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Tediósfera

Todos (los karaokes) dicen que te amo

Todos (los karaokes) dicen que te amo

Escoger un regalo, como escoger las palabras para decir “Te amo” suponen un poco de imaginación y otro tanto de tiempo, pero poseer ambos es casi un milagro. La gente regularmente encuentra el regalo o las palabras y deja que alguien complete el resto, salvo cuando se trata de obsequiar discos compactos. Con la música, uno dice que se ha fallado en ambos propósitos.

Las personas que sufren por amor hacen cosas muy raras: llorar a todas horas, comprar discos tristes, casarse con el primero que pase. Y cada una de estas acciones incluye un repertorio de melodías que les dé sentido.

La primera escena de El Diario de Bridget Jones es ilustrativa: se puede iniciar el año con un ahogado canto de soledad. Viéndola desde otro ángulo, la misma secuencia admite una lectura más: la banda sonora de la realidad tiende a desafinar.  

Pese a todo, habría que reconocer que algo tiene la música que siempre da en el blanco móvil de nuestras decepciones. Sus palabras desentrañan la exactitud de los lugares comunes, son la poesía al alcance del Emule. Con la música popular podríamos decir al contrario de Bukowski que “es mucho más placentero recordar un amor que no funcionó” y confirmar junto a él que eso se debe finalmente “a que ningún amor funciona”.  

En un mundo de relaciones condenadas al fracaso, la libertad de desahogarnos debería aparecer en la declaración universal de derechos humanos. Para alcanzar el consuelo dentro de una vida agitada existen los bares, esos rincones óptimos para cambiar las penas sentimentales por padecimientos hepáticos. Sin embargo, la recesión económica, que no permite el florecimiento de la música en vivo ha dado auge al bar karaoke: un sitio donde no sólo existe la oportunidad de sentirnos mal sino de hacer sentir mal a todo mundo.

Ninguna tragedia puede ser tan grande como para no tener una canción que hable de ella. Y ninguna tristeza es suficientemente abstemia. El bar karaoke recluta a unos cuantos militantes de la nostalgia, en una vida donde bastan unos cuantos años y una disposición natural para la desgracia para que la nostalgia germine. Donde siempre existe una melodía que nos sitúe en el momento exacto en que tampoco éramos felices.

Es viernes y me encuentro rodeado de borrachos talentosos que confunden “Hoy tengo ganas de ti” con “Amigo”.  El bar karaoke recurre con frecuencia a artistas a quienes no es difícil asociar con el olor a naftalina. La chica de la mesa tres interpreta canciones de Lupita D’Alessio, con el sobrado ánimo de quien no ha sido traicionada una sola vez en la vida. Convencida acaso de que sólo el quebranto en la voz significa feelin’, canta “¡Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo!” como si el mesero cada madrugada la recibiera bajo su techo.   

Las letras transitan del éxito reciente al clásico desenterrado. Atendiendo únicamente a la sucesión de frases en la pantalla, los compositores no pasarían la prueba de la sintaxis ya no digamos la de la poesía. Sin embargo, su manera de describir sin complicaciones el alma humana ha asegurado su permanencia en la memoria de varias generaciones. 

El cuarentón de la mesa diez habla de Napoleón, como alguien que compuso un himno para grupos juveniles católicos y nada sabe de la batalla de Waterloo (“¿Watergate?”, duda). El ebrio de la mesa doce grita “¡Sandro de América aún no ha muerto!” y lamentamos que tenga razón. Más cerca, nuestro amigo comenta lo fascinante que sería escuchar un buen tema de Elio Roca y nosotros decimos: “¿Quién es Elio Roca?, ¿un personaje secundario de “Los Picapiedra”?”

En un rápido viaje por los archivos de la memoria, surgen nombres que no sabíamos que existían hasta que alguien los pronunció: King Clave, Lara y Monárrez, Sergio Fachelli. ¿Quién puede asegurarnos que éste es un bar donde vienen los deprimidos y no un sitio donde los antiguos fanáticos del festival OTI comparten sus patologías? Nadie.

El momento más deprimente de la noche llega cuando un tipo canta “Ya lo pasado pasado”. No tengo nada en contra de José José y su capacidad para interactuar con el público, pero ¿por qué la gente se siente obligada a aplaudir cuando alguien dice “Pido un aplauso para el amor”?, ¿no sería tan ridículo como agarrarnos las manos justo en el coro de “Agárrense de las manos”? Da la impresión de que sólo seguimos la corriente para no sentir que traicionamos un pacto secreto entre decepcionados.

Entre canción y canción, entre Vicente Fernández y “Santa Lucía”, la realidad contradice a Sabines: los amorosos NO se callan. Y no sólo eso, sino que nos hacen preguntarnos qué ha pasado con el amor que se ha vuelto tan escandaloso.

