son sus palabras, el tablero donde Dios arma y desarma el rompecabezas del lenguaje. La vida, sus pormenores. El lugar que nos acoge a pesar de nuestra desesperación de no saber qué diablos hacemos en él. Ante el vacío. El lenguaje (científico, artístico, filosófico) surge para construir un barandal ante el abismo. El arte y la ciencia son dos formas de hacer habitable el cuarto compartido de la realidad.

Los dueños de nuestras quincenas

Los dueños de nuestras quincenas

“Me firma aquí, pero igual que en su credencial de elector”, me ordenó Norma, la encargada de la caja tres. 

Dos cosas definen la madurez: hacer un buen nudo de corbata y utilizar una firma que no sea tu simple nombre manuscrito. Me puse nervioso. Desde niño he querido ser parte del selecto grupo de quienes escriben con letra virreinal. Quizás por eso diseñé una rúbrica sumamente complicada que ni siquiera puedo repetir.

“Disculpe”, dije, “pero saqué mi credencial a los dieciocho años, cuando tenía una mano indudablemente más temblorosa que la de ahora. No puedo reproducir mi firma con tanta fidelidad.” 

“Es un prerrequisito”, me advirtió ella, mientras contaba una y otra vez los billetes. Quedé absorto. La palabra “prerrequisito” terminó por causarme una conmoción sólo comparable al día en que me enteré que los grupos culturales “Aurora” y “Brecha” habían actuado juntos. Tomé la pluma antes que la forma SAT 5 se manchara de sudor. La ropa sastre siempre me ha dado cierta impresión de autoridad. Después de sortear las dificultades para imitar mi propia letra, devolví la hoja, con el mismo temblor con el que se entrega un examen mal resuelto.

“Aquí faltan más rayitas”

Los dedos de Norma señalaban la línea que significaba “Eduardo”. Tomé la pluma de nuevo.

“Esto se parece al pastito que dibuja mi sobrino en el kínder.”

Intenté que mis trazos fueran definitivos: puse algo que podía interpretarse como una vaca o según lo que me dijo el grafólogo, como “la muestra inalterable de mi inseguridad”.  Ella examinó la línea punteada y añadió:

“Vamos a hacer una cosa: practique en esta hoja aparte y luego firme de nuevo. Si quiere hacer dos planas yo no tengo ninguna objeción.” 

“Me parece que no está siendo muy amable con este asunto de la hoja aparte.”“Si no le gusta cómo le trato, el cajero automático está a la entrada del edificio.”

“O. K. Acepto mi error. Entienda, he permanecido cuarenta minutos parado en la fila, entre un menonita que no dejaba de preguntarme cómo llenar una ficha y un tipo apodado Maney, y personalmente nunca he podido concebir cómo puede alguien presentarse en público como Maney, ¿ya? No soy, en definitiva, un antisocial pero toda esta situación ha terminado por irritarme.”

Un momento de silencio. La mirada que Norma había lanzado sobre mis ojos se me hizo cercana a la piedad. Sin embargo, lo que en verdad significaba era que había descubierto algo raro en la pantalla de su computadora.

“¿Su nombre es Juan Hernández?” Lamentablemente, la pregunta llegó antes del sello que me hiciera salir de ahí.

“No. No soy Juan Hernández. ¿Por qué?”

“Parece ser que su cuenta está a nombre de otra persona.”

Era el colmo, y estaba consciente de ello. Pero cuando se trata de retener dinero, el banco logra que lo imposible suceda.

“Lo siento”, contesté, “Juan Hernández es mi alter ego, o mejor dicho la credencial de Sam’s Club que uso indebidamente cada que necesito comprar ochenta rollos de papel higiénico. Pero no creo que eso interfiera en el retiro que pretendo hacer.”

“Definitivamente que sí interfiere.”

“Vamos, tengo la tarjeta, conozco el número confidencial, ¿no va a pensar que soy uno de esos tipos que pone pantallas falsas en los cajeros?”

“No, pero por si acaso, necesito que me firme aquí, sólo que igualito a su credencial.”

Me rasqué la cabeza para asimilar el “prerrequisito” en los mejores términos.

“Mire, no puedo entender que si deposité siete mil pesos me los acepten, y que inmediatamente después, cuando quiero sacar cuatro mil, me pongan tantos obstáculos.”

“Estamos para proteger su dinero, señor. Debería agradecer nuestras políticas de seguridad.”

