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Tediósfera

Anaquel

Anaquel

Mi colaboración-objeto “Saca tus ideas del clóset” (una invitación a marchar por la diversidad textual) aparece en la tercera edición de la revista-objeto Mondao Corp., una hermosa publicación que conjunta imagen, textura y literatura. Por otro lado, mi texto “Pensar adelgaza” (una entrevista con el creador de la Lipocultura, Marcus Cuningham) ha sido publicada en el número 46 de la revista Luvina, que edita la Universidad de Guadalajara y que puede conseguirse, según la propaganda, en cualquier Sanborn’s y librería Educal de este país.

Los Simpson: todo lo que hay que leer

Los Simpson: todo lo que hay que leer

A diferencia de otras series, Los Simpson no evita las alusiones literarias por miedo a ofender a su auditorio (en México, contar un chiste que no busca la risa unánime  es casi cometer un acto de discriminación). Los guionistas de la más célebre familia televisiva en el planeta no sólo han ejercido una de las más inteligentes críticas sobre el estilo de vida americano sino que lo han hecho valiéndose de toda clase de referencias. Lo mismo históricas (de Washington a Nixon a una enmienda constitucional parlante), que cinematográficas (de Hitchcock a Kubrick a David Lynch y cantidad de blockbusters), televisivas (de Seinfeld a los Monty Python, sin olvidar los chistes contra su propia cadena, la Fox) y musicales (de Pérez Prado al blues, de Tito Puente a los cada vez más reales Spinal Tap). ¿Finalmente no somos todos inquilinos de nuestra propia época y estamos hechos igualmente de música, literatura, televisión e historia?

Concentrándonos incluso únicamente en los libros, es fascinante descubrir lo literario que llega a ser el universo amarillo de Springfield. Autores pasean entre capítulos como entre festivales de letras; se parodian novelas, se cita subrepticiamente a Shakespeare (quien también aparece como un zombi en un capítulo de terror). Acá John Updike es el escritor detrás de las memorias del payaso Krusty, allá los niños del pueblo se pierden en una isla y viven una historia similar a El Señor de las moscas de William Golding. Un curso sobre literatura podría girar en torno a los libros y autores que han sido parodiados, mencionados o que han prestado sus propias voces al programa. Si todo intento de organizar la literatura se sustenta en el arbitrio (la época, la nacionalidad, el género literario), ¿por qué no partir de un centro común como Los Simpson para hablar de ella?  Van unos cuantos ejemplos:  

Saul Bellow. Bart y Lisa engañan al rabino Krustofsky diciéndole que tendrá un encuentro con el novelista judío Saul Bellow, cuando en realidad el encuentro es con su hijo, el payaso Krusty.  

Lewis Carroll. Lisa está a las afueras de la biblioteca en época de veraneo. De los libros salen personajes que la invitan a entrar al lugar. Alicia le advierte: “¡Es una trampa! ¡Corre, Lisa!”, mientras el Sombrerero Loco la amaga con un arma. Lo excepcional de la escena es que los dibujos están tomados de los grabados que John Tenniel hiciera para la edición original de 1865 de Alicia en el País de las Maravillas.

 Agatha Christie. Para pensar en cómo descubrir al autor del disparo contra el señor Burns, el jefe Gorgory lee los Diez cuentos triviales de Agatha Christie.  

Bret Easton Ellis. Después de volverse millonario con su traductor de bebés, el tío Herb le regala a Lisa una colección de Grandes Libros que ella recibiría cada mes. Se trata de una serie que abarca lo mejor de la literatura y cuyo título más antiguo es el poema épico Beowulf (el Cantar del Mío Cid de la lengua inglesa) y el más reciente, Menos que cero de Bret Easton Ellis, publicado en 1985. Easton Ellis se volvió millonario con esa novela; algunos años después escribió su libro más celebrado y vilipendiado: Psicópata americano. 

 William Faulkner. El cantinero Moe cuenta que el autor de El ruido y la furia escribía gags para el programa cómico “La pandilla” (“The Little Rascals”), donde él participaba antes de matar al Alfalfa original. La afirmación no carece de sustento porque Faulkner tuvo una etapa como escritor de guiones en Hollywood. “William Faulkner podía escribir rutinas de caño de escape que te hacían pensar”, dice el cantinero.  

Gabriel García Márquez. Marge Simpson imagina un romance épico con un capitán fornido, mientras lee una novela llamada El amor en los tiempos del escorbuto. 

Norman Mailer. 1. Ante la prohibición de su padre para ver “Itchy & Scratchy. La película”, Bart lee la trama del filme novelada por Norman Mailer. “No es lo mismo”, dice y tira el libro a la basura. El libro es tan voluminoso (Mailer ha llegado a escribir libros de más de mil páginas) que compacta los desperdicios del bote. 2. Bart le plantea a la niñera Shary Bobbins qué haría si lo encontrara ojeando la revista para adultos Playdude. Ella responde que lo obligaría a leer todos los artículos de la revista, “incluyendo el de Norman Mailer sobre su libido en caída”. Homero se impresiona: “Es ruda”.  

