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Tediósfera

Este hogar es catódico

Los Simpson: todo lo que hay que leer

Los Simpson: todo lo que hay que leer

A diferencia de otras series, Los Simpson no evita las alusiones literarias por miedo a ofender a su auditorio (en México, contar un chiste que no busca la risa unánime  es casi cometer un acto de discriminación). Los guionistas de la más célebre familia televisiva en el planeta no sólo han ejercido una de las más inteligentes críticas sobre el estilo de vida americano sino que lo han hecho valiéndose de toda clase de referencias. Lo mismo históricas (de Washington a Nixon a una enmienda constitucional parlante), que cinematográficas (de Hitchcock a Kubrick a David Lynch y cantidad de blockbusters), televisivas (de Seinfeld a los Monty Python, sin olvidar los chistes contra su propia cadena, la Fox) y musicales (de Pérez Prado al blues, de Tito Puente a los cada vez más reales Spinal Tap). ¿Finalmente no somos todos inquilinos de nuestra propia época y estamos hechos igualmente de música, literatura, televisión e historia?

Concentrándonos incluso únicamente en los libros, es fascinante descubrir lo literario que llega a ser el universo amarillo de Springfield. Autores pasean entre capítulos como entre festivales de letras; se parodian novelas, se cita subrepticiamente a Shakespeare (quien también aparece como un zombi en un capítulo de terror). Acá John Updike es el escritor detrás de las memorias del payaso Krusty, allá los niños del pueblo se pierden en una isla y viven una historia similar a El Señor de las moscas de William Golding. Un curso sobre literatura podría girar en torno a los libros y autores que han sido parodiados, mencionados o que han prestado sus propias voces al programa. Si todo intento de organizar la literatura se sustenta en el arbitrio (la época, la nacionalidad, el género literario), ¿por qué no partir de un centro común como Los Simpson para hablar de ella?  Van unos cuantos ejemplos:  

Saul Bellow. Bart y Lisa engañan al rabino Krustofsky diciéndole que tendrá un encuentro con el novelista judío Saul Bellow, cuando en realidad el encuentro es con su hijo, el payaso Krusty.  

Lewis Carroll. Lisa está a las afueras de la biblioteca en época de veraneo. De los libros salen personajes que la invitan a entrar al lugar. Alicia le advierte: “¡Es una trampa! ¡Corre, Lisa!”, mientras el Sombrerero Loco la amaga con un arma. Lo excepcional de la escena es que los dibujos están tomados de los grabados que John Tenniel hiciera para la edición original de 1865 de Alicia en el País de las Maravillas.

 Agatha Christie. Para pensar en cómo descubrir al autor del disparo contra el señor Burns, el jefe Gorgory lee los Diez cuentos triviales de Agatha Christie.  

Bret Easton Ellis. Después de volverse millonario con su traductor de bebés, el tío Herb le regala a Lisa una colección de Grandes Libros que ella recibiría cada mes. Se trata de una serie que abarca lo mejor de la literatura y cuyo título más antiguo es el poema épico Beowulf (el Cantar del Mío Cid de la lengua inglesa) y el más reciente, Menos que cero de Bret Easton Ellis, publicado en 1985. Easton Ellis se volvió millonario con esa novela; algunos años después escribió su libro más celebrado y vilipendiado: Psicópata americano. 

 William Faulkner. El cantinero Moe cuenta que el autor de El ruido y la furia escribía gags para el programa cómico “La pandilla” (“The Little Rascals”), donde él participaba antes de matar al Alfalfa original. La afirmación no carece de sustento porque Faulkner tuvo una etapa como escritor de guiones en Hollywood. “William Faulkner podía escribir rutinas de caño de escape que te hacían pensar”, dice el cantinero.  

Gabriel García Márquez. Marge Simpson imagina un romance épico con un capitán fornido, mientras lee una novela llamada El amor en los tiempos del escorbuto. 

Norman Mailer. 1. Ante la prohibición de su padre para ver “Itchy & Scratchy. La película”, Bart lee la trama del filme novelada por Norman Mailer. “No es lo mismo”, dice y tira el libro a la basura. El libro es tan voluminoso (Mailer ha llegado a escribir libros de más de mil páginas) que compacta los desperdicios del bote. 2. Bart le plantea a la niñera Shary Bobbins qué haría si lo encontrara ojeando la revista para adultos Playdude. Ella responde que lo obligaría a leer todos los artículos de la revista, “incluyendo el de Norman Mailer sobre su libido en caída”. Homero se impresiona: “Es ruda”.  