Deseé fervientemente que el banco se viniera abajo, con todo y sus políticas de seguridad.

“O. K. Me imagino que están conscientes de que el mayor peligro para mi dinero es que yo disponga de él. Lo acepto, soy un comprador compulsivo de libros, pero esto ya es absurdo. ¿No ve que soy el mismo tipo de la identificación?”

“Las fotos no me dicen nada. La otra vez vino un individuo que se parecía a un novio mío y que sin embargo se identificaba como el urólogo Pinzón. Por lo tanto, yo no... Oiga, ¿le sucede algo?”

“Nada... recordé algo de repente. ¿Me puede dar mi dinero de una vez?”

“Sólo estoy esperando que me lo autoricen.”

Como si se tratara de una cámara de Gessell, observo del otro lado del vidrio una realidad intocable que cuesta trabajo explicar. De este lado, la vida tiene forma de retiro o depósito. El banco es un mal necesario, casi como el dinero.

“Tenemos problemas con sus fondos. ¿No será que tiene la cuenta en otro banco?”

“Ignoro a qué se refiere cuando dice otro banco. Éste, donde me encuentro ahora, ha cambiado tres veces de nombre desde que soy cuenta habiente.” 

“No es algo de lo que me pueda culpar.” “¡Romances a otro lado! ¡Hace quince minutos que la fila no avanza!”

El cliente que gritó parecía un poco más histérico que yo. No quise ni volver el rostro.

“Mire, don Juan, la gente se está desesperando, ¿qué le parece si viene más tarde?”

“Cómo que Juan. Me llamo Eduardo Huchín, le acabo de mostrar mi credencial.”

“¿Ah, sí? ¿Eduardo Huchín Sosa, el escritor? Vaya qué sorpresa. Si yo tengo su libro.”

Una bocanada de aire llegó a mis pulmones. Pensé que ésa podría ser una de las pocas ocasiones en que mi propia obra me sacara de un apuro. Ella siguió hablando:“Llevo su libro a todos lados. Déjeme decirle que incluso lo traigo en este momento. ¿Me podría escribir una dedicatoria?”

Me llevé la mano al bolsillo: “Claro.”

“Sólo le pediría que la firma me la hiciera igualita que en su credencial.”

Por un momento deseé que mi bolígrafo tuviera un estilete escondido.  

Las paredes hablan

Las paredes hablan

A veces es necesario poner atención a ciertos mensajes para descubrir las voces dormidas de la ciudad de Campeche. De los letreros pegados en las escuelas a las escrituras clandestinas sobre paredes, de las anotaciones hechas sobre los márgenes de libros a las provocaciones de tinta en los mingitorios públicos, alguien anónimo rebate el silencio. Las groserías y sus trazos nerviosos, las declaraciones y sus nombres en mayúsculas, los fanatismos y sus historias personales (alguien escribió “¡Yo soy tu maestro!”, quién sabe por qué, en la pared de una tienda de colchones) forman el manifiesto de la diversidad. Balzac dijo que el callejeo era la gastronomía del ojo. El gustoso recorrido por el menú de lo inesperado. En ocasiones emprendo ese itinerario por calles donde parece que nadie dice nada. Y un descuido gramatical convierte todo en un hallazgo. La cotidianidad cambia cuando podemos fijarnos en detalles aparentemente insignificantes: una letra mal escrita, un chiste sin destinatario, un aforismo equivocado. Entonces la ciudad puede leerse con otros ojos y es posible seleccionar párrafos placenteros que compartir. 

  

Las sagradas abreviaturas: "Afiliado a la as. del sidto. de trans. de la rama autriz. similares y conexos del Edo. de Camp. CTM. de c. 285" (En un taller mecánico sobre la Avenida Gobernadores)

Bonetería genética: “Se impartirá taller de verano para niños de fieltro” (En la puerta de un CENDI, centro).

Filosofía cosmética: “Vive el día de hoy como si fuera el último de tu vida”. (En un paquete de maquillajes para payasos. Aparador de una tienda frente al Mercado)  

Letras de letrina: “Me dicen el ‘Jimi Hendrix’ y eso que no sé tocar guitarra.” (En la pared de un baño público).  

Muy importante: “Los ojetes están más cerca de lo que aparentan.” (Corrección hecha sobre el espejo retrovisor de un automóvil, Barrio de San Francisco).  