¿Es acaso este mismo amor el que ha producido por igual grafittis y poemas en servilletas de papel, canciones espléndidas y composiciones en círculo de sol, dedicatorias personales y estúpidas cadenas de Internet: si en verdad me amas, envía esta oración de los catorce ángeles de la felicidad a toda tu lista de contactos? ¿El mismo amor inexplicable al que todo el mundo trata de entender a la segunda botella de Oso Negro, al primer trago del insufrible Karat? ¿El mismo amor que rotula los objetos con un nombre reconocible? ¿El amor que comparte con la amistad un día de febrero, un día donde la amistad sale perdiendo en términos comerciales? ¿No es la amistad tan misteriosa como el amor, según decía el viejo Borges? ¿No tiene la amistad todas las virtudes del amor y ninguno de sus defectos? ¿No es quizás por eso que la gente prefiere enamorarse? 

 

Tour de la langosta

Tour de la langosta

CAMPECHE.-Luego de su paso por Calkiní, una manga de langosta de 500 metros ancho y tres kilómetros de largo que ingresó entre Tankuché y Remate, para estar el pasado fin de semana por San Nicolás, Santa Cruz Ex Hacienda, Pucnachén y continuar su viaje a la zona de Los Petenes, llegó ayer al municipio de Hecelchakán para pernoctar en Isla de Jaina. (PERIÓDICO EXPRESO, 23 de enero de 2007).  

Ante el azote de esta terrible plaga, Protección Civil ha recomendado:  

-Tomar una oveja o cabra macho de un año y sin defectos.

-Guardarla hasta el día 25 de este mes e inmolarla entre toda la congregación en dos tardes.

-Tomar la sangre y ponerla en dos postes y el dintel de cada casa.

-Comer carne asada al fuego y pan sin levadura, con hierbas amargas.

-No comer nada del animal crudo o cocido en agua, sólo asado al fuego; comer cabeza, patas y entrañas de la cabra sacrificada.

-Quemar todo lo que sobre al fuego.  

Los albergues para primogénitos se darán a conocer en breve.    

Año nuevo

Año nuevo

Bajar de peso, buscar novia, dejar de fumar, asistir a Neuróticos Anónimos, bajar de peso, conseguir trabajo, tramitar la solicitud de beca, escuchar la misa dominical sin dormirnos, entrar a clases de inglés, volvernos fanáticos de un equipo de fútbol, hacer acrobacias en la máquina de baile, bajar de peso, manejar un volcho, aprender a hablar en público, enfermarnos menos, leer más, terminar el libro que hemos empezado diez veces, comprar otro televisor más grande, ojear más catálogos de lencería, ordenar nuestro cuarto, bajar de peso, llorar por cosas que valgan la pena, pensar menos en la ex novia, descargar nuestra ira cuando no haya nadie cerca, caminar sin rumbo fijo, cambiar de celular, coleccionar instantes, sentarse en el parque a ver gente, iniciar un programa de ejercicios, escribir lo que pensamos, hacer acoplados de música, ver la trilogía de El señor de los anillos en un solo día, estudiar fuera, ser independientes, aprender a tocar batería, escribir una novela.

 

No hacer demasiados propósitos, atender ese pequeño dolor de espalda, aprender Kick Boxing, no comer tan aprisa, viajar, decir nuestro nombre en lenguaje sordomudo, comprar libros por intuición, oler a nuestra pareja, dormir en lugares públicos, bajar de peso, caminar junto a un amigo sin decirle nada, reunir a tu grupo de rock, reconciliarnos con lo que no pudimos ser, lavar nuestra ropa, amanecer en la playa, subir al techo por las tardes, encontrar algo que decir en las encuestas, bailar con la quinceañera, mirarnos en los retrovisores, releer las fotocopias que aún se guardan, recuperar sueños a la mañana siguiente, embriagarse por amor, ya no seguir embriagándonos por amor, ser puntuales, tomar por asalto el springbreak de Cancún, asistir a más partidos de béisbol.

 

Opinar cuando una mujer nos pregunta ¿qué tal me queda esto?, asistir a un concierto masivo, devolverle la sonrisa a un extraño, quejarnos de menos cosas, bajar de peso, escribir para una revista, visitar a los amigos recién casados, enrolarnos en una excursión, actualizar la credencial de elector, recuperar cosas prestadas, agendar todos los compromisos, comer platillos impronunciables, ser un poco menos neandertales a la hora de sentarnos a la mesa, estar solos cuando sea necesario, aprender a cocinar, aprender a planchar las camisas de vestir, buscar cassettes perdidos, ir con el odontólogo, leer con detenimiento los papeles que firmamos, bajar de peso, pensar menos en sexo, iniciar una cadena idiota de Internet, mentarle la madre de frente a un funcionario público, no sentirnos culpables en exceso, rebelarnos de vez en cuando, aprender a decir “no”, ahorrar más, pensar en el futuro, no pensar tanto en el futuro. 

