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Campeche: instrucciones de uso

Manos Curativas

Manos Curativas

El sistema para el Desarrollo Integral de la Medicina Alternativa A. C. (DIMA) ha anunciado del 27 al 29 de octubre su evento más importante del año: “Manos Curativas”, la mayor convención de sanadores, homeópatas, quiroprácticos y cultivadores de flores de Bach de la zona Sur. Por tres días los más reconocidos síquicos, acupunturistas y promotores del vegetarianismo, entre otros profesionistas de la salud, visitarán el estado y ofrecerán a todo el público curaciones a precios accesibles como una forma de labor social.
Lorena Michán, coordinadora del área de eventos especiales de la asociación, informó que esta convención complementa programas permanentes del organismo como Videntes a Bajo Costo o Parapsicólogos en Tu Comunidad, que buscan poner al alcance de las mayorías los extraordinarios beneficios de la medicina no convencional. Además de preparar el camino de algunos de sus miembros para los comicios del 2009.
Michán, quien anteriormente trabajaba en el área de Comunicación Sensorial del DIMA, pero cuyos boletines telepáticos nunca llegaban a los reporteros, explicó también que el evento contará con dos talleres de “gran trascendencia” (en el más amplio de los sentidos): Levitación, a cargo del maestro Arigo, y Manualidades con Cucharas Dobladas, que impartirá el reconocido síquico Uri Vélez.
Asimismo, el sanador coreano Takeshi Chon Park hará una demostración de sus maravillosos poderes, capaces de curar padecimientos intratables para la ciencia como la calvicie o la soledad de la mediana edad (se dice que ambos están relacionados, pero no se han encontrado aún pruebas contundentes). Chon Park tiene además la sorprendente habilidad de hablar “en lenguas”. A pregunta expresa de cómo era posible distinguir “esas lenguas” del coreano, idioma natal del sanador, la también parapsicóloga Michán respondió: “Es algo que simplemente se sabe”.    
“Manos Curativas” también contempla el llamado “Bazar Arte-sanar”, donde se ofertarán todo tipo de productos para la salud, elaborados por pequeños talleres en el interior de la Península, desde pastillas de arsénico hasta cartílago de tiburón. Las pastillas de arsénico no son para la depresión severa, explica la parapsicóloga, sino que “en pequeñas dosis logran aliviar padecimientos corpóreos como el cansancio crónico, la artritis o la flaccidez por levadura, propia de los abdómenes mexicanos”.  
La llegada de cirujanos extranjeros (en este caso filipinos) es una de sucesos más promocionados de este evento. Cinco expertos en “operaciones sin bisturí” darán masajes vigorosos en las carnes de todo tipo de pacientes (entre más gordos mejor, detalla la propaganda). El objetivo, al parecer, es extirpar materia extraña del interior de cada cuerpo, componentes que según los médicos alteran el metabolismo y provocan enfermedades tales como la hipertensión y la infertilidad. Curiosamente, el grupo médico filipino pidió como requisito para venir al país, un abastecimiento de por lo menos 80 kilos de carne de res al día, una solicitud que causó extrañeza en los organizadores dado que los cinco especialistas se asumieron desde un principio como vegetarianos. Otro hecho destacable es que cuando les preguntaron en la aduana cuál era su instrumental médico, los filipinos sólo mostraron dos botellas de agua y tres vasijas de aceite.
“Pero no todo es medicina, en ‘Manos Curativas’”, explica Lorena Michán; “también hay espacio para la superación extrasensorial”. Además de la presentación del libro “Ánimo, ánima” escrito a cuatro manos entre Carlos Trejo y Carlos Cuauhtémoc Sánchez, el Área de Atención Ontológica del DIMA ha preparado una conferencia magistral con Osztja Mej, la húngara que una mañana descubrió que podía hablar con los muertos, caso en el que se basó M. Night Shyamalan para escribir su película “El Sexto Sentido”.
Y es que la historia de Osztja es una de las más conmovedoras que puedan escucharse, ya que la ahora maestra de la Paranormal Superior de México experimentó en su niñez dosis terribles de humillación por parte de sus compañeros de la primaria. Osztja superó todos esas burlas con templanza una vez que aceptó su don y fue durante su graduación cuando supo de labios del fundador de la centenaria escuela que tendría que encontrar su misión en la vida (“en ésta y en la otra”, según le especificó el otrora docente). Años después Osztja supo que había venido al mundo no a trabajar en las revistas de nota roja como le había sugerido un amigo (“Tú sí tendrás las versiones de todos los implicados”, le había dicho) sino para guiar a las almas a su última morada. Emigró entonces a nuestro país –específicamente a la Frontera Norte- donde tuvo contacto con nahuales, quienes la ayudaron a desarrollar su extraordinaria capacidad de comunicación. “Eres una especie de ‘pollero’ de las almas”, le había dicho su Maestro Juan Santos, “ayudas a la gente a encontrar una vida mejor al otro lado”. 
Con esos antecedentes y esa hermosa historia de éxito, Osztja Mej viene a Campeche para compartir su experiencia como síquica y también para entrevistarse con la Asociación de Madres de Familia, quienes han descubierto en ellas mismas extrañas capacidades de premonición, en especial respecto a los novios de sus hijas.
De esta manera, la primera convención “Manos Curativas” que se realiza en el estado augura un lleno total, dado el interés público por la salud y por el compromiso de la DIMA de evitar esperas largas en las consultas, prepotencia médica y desabasto en medicinas. Y es que hasta ahora las autoridades del IMSS y del Issste no han podido mejorar esa oferta.