George Plimpton. El legendario editor del Paris Review es el conductor de la olimpiada de deletreo donde Lisa participa.  

 Edgar Allan Poe. 1. El doctor Nick Riviera aplica Spiffy “el quitamanchas del siglo XXI” a la lápida de Edgar Allan Poe. “‘¡Qué brillo!’, dijo el Cuervo”, exclama Troy McClure, conductor del programa. 2. Juan Topo (en inglés Hans Moleman) transporta la casa de Poe, antes de salirse de la carretera y provocar un incendio. 3. Allison Taylor, la rival de Lisa en el salón, hace un diorama del cuento “El corazón delator” para el concurso escolar. 4. El primer Especial de Noche de Brujas de los Simpson incluye una célebre parodia de “El cuervo”.  

Thomas Pynchon. El esquivo autor de El arcoiris de gravedad (no aparece en público, no da entrevistas y apenas se conoce una foto suya) se niega a escribir la reseña para la contraportada de la novela de Marge. “Pynchon ama este libro casi como ama las cámaras”, dice por teléfono ante la petición de un comentario promocional. Segundos después, el escritor aparece con una bolsa de papel sobre la cabeza junto a un letrero luminoso que anuncia “Casa de Thomas Pynchon. Entre”.

 Gertrude Stein. La muñeca que propone Lisa para competir con la muy vendida pero llena de estereotipos Stacy Malibú, tendría la inteligencia de la escritora Gertrude Stein, el ingenio de Cathy Guisewite (creadora de la historieta “Cathy”), la tenacidad de Nina Totenberg (una respetable periodista), el sentido común de Elizabeth Cady Stanton (luchadora por los derechos de la mujer en el siglo XIX) y la belleza práctica de Eleanor Roosevelt (una de las mujeres más influyentes del siglo XX norteamericano).   

John Steinbeck. Nelson presenta un diorama inspirado en la novela Las uvas de la ira. Señala las uvas de una mesa (“Acá están las uvas”) y les da un mazazo bañando a los jurados (“¡Y acá está la ira!”).  

Mark Twain. Montgomery Burns posee la única foto de Mark Twain desnudo.  

Gore Vidal. Lisa se da cuenta que no tiene amigos. Cuando Marge le pregunta si invitaría a alguna amiga para el verano, ella responde: “¿Amigos? Estos son mis únicos amigos (señala la contratapa de un libro). Adultos como Gore Vidal, aunque besó más chicos que los que besaré yo”. “Niñas, Lisa”, corrige nerviosamente su mamá, “los niños besan niñas”.  

Eudora Welty. La novelista norteamericana  y el crítico de cine Jay Sherman son los únicos premios Pulitzer que pueden eructar tan fuerte como para ganar el trofeo que otorga la taberna de Moe.  

 

Walt Whitman. La tumba que siempre creyó Homero que era de su madre resultó ser de Walt Whitman. Tras descubrirlo, Homero patea la lápida mientras grita lleno de ira: “¡Leaves of grass, my ass!”. Leaves of grass --único libro de poemas de Whitman-- incluye el clásico “Canto a mí mismo”.

 

Tennessee Williams. Marge representa a Blanche DuBois y Ned Flanders a Kowalski en el montaje hecho en Springfield de Un tranvía llamado Deseo.

 

Ludwig Wittgenstein. Los investigadores Mulder y Scully le preguntan a Homero qué estaba haciendo la noche en que vio un extraterrestre. Homero narra: “Bueno, todo empezó en un club Gentleman, a donde hablábamos de Wittgenstein mientras jugábamos Backgammon”. “Señor Simpson, mentirle al FBI es un delito”, le advierten los investigadores. “Estaba en el auto de Barney comiendo bolsitas de mostaza, ¿contentos?”.

 

Tom Wolfe. El padre del “nuevo periodismo” aparece en la actual temporada en un capítulo junto a Gore Vidal y dos de los más reconocidos narradores norteamericanos de la nueva generación: Jonathan Franzen (autor de Las correcciones) y Michael Chabon (premio Pulitzer y autor de Chicos prodigiosos). En dicho capítulo, Moe descubre que tiene aptitudes para la poesía. Por otro lado, Tom Wolfe ha declarado que Los Simpson es el único programa televisivo que ve.

Gabx

Gabx

 

A dosis diarias he aprendido un poco a explicarla. Terapéutica como Wodehouse, de ingenio inagotable como Dahl,  con una mitología personal a lo Pratchett, las neurosis de Bridget y el entusiasmo musical de Nick Hornby, hábil para contar una historia triste que parecería Bambi, pero es Bukowski.  Se llama Gabriela Aguilar y siempre está escribiendo aunque no del todo, aunque no conscientemente. Tiene el encanto exacto para dejar bromas privadas al paso, sin preocuparse demasiado por conservar los frutos de su perspicacia. Parecería que te invita a su mundo particular (con soundtrack de Cerati e imágenes de Gorey, pero más particularmente con Michigan J. Frog quitándose el sombrero), pero no; está creando un mundo entre dos. Nunca plagia del todo y nunca prescinde por completo de las referencias. Increíblemente confiable, incapaz de decir algo aburrido, transforma la triste realidad en una plática entrañable. Me interesa el mundo a través de sus ojos: siempre parece un poco más habitable de lo que realmente es.