La amabilidad, ante todo: “Se hacen trabajos, no ‘milagros’ ”.  (Proveedora papelera, Centro Histórico).  

Al final de una importante advertencia: “...Si no sabe leer, pregunte en la administración.”  (Cámara de Comercio, Avenida Central).  

La redundancia como protesta: “No a la agresión económica al imponer impuestos a nuestras prestaciones.” (Manta en la puerta de Vida Nueva A. C.)  

Super Crunch a la Miguel Ángel Cornejo: “Si no es una pizza perfecta, no la metas al horno.” (Letrero de Domino’s Pizza)  

Precaución: “El pegamento da Sida” (Letrero en una tapicería).  

Poesía selecta para conductores: “El que enamora y maneja, a su paso lisiados deja.” (Programa de educación vial. Avenida Colosio) 

Confesiones de un ex transeúnte: “Está cabrón andar a pie” (Letrero sobre la defensa de una camioneta).  

Higiene burocrática: “Prohibido tirar desperdicios” Y abajo con plumón: “Ya somos muchos” (En una oficina pública).  

Oferta de paquetería: “Fichas extraviadas a sólo $ 10”. (Anuncio en el área de paquetería de la Tienda García) 

Máxima: “Todos los pinches huevones que llegan tarde le echan la culpa a los camiones”. (En el interior de un microbús) 

Atención, vándalos: “Prohibido no hacer mal uso de estas instalaciones” (En una unidad deportiva)

La copia más fea

La copia más fea

Televisa tiene el gran talento de convertir en basura los argumentos ajenos o en el peor de los casos, elevarlos al nivel de los propios. La última de sus hazañas fue extender carta de naturalización a “Betty la fea”, aquella hija de Fernando Gaitán, cuyo logro paralelo a divertirse sin transgredir las reglas de la telenovela, fue presentar una Colombia lejana de la narcoviolencia. Ahora, libre de modismos sudamericanos, llega “La fea más bella”, a ritmo de banda y con la misión de subir la autoestima de las televidentes. Un mensaje positivo, dado que según la productora Rosy Ocampo, “nos dimos cuenta que la mexicana se siente inferior”. Pese a las buenas intenciones que siempre ha mostrado la televisora (causas sociales, como cumplir sueños a través del canto. Me refiero a sus propios sueños de rating), algo no funciona en el melodrama. No sus repercusiones comerciales (que han demostrado ser altísimas), sino a nivel de contenido, incluso me atrevería a decir a nivel literario; una valoración inútil para muchos, ya que la literatura parecería salir sobrando en las telenovelas de Televisa, salvo cuando se trate de apuestos maestros de Letras a los que nunca se les oye mencionar siquiera un libro.

Pese a ello, ninguna narrativa está exenta de juicios literarios, aún sea televisión, aún se trate de cine. Algo no funciona en aquellas películas que olvidamos con rapidez a pesar de Charlize Theron en látex negro. Entonces, ante la decepción, se apunta hacia el papel y pensamos que quizás sea el guión el que falle. Lo mismo sucede con “La fea más bella”; hay algo en su entramado que evidencia una mala mano que adapta, un desafortunado intento de calca.

Pensemos un poco en la historia original: los personajes de “Betty la fea” habitaban la cotidianidad bogotana en la medida en que parecían reales. En la versión mexicana, todo roza la farsa, la carcajada que quiere exigirse a falta de comedia. Generalmente convencida de que el humor tiene que ser obvio (a través de las risas grabadas o con la pronunciación exagerada de AMLO), la televisión mexicana teme contar “chistes que no se entiendan”.  Por ello, los personajes tienden a la caricatura: para dejar claro que se trata de un asunto de risa. No dudo que en el futuro, el consorcio de Chapultepec termine por poner subtítulos que digan “Lo anterior fue un chascarrillo” para significar alguna situación cómica. 

En tanto los productores no confíen en la sutileza creerán todavía necesario evidenciar el ridículo. Bajo la tiranía de lo elemental, la fealdad de Bety se vuelve esperpento; la histeria del jefe, extrema gesticulación. Un solo ejemplo: Nicolás, el amigo de la fea ahora renombrado como Tomás, no es una conjunción de soberbia, inteligencia, vida parasitaria y antisocialidad, sino que termina reducido a un idiota. Los personajes se aplanan a favor de que “La fea más bella” parezca efectivamente obra de Rosy Ocampo. 