La noche del Grito

La noche del Grito

Cada 15 de septiembre, recupero la sensación de que los mexicanos no sabemos demostrar los sentimientos a bajo volumen. Educados en la idea de que la vida es un trago amargo que sólo se asimila gritando ayayay a mitad de una canción, hemos construido una fiesta nacional llamada sintomáticamente “el Grito”. Alrededor de ella, hemos aglutinado todo aquello que nos distingue de las otras naciones; en especial nuestra capacidad para dejar basura fuera de los botes, subir a gente sobre los hombros a fin de que el de atrás no vea nada o hermanarnos con los desconocidos a través de una bandera gigante.
Este sábado 15, mientras el mariachi interpretaba otra de sus canciones, un tipo alcoholizado a mi lado quiso decir, a mi parecer, “También de dolor se canta”, pero terminó gritando: “También de dolor se sufre”. Ese equívoco, que quizás provino de algún punto sórdido de su biografía, pudo haber diagnosticado a miles de compatriotas. Orgulloso, desempleado, revanchista y con un vocho modificado para bocinas de disco móvil, el mexicano septembrino ha hecho de sus derrotas un motivo de presunción y ha dado a su amargura decenas de aplicaciones que nada tienen que ver con la pena.
Y es que nuestra historia parece un compendio de fracasos, protagonizados por tipos a los que no les quedó otra más que hundirse con dignidad. El recuento proviene desde Cuauhtémoc y llega hasta Hidalgo, los Niños Héroes y la Selección Mexicana. Como bien han demostrado el fútbol y la guerra -o para poner un ejemplo más concreto: Juan Escutia y la Tota Carvajal-, desde entonces es posible alimentar el orgullo nacional sólo con proezas inútiles.
Para conciliar lo mejor y lo peor que tenemos, hemos inventado el mes patrio; la posibilidad de celebrar con voladores lo que no podemos ser en la vida diaria. Porque pensémoslo un poco, ¿a cuántas personas les gusta llevar siempre banderas tricolores en sus automóviles, cuántas mujeres usan trenzas para ir cada tarde a sus trabajos, cuántos jóvenes en verdad se saben la letra de “La que se fue”? Esa impostura de representar durante septiembre lo que no podemos ser en los otros meses del año recibe el nombre de “mexicanidad”.
Este ánimo nacionalista reunió el pasado sábado a miles de familias que llegaron a la Plaza de la República a pasar la medianoche más mexicana de todas. La aglomeración vino a demostrar ese crecimiento poblacional del que sólo tenemos noticia en carnaval y en las filas de las preinscripciones y también confirmó una tradición persistente entre los ciudadanos: el desvelo como prioridad nacional. 
A las 11, el gobernador comenzó un rosario de personajes históricos y la multitud respondió “¡Viva!”, principalmente para sentir que participaba de algún modo. Vivan los héroes que nos dieron Patria, Viva Hidalgo, Viva Morelos, Viva Josefa Ortiz de Domínguez, Viva Pablo García, Viva México, Viva Campeche. “Es como ir a las luchas”, decía un amigo, “tienes que gritarle algo a alguien, aunque no sepas de quién demonios se trata”.
Mientras la multitud recordaba a muertos tan venerables, pensé un poco: ¿sirven para otra cosa los héroes, además de modelos para los pequeños, imágenes para los billetes y como nómina innegable para vitorear en las celebraciones patrias? ¿Cuántas cosas sabemos de ellos?, y más importante aún, ¿cuántas cosas nos interesa conocer de ellos salvo que Zaragoza llevaba unos lentes ovalados y el cura Hidalgo tenía el mismo pelo de Carlos Bianchi? El héroe nacional es un aprendizaje moral hecho de ilustraciones, que como el catecismo o los libros de cómics, hemos asimilado para tener un pasado en común, algún ejemplo que transmitir a nuestros hijos. En ese sentido, sólo los bustos y las glorietas, los billetes y las fiestas patrias, pero principalmente las educadoras que nos disfrazan de ellos cuando somos niños, los salvan del olvido. Pero no pasan de ser un gesto, una estampita de papelería. Como bien ha anotado Jorge Ibargüengoitia, detrás de la levita de Juárez y la pañoleta de Morelos, los héroes son todos unos desconocidos. Casi como nuestros vecinos.
Después de recordar la insurgencia que hizo tan célebre al padre Hidalgo, la noche del Grito continúa con el acto de indulto y los juegos pirotécnicos. Finalmente llega a su punto culminante con la actuación del artista invitado. En esta ocasión, Pedro Fernández hizo de las delicias de los presentes, convencidos todos hasta la laringitis de que no existe noche mexicana sin mariachi de por medio.
No importa si se trata de una celebración patria o de una fiesta karaoke, la gente quiere sentir a través de la música ranchera. Como otras cosas que igual tienen que ver con la Patria, la música vernácula es un furor para el que no existen las afinaciones. La canción ranchera está hecha, como la telenovela, para revivir alguna pasión básica del ser humano: nos dejaron por otro, alguien se murió, está a punto de morir o no se muere por más que queramos. Es un género que celebra todo lo reprobable -la infidelidad, el alcoholismo, el machismo, la autocompasión- y que sin embargo, resulta idóneo para recordar que el sufrimiento siempre nos viene a deshoras.
Después de un repertorio en el que el público pudo sentirse un poco más mexicano, la plaza se fue despoblando. Todos tenían algo más que hacer: la feria, el malecón, la búsqueda desesperada de un taxi. Como en grandes festejos, la huida fue absolutamente incivil y nadie recogió nada.    