(No le gusta salir en fotos. La imagen es un alucine de Akira Toriyama que la presintió)

Kapuscinski: el periodismo necesario

Kapuscinski: el periodismo necesario

Hace más de dos meses (el pasado 24 de enero) que murió Ryszard Kapuscinski, a los 75 años. He de precisar que escribo este artículo a destiempo, un poco para recordar que la mayoría de los periódicos campechanos apenas le dedicaron unas líneas y lo sintomático que así haya sido.

El gran reportero polaco cubrió 27 revoluciones y golpes de estado en África, Asia y Latinoamérica. Estuvo condenado a muerte en 4 ocasiones. Escribió un puñado de libros fundamentales y trabajó para los más prestigiados medios del mundo (como el New York Times o el Frankfurter Allgemeine Zeitung de Alemania). Recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003. El extraordinario periodista (licenciado originalmente en Historia) trazó con sus escritos las imágenes más representativas del convulso siglo XX, pero sobre todo legó una ética de trabajo que sería bueno recordar. El autor de libros como Ébano, El imperio o Los cínicos no sirven para este oficio, transmitió la importancia de las voces anónimas incluso para describir el poder que responde a un solo nombre. De la revolución iraní a los cambios políticos de Angola, del enfrentamiento bélico entre Honduras y El Salvador hasta el destronamiento de Haile Selassie de Etiopía, las crónicas de Ryszard Kapuscinski fotografían la movilidad del mundo y le dan sentido a una historia que también se “construye desde abajo”.  

Alejado de las comodidades de los reporteros estrella, Kapuscinski prefirió las pensiones de mala muerte, los autobuses, los barrios pobres. Supo que la Gran Historia se mezcla con la pequeña y que en innegable puzzle de la realidad, cada fragmento cuenta.

 Cuando tuvo que hacer su primer viaje, a la India, enviado por el periódico donde trabajaba, no sabía nada de aquel país y su primera reacción fue la estupefacción y pánico: ¿qué decir de un mundo completamente desconocido? La jefa de redacción le regaló para el viaje un pesado libro escrito 2 mil 500 años antes: la Historia de Heródoto. El libro le enseñó que la única manera de conocer, de buscar respuestas, era preguntando, observando con detenimiento, caminando el trayecto necesario para saber lo que se quería.  Kapuscinski recuerda:

Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede”.

¿Los reporteros actuales están movidos por esa misma ética de la indagación? Cuando pregunté si en la Escuela de Comunicación leían, habían leído o tenían intenciones de leer a Kapuscinski, me sorprendió saber que no. Por eso decía que la escasez de interés en los periódicos locales era sintomática: para los editores campechanos, Kapuscinski era otro escritor más de nombre impronunciable, al que sólo habían oído hablar porque acababa de morirse. 

No obstante la muerte del periodista polaco debería promover la reflexión sobre el oficio del reportero, sobre la importancia social de testificar los hechos y el auténtico sentido de la libertad de expresión. Ahora que los medios de comunicación constituyen más que nunca “el cuarto poder”, Kaspuscinski nos recuerda que lo esencial está alejado de los reflectores. Cuando escribía su fresco sobre la extinta URSS, Kapuscinski (que hablaba a la perfección la lengua rusa) logra mezclarse entre la población y ser uno de ellos, para cumplir uno de sus propósitos esenciales: comprender al otro, confundirse con la ciudadanía a la sombra que conformaba la decadente utopía socialista. ¿Cuántos reporteros pueden hacer lo mismo: fungir desde el anonimato? La mayoría, consciente de la aplastadora importancia de los medios (más que de su medio en particular) hace evidente su condición de “periodista”. Con chalecos y automóviles que dicen “Prensa”, con grabadoras portátiles acosando al funcionario que acaba de salir de una reunión, los reporteros actuales exigen respuestas en vez de buscarlas más allá de los círculos de poder. ¿Sería demasiado pedir un periodismo fuera de los nombres públicos y sus pleitos personales?, ¿explicaría esa persistencia en mencionar funcionarios el hecho de que la realidad a ras de suelo no envía canastas navideñas? Los periódicos se han vuelto un inventario de personajes brincando de declaración en declaración, para terminar conformando eso que Gideon Lichfield llama “la declarocracia de la prensa”: quién dijo qué para responder a quién.  

Este síntoma es comprensible si nos atenemos a las condiciones en que se ejerce el oficio en Campeche: cumpliendo la cuota de notas al día, adheridos a las comisiones, respetando las fuentes, siempre en busca de la versión oficial. Y eso es todos los días. ¿Se puede exigir, como pedía Kapuscinski, entender el contexto, rastrear ese otro discurso que generan los ciudadanos anónimos? Pero el escritor polaco tenía mucha conciencia del inicial esclavismo de los reporteros y de la paciencia que se necesita para hacerse de un nombre entre los lectores, para quienes habría que escribir, no para los ejecutivos del medio.

