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Slim Fast

Slim Fast

Según la revista Sentido Común, Carlos Slim ha superado a Bill Gates como el hombre más rico del mundo. ¿En apenas tres meses?, ¿cómo le hizo? No sé mucho de economía empresarial, pero cada que veo mi recibo Telmex o lo rápido que decrece mi crédito en el celular creo saber qué sucedió. Para la publicación online, un alza del 27 por ciento en las acciones de América Móvil, propiedad del magnate mexicano, propició el rápido ascenso de Slim en esa lista a la que todo ser humano quisiera pertenecer, quizás poco menos que aquélla de los hombres más deseados del mundo.
Yo tengo otra teoría: la piratería. El pobre (es un decir) señor Gates tiene que luchar con los programas clonados, con el software libre y peor que eso, con la sana competencia. El señor Slim la tiene más fácil: nadie ha desarrollado todavía la telefonía pirata, ni ha buscado la manera de clonar los números celulares, para cargarle la cuenta a los ricos de este país. El 40 por ciento de mis amigos tienen que lidiar en las computadoras de sus trabajos con el mensaje “Usted podría ser víctima de una falsificación de software”, diplomática manera de no llamar estafador al dueño del negocio; lo cual significa, a nivel global, algunos miles de dólares menos para Microsoft.
El caso de Telmex es más trágico. He visto filas de gente caminando con sus recibos, con ese ánimo de resignación de quien va a cobrar su vale de despensa en una tienda de raya. Llamadas inexplicables, dobles cobros por celular (como llamada local y por minuto consumido) y aquel supuesto número gratuito, que finalmente no lo era, constituyen las vértebras de la fortuna Slim: el abuso a pequeña escala. ¿Quién se acuerda de cuántas llamadas hizo al servicio de taxis o a casa de sus padres?, ¿quién cuántos minutos en la larga distancia?, ¿todo ese tiempo estuvimos metidos en Internet? Cuando no podemos estar seguros de nada, entonces apelamos al conformismo. El ciudadano promedio estima el tiempo perdido pidiendo explicaciones a una señora con más operaciones en la cara que Orlan y prefiere pagar esos cuantos pesos sin verificar con tal de salir lo más pronto posible del edificio Telmex.
Y no es exageración. Según algunos estudios en México se paga 260 por ciento más por la conexión a Internet de banda ancha que en Estados Unidos, 312 por ciento más por el teléfono celular y 65 por ciento más por la telefonía básica.
Pero Slim Helú tiene otra cara: la del filósofo del éxito que comparte las claves de su riqueza. “La pobreza se resuelve con educación y empleos”, declaró no hace mucho tiempo al New York Times. “No necesitas enseñar a un hombre a pescar, como decían los chinos. En vez de darle los peces, o de enseñarle a pescar, tienes que enseñarles a vender los pescados, para que coma algo más que pescado”.
Inspirador, sin duda alguna, pero quizás le faltó decir: “La auténtica clave es pescar mero y venderlo a precio de róbalo”. Hay que recordar que Slim Helú hizo su fortuna comprando compañías baratas y dándoles el giro que las volviera inmensamente productivas. Y qué mejor ejemplo que el de Telmex, a la cual adquirió de parte del Gobierno mexicano por 400 millones de dólares, cuando diversas investigaciones han calculado su auténtico valor en 12 mil millones.  
Pero en Slim no todo es dinero, aunque parezca una burla. Cuando tienes el suficiente capital para financiar a dos candidatos opositores a la Presidencia de la República, te puedes dar el lujo de la filantropía. Me lo puedo imaginar hastiado de incrementar su fortuna y para sentirse un poco más vivo buscando algo qué rescatar: un centro histórico en aquella ciudad, un grupo de niños en este otro municipio, esos cientos de estudiantes que no tienen computadoras. Ese altruismo mexicano, que le hace prometer 100 millones de dólares a la fundación Clinton a fin de combatir la pobreza en América Latina, no alcanza para dar tarifas justas a sus consumidores. Una actitud que podemos comprender y aplaudir si pensamos en Carlos Slim como en una nueva versión de Robin Hood, que le quita dinero a la clase media para dárselo a los pobres. En verdad conmovedor.
El de Slim Helú es un caso que despierta lo mismo admiración que indignación pues proviene de un país donde la mitad de la población vive con menos de cinco dólares al día.  Hay quien considera cruelmente irónico que un mexicano pudiera ser ya el hombre más rico del mundo, pero pensándolo bien sólo alguien de este país representaría mejor que nadie no sólo el “capitalismo disfuncional” del que ha hablado Denisse Dresser sino el crecimiento acelerado de la riqueza. Es decir, sólo alguien que aprovechara las debilidades de las instituciones antimonopolio mexicanas y sustentara su fortuna en los abusos al consumidor, podría alcanzar la cúspide del grupo de multimillonarios en tan poco tiempo. Acotados los otros ricos por el juego liberal de sus propios países, sólo un mexicano capaz de bloquear a posibles competidores y de cabildear contra legisladores que han querido limitarlo lograría ese primer lugar, sin muchas cortapisas.    
Quizás cuando descubramos la manera de sabotear al imperio del Fatboy Slim podamos sentir ese placer que anteriormente experimentábamos al comprar un programa pirata de Microsoft y alegrarnos de no contribuir con unos cuantos pesos más a los caudales inescrutables del mayor rico del mundo.