José José es un caso triste, porque corona la fallida estrategia de volver actores a los cantantes. En su desempeño, la personalidad sobreprotectora de Don Hermes (divertida y molesta, finalmente conmovedora) no llega a ser sino una repetición memorista de parlamentos. Afincado en su voz de eterna laringitis, el “Príncipe de la Canción” mata la vivacidad de uno de los personajes clave de la historia.

Tengo una hipótesis: las telenovelas de Televisa presentan a estrellas disfrazadas de personajes y no a seres de ficción interactuando entre sí. De tal modo que se buscan actores que interpretándose a sí mismos se parezcan a los personajes. Jaime Camil no se comporta sino como Jaime Camil con otro nombre (habría que añadir que se trata de un histrión con el talento necesario para que el cinematográfico hermano de Zapata también se parezca a Jaime Camil). Televisa siempre ha utilizado esa estrategia: cuando la intención es vender celebridades, las telenovelas sólo le sirven como escaparate.

Volviendo a la historia original, habría que acotar que uno de sus mayores encantos eran sus personajes secundarios. Gaitán supo habitar su telenovela de tipos humanos (con dosis exactas de tristeza y euforia, de locura y sensatez) que hacían de “Bety la fea” una narración verosímil: las compañeras de la oficina, el vigilante, el mensajero, los abogados e incluso el modisto (un agrio comentador más cercano a Horacio Villalobos que al afeminado sin personalidad en que lo ha convertido Sergio Mayer). En la versión mexicana, estos personajes  apenas llegan a la parodia (que quizás sea la definición exacta de lo que representa el humor para Televisa).

Hay masoquismos comunes como ver una película y compararla con el libro que la originó. Ejercicios que terminan por constatar que ninguna copia es mejor que su original o que toda buena adaptación supone una evidente trasgresión. En el caso de “La fea más bella” es difícil no pensar en los actores nacionales intentando calcar a sus homólogos sudamericanos. Una aspiración que, reconozco, me irrita. 

Cuenta Borges que alguna vez presenció un pésimo montaje de Shakespeare y que al salir del teatro estaba en verdad extasiado con la grandiosidad de Shakespeare. Quizás eso haya sucedido con Fernando Gaitán (los puristas me exigirán guardar las distancias): escribió una historia tan entrañable que, a pesar de versión mexicana, es capaz de reventar los ratings.

La vida es un Ceneval

La vida es un Ceneval

En alguna parte de sus lúcidas disertaciones sobre el saber universitario, Gabriel Zaid afirma que de la misma manera que “el Estado impuso la centralización de la violencia (...) no es inconcebible que los títulos lleguen a ser expedidos por una sola institución.” La variedad de títulos y, sobre todo la variedad de saberes que encierra el mismo título según la universidad que lo expide, devienen en la devaluación del título en sí mismo. Lo que no es una mala consecuencia si eso nos lleva a ver una de las realidades universitarias más escamoteadas: que los títulos, salvo cuando son de pieles aptas para cocinarse, poco sirven para la vida.

El Ceneval parece haber asumido las características de esa central de certificación que menciona Zaid, a pesar de no expedir títulos. Creada a principios de 1994, el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior ha venido aplicando en todo el país sus exámenes de excelencia (dos de ellos con nombres de sondas espaciales: EXANI-I y EXANI-II) y muchas licenciaturas han adoptado dichas pruebas como un requisito obligatorio para sus titulaciones. ¿Y qué sucede cuando la palabra “requisito” se alinea con el adjetivo “obligatorio”? En variadas ocasiones: un drama.

Desde los inicios de nuestra vida escolar, los exámenes son un punto de referencia central, dado su carácter de tragedia inevitable. Por ello siempre se ha visto a quienes los exentan con cierto dejo de admiración y desprecio, como cuando alguien sortea una desgracia que por mayoritaria nos parece universal (una epidemia, por ejemplo). En la primaria aprendimos a concebir cada día de examen como un día negro y ninguna enseñanza ha sobrevivido con más persistencia en nuestra memoria que ésa. “Lo que se enseña por el miedo hace el saber temeroso”, dice Raoul Vaneigem. En nuestra cultura, el miedo se disfraza de superación: el ansia de alcanzar el escalón siguiente tiene mucho que ver con el terror de permanecer en el escalón donde todo mundo ya llegó.