¡Yo soy admirador de la blancura!

¡Yo soy admirador de la blancura!

Con el tiempo he corroborado que el público y los poetas no deberían tratarse tan a menudo. Llega cierto punto en que ninguno de los dos sabe a ciencia cierta la función del otro en la sociedad; y ciertamente, al verlos juntos, llega uno a pensar que eliminándolos a ambos, este mundo sería un poco mejor.
La poesía es un asunto privado, que concierne al libro y al lector, un momento luminoso, fuera de foco y que no tiene por qué aparecer en las secciones de cultura de los periódicos.
Pero algo sucede que los Ayuntamientos piensan que es buena idea organizar certámenes de poesía. Evidentemente, ya no vivimos en el Medievo donde era posible cantarle al amor cortés y ahora sólo nos queda hacer poemas sobre el musgo, la lluvia y el salitre; pero el problema es que la gente aún no se ha enterado. Para un buen porcentaje de los mexicanos, la poesía se dirime entre dos polos: Manuel Acuña y las letras de Caifanes. 
Del lado contrario, las cosas no van mejor. Los poetas creen que hacer literatura inteligible es ceder ante ese público que nada sabe de arte; por eso se pierden en la abstracción. Cada que voy a una premiación de Juegos Florales, la gente no sabe si aplaudir o no al final de un poema. Quizás crea que, como en los conciertos de jazz o de música clásica, antes de leer sus textos, el poeta afina primero las palabras. Tristemente, el auditorio termina por comprobar que entre afinación y ejecución hay poca diferencia.
El pasado viernes se entregó en Campeche el Premio Nacional de Poesía de San Román. El evento, como todo lo que tiene que ver con la tradición en estas tierras, reunió a muchos señores de edad y a un buen número de fotógrafos y el poeta premiado apareció y desapareció como un espectro. La atmósfera sobre el tablado hacía suponer en un homenaje que lo mismo podía ser a Sherezade que a Cachirulo, y al final cantaron unas señoras que me hicieron reingresar la palabra “vinilo” a mi vocabulario.   
Un punto de la ceremonia fue totalmente revelador para mí: la aparición de cuatro marinos auténticos en el escenario. Siempre creí que se trataba de familiares de la reina a los que no era doloroso disfrazarse de capitanes; no obstante, según el presentador, esos hombres pertenecían verdaderamente a la Zona Naval de Campeche. Entonces, bajo esas condiciones, pude imaginarme la futura comparecencia del secretario de Marina:
“¿Qué estaban ustedes haciendo mientras toneladas de pseudoefedrina entraban al país desde China?”.
“Señor diputado, puedo informarle  estuvimos custodiado a más de 187 reinas de Juegos Florales en toda la República y ninguna resultó herida durante su coronación”.
Una labor meritoria, sin duda alguna.
Me pregunto de dónde habrá salido todo este asunto de los Juegos Florales y sus reinas. Entiendo que durante ciertas premiaciones modestas, como el Nobel o el Príncipe de Asturias, la realeza se presente para aprovechar los reflectores; y es comprensible pues Suecia y España aún mantienen a sus monarcas, pero ¿el San Román, el certamen de la Universidad? Eso me aturde.
No obstante, habrá que aceptar que de no ser por la reina, una tercera parte del auditorio ni siquiera se hubiera presentado a la ceremonia. Sólo es cuestión de echarle un vistazo a las presentaciones de libros ganadores de los Juegos Florales, para darse cuenta de que los poetas no tienen mucho poder de convocatoria. ¿A cuántas personas atrae escuchar a un señor del que nunca han sabido nada, aún así sea buen escritor? A muy pocos, según se ha visto.
Y eso es porque la gente no tiene una idea muy clara de para qué sirve un poeta en este mundo. Para muchos es alguien acusado por blasfemar contra los símbolos patrios; para otros es un tipo al que inexplicablemente le pueden llegar a pagar 100 mil pesos sin sudar una sola gota.
“Mientras nosotros acá trabajando”, escuché decir esa noche a un periodista que apuntaba el monto del premio en su libretita.
Habría que hacer un estudio de la percepción que tienen las personas acerca de quienes se dedican a la literatura. Hace dos semanas fui a un encuentro de escritores en Chiapas y la última imagen que había tenido el mesero del hotel de un poeta era la de alguien que le aventaba dos vasos y una copa al esternón.
“¿Qué le pasaría al muchacho?”, se preguntaba de verdad preocupado.
No supe qué responderle. La primera imagen que yo tuve de un poeta provino de una cinta de Pedro Infante. Frente a un auditorio repleto, con una reina sentada al centro del escenario, un señor de bigote intentaba declamar su poema, pero era interrumpido por las constantes risas del público. Una y otra vez, el declamador repetía el verso: “¡Yo soy admirador de la blancura, sí, de la blancura…!” mientras todo el acto se venía abajo, de una manera por demás bochornosa.
Pero todas esas percepciones poco tienen que ver con la literatura. Si quisiéramos ver a un escritor en acción sería la cosa más aburrida del mundo: un tipo sentado frente a su computadora, tecleando incansablemente, mientras chatea con seis mujeres a las que no conoce y con un montón de libros abiertos en los cuales busca un motivo de inspiración. Y es que leer y escribir poesía son actividades esencialmente personales, privadas, casi marginales. Se escribe a escondidas de nuestros padres, maestros o supervisores de área, robándole tiempo al trabajo, al estudio, a las obligaciones familiares. Incluso cuando se vive de escribir, se escribe poesía en secreto. Es un acto cuya principal virtud es el clandestinaje y del cual los libros son apenas una prueba incriminatoria.
Nadie piense, sin embargo, que con ese panorama, no hay esperanza para los reflectores, para la vida pública, para las páginas en los diarios. Para sobrevivir al anonimato -y su versión más recurrente: la penuria- siempre existirán Juegos Florales.