Las preguntas de la vida

Las preguntas de la vida

¿Qué se pregunta ahora la gente?, me dije. En la antigüedad griega, el mundo parecía reducirse a unas cuantas cuestiones como qué es el alma o si serían permitidos los efebos en el Mundo de las Ideas del que tanto hablaba Platón. Los hebreos pensaban: ¿faltará mucho para la liberación de nuestro pueblo? y los egipcios ¿qué hace una langosta muerta en mi recámara? 

La historia del mundo también debería ser la historia de sus preguntas. La aparición del método científico por supuesto cambió la forma de enunciar una duda. Si antes nos preguntábamos “¿por qué hay tantos murciélagos en la UAC?”, después del método científico deberíamos hacer la pregunta de este modo: “Determinación de la flora y fauna propicia para la aparición de murciélago en los jardines de la Universidad” y además publicar nuestra respuesta en la Gaceta Universitaria. 
 

Los periódicos, a través de los sondeos, se preocupan por saber las respuestas que tiene la gente ante determinadas preguntas: ¿está de acuerdo con la Ley del Issste?, ¿apoyaría la reforma del artículo 61? Al parecer a nadie le preocupa rastrear las dudas de la población: qué se cuestionan las personas en sus momentos de insomnio, en la soledad de una banca del parque, mientras se transportan en camiones urbanos. A pocos les ha interesado saber qué les inquieta a los ciudadanos; además parecería poco serio abordar a los entrevistados diciéndoles: a ver, señor, necesito que me haga un favor: pregúntese algo. 

A todos, en determinada parte de nuestra vida, nos ha interesado saber si vivir vale la pena, de si vamos a encontrar pareja algún día, de si pagar 70 mil pesos por un Ikon de medio uso es o no una tomadura de pelo. Siempre recurrimos a la indagación cuando estamos a las puertas de una decisión importante, que involucre el honor y sobre todo, el dinero: ¿debo o no apostar por el América la próxima temporada?, ¿compro un Melate o dos?, ¿será hora ya de exigir a la Fundación Pablo García que me pague mi beca de posgrado?

Pero eliminemos también esas cuestiones. Sobre todo porque preguntarse cosas que tengan que ver con dinero no es una auténtica preocupación, sino una resultante de este mundo excesivamente monetario en el que vivimos. Dejemos fuera el dinero; concentrémonos mejor en otras cosas.  

Sobre esas “otras cosas” quise hacer una investigación. Enlistar, aunque sea a pequeña escala, el motor indagador de la gente común. Durante mucho tiempo, estuve pendiente de las conversaciones ajenas y propias. Viajé en camión, no desestimé los cafés repletos, las filas en los restaurantes de comida rápida, o los “minutos del cigarro” en el trabajo. Escuché atentamente lo que las personas platicaban entre sí, en busca de dudas individuales. No la típica pregunta que te hace un jubilado a las afueras del banco de cómo sacar dinero del cajero, sino algo más inútil y más personal: ese tipo de curiosidad que tienen los niños pequeños, donde todo es por qué, dónde y qué es eso. Descubrí que para la gente adulta y consciente es más fácil afirmar algo de sí que compartir sus dudas, quizás porque comunicar una duda revela también una forma privada de pensar.

Tras horas de estudios de campo en distintos momentos de mi vida, recopilé algunas preguntas. Las apunté al llegar a casa y a veces hasta hice claves en mi brazo para no perder la idea. La calle fue muy útil y el azar ayudó también. Sería muy difícil reproducir el contexto en que estas preguntas fueron enunciadas, así que las reestructuré para que pudieran entenderse de manera independiente.

De la Universidad al parque público, de la biblioteca a la cantina, de la salida de misa al supermercado, rastreé lo que la gente alcanzaba a preguntarse en momentos poco decisivos.  Hice el mapa cartesiano de una ciudad que igual existe porque duda.  No enumeré la lista para jerarquizar las ideas, sino sólo para fines organizacionales.

Las 20 dudas más interesantes que encontré fueron las siguientes:  

1. ¿Será posible encontrar una recopilación pirata que no tenga la palabra “Perrón”?
2. Si hay tantas tiendas llamadas “La bendición de Dios” o “La Divina Providencia”, ¿existe relación alguna entre los abarrotes y la fe? 
3. ¿Por qué, en las cumbias, la palabra “bailar” siempre rima con “gozar”?
4. ¿Por qué los fanáticos de los gimnasios siempre usan playeras turísticas de “Cozumel México”?
5. ¿Por qué a los negros se les llama “gente de color” si técnicamente el negro es la “ausencia de color”?
6. ¿Por qué las taquerías se nombran siempre con la palabra “Amigo”?
7. ¿Por qué las canciones tropicales interpretadas por los tecladistas de la región siempre hablan de comida?
8. ¿Por qué, en las películas del Santo, el científico secuestrado siempre tiene una hija de buen cuerpo?
9. ¿Por qué las cumbias plantean relaciones contra natura, como la de “La jirafa enamorada de un monito”?
10. ¿Podría encontrarse algún premio de facultad universitaria que no tenga el nombre de una película?
11. ¿Será posible que la única expresión que conozcan los tecladistas para referirse a su auditorio sea la de “público bonito”?
12. ¿Por qué todos los meseros que usan pañoleta en la cabeza creen que son simpáticos?
13. ¿Por qué en las máquinas de baile hay siempre algún tipo bailando fuera?
14. ¿Es Elio Roca un personaje secundario de Los Picapiedra?
15. ¿Llegará el día en que los hombres laven las ollas cuando les toque lavar trastes?
16. ¿Por qué los carruseles tienen las caras de artistas ochenteros que ya se volvieron cristianos?
17. ¿Podría ser que los ortodoncistas no usen los motes de “muñeca” o “guapa” para referirse a sus pacientes?
18. ¿Por qué siempre hay un marino en las presentaciones de libros?
19. ¿Por qué el personaje “Woodstock” de Snoopy se traduce en México como “Emilio” y no como “Avándaro”?
20. ¿Habrá otra forma de poner la palabra “propósito” en los boletines gubernamentales sin que la anteceda la palabra “firme”?  