El examen es un tortuoso instrumento de diagnóstico, pero también una alegoría del totalitarismo paterno que nos obliga a responder sólo lo que se nos pregunta. (De ahí que el repertorio de trampas utilizadas para aprobar sin haber estudiado represente, de alguna manera, un pequeño acto de desobediencia). Las pruebas han educado al estudiante para preocuparse en las respuestas mucho menos que en las preguntas y en el tono en que están formuladas. Las semanas de exámenes tienden a volverse, así, en un ejercicio adivinatorio del estilo de cada maestro. A todos nos encantaría que sólo nos cuestionaran sobre aquello que más nos apasiona: desgraciadamente en el Ceneval la pasión se subordina al estándar.

Estar sentado diez horas frente a una hoja de papel y a contrarreloj, sólo nos prepara para la burocracia, o la demencia en el mejor de los casos. Ahora que la educación ha dejado de sustentarse en dogmas (como en el medioevo) para convertirse en un dogma ella misma, los exámenes de excelencia han venido a ser una prueba de fe. Lamentablemente, las universidades no quieren tanto la excelencia como el certificado de excelencia; por eso, el Ceneval, como el celibato, promueve con insistencia el arte de sufrir innecesariamente. La lógica educativa ha ensalzado al saber con un particular sentido del padecimiento (¿no mencionan las placas de graduación la palabra “sacrificio” cada dos reglones?).  Viéndolo de ese modo, el Ceneval es la consumación de un rito, a veces doloroso, que incluye estudiar con los amigos (nada tan inútil como prepararse en grupo; pero también, nada tan deprimente como estudiar solo), fotocopiar antologías ilegibles y preguntar a quienes lo hayan presentado antes su experiencia al respecto.

Siempre he desconfiado de las pruebas; me parece que existen habilidades individuales que sus reactivos no alcanzan a cuantificar. Sonará estúpido decirlo, pero un examen de Ceneval sólo puede medir con exactitud “la capacidad para resolver exámenes de Ceneval”. Lo mismo sucede con los tests de inteligencia y las pruebas vocacionales. No me parece que diez horas sean suficientes para estimar la capacidad de alguien (entendiendo como capacidad a “toda aptitud proclive a ser medida aritméticamente”): hay quien en diez minutos se revela un idiota. Pero también hay quienes demuestran su talento precisamente por estar fuera del estándar.

Uno de mis sueños recurrentes es que el Ceneval contenga preguntas de literatura, sometidas a opciones de sentido común. Daría la vida por leer reactivos como los siguientes:

  1. Neruda escribió: “Es tan corto el amor, y es tan largo ________________”. 

a)       el olvido  

b)       tu vestido  

c)       el kamasutra  

2. Decirle a una mujer “Eres demasiado bella para predicar la castidad” sirve para___________________________. 

a)       Escribirle un poema a partir de estos versos de Paul Eluard  

b)       Pedirle perdón   

c)       Pedirle permiso 

Pero con tristeza observo, que el arte de hacer preguntas está muy lejos de cualquier  ánimo socrático y muy cerca de las frías exigencias del mercado.

 

Nueva zoología fantástica

Nueva zoología fantástica

Toda una historia de piratería en Campeche ha determinado nuestra susceptibilidad a hacer versiones piratas de lugares emblemáticos. No conformes con tener una Estatua de la Libertad en Palizada, una réplica provinciana de las Torres Gemelas, una iglesia de la Ópera de Sydney, hemos hecho de Isla Aguada nuestro Roswell tropical. Con el mínimo equivalente a un extraterrestre para la costa, ha llegado a nuestros correos la imagen de una sirena tan desmedidamente real que puede adivinarse la fibra de vidrio de su textura.  Dicen los pescadores del lugar que ellos han oído sus cantos y que la costumbre de amanecer amarrados en sus barcas proviene de su inenarrable presencia. Ah, y hablaron de un tipo de un solo ojo, pero no abundaron en ello.  

Encuentros cercanos

Encuentros cercanos

De niño, yo pensaba mucho en los extraterrestres. Era la época en que mamá doblaba cucharas y la niña que me gustaba seguía las trayectorias del agua con una vara de zahorí. La tv dedicaba inquietantes programas a misteriosos vestigios, como las figuras de Nazca o el astronauta de Palenque, que sólo admitían explicaciones a partir de lejanas visitas de civilizaciones avanzadas. Vi Cocoon y no volví a meterme a una piscina en diez meses. El cielo se volvió el amplio escaparate de mis miedos.

