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Campeche: instrucciones de uso

Padres e hijos

Padres e hijos

Lo peor que tienen los niños, definitivamente, son sus padres. Eso lo sabe cualquier invitado a una fiesta infantil, o cualquier automovilista a la salida de clases. Entre quienes son indiferentes a sus hijos, y quienes están obsesionados con ellos, la cosa no tiene mucho futuro. Los padres han sido desde siempre un mal necesario para la supervivencia de la especie, pero es hasta ahora que sus prácticas en la vida diaria nos hacen pensar si no sería mejor abandonarnos todos a la esterilidad antes de que sea demasiado tarde.
El auténtico problema de la civilización no es el excesivo nacimiento de bebés sino que cada bebé trae consigo, de manera innegociable, a un par de progenitores detrás de él. Hombres a quienes la paternidad tomó por sorpresa y mujeres que están pensando todavía en matricularse para un postgrado. Padres, al fin de al cabo, de la nueva era. Gente de tu generación que te invita al cumpleaños de su hija y tú aceptas sin saber que en realidad no se trata de una fiesta infantil sino de una reunión de jóvenes procreadores.
--¿Y tú, cuándo? --dice la esposa de un amigo, a quien le agrada verte después de tantos años.
En la pregunta subyace la inquisitiva cuestión de si ya vas a empezar a madurar de una vez por todas, con el único documento válido para una sociedad preocupada con “desarrollar integralmente a las familias”: el acta de nacimiento de tu primogénito.
--No me gustan los niños-- dices con estoicismo.
Ella te mira horrorizada y su gesto de consternación resulta comprensible. Tu respuesta sólo sería legítima en caso de que fueras un sacerdote; en tus labios de proletario común y corriente es casi como negar la única función para la que has venido al mundo: crecer y multiplicarte.
--No lo puedo creer. Pedro, ven a oír esto.
Pedro se acerca y Laura le explica la situación. En su papel de psicólogos conyugales, parecen Masters y Johnson deliberando sobre el último depravado sexual que les ha llegado al consultorio.
--Ese es el problema de los Hombres que Se Aman Demasiado-- dice Laura, quizás todavía embebida de su último manual de autoayuda--, que no se comprometen, ni siquiera después de casarse.
Aclaras que en realidad nunca habías contemplado el matrimonio en tu vida de pareja. Pedro y Laura se miran aún más sorprendidos. Finalmente se alejan de ti como huyendo de un sexagenario con dinero, que acaba de hacerles una propuesta indecorosa a ambos.
Tomas de la bandeja un vaso de refresco para relajarte un poco. No sabes  a qué temerle más: a los niños o a quienes los trajeron al mundo. Decides mantenerte a una sana distancia de uno y otro, cuando la mamá de la niña festejada se acerca por sorpresa y te hace parte de su enojo.
--No lo vas a creer. Me siento traicionada por mi propia familia.
Empiezas a sentirte nervioso. En esta fiesta todo mundo tiene algo que contarte.
--Fíjate que le compré a Paolita un vestido de princesa para que fuera la única princesa de la fiesta; porque si ella era la festejada, pues tenía que destacar de las demás, estarás de acuerdo conmigo. ¿Y qué pasa? Que mi hermana también trae a su hija de princesa. ¡Y de la misma! Al rato el fotógrafo no va a saber a quién tomarle más fotos.
¿Qué hace pensar a una profesionista inteligente, con ingresos regulares, incluso atractiva, que eso es importante? Es algo que nadie sabe. Te imaginas que eso que llaman “depresión postparto” a veces se prolonga más allá de lo aceptable. Quieres explicarle a la anfitriona, que el sobresalto emocional de ver a alguien vestida como ella sólo le vendría a Paola cuando entrara a la adolescencia, pero la mujer está demasiado concentrada en su propia cólera familiar. Minutos después, la niña se encuentra efusivamente con su prima.
--¡Otra princesa! -- dice con la alegría de no sentirse un insecto de vitrina.
La joven madre te pide un calmante y tú, que acostumbras a llevar antidepresivos en el bolsillo como si fueran morralla, se lo das.
Te mueves impacientemente a lo largo de la estancia y sales al patio de juegos. Ahí esquivas bicicletas y niños por el puro instinto de conservación. Hay algo vital y pavoroso en las travesuras de los pequeños burgueses: saben que tienen el poder y que en sus guerras fingidas tú eres un blanco fácil.
Corres por tu vida, pero no demasiado. Con la condición física que te cargas, correr ya significa atentar contra tu vida. Mientras avanzas, espalda a la pared, como esquivando la luz de un faro de penitenciaría, te sientes parte de aquella película Laberinto: buscando el camino más corto para llegar a casa, transitando apenas de un personaje extravagante a otro más extravagante.
Casi a la entrada del baño, te topas con una conocida profesionista. Mujer capaz, dedicada a la familia y que no deja ingerir a su hijo nada que no haya sido valorado por el pediatra. Obsesionada con la influencia televisiva, uno de sus mayores placeres estriba en divulgar los últimos hallazgos de especialistas extranjeros, científicos que atribuyen nuestra actual decadencia a tantos yunques caídos sobre personajes de caricatura en los sesenta.  
--Sabes, me encanta ver jugar a los niños. Estudios en Estados Unidos revelan que durante los primeros años de vida, los niños deben ver cero televisión y dedicarse más a conocer el mundo. Después quizás media hora de pantalla está bien, pero de preferencia sólo hasta que hayas compartido mucho tiempo con ellos. 
Lo malo de las promotoras de la convivencia humana es que después de pasar diez minutos con ellas, acabas aceptando que hasta la televisión te resulta menos insufrible.
--Disculpa-- le dices-- Mi hermana dejó a su hijo viendo el Disney Channel en mi casa. Creo que es hora de prevenirle que la mamá de Bambi será acribillada en cualquier momento.
Huyes. Ése es el término exacto para definir esos pasos apresurados hacia la mesa del pastel: un mastodonte de pan, merengue y chocolate, cuya arquitectura te hace pensar en el templo de Artemisa y en la posibilidad de que tú seas Eróstrato. Te sostienes sobre una columna cercana para ver a esos jóvenes casados: petulantes, correctos, nacidos con nombre de santo y apellido de consultoría. Ves su despliegue burocrático de amor, sus buenas maneras tan calculadas y falsas como los cursos empresariales a los que asisten.
Tomas aire para salir sin despedidas intermedias. Tantas horas de X Box te han entrenado en las maneras más ágiles de sortear algunos últimos cuerpos, distraídos e incómodos como un ejército de zombis. Ya en la calle, listo para aspirar el aire suave de la libertad, te sorprende la madre de un amigo. En realidad, no es lo que podría llamarse un amigo: se trata de un tipo que por un tiempo te acosó para que lo ayudaras a ponerle música a sus canciones. 
--¿Cómo te va, qué estás haciendo ahora?
La pregunta, por supuesto, tiene la sana intención de comparar lo que está haciendo su hijo, con la vida improductiva de quienes son o fueron sus compañeros en la preparatoria.
--Escribo.
Te ama: eres el tipo de persona que la hace sentirse orgullosa de su propia familia.
--Pues Bernardo ahora está trabajando en Pemex—dice.
Alzas la ceja: para una buena parte de la población, vivir semanas en una plataforma significa “hacer tu vida”.
--¿Ah, sí? ¿Y exactamente a qué se dedica?
--Pues en este momento tiene a su cargo a diez norteamericanos.
Habilidosa respuesta, si tomamos en cuenta que Bernardo es intérprete y que su mamá cree que tú no lo sabes. Sonríes y te retiras. Mientras avanzas sobre la banqueta, piensas que las madres tienen un extraño talento para escamotear información a fin de no mentir, para ver la realidad de sus hijos de otro modo y explicarla de la manera más simple y natural. No te extraña: es una última forma de proteger a sus pequeños de las raspaduras.