 

Galería de maestros ilustres

Galería de maestros ilustres

El maestro De Boer. Le decíamos el “Holandés errante” porque siempre se le veía por los pasillos observando con curiosidad de etnólogo a los mexicanos. Aunque daba su clase con acento de Ámsterdam, él creía que la daba en perfecto español y se daba el lujo de criticar nuestra dicción. Nunca calificaba en la consabida escala del 1 al 10, sino en fracciones incomprensibles --24/52, 17/85--, de tal modo que nadie sabía a ciencia cierta cómo había salido en sus exámenes.

El maestro Sarabia. Daba clases de física pero su verdadera pasión era el ocultismo. Al menor descuido tomaba tu mano y trataba de adivinar tu porvenir. Le preocupaban más los signos del Zodiaco que los positivos o negativos en las fórmulas de Fuerza o Aceleración. Hablaba de tu futuro como obrero de maquiladora o cajera de supermercado, un poco para justificar su vida llena de fracasos: “No estudies una carrera, para qué”, te decía. De la quiromancia pasaba con facilidad a la quiropráctica: siempre ofrecía masajes gratuitos en ambas clavículas.

La maestra Sánchez Pérez. Llevaba a sus hijos al salón de clases porque no tenía dónde dejarlos. Mientras explicaba los tres tipos de fosfuros de hidrógeno o el intercambio de valencias, sus pequeños demonios se dedicaban a escupir mesabancos o a levantarles la falda a las alumnas. Los niños parecían ejercer un recóndito dominio sobre ella, inexplicable en cuanto la maestra era estricta con los estudiantes, al grado de ser intransigente en la mayoría de los casos. Sus hijos le decían “Rosemary”, no “mamá”.   

El maestro Ambrosio. Le miraba las piernas a todo mundo, incluso al señor de la puerta.

La maestra Verónica. Estaba loca, llevaba medias blancas y tenía mirada de pez martillo. Como su marido daba clases de Álgebra, medio salón había ido ya a su casa con una botella de Passport Scotch bajo el brazo. Conocer a sus alumnos fuera del aula era para ella una forma de supremacía. Llamaba a todas las mujeres “prófugas de lavadero”.

El maestro González Valadés. Impartía Lectura y Redacción pero nunca supo explicar qué era un subjuntivo. Tendía a confundir las palabras: decía “paradigma” cuando quería decir “paradoja”, afirmaba de “reaccionario” y “contestatario” eran sinónimos; pensaba que “abigeato” era tener dos mujeres.

El maestro Suárez. Poeta y docente, aseguraba tener una foto con Milan Kundera que se había extraviado en un vagón del metro. En su particular mitología personal, Carlos Monsiváis lo llamaba “Neko” y Salvador Elizondo “My lonely crab”. Juraba que el poeta Eduardo Milán estaba tramando una conspiración para agraviar toda su obra.

El maestro Gutierritos. Era el marido de la maestra Verónica. Impartía Álgebra y Geometría Analítica, y llevaba el récord de reprobados en toda la preparatoria. Dócil con sus peores alumnos y con su mujer, intentaba mantener la dignidad cometiendo pequeñas injusticias con quienes sacábamos buenas calificaciones. No rectificaba siquiera un punto decimal, pese a las evidencias.

El maestro Rosenberg. Era el amor platónico de todas mis compañeras. Alto y refinado, representaba para ellas una bocanada de aire puro después de convivir 6 horas con una docena de preparatorianos malolientes. En sus momentos más extraños, el maestro Rosenberg dejaba, sin dar más explicaciones, la lectura de dos novelas para la siguiente clase. Al otro día no recordaba nada: “¿Que yo marqué esas lecturas? Imposible”, decía.  

El profesor Macotela. Nos cambiaba de nombre a todos, de tal modo que yo llegué  a ser Jorge, Elías, Teófilo y “Tú, el de lentes”. Rockero frustrado, no podía ver una guitarra arrumbada en el rincón sin pedirla prestada y tocar “Don’t cry”, con el ánimo de quien descubre por primera vez la música. Devoto de los juegos de azar, tenía la desfachatez necesaria como para asentar calificaciones en un Derby: siempre apostaba dieces o cincos en los partidos de la Selección o al simple cubilete.

La maestra Lucía. Nos acompañó en el viaje que hiciéramos un grupo de niños de primaria a Los Pinos a ver al Presidente de la República.  Padecimos un traslado en camión de 22 horas, donde no hubo un solo inodoro respetable y en cambio abundaron los restaurantes de comida rápida. Me pareció por sus actitudes prohibitorias, que a la maestra le importaba mucho inculcarnos el arte de ser bien portados a condición de tener una digestión anormal: “cómete todo el plato aunque no te guste”, ordenaba; “ni se te ocurra pedir el baño aquí en Los Pinos”, advertía. La mitad del grupo regresó con desórdenes alimenticios.