 

Ser algo de lo que éramos antes de tener pareja, hacer regalos sin motivo alguno, componer una melodía aunque sea a silbidos, mandar a limpiar la computadora, decir sólo las mentiras necesarias, bañar con regularidad al perro, robarle un beso a un amor imposible, atenuar nuestros malos humores, guardar más silencios oportunos, bajar de peso, asumir las consecuencias de nuestras decisiones, tener un poco menos de solemnidad a la hora de vivir, elaborar el currículo, no culpar a los otros de nuestros desánimos, reiniciar proyectos abandonados, recuperar garabatos de la infancia, extraviarnos de vez en cuando, declarar a tiempo en Hacienda, dejar mensajes sobre el polvo de los automóviles, atravesarnos mientras toman una fotografía, bailar a mitad de la calle, besar a alguien bajo la lluvia, apuntarnos como donadores voluntarios, leer libros infantiles en las escuelas de nuestros hermanitos, volvernos vegetarianos y sólo comer carne los viernes de cuaresma, dar caricias inesperadas, descubrir las pequeñas coincidencias que provocan los encuentros amorosos,  bajar de peso, volver a casa.

  

Dios es otro rollo

Dios es otro rollo

Yordi Rosado es uno de esos pocos escritores que han logrado el éxito desde su ópera prima. Quiúbule con… tu cuerpo, el ligue, tu imagen, el sexo, las drogas y todo lo demás. Un libro para niñas, chavas, chicas o como quieras llamarles… (aquella obra escrita junto a Gaby Vargas) vendió tantos miles de ejemplares como para augurar una prometedora carrera literaria.  Un año después, el célebre conductor de radio y televisión ha lanzado una nueva obra en complicidad nada menos que con Dios (autor de La Biblia, El Libro del Mormón y otros éxitos de librería), un personaje que como dice el propio Yordi “es un poco menos quisquilloso que Gaby Vargas”.

Quiúbule con… la Fe, el Futuro, el Hombre, tu cuerpo y lo que queda del mundo. Un libro para católicos, religiosos, practicantes, píos, creyentes, adoradores o como quieras llamarles apareció en los escaparates de las librerías este diciembre. La obra reza en su contraportada: “Como este libro no existe otro y lo más importante: ¡está escrito para jóvenes como tú!, intrigados por los cambios morales y sociales que enfrenta el mundo contemporáneo. Dios y Yordi Rosado conocen perfectamente tus inquietudes (sobre todo Yordi), desde el mensaje diabólico de tus hormonas hasta los problemas más intensos relacionados con la fe. Un manual imprescindible para alcanzar el Cielo y una imagen súper atractiva, con respuestas a todas tus dudas (y cuando decimos ‘todas’ hablamos en serio). Quiúbule será, como Dios y la televisión, tu confidente aunque tú no lo quieras y el gran amigo que siempre has necesitado”.

Conformado por poco más de mil 200 páginas en su edición de bolsillo. Quiúbule trata “de una forma divertida, alivianada y al mismo tiempo profunda las megabroncas de la humanidad”. El libro inicia de esta manera: “Aproximadamente de 1945 hasta la fecha parece que a diario es el Apocalipsis. Como esos días en que dices: trágame tierra. Con el inicio del nuevo siglo hemos emprendido una degradación tan cañona que no te la crees, aunque no se puede negar que se trata también de una época muy padre, divertida, súper chida, pero a veces, medio complicada”.

En el apartado de “Ni lo pienses, sí es pecado”, el libro diserta sobre la relajación que ha ofrecido la sociedad actual en torno al concepto de “falta”. “Hoy en día, los pecados que en la antigüedad eran súper gruesos se han visto como si fueran muy X. El ejemplo más común es la masturbación (también llamada chaqueta, manuela, etcétera, aunque no todos saben que también se le llama ‘etcétera’)”. Quiúbule no sólo se vale de obras anteriores de los autores para reprobar dicha práctica (cita a Colonsenses 3:5, por ejemplo) sino que recurre a los más actuales descubrimientos científicos para apoyar sus afirmaciones: “Hacia 1867”, cuenta el libro, “el doctor Henry Maudsley, un reconocido psiquiatra inglés, describió a la masturbación como una ‘desagradable aberración que viene caracterizada por un intenso egocentrismo y presunción, y que termina en el derrumbe de la inteligencia, las alucinaciones nocturnas y las tendencias suicidarias y homicidas’.

Una vez reproducidos los argumentos científicos, Quiúbule aconseja qué hacer en el lenguaje de los adolescentes, logro estilístico probablemente debido a Yordi Rosado. “Es súper importante que cuides ciertas partes de tu cuerpo del contacto de otras partes de tu mismo cuerpo. Al principio, la masturbación puede parecer divertida, autoexploratoria y hasta saludable, pero no lo será a la mañana siguiente cuando cuelgues los tenis y tengas un lugar VIP en el Purgatorio”.