George Plimpton. El legendario editor del Paris Review es el conductor de la olimpiada de deletreo donde Lisa participa.  

 Edgar Allan Poe. 1. El doctor Nick Riviera aplica Spiffy “el quitamanchas del siglo XXI” a la lápida de Edgar Allan Poe. “‘¡Qué brillo!’, dijo el Cuervo”, exclama Troy McClure, conductor del programa. 2. Juan Topo (en inglés Hans Moleman) transporta la casa de Poe, antes de salirse de la carretera y provocar un incendio. 3. Allison Taylor, la rival de Lisa en el salón, hace un diorama del cuento “El corazón delator” para el concurso escolar. 4. El primer Especial de Noche de Brujas de los Simpson incluye una célebre parodia de “El cuervo”.  

Thomas Pynchon. El esquivo autor de El arcoiris de gravedad (no aparece en público, no da entrevistas y apenas se conoce una foto suya) se niega a escribir la reseña para la contraportada de la novela de Marge. “Pynchon ama este libro casi como ama las cámaras”, dice por teléfono ante la petición de un comentario promocional. Segundos después, el escritor aparece con una bolsa de papel sobre la cabeza junto a un letrero luminoso que anuncia “Casa de Thomas Pynchon. Entre”.

 Gertrude Stein. La muñeca que propone Lisa para competir con la muy vendida pero llena de estereotipos Stacy Malibú, tendría la inteligencia de la escritora Gertrude Stein, el ingenio de Cathy Guisewite (creadora de la historieta “Cathy”), la tenacidad de Nina Totenberg (una respetable periodista), el sentido común de Elizabeth Cady Stanton (luchadora por los derechos de la mujer en el siglo XIX) y la belleza práctica de Eleanor Roosevelt (una de las mujeres más influyentes del siglo XX norteamericano).   

John Steinbeck. Nelson presenta un diorama inspirado en la novela Las uvas de la ira. Señala las uvas de una mesa (“Acá están las uvas”) y les da un mazazo bañando a los jurados (“¡Y acá está la ira!”).  

Mark Twain. Montgomery Burns posee la única foto de Mark Twain desnudo.  

Gore Vidal. Lisa se da cuenta que no tiene amigos. Cuando Marge le pregunta si invitaría a alguna amiga para el verano, ella responde: “¿Amigos? Estos son mis únicos amigos (señala la contratapa de un libro). Adultos como Gore Vidal, aunque besó más chicos que los que besaré yo”. “Niñas, Lisa”, corrige nerviosamente su mamá, “los niños besan niñas”.  

Eudora Welty. La novelista norteamericana  y el crítico de cine Jay Sherman son los únicos premios Pulitzer que pueden eructar tan fuerte como para ganar el trofeo que otorga la taberna de Moe.  

 

Walt Whitman. La tumba que siempre creyó Homero que era de su madre resultó ser de Walt Whitman. Tras descubrirlo, Homero patea la lápida mientras grita lleno de ira: “¡Leaves of grass, my ass!”. Leaves of grass --único libro de poemas de Whitman-- incluye el clásico “Canto a mí mismo”.

 

Tennessee Williams. Marge representa a Blanche DuBois y Ned Flanders a Kowalski en el montaje hecho en Springfield de Un tranvía llamado Deseo.

 

Ludwig Wittgenstein. Los investigadores Mulder y Scully le preguntan a Homero qué estaba haciendo la noche en que vio un extraterrestre. Homero narra: “Bueno, todo empezó en un club Gentleman, a donde hablábamos de Wittgenstein mientras jugábamos Backgammon”. “Señor Simpson, mentirle al FBI es un delito”, le advierten los investigadores. “Estaba en el auto de Barney comiendo bolsitas de mostaza, ¿contentos?”.

 

Tom Wolfe. El padre del “nuevo periodismo” aparece en la actual temporada en un capítulo junto a Gore Vidal y dos de los más reconocidos narradores norteamericanos de la nueva generación: Jonathan Franzen (autor de Las correcciones) y Michael Chabon (premio Pulitzer y autor de Chicos prodigiosos). En dicho capítulo, Moe descubre que tiene aptitudes para la poesía. Por otro lado, Tom Wolfe ha declarado que Los Simpson es el único programa televisivo que ve.