Sobre el carácter social de la profesión, hemos de reconocer que en el periodismo local, capturar la opinión pública significa dirigir la opinión. Los sondeos obedecen a preguntas a las que es difícil salirse del guión. “¿Está usted conforme con el alza a la tortilla?” El “No” unánime (previsto incluso desde la pregunta) sólo corrobora la tesis de que el Gobierno hizo algo mal, pero no explica nada más.

¿Será que toda gente habla de sus gobiernos y la política, o será que a los periódicos únicamente le interesa la gente que habla sólo de sus gobiernos y la política? El periodismo de tamiz social hecho en Campeche es el periodismo que denuncia problemas que alguien tiene que resolver. Es un llamado de atención con dedicatoria: el diputado tal se ha olvidado de su distrito, ¿ha cumplido su promesa el funcionario tal?

Kapuscinski tuvo otra gran virtud que es necesario rescatar: sabía escribir. No se trataba sólo de redactar bien, poner las tildes en el lugar adecuado, sino de comprender el problema que entraña la literatura. El lenguaje es maleable, sirve lo mismo al político que al artista. ¿Con qué palabras retratar el microcosmos que me ha tocado describir? Los periódicos actuales han privilegiado la asepsia y nos la han vendido como objetividad. Ese lenguaje tan cercano al boletín, donde hay que poner lo importante siempre en el primer párrafo, ha convertido la labor periodística en una transacción de datos. En este periodismo, la línea editorial proviene de dejar fuera unos datos y subrayar otros. “No gano tanto por lo que publico sino por lo que no publico”, dijo hace años el dueño de un periódico mexicano.

Kapuscinski opinaba (dice María Nadotti) que no podría ser periodista “aquel que creyera en la objetividad de la información, cuando el único informe posible resulta personal y provisional”. La realidad es la máquina más perfecta de movimiento perpetuo y también el más complejo laberinto de espejos. Quien está consciente de esa peculiaridad, toma su percepción con cautela, pero no la abandona.

¿Cómo ejercer el periodismo en un microcosmos tan contradictorio, donde no hay buenos ni malos como en las telenovelas de Televisa?  A través de una intención ética.  El único periodismo posible, nos recuerda el autor polaco, quiere provocar algún cambio, está luchando por algo. Maria Nadotti en la introducción del Los cínicos no sirven para este oficio resalta que la de Kapuscinski es “una historia de individuos, de existencias analizadas en su materialidad, totalmente antiideológica. Nunca es tendenciosa y, sin embargo, nunca es indiferente”. Algo esencial, porque para el autor de El imperio, no se puede escribir sobre alguien a quien se desprecia, a quien se le ve sobre el hombro. Y sin duda alguna, esa misma materia literaria y periodística que usó Kaspuscinski para comprender al otro, es la misma que puede usarse para verlo como un extraño.

Para Kapuscinski no hay periodismo al margen de la relación con los otros. Son los otros quienes aportando su visión del mundo nos ayudan a comprenderlo. Por ello, no sirve el periodismo que sólo se acerca a los territorios pobres para inquirir al final de la nota: ¿qué ha hecho el gobierno para solucionar esto? No sirve el periodismo que sólo va a tomar una postal del suceso. Kapuscinski nos recuerda que el mejor periodismo es personal y creativo, no la producción artesanal de palabras para el periódico. Más allá de su obligada presencia en los estantes de las librerías, su muerte debería servir para no olvidar el objetivo ético del oficio y el motor de la mejor literatura de la realidad: “la genuina pasión por los semejantes”.

Patrimonio y mortaja del cielo bajan

Patrimonio y mortaja del cielo bajan

Demasiado preocupado por proteger el Patrimonio Cultural, el Ayuntamiento de Campeche aún no ha diseñado una ley para protegernos del Patrimonio Cultural. A través de pedazos de cornisa que descienden a una aceleración de 9,8 m/s2 sobre los transeúntes, los edificios tienen más derecho de modificar el aspecto de los ciudadanos que viceversa.  

Rosy Ocampo, autora del Quijote

Rosy Ocampo, autora del Quijote

Como si necesitara demostrar una vez más su enorme poder de convocatoria, Televisa hizo coincidir el desenlace de su telenovela principal La fea más bella con la Entrega de los Oscares. La fea fue la auténtica ganadora de la noche, pues aplastó a la tríada Del Toro-Iñárritu-Cuarón por más de 33.5 puntos de rating de diferencia. Los números vinieron a demostrar que no importa un final predecible de 3 horas o una protagonista un poco más maquillada que el fauno cuando la fórmula del amor que se alcanza después de 300 capítulos sigue conmoviendo a miles de televidentes.   

¿Qué tuvo de malo “Lety”? Esencialmente a Televisa y en particular a Rosy Ocampo. El consorcio de Chapultepec y la otrora productora de telenovelas infantiles tienen una capacidad casi inverosímil de volver un bostezo exitoso todo lo que tocan, inclusive cuando se trata de material reciclado. ¿Qué ha pasado con la empresa que de ser la gran exportadora de historias lacrimógenas se ha visto en la necesidad de importar los argumentos? Lo ignoro, pero da miedo pensar que llegará el momento en que, a falta de tramas, sus adaptadores toquen a los Clásicos. Ése sería un futuro más desalentador que el de Niños del hombre.