En la sección llamada “A veces crees que tu religión no es la verdadera”, el libro expresa  con sencillas palabras la fe que debe prevalecer en los jóvenes. “Si sientes que han ido demasiados predicadores a tu puerta, o hay un montón de musulmanes en los noticieros, o los canales de cable tienen a por lo menos seis evangelistas diciéndote qué creer. ¡Ubícate y piensa qué pex con tus valores!” Así, subrayando las virtudes del sistema papal, Quiúbule ofrece apartados útiles para nuestros tiempos: “¿Por qué los católicos somos diferentes de los adventistas?”, “Mi mejor amigo es Testigo, ¿qué hacer?”, “¿Por qué tendemos a ceder ante las explicaciones científicas?, ¿cómo hacerles de frente?”,  “No hay Papas perfectos”, etcétera.    

Quizás uno de los puntos más interesantes del libro sea el dedicado a los “frees”, nombre con el que se conoce a quienes dicen profesar una religión pero no respetan todos sus cultos. Al principio del capítulo correspondiente, Quiúbule nos proporciona la definición correcta, según las respuestas de algunos chavos respecto a la pregunta: “¿Qué es para ti un free?”

“Un free es como ser un ateo con derechos o un católico sin compromiso. Se da casi siempre en familias abiertonas, ya sabes, que te mantienen en tu casa pero no te obligan a ir a misa ni a ponerte la cruz de ceniza”.

Con una absoluta comprensión y objetividad el libro de Yordi y Dios explica los riesgos de este tipo de fe: “Hoy en día muchos jóvenes han tenido un free y lo toman como una opción intermedia para empezar a ver qué onda con una religión o para sentirse parte de un grupo. Pero ¡aguas! El que tengas un free puede ser muy cool o posmoderno, pero ten mucho cuidado porque así como puedes no tener rollos, puede causarte muchas broncas. Tener una fe formal es lo ideal; tienes a Alguien que te responda, que está pendiente de ti y tú significas para Él algo más que un accidente de la naturaleza. Además teniendo un free tarde o temprano te van a tachar de ‘zorra’  y es un letrero que perdura por mucho tiempo”.

El último comentario todavía no sabemos si se debe a Dios o a Yordi Rosado.  Para concluir esta reseña no podría dejar pasar el epílogo que los autores consignan al final de su libro:

“Esperamos que a lo largo de estas páginas te hayas reído, arrepentido de algún pecado (o mejor de varios), sentido más seguro con tu catolicismo, tronado al niño o niña gay que quería tu amistad y que el redescubrimiento de tu fe haya sido una feliz y divertida experiencia. Posiblemente no hayas querido saber todo lo que supiste (sobre todo en tocante a los remedios medievales que debes aplicar contra tu deseo sexual). Sin embargo, recuerda que un amigo que te quiere, y principalmente si te está vigilando todo el tiempo, siempre dice la verdad. Lo que más deseamos es que disfrutes increíblemente esta etapa, que pasa más rápido de lo que crees (nos referimos a tu vida, no a tu adolescencia). ¡Y gracias por comprar nuestro libro!  Dios y Yordi”.  

 

Aunque no esté de moda

Aunque no esté de moda

Mientras veía “¡No te lo pongas!”, el programa sobre el buen vestir que transmite People+Arts, pregunté a mi hermana que se encontraba al lado:

--¿En dónde diablos acaba toda esa mala ropa que la gente tira a fin de comprarse una nueva?

--En las tiendas de Campeche- respondió vengativa.

Algo me hizo pensar que no estaba del todo equivocada. Una rápida comparación entre el espejo y el televisor me hizo observar lo fácil que resulta vestirse bien cuando se dispone de 2 mil libras esterlinas y uno puede viajar a Londres de shopping (tal y como ocurre en el programa). Lo auténticamente hazañoso sería en todo caso lograr el estilo con el salario mínimo y dentro del contexto mexicano. Por desgracia, concluí, no existe un serial enfocado a las vicisitudes de comprar ropa en las ciudades de provincia; una emisión que quizás debiera llamarse “¡No te lo pongas! (aunque sea lo único para lo que te alcance)”.  

En estos tiempos, el éxito parece haberse circunscrito a la posibilidad de combinar el cinturón y los zapatos, porque la imagen ha potenciado la importancia de la “primera impresión” por sobre cualquier otra. Ese otro discurso que supone ser un producto (para el elector, para el responsable de Recursos Humanos, para la chica más atractiva de la oficina) ha adquirido en el nuevo siglo dimensiones de onceavo mandamiento. ¿Qué determinan esos calcetines fuera de contexto?, ¿qué aquel suéter de Chiconcuac? Todo habla por tu silencio. Todo lo que vistas puede ser usado en tu contra.

“Percepción” es una palabra clave para darle la razón a los escépticos: nunca sabremos nada de la realidad. Eres lo que los demás perciben de ti: ese débil apretón de manos en la primera entrevista, ese tartamudeo, esa camisa de otra temporada. Los consultores de imagen venden trucos para engañar al cliente -no cruces las piernas, no te apoyes demasiado en los antebrazos del sillón-, mientras los expertos de la buena ropa retornan a Delfos y a Freud: Conócete a ti mismo, Estilo es destino. ¿Qué hacer ante la tiranía de las apariencias?, ¿acaso rebelarse con los atuendos diseñados para el caso, llámese punk, dark, underground o kitsch?