Trabajadores del mundo, uníos

Trabajadores del mundo, uníos

¿Recuerdas al administrativo que retrasó tus trámites de titulación, al taxista que cobró excesivamente un servicio, al tecladista que arruinó tus quinceaños, al volquetero que no entendió bien las instrucciones y tiró el escombro en el terreno de al lado? Es decir, ¿puedes ubicarlos en tu memoria junto al empleado de salud que recetó mal una medicina, al maestro de preparatoria que te miraba las piernas, a esa señora del Ayuntamiento, inmóvil como un animal relleno de aserrín? Si alguna vez los mandaste a todos ellos al infierno, el desfile del Día del Trabajo podría pasar como una especie de séptimo círculo, un concilio a temperatura ambiente lleno de condenados. Ahí estaban todos ellos, en el calor abrasador, achinando los ojos, alzando la voz y con decenas de peticiones laborales escritas en pancartas. Sólo hasta entonces comprendiste que pese a todo tenían necesidades, alma e incluso historia: padecían la ciática, estaban a punto de perder una patria potestad y sufrían la incomprensión de alguna de sus dos mujeres. Pedían mejores salarios, homologaciones, el bono suspendido inexplicablemente. Te avergüenza pensar que sólo los criticabas porque querían jubilarse a los 50 años. Y no, con cada rostro sudado, cada uniforme mal impreso, entiendes las raíces mismas de su lucha.

Los portales del Centro Histórico son el escenario donde se desarrolla auténticamente el desfile. Todas las demás calles apenas pretextan ese momento en que la líder saluda de beso al gabinete estatal, porque esa sonrisa del secretario de Pesca podría significar diesel barato todo el año. El desfile comienza en el parque de San Martín --donde los contingentes confluyen como batallones que han firmado la paz-- y recorre la calle 12 hasta su cruce con la 67; luego toma el circuito Baluartes para llegar a la calle 10 y enfilarse rumbo al parque principal.
En esa procesión, todos cumplen una especie de trabajo extra en día inhábil: los funcionarios escuchan, los asalariados protestan, los policías sostienen por radio pláticas tan ruidosas como las de un taxista. Más abajo, sentados en las banquetas, los reporteros se ocupan en capturar en dos mil caracteres la aburrida sucesión de contingentes y sus inútiles maneras de diferenciarse unos de otros: si se es embotellador se llevan latas de refresco; si se es volquetero se conduce, vaya originalidad, un volquete.

El Día del Trabajo funciona en virtud de una serie de recados con un solo destinatario: el Gobernador. En ninguna manta alguien escribirá algún mensaje para la gente común y corriente: “Estimados alumnos: doy Lectura y Redaccion por necesidad; ni siquiera se las reglas de acentuacion”. “Señor contribuyente: tengo familia y me he visto en la necesidad de vender Avon. Por eso nunca estoy cuando usted va”. Nada. Todos dicen: “Señor Gobernador: nos sentimos olvidados, pedimos concesiones, no queremos un segundo piso en el mercado”. ¿Será que sólo el mandatario en turno puede resolver los problemas que aquejan a la clase trabajadora?, ¿será que todo depende de una firma, un acto de voluntad, un apretón de manos con el secretario general del gremio? Ni los mismos trabajadores pueden asegurarlo: su protesta es un acto de fe. La insistencia religiosa con la que marchan cada año obedece más al sonambulismo que al convencimiento. Un poco como en sus propios trabajos.

