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Tediósfera

Un mundo raro

Un trabajo así quiero (pero con Messenger)

Un trabajo así quiero (pero con Messenger)

Si no fuera por Internet, las oficinas serían lugares aún más deprimentes. Ves decenas de personas inmiscuidas en sus propias computadoras y te preguntas: “¿por qué entonces se tardan tanto en darme un documento?”, pero al mismo tiempo no dejas de decir: “¿Tendrán algún tipo de vida fuera del ordenador?”

Recuerdo que una vez, una oficinista, al ver un anuncio en el periódico, dijo: “¡Ah, cómo extraño vivir!” y la frase me hizo pensar en la sociedad paralela que todos hemos formado en el mundo virtual, donde lo mismo caben tus amigos que tus familiares, tus compañeros de trabajo o tus acosadores sexuales.

En la búsqueda de la normalidad en el encierro, diría Lichtenberg, “el hombre necesita la compañía hasta de una computadora encendida”, los minutos de sociabilidad posible entre dos documentos de Word. Y si para sobreponerse a la soledad bastan unas cuantas coincidencias –como que todos tus conocidos tengan el mismo horario de trabajo--, el mensajero instantáneo ha servido también para subsanar los inconvenientes de las pláticas reales, donde hay que preocuparse por el lugar de la cita, la vestimenta y las ocupaciones diarias. 

La cuenta de correo es con frecuencia un páramo donde no crecen las sorpresas. Más allá de los mensajes reenviados sobre inexistentes niños con cáncer, los amigos parecen experimentar vértigo a la hora de escribir un mail. ¿Por qué todos se desinhiben tanto en las conversaciones por Messenger? Es decir, ¿la gente está perdiendo práctica a la hora de verse cuerpo a cuerpo?, ¿les molesta tanta cercanía?, ¿se sienten protegidos por esa imagen de balón o sienten que muestran algo de sí mismos diciendo qué música escuchan?

Todo ello me intriga, pero creo poder aventurar una respuesta: quizás el Messenger da más posibilidades de evasión al tiempo que nos permite mostrar de nosotros mismos sólo aquello que queremos. Es decir, en la vida real, coincidir con un conocido indeseable en el restaurante, nos obligaría a un minuto de plática, aún así sea por cortesía --¿cómo estás?, ¿dónde estás trabajando?--; en el Messenger, uno puede fingir que se encuentra “Al teléfono” o “No disponible”, de modo que puede dejar mensajes sin responder todo el tiempo. Por otro lado, el empleado promedio no puede hacer mucho por su rostro golpeado por la cotidianidad o su complexión de burócrata de mediano sueldo, ¿qué hace? Pone su mejor foto en el Messenger, acompañada de alguna frase de Paulo Coelho ¡¿Por qué?! ¿Acaso supone que eso lo hará ver más sensible, amigable, atractivo? No sé, pero que el Messenger da la ilusión de suplir las deficiencias de la realidad es casi innegable.
La otra vez conocí a una chica que ponía la foto de un bebé distinto cada día. ¿Trabajaba para un departamento para niños extraviados? ¡No: vendía zapatos por catálogo!, de modo que su fascinación por los niños era una jactancia extra, algo que invitaba a huir a la menor oportunidad. Hay gente, por ejemplo, que pone imágenes de sus mascotas, perros y gatos que quizás pretendan ganarse la simpatía que no tiene el dueño. El caso más extraño que he conocido es el de un tipo que ponía a un gallo al que amaba. “Rosique” era el nombre del plumífero, cuyo mayor mérito era haber tenido más relaciones sentimentales que su propietario.

Ésa es la fascinación del mensajero instantáneo: seguir diciendo algo de nosotros, incluso desde el encierro. Ningún otro programa ha podido engranar con mayor eficacia las horas hábiles, las de receso y las visitas al psicólogo. Por ello, los diálogos por Internet suelen relacionarse tanto con la demora en la captura de un documento como con una extraña necesidad de tener noticias del mundo.

Más consciente de su libertad, el empleado contemporáneo ha hecho del Messenger un derecho laboral. Trabaja más a gusto y siente que le quita algo a la empresa, como cuando carga su teléfono celular en la oficina. Ha creado, además, una forma de suplir los inconvenientes del mundo real; el peor de todos: no tener control sobre lo que proyecta de sí mismo. El mensajero instantáneo es un extraño círculo de terapia, donde es posible hablarnos y es posible ignorarnos. Ha establecido, sin lugar a dudas, una inédita forma de cumplir con el trabajo.
 


FRASES MEMORABLES
Para los no iniciados, el nick es el nombre que uno utiliza en el Messenger: puede ser real o inventado, puede tratarse de una frase o un mensaje rodeado de pequeños iconos. El subnick es el enunciado que uno escribe bajo su nombre --desde “Vendo Fiesta, en perfecto estado” hasta “Escribo por comida; informes aquí”-- que además de sus aplicaciones comerciales, concentra reflexiones de quienes los escriben. De estas últimas, he aquí las más interesantes:
1. “A veces cuando le cuento a Dios mis problemas, tengo la sensación de que Él está chateando con otra persona”.   

2. "No importa que nadie conteste, tener a diez amigos conectados es sentirse un poco acompañado”.  

3. “Si no fuera por el Messenger, me vería obligado a hablar con mis compañeros de trabajo”.

4. “Dímelo de frente… al monitor”.   

5. “Ausente: es decir hablando con alguien que no eres tú”.

6. “Suelo despertar gordo, pero hoy exageré”.

7. “Debo ser anoréxico, porque cada vez que me veo al espejo veo la imagen de un gordo”.

8. “Siempre no me voy del periódico. Aléjense, buitres, de mis fuentes”.
  