Ahora sabemos que es más sencillo cambiar el guardarropa que los malos hábitos, y por eso la superación personal ha llegado a nuestras vidas en forma de marca registrada. Las tiendas justifican con cada nuevo precio lo alto que sale hacerse de una personalidad. No hay currículo que compita con la estupenda sucesión de renombrados logotipos, y por otro lado incluso la extravagancia cuesta (únicamente Björk puede pagarla), lo que nos lleva a pensar que en este triste mundo sólo el mal gusto es democrático.

Vuelvo a la emisión británica en la pantalla de TV. En ella, la hermosa Trinny Woodall enuncia una línea más en las tablas de Moisés: “Invertirás en tu imagen”. Apostada en su sillón como si se tratara del monte Sinaí, la conductora de “¡No te lo pongas!” fulmina a las mujeres acostumbradas a saquear liquidaciones. Su compañera Susannah Constantine apoya el mandato mientras lo acota: “Y nunca compres un modelo que ya tienes”.

Sus argumentos son definitivos y me hacen pensar que mis cajones huelen a fracaso y no a aromatizante, como siempre pensé. Mis playeras hablan desde viejas campañas políticas, desde el desperfecto que justificó su rebaja en la tienda departamental, lo cual me causa una profunda consternación. ¿Seré la imagen de otro tiempo en un mundo habituado a segregar atuendos a través de las ofertas? “No lo sé”, me respondo, “y mientras no tome por asalto una tienda de altos precios, seguiré sin comprobarlo”.

Salgo a toda prisa, tomo el microbús y pienso un poco en Neruda: “se habla favorablemente de la ropa”, dice el chileno, “de pantalones es posible hablar, de trajes, (…) / como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo / y un obscuro y obsceno guardarropa ocupara el mundo”.  

Llego a la plaza para refutar al poeta y lo que observo es un irregular escaparate en movimiento: hombres y mujeres promoviendo marcas de ropa como si el mensaje fuera que el bienestar depende de las etiquetas. Entro a la tienda de carteles más sugestivos (me convence uno donde dos chicas están a punto de besarse) y me abruma que tanta vestimenta no me diga nada. ¿Qué proyecta mejor mi personalidad: el verde militar o el verde cáñamo, la ropa deportiva o la formal? El mensaje es agobiante y empiezo a entender un poco las cosas: no es que carezca de gusto al vestirme, sucede que en realidad padezco daltonismo de estilo: no sé distinguir un buen diseño de uno malo.

Decido, en un arranque emocional, darle otra oportunidad a mi incipiente olfato para lo cool. Tomo del exhibidor el primer par de prendas que no me parece deprimente y lo llevo a los vestidores. El probador me revela que las matemáticas en manos de la moda tienden a ser una ciencia inexacta: ¿por qué el 32 de mis pantalones Cimarrón nunca coincide con los de las otras marcas?, ¿con base en qué esta camisa donde sólo entraría Karen Carpenter se cataloga de “Mediana”? Pienso en la lejana época en que la ropa se moldeaba al cuerpo y en lo significativo que resulta que ahora sean los cuerpos los elaborados a la medida de la ropa.

Salgo de los probadores con la misma desesperanza con la que se abandonan las terapias demasiado caras. Antes de marcharme de la plaza comercial, recorro con la mirada el guardarropa de la realidad, acaso para descubrir la manera en que se ha complicado el mundo desde la hoja de parra. Sólo es cuestión de ver los aparadores para constatar que la propia conciencia de la desnudez ha sido tan problemática como la quijada de burro en las manos de Caín. ¿Es la necesidad de vestirnos la verdadera expulsión del Paraíso, donde no había que preocuparse por lograr el estilo, calzar nuestro cuerpo, quedarnos sin dinero por una estúpida camisa con un estúpido cocodrilo bordado sobre el corazón?

En el mundo globalizado, hacer patente la individualidad ha desatado incluso el temor de ir vestidos como alguien más en una fiesta. Pareciera que con la ropa, las personas hablasen de sí mismas, trazaran la línea autobiográfica que equivaliera a decir “hey, aquí estoy” en un mundo donde todos somos partícipes de una masa cada vez más homogénea. Antes, la ropa era un código cifrado de expresiones que sólo los expertos (y las mujeres que nos rechazaban) entendían. Ahora -en la era de las declaraciones abiertas- lo que no está a la vista, no existe. 

Felipe, el mago

Felipe, el mago

¿Cómo le hizo? ¿Cómo logró el señor Calderón burlar el cerco policiaco, las barricadas de los perredistas, el seguimiento todo terreno de las cámaras de televisión? No se sabe con seguridad, pero lo cierto es que a las 9:46 de aquel primero de diciembre, el político michoacano ya alzaba el brazo y rendía su protesta de ley ante el estupor general. ¿Se hubiera imaginado el más diestro escapista que ingresar a un recinto llegaría a ser tan complicado como, por ejemplo, librarse de una camisa de fuerza? ¿Inaugurará este acto el “presidencialismo mágico”? ¿Se le conocerá ahora a Felipe como “el de las manos rápidas”?