La mayor  sorpresa después de la primera hora y media de desfile es la cantidad de sindicatos que existen. ¿Por qué hay un sindicato de filarmónicos y otro de trovadores?, ¿los separan las diferencias ideológicas, digamos que unos tocan de oído y otros con metrónomo, o técnicas: que unos llevan chicas bailarinas y otros apenas un tipo que les cargue los estuches? La pregunta carece de sentido en beneficio de la diversidad sindical o por aquello que antiguamente alguien llamó “la división del trabajo”. Habituados en áreas tan específicas o tan generales en el mundo laboral, los sindicatos o pecan de precisión o pecan de ambigüedad. Algunos trabajadores buscan diferenciarse de viejos gremios y llaman a sus agrupaciones con nombres tales como Sindicato Único Gremial de Prestadores de Servicios de Carga y Pasaje de Motocarros y Triciclos “20 de Agosto”. Otros, mientras tanto, generalizan a tal grado que nadie sabe con exactitud a qué demonios se dedican, como la Federación de Trabajadores, Similares y Conexos de la República Mexicana. Finalmente, entre tantas mantas de protesta, sorprende la odiosa simplificación de las siglas: STIRT, FEDESSP, FTC. Impronunciables, imprácticas, ni siquiera reconocibles, las iniciales ejercen un pobre símbolo de unidad; son casi onomatopéyicas.

Del SUTERM al FTSE, de los molineros a las telefonistas, el sindicalismo ofrece otra virtud: el reencuentro generacional. Aquel tipo que acostumbraba a buscarte pelea al final de la clase ahora es un líder cetemista; ese otro vándalo estudiantil que echaba pegamento en los portafolios ahora defiende los derechos de cuarenta locatarios del Sáinz. ¿El mundo cambió, cambiaste tú, las cosas siguen exactamente igual? Qué importa, la mecánica del empleo hace que tus antiguos ex compañeros ahora marchen con la frente en alto y tú los observes como si nunca los hubieras visto antes.

El desfile, que duró 3 horas y media, tuvo dos momentos climáticos. Primero fue la aparición del alguna vez diputado y artista del hambre Manuel Chablé Gutiérrez, quien junto a dos acompañantes, representó un gremio que bien podría definirse como el de Alegoristas. Según entiendo la tríada de la que era parte personificaba a los tres poderes fácticos de la política mexicana: la jerarquía católica, el empresariado y Televisa. Nunca se supo quién simbolizaba qué, pues el de la izquierda tenía chaqueta, el de la derecha gorra y el del centro, un collar hecho de campanitas doradas de navidad. Su cartel decía: “El alto clero, la elite empresarial y el bipolio televisivo son los causantes de la miseria de nuestro pueblo”.  Sin esa cartulina, todos hubieran pensado que se trataba de tres tipos que habían perdido sus respectivos contingentes.

La segunda y no menos espectacular entrada fue la de los empleados del Ayuntamiento, una tropa tan numerosa como para explicar por qué nunca hay dinero en la Comuna. Los trabajadores municipales se hicieron acompañar por la botarga del Carnaval, un pájaro naranja que situó al desfile en su exacta magnitud: la comparsa.

Conforme avanzó el desfile, las críticas cedieron ante las exigencias. Los maestros pidieron “salarios dignos, decentes”; los molineros, la regularización de la venta ambulante de tortilla; los burócratas del INAH, un alto a la Ley del Issste; las mujeres obreras, hacer algo contra el acoso sexual. Pareciera que desde su invención (con Adán, incapaz de sindicalizarse ante Dios) el trabajo ha ido sustentándose en la injusticia. De tanto repetir que la celebración conmemora a los mártires de Chicago, nos hemos creído un poco mártires tan sólo por trabajar. Se calcula que cerca de 23 mil trabajadores dieron a conocer sus reclamos por las calles de la ciudad a través de 120 sindicatos. Si el desfile duró 3 horas con treinta minutos, se podría hacer un cálculo sobre lo que llamo la Tasa de Empleo Miserable (TEM): cuántas personas están infelizmente ocupadas en el municipio. Así, si para 23 mil trabajadores se consumieron 210 minutos, eso supondría 109 empleados por minuto o contingentes de mil 90  trabajadores cada 10 minutos. Por tanto, cada minuto extra en el próximo desfile podría tomarse como 109 personas más que entraron al campo laboral. Mal pagados, sin derechos, pero finalmente empleados.  Excelente índice para medir nuestro desarrollo.  

Kapuscinski: el periodismo necesario

Kapuscinski: el periodismo necesario

Hace más de dos meses (el pasado 24 de enero) que murió Ryszard Kapuscinski, a los 75 años. He de precisar que escribo este artículo a destiempo, un poco para recordar que la mayoría de los periódicos campechanos apenas le dedicaron unas líneas y lo sintomático que así haya sido.