 

Slim Fast

Slim Fast

Según la revista Sentido Común, Carlos Slim ha superado a Bill Gates como el hombre más rico del mundo. ¿En apenas tres meses?, ¿cómo le hizo? No sé mucho de economía empresarial, pero cada que veo mi recibo Telmex o lo rápido que decrece mi crédito en el celular creo saber qué sucedió. Para la publicación online, un alza del 27 por ciento en las acciones de América Móvil, propiedad del magnate mexicano, propició el rápido ascenso de Slim en esa lista a la que todo ser humano quisiera pertenecer, quizás poco menos que aquélla de los hombres más deseados del mundo.
Yo tengo otra teoría: la piratería. El pobre (es un decir) señor Gates tiene que luchar con los programas clonados, con el software libre y peor que eso, con la sana competencia. El señor Slim la tiene más fácil: nadie ha desarrollado todavía la telefonía pirata, ni ha buscado la manera de clonar los números celulares, para cargarle la cuenta a los ricos de este país. El 40 por ciento de mis amigos tienen que lidiar en las computadoras de sus trabajos con el mensaje “Usted podría ser víctima de una falsificación de software”, diplomática manera de no llamar estafador al dueño del negocio; lo cual significa, a nivel global, algunos miles de dólares menos para Microsoft.
El caso de Telmex es más trágico. He visto filas de gente caminando con sus recibos, con ese ánimo de resignación de quien va a cobrar su vale de despensa en una tienda de raya. Llamadas inexplicables, dobles cobros por celular (como llamada local y por minuto consumido) y aquel supuesto número gratuito, que finalmente no lo era, constituyen las vértebras de la fortuna Slim: el abuso a pequeña escala. ¿Quién se acuerda de cuántas llamadas hizo al servicio de taxis o a casa de sus padres?, ¿quién cuántos minutos en la larga distancia?, ¿todo ese tiempo estuvimos metidos en Internet? Cuando no podemos estar seguros de nada, entonces apelamos al conformismo. El ciudadano promedio estima el tiempo perdido pidiendo explicaciones a una señora con más operaciones en la cara que Orlan y prefiere pagar esos cuantos pesos sin verificar con tal de salir lo más pronto posible del edificio Telmex.
Y no es exageración. Según algunos estudios en México se paga 260 por ciento más por la conexión a Internet de banda ancha que en Estados Unidos, 312 por ciento más por el teléfono celular y 65 por ciento más por la telefonía básica.
Pero Slim Helú tiene otra cara: la del filósofo del éxito que comparte las claves de su riqueza. “La pobreza se resuelve con educación y empleos”, declaró no hace mucho tiempo al New York Times. “No necesitas enseñar a un hombre a pescar, como decían los chinos. En vez de darle los peces, o de enseñarle a pescar, tienes que enseñarles a vender los pescados, para que coma algo más que pescado”.
Inspirador, sin duda alguna, pero quizás le faltó decir: “La auténtica clave es pescar mero y venderlo a precio de róbalo”. Hay que recordar que Slim Helú hizo su fortuna comprando compañías baratas y dándoles el giro que las volviera inmensamente productivas. Y qué mejor ejemplo que el de Telmex, a la cual adquirió de parte del Gobierno mexicano por 400 millones de dólares, cuando diversas investigaciones han calculado su auténtico valor en 12 mil millones.  
Pero en Slim no todo es dinero, aunque parezca una burla. Cuando tienes el suficiente capital para financiar a dos candidatos opositores a la Presidencia de la República, te puedes dar el lujo de la filantropía. Me lo puedo imaginar hastiado de incrementar su fortuna y para sentirse un poco más vivo buscando algo qué rescatar: un centro histórico en aquella ciudad, un grupo de niños en este otro municipio, esos cientos de estudiantes que no tienen computadoras. Ese altruismo mexicano, que le hace prometer 100 millones de dólares a la fundación Clinton a fin de combatir la pobreza en América Latina, no alcanza para dar tarifas justas a sus consumidores. Una actitud que podemos comprender y aplaudir si pensamos en Carlos Slim como en una nueva versión de Robin Hood, que le quita dinero a la clase media para dárselo a los pobres. En verdad conmovedor.
El de Slim Helú es un caso que despierta lo mismo admiración que indignación pues proviene de un país donde la mitad de la población vive con menos de cinco dólares al día.  Hay quien considera cruelmente irónico que un mexicano pudiera ser ya el hombre más rico del mundo, pero pensándolo bien sólo alguien de este país representaría mejor que nadie no sólo el “capitalismo disfuncional” del que ha hablado Denisse Dresser sino el crecimiento acelerado de la riqueza. Es decir, sólo alguien que aprovechara las debilidades de las instituciones antimonopolio mexicanas y sustentara su fortuna en los abusos al consumidor, podría alcanzar la cúspide del grupo de multimillonarios en tan poco tiempo. Acotados los otros ricos por el juego liberal de sus propios países, sólo un mexicano capaz de bloquear a posibles competidores y de cabildear contra legisladores que han querido limitarlo lograría ese primer lugar, sin muchas cortapisas.    
Quizás cuando descubramos la manera de sabotear al imperio del Fatboy Slim podamos sentir ese placer que anteriormente experimentábamos al comprar un programa pirata de Microsoft y alegrarnos de no contribuir con unos cuantos pesos más a los caudales inescrutables del mayor rico del mundo.

Pornortografía

O cómo pasar del sexo en grupo a la zoofilia en una falla ortográfica.
Según deduzco, la tapa de aquella película pirata en el mercado principal debió decir Bath of semen.
Dice Bat semen.