Las vacaciones de Mr. Dean

Las vacaciones de Mr. Dean

Tengo un amigo cuya función en la vida es ser escéptico. Es decir, dudar de todo: de Dios, de la política, de las buenas intenciones de la gente, incluso del parte meteorológico. A eso se dedica: a poner en tela de juicio aquellas informaciones que damos por ciertas principalmente porque necesitamos creer en algo.
“¿Sabes lo duro que es ser la pareja de un meteorólogo?”, me dijo mientras veíamos el Canal del Tiempo por televisión.
“¿De qué demonios hablas?”, le pregunté.
“Sí, sólo necesitas echarle un vistazo a la vida privada de esa gente para darte cuenta que no es de confiar. De hecho, estuve saliendo con una chica meteoróloga por tres meses. Era, ya sabes, impredecible, impulsiva y todo era ‘Compréndeme, estoy en medio de un sistema enorme y bajo presión’ ¿Eso qué carajos significaba? No lo sé. La verdad, creo que sólo salía conmigo porque necesitaba apoyo moral para soportar las tensiones en el Centro Estatal de Emergencias. ¿Sabes qué fue lo peor de todo?, que sólo después descubrí que había sido al único al que le había cerrado el puerto a la navegación”.  
“¿Y sólo por eso ningún meteorólogo es de confiar?”
“No seas simplista. Cuando digo algo es que tengo pruebas. ¿No me digas que no te has dado cuenta que todo esto del huracán es un plan de las grandes tiendas comerciales para vender sus productos perecederos? ¡Es tan claro que da miedo, maestro!”
“A ver explícame eso”.
“¿Has visto algún indicio del huracán que no sean lloviznitas? Ve qué tenemos. ¡Una imagen de satélite! Eso es todo. Esa gráfica la pudo hacer cualquier estudiante de primer semestre de diseño gráfico. Pero ve la genialidad del marketing: muestran eso y una bola de funcionarios afligidos y qué tenemos: un tumulto de gente abarrotando los supermercados, ¿no te parece una estrategia brillante?”
“Cálmate. Eso de tu novia meteoróloga te ha puesto todo paranoico”.
“¡No seas crédulo, Eduardo! No me digas que has creído todo eso de la trayectoria del huracán. He vivido con lo mínimo toda mi vida y nunca me ha pasado nada. Nada de compras de pánico, de limpiar mi techo o guardar mis documentos personales en un lugar seguro. Nada de cambiar mis láminas de asbesto o atender los cambios en las banderas. El único cambio de bandera importante para mí va a ser cuando bajen la mexicana y pongan una coreana, ahora que venga la ensambladora”. 
“Caramba, nunca creí que oiría a alguien tan intransigente con el clima. En algún momento, el huracán debe ser de verdad”, le espeté mientras la gráfica de Canal del Tiempo preveía una catástrofe para las próximas 24 horas y el cielo sobre nosotros estaba tan soleado como en los mejores días de verano.
 “Oye”, continué la conversación, “pero hay que pensar en que por lo menos la gente se ha vuelto más precavida”.
“¿A eso llamas previsión? ¿A atestar las tiendas comerciales y pelearse un porrón de agua, como si fuera aquel bebé de la historia del Rey Salomón? ¡Eso es egoísmo, maestro! Que anuncien un huracán es como aterrizar en una isla desierta: sólo sirve para suprimir las reglas más elementales de civilidad”.
“Entonces según tú, Dean no vacacionará en Campeche ni nada de eso. Todo es un invento”. “Por supuesto. Pero además, ¿cómo que Dean?, ¿lo conoces, naciste en la misma cuenca del Atlántico o cómo?”
“Pues así se llama, ¿qué quieres que le haga?”
“Lo cual se me hace una estupidez. ¿A quién se le habrá ocurrido eso de ponerle nombre a los fenómenos naturales?, ¿habrá creído que con un nombre el huracán se portará más amigable, como cuando las mamás les dicen a sus hijos hiperactivos: ‘Gilberto, no vayas a destruir tu ciudad de juguete, que es la Playmobil Centro Histórico?”.
“Creo que nombrar algo es una forma de comprenderlo”.
“No me vengas con tus intentos de filosofía barata. Lo único cierto es que nadie comprende nada. ¿Sabes qué me dijo el vecino ayer?: ‘Esa película  de  Los Simpson ya hasta en los noticieros la anuncian’. ¡Creía que Saffir Simpson era el nombre del abuelo! ¡Vaya problema, todo mundo ha enloquecido!”.
 “Pero todo tiene una explicación. Campeche es una ciudad de inminencias, ya te lo he dicho. No importa tanto lo que suceda como el anuncio de que algo va a suceder”.
“Estoy de acuerdo”, me respondió. “‘Inminente’ es la palabra favorita de los campechanos. Todo es inminente: el huracán, el cambio de partido gobernante, la ensambladora. ¿Y qué si todo sigue igual? Pues todos a sus casas, felices porque no pasó nada, aún así tengamos que almorzar atún en lata y galletas de soda por el resto de nuestras vidas”.
“No seas exagerado. La gente sólo compró provisiones para tres o cuatro días”.
“¿Provisiones? No me refiero  a las compras de pánico; estoy hablando de la ensambladora”.
“Se me olvidaba que es otro de tus traumas, junto con lo de tu novia meteoróloga”.
“Sí, carajo, qué le vamos a hacer. Oye y hablando de provisiones y recuerdos de amores pasados, ¿sabes si el expendio surtió sus bodegas?”
“No sé, será mejor ir a preguntar”.
Salimos del cuarto pero dejamos prendida la televisión, quizás para sentir que podíamos ser ciudadanos previsores y responsables. Afuera, una nube pequeña y negra se había instalado sobre nuestras cabezas, apenas para justificar los peores augurios de la pantalla chica.