Imaginando el peor de los escenarios, pensemos que Televisa y Ocampo quieren adaptar El Quijote de Cervantes. Entrevistada para el programa La Oreja, Rosy Ocampo diría que la razón de esta telenovela es “dar un motivo de aliento a los miles de mexicanos soñadores que a diario luchan por realizar sus ilusiones”.

“¿Van a superar lo logrado por La fea más bella?”, preguntará Juan José Origel, conductor del programa.

“Ésa es la intención. Esta vez transmitiremos el desenlace en vivo desde Guadalajara. Hemos preparado un gran festival, con la banda de pasito duranguense Los académicos de la Argamasilla y también con Los cadetes de Sierra Morena. Por cierto, estos últimos interpretarán el tema principal: ‘Cuando amas a una caballero andante’”.

“Hemos sabido que se trata de una de las más intensas historias de amor, capaz de competir con Romeo y Julieta, que Carla Estrada hizo con Adela Noriega y Juan Soler”.  

“Sí, creo que ninguna Julieta ha llorado tanto en el mundo. Pero esta vez tenemos una historia en verdad hermosa, pero sobre todo inspiradora”.

“¿Crees que el público responda esta vez?”

“Sí, claro”.

“Pues desde aquí toda la suerte con la telenovela, Rosy”.

“Gracias y recuerden, a las 9 de la noche, justo después de Laberinto de amor”.

¿Eso parecería temible? No, las entrevistas y la rueda de prensa son apenas el vaticinio de la tragedia. La auténtica catástrofe vendrá al corroborar, en cada capítulo, los minúsculos cambios que Ocampo y Televisa han introducido en la obra de Cervantes:

1. La novela de ninguna manera podrá llamarse El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (la palabra “hidalgo” podría hacer pensar al auditorio que se trata de una telenovela histórica); Rosy Ocampo decidirá que es mejor intitularla Cabalgando amor.

2. La Mancha es un lugar tan remoto que el público difícilmente podrá identificarse con él; Televisa propondrá que las aventuras quijotescas sucedan en alguna zona rural de Guadalajara, digamos en un rancho para crecer caballos. (“Eso marcará un vínculo entre el título y la historia”, dirá la productora).

3. Los personajes centrales no enloquecen. La demencia es propiedad privada de los villanos. Don Quijote (Eduardo Yáñez) será un soñador que buscará a toda costa cumplir sus sueños de justicia en el pueblo: socorriendo a débiles, desfaciendo entuertos. El que tenga un torso de metalúrgico en lugar de una “triste figura” de caballero derrotado, es un detalle insignificante para la televisora de Chapultepec.  

4. Dulcinea del Toboso (el amor de Don Quijote, interpretada magistralmente por Galilea Montijo) es una simpática moza labradora llamada originalmente Aldonza Lorenzo. Su actuación será tan convincente que en los programas de chismes se rumorará que Montijo cohabitó con Cuauhtémoc Blanco tan sólo para aprender ese tono tepiteño, que con tanta propiedad despliega en la teleserie. En el fondo, Dulcinea ignora ser la hija del moribundo Duque de Béjar, quien piensa heredarle toda su fortuna. Por supuesto que al final de la telenovela, Don Quijote y Dulcinea realizarán su amor, en una boda fastuosa “efectuada al abrigo del clarísimo nombre” del Duque, quien les dará su bendición antes de morir.

5. Sancho Panza (interpretado por Polo Ortín) formará una pareja entrañable con Teresa Panza (la Pelangocha), a quien verá cada noche, como obrero que regresa a su casa después de la jornada. En cada capítulo, el marido rematará la cena con un consabido refrán: “La mujer y el gato, ni a cuál irle de ingrato”, a lo que Teresa replicará: “Ay, viejo”.

6. El cura (César Évora) no puede hacer las cosas televisivamente indecentes que Cervantes consigna en su novela, como quemar libros o disfrazarse de mujer. Rosy Ocampo decide que mejor se la pase confesando a todos los personajes. Por lo tanto, guarda un secreto de confesión que lo atormentará durante toda la serie.  

7. La sobrina de Don Quijote (Camila Sodi) presentará problemas de anorexia y bulimia (su lucha contra la extrema delgadez representará una de las labores sociales de la telenovela). Superará el problema con ayuda del cura y las palabras siempre edificantes de Dulcinea: “Manita, verdá de Dios, que estás bien flaca”.

8. El bachiller Sansón Carrasco (Raúl Magaña) será el otro pretendiente de Dulcinea. Joven instruido, pulcro, con buena dicción y gustos refinados, en el fondo manejará un burdel a las afueras de Zapopan. Este último detalle es indispensable para no confundir al auditorio sobre quién es el auténtico héroe de la historia.

9. La duquesa (Cynthia Klitbo) estará enamorada de Don Quijote, movida por las noticias de sus proezas y su físico de leñador de Minnesota. En incontables escenas de erotismo rural, admirará esas piernas capaces de comprimir el yelmo de Mambrino de una genuflexión. También hará valer toda clase de artimañas inimaginables para impedir la boda del héroe con Dulcinea, pero terminará en el manicomio creyéndose la hoja perdida del Cantar del Mío Cid.