Rosy Ocampo, autora del Quijote

Rosy Ocampo, autora del Quijote

Como si necesitara demostrar una vez más su enorme poder de convocatoria, Televisa hizo coincidir el desenlace de su telenovela principal La fea más bella con la Entrega de los Oscares. La fea fue la auténtica ganadora de la noche, pues aplastó a la tríada Del Toro-Iñárritu-Cuarón por más de 33.5 puntos de rating de diferencia. Los números vinieron a demostrar que no importa un final predecible de 3 horas o una protagonista un poco más maquillada que el fauno cuando la fórmula del amor que se alcanza después de 300 capítulos sigue conmoviendo a miles de televidentes.   

¿Qué tuvo de malo “Lety”? Esencialmente a Televisa y en particular a Rosy Ocampo. El consorcio de Chapultepec y la otrora productora de telenovelas infantiles tienen una capacidad casi inverosímil de volver un bostezo exitoso todo lo que tocan, inclusive cuando se trata de material reciclado. ¿Qué ha pasado con la empresa que de ser la gran exportadora de historias lacrimógenas se ha visto en la necesidad de importar los argumentos? Lo ignoro, pero da miedo pensar que llegará el momento en que, a falta de tramas, sus adaptadores toquen a los Clásicos. Ése sería un futuro más desalentador que el de Niños del hombre.

Imaginando el peor de los escenarios, pensemos que Televisa y Ocampo quieren adaptar El Quijote de Cervantes. Entrevistada para el programa La Oreja, Rosy Ocampo diría que la razón de esta telenovela es “dar un motivo de aliento a los miles de mexicanos soñadores que a diario luchan por realizar sus ilusiones”.

“¿Van a superar lo logrado por La fea más bella?”, preguntará Juan José Origel, conductor del programa.

“Ésa es la intención. Esta vez transmitiremos el desenlace en vivo desde Guadalajara. Hemos preparado un gran festival, con la banda de pasito duranguense Los académicos de la Argamasilla y también con Los cadetes de Sierra Morena. Por cierto, estos últimos interpretarán el tema principal: ‘Cuando amas a una caballero andante’”.

“Hemos sabido que se trata de una de las más intensas historias de amor, capaz de competir con Romeo y Julieta, que Carla Estrada hizo con Adela Noriega y Juan Soler”.  

“Sí, creo que ninguna Julieta ha llorado tanto en el mundo. Pero esta vez tenemos una historia en verdad hermosa, pero sobre todo inspiradora”.

“¿Crees que el público responda esta vez?”

“Sí, claro”.

“Pues desde aquí toda la suerte con la telenovela, Rosy”.

“Gracias y recuerden, a las 9 de la noche, justo después de Laberinto de amor”.

¿Eso parecería temible? No, las entrevistas y la rueda de prensa son apenas el vaticinio de la tragedia. La auténtica catástrofe vendrá al corroborar, en cada capítulo, los minúsculos cambios que Ocampo y Televisa han introducido en la obra de Cervantes:

1. La novela de ninguna manera podrá llamarse El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (la palabra “hidalgo” podría hacer pensar al auditorio que se trata de una telenovela histórica); Rosy Ocampo decidirá que es mejor intitularla Cabalgando amor.

2. La Mancha es un lugar tan remoto que el público difícilmente podrá identificarse con él; Televisa propondrá que las aventuras quijotescas sucedan en alguna zona rural de Guadalajara, digamos en un rancho para crecer caballos. (“Eso marcará un vínculo entre el título y la historia”, dirá la productora).

3. Los personajes centrales no enloquecen. La demencia es propiedad privada de los villanos. Don Quijote (Eduardo Yáñez) será un soñador que buscará a toda costa cumplir sus sueños de justicia en el pueblo: socorriendo a débiles, desfaciendo entuertos. El que tenga un torso de metalúrgico en lugar de una “triste figura” de caballero derrotado, es un detalle insignificante para la televisora de Chapultepec.  