Han pasado ya algunos días después del truco y los expertos han afirmado que “el arte del intrusión” de Calderón supuso más pericia que cualquier “arte de la fuga” de Houdini. Para otros analistas, el plan de ingreso presidencial —tan metódico como el de un extremista islámico— reveló a un conservador con alma de terrorista.  En busca de respuestas, entrevistamos a seis renombrados ilusionistas (no los promotores de proyectos gubernamentales sino los animadores que sacan conejos de sombreros), quienes han aventurado algunas hipótesis sobre la aparición de Calderón en el Salón de Sesiones del Congreso.

Para el payaso Caguamito, el actual presidente entró disfrazado de sí mismo. “Los perredistas creyeron que era una de esas máscaras que vendían en la Convención Nacional Democrática, sobre todo porque el Calderón que entró tenía en el pecho un letrero que decía: ‘Pelele’. Cuando los diputados se maravillaban de que ‘los compañeros plastiqueros’ habían logrado por fin un caucho sin rebabas, ya Calderón estaba en tribuna diciendo: ‘que la Nación me lo demande’”.  

“Yo creo que ingresó dentro de un asiento de madera”, opinó a su vez Arturo Garcés, adivinador de baraja inglesa. “Usaron esas sillas que estaban metiendo para los invitados de honor. Así entraron él y Vicente Fox. Por eso a todos les extrañó que una de las butacas tuviera un respaldo de 2 metros de alto”.

Abu Ibn Ari, quien acostumbra a partir cuerpos por la mitad, considera que la llegada presidencial fue posible gracias a un ensayado truco de espejos. “Ni sabes todo lo que puede hacerse con un vidrio de dos y medio por dos: hombres cercenados, cabezas sin cuerpos, mujeres de tres piernas, levitar, entrar a San Lázaro. Cuando vi que algunos de mis compañeros ilusionistas se habían retirado del negocio para inscribirse al Estado Mayor Presidencial tuve muchas dudas. Después de la toma de protesta, todo fue bastante claro”.

Dédalo, “el payaso que vuela”, difiere de las opiniones de sus colegas. “El Calderón que vimos en la toma de protesta siempre estuvo ahí. Es decir, se trataba de un miembro del equipo de dobles, contratado por la nueva Oficina de la Presidencia. Te lo digo porque sé de por lo menos otros tres Calderones: uno estuvo en Los Pinos a la medianoche, otro en Campo Marte y uno más en el Auditorio. Y lo diré de una vez: la curul de Zermeño tenía doble fondo; lo sé porque yo la diseñé. El asunto estuvo más o menos así: el martes, durante la sesión, el doble de Calderón tuvo comezón y sacó el antebrazo para rascarse con la orden del día. Uno de los perredistas contó una mano de más al momento de la votación y supuso que algo raro sucedía en aquella butaca. Este diputado iba a acercarse al presidente de la Mesa Directiva para decirle: ‘Oiga, quisiera saber si es anticonstitucional que usted tenga tres brazos’, cuando los panistas creyeron que se trataba de la toma de tribuna y empezaron a bloquear los accesos. Ahí empezó la trifulca que duró poco más de 72 horas. Pero el falso Calderón siempre estuvo ahí, nunca salió del Congreso”.  

 Turandot, un mago callejero acusado alguna vez de ambulantaje por sus camaradas, duda que Calderón “haya estado ahí, en la sala”. “Es decir, ¿una presencia de 5 minutos puede llamarse una presencia? ¡Reconstruyeron digitalmente a Brandon Lee por más tiempo en El Cuervo y eso que ya estaba muerto! Estoy casi seguro que todo se trató de una coproducción de Televisa y TV Azteca, para agradecer la nueva Ley de Telecomunicaciones. Fue un fraude tecnológico, como el Programa de Resultados Preliminares del IFE. De hecho, estoy planeando un artículo científico para La Jornada, donde demuestro que la asistencia de Calderón al Congreso de la Unión fue finalmente una asistencia espuria”.  

“Déjate de la entrada de Calderón”, consideró Shalimar el ventrílocuo. “La verdadera hazaña fue lo que yo llamo ‘el truco de la banda presidencial’. ¿Recuerdas que a la medianoche Vicente Fox había entregado la banda a un cadete? ¡Creo que es algo que todos vimos por televisión! Incluso Josefina Vázquez Mota me lo confirmó la mañana siguiente por teléfono. Me dijo: Shalimar, Fox ENTREGÓ esa banda al cadete, puedo jurarlo porque yo misma toqué la tela después del evento. ¿Qué explicación científica tiene entonces que nueve horas después apareciera el mismo Vicente Fox con la banda presidencial —ojo: con la misma banda presidencial— entregándosela esta vez al diputado Zermeño? Es algo que contraviene los principios de cualquier lógica. Yo la considero la verdadera despedida de un maestro”.  