(5:00, PM, en vísperas)

Una de piratas

Una de piratas

Campeche es una buena ciudad para cultivar la sorpresa, la locura o la ciencia ficción. Por lo menos esa impresión tuve después de ver a una mujer con corsé, cadera aumentada debido al miriñaque, peluca postiza y encajes vaporosos que intentaba subir a una suburban.
Debido a la abultada peluca, la acción le estaba resultando más complicada de lo que resulta para la mayoría de las personas.
A lo lejos, decenas de campechanos miraban la operación como si se tratara de María Antonieta subiendo a la carreta que la llevaría a la guillotina. 
“¿Qué sucede?”, me dijo la amiga que me acompañaba, ante mi rostro palidecido por la sorpresa.
“No sé, pero tengo dos teorías”, respondí. “O acabamos de experimentar un salto temporal que nos ha transportado por breves segundos al siglo XVIII o ha sucedido con la moda lo que tanto he temido”.
“¿Qué cosa?”
“Que de los diseñadores, a falta de originalidad, se clavarían cada vez más y más en reciclar ropa del pasado, al grado que terminaríamos usando holanes, abanicos y esas cosas para salir a la calle. ¿Te imaginas? Eso significa que para ir al trabajo tendré que usar casaca, pantalón de rodilla, zapatos de hebilla y sombrero tricornio”. 
“Estás loco. Seguramente es una telenovela. Ve, por ejemplo, ¿ése que camina a lo lejos no es un pirata?”
(Un anciano loco que pasaba por ahí, al oír a mi amiga exclamó: “¡Oh, Dios, ha vuelto a suceder! ¡Les advertí que nunca quitaran la muralla!”. Segundos después desapareció).
“¿Eso, un pirata? Parece más bien un mozo de abordo. Definitivamente, los viejos piratas ya no son lo que eran”.
“¡Claro!”, dijo mi amiga, mientras hacía el ademán de quien recuerda el nombre de algún ex compañero. “¡Cómo lo pude haber olvidado! Es la nueva novela de Carla Estrada. ‘Pasión’, creo que se llama. Fernanda Colunga sale de pirata y Eric del Castillo…”   
“De Davy Jones, lo sé, el hombre con cara de molusco y tenaza de cangrejo”.
“Jajaja. Cómo crees. ¿No te parece genial que vengan a grabar escenas a Campeche?”
“No sé. Tengo mis dudas. Eso de ser el escenario de las novelas sólo cuando quieren hacer historias de hace 200 años no me convence mucho. Es como la ancianita a lo que únicamente hablan cada que la televisora necesita una abuelita para la protagonista”.   
“Eres un amargado. Deberías aplaudir que se retrate así nuestra historia”.
“Me perdonas, pero YO tengo un proyecto para hacer un musical sobre la piratería en Campeche. Así que no me digas nada de historia”.
“¡Peeeerdón! ¿En serio? No te creo”.