Quince años después, el asunto vuelve con persistencia anómala. Un familiar cercano me habla de abducciones con el mismo temblor sudoroso con el que antes hablaba de su colonoscopía; la prima de mi novia descubre una mañana a sus queridos perritos poodle cubiertos de “una materia dulce y pegajosa” y uno de mis vecinos se ha encerrado indefinidamente en su baño a la espera de un ser llamado “Aldebarán”. El caso más patético es la de un tipo apodado el “Spider” que llegó al taller mecánico de la esquina pidiendo “tres motores de volcho o, en su defecto, cinco de licuadora” para construir una nave espacial. Ciertamente, no es la primera vez que “miramos al cielo en busca de alguien”, pero es, sin duda, hasta ahora cuando la expresión pierde todo sentido religioso y alcanza los bordes ridículos de una redención astronómica.

En 1947, Keneth Arnold describió a un objeto volador diciendo que tenía “forma de plato”. A partir de entonces la astronomía y la gastronomía tendieron a confundirse en ese punto. Con total entendimiento de la aerodinámica del frizby, los platillos volantes unificaron, como ninguna otra cosa, los criterios acerca de cómo deberían verse las naves de los extraterrestres. Un modelo que repercutió en la desconfianza con que empezamos a observar cualquier cuerpo suspendido en el espacio. Los expertos coinciden en la enorme posibilidad de las ilusiones ópticas (en las confusiones comunes: venus, globos meteorológicos, etcétera); pero los creyentes dejan menos dudas acerca de su tenacidad: si de algo están convencidos, es de la total miopía de los escépticos.

Desde las mutilaciones bovinas hasta las extravagantes figuras geométricas encontradas en los maizales, el turismo ovni parece empeñado en dejar evidencias cada vez más semióticas de sus estancias. Christopher Buckley (que ha escrito un hilarante libro sobre el tema: la novela Hombrecitos verdes, publicada en español por Sexto Piso) se burla de los millones de estadounidenses que están convencidos de que su gobierno les oculta información sobre visitantes de otras galaxias. Nuestros vecinos del norte han desarrollado una notable predisposición a la amenaza, a tal punto que la palabra alien refiere lo mismo a los extraterrestres que a los inmigrantes. La protección es el gran negocio americano, y su prosperidad depende igualmente del desarrollo tecnológico como de su capacidad para inventarse enemigos. En México no estamos exentos de creer en inteligencias superiores (algo que Samuel Ramos hubiera atribuido a nuestro complejo de inferioridad) y, por ende, siempre nos complace encontrar noticias acerca de algún avistamiento inexplicable.

Por otro lado, las apreciaciones de Freud respecto a la importancia del sexo en nuestras vidas parecen probar con el fenómeno ovni su auténtico grado de universalidad. Las abducciones con fines reproductivos son el último rostro de la imaginación amorosa. Los numerosos relatos femeninos que hablan de una plena satisfacción sexual debido a que “ellos tenían tentáculos” me hacen pensar en el fin del cuerpo tal como lo conocemos. ¿A dónde iremos a parar? El erotismo que ahora requiere de lenguas bífidas reúne a tantas entusiastas, que posiblemente termine mereciendo una línea en el Informe Hite.

Con frecuencia, la ola de secuestros por platillos voladores se circunscribe, tanto en hombres como en mujeres, a personas poco dadas a la seducción; como si el rango de su credibilidad dependiera de la ausencia de atractivos. (Uno se pregunta por qué los extraterrestres no han raptado a Pampita, por ejemplo.) Un científico postuló hace poco que debido a esa cualidad, los árboles cercanos a la zona del secuestro tienden a desaparecer: probablemente sirvan para fabricar bolsas de papel marrón. No obstante, puede ser que el concepto de belleza que maneja el turismo extraterrestre sea tan parecido al norteamericano que incluso la voluptuosidad se mida también en términos de exotismo. Teniendo en cuenta sus pasiones por el ganado, no me extraña que los alienígenas sean capaces de cualquier desviación.

Zach, un abducido que ha tenido relaciones con una “nórdica” humanoide de dos metros, declara: “Es difícil estar eróticamente involucrado con un extraterrestre.” Pero también asegura que, de alguna manera, esta intrusión ha enriquecido sus momentos íntimos: “Cada vez que mi esposa y yo miramos las estrellas, no puedo evitar ponerme romántico.” Su actual pareja humana, Sally, sabe que Zach no puede cumplir con sus obligaciones amorosas después de la consabida abducción semanal; por lo tanto ha tenido que redefinir sus conceptos de “monogamia” y “envidia del pene”. ¿Qué es lo que más te gusta de tu amante? Zach responde: “Definitivamente sus senos. Bueno, quiero creer que se trata de senos.”