Campeche insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba

Campeche insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba

 Para Berman, que lo pidió

A las 11:30, el ulular de sirenas hacía creer a los transeúntes en una marcha. Dos mil desalojados después y 150 efectivos de seguridad más tarde, mucha gente aún pensaba que se trataba de un simulacro. Luego llegó el Ejército y algunos curiosos preguntaron todavía que dónde era el desfile. Ése es el problema de la pasividad: las pocas cosas que suceden en Campeche no dejan de parecer irreales.

Diez minutos antes, el C-4 había recibido una llamada de alerta: una supuesta bomba había sido colocada en el interior del Palacio Municipal lista para estallar. Las recientes explosiones en la Ciudad de México daban cartas de verosimilitud a la amenaza y un inusitado operativo de desalojo se puso en marcha en el Ayuntamiento y sus alrededores. La calle colindante fue cerrada por elementos del cuerpo de bomberos, mientras 90 niños eran evacuados del edificio contiguo, en su primera salida al parque en todo el año escolar.

Ambulancias de la Cruz Roja y unidades de Rescate recorrían las calles aledañas. A los pocos minutos un comando especializado en bombas entró al inmueble en medio de ese tipo de hermetismo que en Campeche sólo significa “nos acaban de avisar”, “no sabemos nada” o “así estaba cuando llegamos”. Mucha gente aún custodiaba el Ayuntamiento, a la expectativa de que sucediera algo que diera sentido a la movilización. Tantos policías, tantos carros de bomberos, tantas ambulancias y tantas muestras de histeria sólo habían acontecido en la ciudad en forma de sábado de carnaval o concierto de Chayanne, así que no dejaba de ser atrayente el operativo que buscara un artefacto explosivo en el interior de un edificio público.

Mientras pasaban los minutos, se iba formando la fotografía exacta del Campeche noticioso: su espectáculo es la inminencia. Durante hora y media, reporteros y camarógrafos buscaban retratar el ambiente de lo que no pudo acontecer, la cara de una ciudad donde toda noticia sabe a conjetura. 

¿Qué hacía una veintena de hombres uniformados ahí dentro? Entre el murmullo, los altos mandos observaban a una distancia prudente a su personal. Se sabía que el operativo estaba estructurado dentro de una lógica perfecta: sólo fueron enviados los agentes reprobados en el psicométrico. Unos estudiantes de Derecho, en un acto temerario, proporcionaron a los medios una conversación grabada entre dos oficiales:

“Comandante, los chicos de la unidad antibombas no se creen capaces de hallar el artefacto”.

“¡No me extraña! ¡Las horas de clase sobre desactivación de explosivos fueron cambiadas por Introducción a Derechos Humanos! ¿Qué me dicen ahora, señores diputados?, ¿es lo que querían?, ¿que se pusieran a desalojar con cortesía a los adultos mayores?”.

“¿Qué hacemos, señor? Ya pasamos demasiado tiempo revisando los mismos estantes y no tenemos ni el mínimo indicio”.

“Creo que es hora de hablar a un profesional. ¡Quiero línea directa con Willys ‘el Duro de Matar’ Mendoza!”

Fin de la grabación.

Para la una de la tarde la histeria ya era historia. La ausencia del explosivo estaba más que comprobada y las fuerzas policiales tenían algo mejor que buscar: quién había iniciado la broma. En un principio, las pesquisas arrojaban tres perfiles de sospechosos: el anarquista de arrabal, el anarquista de ampliación y el anarquista de invasión. Después de rastrear la llamada, el gracioso fue localizado en la Ampliación Esperanza mientras cantaba “Remember, remember the 8th of November”, con música de Kpaz. A las ocho de la noche la Policía presentó al nervioso autor de la psicosis: un veinteañero de nombre Luis Felipe Ehuán.

Pese a todo, nadie puede acusar a este lavacoches de falsa alarma. La alarma que suscitó fue auténtica, como el entusiasmo de los medios y la indignación posterior. El Centro Histórico se movilizó como nadie lo hubiera imaginado, los reporteros se sintieron corresponsales de guerra, el alcalde pidió no especular y los titulares al día siguiente parecían una calca recíproca. Un telefonazo había provocado todo eso. Había metido a la ciudad en el dulce escaparate de la sorpresa.   

Lecciones de periodismo para días inhábiles

Lecciones de periodismo para días inhábiles

En la aparente calma de Campeche, en esa tranquilidad de tríptico turístico con la que hemos crecido, hay tan poca materia prima para la prensa que sólo es noticia lo que está a punto de acontecer.  En una ciudad donde los medios locales se dedican a cronometrar el inicio de la temporada de pulpo, cualquier muerte o declaración política parecen las últimas referencias de un mundo donde todavía suceden cosas.