“Así como lo oyes. Se llama ‘Lorencillo Superstar’. Creo que será una ópera rock. Ya sabes, una superproducción, con mosquetes, cuchillos, arcabuceros; tengo pensado un coro enorme llamado ‘La armada de Barlovento’. De hecho, ahora estoy haciendo las letras de las canciones. Tengo una estrofa, escúchala y mira bien los pasos de baile: Pata de palo hacia atrás / y el garfio a la derecha / y las caderas girar / arriba en la cubierta / saquear a la ciudad / me hace desvariar-ar-ar-ar-ar”.  
“Estás loco y además no sabes nada de historia. Lorencillo no es el que tenía pata de palo. Ése es otro”.
“¿No? ¿No era Lorencillo el tipo que cantaba: ‘Son quince lo que quieren el cofre del muerto / son quince, ¡viva el ron!’?, ¿al que le entregan el disco negro de la muerte?”
“¿Ya ves? Ése Billy Bones de ‘La Isla del tesoro’; y tampoco tenía una pata de palo. El que sí la tenía era John Silver, el cocinero. ¿Qué clase de obra musical quieres hacer si confundes a todos los piratas de los que has leído?”
“Pero mi idea es buena. Habrá amor, drama, algo de comedia. Al final quemaremos una fragata, en cada función. La historia es única: trata de un pirata que se enamora de una hermosa lugareña…”
“…pero no pueden realizar su amor… ¡Por Dios, Eduardo, es la historia más cursi que alguien podría hacer sobre filibusteros!”
“Pero no te he contado la parte en que un vigilante los descubre besuqueándose en el fuerte de San Carlos, y les dice: ‘Eh, jovencitos, que eso no estará permitido ni dentro de 200 años’”.
“Si quieres saber mi opinión. No le veo ningún futuro a tu obra de piratería. Deberías intentar otra cosa”.
“¿Otra cosa? Ya entregué mi proyecto al Instituto de Cultura. Empezarán a pagarme mi beca en septiembre. ¡No puedo ya cambiar de tema así como así!”
Un aire tenso corrió entre nosotros, como cuando alguien está en medio de una encrucijada. Entonces mi amiga volvió a hacer ese gesto de “Eureka”, que tanto le gustaba practicar.
“¡Ya sé, actualízalo! Coloca a los filibusteros en el mundo actual. Tengo un dato que quizás te pueda servir. ¿Sabes en dónde terminaron los piratas, en el siglo XVIII, cuando fueron desalojados del Golfo?”
“No”.
 “¡En Belice!”
“Caramba”, dije yo, “y no se han quitado de ahí desde entonces. Me parece una idea estupenda, haré una historia sobre piratas contemporáneos, ¿eso es a lo que te refieres, verdad? Hombres que se roban películas de estreno y las copian ilegalmente, colapsando el mercado de DVD’s. De hecho, ya tengo la trama amorosa: será entre un pirata y la acomodadora del cine. Ella lo descubre cuando está grabando un estreno en su cámara digital y se enamoran tiernamente a la luz de una película”.   
“Eduardo, esto no tiene futuro. Dedícate mejor a escribir artículos”.
“Espera”, le dije cada vez más alto mientras se alejaba, “aún no te he dicho la mejor parte de la obra: ¡el papá de la chica trabaja para la AFI!”.
Tuve la impresión de que no le interesaba saberlo.