 

Jenna Jameson, escritora de superación personal

Jenna Jameson, escritora de superación personal

Desde que la pornografía salió a la luz del día, sus estrellas (antes sólo conocidas por los pervertidos de mente enciclopédica) se han vuelto un referente en la cultura de masas. No sólo es que la película porno más conocida de todos los tiempos (“Garganta Profunda” de 1972) haya dado nombre a todos los informantes secretos del periodismo posterior al Watergate, sino que poco a poco las figuras más importantes del sexo mediático han tomado sin demasiados sobresaltos el mundo de las celebridades, al grado de cumplir la transición natural de los famosos: pasar del estanco de revistas a la tienda de libros.

 

Para el mundo contemporáneo no debe ser difícil ubicar a la actriz Jenna Jameson. Ha aparecido en alrededor de 400 portadas, en más de un millar de artículos, su nombre arroja 8 millones de entradas en el buscador del Google y puede presumir de haber participado en un debate entre académicos y estudiantes de la Universidad de Oxford.

Asimismo su currículo parecería modesto respecto a sus colegas de la industria para adultos: apenas 121 películas en una década, las suficientes para alcanzar el estrellato en un negocio que produce 11 mil títulos anuales tan sólo en Estados Unidos y donde es difícil determinar cuál es la filmografía mínima para llegar a ser un “icono cultural”.  

 

Lo que es un poco más difícil imaginar es cómo, en 1995, una chica de 21 años decide  volverse la mayor estrella sexual de todos los tiempos y cómo una década después alcanza a contar la historia de ese logro en un libro de 500 páginas. De la primera a la última palabra, Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno se muestra como lo que es: una vida novelada, un manual de autoayuda sobre cuestiones eróticas y una guía para los negocios; en pocas palabras una película porno de 20 horas a la que es difícil adelantar las escenas con gente vestida.  

 

Las memorias se relatan a un paso de la tumba, cuando hay suficientes años que recapitular y casi tanta sabiduría para cribar los detalles vitales de las insignificancias. A los 32 años, Jenna Jameson recorre su vida por motivos razonables: en la constelación mediática una estrella porno se apaga por definición a los 33.

 

En palabras de la escritora Liliana Viola, Jenna “pasó lo que tenía que pasar: orfandad, belleza, una violación, engaño, iniciación a las drogas, amor no correspondido, más violaciones, un hombre vividor, un comienzo como bailarina en Las Vegas, la mejor amiga asesinada, un matrimonio fallido, una ayuda providencial, más drogas, más desengaños, más fuerza para salir adelante”. En ese resumen biográfico -una solapa perfecta para las futuras obras de la señora Jameson- se vislumbra el mayor regocijo de los lectores estadunidenses: la redención. Es satisfactorio leer sobre el infierno ajeno, siempre y cuando el protagonista pueda contarlo desde el purgatorio. Encabezados por drogadictos que prevalecen y cancerosos que dan lecciones de vida, la lucha por la supervivencia ha colmado los anaqueles de “historias verdaderas” que estamos obligados a tener como modelos.

Uno de los grandes negocios editoriales es convencernos de que estamos haciendo algo mal. No tenemos el suficiente dinero ni el guardarropa perfecto y ni siquiera escribimos tan bien como suponíamos, ¿sucede lo mismo con nuestro desempeño sexual? Quizás ese sea el espíritu que anime a Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno: la superación personal, el ansia generalizada de mejorar nuestro estilo de vida y lograr eso que los expertos llaman “la excelencia”. En su libro, Jenna Jameson -con la autoridad que le confieren decenas de horas comprobables de sexo en sus más diversas variantes- enuncia sencillos mandamientos para aclimatar nuestra juventud en éxtasis, aprovechar las últimas oportunidades y en el mejor de los casos propiciar el más placentero grito desesperado.

Desde el uso de lengua y manos para provocar el placer hasta las peculiaridades que debe cumplir un hombre antes de permitirle la intimidad, el Manual Jameson parece uno de esos curiosos artículos supuestamente dirigidos a las mujeres pero de evidente consumo masculino. No podría ser de otra manera cuando a lo largo de su autobiografía, la mayor estrella porno de todos los tiempos describe sus encuentros lésbicos con la pericia de quien sabe que dos mujeres tocándose salvan cualquier película. Mientras alaba el maravilloso tacto femenino y despotrica contra los varones, Jenna Jameson oferta a fin de cuentas uno más de sus productos: un libro donde hay imágenes y sexo explícito, hay anécdota y anatomía, pero lo más importante: hay copyright. Porque después de todo qué importa otra historia más de vida en el abismo si la autobiografía no está avalada por la marca registrada, del mismo modo que las vaginas de plástico valen por la chica que las anuncia. Así, a través de la fama, el lector corrobora que cada palabra es cierta, o por lo menos verosímil y pese a ese convencimiento, nunca considera de más leer las justificaciones: “Sé acerca del sexo del mismo modo que alguna gente sabe sobre música u ordenadores. Es mi medio de vida”, afirma la autora, antes de explayarse en sus diez consejos para retener a un hombre a través del sexo oral. 