El maestro Francisco. El último día de clases, habló sobre el éxito, pero pocos le hicimos caso. Como practicantes de la realidad más inmediata, los habitantes del sexto grado no teníamos más expectativas en la vida que los cuerpos en desarrollo de nuestras compañeras. El maestro recurrió a la fábula de lo que llamo “el complejo Leprechaun” para representar la importancia de la actitud triunfadora. “Si van a ser zapateros, séanlo, pero conviértanse en los mejores zapateros del mundo”, aconsejó. Una amiga, de ésas que terminarían estudiando Antropología en la Ciudad de México, hizo una pregunta: “Maestro, sólo uno puede ser el mejor zapatero del mundo. ¿Qué va a pasar con los demás que vamos a fracasar en el intento?” “¡Niña, por favor!”, respondió el aludido en tono de burla, “¡hay otras miles de profesiones!”.

La maestra Ana. Fue mi amor en el kindergarten. La recuerdo rolliza y de trenzas como una valkiria. Representó mi primera lección de vida: el amor es rotundo pero transitorio. Por eso nadie mejor para iniciarte en él que una maestra suplente.

Anaquel 2

Anaquel 2

Mi “Behind the music” sobre el legendario grupo de rock campechano Toloc acaba de ser publicada en la revista Replicante, en un número dedicado al humor. Para quienes se interesen en la historia de una banda de epic metal y mejor aún, para quienes deseen indagar en el humor (de Groucho Marx a los Monty Phyton, entre otros genios) exijan su ejemplar en la librería Educal o en el Sanborn's más cercanos.

Padres e hijos

Padres e hijos

Lo peor que tienen los niños, definitivamente, son sus padres. Eso lo sabe cualquier invitado a una fiesta infantil, o cualquier automovilista a la salida de clases. Entre quienes son indiferentes a sus hijos, y quienes están obsesionados con ellos, la cosa no tiene mucho futuro. Los padres han sido desde siempre un mal necesario para la supervivencia de la especie, pero es hasta ahora que sus prácticas en la vida diaria nos hacen pensar si no sería mejor abandonarnos todos a la esterilidad antes de que sea demasiado tarde.
El auténtico problema de la civilización no es el excesivo nacimiento de bebés sino que cada bebé trae consigo, de manera innegociable, a un par de progenitores detrás de él. Hombres a quienes la paternidad tomó por sorpresa y mujeres que están pensando todavía en matricularse para un postgrado. Padres, al fin de al cabo, de la nueva era. Gente de tu generación que te invita al cumpleaños de su hija y tú aceptas sin saber que en realidad no se trata de una fiesta infantil sino de una reunión de jóvenes procreadores.
--¿Y tú, cuándo? --dice la esposa de un amigo, a quien le agrada verte después de tantos años.
En la pregunta subyace la inquisitiva cuestión de si ya vas a empezar a madurar de una vez por todas, con el único documento válido para una sociedad preocupada con “desarrollar integralmente a las familias”: el acta de nacimiento de tu primogénito.
--No me gustan los niños-- dices con estoicismo.
Ella te mira horrorizada y su gesto de consternación resulta comprensible. Tu respuesta sólo sería legítima en caso de que fueras un sacerdote; en tus labios de proletario común y corriente es casi como negar la única función para la que has venido al mundo: crecer y multiplicarte.
--No lo puedo creer. Pedro, ven a oír esto.
Pedro se acerca y Laura le explica la situación. En su papel de psicólogos conyugales, parecen Masters y Johnson deliberando sobre el último depravado sexual que les ha llegado al consultorio.
--Ese es el problema de los Hombres que Se Aman Demasiado-- dice Laura, quizás todavía embebida de su último manual de autoayuda--, que no se comprometen, ni siquiera después de casarse.
Aclaras que en realidad nunca habías contemplado el matrimonio en tu vida de pareja. Pedro y Laura se miran aún más sorprendidos. Finalmente se alejan de ti como huyendo de un sexagenario con dinero, que acaba de hacerles una propuesta indecorosa a ambos.
Tomas de la bandeja un vaso de refresco para relajarte un poco. No sabes  a qué temerle más: a los niños o a quienes los trajeron al mundo. Decides mantenerte a una sana distancia de uno y otro, cuando la mamá de la niña festejada se acerca por sorpresa y te hace parte de su enojo.
--No lo vas a creer. Me siento traicionada por mi propia familia.
Empiezas a sentirte nervioso. En esta fiesta todo mundo tiene algo que contarte.
--Fíjate que le compré a Paolita un vestido de princesa para que fuera la única princesa de la fiesta; porque si ella era la festejada, pues tenía que destacar de las demás, estarás de acuerdo conmigo. ¿Y qué pasa? Que mi hermana también trae a su hija de princesa. ¡Y de la misma! Al rato el fotógrafo no va a saber a quién tomarle más fotos.
¿Qué hace pensar a una profesionista inteligente, con ingresos regulares, incluso atractiva, que eso es importante? Es algo que nadie sabe. Te imaginas que eso que llaman “depresión postparto” a veces se prolonga más allá de lo aceptable. Quieres explicarle a la anfitriona, que el sobresalto emocional de ver a alguien vestida como ella sólo le vendría a Paola cuando entrara a la adolescencia, pero la mujer está demasiado concentrada en su propia cólera familiar. Minutos después, la niña se encuentra efusivamente con su prima.
--¡Otra princesa! -- dice con la alegría de no sentirse un insecto de vitrina.
La joven madre te pide un calmante y tú, que acostumbras a llevar antidepresivos en el bolsillo como si fueran morralla, se lo das.
Te mueves impacientemente a lo largo de la estancia y sales al patio de juegos. Ahí esquivas bicicletas y niños por el puro instinto de conservación. Hay algo vital y pavoroso en las travesuras de los pequeños burgueses: saben que tienen el poder y que en sus guerras fingidas tú eres un blanco fácil.
Corres por tu vida, pero no demasiado. Con la condición física que te cargas, correr ya significa atentar contra tu vida. Mientras avanzas, espalda a la pared, como esquivando la luz de un faro de penitenciaría, te sientes parte de aquella película Laberinto: buscando el camino más corto para llegar a casa, transitando apenas de un personaje extravagante a otro más extravagante.
Casi a la entrada del baño, te topas con una conocida profesionista. Mujer capaz, dedicada a la familia y que no deja ingerir a su hijo nada que no haya sido valorado por el pediatra. Obsesionada con la influencia televisiva, uno de sus mayores placeres estriba en divulgar los últimos hallazgos de especialistas extranjeros, científicos que atribuyen nuestra actual decadencia a tantos yunques caídos sobre personajes de caricatura en los sesenta.  
--Sabes, me encanta ver jugar a los niños. Estudios en Estados Unidos revelan que durante los primeros años de vida, los niños deben ver cero televisión y dedicarse más a conocer el mundo. Después quizás media hora de pantalla está bien, pero de preferencia sólo hasta que hayas compartido mucho tiempo con ellos. 
Lo malo de las promotoras de la convivencia humana es que después de pasar diez minutos con ellas, acabas aceptando que hasta la televisión te resulta menos insufrible.
--Disculpa-- le dices-- Mi hermana dejó a su hijo viendo el Disney Channel en mi casa. Creo que es hora de prevenirle que la mamá de Bambi será acribillada en cualquier momento.
Huyes. Ése es el término exacto para definir esos pasos apresurados hacia la mesa del pastel: un mastodonte de pan, merengue y chocolate, cuya arquitectura te hace pensar en el templo de Artemisa y en la posibilidad de que tú seas Eróstrato. Te sostienes sobre una columna cercana para ver a esos jóvenes casados: petulantes, correctos, nacidos con nombre de santo y apellido de consultoría. Ves su despliegue burocrático de amor, sus buenas maneras tan calculadas y falsas como los cursos empresariales a los que asisten.
Tomas aire para salir sin despedidas intermedias. Tantas horas de X Box te han entrenado en las maneras más ágiles de sortear algunos últimos cuerpos, distraídos e incómodos como un ejército de zombis. Ya en la calle, listo para aspirar el aire suave de la libertad, te sorprende la madre de un amigo. En realidad, no es lo que podría llamarse un amigo: se trata de un tipo que por un tiempo te acosó para que lo ayudaras a ponerle música a sus canciones. 
--¿Cómo te va, qué estás haciendo ahora?
La pregunta, por supuesto, tiene la sana intención de comparar lo que está haciendo su hijo, con la vida improductiva de quienes son o fueron sus compañeros en la preparatoria.
--Escribo.
Te ama: eres el tipo de persona que la hace sentirse orgullosa de su propia familia.
--Pues Bernardo ahora está trabajando en Pemex—dice.
Alzas la ceja: para una buena parte de la población, vivir semanas en una plataforma significa “hacer tu vida”.
--¿Ah, sí? ¿Y exactamente a qué se dedica?
--Pues en este momento tiene a su cargo a diez norteamericanos.
Habilidosa respuesta, si tomamos en cuenta que Bernardo es intérprete y que su mamá cree que tú no lo sabes. Sonríes y te retiras. Mientras avanzas sobre la banqueta, piensas que las madres tienen un extraño talento para escamotear información a fin de no mentir, para ver la realidad de sus hijos de otro modo y explicarla de la manera más simple y natural. No te extraña: es una última forma de proteger a sus pequeños de las raspaduras.