El Informe a nivel de cancha

El Informe a nivel de cancha

Pensemos en el Estado como en una organización deportiva. Tiene un público fiel que se alegra de las victorias y llora las derrotas, se identifica con la camiseta, asiste a las concentraciones, paga su bono para toda la temporada. ¿No suena familiar?, ¿no será por ello que los clubs a veces tienen nombre de ciudades?

Un informe de gobierno es como la rendición de cuentas del equipo. Cuántos goles a favor, cuántos en contra, partidos perdidos y ganados. Motivados por quién sabe qué perversas razones, los asistentes al informe del gobernador quieren corroborar el desempeño de la oncena de sus amores, u oír en boca del entrenador si son ciertos los rumores de los noticieros deportivos. Todo ello, a fin de cuentas, influirá para ver si se conserva o no la camiseta tricolor en el próximo cambio de directiva.

Quienes gobiernan un estado saben que tanto en el futbol como en la política, siempre es mejor jugar de local y sólo en ese caso tener el estadio lleno. La fanaticada responde al desempeño de la oncena estatal con sumo entusiasmo, aunque a veces no oculte los momentos de bostezo. Por otro lado, los primeros palcos siempre exhiben a quienes sí pueden pagarse esos boletos exclusivos y no se conforman con mirar el Informe en las pantallas gigantes. Al fin de cuentas, el deporte es de ellos, los directivos, aunque luego digan “que nos pertenece a todos”.

Pero así es el futbol y la política. Y si algo enseñó esta temporada es que en la recta final de cada partido todos tus jugadores quieren patear de delanteros. El entrenador les dijo en este informe que no se pelearan el balón entre ellos y que mejor hicieran “labor de conjunto”. No se sabe si todos los jugadores harán caso de la instrucción; sobre todo aquellos que quieren jugar más allá de la Sub-35.

-¿Qué va a suceder con los cachirules?- le preguntaron más tarde a Beatriz Paredes, presidenta de la principal proveedora de futbolistas al equipo, en referencia al rumor de que uno de los suyos había falsificado su acta de nacimiento para aspirar a la gubernatura en el 2009.

-No es tiempo de dar opiniones- dijo al borde de la cólera. Fue un momento ríspido al margen del encuentro.

El informe de este martes había levantado mucha expectación entre los fanáticos y los analistas. La semana pasada fracturaron a un defensa carmelita. Aunque fue un duro golpe a la espinilla, hasta donde se sabe el jugador se encuentra en recuperación. Esa sorpresiva violencia del equipo rival dejó a todos los aficionados con agrio un sabor de boca respecto a lo que diría el director técnico. En respuesta, el estratega advirtió que reforzará la línea defensiva, aplicando algo que llama el “catenaccio policiaco”, a fin de que ningún otro disparo del contrincante llegue siquiera a tocar el palo de la portería.  

Este último informe fue un recuento más o menos previsible, pero especial, pues el equipo cumplió 150 años. En consecuencia se recordaron a las grandes estrellas del pasado, como Tomás Aznar, Juan Carbó y uno de los más mencionados, Pablo García, extraordinario carrilero, quien también fuera primer capitán de la escuadra.  

El director técnico dijo que somos un club en franco ascenso. Yo no sé qué opinar al respecto: ésta era su fiesta y tenía que sembrar la esperanza en los aficionados. El entrenador pronosticó que pronto saldremos de la tercera división y jugaremos al tú por tú con los grandes de la Liga: el Monterrey, el Guadalajara, el equipo capitalino y otros. Y dio en el clavo porque ése ha sido uno de los grandes sueños de la afición: dejar las cascaritas y los torneos de pueblo.