Sin embargo, en esa misma apatía de acontecimientos, existen los casos extremos, ¿qué hacer en los días inhábiles?, ¿en esas fechas de asueto obligatorio que el periódico donde trabajamos no nos concede bajo la consigna de que “la noticia nunca se detiene”?, ¿cómo cumplir la dosis mínima de caracteres en las mañanas de resaca?, ¿qué puede acontecer el 1 y 2 de noviembre, el 25 de diciembre o el 1 de enero en una ciudad donde generalmente nada sucede y los diarios explotan para esas fechas reportajes sobre el colapso de las pensiones y lo caro que saldrá este año la cena de Navidad o la comida del Día de Muertos?  

Imprácticas como la mayoría de las cosas que nos enseñan en las aulas, las clases de periodismo no son aplicables a ciudades como Campeche, donde hay pocas novedades y a veces los políticos no tienen nada que declarar. Peter Parker descubrió que era más fácil fungir de superhéroe que de periodista y si bien es cierto que para muchos la vida no vale nada, para un reportero reditúa mucho menos cuando la ciudad no alcanza para satisfacer la cuota impuesta por el jefe de redacción.  

Por ello, como una especie de material didáctico adicional para las nuevas generaciones de comunicadores, hemos diseñado 8 consejos de supervivencia para los días inhábiles.

 

1. INVENTE LA NOTICIA. Accidentes inverificables, robos que la Secretaría de Seguridad Pública nunca se entera, un muerto de nombre curioso (el santoral de ese día es de mucha utilidad), atropellados, dos automóviles que colisionan, un macheteado en un ejido. Arremetió contra su compañero de juerga; fue detenido por abandono de hijos y cónyuge. Además, seamos honestos: cambiando lugares y modificando levemente algunas circunstancias, posiblemente todo haya ocurrido tal cual.  

2. SEA VOCERO DE ALGÚN FUNCIONARIO. Los servidores públicos están siempre en campaña porque su auténtica función no es servir sino escalar. Cada dos días mandan comunicados donde destacan su decidida intervención para lograr el tope de una calle o la poda de árboles en un parque. Lo bueno es que sus logros, la mayoría de ellos imperceptibles, no tienen fecha de caducidad.

3. LAS NOTAS DE COLOR NUNCA FALLAN. Salga a la calle. No le llevará muchos minutos describir la prisa de la gente en Navidad, los negocios abarrotados el 14 de Febrero o la desértica ciudad el primer día del año. Pregunte en dos o tres comercios cómo ha ido la venta, qué artículos son los más solicitados. Seguramente en Fieles Difuntos subió la demanda de flores o ya nos invadieron las costumbres extranjeras. En días absolutamente despoblados destaque el número de turistas que recorrieron el centro en busca de artesanías.

4. GRAN FUENTE DE INFORMACIÓN: EL “PEDRO SÁINZ DE BARANDA”. Inmiscuidos, como estamos, en una economía de mercados, a nadie debe extrañar que el Mercado Principal sea el mejor termómetro financiero de la ciudad (el precio del tomate define con más precisión el estado del país que la cotización del dólar). Asimismo, “nuestro principal centro de abastos” (escríbalo así para ocupar más espacio) representa como nadie al Campeche contemporáneo: luchas de grupos, filtraciones de agua, problemas con salubridad, los yucatecos nos quitan los clientes, etcétera.

5. USE, GUARDE Y RECICLE. En su libro autobiográfico Ecce homo, Federico Nietzsche cuenta que concibió el Eterno Retorno después de haber leído un periódico campechano. De ahí le provino la idea de que “todo tiende a repetirse un número infinito de veces”: El malecón tiene basura, los locatarios se quejan del Subdirector de Mercados, los choferes no respetan a los adultos mayores. Todo está aconteciendo de nuevo, día tras día, sección tras sección. De algo tendría que servir la falta de memoria histórica de los mexicanos.

6. HAGA HISTORIAS DE GENTE COMO USTED. Las personas aparentemente comunes tienen cosas que contar: la Virgen se la aparece en la humedad de su pared, aún juega la lotería campechana, es campeón de danzón para la tercera edad, se rehabilitó de las drogas y el alcohol. Un poco de sentimentalismo nunca está de más en los diarios.  

7. COLECCIONE TRÍPTICOS. La Profeco hace todo el tiempo recomendaciones para no ser estafados, la Sedesol posee algún programa del que nadie se ha enterado todavía, hay Semanas de Salud cada semana. Todo sirve a pequeña escala: una nota donde una dependencia “alerta”, otra donde una Secretaría de Estado “advierte” y una más donde una dirección municipal “invita”.  

8. LOS COLONOS SIEMPRE TIENEN ALGO DE QUÉ QUEJARSE.  Las patrullas no pasan, ya robaron en dos casas, tenemos miedo de salir después de las diez de la noche, la maleza de un baldío podría propiciar un brote de dengue, en tiempos de lluvia se llena todo de agua, no le hemos visto la cara al diputado, pero qué tal cuando nos pedía el voto, ya avisamos de los baches al Ayuntamiento pero nadie viene, nos falta luz, urge un módulo de seguridad, se están cayendo los postes, nuestros niños piden un parque, hay basura, hay tristeza, hay abandono. 

 

(Con la colaboración de Ana Rosa Morales)