Trabajadores del mundo, uníos

Trabajadores del mundo, uníos

¿Recuerdas al administrativo que retrasó tus trámites de titulación, al taxista que cobró excesivamente un servicio, al tecladista que arruinó tus quinceaños, al volquetero que no entendió bien las instrucciones y tiró el escombro en el terreno de al lado? Es decir, ¿puedes ubicarlos en tu memoria junto al empleado de salud que recetó mal una medicina, al maestro de preparatoria que te miraba las piernas, a esa señora del Ayuntamiento, inmóvil como un animal relleno de aserrín? Si alguna vez los mandaste a todos ellos al infierno, el desfile del Día del Trabajo podría pasar como una especie de séptimo círculo, un concilio a temperatura ambiente lleno de condenados. Ahí estaban todos ellos, en el calor abrasador, achinando los ojos, alzando la voz y con decenas de peticiones laborales escritas en pancartas. Sólo hasta entonces comprendiste que pese a todo tenían necesidades, alma e incluso historia: padecían la ciática, estaban a punto de perder una patria potestad y sufrían la incomprensión de alguna de sus dos mujeres. Pedían mejores salarios, homologaciones, el bono suspendido inexplicablemente. Te avergüenza pensar que sólo los criticabas porque querían jubilarse a los 50 años. Y no, con cada rostro sudado, cada uniforme mal impreso, entiendes las raíces mismas de su lucha.