Y Dios creó el spam

Y Dios creó el spam

Cada que llega Semana Santa, me asaltan en principio dos preguntas sobre Dios: ¿Por qué tiene publicistas tan obsesivos?, y especialmente: ¿por qué utiliza a mis amigos para mandar sus propagandas por correo electrónico?

Pareciera que en el siglo de la Internet, el Creador de Todas las Cosas no quisiera quedarse a la zaga de los chistes feministas, las cadenas de los Ángeles o las advertencias de que Hotmail se cierra.

Es quizás por ello que sus parábolas aleccionadoras invaden mi correo, siempre antecedidas por centenas de direcciones, casi todas tristemente conocidas, y que en el fondo intentan decir algo como: “Eh, ve a cuántos decepcionarás si no sigues al Señor”. ¡Qué difícil es apretar la opción “Eliminar mensaje” en esas circunstancias! Es como ser el terreno rocoso en el que Jesús decía que no crecerían las semillas de su palabra.

Arrepentido por considerar Spam esas historias de fe, me propongo resarcir mis majaderías divulgando dos parábolas de vida y esperanza.

1. El barbero 

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y entabló una conversación con la persona que le atendió.

De pronto, tocaron el tema de Dios.

El barbero dijo: Yo no creo que Dios exista, como usted dice.

--¿Por qué dice usted eso?-- preguntó el cliente.

--Es muy fácil, al salir a la calle se da cuenta de que Dios no existe. O dígame, acaso si Dios existiera, ¿habría tantos enfermos?, ¿habría niños abandonados? Si Dios existiera, no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad. No puedo pensar que exista un Dios que permita cosas como el hambre y la pobreza.

El cliente se quedó pensando, y no quiso responder para evitar una discusión. Al terminar su trabajo, el cliente salió del negocio y vio a un hombre con la barba y el cabello largo. Entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero:

--¿Sabe una cosa? Los barberos no existen.

--¿Cómo? Si aquí estoy yo.

--¡No! --dijo el cliente-- No existen. Si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre.

El peluquero salió a ver y el cliente pensó en el diálogo que se daría a continuación: “Los barberos sí existen”, diría aquel hombre apenas entrara, “lo que pasa es que esas personas barbadas no vienen hacia mí”. Y esa frase sería una oportunidad inmejorable para que el cliente rematara: “Ese es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él; por eso hay tanto dolor y miseria en el mundo”.

Pero sucedió que segundos después, regresó el peluquero y dijo entristecido:

--Tiene usted razón. Si más hombres siguen las enseñanzas e imitan la imagen de ese líder barbado de afuera, al que llaman Jesús de Nazareth, los peluqueros dejaremos de existir.

--¡Exacto...!-- dijo el cliente-- Ése es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que... es que...

Entonces el cliente salió del lugar, mascullando contra ese tal Jesús por haber echado a perder todos sus argumentos.

2. Conversaciones con Dios  

Rut llega a las 2 y cuarto de la madrugada a su casa. Sabe que sus padres están furiosos, pese que su tardanza tuvo que ver con armar un trabajoso proyecto cultural y no con salir con su novio, como ellos imaginan. Ya sabe lo que vendrá: algunos gritos, reclamos de pleitos anteriores, quizás su madre prorrumpa aquella frase de “¡Dios, por qué a nosotros!”. Sabe que la mejor estrategia es la serenidad; toma más aire y piensa un poco en los auténticos problemas: el financiamiento de la exposición, el viaje de los autores de la obra. Entra a la casa y los padres están en la cocina esperándola. Como si todo fuera parte de una obra de teatro en su vigésima representación, los parlamentos siguen tal cual Rut los supone. Incluso, su madre se desaparece a los diez minutos, como hace cada que quiere dejar a su marido controlar la situación.

--¿Y de qué es ese proyecto dizque cultural que estabas haciendo? --pregunta el padre, con ese tono irónico que devela su absoluta desconfianza.

--Una Semana de la Diversidad Sexual. Montaremos una exposición y proyectaremos películas sobre lesbianas, gays, transexuales y trasvestis.

Se escucha un vaso romperse en la otra habitación.

--¡Qué! --exclama el padre-- ¿Eres lesbiana o algo así?

--¡No! Sólo estoy apoyando a unos amigos.

--¡Amigos sodomitas, eso es lo que me quieres decir! En mis tiempos los hombres sólo nos tocábamos para celebrar una victoria en el fútbol.

--No exageres, papá.

--Sólo una cosa te voy a decir: ¡Romanos 1:26,27! ¿Lo has leído? Ahí condena Dios esas prácticas. Y no voy a permitir que mi propia hija promueva las perversiones como forma de vida.

--Tranquilo, papá --responde Rut, conservando aún la calma. Siente sed y gira para sacar un vaso de agua. Entonces siente una quemadura sobre su piel. La sorpresa le hace soltar el vaso y cae de rodillas. Cuando vuelve el rostro, ve que su padre le pega con una soga de hamaca sobre su espalda y reproduce en cámara lenta aquella portada de las Obras Completas del Marqués de Sade, que alguna vez  Rut había encontrado en los puestos piratas de la Feria del Libro.

 

En la noche, Rut lagrima de coraje. No concibe que en pleno siglo XXI, haya padres que todavía utilicen cuerdas de nylon para reprender a sus hijos. Por otro lado, no había qué extrañarse: mañana en la junta de cursillos, su madre seguramente contará horrorizada el episodio a sus amigas y éstas lamentarán en conjunto la desdicha de la familia, como si se tratara de un coro griego. “Oh, desdicha, oh, desesperación”. 

Mientras se convence en el silencio que es hora de independizarse de una vez por todas, su gato Plutón se acerca y le lame la cara. Antes de que ella decida si lo abraza o lo avienta a la caja de arena, el gato le habla en un español perfecto:

--Hija, te apoyo decididamente.