“Alien para amar” dice una playera en el aparador de una tienda. Los seis mil millones de personas que pueblan este planeta no nos libran de sentirnos a veces solos. Pero cuando las luces en el cielo despiertan la emoción de una cita concertada, el asunto es de pensarse.

Fueron a Cancún y sólo este pinche artículo trajeron

Fueron a Cancún y sólo este pinche artículo trajeron

Para Miguel García y Fernando Manzanilla 

Enviado sin gastos pagados a cubrir el spring break de Cancún, este servidor junto con dos arriesgados investigadores (un psicólogo interesado en el choque de culturas en época vacacional y un publicista experto en mensajes subliminales) tuvo a bien comprobar que ciertas afirmaciones que tratan de la migración masiva de rubias en nuestras playas son parcialmente erróneas. Sin embargo, aunque esas mentiras (promovidas principalmente por los animadores y los bármanes de los hoteles) gozan de una ciega devoción por parte de los turistas nacionales, me permito echar un poco de luz sobre su autenticidad:

 

1. “En la noche, el único idioma es el tacto.” Efectivamente. Con treinta planter’s punchs encima, la única forma que tienes de conocer el mundo es a través de tus manos, lo que no significa que todas las turistas acepten ser tu cuaderno braille. 

 

2. “A las gringas les gustan los morenitos y chaparritos.” Pero únicamente por las fotos: ya sea que uno esté detrás de la lente (motivo pragmático) o delante del flash (motivo etnográfico). Se entiende: el paraíso que les venden las agencias de viajes a los estadounidenses incluye por lo menos a tres de nuestros paisanos bajo una palmera.

 

3. “Cancún es como Sodoma, sólo que en lugar del Mar Muerto tiene de cerca al Mar Caribe.” Nada más que sea por el calor infernal (debido a un inservible aire acondicionado Carrier en tu cuarto de turista mexicano) y porque después de salir de las aguas, uno termina con tanta sal en la piel como la mujer de Lot.

 

4. “Ya entradas en ambiente, las norteamericanas no te discriminan.” Si eres negro, alto, tienes el cráneo rapado, una camisa ancha de jugador de básquetbol y aparte te pareces a 50 Cent, probablemente no te discriminen.

 

5. “En la disco, tú nada más aflojas el cuerpo y ellas solitas se pegan a ti.” Teniendo en cuenta la ley física que dicta que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, podemos comprender la mecánica de la fricción en las superpobladas discos del spring break.

 

6. “Al intentar flirtear con dos o tres gringas uno termina aprendiendo inglés.” Mentira: no alcanzarás ni tu peso en puntos del TOEFL con ese sistema. La única manera de aprender inglés en Cancún es leyendo el Nuevo Testamento bilingüe que dejan los Gedeones en los cuartos de todos los hoteles; por lo cual uno acaba respondiendo a cualquier pregunta: “¡Blessed are the poor of spirit!”

 

7. “Las Discotecas de Cancún: buena música, buen ambiente y cientos de rubias, ¿Qué más quieres en la vida?” Esta falacia, que es aceptada de forma casi automática por los vacacionistas, requiere de una revisión más detallada.

a) La música: En realidad no es tan buena. El hip hop (que hace bailar a los extranjeros como si quisieran librarse de una trampa de pegamento) te conduce fácilmente de la desconfianza al hartazgo. Después de escuchar veinticinco veces la misma canción de Missy Eliot, empiezas a extrañar “Pásame la botella”.

b) El ambiente: Es tan poco incluyente que lo mismo da que lo veas por televisión. Al fin de cuentas, lo que demuestra el spring break y los programas como Wild On es que los norteamericanos pueden divertirse en cualquier lado, siempre y cuando conviertan ese lugar en un pedazo de Estados Unidos.

c) Las mujeres: ¡Ah, sí: las magníficas chicas cuyas fotografías te llegan siempre al correo electrónico! Pero, ¡cuidado! no todas parecen salidas de una Teen Movie. Muchas cumplen el estereotipo de lo que mis compañeros y yo hemos denominado “Burger Queen”: cara de reina, cuerpo de hamburguesa.