Como manual de negocios, el libro se vuelve una mirada a la industria porno desde dentro: salarios por relaciones y ganancias por cada hombre extra en una orgía, contratos de exclusividad, recomendaciones para mitigar el pánico escénico, riesgos financieros, maneras de exprimir lo mejor de un trabajo donde es posible laborar dos días al mes y obtener ingresos anuales por cerca de 100 mil dólares. Es en ese instante cuando Jenna Jameson advierte que incluso para ascender en la industria XXX no es necesario andar acostándose con cualquiera.  “No debes tener sexo con todos a fin de conseguir un trabajo consistente en tener sexo con algunos”, asevera en una frase memorable. El libro en algún punto se vuelve un tratado empresarial una vez que ha satisfecho su función de manual de autoayuda, y en conjunto resume la necesidad contemporánea de prosperar lo mismo en la oficina que en la alcoba.

      

Por último, quizás lo que constatan  obras como la de Jenna Jameson es que el triunfo está al alcance de cualquier oficio. Entre fábulas morales más o menos ciertas, del alcohólico rehabilitado a la desnudista de bares, el esfuerzo sostiene al mundo. Hay que hablar del trabajo y sus horas invertidas, pero sobre todo, hay que subrayar la mentalidad. La seguridad con que una chica de 21 años se planta frente al productor de la compañía porno Wicked Pictures, le propone un contrato de 6 mil dólares por película y ante la mirada inexpresiva de su oyente, remata: “Acabaré siendo una estrella con o sin Wicked Pictures, así que decidámoslo ya”. Eso es actitud.

 

 Jenna Jameson (con Neil Strauss). Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno. (Incluye fotografías de la autora y sonetos de Shakespeare). Traducción de Martín Arias. Ediciones Martínez Roca, Madrid, 2005. 516 pp.   

Cuentos con plumas

Cuentos con plumas

Hay hombres que no pueden dormir tranquilos desde que supieron lo que costó el vestido de la reina del Carnaval: 300 mil pesos. A ese precio, su penacho de 5 metros suponía por lo menos una catástrofe ecológica en el Amazonas. Rondan muchas preguntas alrededor de un atuendo confeccionado con tantas plumas, tanto dinero y tan pocos minutos de exhibición. ¿En verdad costó eso? Y de ser así, ¿dónde salió el dinero, cómo consiguieron las plumas?, ¿quién tiene más derecho de quedarse con el penacho: la reina o la Profepa? Y es comprensible: lo usual para los carnavales internacionales es insólito para una ciudad como Campeche. Las principales historias sobre cómo pudo confeccionarse el penacho a bajo costo son esencialmente tres:  

1. Una primera teoría apunta a que una embarcación zarpó de Puerto de Palos con  15 hombres rudos y provisiones para seis meses. El capitán, un tal Pedro Monteávila, había sido contratado por un biólogo barbudo de nombre Charles Folan, que buscaba recolectar pájaros a punto de extinguirse en la América Septentrional. El barco se llamaba “El Beatle”, por un error del ingeniero que quiso emular el célebre “Beagle” que usara Darwin para sus expediciones, pero que fue malinterpretado por el constructor, quien aparte era fanático del cuarteto de Liverpool.

El biólogo recogió todo tipo de aves, por lo tanto “olía a lo que debió oler el arca de Noé”, según cuenta el capitán en su bitácora de navegación. En dichas anotaciones puede leerse todo lo que se sabe de tan inusual viaje; sin embargo, algo sucedió que no especifican sus páginas. No se sabe si los hombres rudos quisieron comerse a una de las especies que ahí se encontraban o si al contrario fueron las especies palmípedas las que quisieron comerse a uno de los hombres rudos, pero lo único cierto es que una violenta pelea entre pájaros y  navegantes se desarrolló a bordo. ¿En qué acabó? Se ignora, porque lo único cierto es que el barco fue encontrado a la deriva, por un buque petrolero en las costas de Carmen.

En secreto, las autoridades de la Isla se comunicaron con las autoridades de la capital del estado, quienes preguntaron qué cosas había en la embarcación. Al hacer un recuento se descubrió que el barco estaba completamente vacío, a excepción de la bitácora del capitán y algunos restos de comida sin consumir. “Además tiene plumas por todos lados”, aseguró uno de los investigadores carmelitas; “muchas y de todos colores”. “¿Cuántas son para usted muchas plumas?”, preguntó el funcionario de la capital. Después de un rápido cálculo, el carmelita respondió: “Pues si se pudiera hacer un penacho con todas estas plumas, yo diría que nos ahorraríamos como 300 mil pesos para el Carnaval”.   