--Puta --dice Rut, asustada mientras se recoge a sí misma tapándose el cuerpo--. Ahora sí que he enloquecido.

--No te asustes. ¿Sabes quién soy Yo?

--Creo que eras mi gato.

--Ja, ja. En cuerpo sí, pero no en alma.

--¿Eres de esos seres que roban el ánima a los dormidos?

--No. Aunque a veces he tenido la tentación de usar ese método, el de la muerte inducida ha sido nuestro sistema predilecto desde Abel.

--¿Quién demonios eres entonces?

--Lo más alejado a tu pregunta, hija. Soy Dios.

--¡Dios santo! --exclamó Rut de la sorpresa.

--El mismo. Veo que sí me reconoces.

--Pero, Dios, qué haces en mi casa. Bueno, en realidad no tendría por qué extrañarme. Papá y mamá tienen imágenes tuyas en todas las habitaciones. Es como si Elvis visitara el Museo Elvis.

--Ya ha sucedido, hija, con Elvis precisamente. El año pasado.

--¿Pero qué haces aquí?

--Vengo a darte mi apoyo moral para que lleves a cabo tu proyecto.

--Dios, no puedo creerlo. ¿Te refieres a la Semana de la Diversidad Sexual?

--Asimismo.

--Pero es imposible. La gente que ha leído tu libro dice que repudias la homosexualidad.

--Las personas no saben nada de lo que en realidad pienso.

--Pero, Dios, mis padres pasan horas leyendo La Biblia. Ellos dicen que creaste al hombre y a la mujer para que se unieran en sagrado matrimonio.

--Lo sé, seguramente se refieren a Génesis 1:27, 28. Tuve problemas con la redacción de esos versículos. Me faltó o me sobró una coma en alguna parte, ya no recuerdo bien, y todo se malinterpretó. Ah, qué lío sobrevino después.

--Señor, ¿y nunca pensaste en hacer algo al respecto?

--Estoy preparando una versión corregida de las Escrituras. Sólo que ahora me asesora un corrector de estilo para las cuestiones de sintaxis. Se llama Jorge Luis Borges, no sé si lo conozcas.

--¿Borges, el ciego?

--¡Carajo! Creo que cometí el mismo error de la primera vez, cuando contraté a Homero.  

--Este... Señor, será mejor que me especifiques a qué se debe tu visita. Es tarde y todavía me faltan algunas horas por dormir.  

--Cierto, cierto. Fundamentalmente, he venido a ayudarte a organizar esa Semana de la Diversidad Sexual, con su exposición y su ciclo de cine.

--¡Genial! Eres mucho mejor de lo que pensé.

--Sí, generalmente.

--Eso me alegra mucho, aunque existe un pequeño problema. Supongo que oíste hace rato a mi padre. No me dejarán participar en la Semana, ni aunque les diga que Dios me dio su consentimiento.

--Harán como que la Virgen les habla. Los conozco bien. Mira, esto es lo que harás.

El gato se acercó al oído de Rut y le dio algunas instrucciones.

--Me parece muy astuto y a mí no se me hubiera ocurrido.

--Poseo información privilegiada, no lo olvides.

--Eso soluciona por lo menos el problema de la inauguración del evento, pero no me ayuda mucho con la clausura.

--Hija, no puedo andar resolviéndole la vida a todo el mundo, ¿quién crees que soy?, ¿San Judas Tadeo?  

--Sí, sí, no te preocupes. Haz hecho lo suficiente.

--Sabía que te alegraría. Vaya que sí. 

--Oye, Dios, antes que desaparezcas de nuevo, una cosa más. Necesito saber si algo es pecado o no.

Rut se acercó a las orejas paradas del gato y le susurró un par de palabras.

--Ay, hija, tengo 3 mil años disertando si lo declaro un pecado o una virtud.

La chica sonrió satisfecha incluso con esa respuesta.

--Que duermas bien, Rut.

--Igualmente, Dios.

Un segundo después,  Rut se percató del error.

--Perdón, Dios, la cortesía, sabes.

--No te preocupes, a Moisés le pasaba todo el tiempo. Nos vemos pronto…

Y mientras el gato se confundía con la oscuridad de la noche, Rut pensó si esa despedida era también una palabra de amabilidad o algo más que no debería haber oído 

Todos (los karaokes) dicen que te amo

Todos (los karaokes) dicen que te amo

Escoger un regalo, como escoger las palabras para decir “Te amo” suponen un poco de imaginación y otro tanto de tiempo, pero poseer ambos es casi un milagro. La gente regularmente encuentra el regalo o las palabras y deja que alguien complete el resto, salvo cuando se trata de obsequiar discos compactos. Con la música, uno dice que se ha fallado en ambos propósitos.

Las personas que sufren por amor hacen cosas muy raras: llorar a todas horas, comprar discos tristes, casarse con el primero que pase. Y cada una de estas acciones incluye un repertorio de melodías que les dé sentido.

La primera escena de El Diario de Bridget Jones es ilustrativa: se puede iniciar el año con un ahogado canto de soledad. Viéndola desde otro ángulo, la misma secuencia admite una lectura más: la banda sonora de la realidad tiende a desafinar.  

Pese a todo, habría que reconocer que algo tiene la música que siempre da en el blanco móvil de nuestras decepciones. Sus palabras desentrañan la exactitud de los lugares comunes, son la poesía al alcance del Emule. Con la música popular podríamos decir al contrario de Bukowski que “es mucho más placentero recordar un amor que no funcionó” y confirmar junto a él que eso se debe finalmente “a que ningún amor funciona”.  