El gran reportero polaco cubrió 27 revoluciones y golpes de estado en África, Asia y Latinoamérica. Estuvo condenado a muerte en 4 ocasiones. Escribió un puñado de libros fundamentales y trabajó para los más prestigiados medios del mundo (como el New York Times o el Frankfurter Allgemeine Zeitung de Alemania). Recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003. El extraordinario periodista (licenciado originalmente en Historia) trazó con sus escritos las imágenes más representativas del convulso siglo XX, pero sobre todo legó una ética de trabajo que sería bueno recordar. El autor de libros como Ébano, El imperio o Los cínicos no sirven para este oficio, transmitió la importancia de las voces anónimas incluso para describir el poder que responde a un solo nombre. De la revolución iraní a los cambios políticos de Angola, del enfrentamiento bélico entre Honduras y El Salvador hasta el destronamiento de Haile Selassie de Etiopía, las crónicas de Ryszard Kapuscinski fotografían la movilidad del mundo y le dan sentido a una historia que también se “construye desde abajo”.  

Alejado de las comodidades de los reporteros estrella, Kapuscinski prefirió las pensiones de mala muerte, los autobuses, los barrios pobres. Supo que la Gran Historia se mezcla con la pequeña y que en innegable puzzle de la realidad, cada fragmento cuenta.

 Cuando tuvo que hacer su primer viaje, a la India, enviado por el periódico donde trabajaba, no sabía nada de aquel país y su primera reacción fue la estupefacción y pánico: ¿qué decir de un mundo completamente desconocido? La jefa de redacción le regaló para el viaje un pesado libro escrito 2 mil 500 años antes: la Historia de Heródoto. El libro le enseñó que la única manera de conocer, de buscar respuestas, era preguntando, observando con detenimiento, caminando el trayecto necesario para saber lo que se quería.  Kapuscinski recuerda:

Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede”.

¿Los reporteros actuales están movidos por esa misma ética de la indagación? Cuando pregunté si en la Escuela de Comunicación leían, habían leído o tenían intenciones de leer a Kapuscinski, me sorprendió saber que no. Por eso decía que la escasez de interés en los periódicos locales era sintomática: para los editores campechanos, Kapuscinski era otro escritor más de nombre impronunciable, al que sólo habían oído hablar porque acababa de morirse. 

No obstante la muerte del periodista polaco debería promover la reflexión sobre el oficio del reportero, sobre la importancia social de testificar los hechos y el auténtico sentido de la libertad de expresión. Ahora que los medios de comunicación constituyen más que nunca “el cuarto poder”, Kaspuscinski nos recuerda que lo esencial está alejado de los reflectores. Cuando escribía su fresco sobre la extinta URSS, Kapuscinski (que hablaba a la perfección la lengua rusa) logra mezclarse entre la población y ser uno de ellos, para cumplir uno de sus propósitos esenciales: comprender al otro, confundirse con la ciudadanía a la sombra que conformaba la decadente utopía socialista. ¿Cuántos reporteros pueden hacer lo mismo: fungir desde el anonimato? La mayoría, consciente de la aplastadora importancia de los medios (más que de su medio en particular) hace evidente su condición de “periodista”. Con chalecos y automóviles que dicen “Prensa”, con grabadoras portátiles acosando al funcionario que acaba de salir de una reunión, los reporteros actuales exigen respuestas en vez de buscarlas más allá de los círculos de poder. ¿Sería demasiado pedir un periodismo fuera de los nombres públicos y sus pleitos personales?, ¿explicaría esa persistencia en mencionar funcionarios el hecho de que la realidad a ras de suelo no envía canastas navideñas? Los periódicos se han vuelto un inventario de personajes brincando de declaración en declaración, para terminar conformando eso que Gideon Lichfield llama “la declarocracia de la prensa”: quién dijo qué para responder a quién.  

Este síntoma es comprensible si nos atenemos a las condiciones en que se ejerce el oficio en Campeche: cumpliendo la cuota de notas al día, adheridos a las comisiones, respetando las fuentes, siempre en busca de la versión oficial. Y eso es todos los días. ¿Se puede exigir, como pedía Kapuscinski, entender el contexto, rastrear ese otro discurso que generan los ciudadanos anónimos? Pero el escritor polaco tenía mucha conciencia del inicial esclavismo de los reporteros y de la paciencia que se necesita para hacerse de un nombre entre los lectores, para quienes habría que escribir, no para los ejecutivos del medio.

Sobre el carácter social de la profesión, hemos de reconocer que en el periodismo local, capturar la opinión pública significa dirigir la opinión. Los sondeos obedecen a preguntas a las que es difícil salirse del guión. “¿Está usted conforme con el alza a la tortilla?” El “No” unánime (previsto incluso desde la pregunta) sólo corrobora la tesis de que el Gobierno hizo algo mal, pero no explica nada más.

¿Será que toda gente habla de sus gobiernos y la política, o será que a los periódicos únicamente le interesa la gente que habla sólo de sus gobiernos y la política? El periodismo de tamiz social hecho en Campeche es el periodismo que denuncia problemas que alguien tiene que resolver. Es un llamado de atención con dedicatoria: el diputado tal se ha olvidado de su distrito, ¿ha cumplido su promesa el funcionario tal?

Kapuscinski tuvo otra gran virtud que es necesario rescatar: sabía escribir. No se trataba sólo de redactar bien, poner las tildes en el lugar adecuado, sino de comprender el problema que entraña la literatura. El lenguaje es maleable, sirve lo mismo al político que al artista. ¿Con qué palabras retratar el microcosmos que me ha tocado describir? Los periódicos actuales han privilegiado la asepsia y nos la han vendido como objetividad. Ese lenguaje tan cercano al boletín, donde hay que poner lo importante siempre en el primer párrafo, ha convertido la labor periodística en una transacción de datos. En este periodismo, la línea editorial proviene de dejar fuera unos datos y subrayar otros. “No gano tanto por lo que publico sino por lo que no publico”, dijo hace años el dueño de un periódico mexicano.