Los portales del Centro Histórico son el escenario donde se desarrolla auténticamente el desfile. Todas las demás calles apenas pretextan ese momento en que la líder saluda de beso al gabinete estatal, porque esa sonrisa del secretario de Pesca podría significar diesel barato todo el año. El desfile comienza en el parque de San Martín --donde los contingentes confluyen como batallones que han firmado la paz-- y recorre la calle 12 hasta su cruce con la 67; luego toma el circuito Baluartes para llegar a la calle 10 y enfilarse rumbo al parque principal.
En esa procesión, todos cumplen una especie de trabajo extra en día inhábil: los funcionarios escuchan, los asalariados protestan, los policías sostienen por radio pláticas tan ruidosas como las de un taxista. Más abajo, sentados en las banquetas, los reporteros se ocupan en capturar en dos mil caracteres la aburrida sucesión de contingentes y sus inútiles maneras de diferenciarse unos de otros: si se es embotellador se llevan latas de refresco; si se es volquetero se conduce, vaya originalidad, un volquete.

El Día del Trabajo funciona en virtud de una serie de recados con un solo destinatario: el Gobernador. En ninguna manta alguien escribirá algún mensaje para la gente común y corriente: “Estimados alumnos: doy Lectura y Redaccion por necesidad; ni siquiera se las reglas de acentuacion”. “Señor contribuyente: tengo familia y me he visto en la necesidad de vender Avon. Por eso nunca estoy cuando usted va”. Nada. Todos dicen: “Señor Gobernador: nos sentimos olvidados, pedimos concesiones, no queremos un segundo piso en el mercado”. ¿Será que sólo el mandatario en turno puede resolver los problemas que aquejan a la clase trabajadora?, ¿será que todo depende de una firma, un acto de voluntad, un apretón de manos con el secretario general del gremio? Ni los mismos trabajadores pueden asegurarlo: su protesta es un acto de fe. La insistencia religiosa con la que marchan cada año obedece más al sonambulismo que al convencimiento. Un poco como en sus propios trabajos.

La mayor  sorpresa después de la primera hora y media de desfile es la cantidad de sindicatos que existen. ¿Por qué hay un sindicato de filarmónicos y otro de trovadores?, ¿los separan las diferencias ideológicas, digamos que unos tocan de oído y otros con metrónomo, o técnicas: que unos llevan chicas bailarinas y otros apenas un tipo que les cargue los estuches? La pregunta carece de sentido en beneficio de la diversidad sindical o por aquello que antiguamente alguien llamó “la división del trabajo”. Habituados en áreas tan específicas o tan generales en el mundo laboral, los sindicatos o pecan de precisión o pecan de ambigüedad. Algunos trabajadores buscan diferenciarse de viejos gremios y llaman a sus agrupaciones con nombres tales como Sindicato Único Gremial de Prestadores de Servicios de Carga y Pasaje de Motocarros y Triciclos “20 de Agosto”. Otros, mientras tanto, generalizan a tal grado que nadie sabe con exactitud a qué demonios se dedican, como la Federación de Trabajadores, Similares y Conexos de la República Mexicana. Finalmente, entre tantas mantas de protesta, sorprende la odiosa simplificación de las siglas: STIRT, FEDESSP, FTC. Impronunciables, imprácticas, ni siquiera reconocibles, las iniciales ejercen un pobre símbolo de unidad; son casi onomatopéyicas.

Del SUTERM al FTSE, de los molineros a las telefonistas, el sindicalismo ofrece otra virtud: el reencuentro generacional. Aquel tipo que acostumbraba a buscarte pelea al final de la clase ahora es un líder cetemista; ese otro vándalo estudiantil que echaba pegamento en los portafolios ahora defiende los derechos de cuarenta locatarios del Sáinz. ¿El mundo cambió, cambiaste tú, las cosas siguen exactamente igual? Qué importa, la mecánica del empleo hace que tus antiguos ex compañeros ahora marchen con la frente en alto y tú los observes como si nunca los hubieras visto antes.

El desfile, que duró 3 horas y media, tuvo dos momentos climáticos. Primero fue la aparición del alguna vez diputado y artista del hambre Manuel Chablé Gutiérrez, quien junto a dos acompañantes, representó un gremio que bien podría definirse como el de Alegoristas. Según entiendo la tríada de la que era parte personificaba a los tres poderes fácticos de la política mexicana: la jerarquía católica, el empresariado y Televisa. Nunca se supo quién simbolizaba qué, pues el de la izquierda tenía chaqueta, el de la derecha gorra y el del centro, un collar hecho de campanitas doradas de navidad. Su cartel decía: “El alto clero, la elite empresarial y el bipolio televisivo son los causantes de la miseria de nuestro pueblo”.  Sin esa cartulina, todos hubieran pensado que se trataba de tres tipos que habían perdido sus respectivos contingentes.

La segunda y no menos espectacular entrada fue la de los empleados del Ayuntamiento, una tropa tan numerosa como para explicar por qué nunca hay dinero en la Comuna. Los trabajadores municipales se hicieron acompañar por la botarga del Carnaval, un pájaro naranja que situó al desfile en su exacta magnitud: la comparsa.