En un mundo de relaciones condenadas al fracaso, la libertad de desahogarnos debería aparecer en la declaración universal de derechos humanos. Para alcanzar el consuelo dentro de una vida agitada existen los bares, esos rincones óptimos para cambiar las penas sentimentales por padecimientos hepáticos. Sin embargo, la recesión económica, que no permite el florecimiento de la música en vivo ha dado auge al bar karaoke: un sitio donde no sólo existe la oportunidad de sentirnos mal sino de hacer sentir mal a todo mundo.

Ninguna tragedia puede ser tan grande como para no tener una canción que hable de ella. Y ninguna tristeza es suficientemente abstemia. El bar karaoke recluta a unos cuantos militantes de la nostalgia, en una vida donde bastan unos cuantos años y una disposición natural para la desgracia para que la nostalgia germine. Donde siempre existe una melodía que nos sitúe en el momento exacto en que tampoco éramos felices.

Es viernes y me encuentro rodeado de borrachos talentosos que confunden “Hoy tengo ganas de ti” con “Amigo”.  El bar karaoke recurre con frecuencia a artistas a quienes no es difícil asociar con el olor a naftalina. La chica de la mesa tres interpreta canciones de Lupita D’Alessio, con el sobrado ánimo de quien no ha sido traicionada una sola vez en la vida. Convencida acaso de que sólo el quebranto en la voz significa feelin’, canta “¡Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo!” como si el mesero cada madrugada la recibiera bajo su techo.   

Las letras transitan del éxito reciente al clásico desenterrado. Atendiendo únicamente a la sucesión de frases en la pantalla, los compositores no pasarían la prueba de la sintaxis ya no digamos la de la poesía. Sin embargo, su manera de describir sin complicaciones el alma humana ha asegurado su permanencia en la memoria de varias generaciones. 

El cuarentón de la mesa diez habla de Napoleón, como alguien que compuso un himno para grupos juveniles católicos y nada sabe de la batalla de Waterloo (“¿Watergate?”, duda). El ebrio de la mesa doce grita “¡Sandro de América aún no ha muerto!” y lamentamos que tenga razón. Más cerca, nuestro amigo comenta lo fascinante que sería escuchar un buen tema de Elio Roca y nosotros decimos: “¿Quién es Elio Roca?, ¿un personaje secundario de “Los Picapiedra”?”

En un rápido viaje por los archivos de la memoria, surgen nombres que no sabíamos que existían hasta que alguien los pronunció: King Clave, Lara y Monárrez, Sergio Fachelli. ¿Quién puede asegurarnos que éste es un bar donde vienen los deprimidos y no un sitio donde los antiguos fanáticos del festival OTI comparten sus patologías? Nadie.

El momento más deprimente de la noche llega cuando un tipo canta “Ya lo pasado pasado”. No tengo nada en contra de José José y su capacidad para interactuar con el público, pero ¿por qué la gente se siente obligada a aplaudir cuando alguien dice “Pido un aplauso para el amor”?, ¿no sería tan ridículo como agarrarnos las manos justo en el coro de “Agárrense de las manos”? Da la impresión de que sólo seguimos la corriente para no sentir que traicionamos un pacto secreto entre decepcionados.

Entre canción y canción, entre Vicente Fernández y “Santa Lucía”, la realidad contradice a Sabines: los amorosos NO se callan. Y no sólo eso, sino que nos hacen preguntarnos qué ha pasado con el amor que se ha vuelto tan escandaloso.

¿Es acaso este mismo amor el que ha producido por igual grafittis y poemas en servilletas de papel, canciones espléndidas y composiciones en círculo de sol, dedicatorias personales y estúpidas cadenas de Internet: si en verdad me amas, envía esta oración de los catorce ángeles de la felicidad a toda tu lista de contactos? ¿El mismo amor inexplicable al que todo el mundo trata de entender a la segunda botella de Oso Negro, al primer trago del insufrible Karat? ¿El mismo amor que rotula los objetos con un nombre reconocible? ¿El amor que comparte con la amistad un día de febrero, un día donde la amistad sale perdiendo en términos comerciales? ¿No es la amistad tan misteriosa como el amor, según decía el viejo Borges? ¿No tiene la amistad todas las virtudes del amor y ninguno de sus defectos? ¿No es quizás por eso que la gente prefiere enamorarse? 

 

Dios es otro rollo

Dios es otro rollo

Yordi Rosado es uno de esos pocos escritores que han logrado el éxito desde su ópera prima. Quiúbule con… tu cuerpo, el ligue, tu imagen, el sexo, las drogas y todo lo demás. Un libro para niñas, chavas, chicas o como quieras llamarles… (aquella obra escrita junto a Gaby Vargas) vendió tantos miles de ejemplares como para augurar una prometedora carrera literaria.  Un año después, el célebre conductor de radio y televisión ha lanzado una nueva obra en complicidad nada menos que con Dios (autor de La Biblia, El Libro del Mormón y otros éxitos de librería), un personaje que como dice el propio Yordi “es un poco menos quisquilloso que Gaby Vargas”.

Quiúbule con… la Fe, el Futuro, el Hombre, tu cuerpo y lo que queda del mundo. Un libro para católicos, religiosos, practicantes, píos, creyentes, adoradores o como quieras llamarles apareció en los escaparates de las librerías este diciembre. La obra reza en su contraportada: “Como este libro no existe otro y lo más importante: ¡está escrito para jóvenes como tú!, intrigados por los cambios morales y sociales que enfrenta el mundo contemporáneo. Dios y Yordi Rosado conocen perfectamente tus inquietudes (sobre todo Yordi), desde el mensaje diabólico de tus hormonas hasta los problemas más intensos relacionados con la fe. Un manual imprescindible para alcanzar el Cielo y una imagen súper atractiva, con respuestas a todas tus dudas (y cuando decimos ‘todas’ hablamos en serio). Quiúbule será, como Dios y la televisión, tu confidente aunque tú no lo quieras y el gran amigo que siempre has necesitado”.