2. Otra teoría apunta a un cargamento que viajaba de Río de Janeiro a Nueva Orleáns, con catorce cajas de plumas que habían sido robadas de la Escuela de Samba de Carlinhos Mascarenhas. El periplo había recorrido toda América en trenes, avionetas y sobre las espaldas de algunos salvatruchas incautos. Se trataba de una de las operaciones más perfectamente trazadas de contrabando de plumas, desde los tiempos del gran Antonio Escobar (alias “El cóndor”). No obstante, traficantes del Cártel del Usumacinta habían interceptado la comunicación entre capos cariocas y estadounidenses y sabían que una avioneta pasaría por Candelaria proveniente de Guatemala (a donde había hecho una escala para recoger medio kilogramo de plumas de quetzal). Los ojos se les iluminaron a los integrantes del Cártel del Usumacinta, sobre todo porque no habían alcanzado a surtir plumas para al Carnaval de Veracruz y eso podría de un momento a otro tensar la relación con las familias poderosas del puerto (el año pasado, dichas familias habían asesinado a un centenar de aves de engorda pertenecientes al Cártel, como una forma de advertencia). La orden provino del mayor de los hermanos Gallo, que controlaba la región sur. Catorce sicarios dispararon sobre la aeronave al momento que planeaba sobre la frontera. La avioneta cayó en territorio nacional, donde fue saqueada. Los pilotos fueron amordazados y abandonados en la biosfera de Calakmul, sin más objetos de supervivencia que dos botellas de repelente.    

Los sicarios se comunicaron inmediatamente con el capo. “Es un tesoro, jefe. Llevamos cerca de seis paquetes de la blanca”, había dicho uno de los traficantes, al referirse a las plumas de cisne. Lo que no habían tomado en cuenta los contrabandistas era que el Gobierno Federal había implementado un operativo sorpresa en el estado y elementos de la PFP y del comité organizador del carnaval en Campeche los tenían perfectamente ubicados, ya que ellos también habían interceptado la comunicación entre los capos cariocas y estadounidenses. El decomiso se efectuó en la más absoluta discreción. Una parte fue enviada al gobierno de Veracruz para destensar las relaciones (su secretario de Gobierno había dicho al nuestro que no aceptarían de nuevo que filmaran películas sobre mayas en sus tierras) y otra se utilizó para confeccionar el traje de la reina del Carnaval. Algunos días después, como represalia cinco sicarios disfrazados de agricultores degollaron una decena de avestruces de una granja en Champotón.  

3. La teoría más paranoide habla de un sicótico de nombre Horacio Quiroga, a quien sus amigos de la terapia apodaban “El destilador de naranja”, nadie sabe por qué. Quiroga, inicialmente licenciado en Literatura, había enloquecido poco después de descubrir extremas similitudes de su vida con la vida del escritor uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937). Ambos Horacios habían viajado a París, habían publicado un libro de poesía y habían disparado por error a su mejor amigo (aunque en el caso del sicótico había sido en una batalla de Gotcha). Poco después, el horror empezó a ser más escalofriante cuando de la vida pasó a vivir “la obra” de Horacio Quiroga: había tenido un desafortunado encuentro con un machete (como en aquel relato “El hombre muerto”) y había visto cómo unos niños degollaban una gallina (como en aquel cuento “La gallina degollada”). Para ese tiempo se había enamorado de una chica rubia llamada Alicia. Ella lo despreció para dedicarse a los negocios y Horacio prometió vengarse de su persona, de su éxito e incluso de sus clientes. Sacó el dinero que le quedaba (poco más de 500 mil pesos) y pensó en la mejor manera de efectuar el plan. En tanto, Alicia había hecho en tres meses un poderoso prestigio dedicándose a la venta de artículos para carnavales. Cuando creyó que era tiempo de hacer realidad su venganza, el sicótico estudió todas las obras de su yo pasado Horacio Quiroga para inspirarse. Leyó “Anaconda” y concibió la idea de mandarle a su antiguo amor una serpiente viva, pero, extrañamente, ninguna comparsa de ese año tenía motivos selváticos y no había forma de ocultar al reptil. También leyó “La miel silvestre” y  eso le impulsó a querer enviar aquella sustancia narcótica descrita en aquel cuento, pero no la consiguió. Finalmente, a punto de darse por vencido, en aquella noche de cansancio de tanto leer, llegó a un célebre relato: “El almohadón de plumas”. La emoción lo hizo secretar adrenalina. El método era terrorífico, perfecto y literariamente eficaz. A la mañana siguiente endulzó la voz al teléfono, fingió ser un reconocido empresario en el ramo y le dijo a Alicia que por única ocasión estaba vendiendo a mitad de precio un cargamento de plumas para penacho de reina. “Creo que podía ser una buena oportunidad para inflar sus facturas”, le dijo. Alicia hizo cuentas: el trato parecía ventajoso porque un diseñador campechano le había dicho que necesitaba cerca de 300 mil pesos en material para un penacho. Aceptó con la condición de probar la calidad de las plumas en su propia cabellera. Horacio mandó los paquetes con inusual rapidez y Alicia cerró el arreglo con el diseñador, a quien le envió el pedido dos días más tarde. La mujer murió repentinamente una semana después: su cuerpo fue encontrado delgado y ojeroso sobre un penacho que ella misma se había confeccionado. El diseñador pensó que aquel trágico suceso lo eximía de saldar los 200 mil pesos restantes.