Kapuscinski opinaba (dice María Nadotti) que no podría ser periodista “aquel que creyera en la objetividad de la información, cuando el único informe posible resulta personal y provisional”. La realidad es la máquina más perfecta de movimiento perpetuo y también el más complejo laberinto de espejos. Quien está consciente de esa peculiaridad, toma su percepción con cautela, pero no la abandona.

¿Cómo ejercer el periodismo en un microcosmos tan contradictorio, donde no hay buenos ni malos como en las telenovelas de Televisa?  A través de una intención ética.  El único periodismo posible, nos recuerda el autor polaco, quiere provocar algún cambio, está luchando por algo. Maria Nadotti en la introducción del Los cínicos no sirven para este oficio resalta que la de Kapuscinski es “una historia de individuos, de existencias analizadas en su materialidad, totalmente antiideológica. Nunca es tendenciosa y, sin embargo, nunca es indiferente”. Algo esencial, porque para el autor de El imperio, no se puede escribir sobre alguien a quien se desprecia, a quien se le ve sobre el hombro. Y sin duda alguna, esa misma materia literaria y periodística que usó Kaspuscinski para comprender al otro, es la misma que puede usarse para verlo como un extraño.

Para Kapuscinski no hay periodismo al margen de la relación con los otros. Son los otros quienes aportando su visión del mundo nos ayudan a comprenderlo. Por ello, no sirve el periodismo que sólo se acerca a los territorios pobres para inquirir al final de la nota: ¿qué ha hecho el gobierno para solucionar esto? No sirve el periodismo que sólo va a tomar una postal del suceso. Kapuscinski nos recuerda que el mejor periodismo es personal y creativo, no la producción artesanal de palabras para el periódico. Más allá de su obligada presencia en los estantes de las librerías, su muerte debería servir para no olvidar el objetivo ético del oficio y el motor de la mejor literatura de la realidad: “la genuina pasión por los semejantes”.

Patrimonio y mortaja del cielo bajan

Patrimonio y mortaja del cielo bajan

Demasiado preocupado por proteger el Patrimonio Cultural, el Ayuntamiento de Campeche aún no ha diseñado una ley para protegernos del Patrimonio Cultural. A través de pedazos de cornisa que descienden a una aceleración de 9,8 m/s2 sobre los transeúntes, los edificios tienen más derecho de modificar el aspecto de los ciudadanos que viceversa.  

Cuentos con plumas

Cuentos con plumas

Hay hombres que no pueden dormir tranquilos desde que supieron lo que costó el vestido de la reina del Carnaval: 300 mil pesos. A ese precio, su penacho de 5 metros suponía por lo menos una catástrofe ecológica en el Amazonas. Rondan muchas preguntas alrededor de un atuendo confeccionado con tantas plumas, tanto dinero y tan pocos minutos de exhibición. ¿En verdad costó eso? Y de ser así, ¿dónde salió el dinero, cómo consiguieron las plumas?, ¿quién tiene más derecho de quedarse con el penacho: la reina o la Profepa? Y es comprensible: lo usual para los carnavales internacionales es insólito para una ciudad como Campeche. Las principales historias sobre cómo pudo confeccionarse el penacho a bajo costo son esencialmente tres:  

1. Una primera teoría apunta a que una embarcación zarpó de Puerto de Palos con  15 hombres rudos y provisiones para seis meses. El capitán, un tal Pedro Monteávila, había sido contratado por un biólogo barbudo de nombre Charles Folan, que buscaba recolectar pájaros a punto de extinguirse en la América Septentrional. El barco se llamaba “El Beatle”, por un error del ingeniero que quiso emular el célebre “Beagle” que usara Darwin para sus expediciones, pero que fue malinterpretado por el constructor, quien aparte era fanático del cuarteto de Liverpool.

El biólogo recogió todo tipo de aves, por lo tanto “olía a lo que debió oler el arca de Noé”, según cuenta el capitán en su bitácora de navegación. En dichas anotaciones puede leerse todo lo que se sabe de tan inusual viaje; sin embargo, algo sucedió que no especifican sus páginas. No se sabe si los hombres rudos quisieron comerse a una de las especies que ahí se encontraban o si al contrario fueron las especies palmípedas las que quisieron comerse a uno de los hombres rudos, pero lo único cierto es que una violenta pelea entre pájaros y  navegantes se desarrolló a bordo. ¿En qué acabó? Se ignora, porque lo único cierto es que el barco fue encontrado a la deriva, por un buque petrolero en las costas de Carmen.

En secreto, las autoridades de la Isla se comunicaron con las autoridades de la capital del estado, quienes preguntaron qué cosas había en la embarcación. Al hacer un recuento se descubrió que el barco estaba completamente vacío, a excepción de la bitácora del capitán y algunos restos de comida sin consumir. “Además tiene plumas por todos lados”, aseguró uno de los investigadores carmelitas; “muchas y de todos colores”. “¿Cuántas son para usted muchas plumas?”, preguntó el funcionario de la capital. Después de un rápido cálculo, el carmelita respondió: “Pues si se pudiera hacer un penacho con todas estas plumas, yo diría que nos ahorraríamos como 300 mil pesos para el Carnaval”.   