4. Dulcinea del Toboso (el amor de Don Quijote, interpretada magistralmente por Galilea Montijo) es una simpática moza labradora llamada originalmente Aldonza Lorenzo. Su actuación será tan convincente que en los programas de chismes se rumorará que Montijo cohabitó con Cuauhtémoc Blanco tan sólo para aprender ese tono tepiteño, que con tanta propiedad despliega en la teleserie. En el fondo, Dulcinea ignora ser la hija del moribundo Duque de Béjar, quien piensa heredarle toda su fortuna. Por supuesto que al final de la telenovela, Don Quijote y Dulcinea realizarán su amor, en una boda fastuosa “efectuada al abrigo del clarísimo nombre” del Duque, quien les dará su bendición antes de morir.

5. Sancho Panza (interpretado por Polo Ortín) formará una pareja entrañable con Teresa Panza (la Pelangocha), a quien verá cada noche, como obrero que regresa a su casa después de la jornada. En cada capítulo, el marido rematará la cena con un consabido refrán: “La mujer y el gato, ni a cuál irle de ingrato”, a lo que Teresa replicará: “Ay, viejo”.

6. El cura (César Évora) no puede hacer las cosas televisivamente indecentes que Cervantes consigna en su novela, como quemar libros o disfrazarse de mujer. Rosy Ocampo decide que mejor se la pase confesando a todos los personajes. Por lo tanto, guarda un secreto de confesión que lo atormentará durante toda la serie.  

7. La sobrina de Don Quijote (Camila Sodi) presentará problemas de anorexia y bulimia (su lucha contra la extrema delgadez representará una de las labores sociales de la telenovela). Superará el problema con ayuda del cura y las palabras siempre edificantes de Dulcinea: “Manita, verdá de Dios, que estás bien flaca”.

8. El bachiller Sansón Carrasco (Raúl Magaña) será el otro pretendiente de Dulcinea. Joven instruido, pulcro, con buena dicción y gustos refinados, en el fondo manejará un burdel a las afueras de Zapopan. Este último detalle es indispensable para no confundir al auditorio sobre quién es el auténtico héroe de la historia.

9. La duquesa (Cynthia Klitbo) estará enamorada de Don Quijote, movida por las noticias de sus proezas y su físico de leñador de Minnesota. En incontables escenas de erotismo rural, admirará esas piernas capaces de comprimir el yelmo de Mambrino de una genuflexión. También hará valer toda clase de artimañas inimaginables para impedir la boda del héroe con Dulcinea, pero terminará en el manicomio creyéndose la hoja perdida del Cantar del Mío Cid.

 

La muerte tiene permiso

La muerte tiene permiso

Los seres humanos no alcanzamos a entender la muerte simple. El deceso porque sí. Exigimos explicaciones, paraísos, rituales. Necesitamos culpables, blancos para nuestros disparos. El destino, los doctores, el gobierno. Nadie puede morirse sin dejar circunstancias que ameriten la sospecha. Incluso, ante la ausencia de responsables tiende a decirse “sólo Dios sabe por qué hace las cosas”.

El cine de terror explota esa necesidad de una muerte barroca. Freddy se mete en los sueños y Chucky necesita un cuerpo donde vivir. Los asesinos múltiples son moralistas obsesivos o desean la venganza (Halloween y Viernes 13). Jack Frost es el producto de un baño radioactivo. Quizás la más actual de las versiones acerca de una muerte segura pero enredada sea Destino Final. Nadie se salva, pero la tragedia tiene que venir envuelta en un empaque complicado de abrir. Nada tan terrorífico como esperar el encuentro con nuestro destino. La cinta explora la paranoia de todo intento de salvación.

En los filmes de terror nadie muere absurdamente como sí sucede en la realidad (el poeta Esquilo murió cuando le cayó una tortuga del cielo). Los asesinatos se sostienen dentro de la lógica del demente que los ejecuta, aunque no haya motivos entendibles para los “normales” como nosotros. Sin embargo, dentro de las exigencias del género, hay explicaciones para morir que llegan francamente al cliché. Y es verdad que no contamos con nadie más talentoso para la reiteración de motivos que Stephen King. Su catálogo literario incluye con insistencia cementerios navajos, niños autistas con poderes y, en gran medida, extraterrestres. El planteamiento y desarrollo de It (elogiado por un buen número de espectadores) alcanza los límites de lo vomitivo (pero no como recurso de género) ante la aparición de una araña gigante a la que hay que vencer. Hay muchas cosas en el cine que sólo deberían llegar hasta la mitad.