Conformado por poco más de mil 200 páginas en su edición de bolsillo. Quiúbule trata “de una forma divertida, alivianada y al mismo tiempo profunda las megabroncas de la humanidad”. El libro inicia de esta manera: “Aproximadamente de 1945 hasta la fecha parece que a diario es el Apocalipsis. Como esos días en que dices: trágame tierra. Con el inicio del nuevo siglo hemos emprendido una degradación tan cañona que no te la crees, aunque no se puede negar que se trata también de una época muy padre, divertida, súper chida, pero a veces, medio complicada”.

En el apartado de “Ni lo pienses, sí es pecado”, el libro diserta sobre la relajación que ha ofrecido la sociedad actual en torno al concepto de “falta”. “Hoy en día, los pecados que en la antigüedad eran súper gruesos se han visto como si fueran muy X. El ejemplo más común es la masturbación (también llamada chaqueta, manuela, etcétera, aunque no todos saben que también se le llama ‘etcétera’)”. Quiúbule no sólo se vale de obras anteriores de los autores para reprobar dicha práctica (cita a Colonsenses 3:5, por ejemplo) sino que recurre a los más actuales descubrimientos científicos para apoyar sus afirmaciones: “Hacia 1867”, cuenta el libro, “el doctor Henry Maudsley, un reconocido psiquiatra inglés, describió a la masturbación como una ‘desagradable aberración que viene caracterizada por un intenso egocentrismo y presunción, y que termina en el derrumbe de la inteligencia, las alucinaciones nocturnas y las tendencias suicidarias y homicidas’.

Una vez reproducidos los argumentos científicos, Quiúbule aconseja qué hacer en el lenguaje de los adolescentes, logro estilístico probablemente debido a Yordi Rosado. “Es súper importante que cuides ciertas partes de tu cuerpo del contacto de otras partes de tu mismo cuerpo. Al principio, la masturbación puede parecer divertida, autoexploratoria y hasta saludable, pero no lo será a la mañana siguiente cuando cuelgues los tenis y tengas un lugar VIP en el Purgatorio”.

En la sección llamada “A veces crees que tu religión no es la verdadera”, el libro expresa  con sencillas palabras la fe que debe prevalecer en los jóvenes. “Si sientes que han ido demasiados predicadores a tu puerta, o hay un montón de musulmanes en los noticieros, o los canales de cable tienen a por lo menos seis evangelistas diciéndote qué creer. ¡Ubícate y piensa qué pex con tus valores!” Así, subrayando las virtudes del sistema papal, Quiúbule ofrece apartados útiles para nuestros tiempos: “¿Por qué los católicos somos diferentes de los adventistas?”, “Mi mejor amigo es Testigo, ¿qué hacer?”, “¿Por qué tendemos a ceder ante las explicaciones científicas?, ¿cómo hacerles de frente?”,  “No hay Papas perfectos”, etcétera.    

Quizás uno de los puntos más interesantes del libro sea el dedicado a los “frees”, nombre con el que se conoce a quienes dicen profesar una religión pero no respetan todos sus cultos. Al principio del capítulo correspondiente, Quiúbule nos proporciona la definición correcta, según las respuestas de algunos chavos respecto a la pregunta: “¿Qué es para ti un free?”

“Un free es como ser un ateo con derechos o un católico sin compromiso. Se da casi siempre en familias abiertonas, ya sabes, que te mantienen en tu casa pero no te obligan a ir a misa ni a ponerte la cruz de ceniza”.

Con una absoluta comprensión y objetividad el libro de Yordi y Dios explica los riesgos de este tipo de fe: “Hoy en día muchos jóvenes han tenido un free y lo toman como una opción intermedia para empezar a ver qué onda con una religión o para sentirse parte de un grupo. Pero ¡aguas! El que tengas un free puede ser muy cool o posmoderno, pero ten mucho cuidado porque así como puedes no tener rollos, puede causarte muchas broncas. Tener una fe formal es lo ideal; tienes a Alguien que te responda, que está pendiente de ti y tú significas para Él algo más que un accidente de la naturaleza. Además teniendo un free tarde o temprano te van a tachar de ‘zorra’  y es un letrero que perdura por mucho tiempo”.

El último comentario todavía no sabemos si se debe a Dios o a Yordi Rosado.  Para concluir esta reseña no podría dejar pasar el epílogo que los autores consignan al final de su libro:

“Esperamos que a lo largo de estas páginas te hayas reído, arrepentido de algún pecado (o mejor de varios), sentido más seguro con tu catolicismo, tronado al niño o niña gay que quería tu amistad y que el redescubrimiento de tu fe haya sido una feliz y divertida experiencia. Posiblemente no hayas querido saber todo lo que supiste (sobre todo en tocante a los remedios medievales que debes aplicar contra tu deseo sexual). Sin embargo, recuerda que un amigo que te quiere, y principalmente si te está vigilando todo el tiempo, siempre dice la verdad. Lo que más deseamos es que disfrutes increíblemente esta etapa, que pasa más rápido de lo que crees (nos referimos a tu vida, no a tu adolescencia). ¡Y gracias por comprar nuestro libro!  Dios y Yordi”.  

 

Aunque no esté de moda

Aunque no esté de moda

Mientras veía “¡No te lo pongas!”, el programa sobre el buen vestir que transmite People+Arts, pregunté a mi hermana que se encontraba al lado:

--¿En dónde diablos acaba toda esa mala ropa que la gente tira a fin de comprarse una nueva?