2. Otra teoría apunta a un cargamento que viajaba de Río de Janeiro a Nueva Orleáns, con catorce cajas de plumas que habían sido robadas de la Escuela de Samba de Carlinhos Mascarenhas. El periplo había recorrido toda América en trenes, avionetas y sobre las espaldas de algunos salvatruchas incautos. Se trataba de una de las operaciones más perfectamente trazadas de contrabando de plumas, desde los tiempos del gran Antonio Escobar (alias “El cóndor”). No obstante, traficantes del Cártel del Usumacinta habían interceptado la comunicación entre capos cariocas y estadounidenses y sabían que una avioneta pasaría por Candelaria proveniente de Guatemala (a donde había hecho una escala para recoger medio kilogramo de plumas de quetzal). Los ojos se les iluminaron a los integrantes del Cártel del Usumacinta, sobre todo porque no habían alcanzado a surtir plumas para al Carnaval de Veracruz y eso podría de un momento a otro tensar la relación con las familias poderosas del puerto (el año pasado, dichas familias habían asesinado a un centenar de aves de engorda pertenecientes al Cártel, como una forma de advertencia). La orden provino del mayor de los hermanos Gallo, que controlaba la región sur. Catorce sicarios dispararon sobre la aeronave al momento que planeaba sobre la frontera. La avioneta cayó en territorio nacional, donde fue saqueada. Los pilotos fueron amordazados y abandonados en la biosfera de Calakmul, sin más objetos de supervivencia que dos botellas de repelente.    

Los sicarios se comunicaron inmediatamente con el capo. “Es un tesoro, jefe. Llevamos cerca de seis paquetes de la blanca”, había dicho uno de los traficantes, al referirse a las plumas de cisne. Lo que no habían tomado en cuenta los contrabandistas era que el Gobierno Federal había implementado un operativo sorpresa en el estado y elementos de la PFP y del comité organizador del carnaval en Campeche los tenían perfectamente ubicados, ya que ellos también habían interceptado la comunicación entre los capos cariocas y estadounidenses. El decomiso se efectuó en la más absoluta discreción. Una parte fue enviada al gobierno de Veracruz para destensar las relaciones (su secretario de Gobierno había dicho al nuestro que no aceptarían de nuevo que filmaran películas sobre mayas en sus tierras) y otra se utilizó para confeccionar el traje de la reina del Carnaval. Algunos días después, como represalia cinco sicarios disfrazados de agricultores degollaron una decena de avestruces de una granja en Champotón.  

3. La teoría más paranoide habla de un sicótico de nombre Horacio Quiroga, a quien sus amigos de la terapia apodaban “El destilador de naranja”, nadie sabe por qué. Quiroga, inicialmente licenciado en Literatura, había enloquecido poco después de descubrir extremas similitudes de su vida con la vida del escritor uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937). Ambos Horacios habían viajado a París, habían publicado un libro de poesía y habían disparado por error a su mejor amigo (aunque en el caso del sicótico había sido en una batalla de Gotcha). Poco después, el horror empezó a ser más escalofriante cuando de la vida pasó a vivir “la obra” de Horacio Quiroga: había tenido un desafortunado encuentro con un machete (como en aquel relato “El hombre muerto”) y había visto cómo unos niños degollaban una gallina (como en aquel cuento “La gallina degollada”). Para ese tiempo se había enamorado de una chica rubia llamada Alicia. Ella lo despreció para dedicarse a los negocios y Horacio prometió vengarse de su persona, de su éxito e incluso de sus clientes. Sacó el dinero que le quedaba (poco más de 500 mil pesos) y pensó en la mejor manera de efectuar el plan. En tanto, Alicia había hecho en tres meses un poderoso prestigio dedicándose a la venta de artículos para carnavales. Cuando creyó que era tiempo de hacer realidad su venganza, el sicótico estudió todas las obras de su yo pasado Horacio Quiroga para inspirarse. Leyó “Anaconda” y concibió la idea de mandarle a su antiguo amor una serpiente viva, pero, extrañamente, ninguna comparsa de ese año tenía motivos selváticos y no había forma de ocultar al reptil. También leyó “La miel silvestre” y  eso le impulsó a querer enviar aquella sustancia narcótica descrita en aquel cuento, pero no la consiguió. Finalmente, a punto de darse por vencido, en aquella noche de cansancio de tanto leer, llegó a un célebre relato: “El almohadón de plumas”. La emoción lo hizo secretar adrenalina. El método era terrorífico, perfecto y literariamente eficaz. A la mañana siguiente endulzó la voz al teléfono, fingió ser un reconocido empresario en el ramo y le dijo a Alicia que por única ocasión estaba vendiendo a mitad de precio un cargamento de plumas para penacho de reina. “Creo que podía ser una buena oportunidad para inflar sus facturas”, le dijo. Alicia hizo cuentas: el trato parecía ventajoso porque un diseñador campechano le había dicho que necesitaba cerca de 300 mil pesos en material para un penacho. Aceptó con la condición de probar la calidad de las plumas en su propia cabellera. Horacio mandó los paquetes con inusual rapidez y Alicia cerró el arreglo con el diseñador, a quien le envió el pedido dos días más tarde. La mujer murió repentinamente una semana después: su cuerpo fue encontrado delgado y ojeroso sobre un penacho que ella misma se había confeccionado. El diseñador pensó que aquel trágico suceso lo eximía de saldar los 200 mil pesos restantes.  