Fuera de lo sobrenatural, otro extremo del cine de terror exhibe las profesiones más comunes y su aplicación sádica. Películas como El dentista examinan nuestros miedos acerca de gente que bien puede esconder un loco detrás de sus batas blancas. El catcher es un caso aparte, porque ¿cómo diablos el deporte puede llegar a ser sangriento y memorable, salvo cuando se trate de softbol entre colonias o de la Liga de Madrugadores?

Una película es efectiva sólo si actúa después de la función. (Un día un tipo le reclamó a Hitchcock que su esposa ya no se bañaba en la regadera después de ver Psycho, a lo que director respondió: “pues mándela a la tintorería”). Pero el cine de terror se está volviendo por un lado más cómico y por otro más benevolente: siempre hay alguien que vive para contarlo. Esa región masoquista de nuestro cerebro, que requiere sobresaltos en la butaca, se frustra cada vez más con los últimos filmes. Tal vez haya que volver a los canales de televisión para experimentar de nuevo ese miedo en nuestro organismo. Y no me refiero solamente a las versiones dobladas de algunos clásicos del género. La realidad mexicana siempre nos regala otros motivos.

La copia más fea

La copia más fea

Televisa tiene el gran talento de convertir en basura los argumentos ajenos o en el peor de los casos, elevarlos al nivel de los propios. La última de sus hazañas fue extender carta de naturalización a “Betty la fea”, aquella hija de Fernando Gaitán, cuyo logro paralelo a divertirse sin transgredir las reglas de la telenovela, fue presentar una Colombia lejana de la narcoviolencia. Ahora, libre de modismos sudamericanos, llega “La fea más bella”, a ritmo de banda y con la misión de subir la autoestima de las televidentes. Un mensaje positivo, dado que según la productora Rosy Ocampo, “nos dimos cuenta que la mexicana se siente inferior”. Pese a las buenas intenciones que siempre ha mostrado la televisora (causas sociales, como cumplir sueños a través del canto. Me refiero a sus propios sueños de rating), algo no funciona en el melodrama. No sus repercusiones comerciales (que han demostrado ser altísimas), sino a nivel de contenido, incluso me atrevería a decir a nivel literario; una valoración inútil para muchos, ya que la literatura parecería salir sobrando en las telenovelas de Televisa, salvo cuando se trate de apuestos maestros de Letras a los que nunca se les oye mencionar siquiera un libro.

Pese a ello, ninguna narrativa está exenta de juicios literarios, aún sea televisión, aún se trate de cine. Algo no funciona en aquellas películas que olvidamos con rapidez a pesar de Charlize Theron en látex negro. Entonces, ante la decepción, se apunta hacia el papel y pensamos que quizás sea el guión el que falle. Lo mismo sucede con “La fea más bella”; hay algo en su entramado que evidencia una mala mano que adapta, un desafortunado intento de calca.

Pensemos un poco en la historia original: los personajes de “Betty la fea” habitaban la cotidianidad bogotana en la medida en que parecían reales. En la versión mexicana, todo roza la farsa, la carcajada que quiere exigirse a falta de comedia. Generalmente convencida de que el humor tiene que ser obvio (a través de las risas grabadas o con la pronunciación exagerada de AMLO), la televisión mexicana teme contar “chistes que no se entiendan”.  Por ello, los personajes tienden a la caricatura: para dejar claro que se trata de un asunto de risa. No dudo que en el futuro, el consorcio de Chapultepec termine por poner subtítulos que digan “Lo anterior fue un chascarrillo” para significar alguna situación cómica. 

En tanto los productores no confíen en la sutileza creerán todavía necesario evidenciar el ridículo. Bajo la tiranía de lo elemental, la fealdad de Bety se vuelve esperpento; la histeria del jefe, extrema gesticulación. Un solo ejemplo: Nicolás, el amigo de la fea ahora renombrado como Tomás, no es una conjunción de soberbia, inteligencia, vida parasitaria y antisocialidad, sino que termina reducido a un idiota. Los personajes se aplanan a favor de que “La fea más bella” parezca efectivamente obra de Rosy Ocampo. 