Conforme avanzó el desfile, las críticas cedieron ante las exigencias. Los maestros pidieron “salarios dignos, decentes”; los molineros, la regularización de la venta ambulante de tortilla; los burócratas del INAH, un alto a la Ley del Issste; las mujeres obreras, hacer algo contra el acoso sexual. Pareciera que desde su invención (con Adán, incapaz de sindicalizarse ante Dios) el trabajo ha ido sustentándose en la injusticia. De tanto repetir que la celebración conmemora a los mártires de Chicago, nos hemos creído un poco mártires tan sólo por trabajar. Se calcula que cerca de 23 mil trabajadores dieron a conocer sus reclamos por las calles de la ciudad a través de 120 sindicatos. Si el desfile duró 3 horas con treinta minutos, se podría hacer un cálculo sobre lo que llamo la Tasa de Empleo Miserable (TEM): cuántas personas están infelizmente ocupadas en el municipio. Así, si para 23 mil trabajadores se consumieron 210 minutos, eso supondría 109 empleados por minuto o contingentes de mil 90  trabajadores cada 10 minutos. Por tanto, cada minuto extra en el próximo desfile podría tomarse como 109 personas más que entraron al campo laboral. Mal pagados, sin derechos, pero finalmente empleados.  Excelente índice para medir nuestro desarrollo.  

Pornortografía

O cómo pasar del sexo en grupo a la zoofilia en una falla ortográfica.
Según deduzco, la tapa de aquella película pirata en el mercado principal debió decir Bath of semen.
Dice Bat semen.

Y Dios creó el spam

Y Dios creó el spam

Cada que llega Semana Santa, me asaltan en principio dos preguntas sobre Dios: ¿Por qué tiene publicistas tan obsesivos?, y especialmente: ¿por qué utiliza a mis amigos para mandar sus propagandas por correo electrónico?

Pareciera que en el siglo de la Internet, el Creador de Todas las Cosas no quisiera quedarse a la zaga de los chistes feministas, las cadenas de los Ángeles o las advertencias de que Hotmail se cierra.

Es quizás por ello que sus parábolas aleccionadoras invaden mi correo, siempre antecedidas por centenas de direcciones, casi todas tristemente conocidas, y que en el fondo intentan decir algo como: “Eh, ve a cuántos decepcionarás si no sigues al Señor”. ¡Qué difícil es apretar la opción “Eliminar mensaje” en esas circunstancias! Es como ser el terreno rocoso en el que Jesús decía que no crecerían las semillas de su palabra.

Arrepentido por considerar Spam esas historias de fe, me propongo resarcir mis majaderías divulgando dos parábolas de vida y esperanza.

1. El barbero 

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y entabló una conversación con la persona que le atendió.

De pronto, tocaron el tema de Dios.

El barbero dijo: Yo no creo que Dios exista, como usted dice.

--¿Por qué dice usted eso?-- preguntó el cliente.

--Es muy fácil, al salir a la calle se da cuenta de que Dios no existe. O dígame, acaso si Dios existiera, ¿habría tantos enfermos?, ¿habría niños abandonados? Si Dios existiera, no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad. No puedo pensar que exista un Dios que permita cosas como el hambre y la pobreza.

El cliente se quedó pensando, y no quiso responder para evitar una discusión. Al terminar su trabajo, el cliente salió del negocio y vio a un hombre con la barba y el cabello largo. Entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero:

--¿Sabe una cosa? Los barberos no existen.

--¿Cómo? Si aquí estoy yo.

--¡No! --dijo el cliente-- No existen. Si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre.

El peluquero salió a ver y el cliente pensó en el diálogo que se daría a continuación: “Los barberos sí existen”, diría aquel hombre apenas entrara, “lo que pasa es que esas personas barbadas no vienen hacia mí”. Y esa frase sería una oportunidad inmejorable para que el cliente rematara: “Ese es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él; por eso hay tanto dolor y miseria en el mundo”.

Pero sucedió que segundos después, regresó el peluquero y dijo entristecido:

--Tiene usted razón. Si más hombres siguen las enseñanzas e imitan la imagen de ese líder barbado de afuera, al que llaman Jesús de Nazareth, los peluqueros dejaremos de existir.

--¡Exacto...!-- dijo el cliente-- Ése es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que... es que...

Entonces el cliente salió del lugar, mascullando contra ese tal Jesús por haber echado a perder todos sus argumentos.

2. Conversaciones con Dios  

Rut llega a las 2 y cuarto de la madrugada a su casa. Sabe que sus padres están furiosos, pese que su tardanza tuvo que ver con armar un trabajoso proyecto cultural y no con salir con su novio, como ellos imaginan. Ya sabe lo que vendrá: algunos gritos, reclamos de pleitos anteriores, quizás su madre prorrumpa aquella frase de “¡Dios, por qué a nosotros!”. Sabe que la mejor estrategia es la serenidad; toma más aire y piensa un poco en los auténticos problemas: el financiamiento de la exposición, el viaje de los autores de la obra. Entra a la casa y los padres están en la cocina esperándola. Como si todo fuera parte de una obra de teatro en su vigésima representación, los parlamentos siguen tal cual Rut los supone. Incluso, su madre se desaparece a los diez minutos, como hace cada que quiere dejar a su marido controlar la situación.

--¿Y de qué es ese proyecto dizque cultural que estabas haciendo? --pregunta el padre, con ese tono irónico que devela su absoluta desconfianza.

--Una Semana de la Diversidad Sexual. Montaremos una exposición y proyectaremos películas sobre lesbianas, gays, transexuales y trasvestis.

Se escucha un vaso romperse en la otra habitación.

--¡Qué! --exclama el padre-- ¿Eres lesbiana o algo así?

--¡No! Sólo estoy apoyando a unos amigos.

--¡Amigos sodomitas, eso es lo que me quieres decir! En mis tiempos los hombres sólo nos tocábamos para celebrar una victoria en el fútbol.

--No exageres, papá.

--Sólo una cosa te voy a decir: ¡Romanos 1:26,27! ¿Lo has leído? Ahí condena Dios esas prácticas. Y no voy a permitir que mi propia hija promueva las perversiones como forma de vida.