Tour de la langosta

Tour de la langosta

CAMPECHE.-Luego de su paso por Calkiní, una manga de langosta de 500 metros ancho y tres kilómetros de largo que ingresó entre Tankuché y Remate, para estar el pasado fin de semana por San Nicolás, Santa Cruz Ex Hacienda, Pucnachén y continuar su viaje a la zona de Los Petenes, llegó ayer al municipio de Hecelchakán para pernoctar en Isla de Jaina. (PERIÓDICO EXPRESO, 23 de enero de 2007).  

Ante el azote de esta terrible plaga, Protección Civil ha recomendado:  

-Tomar una oveja o cabra macho de un año y sin defectos.

-Guardarla hasta el día 25 de este mes e inmolarla entre toda la congregación en dos tardes.

-Tomar la sangre y ponerla en dos postes y el dintel de cada casa.

-Comer carne asada al fuego y pan sin levadura, con hierbas amargas.

-No comer nada del animal crudo o cocido en agua, sólo asado al fuego; comer cabeza, patas y entrañas de la cabra sacrificada.

-Quemar todo lo que sobre al fuego.  

Los albergues para primogénitos se darán a conocer en breve.    

Campeche insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba

Campeche insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba

 Para Berman, que lo pidió

A las 11:30, el ulular de sirenas hacía creer a los transeúntes en una marcha. Dos mil desalojados después y 150 efectivos de seguridad más tarde, mucha gente aún pensaba que se trataba de un simulacro. Luego llegó el Ejército y algunos curiosos preguntaron todavía que dónde era el desfile. Ése es el problema de la pasividad: las pocas cosas que suceden en Campeche no dejan de parecer irreales.

Diez minutos antes, el C-4 había recibido una llamada de alerta: una supuesta bomba había sido colocada en el interior del Palacio Municipal lista para estallar. Las recientes explosiones en la Ciudad de México daban cartas de verosimilitud a la amenaza y un inusitado operativo de desalojo se puso en marcha en el Ayuntamiento y sus alrededores. La calle colindante fue cerrada por elementos del cuerpo de bomberos, mientras 90 niños eran evacuados del edificio contiguo, en su primera salida al parque en todo el año escolar.

Ambulancias de la Cruz Roja y unidades de Rescate recorrían las calles aledañas. A los pocos minutos un comando especializado en bombas entró al inmueble en medio de ese tipo de hermetismo que en Campeche sólo significa “nos acaban de avisar”, “no sabemos nada” o “así estaba cuando llegamos”. Mucha gente aún custodiaba el Ayuntamiento, a la expectativa de que sucediera algo que diera sentido a la movilización. Tantos policías, tantos carros de bomberos, tantas ambulancias y tantas muestras de histeria sólo habían acontecido en la ciudad en forma de sábado de carnaval o concierto de Chayanne, así que no dejaba de ser atrayente el operativo que buscara un artefacto explosivo en el interior de un edificio público.

Mientras pasaban los minutos, se iba formando la fotografía exacta del Campeche noticioso: su espectáculo es la inminencia. Durante hora y media, reporteros y camarógrafos buscaban retratar el ambiente de lo que no pudo acontecer, la cara de una ciudad donde toda noticia sabe a conjetura. 

¿Qué hacía una veintena de hombres uniformados ahí dentro? Entre el murmullo, los altos mandos observaban a una distancia prudente a su personal. Se sabía que el operativo estaba estructurado dentro de una lógica perfecta: sólo fueron enviados los agentes reprobados en el psicométrico. Unos estudiantes de Derecho, en un acto temerario, proporcionaron a los medios una conversación grabada entre dos oficiales:

“Comandante, los chicos de la unidad antibombas no se creen capaces de hallar el artefacto”.

“¡No me extraña! ¡Las horas de clase sobre desactivación de explosivos fueron cambiadas por Introducción a Derechos Humanos! ¿Qué me dicen ahora, señores diputados?, ¿es lo que querían?, ¿que se pusieran a desalojar con cortesía a los adultos mayores?”.

“¿Qué hacemos, señor? Ya pasamos demasiado tiempo revisando los mismos estantes y no tenemos ni el mínimo indicio”.

“Creo que es hora de hablar a un profesional. ¡Quiero línea directa con Willys ‘el Duro de Matar’ Mendoza!”

Fin de la grabación.

Para la una de la tarde la histeria ya era historia. La ausencia del explosivo estaba más que comprobada y las fuerzas policiales tenían algo mejor que buscar: quién había iniciado la broma. En un principio, las pesquisas arrojaban tres perfiles de sospechosos: el anarquista de arrabal, el anarquista de ampliación y el anarquista de invasión. Después de rastrear la llamada, el gracioso fue localizado en la Ampliación Esperanza mientras cantaba “Remember, remember the 8th of November”, con música de Kpaz. A las ocho de la noche la Policía presentó al nervioso autor de la psicosis: un veinteañero de nombre Luis Felipe Ehuán.

Pese a todo, nadie puede acusar a este lavacoches de falsa alarma. La alarma que suscitó fue auténtica, como el entusiasmo de los medios y la indignación posterior. El Centro Histórico se movilizó como nadie lo hubiera imaginado, los reporteros se sintieron corresponsales de guerra, el alcalde pidió no especular y los titulares al día siguiente parecían una calca recíproca. Un telefonazo había provocado todo eso. Había metido a la ciudad en el dulce escaparate de la sorpresa.   

Lecciones de periodismo para días inhábiles

Lecciones de periodismo para días inhábiles

En la aparente calma de Campeche, en esa tranquilidad de tríptico turístico con la que hemos crecido, hay tan poca materia prima para la prensa que sólo es noticia lo que está a punto de acontecer.  En una ciudad donde los medios locales se dedican a cronometrar el inicio de la temporada de pulpo, cualquier muerte o declaración política parecen las últimas referencias de un mundo donde todavía suceden cosas.