Un espeluznante recuento histórico haría pensar que Campeche siempre jugó en condiciones desventajosas. Si no era el síndrome del Jamaicón eran los malditos penales, pero en el clásico peninsular siempre llevábamos las de perder.  La gente ya se estaba acostumbrando a ver al conjunto como un equipo que nunca subiría sus bonos, aún así cambiara su directiva cada seis años. Y a escondidas, disfrazados, muchos aficionados iban a los partidos del club Yucatán.

Pero ahora el entrenador se mostró muy confiado. No es de extrañarse, cada director técnico dice que va a sacar al equipo del sótano de la tabla, pero siempre la oncena termina llenándose de sus familiares, que no son nada eficaces al momento de salir a la cancha.

Sin embargo, esta vez, el DT tenía un as bajo la manga. Cuando todo mundo esperaba interpelarlo por la lesión sufrida en Carmen, Hurtado habló de una nueva contratación. No debería ser tampoco sorpresivo, porque cuando el anterior DT trajo a aquella dupla ofensiva conocida como “los maquiladores”, parecía que las cosas irían mejor, pero no fue así. El año pasado la llegada de un medio de contención español, Grupo Mall, levantó la opinión a favor, pero finalmente terminó teniendo algunos altercados con los miembros de aquella porra antiquísima conocida como “los alarifes”.

Esta vez, pese a todo, parecía que las cosas iban en grande. La nota la dio la estrella del futbol asiático, Bering Corporation, quien vendrá a jugar a Campeche por 2 mil millones de dólares, una cifra inédita en nuestro balompié y cuya firma apenas se había estampado este sábado, 3 días antes del Informe. ¡Vaya suerte del entrenador!

Por la cantidad de dinero, cualquiera diría que la llegada del delantero Bering resolverá los problemas del equipo y lo harán ascender como la espuma. Pero ya se sabe lo que las estrellas del deporte provocan luego en el conjunto: roces, maledicencias de los jugadores locales, quienes siempre exigirán “privilegiar a las fuerzas básicas”, y la sensación promovida por algunos analistas de que esos tacos de peso completo dañarán la virginidad de nuestros pastos.

Y es que el anuncio no dejó de lado la sonrisa del entrenador, quien sabía que sus detractores se verían obligados a sonreír también, aunque nerviosamente. A partir de ese anuncio, el resto del informe fue un cúmulo de gracias: a Dios, a la familia, a la afición. Ésa fue la despedida.   

Mientras tanto, en las afueras del estadio, “la Monumental”, una porra conformada por fanáticos (la mayoría acarreada, ya se sabe, por la directiva), se preparaba para aplaudir la salida del entrenador, con mantas de una gratitud excesiva: “Lo apoyamos en todas sus decisiones”, “Gracias por esos tres goles por la educación”. Bajo las lonas, con la música de fiesta, los aficionados celebraban su propio martes futbolero.

(Este 7 de agosto rindió su informe el gobernador de Campeche)

 

 

Maravilla campechana # 7: El arca de Regina

Maravilla campechana # 7: El arca de Regina

En 1982, María Regina, una pitonisa que sufría ataques de epilepsia, pronosticó un diluvio para agosto de ese año. ¿Qué hacer ante tal amenaza? Lo evidente para cualquiera: construir un arca.  Edificada en uno de los cerros más altos de la colonia Bellavista, el arca de Regina se volvió un lugar mítico, no sólo por la peculiaridad del personaje (quien vendía lotes de salvación a buen precio) sino por la cantidad de fieles que reunió. La ingeniería del arca (con mástiles de concreto) hace pensar en auténtico acto suicida, a quien pretendiera protegerse del diluvio; pero la fe pudo más. Cuando el problema se hizo insostenible, el Gobierno mandó encarcelar a Regina, pero extraños vínculos familiares hacía imposible mantenerla en prisión, de tal modo que fue exiliada a Oaxaca. Extrañamente, muchos de sus seguidores (quienes practicaron la agitación social mientras ella estuvo encerrada) se volvieron funcionarios públicos. Es decir, pasaron del arca a las arcas, sin escalas intermedias.

Las ruinas de esa empresa pueden aún observarse a quien se interne en la colonia.

Maravilla campechana # 6: El coloso de Bellavista

Maravilla campechana # 6: El coloso de Bellavista

Norma y yo siempre quisimos hacer un "Shadows of the Colossus" donde hubiera que combatir con las estatuas de Campeche (la más sencilla era la efigie tamaño real de Bilbo Bolsón que está a la entrada de la Biblioteca Estatal). Uno de los colosos más difíciles era el Benito Juárez de Bellavista, un gigante laico y que sabe tocar la flauta, que nos cuida desde el cerro. Y para muestra un botón:

 http://www.youtube.com/watch?v=gkYTbSIqGKo