--En las tiendas de Campeche- respondió vengativa.

Algo me hizo pensar que no estaba del todo equivocada. Una rápida comparación entre el espejo y el televisor me hizo observar lo fácil que resulta vestirse bien cuando se dispone de 2 mil libras esterlinas y uno puede viajar a Londres de shopping (tal y como ocurre en el programa). Lo auténticamente hazañoso sería en todo caso lograr el estilo con el salario mínimo y dentro del contexto mexicano. Por desgracia, concluí, no existe un serial enfocado a las vicisitudes de comprar ropa en las ciudades de provincia; una emisión que quizás debiera llamarse “¡No te lo pongas! (aunque sea lo único para lo que te alcance)”.  

En estos tiempos, el éxito parece haberse circunscrito a la posibilidad de combinar el cinturón y los zapatos, porque la imagen ha potenciado la importancia de la “primera impresión” por sobre cualquier otra. Ese otro discurso que supone ser un producto (para el elector, para el responsable de Recursos Humanos, para la chica más atractiva de la oficina) ha adquirido en el nuevo siglo dimensiones de onceavo mandamiento. ¿Qué determinan esos calcetines fuera de contexto?, ¿qué aquel suéter de Chiconcuac? Todo habla por tu silencio. Todo lo que vistas puede ser usado en tu contra.

“Percepción” es una palabra clave para darle la razón a los escépticos: nunca sabremos nada de la realidad. Eres lo que los demás perciben de ti: ese débil apretón de manos en la primera entrevista, ese tartamudeo, esa camisa de otra temporada. Los consultores de imagen venden trucos para engañar al cliente -no cruces las piernas, no te apoyes demasiado en los antebrazos del sillón-, mientras los expertos de la buena ropa retornan a Delfos y a Freud: Conócete a ti mismo, Estilo es destino. ¿Qué hacer ante la tiranía de las apariencias?, ¿acaso rebelarse con los atuendos diseñados para el caso, llámese punk, dark, underground o kitsch?

Ahora sabemos que es más sencillo cambiar el guardarropa que los malos hábitos, y por eso la superación personal ha llegado a nuestras vidas en forma de marca registrada. Las tiendas justifican con cada nuevo precio lo alto que sale hacerse de una personalidad. No hay currículo que compita con la estupenda sucesión de renombrados logotipos, y por otro lado incluso la extravagancia cuesta (únicamente Björk puede pagarla), lo que nos lleva a pensar que en este triste mundo sólo el mal gusto es democrático.

Vuelvo a la emisión británica en la pantalla de TV. En ella, la hermosa Trinny Woodall enuncia una línea más en las tablas de Moisés: “Invertirás en tu imagen”. Apostada en su sillón como si se tratara del monte Sinaí, la conductora de “¡No te lo pongas!” fulmina a las mujeres acostumbradas a saquear liquidaciones. Su compañera Susannah Constantine apoya el mandato mientras lo acota: “Y nunca compres un modelo que ya tienes”.

Sus argumentos son definitivos y me hacen pensar que mis cajones huelen a fracaso y no a aromatizante, como siempre pensé. Mis playeras hablan desde viejas campañas políticas, desde el desperfecto que justificó su rebaja en la tienda departamental, lo cual me causa una profunda consternación. ¿Seré la imagen de otro tiempo en un mundo habituado a segregar atuendos a través de las ofertas? “No lo sé”, me respondo, “y mientras no tome por asalto una tienda de altos precios, seguiré sin comprobarlo”.

Salgo a toda prisa, tomo el microbús y pienso un poco en Neruda: “se habla favorablemente de la ropa”, dice el chileno, “de pantalones es posible hablar, de trajes, (…) / como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo / y un obscuro y obsceno guardarropa ocupara el mundo”.  

Llego a la plaza para refutar al poeta y lo que observo es un irregular escaparate en movimiento: hombres y mujeres promoviendo marcas de ropa como si el mensaje fuera que el bienestar depende de las etiquetas. Entro a la tienda de carteles más sugestivos (me convence uno donde dos chicas están a punto de besarse) y me abruma que tanta vestimenta no me diga nada. ¿Qué proyecta mejor mi personalidad: el verde militar o el verde cáñamo, la ropa deportiva o la formal? El mensaje es agobiante y empiezo a entender un poco las cosas: no es que carezca de gusto al vestirme, sucede que en realidad padezco daltonismo de estilo: no sé distinguir un buen diseño de uno malo.

Decido, en un arranque emocional, darle otra oportunidad a mi incipiente olfato para lo cool. Tomo del exhibidor el primer par de prendas que no me parece deprimente y lo llevo a los vestidores. El probador me revela que las matemáticas en manos de la moda tienden a ser una ciencia inexacta: ¿por qué el 32 de mis pantalones Cimarrón nunca coincide con los de las otras marcas?, ¿con base en qué esta camisa donde sólo entraría Karen Carpenter se cataloga de “Mediana”? Pienso en la lejana época en que la ropa se moldeaba al cuerpo y en lo significativo que resulta que ahora sean los cuerpos los elaborados a la medida de la ropa.

Salgo de los probadores con la misma desesperanza con la que se abandonan las terapias demasiado caras. Antes de marcharme de la plaza comercial, recorro con la mirada el guardarropa de la realidad, acaso para descubrir la manera en que se ha complicado el mundo desde la hoja de parra. Sólo es cuestión de ver los aparadores para constatar que la propia conciencia de la desnudez ha sido tan problemática como la quijada de burro en las manos de Caín. ¿Es la necesidad de vestirnos la verdadera expulsión del Paraíso, donde no había que preocuparse por lograr el estilo, calzar nuestro cuerpo, quedarnos sin dinero por una estúpida camisa con un estúpido cocodrilo bordado sobre el corazón?