Sin embargo, en esa misma apatía de acontecimientos, existen los casos extremos, ¿qué hacer en los días inhábiles?, ¿en esas fechas de asueto obligatorio que el periódico donde trabajamos no nos concede bajo la consigna de que “la noticia nunca se detiene”?, ¿cómo cumplir la dosis mínima de caracteres en las mañanas de resaca?, ¿qué puede acontecer el 1 y 2 de noviembre, el 25 de diciembre o el 1 de enero en una ciudad donde generalmente nada sucede y los diarios explotan para esas fechas reportajes sobre el colapso de las pensiones y lo caro que saldrá este año la cena de Navidad o la comida del Día de Muertos?  

Imprácticas como la mayoría de las cosas que nos enseñan en las aulas, las clases de periodismo no son aplicables a ciudades como Campeche, donde hay pocas novedades y a veces los políticos no tienen nada que declarar. Peter Parker descubrió que era más fácil fungir de superhéroe que de periodista y si bien es cierto que para muchos la vida no vale nada, para un reportero reditúa mucho menos cuando la ciudad no alcanza para satisfacer la cuota impuesta por el jefe de redacción.  

Por ello, como una especie de material didáctico adicional para las nuevas generaciones de comunicadores, hemos diseñado 8 consejos de supervivencia para los días inhábiles.

 

1. INVENTE LA NOTICIA. Accidentes inverificables, robos que la Secretaría de Seguridad Pública nunca se entera, un muerto de nombre curioso (el santoral de ese día es de mucha utilidad), atropellados, dos automóviles que colisionan, un macheteado en un ejido. Arremetió contra su compañero de juerga; fue detenido por abandono de hijos y cónyuge. Además, seamos honestos: cambiando lugares y modificando levemente algunas circunstancias, posiblemente todo haya ocurrido tal cual.  

2. SEA VOCERO DE ALGÚN FUNCIONARIO. Los servidores públicos están siempre en campaña porque su auténtica función no es servir sino escalar. Cada dos días mandan comunicados donde destacan su decidida intervención para lograr el tope de una calle o la poda de árboles en un parque. Lo bueno es que sus logros, la mayoría de ellos imperceptibles, no tienen fecha de caducidad.

3. LAS NOTAS DE COLOR NUNCA FALLAN. Salga a la calle. No le llevará muchos minutos describir la prisa de la gente en Navidad, los negocios abarrotados el 14 de Febrero o la desértica ciudad el primer día del año. Pregunte en dos o tres comercios cómo ha ido la venta, qué artículos son los más solicitados. Seguramente en Fieles Difuntos subió la demanda de flores o ya nos invadieron las costumbres extranjeras. En días absolutamente despoblados destaque el número de turistas que recorrieron el centro en busca de artesanías.

4. GRAN FUENTE DE INFORMACIÓN: EL “PEDRO SÁINZ DE BARANDA”. Inmiscuidos, como estamos, en una economía de mercados, a nadie debe extrañar que el Mercado Principal sea el mejor termómetro financiero de la ciudad (el precio del tomate define con más precisión el estado del país que la cotización del dólar). Asimismo, “nuestro principal centro de abastos” (escríbalo así para ocupar más espacio) representa como nadie al Campeche contemporáneo: luchas de grupos, filtraciones de agua, problemas con salubridad, los yucatecos nos quitan los clientes, etcétera.

5. USE, GUARDE Y RECICLE. En su libro autobiográfico Ecce homo, Federico Nietzsche cuenta que concibió el Eterno Retorno después de haber leído un periódico campechano. De ahí le provino la idea de que “todo tiende a repetirse un número infinito de veces”: El malecón tiene basura, los locatarios se quejan del Subdirector de Mercados, los choferes no respetan a los adultos mayores. Todo está aconteciendo de nuevo, día tras día, sección tras sección. De algo tendría que servir la falta de memoria histórica de los mexicanos.

6. HAGA HISTORIAS DE GENTE COMO USTED. Las personas aparentemente comunes tienen cosas que contar: la Virgen se la aparece en la humedad de su pared, aún juega la lotería campechana, es campeón de danzón para la tercera edad, se rehabilitó de las drogas y el alcohol. Un poco de sentimentalismo nunca está de más en los diarios.  

7. COLECCIONE TRÍPTICOS. La Profeco hace todo el tiempo recomendaciones para no ser estafados, la Sedesol posee algún programa del que nadie se ha enterado todavía, hay Semanas de Salud cada semana. Todo sirve a pequeña escala: una nota donde una dependencia “alerta”, otra donde una Secretaría de Estado “advierte” y una más donde una dirección municipal “invita”.  

8. LOS COLONOS SIEMPRE TIENEN ALGO DE QUÉ QUEJARSE.  Las patrullas no pasan, ya robaron en dos casas, tenemos miedo de salir después de las diez de la noche, la maleza de un baldío podría propiciar un brote de dengue, en tiempos de lluvia se llena todo de agua, no le hemos visto la cara al diputado, pero qué tal cuando nos pedía el voto, ya avisamos de los baches al Ayuntamiento pero nadie viene, nos falta luz, urge un módulo de seguridad, se están cayendo los postes, nuestros niños piden un parque, hay basura, hay tristeza, hay abandono. 

 

(Con la colaboración de Ana Rosa Morales)