José José es un caso triste, porque corona la fallida estrategia de volver actores a los cantantes. En su desempeño, la personalidad sobreprotectora de Don Hermes (divertida y molesta, finalmente conmovedora) no llega a ser sino una repetición memorista de parlamentos. Afincado en su voz de eterna laringitis, el “Príncipe de la Canción” mata la vivacidad de uno de los personajes clave de la historia.

Tengo una hipótesis: las telenovelas de Televisa presentan a estrellas disfrazadas de personajes y no a seres de ficción interactuando entre sí. De tal modo que se buscan actores que interpretándose a sí mismos se parezcan a los personajes. Jaime Camil no se comporta sino como Jaime Camil con otro nombre (habría que añadir que se trata de un histrión con el talento necesario para que el cinematográfico hermano de Zapata también se parezca a Jaime Camil). Televisa siempre ha utilizado esa estrategia: cuando la intención es vender celebridades, las telenovelas sólo le sirven como escaparate.

Volviendo a la historia original, habría que acotar que uno de sus mayores encantos eran sus personajes secundarios. Gaitán supo habitar su telenovela de tipos humanos (con dosis exactas de tristeza y euforia, de locura y sensatez) que hacían de “Bety la fea” una narración verosímil: las compañeras de la oficina, el vigilante, el mensajero, los abogados e incluso el modisto (un agrio comentador más cercano a Horacio Villalobos que al afeminado sin personalidad en que lo ha convertido Sergio Mayer). En la versión mexicana, estos personajes  apenas llegan a la parodia (que quizás sea la definición exacta de lo que representa el humor para Televisa).

Hay masoquismos comunes como ver una película y compararla con el libro que la originó. Ejercicios que terminan por constatar que ninguna copia es mejor que su original o que toda buena adaptación supone una evidente trasgresión. En el caso de “La fea más bella” es difícil no pensar en los actores nacionales intentando calcar a sus homólogos sudamericanos. Una aspiración que, reconozco, me irrita. 

Cuenta Borges que alguna vez presenció un pésimo montaje de Shakespeare y que al salir del teatro estaba en verdad extasiado con la grandiosidad de Shakespeare. Quizás eso haya sucedido con Fernando Gaitán (los puristas me exigirán guardar las distancias): escribió una historia tan entrañable que, a pesar de versión mexicana, es capaz de reventar los ratings.

Cultura que se ve

Cultura que se ve

No hace mucho, alguien intentaba convencerme de que mi futuro estaba en la televisión.  Puede ser, pero no me imagino frente a la cámara, actuando sobre una pantalla azul y fingiendo naturalidad. Quizás mi presencia sea más creíble como el tipo que coordina los segmentos o el camarógrafo que comparte chistes privados con el conductor. ¿Qué más podría hacer yo? La crítica política poco me interesa y aunque mi apetito de comedia se nutre con los noticiarios, tampoco quiero ser la voz del reportero que repite “lo que es un hecho” cada diez segundos.

La programación se satura de temas, imágenes y reportajes. Pareciera que ya todo está dicho en la TV local, que es otra forma de expresar que todo está por decirse. ¿Dónde encajaría yo? ¿Al lado del conductor de pantaloncillos cortos en el programa infantil, en el sillón púrpura junto a las chicas atractivas, en la mesa redonda que discute acerca del carnaval? No sé. Si me preguntaran, diría que me gustaría intentar la TV cultural, sobre todo para erradicar la idea de que hacer TV cultural significa entrevistar alfareros mientras se visitan municipios  al interior del estado.

“No importa cuántos canales extra ofrezcamos incluir en el Paquete Básico; siempre serán o educativos o religiosos”, dicen las letras pequeñas en el contrato de cable. Ante tal panorama no habrá más camino que el conformismo; en parte, porque una televisión cultural que privilegia los fines sobre los medios ha propiciado la idea de una cultura que no llega a verse como recreación. Lo paradójico del caso es que la TV es esencialmente entretenimiento y todo lo transforma en entretenimiento (las tragedias, la salud, las relaciones humanas, etcétera). Entonces, bajo ese esquema, la televisión educativa siempre será aburrida a los ojos del espectador promedio, que verá en ella una “pretensión que no se cumple”, un esparcimiento que no llega. Quizás la imputación más grave referida a los programas didácticos sea la caducidad de sus formatos: la mesa de discusión, el profesor que enseña fenómenos químicos sobre la mesa (muy cerca, se encuentra el pecado de realizar sus producciones con micrófonos ambientales). Decía un amigo la otra noche: “En la TV cultural todos los días son días de sábado, como aquellas tardes en que sólo hay partidos de segunda división”. Y en verdad,  ¿a cuántos les interesa ver en Canal 22 la representación de La flauta mágica con actores a los que le salen fantasmas?  “A muy pocos”, diría mi amigo y no le faltaría razón.