--Tranquilo, papá --responde Rut, conservando aún la calma. Siente sed y gira para sacar un vaso de agua. Entonces siente una quemadura sobre su piel. La sorpresa le hace soltar el vaso y cae de rodillas. Cuando vuelve el rostro, ve que su padre le pega con una soga de hamaca sobre su espalda y reproduce en cámara lenta aquella portada de las Obras Completas del Marqués de Sade, que alguna vez  Rut había encontrado en los puestos piratas de la Feria del Libro.

 

En la noche, Rut lagrima de coraje. No concibe que en pleno siglo XXI, haya padres que todavía utilicen cuerdas de nylon para reprender a sus hijos. Por otro lado, no había qué extrañarse: mañana en la junta de cursillos, su madre seguramente contará horrorizada el episodio a sus amigas y éstas lamentarán en conjunto la desdicha de la familia, como si se tratara de un coro griego. “Oh, desdicha, oh, desesperación”. 

Mientras se convence en el silencio que es hora de independizarse de una vez por todas, su gato Plutón se acerca y le lame la cara. Antes de que ella decida si lo abraza o lo avienta a la caja de arena, el gato le habla en un español perfecto:

--Hija, te apoyo decididamente.

--Puta --dice Rut, asustada mientras se recoge a sí misma tapándose el cuerpo--. Ahora sí que he enloquecido.

--No te asustes. ¿Sabes quién soy Yo?

--Creo que eras mi gato.

--Ja, ja. En cuerpo sí, pero no en alma.

--¿Eres de esos seres que roban el ánima a los dormidos?

--No. Aunque a veces he tenido la tentación de usar ese método, el de la muerte inducida ha sido nuestro sistema predilecto desde Abel.

--¿Quién demonios eres entonces?

--Lo más alejado a tu pregunta, hija. Soy Dios.

--¡Dios santo! --exclamó Rut de la sorpresa.

--El mismo. Veo que sí me reconoces.

--Pero, Dios, qué haces en mi casa. Bueno, en realidad no tendría por qué extrañarme. Papá y mamá tienen imágenes tuyas en todas las habitaciones. Es como si Elvis visitara el Museo Elvis.

--Ya ha sucedido, hija, con Elvis precisamente. El año pasado.

--¿Pero qué haces aquí?

--Vengo a darte mi apoyo moral para que lleves a cabo tu proyecto.

--Dios, no puedo creerlo. ¿Te refieres a la Semana de la Diversidad Sexual?

--Asimismo.

--Pero es imposible. La gente que ha leído tu libro dice que repudias la homosexualidad.

--Las personas no saben nada de lo que en realidad pienso.

--Pero, Dios, mis padres pasan horas leyendo La Biblia. Ellos dicen que creaste al hombre y a la mujer para que se unieran en sagrado matrimonio.

--Lo sé, seguramente se refieren a Génesis 1:27, 28. Tuve problemas con la redacción de esos versículos. Me faltó o me sobró una coma en alguna parte, ya no recuerdo bien, y todo se malinterpretó. Ah, qué lío sobrevino después.

--Señor, ¿y nunca pensaste en hacer algo al respecto?

--Estoy preparando una versión corregida de las Escrituras. Sólo que ahora me asesora un corrector de estilo para las cuestiones de sintaxis. Se llama Jorge Luis Borges, no sé si lo conozcas.

--¿Borges, el ciego?

--¡Carajo! Creo que cometí el mismo error de la primera vez, cuando contraté a Homero.  

--Este... Señor, será mejor que me especifiques a qué se debe tu visita. Es tarde y todavía me faltan algunas horas por dormir.  

--Cierto, cierto. Fundamentalmente, he venido a ayudarte a organizar esa Semana de la Diversidad Sexual, con su exposición y su ciclo de cine.

--¡Genial! Eres mucho mejor de lo que pensé.

--Sí, generalmente.

--Eso me alegra mucho, aunque existe un pequeño problema. Supongo que oíste hace rato a mi padre. No me dejarán participar en la Semana, ni aunque les diga que Dios me dio su consentimiento.

--Harán como que la Virgen les habla. Los conozco bien. Mira, esto es lo que harás.

El gato se acercó al oído de Rut y le dio algunas instrucciones.

--Me parece muy astuto y a mí no se me hubiera ocurrido.

--Poseo información privilegiada, no lo olvides.

--Eso soluciona por lo menos el problema de la inauguración del evento, pero no me ayuda mucho con la clausura.

--Hija, no puedo andar resolviéndole la vida a todo el mundo, ¿quién crees que soy?, ¿San Judas Tadeo?  

--Sí, sí, no te preocupes. Haz hecho lo suficiente.

--Sabía que te alegraría. Vaya que sí. 

--Oye, Dios, antes que desaparezcas de nuevo, una cosa más. Necesito saber si algo es pecado o no.

Rut se acercó a las orejas paradas del gato y le susurró un par de palabras.

--Ay, hija, tengo 3 mil años disertando si lo declaro un pecado o una virtud.

La chica sonrió satisfecha incluso con esa respuesta.

--Que duermas bien, Rut.

--Igualmente, Dios.

Un segundo después,  Rut se percató del error.

--Perdón, Dios, la cortesía, sabes.

--No te preocupes, a Moisés le pasaba todo el tiempo. Nos vemos pronto…

Y mientras el gato se confundía con la oscuridad de la noche, Rut pensó si esa despedida era también una palabra de amabilidad o algo más que no debería haber oído