En el mundo globalizado, hacer patente la individualidad ha desatado incluso el temor de ir vestidos como alguien más en una fiesta. Pareciera que con la ropa, las personas hablasen de sí mismas, trazaran la línea autobiográfica que equivaliera a decir “hey, aquí estoy” en un mundo donde todos somos partícipes de una masa cada vez más homogénea. Antes, la ropa era un código cifrado de expresiones que sólo los expertos (y las mujeres que nos rechazaban) entendían. Ahora -en la era de las declaraciones abiertas- lo que no está a la vista, no existe. 

Políticos, un peligro para el léxico

Políticos, un peligro para el léxico

Los insultos -pese a su utilidad en los tiempos de cólera- tienen su lado perjudicial: limitan el vocabulario. No hay que ser muy observadores para darse cuenta que la palabra “chingar” puede tramposamente sustituir a cualquier otra palabra, ni muy puritanos para afirmar que de esa manera las conversaciones tienden a empobrecerse. Eso mismo sucede con otras formas de diálogo: a falta de léxico, todas las pláticas empiezan a ser una misma.

El reciclaje de palabras no es precisamente una muestra de salud discursiva entre los aspirantes a un puesto de elección popular. Se recurre a ciertas expresiones -cuya efectividad ya ha sido probada por anteriores políticos- en vista de que lo importante es aparecer en trípticos, pancartas y canciones, aunque no se tenga mucho que decir. En tiempos de campaña, los mítines se vuelven cada vez más un deja vu que amenaza con atraparnos. ¿Cómo sobrevivir al hartazgo, a la sofocante presencia de las ofertas políticas? A mi parecer, habría que prohibir una serie de vocablos para empezar a entendernos los candidatos y sus votantes. Obligarlos de esa manera a precisar sus ofrecimientos. He aquí un posible inventario de términos a excluir:

CAMBIO: ¿Qué diablos quieren transformar los políticos cuando hablan de “cambio”? No puede tratarse de “todo”, porque a menos que alguien proponga una monarquía, hay cosas del sistema político que no es siquiera deseable cambiar. La palabra “cambio” aglutina de forma demagógica los malestares de la ciudadanía, pero no los especifica; se atiene a que el votante ya sabe cuáles son; por lo tanto, como los enamorados se vale de los sobreentendidos y posiblemente anticipen el desencanto.

 

SERVIR: La “vocación de servicio” es una virtud tan difundida en la clase política que nos hace pensar que el altruismo no es tan difícil siempre y cuando se disponga del erario. 

 

PUEBLO, GENTE: Fuera del discurso, no es posible ni escuchar al Pueblo ni representar sus intereses; no existe tal “conciencia colectiva” sino una serie de grupos sociales en constante choque y colaboración (incluso una misma persona puede pertenecer a diversos grupos). No se equivoca quien dice que “La voz del Pueblo es la voz de Dios”, en tanto ambas han provocado demasiados malos entendidos. En ese tenor, nadie puede “saber lo que quiere el Pueblo” (como tampoco lo que quiere Dios), dado que la diversidad de sus miembros apenas permite atender a las mayorías. Los políticos dicen “Pueblo” para referirse a la porción de la sociedad que va a sus mítines.

 

UNIDAD, UNIDOS, JUNTOS: La palabra “unidad” ha servido para disfrazar las negociaciones de poder dentro de las organizaciones políticas. El “candidato de unidad” ha significado -a través de los años- la posibilidad de evitar conflictos internos, en pos de la imagen armoniosa de un partido. En las campañas actuales, la “unidad” ha sido convertida en un requisito para el desarrollo: “Juntos logramos más”, dice un eslogan. Los políticos han aprovechado la confusión entre “estar unidos” (una imagen monolítica de la sociedad en torno a un partido) y “ponernos de acuerdo en algo” (conservando la pluralidad, cediendo y exigiendo). En contraposición, la democracia tiene sentido, como ha escrito Jesús Silva-Herzog Márquez, “porque garantiza el derecho a la disidencia”.

 

FORTALECER, IMPULSAR, EFICIENTAR: Estas palabras son la materia prima de las promesas porque no es necesario explicar la manera en que un candidato pretende hacer todo eso. Pueden aplicarse a todas las actividades políticamente redituables como la pesca, la micro, pequeña y mediana empresa, el deporte, la cultura, la recaudación municipal (esos territorios donde siempre sobrarán ofrecimientos y faltarán estrategias). La demagogia llega a un punto enfermizo cuando en el discurso se habla por separado de “eficacia” y “eficiencia”, distinción que por cierto, salvo en el ITESM, nadie advierte. 

 

TRADICIONES (RECUPERAR, PRESERVAR): ¿Cuáles son los límites temporales de la identidad?, ¿quién puede decir cuándo comenzó y en qué año se detuvo?, ¿son las tradiciones especies en peligro de globalización o son formas vivas que se van adaptando a su medio? No se hacen muchas preguntas respecto a lo que se pretende salvaguardar como si todo fuera más que evidente. Sin embargo, los territorios de la tradición son engañosos en tanto pueden equivocarse con la nostalgia (esa fotografía inmóvil de la memoria). Asimismo, una vez manipulada, la identidad es una buena arma de proselitismo: siempre habrá la oportunidad de recalcar que el contrincante no es un legítimo campechano.

 

VIVIR MEJOR, TE VA A IR MUY BIEN: Salvo cuando decimos “pasó a mejor vida”, el estatus de “mejoría” es de una ambigüedad sospechosa. No obstante el eslogan cumple la primera regla de toda propaganda política: Vaguedad es contenido.