La nueva generación está increíblemente consciente de que la cultura no sirve para nada y que, en cambio, la educación lo es todo. En vista de esa disociación, los jóvenes limitan sus espacios didácticos a todo aquello que pueda redituarles líneas al currículo: el posgrado, el congreso, el seminario de actualización. La TV no entra tan fácilmente en ese fólder y sólo es útil si nutre ciertas conversaciones (la insistencia con la que hay que mencionar al Discovery Channel y sus divulgaciones científicas en las pláticas de sobremesa, por ejemplo). Fuera de eso, se trata de un vicio al que es preferible no contaminar con cultura.

¿Qué hacer con la TV? ¿Cómo llegarle a un público cuya idea de “libertad de elección” sólo puede ilustrarse a través del zapping? Los más recientes programas lucen una admirable falta de contenido, pero a razón de su estructura, su publicidad y la insistencia con que se les menciona en otros programas, tienen éxito. ¿Y qué hacer con la cultura? ¿Cómo dar a entender al auditorio que la intimidad vendida por la TV como novedad, ha sido tratada (igual de controlada, igual de aparentemente real) desde hace siglos por la literatura?

Me gustaría compartir un puñado de ideas para la pantalla chica; conciliar mi natural apetito de televisión con mis desnaturalizados propósitos culturales. Ignoro en qué medida profano ambos universos y, a pesar de que me redime el hecho de que los periódicos dediquen la misma plana a los espectáculos y a la cultura, quizás escribo a la espera de una indulgencia. Vayan pues mis seis propuestas:

 

Los diez casi vendidos: Una cámara escondida muestra la manera en que diez libros son manoseados, ojeados, movidos de sus estantes de una librería, pero nunca comprados. Una mezcla entre videoescándalo, reality show y ranking sugerido por JM. García Magaña.

 

Wilde on: Una compañía inglesa de histriones en traje de baño escenifican La importancia de llamarse Ernesto en Playa Tortugas, Cancún.

 

Enchúlame la página: Un grupo de correctores de estilo se encargan de subsanar los errores ortográficos y de redacción en una tesis universitaria. Especialistas en notas al pie, junto a peritos en el uso de nombres largos, dan coherencia a un proyecto de titulación. Al final, entregan un texto irreconocible incluso para el autor, que se sentirá merecedor de por lo menos una mención honorífica.  

 

Con saber: Un erudito personaje en overol, junto a tres bibliotecarias ataviadas con trajes regionales, responde a tus dudas mientras baila a ritmo de cumbia. Cada que el conductor llega a una respuesta correcta, un virtuoso ejecuta una versión tropical de las Variaciones Goldberg en un teclado Casio.

 

Un lugar… sin trámites: Un ex funcionario estatal habla con los televidentes sobre las diversas maneras de evitar los papeleos gubernamentales al final de la carrera. Caminos seguros para obtener la cédula sin que te digan que tu Licenciatura en Literatura no tiene registro en la Dirección General de Profesiones. Nombres a los cuales acudir, documentos que en verdad importan. Los minutarios nunca serán tan placenteros como después de esta emisión.

 

La hora del marxista superior. Decenas de revolucionarios recluidos en la antigua casa de León Troski debaten sobre los conceptos de “Plusvalía” y “Lucha de clases”. Cada domingo, Adolfo Sánchez Vázquez y Martha Harnecker comparten sus impresiones al respecto: “Carlos, siento que le falta sustrato a tu interpretación; sin duda, lo podrás hacer mejor la próxima semana”, “Me parece que tu protagonismo atenta contra la dictadura del proletariado…”, etcétera. Se expulsa al primero que se sienta tentado a comprar un Armani.